
Intuiciones Iniciales
Nuestra nueva experiencia espiritual empezó a aparecer, creo, a fines de la década de los 50, cuando, en la cima misma del materialismo moderno, algo muy profundo empezó a ocurrir en nuestra psique colectiva. Como si, parados sobre el pináculo de siglos de logro material, hubiéramos hecho una pausa para preguntarnos: “¿Y ahora qué?”. Parecía haber una intuición masiva de que algo más era posible en la vida humana, que era posible alcanzar un sentido más amplio de realización del que nuestra cultura había sido capaz de articular y vivir.
Lo primero que hicimos con nuestra intuición fue, desde luego, mirarnos a nosotros mismos –o más bien mirar las intuiciones y los estilos de vida que veíamos en la cultura que nos rodeaba- con una suerte de crítica despiadada. Tal como fue claramente documentado, el clima emocional de la época era rígido y centrado en la idea de clase. A judíos, católicos y mujeres les costaba mucho alcanzar posiciones de liderazgo. Los negros y otras minorías étnicas eran excluidos por completo. Y el resto de la sociedad adinerada sufría un caso generalizado de categorización material.
Con el sentido de la vida reducido a la economía secular, el status se alcanzaba por el éxito que se mostraba, a partir de lo cual se inventó todo tipo de esfuerzos desopilantes por no ser menos que los demás. A casi todos nos inculcaron una orientación hacia el exterior terriblemente rígida que nos hacía juzgarnos a nosotros mismos siempre de acuerdo con lo que pudiera pensar la gente que nos rodeaba. Y anhelábamos una sociedad que pudiera liberar de alguna manera nuestro potencial.
La Década de los 60.- Por eso empezamos a pedirle más a nuestra cultura, lo cual desembocó en los numerosos movimientos reformadores que caracterizaron la década de los 60. Surgieron rápidamente muchas iniciativas legales que buscaban la igualdad racial y sexual, la protección del medio ambiente e incluso la oposición a la desastrosa guerra no declarada en Vietnam. Ahora podemos ver que, por debajo de la conmoción, la década de los 60 representó el primer punto de partida masiva -la primera «grieta en el huevo cósmico», como lo denominó Chilton Pearce- en la cosmovisión secular dominante. La cultura occidental, y hasta cierto punto la cultura humana en general, empezaba a superar su orientación materialista para buscar un sentido filosófico más profundo en la vida.
Empezamos a sentir, en una escala mayor que nunca, que nuestra conciencia y experiencia no tenían por qué ser limitadas por la visión estrecha de la era materialista, que todos debían funcionar e interactuar en un nivel más elevado.
Sabíamos, en un nivel más profundo del que podíamos explicar, que de alguna manera podíamos escapar y ser más creativos y libres y estar más vivos como seres humanos.
Por desgracia, nuestras primeras acciones reflejaron los dramas competitivos de la época. Todos mirábamos a los demás y a las diferentes instituciones que nos irritaban y exigíamos que las estructuras sociales fueran reformadas. En esencia, mirábamos en derredor a nuestra sociedad y les decíamos a los otros: «Deberían cambiar». Si bien este activismo sin duda trajo aparejadas reformas legales básicas que resultaron útiles, mantuvo intactos los problemas más personales de inseguridad, miedo y ambición que siempre constituyeron el núcleo del prejuicio, la desigualdad y el daño ambiental.
La Década de los 70.- Para cuando llegaron los años 70, empezábamos a comprender este problema. Como veremos más adelante, la influencia de los psicólogos de las profundidades, el nuevo enfoque humanístico en la terapia y el creciente volumen de literatura de autoayuda en el mercado empezó a infiltrarse en la cultura. Nos dimos cuenta de que les pedíamos a los otros que cambiaran pero pasábamos por alto los conflictos que teníamos adentro. Empezamos a ver que, si queríamos encontrar ese «más» que estábamos buscando, debíamos dejar de lado el comportamiento de los demás y mirar hacia adentro. Para cambiar el mundo, primero debíamos cambiar nosotros.
Casi de un día para otro, ir a ver a un terapeuta dejó de tener un estigma negativo y pasó a ser aceptable; se puso de moda analizar en forma activa nuestra psique. Descubrimos que una revisión de nuestra historia familiar temprana, como bien sabían los freudianos, creaba muchas veces una suerte de percepción o catarsis sobre las ansiedades y defensas individuales, y también cómo y cuándo esos complejos se originaban en nuestra infancia.
A través de ese proceso pudimos identificar las formas en que refrenábamos nuestra realización o nos reprimíamos. De inmediato nos dimos cuenta de que esta focalización interior, este análisis de nuestra historia personal, era útil e importante. No obstante, a la larga, seguíamos viendo que algo faltaba. Veíamos que podíamos analizar nuestra psicología interna durante años y que, no obstante, cada vez que estábamos en situaciones de mucho estrés e inseguridad volvían a presentarse los mismos viejos miedos, reacciones y exabruptos.
A fines de la década de los 70 nos dimos cuenta de que nuestra intuición del «más» no podía ser satisfecha sólo con terapia. Lo que intuíamos era una nueva conciencia, un nuevo sentido de nosotros mismos y un flujo de experiencia superior que reemplazaría los viejos hábitos y reacciones que nos afligían. La vida más plena que sentíamos no tenía que ver con el mero crecimiento psicológico. La nueva conciencia requería una transformación más profunda que sólo podía ser calificada de espiritual.
Las Décadas de los 80 y los 90.- En los años 80, esta percepción nos hizo ir en tres direcciones. La primera estuvo marcada por una vuelta a las religiones tradicionales. Con una renovada chispa de compromiso muchos nos embarcamos en una nueva lectura de las Escrituras y de los rituales sagrados de nuestra herencia, buscando la respuesta a nuestra intuición en una consideración más profunda de los caminos espirituales convencionales.
El segundo rumbo fue una búsqueda espiritual más general y personal que nosotros mismos dirigimos, en la que procuramos un entendimiento más ajustado de los caminos espirituales más esotéricos que se habían encontrado a lo largo de la historia.
La tercera dirección fue una huida total del idealismo o la espiritualidad. Frustrados con la introspección de las décadas de los 60 y 70, muchos quisimos volver a capturar el materialismo aletargado de los años 50, cuando la sola vida económica parecía bastar. No obstante, este intento por transformar la gratificación económica en un sustituto de ese sentido de la vida más elevado que intuíamos desembocó tal vez simplemente en una presión interna de enriquecernos rápido. Ejemplos de los excesos que caracterizaron la década de los 80 fueron los escándalos de las empresas de ahorro y préstamo y la gran corrupción en el mercado de valores.
Siempre definí los años 80 como un retorno al Salvaje Oeste, en el que los tres impulsos -un intento de vuelta al materialismo y un renovado análisis de lo espiritual tanto viejo como nuevo- se agitaron y compitieron violentamente. Como vemos ahora retrospectivamente, fueron todos intentos de encontrar ese algo «más» que sentíamos a la vuelta de la esquina. Experimentábamos, fingíamos, competíamos por atraer la atención, con lo cual elevamos gran parte de lo que hacíamos al nivel de una moda superficial y, a la larga, nos sentimos decepcionados.
Con todo, creo que todo lo que pasó en la década de los 80 fue importante, en especial este primer interés masivo en distintos enfoques espirituales. Fue un paso necesario que nos dejó cansados de la publicidad inflada y el comercialismo y nos llevó a un nivel más profundo. En cierto modo fue una depuración que nos llevó a buscar una esencia verdadera y nos convenció al fin de que procurábamos un cambio más profundo en nuestras actitudes y nuestra forma de ser.
De hecho, creo que la intuición colectiva de la década de los 80 adquirió la forma de un mensaje básico: más allá de que analicemos la espiritualidad de nuestras religiones tradicionales o las experiencias descritas por los místicos de un camino más esotérico, hay una profunda diferencia entre conocer y debatir la percepción espiritual y experimentar realmente estas percepciones de un nivel personal.
A principios de la década de los 90, pues, estábamos en un lugar muy importante. Si nuestra intuición de los años 60 era acertada y era posible una experiencia de vida más plena, sabíamos con claridad que debíamos superar una consideración meramente intelectual y encontrar la experiencia real. Como consecuencia de ello, la publicidad inflada y la moda desaparecieron, pero la búsqueda de la experiencia real no. Por eso nuestra apertura a la espiritualidad alcanzó ahora un nuevo nivel de autenticidad y discusión.
La Búsqueda de lo Real
Dentro de este marco se publicaron La Novena Revelación, La Décima Revelación y toda una serie de libros que abordaban el tema de la percepción espiritual real. Libros que fueron leídos por millones de personas en todo el mundo y que llegaron a la corriente dominante precisamente porque intentaban describir nuestros anhelos espirituales en términos reales, señalando experiencias que de veras podían vivirse.
En la década de los 60, el idealismo predominante de la época me llevó hacia una carrera en la que trabajaba con adolescentes con problemas emocionales y sus respectivas familias, primero como asistente social y luego como administrador. Mirando para atrás, veo una profunda relación entre esas experiencias laborales y la posterior creación de la Revelación. A través del trabajo con esos jóvenes, que en todos los casos habían experimentado un grave maltrato en su infancia, empecé a tener un panorama más amplio de lo que debían superar. Para reparar lo que les había pasado, debían embarcarse en un viaje particular que en cierto modo debía incluir lo trascendente.
La angustia del abuso en los primeros años de vida crea en los niños una marcada necesidad de controlar la existencia. Modelan dramas, a veces graves y autodestructivos, para darse un sentido y por ende reducir su angustia. Romper el esquema de esos dramas puede resultar sumamente difícil, pero los terapeutas lo lograron, facilitando la percepción de los momentos pico de éxito con ejercicios atléticos, interacciones grupales, meditación y otras actividades. Estas actividades apuntan a promover la experiencia de un yo superior que reemplace la vieja identidad y su esquema de reacción concomitante.
Hasta cierto punto, cada uno de nosotros se ve afectado de una u otra manera por el mismo tipo de angustia que experimentan los chicos maltratados. Por fortuna, en la mayoría de los casos esta angustia es de un grado inferior y nuestros esquemas de reacción no son tan extremos, pero el proceso, el nivel de crecimiento que implica, es exactamente el mismo. Esta toma de conciencia a partir de lo que vi en mi trabajo aclaró en mi mente lo que parecía estar viviendo toda la cultura. Sabíamos que la vida, como de costumbre, parecía estar perdiéndose algo a lo que se podía llegar a través de una experiencia transformadora interior, un cambio real en la forma en que nos percibíamos nosotros mismos y nuestra vida susceptible de producir una identidad personal más elevada y más espiritual. El esfuerzo por describir esta trayectoria psicológica fue la base de La Novena Revelación.
La Revelación
El período en que escribí La Novena Revelación se extendió de enero de 1989 a abril de 1991 y se caracterizó por una suerte de proceso de ensayo y error. Curiosamente, mientras recordaba experiencias anteriores y escribía sobre ellas, entrelazándolas en un relato de aventura, ocurrían coincidencias asombrosas que enfatizaban los argumentos específicos que quería plantear. Aparecían libros en forma misteriosa, o tenía encuentros oportunos con la clase exacta de individuos que trataba de describir. A veces se me acercaban extraños sin un motivo evidente y me hablaban de sus experiencias espirituales. Obligado a darles el manuscrito, descubrí que sus reacciones siempre señalaban la necesidad de una revisión o una ampliación.
La señal de que el libro estaba casi terminado se produjo cuando muchas de esas personas empezaron a pedirme copias del manuscrito para sus amigos. Mi primera búsqueda de editor no tuvo éxito y chocó contra el primero de los que ahora califico muros de ladrillos. Todas las coincidencias se interrumpieron y me sentí paralizado. En ese momento, empecé al fin a aplicar lo que considero como una de las verdades más importantes de la nueva conciencia. Fue una actitud que conocía y que había experimentado antes pero que todavía no estaba lo bastante integrada a mi consciente para recurrir a ella en una situación estresante.
Yo interpretaba la falta total de oportunidades de edición como un fracaso, un hecho negativo, y ésa era la interpretación que frenaba las coincidencias que hasta ese momento sentía que me habían hecho avanzar. Cuando me di cuenta de lo que pasaba, de golpe presté atención e hice más correcciones en el libro enfatizando este punto. Y en mi propia vida, supe que debía tratar este avance como cualquier otro hecho. ¿Qué sentido tenía? ¿Dónde estaba el mensaje?
A los pocos días, una amiga me contó que había conocido a un individuo que acababa de mudarse a nuestra zona proveniente de Nueva York, donde había trabajado en una editorial durante muchos años. De inmediato vi en mi mente una imagen de mí mismo yendo a verlo, y la intuición contenía una profunda sensación de inspiración. Al día siguiente fui a verlo y las coincidencias se reanudaron. Quería trabajar con individuos que proyectaran publicar personalmente, me dijo, y ya que mi manuscrito estaba obteniendo una cantidad considerable de referencias boca a boca, le parecía que ese enfoque podía tener éxito.
Al poco tiempo ya estábamos listos para imprimir y yo había conocido a Salle Merrill, quien me aportó una perspectiva femenina sensible y un énfasis oportuno en la importancia de dar. De los primeros tres mil ejemplares del libro que imprimimos, enviamos por correo o entregamos en forma personal mil quinientos a librerías pequeñas y a individuos de Alabama, Florida, North Carolina y Virginia. Las recomendaciones boca a boca de los primeros lectores se encargaron de todo lo demás.
En seis meses, el libro tenía más de 100.000 ejemplares en impresión, circulaba por los cincuenta estados y se publicaba en países de todo el mundo. Se vendieron tantos ejemplares tan rápido no por la publicidad que yo hice sino porque otros empezaron a regalárselo a amigos de todas partes.
Ir en Pos de Nuestros Sueños
Menciono esta historia para ilustrar que nuestra nueva conciencia espiritual tiene que ver con la concreción de nuestros sueños, una experiencia que siempre estuvo en el centro del esfuerzo humano en todas partes. El universo parece en verdad estar armado como una plataforma para la cristalización de nuestras aspiraciones más íntimas y profundas. Es un sistema dinámico impulsado por nada menos que el flujo constante de pequeños milagros. Pero hay una trampa: el universo está armado para responder a nuestra conciencia, pero nos devolverá sólo el nivel de calidad que pusimos en ella. Por lo tanto, el proceso de descubrir quiénes somos y para qué estamos aquí y de aprender a seguir las coincidencias misteriosas que pueden guiarnos depende, en gran medida, de nuestra capacidad para ser positivos y encontrar una perspectiva consoladora en todos los hechos.
Vivir la nueva conciencia espiritual implica atravesar una serie de pasos o revelaciones. Cada paso amplía nuestra perspectiva. Pero cada paso presenta asimismo su propia serie de desafíos. No basta simplemente con echar un vistazo a cada nivel de conciencia expandida. Debemos tener la intención de vivirlo, de integrar cada grado aumentado de conciencia a nuestra rutina diaria. Basta una sola interpretación negativa para frenarlo todo.
En las páginas que siguen analizaremos esos pasos no sólo en términos de experiencia interior sino desde la perspectiva de sostenerlos firmemente en nuestras vidas y llevarlos a una práctica efectiva.
Experimentar las Coincidencias
Las coincidencias significativas pueden producirse en cualquier momento. Nuestro día puede ir transcurriendo cuando, en apariencia sin aviso previo, un hecho extraño atrae nuestra atención. Podemos pensar en un viejo amigo que no se nos cruzó por la mente durante años; más tarde, cuando ya lo olvidamos por completo, al día siguiente nos encontramos con esa persona. Del mismo modo, podemos ver en el trabajo a un individuo que nos gustaría conocer y ese mismo día encontrar a la mismísima persona sentada frente a nosotros en un restaurante.
Las coincidencias pueden implicar la llegada oportuna de una información especial que queremos pero no tenemos idea de cómo conseguir o la repentina toma de conciencia de que nuestra experiencia con un hobby o interés anterior era una preparación para llevarnos a una nueva oportunidad o un nuevo trabajo. Más allá de los detalles de una coincidencia en particular, sentimos que es muy poco probable que haya sido producto de la suerte o una mera casualidad. Cuando una coincidencia atrae nuestra atención, nos quedamos asombrados ante el hecho, aunque sea nada más que un instante. En algún nivel, sentimos que esos hechos estaban destinados de alguna manera a ocurrir, que debían ocurrir en el momento en que ocurrieron para orientar nuestras vidas en una dirección nueva y más inspiradora.
Abraham Lincoln escribió sobre una coincidencia de ese tipo ocurrida en su juventud. En ese entonces, Lincoln pensaba que debía hacer algo más con su vida que ser granjero o artesano como los demás habitantes de su comunidad de Illinois. Un día encontró a un mercachifle que obviamente estaba pasando épocas difíciles y que le pidió a Lincoln que comprara un viejo barril de artículos, en su mayoría sin valor, por un dólar. Lincoln podría haber dejado pasar al comerciante quebrado, pero le dio el dinero y guardó los artículos. Más tarde, cuando limpió el barril, Lincoln encontró entre las latas y los utensilios viejos una serie completa de libros de derecho, con los cuales estudió para ser abogado y siguió adelante para cumplir su asombroso destino.
El psicólogo suizo Carl Jung fue el primer pensador moderno que definió este misterioso fenómeno. Lo llamó «sincronicidad», la percepción de una coincidencia significativa. Jung sostenía que la sincronicidad era un principio no-causal en el universo, una ley que funcionaba para llevar a los seres humanos hacia un mayor desarrollo de la conciencia.
Jung presenció un ejemplo directo de sincronicidad durante una de sus sesiones de terapia. Su paciente era una mujer particularmente correcta que tenía problemas con su comportamiento obsesivo. Jung estaba analizando sus sueños, con la esperanza de poder ayudarla a ponerse en contacto con el lado luminoso, divertido e intuitivo de su naturaleza. Sus sueños más recientes presentaban una interacción con un escarabajo, pero ella se resistía categóricamente a cualquier intento de interpretación. Justo en ese momento, Jung oyó un golpeteo extraño en la ventana y cuando corrió las cortinas, en la parte exterior de la ventana había un escarabajo, insecto raro en esa zona. Según Jung, el episodio inspiró tanto a la mujer que pudo realizar grandes progresos en su tratamiento.
Es casi imposible que al mirar hacia atrás no veamos un esquema de sincronicidad en los hechos misteriosos que pasaron para hacernos llegar a nuestra carrera actual, nuestro cónyuge o la red de amigos y alianzas en las que confiamos. Mucho más difícil es la percepción de esos hechos tan importantes en la vida en el presente, cuando ocurren. Las coincidencias pueden ser impactantes, como hemos visto. Pero también pueden ser muy sutiles y fugaces y por lo tanto fácilmente pasadas por alto -tal como nos lo indicaba la vieja visión materialista- como si fueran obra del azar o simple casualidad.
Nuestro desafío personal consiste en superar el condicionamiento cultural que nos lleva a reducir la vida a lo ordinario, al lugar común y a lo carente de misterio. La mayoría de nosotros hemos aprendido a ir por la vida sólo con nuestro ego, a despertarnos a la mañana y pensar que debemos tener un control total sobre nuestro día. Creamos listas mentales inflexibles de proyectos que pensamos llevar a cabo y perseguimos esos fines con una especie de visión de túnel. Sin embargo, el misterio sigue estando, bailando en las orillas de nuestra vida, dándonos visiones fugaces de posibilidades. Debemos tomar la decisión de desacelerarnos y modificar nuestro punto de atención, y empezar a actuar de acuerdo con las oportunidades que se presentan en nuestro camino.
Sueños Nocturnos
De todas las experiencias de sincronicidad que podemos tener, los sueños nocturnos son quizá los más nebulosos y difíciles de interpretar. No obstante, nuestra cultura siempre sintió fascinación por estos encuentros en la noche. Constituyen materia de la mitología y la profecía, y en algún nivel sabemos que son importantes para nuestras vidas. Pero, ¿de qué manera?
En general, los sueños son historias, aunque muchas veces adquieren la forma de argumentos sin sentido y personajes extraños que unen a personas y escenas de maneras que no podrían darse en la vida real. Por esa razón, la mayoría perdemos enseguida el interés en tratar de interpretarlos. Las imágenes son demasiado difíciles; de ahí que pasemos por alto las escenas como si fueran casi inútiles y sigamos con nuestro día.
Sin embargo, los expertos que trabajan con sueños nos advertirían que no nos diéramos por vencidos tan pronto. Ellos nos dicen que los sueños tienen significados importantes ocultos en su simbolismo. Una lectura atenta de los numerosos libros sobre sueños puede dar un panorama del simbolismo onírico, es decir, de los significados mitológicos o arquetípicos que pueden asignarse a los distintos elementos de los sueños, desde animales hasta actos de asesinato, huida o robo.
Sin embargo, creo que la clave para descubrir la sincronicidad de los sueños radica, en definitiva, en ir más allá de la interpretación convencional de estos símbolos y concentrarse en el cuadro de situación más amplio: el significado que rodea el argumento y los personajes del sueño. Allí podemos encontrar mensajes de una naturaleza más personal que corresponden a menudo directamente a situaciones específicas que enfrentamos en la vida.
Por ejemplo, si soñamos que estamos en una guerra de algún tipo, que huimos de la batalla y luego, al desarrollarse el sueño, descubrimos alguna manera no sólo de sobrevivir sino de ayudar a terminar la lucha, este tema puede aplicarse a la situación en nuestra vida real. Es obvio que no estamos de veras en una guerra, pero ¿qué pasa con otro tipo de conflictos que la guerra puede estar simbolizando en nuestra vida? ¿Estamos huyendo? ¿O evitamos el enfrentamiento ocultándonos, negando o distrayéndonos en otras cosas con la esperanza de que el problema desaparezca?
La clave para comprender el mensaje del sueño está en comparar su argumento básico -en este caso huir de la guerra (conflicto) encontrando no obstante una posterior solución con la situación real en nuestro mundo individual. Tal vez el sueño nos esté diciendo que nos despertemos y veamos el conflicto y que sepamos que, si prestamos atención, es posible encontrar una potencial solución.
¿Y qué pasa con los personajes del sueño? Aunque los personajes puedan parecer extraños, debemos preguntarnos de qué manera podrían simbolizar a personas reales con las que tenemos actualmente intercambios importantes. ¿Vemos a las personas en nuestra vida tal como son? Tal vez el sueño nos esté diciendo algo sobre quiénes son en realidad esas personas, para bien o para mal.
¿Pero qué pasa si analizamos el argumento y los personajes del sueño y no descubrimos ninguna conexión con nuestra situación? ¿Qué hacemos? En ese caso, es importante escribir el sueño en un diario, porque puede ser profético. Es fácil pensar que son proféticos sólo los sueños con resultados espectaculares que tengan que ver con evitar accidentes de aviones o heredar una fortuna de un pariente olvidado. Pero, en realidad, los sueños que se centran en problemas cotidianos más pequeños también pueden ser proféticos. A menudo, la razón por la que los sueños parecen disparatados y tontos es que la situación que describen todavía no ocurrió en nuestras vidas. En vez de pasarlos por alto, haríamos mejor en conservarlos en la mente. Podrían resultar muy instructivos posteriormente.
Ver a Un Viejo Amigo o Pensar en Él
La sincronicidad de ver a un viejo amigo o pensar en él es en general más directa. Si comienza con un pensamiento, la imagen suele surgir en nuestra mente sin ninguna asociación con otro hecho. Es posible que hasta pensemos cuánto tiempo hace que no evocamos a esa persona o hablamos con ella. Con frecuencia esto ocurre a la mañana temprano, en ese instante silencioso que transcurre cuando dejamos de estar dormidos y despertamos.
Por desgracia, nuestro hábito cultural nos hace detenernos sólo ese tiempo en esas imágenes y luego dejarlas de lado para seguir adelante con nuestro día. Esta tendencia puede llevarnos a perder el significado más amplio del recuerdo. Pero si prestamos mucha atención a esos pensamientos, es posible que también empiecen a ocurrir otros hechos sincrónicos. Podemos estar buscando algo y dar con un segundo elemento que nos haga evocar a la persona en la cual pensamos, quizás una vieja foto o una carta que hace alusión a más recuerdos de hechos compartidos con esa persona. Al reflexionar, podríamos descubrir incluso que esas mismas circunstancias están dándose de nuevo en nuestra vida actual.
Por supuesto, podrían también producirse otros hechos sincrónicos. Es posible que caminemos por una calle y justo levantemos la vista para ver a esa persona caminando hacia nosotros. O podríamos atender el teléfono y descubrir a la otra persona en el otro extremo de la línea.
Nuestro desafío consiste en hacer un seguimiento de esas coincidencias. Si no podemos hablar con nuestro viejo amigo al instante, podemos fijar una cita posterior para almorzar o tomar un café. Siempre hay información importante para compartir. Si no sobre viejas situaciones que necesitan ser analizadas o aclaradas, será sobre algo nuevo que nosotros o nuestros viejos amigos descubrieron y que debemos comunicarnos. La clave es buscar el misterio, mirar debajo de la superficie y analizar.
A veces, después de pensar espontáneamente en alguien, nos convendrá tomar la iniciativa y llamarlo o llamarla de inmediato. En ocasiones tuve la experiencia de disponerme a tomar el teléfono para llamar a un viejo amigo y que justo sonara porque él me estaba llamando. Una vez más, la clave es hablar sobre lo que está pasando con la otra persona y con nosotros mismos, describir nuestra situación específica de vida en el momento y buscar el mensaje instructivo que explique la razón por la cual se produjo la coincidencia.
Encuentros Casuales
Otro tipo de sincronicidad es el encuentro puramente casual, que puede involucrar a amigos, conocidos o absolutos extraños. En el caso de alguien a quien conocemos, veremos que nos encontramos con esa persona de una manera que va más allá de lo que podríamos suponer como pura casualidad. Un ejemplo de ese tipo lo da el encontrarse con un viejo amigo en un momento crítico. Deepak Chopra, defensor de primera línea de la nueva medicina mente/cuerpo, habla de una serie de experiencias que lo llevaron a considerar por primera vez enfoques médicos alternativos. Hasta ese momento había practicado la medicina como un médico occidental tradicional y ocupaba cargos de prestigio en Harvard y otras universidades como profesor de inmunología.
Luego su vida empezó a cambiar. Durante un viaje para dar una conferencia, lo invitaron a visitar a un líder oriental de meditación, quien le sugirió que estudiara medicina ayurvédica, un enfoque oriental que se centra en la prevención de la enfermedad. Deepak rechazó la idea pues no quería tener nada que ver con ningún enfoque que sonara místico.
Después del encuentro se dirigió hacia el aeropuerto, donde, para su gran sorpresa, se encontró con un viejo amigo de la facultad. Durante la charla que mantuvieron, este amigo sacó un ejemplar del texto básico de la medicina ayurvédica y le dijo que estaba seguro de que le resultaría interesante. Abrumado por la coincidencia, Deepak leyó el libro, reconoció que promover ese enfoque médico era su destino y continuó su carrera popularizando la medicina alternativa en todo el mundo.
Otra sincronicidad de este tipo se produce cuando vemos de manera reiterada a alguien que no conocemos en un breve período. Hay enormes probabilidades de que esos casos no se produzcan, y sin embargo ocurren con suma frecuencia. Vemos a una persona una vez y normalmente no pensamos nada. Pero cuando vemos al mismo individuo de nuevo, o incluso una tercera vez el mismo día, la coincidencia en general atrae nuestra atención. Por desgracia, muchas veces notamos el hecho, lo consideramos curioso y seguimos nuestro camino sin actuar.
Nuevamente, el desafío consiste en encontrar una forma de entablar una conversación con ese individuo. Ya resulta difícil cuando conocemos a la persona, mucho más cuando se trata de un extraño. En primer lugar, se plantea el problema de la postura defensiva que la mayoría asumimos frente a los extraños. En las culturas occidentales, el contacto visual y el iniciar una conversación en muchos casos fueron tenidos por una invasión a la privacidad o incluso un avance sexual. Es una suposición poco feliz en nuestra sociedad, por ejemplo, que, si una mujer establece un contacto visual con un hombre, le envía una señal de que está abierta a sus avances sexuales. Esto crea todo tipo de confusiones: las mujeres que desvían la mirada cuando van por la calle por temor a que un hombre agresivo saque conclusiones, o los hombres que, sensibles al problema, ni siquiera tratan de establecer un contacto visual directo con las mujeres por temor a ser tildados de agresivos.
Si bien esto sigue constituyendo un problema, nuestras intuiciones, por suerte, en general no nos abandonan en este sentido. Si prestamos atención y aprendemos a percibir el flujo de energía, sabremos a quién debemos abrirnos y de quién debemos apartarnos. Tan importante como esto es analizar en forma consciente qué pasa con nuestra energía sexual, si es oportuna o no.
Creo que estamos descubriendo que actuar de una manera intencionalmente amigable es lo que mejor resulta. Podemos decir algo específico como: «¿No nos hemos visto antes?» y seguir con la descripción de nuestra situación de vida específica. Si estamos en un negocio, podemos decir: «Vine a comprar ropa para una fiesta que tengo». Con suerte, la otra persona responderá diciendo por qué se encuentra en ese local, y encontraremos un tema de vida común. Recuerde que el objetivo es discernir la razón de la sincronicidad.
Parecería que las personas mayores se hallan en una situación mucho mejor en cuanto a este tipo de conversación espontánea, pero todos podemos romper con esa sensación de torpeza si nuestra intención es muy sincera. Sea como fuere, lo único que podemos hacer es intentarlo, y si nos rechazan, tomarlo con buen humor. Como me dijo un día mi abuelo: «El secreto de la vida está en aprender a hacer el ridículo con gracia”. Obviamente, siempre deberíamos tomar precauciones al conocer a extraños (reunirnos sólo en lugares públicos hasta conocernos mejor, por ejemplo). Pero si procedemos como corresponde, las recompensas pueden ser un flujo de sincronicidad más rico.
Información que Llega en el Momento Justo
Otro hecho sincrónico importante es la experiencia de recibir en el momento indicado una información que necesitamos. Esta experiencia comienza a veces con una repentina sensación de expectativa aumentada. Podemos estar en cualquier parte, en una situación de trabajo o de ocio, cuando empezamos a sentir que algo importante está por ocurrir. Al analizarlo más tarde, de vez en cuando percibimos cierta levedad en nuestro cuerpo o una sensación de que todo lo que nos rodea se vuelve más luminoso y liviano. Algo nos dice que nuestra vida está a punto de tomar un rumbo importante.
Cómo llega la información es siempre un misterio. En general, nos llega a través de otro ser humano, ya sea en sus palabras o por medio de sus acciones. También puede venir en un libro, una revista o una noticia. Pero siempre es la perspectiva, la investigación o la idea de un ser humano sobre el mundo que nos llega justo en el momento indicado para ampliar nuestra conciencia.
Nuestra sensación de que la información nos está llegando quizá derive de que hemos integrado todos los pasos de crecimiento necesarios para establecer nuestra aptitud al siguiente capítulo en la historia de nuestra vida. Tuve una experiencia de este tipo referida a mi comprensión de las luchas humanas de poder. Hasta ese momento, entendía con claridad que los seres humanos competían entre sí de maneras irracionales, pero sabía que las luchas de poder podían llegar a comprenderse mejor. En cierto momento tuve la intuición de que estaba a punto de dar un paso en ese sentido.
Durante un tiempo no pasó nada. Entonces, un día iba manejando y me di cuenta de que una librería en especial me había llamado la atención. Entré y empecé a recorrerla. Sentía que aumentaba mi expectativa. En ese preciso instante, por lo menos a dos metros de donde estaba, vi un libro. Aun a esa distancia, el color y el diseño gráfico se destacaban de entre todos los demás libros apilados alrededor. Me acerqué con rapidez para encontrar Escape from Evil, de Ernest Becker, un texto que aborda la forma en que los seres humanos tienden a fortalecerse a expensas de los otros para sentirse más a salvo y adquirir un mayor sentido de autoestima y bienestar. Ése fue el paso clave que me faltaba en mi comprensión de las luchas de poder.
En suma, las claves más importantes para aprender a aprovechar las distintas sincronicidades de nuestras vidas son estar atentos y tomarnos el tiempo necesario para analizar lo que está pasando. Para hacerlo, cada uno de nosotros debe crear en su vida una cantidad suficiente de lo que llamo tiempo de deriva: tiempo en el que no hacemos nada más que dar vueltas, pasar canales de televisión, echar un vistazo al diario o caminar por la calle atentos al mundo que nos rodea. Si piensa en un amigo, pase a verlo y vea qué sucede. La Internet también es una fuente interesante de información en este sentido. Debemos tener presente, no obstante, que cualquiera puede poner cosas en la Internet. No hay correctores ni nadie que verifique la exactitud de los hechos y ningún editor es responsable del contenido.
La Relación de la Sincronicidad con Nuestras Creencias Religiosas
Para algunos, relacionar la percepción actual de la sincronicidad con sus creencias religiosas es un problema. Sin embargo, creo que en la mayoría de los casos no hay conflicto. Al empezar a percibir las coincidencias en nuestra vida, el misterio nos pone frente a frente con las cuestiones espirituales más profundas de la vida. ¿Qué es esta fuerza que parece arrastrarnos hacia nuestro destino? ¿Nuestra vida tiene un propósito divino? ¿Cómo se nos revela ese propósito, exactamente?
La mayoría crecemos por lo menos con una idea de tradición religiosa. Si no estamos comprometidos en forma personal con una perspectiva religiosa, tenemos amigos allegados o parientes que sí, y que creen profundamente en los principios de su fe. Yo creo que la mayoría de los que están comprometidos de esta forma con una religión particular actúan siguiendo un impulso interior honesto tendiente a mantener vivas sus contribuciones únicas al mundo. Este impulso común garantiza a la sociedad humana más amplia una gran diversidad de creencias religiosas a través de las cuales podemos analizar muchas opciones y de esa forma crecer. En mi opinión, cada perspectiva religiosa positiva contiene una parte importante de verdad. El diálogo general entre las distintas religiones, pese a ser vago y fragmentado, es no obstante fundamental para nuestra evolución actual hacia una mejor comprensión espiritual general.
Nuestra percepción de la sincronicidad no indica por sí misma que una tradición religiosa sea más ventajosa que otra. La sincronicidad, al igual que la nueva conciencia espiritual general que estamos construyendo, es apenas la concientización de la forma en que lo divino obra en nuestras vidas. Todas las grandes religiones -hinduista, budista, judía, cristiana, islámica-, al igual que muchas tradiciones chamánicas, comparten la idea de responder a la voluntad de Dios. Dicho de otro modo, a todas les preocupa nuestro crecimiento hacia la unidad con una deidad o entrar en comunión con la fuerza creativa implícita en la condición humana. Nuestra nueva conciencia de la sincronicidad es sólo la percepción o la experiencia de nuestra conexión con esta fuerza divina.
Recuerdo haberme planteado esta cuestión de hacer la voluntad de Dios cuando era chico en una iglesia rural protestante. Aun entonces, en mi mente no había duda de que esa Iglesia particular y la comunidad circundante eran especiales. El apoyo de la comunidad y la interacción afectuosa llevaban a ayudar en los trabajos y a responder con rapidez a la enfermedad en la familia de algún miembro. El cristianismo protestante que practicaban los miembros era asombrosamente abierto y carente de prejuicios para la época.
Para la teología de esta iglesia en particular era esencial la experiencia de la conversión, la aceptación del cristianismo. Pero el supuesto implícito era que después cada uno debía descubrir y luego seguir la voluntad de Dios para su propia vida. De chico, me sentía frustrado porque nadie hablaba a fondo de cómo se podía encontrar y seguir la voluntad de Dios. Por supuesto, era una época en la que la sociedad se hallaba en la cima de su actitud secular y materialista. No obstante, yo estaba lleno de interrogantes: ¿Cuál es la naturaleza de este Dios con el cual debemos comulgar? ¿Cómo se experimenta la presencia divina? ¿Cómo es realmente estar en armonía con la intención divina? Los otros miembros de la iglesia no tenían respuestas a estas preguntas. Pero su expresión me hacía ver que las sabían, aunque no tenían palabras para expresarlas.
Pienso que parte de nuestra nueva conciencia ahora es responder más preguntas de éstas en forma consciente. Durante siglos, hombres de la Iglesia medieval corruptos usaron el miedo y la ignorancia para cobrar dinero por bendiciones y salvación, desalentando todo tipo de percepción espiritual avanzada de parte de su feligresía. Y algunos hacen lo mismo en la actualidad. Pero, en líneas generales, creo que nos estamos dando cuenta colectivamente de la importancia de una conciencia espiritual compartida y de la discusión. Dentro de las religiones organizadas, cada vez somos más los que tomamos conciencia de que nuestra percepción de la sincronicidad representa una extensión y una clarificación de lo mejor de nuestras tradiciones religiosas. Esta percepción es prueba directa de una fuerza divina activa en nuestras vidas, una fuerza divina que nuestra intuición y nuestra fe siempre nos dijeron que existía.
La Respuesta al Escepticismo
Tal vez el mayor desafío para los que empezamos a vivir la nueva conciencia espiritual sea relacionarnos con los escépticos. Una vez que nos abrimos a la realidad de la sincronicidad, a todos nos pasa a veces que hablamos con alguien que reacciona de manera negativa a nuestras creencias y cuestiona directamente la validez de nuestras experiencias. Si bien el número de escépticos disminuye, todavía hay montones de seguidores de la vieja cosmovisión materialista para los cuales las conversaciones sobre lo místico son ridículas e infundadas. Estas discusiones amenazan sus creencias lógicas sobre lo que es real y racional en el mundo natural.
Los escépticos que encontramos se dividen en dos grandes categorías. El grupo más amplio es el de los que adoptan una posición escéptica no porque hayan investigado en forma exhaustiva la amplia gama de encuentros místicos sobre los cuales oyen hablar, sino porque no lo han hecho. No tienen el tiempo o la voluntad para analizar esas experiencias, y entonces adoptan la postura que les resulta más segura sobre el tema: calificarlo de absurdo. En general, estos escépticos viven y trabajan entre muchas personas que dudan, que critican cualquier creación o afirmación nueva y que usan el ridículo como medio para adquirir poder personal sobre los demás. En ese tipo de ambiente, la mayoría de las personas adopta una posición estrictamente convencional para evitar el conflicto.
El otro tipo de escéptico que encontramos es el verdadero seguidor del materialismo científico. Ésta es una persona que puede llegar a investigar hasta cierto punto el terreno de la experiencia mística pero que siempre retorna a las barricadas del materialismo, exigiendo una prueba objetiva de dichas afirmaciones. Los argumentos que indican que las experiencias místicas han tenido carácter coherente durante largos períodos de la historia o que miles de personas sin ninguna relación entre sí señalan lo mismo o que los estudios estadísticos han mostrado reiteradas veces que la capacidad intuitiva y psíquica es un hecho natural, todo cae en oídos sordos.
Varios enfoques han demostrado ser eficaces para enfrentar a los escépticos. En primer lugar, debemos recordar que un grado de escepticismo es, de hecho, importante. No hay que tomar una idea de moda al pie de la letra y todos debemos contemplar con ojo crítico cualquier afirmación sobre la naturaleza de la realidad.
Sin embargo, no debemos olvidar que este principio tiene un corolario igualmente importante que a menudo se olvida: mantener la mente lo bastante abierta para considerar el fenómeno en cuestión. Mantener este equilibrio entre escepticismo y apertura resulta en especial difícil cuando el fenómeno involucra nuestra psicología o espiritualidad interior.
Hay otros dos puntos importantes para mantener las conversaciones en un tono amistoso y avanzar hacia áreas de coincidencia. Me atrevería a decir que casi todos los que ahora experimentan percepciones de naturaleza espiritual o mística fueron escépticos extremos en algún momento. En este sentido, todos somos ex escépticos, y tal vez sea importante que recordemos una vez más que el proceso de apertura al lado místico de la vida está produciéndose sobre todo a través de la interacción personal; vemos a otro que toma seriamente la idea de la experiencia espiritual y entonces decidimos investigar la cuestión nosotros también.
Por eso debemos tomar en serio cada conversación. Nuestra comunicación franca puede llegar a ser el testimonio que haga ceder la posición afianzada de otra persona. Y ¿sabe una cosa? También puede ocurrir lo contrario: es posible que el escéptico con el que hablamos tenga razón en determinado tema. Los que analizamos los potenciales de la experiencia humana no estamos haciendo nada si no estamos comprometidos con un proceso bilateral de desarrollo de consenso. Todos debemos escuchar para aprender. Lo que asegura un punto de vista debatido con amplitud y mantiene nuestra perspectiva amplia es el diálogo abierto.
Tomar en Serio la Sincronicidad
Vislumbrar las coincidencias, entonces, y empezar un diálogo abierto sobre ellas sin caer en interpretaciones negativas constituyen los primeros pasos para vivir nuestra nueva conciencia espiritual. Sin embargo, enseguida aparecen nuevos interrogantes. Si la sincronicidad que percibimos es prueba de que en nuestra vida actúa una fuerza espiritual, ¿por qué en la cultura occidental ignoramos estos hechos misteriosos durante tanto tiempo? ¿Y por qué la conciencia de la sincronicidad está saliendo a la superficie ahora, en esta época? ¿Cuál es el panorama histórico más amplio de lo que nos está pasando?
Éstas son las preguntas que nos llevan al siguiente nivel de conciencia.
Comprender Dónde Estamos
Cuando nos levantamos a la mañana y miramos por la ventana vemos el mundo moderno que empieza a despertarse para vivir el día. Los vecinos salen de su casa y van a trabajar en su auto. En lo alto podemos llegar a oír el zumbido de un avión. Un camión de reparto lleno de artículos producidos en masa se dirige al enorme negocio de la esquina. Para algunos el largo recorrido de historia que termina en este momento de observación es simplemente una letanía de progreso económico y tecnológico. Sin embargo, para un número día a día mayor de personas la historia está pasando a ser una cuestión más psicológica. ¿Cómo es que llegamos a vivir así? ¿De qué manera los que nos precedieron configuraron y conformaron nuestra realidad cotidiana? ¿Por qué creemos lo que creemos?
La historia es, desde luego, el contexto más amplio de nuestra vida individual. Sin ella vivimos sólo en la realidad superficial y provinciana que heredamos de niños. Una comprensión precisa de la historia otorga profundidad y sustancia a nuestra conciencia. Rodea todo lo que vemos como una estructura de pensamiento que nos dice quiénes somos y nos da un punto de referencia respecto del lugar al que pretendemos dirigirnos.
Reemplazar la Cosmología Medieval
La historia de nuestra forma en gran medida occidental de ver el mundo comenzó hace por lo menos quinientos años con el colapso de la cosmovisión medieval. Como es bien sabido, este viejo mundo fue definido y mantenido por la autoridad central de la Iglesia cristiana primitiva. Por supuesto, la Iglesia fue en gran medida responsable de rescatar la civilización occidental de la desintegración total después de la caída de Roma, pero al hacerlo, los hombres de la Iglesia guardaron un gran poder para sí mismos definiendo los propósitos de la vida en la cristiandad durante un milenio en base a sus interpretaciones de la Biblia.
Cuesta imaginar lo poco que sabíamos los seres humanos en la Edad Media sobre los procesos físicos de la naturaleza. Teníamos un conocimiento muy escaso acerca de los órganos del cuerpo o la biología del crecimiento de las plantas. Se creía que las tormentas eléctricas provenían de dioses enojados o de los designios de espíritus malvados. La naturaleza y la vida humana estaban afianzadas en términos estrictamente religiosos. Como leemos en The Structure of Evil, de Ernest Becker, la cosmología medieval ponía a la Tierra en el centro del universo como un gran teatro religioso que había sido creado para un gran fin: como el escenario en el que la humanidad ganaba o perdía la salvación. Todo –el clima, el hambre, los estragos de la guerra y la enfermedad- había sido creado estrictamente para poner a prueba la fe. Y para orquestar la sinfonía de la tentación estaba Satanás. Él existía, según afirmaban los hombres de la Iglesia, para engañar nuestra mente, para hacer fracasar nuestro trabajo, para aprovecharse de nuestras debilidades y arruinar nuestra aspiración a la felicidad eterna.
Los que se salvaban pasarían la eternidad en la dicha del cielo. Para los que fracasaban, los que sucumbían a las tentaciones, el destino tenía preparada su condena en los lagos de fuego… a menos, por supuesto, que intervinieran los hombres de la Iglesia. Frente a esa realidad, los individuos de la época no podían recurrir directamente a Dios para pedir perdón o evaluar con exactitud si superaban esa prueba espiritual, pues los hombres de la Iglesia se erigían en guardianes exclusivos de lo divino y trabajaban incansablemente para evitar que las masas tuvieran acceso directo a cualquier texto sagrado. Si aspiraban a la eternidad en el cielo, los ciudadanos medievales no tenían más remedio que seguir los dictados a menudo complicados y caprichosos de los poderosos líderes eclesiásticos.
Las razones del colapso de esta visión del mundo son muchas. La expansión del comercio permitió conocer otras culturas y visiones que arrojaron dudas sobre la cosmología medieval. Los excesos y extremos de los hombres de la Iglesia al fin socavaron la credibilidad de la Iglesia. La invención de la imprenta y la distribución entre las poblaciones de Europa tanto de la Biblia como de los libros de la antigüedad llevaron información directa a las masas, lo cual a su vez provocó la revolución protestante.
Una nueva línea de pensadores -Copérnico, Galileo y Kepler- cuestionó en forma directa el dogma de la iglesia en cuanto a la estructura del sistema solar, la matemática referida a las órbitas de los planetas y hasta el lugar de la especie humana en el universo. Con el tiempo, se puso en duda la creencia de que la Tierra estaba en el centro del universo. Y al surgir el Renacimiento y la Ilustración, Dios fue cada vez más apartado de la conciencia cotidiana.
La Angustia de Estar Perdido
Aquí podemos ver uno de los importantes puntos de inflexión histórica en la formación de la cosmovisión moderna. La visión del mundo medieval, a pesar de lo corrupta que era, por lo menos definía toda la existencia. Era una filosofía de coincidencia amplia y abarcadora. Establecía un sentido para toda la gama de hechos de la vida, entre ellos la razón de nuestra existencia y los criterios para ingresar en un plano celestial apacible después de la muerte. La vida era explicada en todas sus dimensiones.
Cuando empezó a derrumbarse la cosmología medieval, los seres humanos de Occidente nos hundimos en una profunda confusión respecto del significado existencial más elevado de nuestras vidas. Si los hombres de la Iglesia estaban equivocados y eran poco confiables, ¿cuál era la verdadera situación de la humanidad en este planeta?
Miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta de que, en un último análisis, simplemente estábamos aquí dando vueltas en el espacio en un planeta que gira alrededor de una de miles de millones de otras estrellas, sin saber por qué. Sin duda había algún Dios, alguna fuerza de creación que nos había puesto aquí con algún fin premeditado. Pero ahora estábamos rodeados de duda e incertidumbre, inmersos en la angustia de la sinrazón. ¿Cómo podíamos encontrar el valor de vivir sin tener una idea clara de un propósito más elevado? En el siglo XVI, la cultura occidental se hallaba en transición; éramos un pueblo atascado entre una cosmovisión y otra en una tierra de nadie.
La Aparición de la Ciencia
Al fin se nos ocurrió una solución para nuestro dilema: la ciencia. Tal vez los seres humanos estuviéramos filosóficamente perdidos, pero nos dimos cuenta de que podíamos adoptar un sistema a través del cual volver a encontrarnos. Y esta vez creímos que sería un conocimiento verdadero, libre de la superstición y el dogma que habían caracterizado al mundo medieval.
Como cultura, decidimos iniciar una investigación masiva, un sistema organizado creador de conciencia, para descubrir los hechos de nuestra verdadera situación en el planeta. Daríamos poder a la ciencia y le ordenaríamos que fuera a ese lugar desconocido (recordemos que en ese entonces el inmenso mundo natural ni siquiera había sido nombrado, mucho menos explicado) para descubrir qué pasaba y explicárselo a la gente.
Nuestro entusiasmo era tan grande que nos daba la impresión de que el método científico podría incluso descubrir la verdadera naturaleza de Dios, el proceso creativo implícito en el núcleo del universo. Creíamos que la ciencia podría poner en orden la información necesaria que nos devolvería el sentido de certeza y significado que habíamos perdido con el colapso de la vieja cosmología.
Pero la fe que teníamos en un descubrimiento rápido de nuestra verdadera situación humana enseguida reveló ser infundada. Para empezar, la Iglesia logró presionar a la ciencia para que se concentrara sólo en el mundo material. Muchos de los primeros pensadores, incluido Galileo, fueron condenados o asesinados por los hombres de la Iglesia. Al avanzar el Renacimiento se produjo una tregua inestable. La Iglesia, herida pero todavía poderosa, se obstinaba en adjudicarse exclusiva competencia sobre la vida mental y espiritual de los seres humanos. Aprobaba la investigación científica apenas a regañadientes y los hombres de la Iglesia insistían en que la ciencia se aplicara sólo al universo físico: los fenómenos de las estrellas, las órbitas, la Tierra, las plantas y nuestro cuerpo.
Gracias al territorio, la ciencia empezó a concentrarse en este mundo físico y prosperó con rapidez. Empezamos a establecer la física implícita en la materia, nuestra historia geológica y la dinámica del clima. Se nombraron las partes del cuerpo humano y se investigaron las operaciones químicas de la vida biológica. Cuidadosa de no hacer caso a ninguna de las derivaciones que sus descubrimientos pudieran tener respecto de la religión, la ciencia empezó a analizar exclusivamente el mundo exterior.

Un Universo Materialista
La primera imagen amplia sobre el funcionamiento de ese mundo exterior fue creada por Sir Isaac Newton, que reunió las perspectivas de los primeros astrónomos en un modelo del universo estable y predecible. La matemática de Newton sugería que el mundo más amplio funcionaba de acuerdo con leyes naturales inmutables, leyes que podían darse por sentadas y ser utilizadas en forma práctica.
Descartes ya había planteado el argumento de que el universo en su totalidad -la órbita de la Tierra y los otros planetas que giren alrededor del Sol, la circulación de la atmósfera según patrones climáticos, la interdependencia de las especies animales y vegetales- funcionaba como una gran maquinaria cósmica, o como un mecanismo de relojería, siempre confiable y por entero desprovisto de influencia mística.
La matemática de Newton parecía probarlo. Y una vez que se estableció esta imagen holística de la física, todos creyeron que las otras disciplinas de la ciencia no tenían más que completar los detalles, descubrir los miniprocesos, los niveles más ínfimos y las fuentes que hacían funcionar el gran reloj. Cuando esto empezó a ocurrir, la ciencia fue especializándose cada vez más para organizar el universo físico, marcando subdivisiones más y más pequeñas y ahondando en los detalles para definir y explicar el mundo que nos rodea.
El dualismo cartesiano y la física newtoniana establecieron una posición filosófica que fue rápidamente adoptada como visión del mundo imperante para la era moderna. Esta visión propiciaba además un escepticismo empírico en el que nada referido al universo debía creerse a menos que se demostrara que existían experimentos cuantitativos incuestionables.
Después de Francis Bacon, la ciencia se volvió aún más secular y pragmática en su orientación y se apartó cada vez más de las cuestiones más profundas de la vida y el propósito espiritual de la especie humana. Si los presionaban, los científicos hacían referencia a una noción deísta de Dios, una deidad que había puesto el universo en funcionamiento al principio y dejaba que luego funcionara en su totalidad por medios mecánicos.
La Solución del Iluminismo
Llegamos ahora a otro punto de inflexión clave en la formación de la cosmovisión moderna. Habíamos recurrido a la ciencia para descubrir las respuestas a nuestros interrogantes existenciales y espirituales más grandes, pero la ciencia se abstrajo en un enfoque puramente secular y material. ¿Quién podía saber cuánto se tardaría en descubrir el sentido más elevado de la vida humana?
Obviamente, en Occidente necesitábamos un nuevo estandarte de significado, una nueva mentalidad a la que pudiéramos aferrarnos mientras tanto y, más importante aún, que ocupara nuestra mente. Y en ese momento nuestra decisión colectiva fue la de volver la atención hacia el mundo físico, como lo hacía la ciencia. Después de todo, la ciencia descubría un rico tesoro de recursos naturales que estaban allí a nuestra disposición. Y podíamos usar dichos recursos para mejorar nuestra situación económica y así estar más cómodos en este mundo secular nuestro. Tal vez tuviéramos que esperar para conocer nuestra verdadera situación espiritual, pero, mientras esperábamos, podíamos estar más seguros desde el punto de vista material. Aunque temporaria, nuestra nueva filosofía fue el fomento del progreso humano, el compromiso de mejorar nuestra vida y la vida de nuestros hijos.
Por lo menos, esta nueva filosofía alivió nuestra mente. El peso liso y llano del trabajo por hacer nos mantenía ocupados, así como mantenía nuestra atención alejada del hecho de que el misterio de la muerte, y por ende la vida misma, seguía flotando sin una explicación. Algún día, al final de nuestra existencia terrenal, tendríamos que enfrentar las realidades espirituales, fueran cuales fueren. Pero mientras tanto redujimos nuestro punto de atención a los problemas de la existencia material cotidiana y tratamos de convertir al progreso, personal y colectivo, en la única razón de nuestra breve vida. Y ésa era nuestra postura psicológica al comienzo de la era moderna.
Basta con que echemos un rápido vistazo al final del siglo XX para ver las enormes consecuencias de este limitado enfoque del progreso material. En pocos siglos exploramos el mundo, fundamos países y creamos un enorme sistema de comercio global. Además, nuestra ciencia venció enfermedades, desarrolló formas impresionantes de comunicación y envió al ser humano a la Luna.
Sin embargo, todo esto se realizó a un costo muy alto. En nombre del progreso, explotamos el medio ambiente natural casi hasta un nivel de destrucción. Y personalmente, vemos que en cierto momento nuestra concentración en los aspectos económicos de la vida se convirtió en una obsesión utilizada para ahuyentar la ansiedad de la incertidumbre. Transformamos la vida secular y el progreso, regido por nuestra lógica, en una única realidad que permitimos ingresar en nuestra mente.
La cultura occidental empezó al fin a despertar de esta preocupación a mediados de este siglo. Nos detuvimos, miramos a nuestro alrededor y empezamos a comprender que estábamos en la historia. Ernest Becker ganó un premio Pulitzer por su libro The Denial of Death porque mostraba con claridad lo que el mundo moderno se había hecho a sí mismo en el plano psicológico. Limitamos nuestro punto de atención a la economía material y durante muchísimo tiempo nos negamos a admitir la idea de una experiencia espiritual más profunda porque no queríamos pensar en el gran misterio que es esta vida.
Creo que por eso se tendía a abandonar a las personas mayores en geriátricos. Verlas nos recordaba lo que habíamos ahuyentado de nuestra conciencia. Nuestra necesidad de ocultarnos del misterio que nos asustaba también explica por qué resultaba tan extraña a nuestro sentido común la creencia en un universo donde la sincronicidad y otras capacidades intuitivas son reales. Nuestro miedo explica por qué, durante tantos años, los individuos que tenían experiencias misteriosas de sincronicidad, intuición, sueños proféticos, percepciones extrasensoriales, experiencias de vida después de la muerte, contacto angélico, y todo lo demás -experiencias que siempre tuvieron lugar en la existencia humana y que continuaron incluso en la edad moderna- enfrentaban tanto escepticismo. Hablar de estas experiencias o admitir incluso que eran posibles amenazaban nuestro supuesto de que lo único que existía era nuestro mundo secular.
Vivir el Ahora Más Prolongado
Vemos, pues, cómo la percepción de la sincronicidad en nuestra vida representa nada menos que un despertar colectivo de una cosmovisión secular que duró siglos. Ahora, al observar la vida moderna con sus maravillas tecnológicas, podemos ver el mundo desde una perspectiva psicológica más reveladora.
Cuando terminó la era medieval, perdimos nuestro sentido de certeza respecto de quiénes éramos y qué significaba nuestra existencia. Entonces inventamos un método científico de indagación y quisimos que este sistema encontrara la verdad de nuestra situación. Pero la ciencia se fragmentó en miles de caras incapaces de configurar de inmediato una imagen coherente.
Reaccionamos entonces ahuyentando nuestra ansiedad, para lo cual nos concentramos en actividades prácticas, redujimos la vida a sus aspectos económicos solamente y por último entramos en una obsesión colectiva por los aspectos materiales y prácticos de la vida. Como vimos, los científicos montaron una visión del mundo que reafirmó esta obsesión y durante muchos siglos nosotros también nos perdimos en ella. El costo de esta cosmología limitada fue el estrechamiento de la experiencia humana y la represión de nuestra percepción espiritual más elevada, una represión que por fin estamos superando.
Nuestro desafío es mantener esta perspectiva respecto de la historia en nuestra conciencia, como una cuestión de ejercicio, en especial cuando el materialismo todavía influyente aparece para volver a hundirnos en la vieja visión. Debemos recordar dónde estamos, la verdad de la era moderna y hacerla parte de cada momento, pues a partir de esta sensación más fuerte de estar vivos podemos abrirnos a la siguiente etapa de nuestro viaje.
En cuanto cambiamos nuestra mirada, vemos que la ciencia no nos falló por entero. Siempre hubo en la ciencia una corriente subyacente que iba silenciosamente más allá de la obsesión material. En las primeras décadas del siglo XX, una nueva ola de pensamiento empezó a configurar una descripción más completa del universo y de nosotros mismos, descripción que por fin está introduciéndose en la conciencia popular.
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