Con mucha frecuencia el ser humano acomete intentos desesperados para sofocar esta tensión psíquica. Hay quienes prefieren la espontaneidad de los impulsos pasajeros al freno de la razón y, en consecuencia, ceden a los arrebatos de sus instintos y se dejan llevar por el principio del placer o por el concepto hedonista de “comer, beber y ser feliz”. Lamentablemente, sin embargo, el hedonismo encierra paradójicamente la semilla de la frustración y no tarda en revelarse como un burdo engaño ya que el placer tan afanosamente buscado escapa de nuestras manos como el agua. En realidad, los placeres más intensos son aquellos que sobrevienen inesperadamente o que son consecuencia de nuestro interés genuino por un objetivo verdaderamente valioso. Además, si nos entregamos al principio del placer no habrá modo de conciliar nuestras contradicciones y llevaremos una existencia conflictiva y absurda sometida a todo tipo de placeres momentáneos.

Otros, por el contrario, anteponiendo la perfección al placer, adoptan una actitud absolutamente opuesta al hedonismo y emprenden el arduo camino de la austeridad y la abnegación. De este modo, empujados por una devoción inquebrantable hacia algún modelo aceptado socialmente, tratan de extirpar en forma drástica los impulsos de su mente inconsciente. Esta actitud, sin embargo, termina generando un super-ego opresivo y tiránico que consume su alma con el fantasma del pecado mientras las llamas del puritanismo agostan su fluído vital como los rayos de un sol abrasador. El precio es una conducta excéntrica que puede también desembocar fácilmente en graves perturbaciones psicológicas.

Hay otras personas que, rechazando la superficialidad y convencionalidad de la vida social, deciden entregarse a la búsqueda independiente del espíritu sin seguir modelo alguno. Eligen el camino ascético de la devoción exclusiva a la Trascendencia, recorren completamente a solas el sendero que conduce hacia el Unico y llegan incluso, en ocasiones, a asumir una actitud hostil e indiferente hacia la sociedad. Sin embargo, psiquismo y sociedad son, en última instancia, inseparables y, en consecuencia, la represión de los aspectos sociales conduce necesariamente a la represión de determinados impulsos fundamentales de nuestro psiquismo. A pesar de todo, la búsqueda incondicional del espíritu que hace caso omiso de los requerimientos de la sociedad y de los impulsos del psiquismo puede aportarnos ciertos logros espirituales. La intensificación de la consciencia interna provoca percepciones estéticas o visiones místicas extraordinarias que aportan, indudablemente, cierta satisfacción. Sin embargo, estos logros no dejan de ser limitados porque la negación de la vertiente social e instintiva de la vida constituye una verdadera mutilación. De esta manera escalamos las alturas del espíritu pero perdemos el contacto con las profundidades del psiquismo, conquistamos la lucidez pero perdemos la totalidad, subimos a los cielos pero nos alejamos de la tierra, ascendemos meteóricamente a una posición sobresaliente pero perdemos, en fin, la oportunidad de crecer armónicamente y alcanzar la realización integral.