En adelante habrá un puente entre las ciencias modernas y los caminos espirituales. Mediante audaces teorías, algunos pensadores científicos se han aventurado hacia las fronteras del Espíritu y nos ofrecen su chispa innovadora. Además, los inspirados escritos de las grandes religiones y de los buscadores independientes de toda doctrina establecida, como Krishnamurti, Ramana Maharshi, y otros, dan testimonio de una dimensión interior donde el hombre está unido a lo Real.
La agudeza dolorosa de las crisis y los conflictos que desgarran al mundo en este fin del siglo XX plantea el problema de nuestra actuación y de nuestra parte de responsabilidad. Nadie puede permanecer impasible mirando los aflictivos espectáculos de las masacres de niños en Brasil o de las luchas fratricidas en Yugoslavia o en el Cáucaso y en otros tantos rincones del planeta. Vivimos una época eminentemente paradojal. Por un lado asistimos a un desarrollo sin precedentes de las formas más elevadas de la espiritualidad paralelamente a la revelación de una creciente convergencia entre las tradiciones místicas y las nuevas ciencias. Por otra parte, el crecimiento de la criminalidad, de la violencia, del bandidaje, de la decadencia de las costumbres, ha puesto a algunos gobiernos en la increíble obligación de despenalizar el tráfico y consumo de ciertas drogas.
Los problemas del sufrimiento y el desorden están de actualidad ahora más que nunca. No nos perderemos en consideraciones de orden moral ni en el enunciado de soluciones pragmáticas e inmediatas reclamadas por espíritus superficiales que se dicen prácticos. Las soluciones verdaderas y durables se sitúan a niveles de orden psicológico y espiritual mucho más profundos. Por otra parte no se excluye que podamos actuar simultáneamente en los dos niveles.
El budismo enseña que la causa primera del sufrimiento se encuentra desde el comienzo en la existencia, y enseguida en la ignorancia. Las sabidurías tradicionales consideran que el origen fundamental de las situaciones conflictivas, a todo nivel, reside en la dualidad esencial de las energías tanto físicas como. psíquicas.
De hecho, como bien lo ha puesto en evidencia Stéphane Lupasco, sin el antagonismo primordial de las energías constitutivas del Universo ningún movimiento, ninguna vida sería posible.
Las sabidurías antiguas y las nuevas ciencias enseñan la existencia de un universo pluridimensional cuya base es un movimiento de creación intemporal, acausal, que escapa a toda tensión conflictiva. Es a este nivel que se localiza la más alta concentración de energía. Místicos y científicos designan paradójicamente este nivel por el término Vacío porque está carente o vaciado de todas las calificaciones y propiedades familiares. Pero este Vacío no es una nada. Es una Plenitud inaccesible a nuestras representaciones verbales.
Tal es el holomovimiento evocado por el físico David Bohm. Es la fuente y fundamento de todas las dimensiones del universo. El holomovimiento es prioritario, él sostiene y domina todos los otros niveles.
En el verdadero estado de meditación el ser humano Despierto consigue, por el silencio del pensamiento, una transparencia interior que permite a la plenitud de consciencia-amor del holomovimiento expresarse libremente cualquiera sean las circunstancias. Tal es el estado natural, el estado de orden por excelencia que de manera definitiva libera al ser humano del sufrimiento.
Una pregunta aparece entonces: cómo deshacerse del dominio de la dualidad? Toda persona que se consagre seriamente y de manera integral a la liberación de las tensiones implicadas en la dualidad debe consagrar una gran energía a la atención. La plenitud de la visión holística y del amor se logran a ese precio. La calidad de la atención necesaria reclama nuestra mayor sensibilidad. Esto está indisolublemente unido a la claridad de los niveles más elevados de la inteligencia. Estamos aquí, según la visión de los lógicos y cartesianos, en plena paradoja. Es muy útil y natural que sea así.
Los aspectos aparentemente contradictorios de simplicidad y complejidad son complementarios y dependen de la actitud de aproximación del observador. Se trata de la evidente consecuencia de una ley universalmente aceptada: el grado de observación crea el fenómeno. Esto es válido tanto física como psicológicamente.
La interdependencia entre el observador y los fenómenos observados se revela de una tal amplitud que el observador es actualmente considerado como participante. Las consecuencias de esta interdependencia y de esta visión de unidad son muy vastas. El espíritu, la materia, la consciencia, la vida, la muerte, son aspectos de una misma Realidad que los engloba y domina. Los trabajos de David Bohm sobre la plenitud y la consciencia del universo son elocuentes para este propósito.
Estos trabajos ponen en evidencia que existe un universo pluridimensional cuya naturaleza profunda es la creación por el holomovimiento-consciencia-luz. Esta Realidad excede toda posibilidad de expresión verbal o intento de representación conceptual. Persistir en querer definirla o expresarla verbalmente nos conduce a la formulación de una sucesión de palabras un tanto ridículas y tan inútiles que nos llevan a evocar cualidades frecuentemente antropomórficas. Esto pone en evidencia las dificultades resultantes de lo inadecuado del lenguaje corriente en el dominio fundamental que nos ocupa.
Los bloqueos y dificultades de comunicación del lenguaje tradicional han conducido a David Bohm a proponer un lenguaje nuevo que dé prioridad a los verbos sobre los sustantivos. Según David Bohm, sería el resultado de la prioridad del holomovimiento en relación a los aspectos residuales de un universo donde la imperfección de nuestros sentidos oculta las profundidades creadoras.
En este fin del siglo XX, la nueva física proclama lo bien fundado de la Visión penetrante de las tradiciones espirituales más elevadas. Capra, Bohm y el Budismo enseñan que no hay cosas ni entidades estáticas. No hay más que procesos y eventos. Las piedras, las montañas, los árboles, los animales, los seres humanos, no son más que procesos parciales expresando, de acuerdo a sus limitadas estructuras, la Realidad Una y prioritaria del Holomovimiento que los engloba, sostiene y domina.
Según el Budismo, el sufrimiento es resultado de la existencia. Desde el instante en que el universo se manifiesta, la dualidad inherente a los antagonismos originarios de la energía engendra las tensiones que un día se convertirán en sufrimientos. Desde el nacimiento, y aun antes, estamos atrapados por la importancia prioritaria que nuestras percepciones sensoriales conceden a las apariencias superficiales del mundo exterior. En el estado actual de evolución, esto es inevitable. Pero nada dice que tenga que seguir siendo así. Siempre ocurre que lo heredado, nuestra instrucción y educación, y los valores de una civilización hiper tecnificada basada en la realidad del ego, tienden a identificarnos exclusivamente con las apariencias del mundo material. De esta manera, es normal que conjuguemos únicamente los verbos tener, parecer, calcular, envidiar, luchar, imitar, huir, condicionar, dominar, etc., en detrimento de los verbos Ser, Creer, Amar.
Este es un hecho predominante . Mucho se ha especulado sobre los orígenes de la trampa que antes mencionábamos. Tratar de responder esta pregunta nos extraviaría en una red inextricable de energías situadas en los diversos niveles de un universo pluridimensional. Buscar las causas de tal proceso es – según nuestra opinión – inútil, y nos privaría de las energías necesarias para enfrentar el Presente. Sólo el aquí y el ahora nos puede aportar las luces para una percepción global inmediata. Los encadenamientos causales y mecánicos del pasado no pueden volvernos disponibles a las riquezas del Presente acausal e intemporal.
Insistiremos en el hecho que la trampa en la que caen los humanos no es el resultado de la premeditación monstruosa de alguna entidad satánica evocada en ciertas supersticiones religiosas. Uno de los factores más relevantes de las crisis y sufrimientos humanos reside simplemente en un error de percepción.
Ser verdaderamente conlleva una significación muy diferente de la que se encuentra implicada en la afirmación cartesiana: Pienso, luego existo. Esto es válido sólo en un contexto limitado pero doblemente absurdo. Para comenzar, aquel que la enuncia es, por lo general, completamente ignorante de la naturaleza del pensamiento, de su funcionamiento, y de la amplitud de los condicionamientos que lo limitan. Esta expresión cartesiana no es más que la usurpación flagrante de una pseudo entidad en la cual la ignorancia contribuye a adjudicarse ilegítimamente, los derechos a la existencia y a la autenticidad. Es lo mismo que decir Yo sueño, entonces yo soy. Carlo Suares declara más acertadamente: Yo pienso, entonces me destruyo. De hecho, no nos destruimos porque pensamos sino sobre todo porque pensamos mal y abusamos de esta facultad. Por esto nosotros no lanzamos un descrédito sistemático sobre el pensamiento. Así lo expresa Sri Aurobindo: El pensamiento fue una ayuda, ahora es la traba. El pensamiento es una función natural, un instrumento. Se inserta en una jerarquía de funciones infinitamente más vasta. El pensamiento es un medio de comunicación. Los problemas surgen desde el instante en que abusamos de su uso. La magnitud de este abuso conduce al pensamiento a creerse una entidad. Lo que no era más que un instrumento de comunicación se considera como una persona, una entidad. Esto se comprueba con una sensación de continuidad, de solidez psicológica afirmada por la impresión de un segundo plano de deslizamiento uniforme y continuo de la consciencia en el tiempo. Esta impresión de continuidad es falsa y constituye una especie de trampa.
Cada uno reconocerá aquí las evocaciones del pecado original, de la caída, etc. El Hombre ha abusado del fruto del árbol del conocimiento, la mente. La comparación es conocida a tal punto que se ha vuelto banal.
Totalmente alejado de la Visión holística o penetrante, el viejo hombre, el ego, este millonario de la memoria y del tiempo, está más y más afirmado, encerrado en la fortaleza de sus propias creaciones. Ellas que se apoyan en el inconsciente colectivo contribuyen a darle consistencia.
El inconsciente colectivo es una cristalización sutil de los residuos psíquicos del pasado con todo lo que este pasado pueda contener de noble e innoble. Esto implica la existencia de energías residuales activas, unas positivas ligadas a los pensamientos buenos, y otras negativas ligadas a los pensamientos malos. Estas últimas son considerablemente predominantes. Ellas consisten en memorias de todas las crueldades, violencias, intrigas, odios, tiranías, mentiras, miedos, vicios, etc… vividas por los seres humanos desde la prehistoria. Es interesante de señalar aquí que según las tradiciones esotéricas y algunos sabios actuales tales como el biólogo Rupert Scheldrake y el físico Jean Charon, estas memorias son indestructibles, acumulativas y activas.
Las dificultades para una realización efectiva de la Visión Holística y del verdadero Yo Soy resultan de la oposición entre el pasado, con la influencia considerable de estos millones de memorias residuales y mecánicas, y la Plenitud creadora de un Presente atemporal.
De los numerosos autores que han expuesto en diversas obras la importancia del enunciado Yo Soy, Sri Ramana Maharshi (1879-1950), al cual consideramos uno de los Sabios más auténticos de la época actual, ha recalcado la exigencia de una respuesta clara a la tradicional pregunta Quién soy yo?. Además, es necesario insistir sobre la vigilancia excepcional que se requiere para responder adecuadamente esta pregunta y realizar verdaderamente el estado de SER del enunciado Yo soy.
Las mismas palabras pueden tener aquí valores opuestos. Las astucias de la mente son rápidas en sus tentativas de extraviar al ego aspirante a la liberación. Las declaraciones del semántico Korzybsky: La palabra no es la cosa o El mapa no es el territorio han llegado a ser un lugar común.
A pesar de nuestra adhesión intelectual a esta evidencia, las palabras nos afectan inconscientemente por su potencial de cargas afectivas y mentales. Un ejemplo flagrante de la confusión inconsciente entre la palabra y la cosa fue dado por la reacción que produjo el restablecimiento del nombre San Petersburgo a la ciudad de Leningrado. En respuesta a esta noticia, los veteranos combatientes rusos que defendieron Leningrado declararon que habían combatido por nada!
Debe imponerse una vigilancia excepcional cada vez que decimos o escribimos Yo soy. Sólo el completo silencio del no-pensamiento permite esa realización, pero, en ese momento que ocurre, no hay nada que decir. En la verdadera meditación no hay un meditante, y a la vez hay infinitamente más que un meditante. El cuerpo y el mundo exterior no son negados. Sólo desaparece la imagen de sí. Por esta razón ciertas tradiciones hindúes designan al Iiberado viviente como una cáscara vacía. Esto evoca la existencia de un cuerpo vacío de las imágenes resultantes de toda auto identificación.
En consecuencia, en el verdadero estado de meditación nosotros no meditamos. Somos meditados. Nosotros no respiramos. Somos respirados. Por quién?, por qué? No por una cosa, no por alguien, no por una entidad psíquica imaginaria.
La plenitud del universo engloba otras dimensiones respecto de las cuales la nuestra no es más que parcial. Esta totalidad es un estado de meditación. Tal afirmación puede parecer enorme. Ella ha sido formulada por Krishnamurti de acuerdo con el físico David Bohm en sus diálogos sobre el tiempo abolido.
SER realmente implica la realización de un estado de transparencia y de disponibilidad interior en el curso del cual lo que resta de nosotros es el receptáculo perfectamente flexible de la consciencia cósmica, del holomovimiento – amor.
Lo que llamamos lo Divino o lo Supremo es la corporeidad universal del holomovimiento consciencia-luz-amor. La palabra Cuerpo nos es sugerida aquí por el hecho de que la más alta concentración de energía se localiza al nivel omnipresente y nuomenal del holomovimiento.
Cada ser humano es un miembro del Cuerpo universal de Luz, Conjugar el verbo SER significa que el cuerpo humano, las energías psíquicas y espirituales expresan a cada instante el proceso creador del holomovimiento.
Es obvio que en nuestro contexto la palabra Cuerpo al igual que todas las demás no son mas que comodidades del lenguaje, que, mal interpretadas, pueden ser también trampas. Esta reserva es necesaria por el hecho de que la Realidad Suprema está vacía, es decir ausente de nuestras cualidades familiares. Lo repetimos a propósito.
La única solución que permite resolver estos problemas reside en el silencio interior, el soltar presa que significa el abandono de nuestra identificación con el cuerpo. Según Ramana Maharshi, esta identificación corresponde a un verdadero suicidio espiritual.
Cuando somos interiormente libres, el cuerpo cumple una perfecta cooperación con la plenitud divina. Es lo que expresa San Pablo: No soy yo quien vive sino Cristo quien vive en mí.
No hay ni dualidad ni oposición entre el proceso de creación pura holomovimiento-consciencia-luz-amor y lo que percibimos erróneamente como criaturas distintas. La visión de unidad, la ausencia del ego y la vida interior revelan el verdadero Yo Soy.
En esto no hay nada de nuevo, de milagroso, o imposible. El único hecho nuevo reside en la convergencia creciente que hay entre espiritualidades antiguas y nuevas ciencias. La visión holística es la realización de un estado natural. Admitimos la existencia pasada, presente y futura de hombres y mujeres plenamente realizados. Nuestra posición es aquí diferente de aquella de los adeptos a la enseñanza de Krishnamurti que estiman que él es el primer y único ser humano que ha realizado un despertar integral,
Qué camino tomar? Qué técnica practicar? Cuál vía seguir? Qué obstáculo superar?
Es normal y legítimo que nos hagamos tales preguntas. Y sin embargo la respuesta es simple. Nosotros mismos somos el obstáculo. No se trata de eludirlo sino de traspasarlo por una facultad de atención que todos poseemos en estado latente. No hay otro camino aparte del que nos conduce silenciosamente a los trasfondos de nuestra interioridad. Podemos entonces afrontar lo cotidiano en la verdadera luz.
Esta opción requiere ejercitar una facultad de exploración que presupone un compromiso serio de nuestra parte, junto con algo de audacia. Es infinitamente más que una plegaria o un acto de amor.
Dante declaró que la beatitud viene de la Visión justa, no del amor; éste viene más tarde. Debemos aprender resueltamente a mirar las cosas del interior. Mirar implica aquí la ejercitación de una facultad de percepción global vivida en el momento y en la novedad de cada instante presente. En cuanto a la técnica, ella concierne al cuerpo por la práctica del yoga, la disciplina alimenticia, la transferencia de la consciencia en el Hara.
Nos será útil inspirarnos en el consejo de Tchuang-Tseu que nos sugiere ser semejantes a un espejo. El espejo perfecto ve todo pero no retiene nada. No nombra nada, no compara nada, no juzga nada, no rechaza nada, no deforma nada. Tales son los factores esenciales de la atención justa. Su práctica conduce a una agudeza de percepción intensamente concentrada en la momentaneidad de cada instante presente.
De cierta manera, la capacidad de pegarse al instante presente nos permite, espontáneamente y sin esfuerzo, estar despegados de los instantes anteriores. La concentración de energías de nuestra presencia total en el Presente rompe los marcos ancestrales que aprisionaban la consciencia. Esta volatización de los límites del ego no es más que el resultado de un acto de voluntad que libera de los errores de percepción. Desde luego, el automatismo de las memorias que surgen constantemente mientras estamos en un cuerpo, es puesto en jaque. Así lo sugiere Krishnamurti, lo nuevo no es más contaminado por lo viejo. No perdemos las memorias de lo viejo. Ellas no sobrepasan el papel que les ha sido destinado y permanecen como el medio de comunicación y de solución a los problemas de orden técnico. Estando en su justo lugar y cumpliendo su papel, las memorias no desbordarán más, inoportunamente, en el dominio espiritual.
Estando liberado del dominio de la dualidad, de las memorias y del tiempo, el ser humano supera el sufrimiento y vive en la plenitud del estado natural. Se puede declarar, como Nirmayananda en el Hechizo Divino: El Universo es mi cuerpo, cuerpo de luz divina, de beatitud y de Amor.
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