En el siglo pasado, el gran químico Berthelot se apasionó por aquellos en los que él creía ver sus lejanos predecesores. Encargó al helenista Ruelle una edición de alquimistas griegos y él mismo hizo la traducción al francés. Felizmente esta obra ha sido reeditada poniendo al alcance de los interesados la alquimia alejandrina.

Según G. Monod, la alquimia habría sido, ante todo, una especie de código secreto de la gnosis hermética. Sobrevivió una antología: Corpus Hermeticum compilada por los bizantinos. Puede extrañar que unos cristianos se dedicaran a transcribir con aplicación textos de misticismo pagano, pero hay que tener presente que la Iglesia de Oriente siempre ha tenido un espíritu amplio.

En una traducción de esta obra hecha a principios de este siglo, se lee: “Yo reflexionaba un día sobre los seres; mi pensamiento planeaba en las alturas y todas mis sensaciones corporales estaban adormecidas…” Recuerda a la mística católica cuando habla de la entrada en ese estado de consciencia particular, universalmente conocido por las religiones y las espiritualidades de todas las razas, que se llama “meditación pasiva”, en el curso de la cual el hombre se retira a su universo interior (las alturas donde planea), cortando los estímulos perturbadores que vinieren del mundo exterior.

El secreto alquímico de fabricar oro no habría sido, según G. Monod, más que un cebo imaginado por los sabios herméticos para introducir a los neófitos en su gnosis de salvación. La alquimia no sería en el fondo más que una variante de la religión secreta hermética? Esta tesis tiene la ventaja de explicar la hostilidad más o menos latente que la Iglesia triunfante ha tenido siempre hacia la alquimia. Las religiones organizadas rechazan la aventura mística individual, pues ésta cuestiona las jerarquías eclesiásticas y los poderes establecidos.

En su libro “La Alquimia y su Código Simbólico”, Monod se refiere al psicólogo de las profundidades, C. G. Jung. Se sabe que este último ha estudiado y meditado largamente los textos alquímicos. El ha creído encontrar ahí ese lento itinerario de transformación interior y de iluminación que él llamaba el “proceso de individuación”. Al hacerlo, Jung se vió obligado a pasar en silencio toda la sólida y tan antigua tradición alquímica de experimentación concreta en el laboratorio – que el alquimista místico G. Khunrath escribía: lab – oratorio, trabajo y meditación.