En el curso de nuestra vida jamás nos hemos observado. Cuando observamos algo lo hacemos comparando con alguna otra cosa, para dar un nombre, aceptar o rechazar. No sabemos cómo observar ni aun escuchar sin un móvil, porque hemos sido nutridos de móviles y motivaciones que utilizamos sin cesar. La observación no es una atención reactiva. Percibimos que la actividad cerebral identifica el objeto, le da un nombre y allí se detiene. No hay una reacción de aceptación o de rechazo, ni simpatía ni antipatía, preferencia o prejuicio que se deriven de la percepción.

Podemos sentirnos fatigados cuando nos sentamos a observar. Ese es el momento en que una persona honesta descubre que, en el esfuerzo por sofisticar nuestra capacidad mental, hemos perdido la elegante simplicidad de contemplar con inocencia aunque no sea más que un momento. Al empezar a observarnos, el estado de observación permanece por un instante, luego caemos en el error de comparar y juzgar, para dar lugar después a otro instante de observación. Así transcurre el aprendizaje. En él se produce una división espontánea, creada con miras a contemplar el movimiento de la mente, y el estado de observación una atención no reactiva pasa a ser una dimensión natural. Es entonces cuando la observación lleva a la cesación de los movimientos de la mente.

La llama de la atención llega a ser más sostenida, no hay observador ni observado, y el silencio reina supremo en la consciencia del individuo. El reino de las palabras, de los pensamientos, de los símbolos es abandonado. Estamos en las fronteras de lo conocido y el horizonte de lo desconocido se extiende frente a nosotros. Al no apartarnos del estado de observación, en el cual el movimiento mental que observábamos desaparece, el silencio del espacio interior o de la vacuidad se revela. El espíritu ha sido despojado de toda su actividad. El ego, el sí, el mí y todas sus actividades han partido de vacaciones.

La observación lleva a un silencio interior, porque la llama de la atención penetra la globalidad del ser. El individuo entero pasa a ser un estado vivo de observación que se expresa a través de él. Ya no hay más un yo al centro para decir: yo observo. Los contenidos de la mente son serenamente observados por la llama de atención, sin posibilidad de sueños, tensiones o conflictos.

Una raza humana que ha tenido éxito en aterrizar en la Luna y en producir misiles, no podrá decir que esto es imposible. Pues no está reservado a algunos privilegiados, es un derecho de nacimiento para todo ser humano el trascender la mente y el órgano cerebral. La imperiosa necesidad de crear el orden en nuestra vida es lo que nos hace buscar esta nueva dimensión del silencio interior. En él no se manifiesta un solo pensamiento, toda la estructura pensante ha cesado de actuar, no hay la menor tensión neuronal ni ninguna presión sobre la química del cuerpo, es un estado totalmente relajado. Por este silencio, las fuerzas de sanación son liberadas y las heridas y las cicatrices que hemos soportado en el curso de este duro tránsito por la vida, son sanadas.

Cuando digo que una persona renace interiormente, no estoy utilizando un lenguaje figurado, es la simple afirmación de un hecho. En este silencio interior, no contaminado por los pensamientos, la energía de la inteligencia es activada. Es una energía incondicionada que no forma parte de la energía cerebral: no es física, ni muscular, ni cerebral. La energía nacida del silencio en el espacio exterior no forma parte de la herencia racial, como lo hacen las cualidades del cerebro, el silencio no es mental.

En la dimensión del silencio empieza la nueva energía a moverse y actuar: contempla a través de nuestros ojos, utiliza el cerebro, lo conocido, la memoria de una manera nueva. Ella abarca de un solo vistazo la totalidad, es consciente de sí misma como formando parte de esa totalidad. El individuo, contemplando con los mismos ojos, ve un mundo totalmente diferente, tiene una percepción lúcida de la totalidad y de la particularidad, en tanto que parte orgánica del conjunto.

Al nivel mental, la percepción está influida por la disposición del ánimo: si estamos deprimidos, las cosas aparecen con colores grisáceos; en el estado de excitación o de alegría, estos mismos objetos se ven cualitativamente diferentes y atractivos. Es nuestro estado anímico quien usa los sentidos y determina el nivel de nuestra percepción.

Pero la inteligencia nacida del silencio no tiene cambios de humor. Es una llama de lucidez, sin humo, que ilumina claramente, liberando la percepción de toda reacción y produciendo la consciencia lúcida de la totalidad. Esta suscita el amor, la compasión, una ternura salida del corazón y un interés por todo lo existente. En consecuencia, las respuestas son espontáneas, sin cálculo, sin manipulación o maniobra de nuestro comportamiento o del ajeno, sino una simple y armoniosa espontaneidad. Es así como cambian los seres humanos. La tendencia a buscar la seguridad por un continuo temor crónico desaparece. Se eleva entonces la aurora de una percepción sin temor que conduce a la comprensión y a una respuesta espontánea.

Necesitamos explorar otras maneras de vivir, nuevas dimensiones de consciencia, es necesario vivir fuera de nuestras dimensiones basadas en las rutinas que ha instalado el miedo de vivir. Vivir es moverse libremente y sin temor, llevados por el movimiento mismo de la vida. Una revolución espiritual que nos lleve a ello es urgente necesidad, y ella comienza en nosotros mismos.

Vimala Thakar

Traducido y extractado por Carmen Bustos de
Vimala Thakar.- Vivre cest Être en Relation.-