Mary Lutyens.- Editorial Kier
Con la muerte de Krishnamurti en 1986, a la edad de 90 años, la autora pudo completar sus penetrantes libros sobre este hombre extraordinario. Solamente ahora, en esta biografía de un solo volumen, ella ha podido abarcar la vida de Krishnamurti desde una perspectiva precisa. En un relato breve pero cautivante, busca comprender su muerte (y la Muerte en sí misma) basándose en las propias palabras de Krishnamurti sobre el tema.
Habiéndole conocido desde la época en que él llegó por primera vez a Inglaterra como un nuevo Mesías bajo la protección de la Sociedad Teosófica con la que rompió dramáticamente en 1929 nadie mejor calificado que la autora para abordar la vida de Krishnamurti en su totalidad y para buscar una respuesta a la pregunta: Quién es o qué era Krishnamurti? El fue específico en cuanto a lo que no era: no era un gurú y deploraba la existencia misma de la relación gurú-discipulo; no era el líder de ninguna organización religiosa; al contrario, sostenía que todas esas organizaciones eran barreras para la verdad y que todo lo que tenía que decir era igualmente válido para todos. Su propósito era liberarnos de todo cuanto nos impide descubrir la verdad por nosotros mismos. El buscaba traer comprensión, no consuelo. Una filosofía austera pero sutil, que estimuló a centenares de miles de personas en muchas partes del mundo, con la que procuraba generar una completa transformación psicológica como el único medio de terminar con la violencia y el dolor.
Jiddu Krishnamurti y Mary Zimbalist.
Evelyne Blau: Mary, habría oído usted decir que un ser hablaba a traves de Krishnamurti; esto fué algo especialmente frecuente en su juventud. ¿Tuvo usted en algún momento la impresión de que hubiera un ente que hablara a través de él?
Mary Zimbalist: No, nunca he tenido una sensación semejante. Para mí, son tonterías, porque Krishnamurti podía hablar en cualquier momento como hablaba cuando estaba sobre la plataforma; si durante el almuerzo la conversción se volvía seria, hablaba con la misma profundidad y percepción. En las entrevistas, con el público o privadas, hablaba de ese modo. Era el hombre real quien hablaba, no un espíritu que hablara a través de él. Ahora bien, muchas veces, cuando estaba sobre la plataforma, una sentía que había en él una energía extraordinaria, y daba la impresion de que era desde aquella energía y aquella capacidad de penetrar la esencia de las cosas desde donde hablaba. Esto podría ser mera especulación, pero una tenía el intenso sentimiento de que era así. Yo lo sentía así. Emanaba de su inteligencia, de su porpia percepción.
EB: No obstante, parece que Krishnamurti tenía una conexión con lo que él llamaba “lo otro”. ¿Cuál era la línea que había entre “lo otro” y sus palabras, o, en realidad, su vida?
MZ: Él nunca habló de una línea. En cambio, hablaba a menudo de “lo otro”, lo inconmensurable-y todas las maravillosas palabras con las que se refería a ello-; y esto, a lo que él llamaba meditación, llegaba a él, generalmente por la noche.
EB: ¿Llegaba mientras él dormía, y entonces se despertaba?
MZ: No lo sé, porque solía hablar poco acerca de ello, pero con frecuencia decía: “Tuve una meditación extraordinaria la noche pasada” , y a veces, estando a solas con él o durante un paseo-sobre todo en los paseos, que era cuando le gustaba estar en silencio y contemplar la naturaleza-, una sentia que K se hallaba muy lejos. Algo estaba presente o sucedía en aquellos momentos. Era casi tangible a veces.
EB: ¨¿Sentía también usted la presencia de “lo otro”?
MZ: Sentía la presencia de una fuerza invisible.
EB: Algo similar a cuando uno sintoniza una emisora de radio y puede escuchar entonces un concierto, las noticias o lo que fuere. Al parecer, K era capaz de sintonizar esa energía que nos rodea a todos.
MZ: En cierto modo. Una vez más puede que sea una imaginación mía, pero yo diría que es como si hubiera algo, que es innombrable aunque pueda llamársele inteligencia, verdad o belleza-cualquiera de esas cosas-, a lo que la mayoría de nosotros estamos ciegos y no sentimos.
EB: ¿Podía él acceder a ello deliberadamente?
MZ: Él decía que la meditación no podía ser deliberada, que tenía que llegar a uno.
EB: ¿Le explicó lo que para él era la méditación? Desde luego que ha escrito sobre ello y hablado de ello en sus charlas, pero ¿habló sobre meditación con usted?
MZ: Habló de estar en silencio, de estar muy quieto y no dejar que el pensamiento hiciera en la mente lo que le viniera en gana: no dejar que irrumpiera la retahíla de asociaciones que generalmente desfila por nuestras mentes. No hablaba de detenerla por medio de la voluntad, sino de no sumarse a ella. Los pensamientos transcurren y uno los observa y los deja pasar. Con ello uno aprende. Así es que, cuando hablábamos de estas cosas, a menudo lo hacíamos desde el enfoque de la quietud, de la simple observación de la mente sin hacer nada al respecto: ni empujarla ni retenerla. Describía la meditación de muchas formas diferentes, que aparecen en casi todos sus escritos. Lo esencial era tener una mente silenciosa. Él era capaz de estar en esa quietud; una vez, incluso viajando a bordo de un avión advino ese estado meditativo.
EB: Pero, como explicaba en sus escritos, nunca fue algo para lo que deliberadamente se sentara en silencio.
MZ: Decía que no se puede inducir. Cuando en sus últimos días estaba tan enfermo, ese algo extraordinario continuaba viniendo a él en medio del dolor y el sufrimiento. En una ocasión dijo: “Algo decide lo que será de mí. Cuando el cuerpo ya no pueda hacer lo que es necesario para hablar, la vida acabará”. Y eso es lo que sucedió.
EB: ¿Implica que hay “algo distinto”?
MZ: Algo distinto. No es que él fuera simplemente un instrumento de eso, sino que la expresión de eso era tarea suya. Desde ello hablaba; y cuando en el nivel físico no puduiera continuar hablando, su vida terminaría.
EB: Él sentía que la razón de su vida era poder dar estas enseñanzas.
MZ: Sí, esa era su vida. Existía una vida personal, pero esa otra era la realidad.
Mary Zimbalist, ayudante personal de Krishnamurti.
Krishnamurti, 100 años de sabiduría. Evelyne Blau.
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