Esta tradición experimental era en parte doble. Por una parte, estaba la fabricación de aleaciones metálicas coloreadas y la de piedras preciosas artificiales (lo que llamaríamos hoy química mineral). Había, por otra parte, lo concerniente a perfumes y ungüentos (lo que llamaríamos hoy química orgánica). La manipulación de materias minerales se ejecutaba a alta temperatura, en crisoles sometidos a un fuego violento; esto dió origen a la “vía seca” del alquimista tradicional posterior. El tratamiento de los productos orgánicos se contentaba con temperaturas más bajas, a veces el solo calor del sol, calentando matraces de vidrio donde destilaban las materias; esto dió origen a la “vía húmeda”. La maniobra utilizada por los alquimistas griegos es aún utilizable en nuestros días, con algunas excepciones.

Fué en Alejandría, hacia el siglo II antes de nuestra era, que un tal Bolos de Mendes fusionó la experimentación empírica y las teorías platónicas de Timeo, expresando que el arte alquímico podía imitar a la naturaleza, siendo capaz el hombre de provocar artificialmente transformaciones profundas de la materia. La alquimia greco-alejandrina se anticipó así en varios siglos a la gnosis hermética. Ni Bolos ni otros autores de esa época consideraban la alquimia como una religión de salvación; no era necesario haber sido iniciado al conocímiento de Dios ni de ser salvado para practicar la Gran Obra. Es con Zózimo de Panopolis, alrededor del siglo II de nuestra era, que predomina la idea de salvación. Se podría decir que el hermetismo tomó prestada la alquimia, y no al revés.

Se tiene demasiada tendencia a creer que los alquimistas perseguían únicamente la quimera dorada, la transmutación artificial del mercurio o del plomo en oro con la ayuda de la fabulosa piedra filosofal. La transformación de hierro en cobre les parecía también importante a estos verdaderos Hijos de la Ciencia. Existe una obra “El Libro del Secreto de la Creación de los Seres”, que se supone griega, del siglo V o VI de nuestra era, traducida al árabe. Hay también una traducción latina cuya última página es la famosa Tabla de Esmeralda. En ninguna parte se habla ahí de transmutación en oro. El autor (anónimo) desarrolla una original cosmogénesis que, curiosamente, no está muy lejos de las ideas más actuales en materia de formación de estrellas y galaxias. Cómo explicar esas intuiciones geniales? En el libro son atribuídas a una revelación sobrenatural, en este caso a Hermes Trismegisto. Se trata de una ficción literaria, cosa casi obligatoria en esa época de transición donde los mejores intelectos dudaban de la claridad de la razón, o se trata de algo más tangible?