Métodos de Indagación
Sólo por medio del arte podemos salir de nosotros mismos; en lugar de ver sólo un mundo, el nuestro, lo vemos con múltiples formas.
Marcel Proust
La naturaleza es un artista que trabaja desde dentro, y no desde fuera.
John Dewey

La idea de relacionar el cuerpo humano con los cuerpos celestes es más antigua que la historia registrada. Los pintores de las cavernas paleolíticas, los antiguos egipcios y los arquitectos de las pirámides mayas, los constructores celtas de monumentos megalíticos, los escultores de los templos primitivos de las Indias Orientales, tallados en la roca, y los artesanos indios norteamericanos deben de haber sentido por igual la influencia del cosmos en sus vidas, como lo ponen de manifiesto sus formas artísticas. Los estudiosos de la mitología oriental señalan que el universo era concebido como una gran madre que engendró muchos mundos, y en cuya matriz se formarán otros, en un círculo continuo de nuevas creaciones. El Tao de los chinos revela una intuición similar, según la cual toda la actividad humana y los acontecimientos naturales existen en concordancia con los caminos del universo, y los diversos sistemas de la filosofía india han expuesto durante milenios el tema de la relación cuerpo-mente-sí mismo-universo.Una obra maestra de la metáfora, que trata muchas de las preocupaciones que han surgido en la neurocosmología, son los Upanishads. Este antiguo tratado de filosofía hindú, que data de los siglos VIII a VI a. de C., especula sobre la fusión de la materia y el espíritu (con esta palabra se designa la energía). La previsión es tan justa que se podría pensar que sus autores se anticiparon al concepto contemporáneo de la equivalencia de masa y energía. Además describe el proceso evolutivo por el cual crece y decrece el orden de la materia. En el Maitrayani Upanishad, por ejemplo, se emplea un equivalente del término esencia para describir el proceso creador en virtud del cual el cosmos como todas las criaturas vivas – es estimulado a evolucionar desde estados de desequilibrio o caos hasta estados de equilibrio y orden, para volver al desorden y comenzar de nuevo.
En otro lugar, los filósofos presocráticos del siglo VI a. de C. sugirieron muchas de las nociones actuales sobre la consciencia, la materia y los principios fundamentales del mundo. El astrónomo griego Anaximandro, por ejemplo, concebía la realidad como un todo cuyas partes son interdependientes. Y los filósofos Empédocles y Anaxágoras exploraron el punto de vista opuesto; teorizaron que la realidad está compuesta por muchas partes independientes con una multitud de principios últimos. Por otra parte Leucipo, Demócrito y Epicuro propusieron que toda la materia está constituida por elementos finitos indivisibles.
Con estos precedentes, afirmo que los principios neurológicos y los conceptos cosmogónicos actuales se han desarrollado en alguna medida a partir de las ingeniosas especulaciones de los antiguos, del mismo modo que las semillas de la geometría algebraica moderna fueron sembradas por los árabes, hindúes, chinos y griegos más o menos en el 1100 a. de C. La historia de estas ideas es muy larga e imaginativa, y ha influido en nuestras vidas en el sentido más profundo. Analizada, documenta de qué modo los antiguos formularon los conceptos que más tarde dieron origen a la mente nuclear, poniendo en movimiento reacciones en cadena de la razón que continúan cambiando nuestras sensibilidades y perspectivas. Hasta el día de hoy, nos sigue impresionando la magnitud de la imaginación de los antiguos puesta al servicio de su curiosidad. Ellos nos proporcionan las herramientas conceptuales y tecnologías del pensamiento necesarias para estudiarnos a nosotros mismos. Dos de las herramientas más admirables y estimulantes que utilizaron en sus exploraciones son el arte y la metáfora; nos referiremos al desarrollo de esos instrumentos de conocimiento.

La metáfora como el arte- se refiere a la experiencia. Hay que experimentarla en la imaginación antes de analizar sus expresiones en busca del significado. Cuando se nos pide que identifiquemos las metáforas de nuestro discurso, o que consideremos sus significados, invariablemente un silencio incómodo llena el neuro-espacio como una niebla, antes de que la disipe nuestra respuesta imperfecta. Y, sin embargo, empleamos las metáforas tan inconsciente y libremente como el agua. No podemos hablar sin hablar metafóricamente, pues nuestro lenguaje hablado está construido con materiales simbólicos de naturaleza metafórica. Las palabras son sólo símbolos de sus significados. Un símbolo, signo, palabra, objeto o idea representa a otro.Nuestras mentes simbólicas operan relacionando implícitamente diferentes cosas y procesos. Por medio de las metáforas podemos relacionar algo que conocemos con algo que no conocemos. Una metáfora rica puede ser una mina de oro de hipótesis que relacionen las propiedades de diferentes sistemas. Tal es el caso del concepto de la música de las esferas formulado por el astrónomo alemán Johannes Kepler, que ayudó a la ciencia de la astronomía a escuchar de modo nuevo sus propias descripciones del universo. Las concepciones metafóricas del cosmos expresadas en el libro más antiguo de Kepler, Mysterium Cosmographicum (1595), y en su más maduro Harmonices Mundi (1619), identificaron algunas relaciones insospechadas entre cosas familiares: la aritmética, la geometría, la música y la astronomía. Kepler abordó la astronomía a través de una metáfora, pues se proponía descubrir la magia de los meros números y demostrar la música de las esferas, la naturaleza armoniosa del cosmos. Sus especulaciones, basadas en las observaciones astronómicas rigurosas de Nicolás Copérnico y Tycho Brahe, proporcionaron el pensamiento seminal de la teoría gravitatoria de Isaac Newton. Y esta teoría abrió las puertas a la ciencia moderna, unas puertas preparadas por el científico renacentista Galileo, contemporáneo de Kepler, con su creencia en las pruebas experimentales sistemáticas. El trabajo de la metáfora adquirió sentido en el contexto de la investigación científica que indagaba la unidad de la naturaleza.
Las metáforas fueron particularmente valiosas en estos y otros descubrimientos, en cuanto demostraron qué similares suelen ser los modelos de cosas desiguales. Los modelos de la forma como funciona una cosa pueden utilizarse para describir los funcionamientos de otras cosas muy diferentes. De ese tipo fueron las comparaciones de la mecánica de una bomba con la del corazón humano (da Vinci), de la mecánica de un reloj con la dinámica del cosmos (Descartes), de una fábrica con las operaciones de la mente humana (Leibniz) o de un ordenador con el cerebro (Turing).

Hay innumerables ejemplos de metáforas comunes que fueron fuente de ideas extraordinarias. Dos de las citadas con mayor confianza en el dominio de la ciencia son los descubrimientos de Isaac Newton y Albert Einstein. A los 22 años, Newton observó la caída de una manzana desde el árbol. El mismo fenómeno tal vez ya había sido presenciado casualmente por millones de otras personas, algunas de las cuales, nos dicen los historiadores, ya habían concebido una fuerza como la de la gravedad. Pero Newton fue el primero en atreverse a conjeturar que en los planetas y las estrellas debería estar actuando una fuerza similar. Esa conjetura permitió al hombre llegar al espacio exterior. Tal vez pueda también ayudarnos a conceptualizar las influencias de las fuerzas gravitacionales actuantes dentro de las mentes humanas y entre ellas. Sin duda, mientras continuemos definiendo la naturaleza ambigua de la gravedad, a la vez adquiriremos conocimientos sobre la gravedad de la ambigüedad, descubriendo de qué modo la mente gravita hacia ciertas materias de pensamiento y creaciones.
Como hemos leído en incontables relatos, a los treinta años Einstein emprendió el proceso de la metáfora cuando se vio a sí mismo cabalgando sobre un rayo de luz; en efecto, se convirtió en parte del rayo mientras experimentaba el sistema que intentaba describir. La experiencia cinestésica condujo a Einstein a conceptualizar la relatividad, y a formular sus especulaciones matemáticas sobre la relación entre la materia y la energía, el espacio y el tiempo. Es como si los sensorios de estos dos descubridores hubieran estado completamente abiertos al tránsito y el alcance de la metáfora.

La historia de las creaciones humanas desde las pinturas rupestres magdalenienses de Altamira, de 14.000 años de antigüedad, hasta los trabajos cerebrales de los físicos teóricos y el arte contemporáneo – demuestra que las metáforas constituyen universos. Con redundancia agradable, los ritmos de la metáfora van transmitiendo el mensaje de que hay tantas maneras de interpretar el mundo como modos de representar nuestras percepciones y respuestas. Cada representación toca algún aspecto de la cosa o proceso representado. Las imágenes mentales a las que damos formas, en respuesta a los conceptos metafóricos, tienen significados que van más allá de nuestras descripciones de los conceptos en sí. Se podría decir que son tan livianas o densas como las cosas a las que se refieren.
Para designar los procesos del arte y la metáfora, utilizo el término metaforación. Una metaforación es un objeto, imagen, concepto o proceso que comparamos con alguna otra cosa. Por ejemplo, cuando decimos que la mente es una máquina, la máquina se convierte en una metaforación que representa los aspectos mecánicos de la mente humana. Y viceversa: la mente se convierte en una metaforación que representa los aspectos orgánicos o biológicos de las máquinas. Esta nueva asociación genera la ampliación de ambos conceptos.
La neurocosmología insiste en que se considere todo objeto, concepto, imagen y proceso como una metaforación. Todas las cosas son intrínsecamente metaforaciones, sea que se las emplee metafóricamente o no. Con independencia del contexto en el que existe una cosa o proceso, nuestra mente puede conectarlos con alguna otra cosa, al tiempo que discrimina entre las conexiones. Metaforaciones son todas las formas de la metáfora, entre ellas la analogía, la alegoría, la alusión, el simbolismo y los tropos o figuras del lenguaje. Además, pueden envolver todos nuestros sentidos físicos, en cuanto abarcan todo modo de pensamiento, sentimiento y creación. Muchas de las metaforaciones a las que aquí aludo tienden a ser objetos o ideas visuales, aunque deriven de fuentes no visuales.
Como sustantivo y verbo, metaforación y metaforar son los modos y medios de postular semejanzas entre las cosas. Al hacer de algo una metaforación, trascendemos las imposiciones de la lógica y el pensamiento verbal, transfiriendo de un objeto a otro (con el cual se relaciona) un nuevo significado, pauta o conjunto de relaciones. Como el lenguaje de la matemática pura, capaz de describir procesos y formas abstractas de n dimensiones, el lenguaje simbólico de las metaforaciones es también multidimensional. Opera simultáneamente en muchos planos de asociación, matices y significados. Las metaforaciones evocan la idea de formar, conectar, configurar alguna cosa (o información) en las manos y los ojos de nuestra mente.
A continuación nos dedicaremos a mostrar de qué modo las metaforaciones son instrumentos de la naturaleza para unir cosas y pensamientos. Transmiten ideas que dirigen nuestra consciencia hacia relaciones que eluden el análisis descriptivo completo. Las metaforaciones 1 a 5, por ejemplo, sugieren que las artes y las ciencias, el universo y el cerebro, comparten ciertas relaciones sin especificar ni abogar por esa sugerencia

Metaforación 1.- Los mundos paralelos del arte y la ciencia.- Aunque a veces comparten intereses y percepciones similares, sus representaciones son esencialmente diferentes. Los ajenos a su campo, por lo general, piensan que la ciencia es una progresión lineal de hechos, investigaciones, etc. Esa linealidad suele quedar indicada por estos tipos de anotaciones visuales. Se muestra que el mundo del arte se mueve hacia el infinito en una dirección opuesta. Aquí vemos que las artes y las ciencias son paralelas entre sí y convergen (sobre algunas cuestiones), aunque realmente nunca llegan a encontrarse en un punto. Si sustituimos las palabras ciencia y arte por cerebro y universo, respectivamente, el significado de esta metaforación cambia bruscamente.
Quienes no queden satisfechos con esta anotación visual simple y consideren esta relación más compleja, podrían indicarlo creando dos curvas paralelas entre sí o dos planos que se cruzan, o con una matriz en la que sistemas de puntos distintos (que representan la ciencia) están conectados por un sistema perfectamente organizado de líneas (que representa el arte). Para añadir un sentido de acción a esas formas geométricas estáticas, se podría expresar esta idea mediante el símbolo activo de la espiral (metaforación 2).

Metaforación 2.- Dos visiones de la misma cosa o proceso.- Cada visión implica algo distinto respecto de los niveles o jerarquías, las perspectivas y el movimiento. Vuélvanse a reemplazar las palabras ciencia y arte por cerebro y universo; considérense las implicaciones de estos cambios.
Tal vez estos diagramas aún no dejen conformes a quienes ven la relación de las artes con la ciencia como más complementaria, más estrecha y, de hecho, como una trama entretejida. Estas personas podrían inclinarse a expresar visualmente dicha relación con una metaforación biológica que escogiera, por ejemplo, la macromolécula del ácido nucleico (ADN), que está presente en todas las células vivas.

Metaforación 3.- Cuatro nucleótidos que componen la escalera en espiral del ADN.- Aquí se representan diferentes combinaciones de interrelaciones entre arte y ciencia. Con algunos conocimientos acerca de la anatomía y la fisiología de esta estructura extraordinaria, se puede traducir la dinámica del ADN, y su papel en la construcción genética y en la actividad cromosómica, a los términos de esta metaforación. Simplemente, es posible entender esta imagen en el plano de complejidad que se elija. Si uno es particularmente imaginativo, cosas tales como la síntesis y multiplicación del ADN cobrarán sentido en el contexto de las relaciones entre las artes y las ciencias.
Para obtener una visión no biológica de este esquema, podríamos adoptar el ejemplo de los tejidos entramados.

Metaforación 4.- El arte y la ciencia como construcciones tramadas.- Cada tejido representa simbólicamente la ciencia o el arte, el cerebro o el universo.
Si generalizamos sobre la trama entretejida o el ADN, privándolos de simbolismo, reducimos nuestra experiencia de estos objetos a la percepción común, lo cual también sería poco útil en estos ejercicios pedagógicos. Finalmente, en estas metaforaciones no hablamos de la búsqueda de la verdad o el significado en las ciencias y las artes. La dinámica de esta búsqueda podría describirse utilizando una analogía astronómica.

Metaforación 5.- Las artes y las ciencias simbolizadas como ápsides.- Dos puntos de una órbita excéntrica giran en torno de la verdad. Un punto (ápside superior) está más alejado del centro de atracción (el impulso que está detrás de la búsqueda de la Verdad); el otro (ápside inferior) está más cerca del centro de atracción. La sugerencia: ni el arte ni la ciencia están permanentemente situados en las posiciones inferior o superior. Ni una ni otra son La Verdad, sino que ambas orbitan en la periferia de ese mundo inferior innombrable de ambigüedad que llamamos materia. Sus representaciones de la Verdad indiscutible sobre la vida y la muerte en el cosmos y en nosotros mismos son sólo eso: representaciones. Si sustituyéramos la relación arte-ciencia por la relación cerebro-universo, por ejemplo, los significados de esta metaforación cambiarían instantáneamente.
Podríamos generar incontables variaciones de estos tipos de comparaciones para expresar mensajes similares por medio de diferentes representaciones. La mayor parte de las metaforaciones nos permiten pensar con inventiva sobre las relaciones entre cosas conocidas y cosas no familiares. Muchas metaforaciones familiarizan aún más con lo familiar, y lo hacen turbador y curioso. Otras son menos productivas. De hecho, algunas pueden ser claramente engañosas y manipuladoras, de un modo que revela los peores de nuestros vicios. Junto con el dominio de nuestras aptitudes para conceptualizar y conectar diversas formas de información, necesitamos seguir desarrollando mentalidades críticas para evaluar nuestras creaciones metafóricas. Esto también supone incitarnos a examinar qué es lo que constituye una buena conexión o analogía.
Sobre una cuestión similar, es importante observar los tipos de transformaciones y consecuencias iniciados por nuestros actos de nombrar aspectos de la naturaleza. Un poeta podría llamar a las estrellas esferas de luz que dan calor a nuestras mentes e iluminan nuestra presencia en el espacio. Lo que surge de esa asociación es placer estético. Sin embargo, en cuanto asignamos nombres matemáticos a esas esferas de luz reales o imaginarias dimensionándolas y detallando sus propiedades mecánicas – se siguen muchas consecuencias, algunas de las cuales pueden transformar la propia comprensión que tenemos de la luz.
El pensamiento metafórico puede sin duda rastrearse hasta antes de Hesíodo, en el s. VIII a. de C. Tres maestros especiales de este medio de comunicación (entre los millares que hubo a lo largo de los siglos) fueron el escritor griego Esopo (s. VI a. de C.), el poeta romano Fedro (siglo I dC.) y Leonardo da Vinci; ellos usaron, por ejemplo, las sugestivas imágenes de las fábulas, para transmitir intuiciones sobre el mundo de la naturaleza humana. En épocas más recientes, escritores, artistas, poetas, educadores y científicos han explorado sistemáticamente el versátil arte de la comparación y la asociación como medio para cultivar nuestro impulso a relacionar y descubrir.
Los físicos emprenden la elaboración de metaforaciones cuando crean palabras o imágenes para describir nuevas relaciones. Si no existe ninguna palabra o expresión que traduzca un concepto o hipótesis, los físicos simplemente inventan una. Niels Bohr y sus colegas Hendrik A. Kramers y John Slater hicieron exactamente eso al introducir la palabra ondícula en las descripciones de la conducta de las partículas como ondas, y de las ondas como partículas, a las que se referían como ondas de probabilidad. Acuñaron esas palabras en 1924, al desarrollar un esquema matemático destinado a ayudar a los físicos de las partículas a predecir la probabilidad de que algún acontecimiento del mundo subatómico se produjera o no.
La invención de estas palabras, que ayudan a transmitir la idea de probabilidad, indicó un cambio de perspectiva. Había un nuevo modo de ver la relación paradójica entre las propiedades de los fotones (elementos básicos de la luz), como partículas y como ondas. La naturaleza nos había sorprendido; los fotones poseen ambos tipos de propiedades. Este punto es fundamental en los intereses de la neurocosmología: no los detalles de la teoría, sino el apartamiento respecto de la noción de predictibilidad, inconmovible en la física clásica. Y más fundamental resulta la comprensión de que algo tan básico como un fotón puede tener un aspecto o dimensión complementarios. De inmediato, las resonancias metafísicas y metafóricas de la complementariedad tuvieron un significado concreto, alguna base material.
La mayoría de estos ejemplos sugieren que las metaforaciones visuales, en particular, inspiran hipótesis, y viceversa. En un ensayo informativo sobre este tema, Arthur Miller, un profesor de física de la Universidad de Lowell, explica lo esencial que es el pensamiento visual en la comunicación de una teoría científica. Examinando el empleo y no empleo de modelos visualizables en el desarrollo de la teoría cuántica, Miller relata: Hay un dominio de pensamiento en el que las distinciones entre las concepciones artísticas y científicas carecen de sentido. Pues en él es manifiesta la eficacia del pensamiento visual y un criterio para escoger entre diversas alternativas que no se deja reducir a la lógica, y se caracteriza del mejor modo como estético.
La idea de la estética y las visualizaciones en la ciencia forma parte de un trayecto intelectual artístico y arquitectónico que trasciende los más altos planos del razonamiento analítico. Consideremos, por ejemplo, el stupa (templo que guarda una reliquia) budista de Borobudur, Java, que data del siglo IX. Este templo en particular une la mente y el cosmos por medio de la meditación activa y la metáfora. Su elaborada forma simbólica, basada en el mandala (un símbolo místico sagrado del universo; véanse metaforaciones 6b y 6c) está destinada a estimular a sumergirse y derivar por las aguas más profundas de la meditación. Los devotos experimentan una sensación de unidad al irse moviendo físicamente por los espacios, cuidadosamente atentos. Ascienden desde las cinco galerías rectangulares a cada una de las tres terrazas circulares ascendentes. Desde allí suben al stupa principal, en el centro del templo, donde los espacios florecen como la obra de arte que hay en cada uno de ellos. Las galerías se abren sobre terrazas, o se despliegan en ellas. Mientras los devotos ascienden, el relato cambia de tono.
Las escenas de la vida de Buda, tan claramente articuladas en el punto de partida, evolucionan hasta convertirse en puras abstracciones. La experiencia de esta evolución supone seguir el relato con una concentración ininterrumpida. Los devotos emprenden esta transformación que los lleva a diversos grados de iluminación. Pasan de la visión pasiva de objetos e imágenes familiares (lo conocido y lo descrito) al abandono gradual y activo de todas las formas reconocibles (el acto de abrazar lo desconocido y lo indescriptible).
De este modo se experimenta un estado alterado de existencia, un momento de éxtasis resultante del viaje hacia adentro de uno mismo en un estado de concentración y fusión, mientras se ve en el exterior la expansión mayor y menos detallada. Este modo sosegado de iluminación es sugerido por las imágenes y las formas arquitectónicas en transición del templo de Borobudur, por ejemplo, donde se pasa de las imágenes figurativas a las abstractas, para volver a las primeras. La experiencia de este intercambio entre el mundo de lo puramente abstracto y lo realista o naturalista es uno de los aspectos del arte de metaforar.
La metaforación del templo fluye entre esos mundos complementarios; la sustancia material se entremezcla en la mente transmutable, donde todo lo imaginable parece posible. El pintor no-objetivista Wassily Kandinsky denominó a esos mundos los polos de la gran abstracción y el gran realismo. Kandinsky comprendió que Los polos abren dos sendas que conducen a una sola meta: la unidad. Al describir esa unidad del realismo abstracto, nuestras descripciones se vuelven difusas e indefinidas.
Las metaforaciones, entonces, implican relaciones entre cosas que no podemos comparar explícitamente o equiparar literalmente. Por ejemplo, cómo describiríamos la noción platónica de Alma del Mundo que aparece en el diálogo mítico del Timeo? Cómo un cuerpo etéreo flotante sin forma ni límites distintos? Cómo una figura alargada y ondulante en parte humana y en parte cosmos – al estilo de El Greco, el pintor español del siglo XVI? Ninguna de estas imágenes es lo suficientemente rica como para representar el significado completo de esta expresión. Y, sin embargo, tenemos una sensación de lo que significa, así como tenemos alguna idea de lo que Platón quiere decir cuando escribe sobre nuestro universo racional ordenado según un propósito. Algún mecanismo milagroso del sistema nervioso central, desconocido para todos, nos permite tomar dos cosas que en sí mismas tienen significados distintos (en este caso, Mundo y Alma) y relacionarlas de un modo que crea un nuevo significado vinculante.

Metaforación 6a.- Betelgeuse, una estrella 800 veces mayor que nuestro Sol, y a 650 años luz de distancia en la constelación de Orión. Este mapa se basa en las intensidades de la luz de potasio de esta estrella. Como un eco visual, emanan de la superficie de Betelgeuse formas de nubes de gas en fases, semejantes a pétalos. Las masas de nubes irradiantes evocan la imagen poética de T. S. Eliot sobre el fuego y la rosa, el universo que arde interminablemente, encendiendo la vida eterna, la materia continuamente renovada y transformada por la energía (de M. Marten y J. Chesterman, The Radiant Universe, 1980).

Metaforación 6b.- Un mandala, pauta sagrada del universo, constituye el fundamento conceptual del templo budista de Borobudur, Java, del siglo IX d. de C. El mandala subraya el proceso de crecimiento espiritual, la evolución de la mente que se hace eco de la evolución del universo. Al trasponer los grandes muros del templo, los devotos atraviesan las galerías rectangulares y pasan a las terrazas circulares. Dejándolas atrás, se acercan al paraíso mental. Este movimiento actúa como un retorno al mundo primordial, que algunos místicos llaman consciencia cósmica (de P. Nuttgens, comps., The Worlds Great Architecture, 1980).

Metaforación 6c.-< Antigua herramienta de meditación, el yantra simboliza la tensión e integración de los opuestos por medio de sus nueve triángulos entretejidos que apuntan hacia arriba y abajo simultáneamente. Los triángulos representan al macho (Shiva) y la hembra (Shakti) en el proceso de unirse; el yantra invoca la unión del mundo personal, cargado de yo, consciente del tiempo en el que vivimos cotidianamente, y el mundo impersonal, atemporal y sin yo, que experimentamos en nuestros pensamientos más liberados y en la muerte. En el budismo zen, el círculo simboliza la iluminación; encarna la totalidad y la perfección humana (de C. G. Jung, Man and His Symbols, 1964).
El notable artista contemporáneo Arakawa y la escritora Madeleine H. Gins identifican esta acción conjuntiva como el mecanismo del significado. Ellos dicen: Se puede pensar el significado como el deseo de pensar en algo cualquier cosa – de un extremo al otro; como la voluntad de buscar un sentido a la siempre presente niebla de lo no-totalmente-conocido; como el reconocimiento del sin sentido. En este sentido, se lo podría asociar con cualquier facultad humana. Arakawa considera que este proceso de establecer relaciones es la parte esencial de nuestra capacidad creativa. Envuelve la transformación de palabras, imágenes e ideas de un estado de la materia, o del ser, a otro; el paso de un marco de significado a otro. En otra interpretación, Jacob Bronowski escribe: El científico o el artista toman dos hechos o experiencias que nosotros separamos, y crean una unidad mostrando la semejanza Toda ciencia es la búsqueda de la unidad en semejanzas ocultas. En el curso de esa búsqueda, tanto el artista como el científico producen descubrimientos cuya gama expresiva pone a prueba la autoridad del pensamiento racional.
Con estos apuntes sobre los procesos metafóricos en el primer plano de sus pensamientos, considere el lector los siguientes interrogantes reflexivos: al intercambiar ideas sobre el cerebro-universo, deben ellas someterse dócilmente a todas las líneas de indagación y a todas las representaciones? O bien nuestras metaforaciones pueden limitarse a señalar y decir: Miren aquí?
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