
Estos últimos años, con frecuencia se oye el término transpersonal en los círculos psicológicos. C. G. Jung lo había utilizado ocasionalmente y no fue probablemente el primero. Actualmente es utilizado sobre todo para indicar lo que se encuentra más allá, o el proceso que consiste en traspasar y trascender el nivel de acciones, de impulsos, de sentimientos y de realizaciones habitualmente considerado como personal. Desafortunadamente, el término transpersonal es ambiguo y puede prestarse a confusión si no se define claramente el sentido que se le da. La ambigüedad viene del doble sentido del prefijo trans, que significa a la vez a través y más allá; este último sentido es más fundamental y más corriente que el primero.
En el sentido más allá, el prefijo trans es comparable a la raíz griega meta; pero los psicólogos que utilizan el término transpersonal han pensado, al parecer, que metapersonal constituiría una asociación molesta entre el griego y el latín y podría establecer una relación indeseable con metafísico. Comencé a utilizar la palabra transpersonal en 1929; pero era para caracterizar la liberación de un poder que funcionaba a través de lo personal. Se puede ciertamente considerar la fuente de este poder, de esta conciencia o de esta actividad como situada más allá del dominio de la personalidad; pero la actividad en sí es transpersonal porque su rasgo más significativo consiste en utilizar a una persona como instrumento o agente a través del cual la actividad es liberada bajo una forma concentrada. Como este sentido del término implica la existencia de una fuente de actividad en un dominio más allá, por encima o en las profundidades de la consciencia personal normal de los seres humanos, hay evidentemente implicaciones sospechosas y mal acogidas para el científico que rechaza tratar con entidades que existen fuera del campo de la percepción sensorial y de la conceptualización estrictamente racional. Pero, si una actividad transpersonal implica atravesar, ir más allá de los límites y de lo concreto o de la racionalidad de lo que la mayor parte de la gente considera como el estado de consciencia o de sentimientos normal, entonces es mucho más aceptable para la mentalidad científica. Se refiere a las aspiraciones religiosas y a la devoción del hombre por ideales trascendentes, ya sean suprahumanos o suprapersonales. La evolución es considerada como una ascensión y el gran personaje es concebido como superior a la media humana.
Si por otra parte se concibe la actividad transpersonal como un proceso que atraviesa a una persona que se convierte entonces en un agente para la exteriorización de una fuerza cósmica o de una entidad espiritual, hay que aceptar el punto de vista del verdadero Ocultismo. Uno de los principios más esenciales del Ocultismo está definido como sigue en The Secret Doctrine de H.P.B. (vol. I, p. 224): El Universo es puesto en funcionamiento y es guiado desde adentro hacia el exterior, controlado y animado por una serie casi infinita de Jerarquías de Seres que sienten que tienen, cada uno, una misión y son independientemente del nombre que se les dé: Dhyans-Chohans, ángeles- mensajeros, en el sentido estricto en el que son agentes de las leyes kármicas o cósmicas. Ninguno de estos seres, superior o inferior, tiene individualidad o personalidad como entidad separada, es decir, en el sentido en que un hombre dice yo soy yo y nadie más que yo. Dicho de otro modo, no son en absoluto conscientes de este tipo de separatismo que tienen los hombres en la Tierra. La individualidad caracteriza sus jerarquías respectivas y no sus unidades.
Si, en los niveles cósmico-espirituales donde operan estas jerarquías no hay individualidad en el sentido estricto, parece lógico aceptar la idea de que, para actuar de manera precisamente focalizada a nivel de la existencia humana, estas entidades necesitan de un agente, un emisario o mensajero entre los hombres para que se produzca una liberación de la energía fuertemente concentrada, del mismo modo que la luz del Sol necesita una lente focalizadora para prender fuego a un papel. Esta actividad focalizante de energía o de poder creador (es decir, transformador y transfigurador) es lo que yo entiendo por el término transpersonal cuando lo utilizo. Se refiere a un descenso del poder: una acción del Espíritu a través de una persona individual.
Algunos psicólogos transpersonales aceptarían la posibilidad de este tipo de acción proveniente de una fuente trascendente, ya que su enfoque del universo y del hombre es suficientemente vasto; pero insisten en una actitud empírica y en observar lo que ocurre desde un punto de vista experimental. Como resultado de ello el campo de sus investigaciones concierne al estudio de los fenómenos que extienden, elevan, intensifican y transforman la consciencia humana de acuerdo con las vías habitualmente interpretadas como místicas o, al menos, casi místicas y subliminales. Lo que es percibido de esa forma constituye las manifestaciones variadas de una consciencia que trasciende los sentidos y abandona quizá el ego: las experiencias peak estudiadas por Abraham Maslow, la beatitud, el milagro, el éxtasis del individuo que se auto-realiza y se trasciende la gota de agua a punto de fundirse en el mar-.
Frecuentemente se ha esbozado el sendero del verdadero místico y sus diferentes estaciones han sido explicadas, simbolizadas, cantadas en poemas inspirados, ya sea en la India o en la Europa medieval, por los sufís, los gnósticos cristianos o incluso, más recientemente, por diferentes espíritus iluminados que han surgido de las tinieblas de las emociones y del egocentrismo humano hacia la luz de un estado de revelación divina. Pero hay otro sendero, otra forma de consciencia reveladora de la Luz, que opera en otra dirección porque está polarizada de forma distinta. Es el sendero del Avatar de la Manifestación o de la Encarnación Divina y, en un nivel operativo menor, es también el sendero del genio creador y del héroe cultural. Un poder espiritual, cósmico o divino actúa en y a través de estos hombres. Ya sea de una manera totalmente consciente, o semiconsciente, o incluso inconscientemente, se han convertido en agentes de las fuerzas de seres espirituales o de fraternidades ocultas que los utilizan como instrumentos focalizadores y, en otro sentido, como jóvenes asociados o mensajeros- para realizar acciones exigidas en ciertos momentos por el estado de evolución de la humanidad o solamente de una cultura y de una comunidad de seres humanos. Estas acciones están realizadas a través de una forma, y esta forma es la personalidad del Avatar, del genio creador o del héroe cuyos hechos se convierten en símbolos ejemplares para toda una cultura o toda una nación. Volveremos a este tipo de seres humanos inspirados, pero antes tenemos que mencionar un tercer tipo de personas, los grandes ascetas que luchan con una voluntad intensa y persistente, contra las pulsaciones biopsíquicas y las pasiones de la naturaleza humana para tratar de controlarlas totalmente, de dominarlas, sujetarlas e incluso de paralizarlas. La India ha visto y todavía ve disciplinas e incluso torturas que se imponen estos individuos. En ese país de exuberancia frecuentemente tropical, estos hombres buscan alcanzar estados de consciencia y de poder supranaturales por las formas más violentas de rechazo de todo lo que, en su cuerpo, pide gratificación -todo, exceptuando quizá el ego bajo sus aspectos más sutiles!-.
El ascetismo forma, sin lugar a dudas, parte integrante de la vida mística, en particular en las primeras etapas de purificación; y el misticismo, del mismo modo que el ascetismo, puede ser considerado como una forma de actividad contrapersonal. Ambos obran a contrapunto de todo lo que nutre, satisface y expresa un modo de vida personal. La principal diferencia entre el verdadero místico y el asceta típico reside en el hecho de que el primero busca un estado de unión con lo divino por el amor y/o una devoción absoluta, mientras que el último tiene tendencia a considerar los medios utilizados para alcanzar un estado supranatural como fines en sí mismos y permanece, conscientemente o no, apegado a su voluntad personal y a la manifestación de los poderes supranormales que ha alcanzado.
En la vida de ciertos Avatares hay también, en sus comienzos, períodos de privaciones y de autodisciplinas intensas, y alcanzan efectivamente momentos de consciencia mística y una devoción ferviente por lo que ellos saben o sienten actuar a través de ellos; pero la dirección u orientación de la actividad vital esencial es la opuesta a la del místico, al menos hasta que el gran místico se convierta él mismo en un centro de irradiación para aquello con lo que se ha unido en el amor y abandono total del ego. Por lo tanto, al tratar de definir las características de estos modos de actividad ir más allá y combatir la naturaleza personal o bien permitir conscientemente a la personalidad ser utilizada con fines supranaturales- no tengo la intención de establecer categorías rígidas de conducta o finalidad. Si se puede hablar de categorías, son ciertamente no excluyentes: se entremezclan en numerosos puntos. Representan actitudes y finalidades fundamentales que hay que diferenciar si uno quiere comprender y evaluar correctamente las características que cada uno implica y proyecta al exterior.
En el término transpersonal, la ambivalencia del prefijo trans es un índice revelador de la diferencia entre el místico y el gran Avatar o Manifestación Divina, pero también los tipos inferiores representados por el genio creador y el héroe cultural. Para evitar esta ambigüedad, prefiero, pues, utilizar dos términos: contrapersonal y transpersonal.
El místico tomado en forma general como tipo característico- trata de alcanzar un modo de consciencia y lleva deliberadamente una vida que lo separa de lo que su sociedad de origen considera como normal. Exactamente del mismo modo que el verdadero ocultista, el místico es una manifestación de una tendencia contracultural que polariza la vibración básica de la cultura de su comunidad y de su raza. Incluso en la India antigua, tierra que tendemos a asociar a los místicos y a las proezas yóguicas de poder supranatural, estas manifestaciones, aunque generalmente aceptadas y veneradas como supremamente válidas, presentan un contraste agudo con el carácter salvaje de las pasiones biológicas y psíquicas del pueblo y la violencia no enmascarada de la vida política, al menos durante un largo período de la historia de esta nación.
El esquema cuadrifoliado de desarrollo de una vida humana, establecido o al menos codificado por las antiguas Leyes del Manu, presentaba la gran ventaja de integrar la búsqueda de realizaciones místicas en la duración de la vida. Cada uno de los cuatro períodos de edad tenía una tarea definida: la tarea de aprender la tradición (etapa Bramachara), la tarea de perpetuar la raza dando nacimiento a una prole y asegurando su bienestar por un trabajo productivo (etapa Grishastha), la tarea del servicio no remunerado a la comunidad socio-cultural (etapa Vanaprasha) y, finalmente, la tarea de prepararse para la muerte (etapa Sannyasa), pero la muerte considerada como una transición hacia una forma más espiritual de existencia subjetiva que conduce a fin de cuentas a un nuevo nacimiento, dependiendo el carácter de este nuevo nacimiento de el último pensamiento en el momento de la muerte.
Esta última etapa, ya preparada en cierta medida por la tercera, representaba una completa inversión de consciencia ya que, mientras que las primeras etapas implicaban un apego y una identificación fundamentales a las energías vitales de la naturaleza y de la cultura tradicional de una sociedad rígidamente planificada, esta cuarta etapa exigía del individuo un desapego total por todo lo que antes lo había atraído. En numerosos casos, la persona de edad se retiraba del pueblo unidad social de la cultura india- y vivía en el bosque aledaño, consagrando la mayor parte del tiempo a la meditación. Parece que es de estas meditaciones sobre el apego y la muerte, de donde los antiguos filósofos de los bosques extrajeron las enseñanzas de los Upanishads que revelan la posibilidad para la consciencia individualizada de fundirse el océano del ser universal, aún permaneciendo en el mismo cuerpo físico. Esto significaba la posibilidad de experimentar la muerte el desapego total- y volver a la consciencia de la personalidad en un estado transfigurado y con una comprensión transformada del ciclo vida-muerte-vida. El yoga fue muy probablemente en sus inicios una técnica que conducía finalmente a una experiencia de muerte seguida por el regreso a la plena consciencia; encontramos igualmente esta experiencia de muerte como parte integrante y esencial del judo y de otras formaciones similares. El estado de Samadhi es, en un sentido, una condición de muerte, en lo que concierne a la consciencia personal y, en el momento de la última etapa de la elevación de Kundalini, la energía vital de cada célula del cuerpo es reunida en un punto en la cabeza, lo cual deja al cuerpo en un estado semejante a la muerte, seguido de un renacimiento que resulta de un descenso de la energía espiritual.
El verdadero místico llega también a experimentar una muerte de la persona natural en él y un renacimiento en un nuevo estado, iluminado por el recuerdo (e, idealmente, por la posibilidad de reexperimentarlo a voluntad), de una condición extática de ser y/o de la consciencia. En el sentido literal, éxtasis significa salir de sí mismo, por tanto, salir y alcanzar no solamente una iluminación de la consciencia individualizada, sino también un estado de ser trascendente donde la separación, las distinciones y las diferencias son absorbidas en una experiencia sentida de la unidad que subyace en ellas.
En numerosos casos, esta experiencia puede ser un reflejo del poder y de la cualidad de un ser mucho mayor sobre la consciencia sosegada del místico en un estado de expectativa. Puede también resultar de una apertura temporal de las puertas de la percepción el dejar entrar una luz celeste- por la acción de un personaje que se ha repolarizado a este nivel trascendente. Puede incluso ser inducida por drogas psicodélicas que derriban, por algunos instantes, las membranas protectoras y las barreras erigidas por el ego, por su cultura y su religión vía peligrosa ya que estas protecciones pueden ser dañadas de manera permanente y son necesarias para la puesta en funcionamiento efectiva de la mente en el mundo cotidiano-. En cualquier caso, lo que en principio se ve modificado y revolucionado es el aspecto sentimiento de la consciencia. He aquí por qué la mayor parte de los grandes místicos que han tratado de transmitir a otros algo de la cualidad de su experiencia, han utilizado como símbolos las experiencias de amor humano y de unión física.
A causa de su enfoque racionalista y dogmáticamente teológico de la experiencia humana, la cultura europea no podía integrar verdaderamente el estado místico en sus esquemas normales de desarrollo humano. Los monasterios y los conventos se convirtieron en las únicas formas aceptables de actividad contrapersonal; pero esta actividad estaba totalmente contenida en los límites colectivos del espíritu religioso y obraba como intermediaria de una intensa devoción a una persona divina, ya fuese el Cristo o María, la Virgen-Madre. Un enfoque similar de las realizaciones trascendentales, pero pluralista y más fragmentado, se ha desarrollado también en la India medieval, en el gran movimiento bhakti y en los cultos de Radhakrishna actitud que ha persistido en la relación típicamente hindú entre el chela y el gurú.
Yo aplico el término contrapersonal a estas manifestaciones de un deseo ardiente, profundamente humano, de autotrascendencia, que se expresa bajo la forma de una intensa devoción y, en nuestro nivel individualista de evolución, de deseo o de nostalgia por un regreso a una condición primordial de unidad y de espiritualidad porque, durante algo así como veinticinco siglos, la corriente principal del desarrollo humano ha fluido en dirección opuesta. La humanidad en su conjunto ha buscado desarrollar la mente individualizante y atomizante; y esta mente encuentra su campo de acción preferencial en la materia estrictamente medible y divisible casi ad infinitum. La consciencia del hombre, por tanto, ha desplegado sus capacidades latentes en una dirección orientada hacia la materia. Se ha interesado en una multiplicidad de datos cada vez mayor, en sensaciones cada vez más complejas y más refinadas y en una miríada de variaciones intelectuales sobre los temas del gozo sexual, del bienestar corporal y de la excitación nerviosa. Son los fundamentos sobre los que se ha construido nuestra civilización occidental, en particular en los últimos 500 años; antes de este período, las mismas tendencias estaban en funcionamiento bajo diversas formas en otras culturas, sin alcanzar, sin embargo, el mismo carácter de cuasi exclusividad. Por lo tanto, todo movimiento que obre en contra de esta corriente evolutiva puede ser calificado, con pleno derecho, de contracultura, al menos en cierta medida, y de contrapersonal, sobre todo en la sociedad americana.
El sendero del Avatar, del héroe y del genio creador conduce a aquellos que le siguen hacia una dirección que es, en realidad, la de la corriente evolutiva principal; pero, en la mayor parte de los casos, estos hombres actúan contra la inercia de esta corriente principal, inercia que se manifiesta en las instituciones, los paradigmas no cuestionados, los esquemas estándar de comportamiento y de sentimientos y los estereotipos intelectuales de una sociedad particular y para un fin evolutivo particular. Estos hombres son transformadores, y si no son destructores, al menos son críticos y reformadores implacables de organismos sociales esclerotizados. Sin embargo, aunque se considere que mueven y sacuden las sociedades hiperritualizadas y satisfechas de ellas mismas, ellos mismos están movidos por poderes cósmicos y puede ser que por seres suprapersonales que les inspiran, pero también los inspiritualizan. Son agentes del destino. Alrededor y a través de ellos, todo empieza a moverse y a cambiar, aparentemente con consentimiento, pero en realidad obligado por un contagio de cambio, una voluntad cuyo fuego arde hasta que el organismo físico mismo se ha consumido por la energía que fluye a través de él y que deja frecuentemente a la personalidad trastornada y vacía. Estos hombres pertenecen esencialmente al linaje de los espíritus prometeicos. Son las manifestaciones de estos grandes karma-yoguis que han debido asumir una buena parte de las consecuencias casi inevitables de su don del fuego a seres humanos que no estaban preparados, que no querían y que por lo tanto no eran capaces de actuar como co-creadores de estas llamas divinas.
Los Avatares llegan a una raza o a una nación donde ha surgido la necesidad aguda de una experiencia de muerte-renacimiento porque las antiguas estructuras se han vaciado de todo sentido vital limitante y porque una combinación de inercia a un nivel y de caos a otro nivel lo domina todo. Ellos llegan cuando el tiempo ha llegado. Son criaturas del tiempo (Kala en sánscrito) porque el tiempo es el aspecto estructural del cambio y estos hombres están obsesionados por la voluntad de cambiar y el deseo ardiente de transformar todo lo que tocan.
Esta voluntad, este deseo ardiente, implacable, insaciable, no son suyos como individuos. La voluntad de destino es la única que conocen realmente: la voluntad de consumar los actos que deben ser hechos, sin tener en cuenta las consecuencias sobre su vehículo terrestre personal. Esta voluntad de destino es el poder que los mueve, frecuentemente hacia una consumación trágica. Ella obra esencialmente más allá de lo que los hombres ordinarios denominan el bien y el mal, porque la muerte polariza el renacimiento y la tragedia es el hermano negro de toda liberación de nueva potencialidad.
Estos seres prometeicos no deberían ser considerados como místicos, aunque la fuente de su actividad esté en un dominio que trasciende lo personal y lo simplemente humano. La fuente está en ese dominio y nosotros podemos darle un nombre más o menos encantador: Yo Superior, Maestro, Señor del Karma, Dios y, en algunos casos, sus contrapartidas negativas sobre el sendero de la desintegración total, más allá de la posibilidad de renacimiento en este esquema del mundo, ya que hay también Avatares del Mal-. La fuente puede estar personificada y el Avatar puede sentirse identificado con ella, de manera que los que le siguen pueden declararlo encarnación divina; transcarnación sería más justo. El fuego de la transformación arde a través de la carne hasta que su trabajo sea hecho o, al menos, hasta que los discípulos atraídos hacia la llama hayan agotado su capacidad de responder al fuego y a la luz que él irradia.
El místico es un individuo que, en el desarrollo de su alma, ha alcanzado una fase que le permite, en la luz de un intenso deseo de unión con lo divino y de un amor que no acepta límites, experimentar el estado de unidad. El alma de un ser que se manifiesta bajo la forma de un Avatar puede haber alcanzado este estado de unidad en una existencia pasado o puede estar a punto de alcanzarlo en una vida futura, pero su vida como Avatar (o genio creador o héroe cultural) está polarizada por una finalidad totalmente diferente. Esta vida es, lo repito, un ritual de actividad transformadora; y la creatividad implica el poder de transformar aquello sobre lo que uno concentra su atención. Esta actividad es una respuesta a una necesidad colectiva. Es una respuesta particular, condicionada por una necesidad particular, en un lugar y una época particulares.
En un sentido pues, las proezas o la obra creadora realizadas pueden ser denominadas personales cuando son consideradas en ellas mismas. Están determinadas por lo que se produce en el dominio de las personalidades humanas, incluso si la circunstancia sigue un ritmo cíclico cósmico más allá de las personalidades simplemente humanas como tales. Como los resultados de la obra del Avatar conciernen a la transformación de una colectividad de personas (o de la humanidad y del planeta como un todo, en el caso de los Grandes Avatares), están inevitablemente condicionados por el género de consciencia y la posibilidad de respuesta-sentimientos en relación con el nivel de base en el que la humanidad o una comunidad opera en ese momento dado. El Avatar acepta lo que existe en el momento de su llegada; lo utiliza de manera que sea capaz de transformarlo. Uno no puede transformar más que aquello a lo que uno pertenece o ha pertenecido; es decir, desde el interior. Es necesario, por lo tanto, haber experimentado este interior y actuar, en cierta medida, como si uno le perteneciera como si uno fuera simplemente una personalidad humana-.
El Avatar puede ser considerado como el terminal terrestre de una línea de transmisión de poder. Es un instrumento mágico, una máscara utilizada en un ritual colectivo. Este ritual de metamorfosis puede no concernir más que a una situación racial-cultural estrechamente definida, con vistas a la finalidad última de un pequeño ciclo cuyo Avatar es la semilla mutante; o bien puede referirse a un gran ciclo evolutivo. Por lo tanto, hay Avatares de diferentes niveles y la dificultad para determinar el nivel de cada uno de ellos reside en el hecho de que el comienzo de un pequeño ciclo puede coincidir con el de uno o varios ciclos mayores. La línea de transmisión de poder puede ir mucho más lejos hacia el centro galáctico, símbolo de nuestro Dios o Logos cósmico, de lo que parecería si uno no considerara más que el carácter de la máscara: la persona-instrumento, el oficiante del ritual.
Por lo tanto, antes que nada hay que comprender que el carácter del Avatar no reside en sí mismo como individuo sino en la cualidad de sus actos o de sus creaciones; él es en realidad la puesta en funcionamiento de una cualidad. Él vive en el acto que él realiza, en el mensaje que entrega. Él ha nacido con este fin, y en muchos casos, su vida es un sacrificio, simplemente porque no es verdaderamente su vida. Esto no significa que haya que considerarlo como un médium; más bien se podría decir que es un mediador. Él realiza trans-acciones entre una fuente de poder divino o cósmico y aquellos que necesitan liberarse para convertirse en algo más que lo que son. Su consciencia de la finalidad de la performance es proporcional a la manera en que su organismo biopsíquico personal es capaz de responder a la consciencia y a la intención de la fuente y a la naturaleza del poder liberado a través de él; mientras más alto sea el nivel de evolución de sus ascendentes biológicos y de la colectividad a la que debe dirigirse de acuerdo con su destino, más grande, más precisa será su consciencia de la finalidad que persigue. Sin embargo, si tiene consciencia, es la consciencia revelada en el acto y a través de la performance.
Los términos clarividencia y clariaudiencia son comúnmente utilizados en nuestros días. Se debería también adoptar el término de clari-pensamiento y clariacción cuando se habla de una cualidad del pensamiento y de la acción que implica mucho más que lo que se entiende generalmente por pensar y actuar. En el clari-pensamiento hay muy poco de actividad reflexiva; es así como un ocultista como Sri Aurobindo y un científico-filósofo inspirado como Teilhard de Chardin han acentuado la superioridad de una cierta forma de visión interior sobre los procesos racionalizadotes del pensamiento analítico y conceptual ligado al cerebro. Lo que parece ser visión es más bien una identificación inmediata de la mente con una idea de un principio cósmico sobre la cual se ha focalizado un proyector de certidumbre. Del mismo modo, la clariacción se refiere a una performance cuya ineluctabilidad es evidente cuando la voluntad-de-actuar moviliza los órganos de acción requeridos. Lo que nosotros llamamos instinto en el reino animal es clariacción a nivel de una consciencia genérica, no consciente de ella misma. Pero, en el Avatar, la consciencia está expandida en el acto, incluso si no lo precede. Una verdadera acción avatárica no es reflexionada: es espontánea de una forma madura. Pero la fuente del acto está más allá de la personalidad y de su consciencia de ego. El acto es transpersonal porque el poder liberado utiliza a la persona como una lente para focalizar la liberación.
Se puede considerar también como Avatar, a nivel socio-cultural, al artista creador que no se contenta simplemente con imitar y con reproducir, con algunas modificaciones personales superficiales, los esquemas que su cultura y sus instructores han impreso sobre su mente. Es un Avatar en la medida en que un poder, que trasciende el campo de su personalidad controlada por el ego, lo inspira o inspiritualiza verdaderamente es decir, en la medida en que exterioriza en formas concretas, musicales, plásticas o literarias, lo que es realmente necesario en ese momento y en ese lugar particular-. Estas formas deben ser aceptables al menos para los espíritus y los corazones más abiertos entre sus contemporáneos o sus hijos; y son aceptables si responden verdaderamente a esta necesidad y cuando al menos un pequeño número de personas ha tomado consciencia de lo que es esta necesidad. Nada puede ser vertido en un vaso totalmente lleno. Si un grupo de individuos en una comunidad no ha experimentado un cierto grado de vacío interior, su consciencia colectiva no puede llenarse por el poder de un nuevo aspecto del Espíritu. Hace falta que hayan sido labrados, desgarrados por la ansiedad, la soledad, la alienación y un profundo sufrimiento incluso si este sufrimiento no tiene causa aparente- para ser capaces de recibir la nueva semilla.

Ellos son los artistas creadores que tienen por misión concretizar y dar una forma pública a un estilo de vida, de sentimiento y de pensamiento que encuentra, a través de ellos más que de ellos, su florecimiento perfecto. Ellos representan verdaderamente el florecimiento de una cultura; ellos esencializan su carácter fundamental. Extraen la calidad más pura de los esquemas del modo de vida de su sociedad, quizá pesadamente oscurecidos o confusos; extraen el sentido seleccionando y acentuando sus rasgos más reveladores. Ellos pueden ser capaces de evocar el alma de la cultura; y el gran arte es siempre evocador más que descriptivo. J. Sebastián Bach es un ejemplo notable de este tipo de personalidad creadora.
Sólo hombres de menor estatura se contentan con pintar fielmente, de manera casi fotográfica, lo que es; pueden ser hombres notables en su oficio, pero no se les puede considerar como Avatares, incluso si o quizás precisamente debido a que- reciben aplausos inmediatos. Pueden ser personalidades excepcionales, pero no seres transpersonales. Del mismo modo, un personaje religioso, a la cabeza o en las filas de una institución religiosa organizada, puede ser una gran personalidad, un perfecto ejemplo del ideal promovido por la religión, un excelente organizador; pero esto no hará de él un avatar, a menos que llegue en medio de una crisis generalizada, que se haya hecho necesaria para restablecer en su pureza el ideal pervertido, y purificar, reorganizar una institución sacudida de una manera drástica mientras que su ciclo de viabilidad todavía no ha sido agotado. Esto implicaría una transformación que más bien habría que poner en la categoría de las reformas.
Se dice habitualmente que el gran Avatar tiene la ciencia infusa, que ha nacido con un conocimiento innato de su función y de su destino; pero puede ser que esta afirmación incluya una cierta proporción de encanto falaz y de comprensión incompleta. Estando ampliamente abierto a la consciencia colectiva de la sociedad que, desde su nacimiento, ha alcanzado el fin de su ciclo, la mente del Avatar es capaz de utilizar todo lo que es requerido por las acciones que se supone que él debe cumplir. El no sabe y aprende simplemente para conocer u ocupar una posición social. Sus acciones co-nocen aquello que tienen necesidad de saber, para salir adelante según el ritmo intrínseco del destino del Avatar. En calidad de emisario del Hombre o de algún poder espiritual cósmico más allá del campo de la Tierra o incluso del sistema solar- todo lo que necesita está disponible, pero no para él a título de posesión personal; está disponible para el poder que se expresa a través de él. Este conocimiento puede no ser transmisible y no necesitar de una mayor memoria, del mismo modo que el conocimiento instintivo del animal no tiene necesidad de memorizar la manera de construir un nido o de paralizar un insecto del que su progenie tendrá necesidad para su alimentación. El que crea en una forma de reencarnación personal dirá que todo conocimiento que es evidentemente innato prueba que el Avatar ha adquirido en una encarnación pasada este conocimiento y la capacidad de utilizarlo efectivamente. Indudablemente es una manera de explicar el fenómeno; pero, es acaso la única y la más profunda? Esta explicación individualiza un proceso que muy probablemente tiene sus raíces en una relación especial entre el joven anormalmente sabio y la Mente Una del Hombre. En la vida de todo Avatar, es el Hombre o más bien uno de los múltiples aspectos del potencial multidimensional de ser del Hombre- quien actúa, habla o entona la nota clave de un nuevo ciclo en la evolución planetaria de la humanidad como un todo.

También es el Hombre o el aspecto particular del Hombre del que tiene necesidad una raza particular o una comunidad humana para su supervivencia o su expansión- el que actúa a través de aquel que realiza grandes hazañas y hace de él un héroe para las generaciones aún por venir. En el sentido más general del término, un héroe es un hombre o mujer que, en un estilo totalmente consistente y significativo, realiza los actos del destino que él ha aceptado y asumido en lo más profundo de su ser, incluso si no está a nivel del ego consciente la mayor parte del tiempo. Una performance heroica es un acto o una serie de actos al menos relativamente perfecta, es decir, realizada a través. Es la performance de un papel que libera la potencialidad creadora inherente a un momento específico en el gran juego de la evolución humana. En ella, el actor, que se ha identificado totalmente con su papel, vierte su sustancia vital en la acción. Él es la acción tanto como el actor; y es también, en un sentido, aquello sobre lo cual actúa, ya que, espiritualmente hablando, los tres son uno. La necesidad, la respuesta perfectamente adaptada y el hecho de responder constituyen un solo momento en el drama cíclico de la existencia, tan grande o pequeño como sea este ciclo.
Frecuentemente el héroe muestra no solamente un gran coraje, una perseverancia indomable en el enfrentamiento con obstáculos siempre nuevos, una fuerza de carácter y una magnanimidad en la victoria, sino también pasiones intensas y lo que se llamaría orgullo en el caso de los hombres medianos. Habría que ver, sin embargo, estas características aparentemente negativas o personales bajo una luz distinta a la del hombre ordinario que no está, como el verdadero héroe, abierto a horizontes de poder y, en ciertos casos, de conocimiento relativamente ilimitados. Si hay orgullo en la performance que ha producido resultados de un significado colectivo mayor, este orgullo puede ocultar una profunda humildad frente a la fuente interior de donde ha dimanado la energía que no solamente ha producido la alta hazaña, sino que también ha reforzado la resistencia obstinada y la lealtad hacia la finalidad prevista. Es solamente en el caso del actor de tipo banal donde la evaluación orgullosa del valor de la performance se expande sobre el ego de la persona que juega el papel. En todo actor que se da cuenta de que él mismo y su vida entera no son más que una forma o una máscara ritual a través de la cual opera un dios (o un centro focalizador de la Fuerza-de-Vida-Universal), no puede haber más que un sentido exaltado de victoria por el logro un sentimiento de participación en un drama o en un ritual sagrado ante la grandeza del cual el pequeño orgullo cuasi-orgánico del trabajo bien hecho se inclina reverentemente-.
El respeto religioso, la veneración, es el alma misma del verdadero heroísmo; veneración frente a la fuente suprema y siempre misteriosa del poder y de la intensidad que hacen vibrar al actor frecuentemente mucho más allá de toda fuerza natural concebible. Ya sea en el momento de la acción o de manera profunda, inexplicable pero constante, el verdadero héroe es consciente de un misterio interno. Él puede no querer reconocer frente a los demás lo que es, en él, la quintaesencia y el centro sagrado de todo su ser; pero, sin esta profunda toma de consciencia de lo que hay en él, una fuerza-raíz divina, no sería capaz de continuar actuando en un mundo que él sabe que debe transformar y donde, para este fin, debe combatir sin cesar la inercia institucionalizada para que una nueva vida pueda surgir sobre las ruinas de los prejuicios y de los temores que rinden un culto a la Tradición.
Después de la muerte del héroe, sus grandes hazañas, su vida y su apariencia pueden ser inmortalizados en un estilo de comportamiento. Puede permanecer como un ejemplo siempre inspirador de pensamiento revelador, impregnado por el fervor contagioso de una vida consagrada a una presencia ideal o divina. Cuando esto se produce, el Avatar o el héroe se ha convertido él mismo en una palabra de poder, un mantram que millones de personas pueden entonar en momentos de crisis, de angustia o de desesperación incontrolables. Pero, mientras que los hombres ordinarios glorifican y adoran quizá al héroe como persona, él siempre ha sabido, por una especie de saber incontestable, que él no es más que una máscara ritual, un personaje en el gran Lilah del universo, y el servidor de una meta cíclica, una respuesta a una necesidad humana colectiva.
Los Avatares, los héroes, los genios creadores, no pueden ser considerados como santos, y aún menos como místicos; no son tampoco ocultistas o Maestros en el sentido habitual de estos términos erróneamente empleado. No reclaman ni la impersonalidad, ni esta forma de pureza que obedece a las leyes establecidas para estructurar una sociedad particular o para perpetuar las instituciones. No son tampoco ángeles caídos o dioses disfrazados. Son vínculos entre lo divino y lo humano. Son canales de comunicación y de transmisión y, como tales, son como las palabras de un lenguaje, los grandes símbolos de una cultura. Son expresiones del destino a través de los cuerpos humanos y de las mentes individuales que tienen genéticamente, como resultado final de un largo linaje de encarnaciones- la capacidad de responder a una voluntad divina y de formar medios de comunicación a través de los cuales las masas humanas podrán ser alcanzadas.
Su camino es el camino transpersonal, el camino a través, el camino de las grandes hazañas sacramentales y de las expresiones condensadoras de poder. Es también el camino de la compasión, ya que sólo el amor a la humanidad puede darles el calor que fascina a los demás a menos que no hayan caído en el camino trágico y esencialmente desesperado de estos egos magníficamente negros que tienen como destino cósmico el destruir a aquellos que resisten incluso a la fascinación irradiada por los Avatares; egos negros que, en su incapacidad de amar, se vinculan a lo divino por el poder de un odio absoluto.
El odio es también relación. Toda liberación de potencialidad tiene su sombra. Pero el que está enraizado en el amor consuma el tiempo y el destino, mientras que el tiempo destruye a aquél que ha rechazado el amor y rechaza reconocer y venerar a la fuente divina de donde dimanan todas las nobles grandes hazañas y los amores magníficos.
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