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Psicología transpersonal

El Hombre y su Realización

El hombre moderno está proyectado fuera de su cuerpo, huye a su interioridad dejando a un lado los conocimientos tradicionales y milenarios para perderse en el torbellino. Es el ambiente que él ha creado y que ahora lo absorbe por entero. A este respecto, la anécdota del filósofo chino Tchuang- Tsé describe muy bien nuestra situación actual:

«Un hombre tenía miedo de la sombra de su cuerpo y le causaba pánico la huella de sus pasos. Para escapar de ello, empezó a correr. Pero, mientras más corría, más huellas dejaba tras de sí y menos su sombra lo abandonaba. Imaginando que tal vez iba demasiado lento, siguió corriendo cada vez más rápido sin permitirse descansar. A causa de tanto esfuerzo, murió por agotamiento. No sabía que para suprimir su sombra, era suficiente colocarse donde no diera el sol, y para evitar las huellas de sus pasos, le habría bastado con quedarse tranquilo. »

Es solamente la búsqueda de este lugar umbrío y de esta tranquilidad la que permitirá encontrar la respuesta a las verdaderas aspiraciones del hombre moderno y resolver las incoherencias propias a la enloquecida carrera de nuestra civilización. Si es en realidad un asunto personal el acceder a esta sombra apaciguante idéntica al fondo de nosotros mismos, de todas maneras, nos parece interesante llevar esta búsqueda a nivel de escritores, pensadores, filósofos, para que la posibilidad de un desarrollo del ser en el hombre sea además una preocupación central.

Los verdaderos filósofos son hombres de reflexíón y de meditación. Ellos rehusan escindir la filosofía y, por consecuencia, destruírla, dividirla no puede conducir más que a su desintegración. La preferencia dada a la psicología y a la sociología quiebra la unidad de la filosofía y acarrea la desaparición de la metafísica. A este respecto, una vez más, nada es nuevo. El gusano se inflitró en el fruto desde el siglo XIII con la extensión de la escolástica esclerosante.

En una perspectiva tradicional, la filosofía se atiene al descubrimiento de secretos, ella devela, descifra. El filósofo es un vidente, ve por dentro, traspasa la exterioridad de la corteza de la letra. Sabe que el hombre en tanto que microcosmos es una totalidad y que nada está separado. Todo converge hacia un orden, una medida. El hombre, siendo a la vez terrestre y celeste, no lleva en él una oposición sino una jerarquía de niveles. Pero, puede ocurrir que la filosofía, ignorante de la verdadera tradición, se oriente hacia otras salidas. Ella arriesga, alejándose de la sabiduría, a no seguir respondiendo a su nombre. Su tarea consiste en plantear problemas y examinarlos, pero no interesarse en búsquedas que no le atañen. Operando en un constante dualismo, tales como los del cuerpo y del alma, del hombre y del cosmos, ella se dedica a la exterioridad. De ahí el peligro de adherirse a 1as cosas sin, por lo tanto, amar la vida y coger su sentido profundo.

Estamos ahora en un período de transición. No es el primero ni será el último. La novedad consiste en su carácter acelerado, hemos pasado de la diligencia a los Ferrari. Tenemos, por otra parte, una mayor consciencia del hombre y de los peligros corridos por la humanidad. Que el hombre se desacralice, le hace perder necesariamente la vía que conduce a la sabiduría. A esto se debe que la filosofía sea cuestionada tal como lo es el hombre mismo. La dimensión humana es una conquista, ella no se puede realizar más que al interior de la sabiduría o, al menos, de una aproximación a la sabiduría, de una orientación hacia ella.

El hombre privado de raíces, desacralizado, se banaliza. No es más que un personaje sociológico; se aniquila su misterio y sus poderes secretos. Un hombre tal no es más que un producto de un supermercado. La dimensión humana no se puede adquirir sino por la interioridad, que le permite ocupar el lugar que se le devuelve y al que tiene derecho. La prensa, la radio, la televisión, las revistas estilo «Digest», confieren al hombre un saber horizontal que lo «infla» y que le da la ilusión de un conocimiento que le hace correr el riesgo de creerlo suficiente. De todos modos, se presenta un factor nuevo que me parece esencial. La visión del hombre se extiende – geográficamente hablando – y lo arranca a su confinamiento, el de su familia, su patria, el conjunto de sus pequeñas preocupaciones cotidianas, de sus propias obsesiones. Así, él puede extender su campo de interés y de apertura. Hoy día, son traducidos numerosos textos pertenecientes a tradiciones diversas, que se encuentran en las librerías y pueden consultarse en las bibliotecas. Anteriormente, sólo un historiador de religiones comparadas podía tener conocimiento de las diversas tradiciones. En la actualidad, la lectura de textos provenientes de la China, de la India, del Tibet, del Japón, forman parte de la cultura del hombre moderno. Numerosas obras concernientes a temas esenciales son un aporte precioso que favorece el conocimiento de sí, del cosmos, del Principio Unificador. Estos textos pueden dar una nueva aproximación a la noción del tiempo, del espacio, de la historia y de la metahistoria, de la psicología y de su superación. Hay ahí un enriquecimiento de un valor inestimable.

El pensamiento oriental puede llegar a ser como la crecida de un río, lavando el terreno que inunda, permitiendo así nuevas siembras y nuevas cosechas. Bien entendido que no se trata de confundir el apofatismo cristiano con la vacuidad búdica. No se trata de mezclar las vías sino de comprender que las tradiciones se entrelazan y se complementan. Si la metafísica oriental pudiera enseñar al occidental la importancia de la meditación, la preferencia dada a la contemplación sobre la acción, sería un logro extraordinariamente precioso y nuestra sabiduría encontraría en ello un gran beneficio. El hombre occidental, ligado originariamente a una tradición griega y judeo-cristiana, puede rehusar estos diversos aportes y encerrarse con menosprecio en su fortaleza. O, al contrario, puede recibirlos como una invitación a conocer mejor sus propios origenes y regocijarse de vías que no son las suyas, pero que poseen indudabiemente su propia belleza. Por otra parte, el abanico de conocimientos propuestos al buscador, no le será beneficioso más que en la medida en que, desapegado de diversos autoritarismos, llegue a ser capaz de ponerlos en práctica y decidir por sí mismo su valor.

Sabemos bien, por la Leyenda del Gran Inquisidor, que el hombre mediocre ama la autoridad, que es para él una facilidad. Ciertos instructores venidos del Extremo Oriente y escasos de discípulos, encuentran presas fáciles en occidente. Gracias a su proselitismo, ellos provocan «conversiones», si es que puede llamarse así a los entusiasmos pasajeros de sus discípulos. Se puede estudiar una metafísica, una religión, sin llegar a transformarse en un adepto incondicional. De todos modos, es normal que «tomar refugio» pueda convenir a muchos individuos incapaces de soportar su soledad. Esta necesidad del hombre de «someterse» a una ética, a una forma de autoridad tranquilizante, no es siempre una prueba de libertad interior, Los autoritarismos, sean políticos o confesionales, son a menudo comparables a sistemas de campos de concentración. Es a propósito que empleo el término «confesional» y no «religioso». Las diversas formas de intolerancia bloquean al hombre. Reducir adultos a un estado infantil y gregario, o prolongar voluntariamente su inmadurez, me parece grave. Las formas de intolerancia se modifican y pueden cambiar de lado. En este caso los verdugos pasan a ser víctimas y viceversa. De todas maneras, el hombre se «cosifica» cuando es sometido a autoritarismos que se le imponen desde el exterior. Él pierde contacto con sus propias raíces, es cortado de su dinamismo interior, de sus energías. Cuando el hombre no puede oir la voz interior susceptible de guiarlo y de favorecer en él un movimiento creador, pasa a escuchar únicamente las voces exteriores que se imponen a él y lo influencian. Está aislado del cosmos. Habiendo perdido su eje, por falta de unidad, está desorientado, no es más que un robot, un producto artificial. Está «cerrado» respecto a sí mismo y al universo. Es normal que su mente y su corazón sean receptáculos de la polución que fermenta en su interior y que favorece una licencia ilimitada.

Esta polución yace en su mente y en su corazón. Desde el momento que el hombre está poluto, también lo está la naturaleza a su alrededor. Los diversos eventos están presentes en el hombre antes de proyectarse al exterior. «Lo que sucede en el mundo tiene una fuente interior espiritual», decía Berdiaev. Así el mal que afecta a la naturaleza, al cosmos, está primero en el hombre antes de exteriorizarse. Creo que las relaciones entre el hombre y el cosmos implican lazos extraordinariamente estrechos. Nada puede ser disociado. El hombre mismo es una totalidad, el interior y el exterior no hacen más que uno. Un pseudo-sabio puede presentar una enseñanza de sabiduría y estafar a sus auditores si su vida privada no está de acuerdo con sus dichos. En este caso es como un vendedor que no utiliza los productos cuya explotación promociona. No se se trata sino de charlatanismo. Hombres que se hacen llamar «maestros» y que son impostores.

La verdadera evolución es de orden espiritual, es decir, que se presenta al nivel del espíritu, que es el ápice del alma. Sin embargo, hay que pasar antes por el plano psicológico, a condición de no quedarse allí definitivamente. Es obvio que, por ignorancia de una otra dimensión, muchos individuos quedan fijados ahí. Tomemos un ejemplo: el de la religión. La religión del alma (nivel psíquico) provoca una indiscutible alienación. Ella es autoritaria, considera aquello a lo que da el nombre de verdad como un objeto. Más aún, fabrica un Dios que no es más que un ídolo. En nombre de ese Dios ella juzga, excomulga, masacra, asesina, enciende hogueras. Experimentando la necesidad de etiquetar, de clasificar sistemáticamente, de asegurar a los hombres que se enrolan bajo su báculo, denigra a todos los que son atraídos por lo misterioso y lo sagrado pues se colocan en un nivel que a ella se le escapa. Esta religión del alma niega el mundo del intelecto puro y el mundo intermedio situado entre el intelecto y el mundo sensible. De este modo el mundo sensible pierde su función de reflejar, deja de ser un espejo. Pegada a la historia, al despliegue de eventos lineales, esta religión del alma ignora que los eventos de la historia sagrada deben considerarse al presente en el sentido de las palabras del Apocalipsis: «Vino, viene, vendrá». Lo que significa que el evento interiorizado está siempre vivo pero que no puede ser captado sino por el superconsciente; el que sobrepasa infinitamente la consciencia psicológica.

La religión del espíritu pertenece a los hombres del Octavo Día, a los de la historia sagrada donde el tiempo está formado por unidades de tiempo discontinuo, para emplear el lenguaje de Henry Corbin. La intelígencia espiritual provoca el despliegue del sentido ínterior. El Octavo Día simboliza la resurrección, cuando lo creado accede a lo increado. Sólo la mirada interior es capaz de una tal visión. La raza de estos hombres, que pertenecen a la religión del espíritu, es la de los profetas, los místicos, los videntes, los sabios, los poetas, todos aquellos que son movidos por su Espíritu Santo, es decir, los iniciados, los iluminados, los que poseen la experiencia de la vida divina, de la unión divina, y que se abstienen de charlar sobre Dios.

Los místicos poseen una experiencia de Dios porque son discretos cuando se trata de hablar de Dios. El Eterno se oculta a fin de ser buscado y encontrado. La expresión quaerere Deum es significativa, porque se puede temer que el movimiento de búsqueda sea tal que exista un riesgo, el de no saber discernir los instantes donde no hay que buscar. El Cantar de los Cantares ilustra ésto. Este canto contemplativo es a la vez el de la búsqueda y el del encuentro. Cuando se ha encontrado, ya no hay nada que buscar. Este encuentro tiene lugar cuando Dios nace en el alma y el alma en Dios. Meister Eckhart ha expresado magníficamente este doble habitar: él es un misterio.

Poco importa si en occidente se tiene tendencia a hablar de Dios. Cada cual no puede percibir más de lo que le permite su nivel de ser. El teólogo mismo se arriesga, muy a menudo, a estar privado de esa experiencia; si no, él sería menos elocuente y asertivo. Sabemos que para los semitas, el Nombre» evoca el misterio incomunicable de la persona. Dios no debería ser nombrado, de ahí la importancia de la vía apofática presentada por Denys el Areopagita y que se descubre en la espiritualidad de los Padres del Desierto. Ellos distinguían en Dios la esencia imparticipable de lo que llamaban las energías divinas. Estas son increadas. Al manifestar la esencia divina de donde han surgido, ellas operan la asunción de lo creado deificándolo.

Filón hablaba de tres tipos de hombres. Esta triple división fué retomada por escritores de la Edad Media bajo los nombres de: principiantes, progresantes y perfectos. El principiante – u hombre animal, a menudo más bajo que el animal – no puede ver y comprender más que lo que está a su nivel, es decir, se mantiene en la confusión y menosprecia lo que se le escapa. El progresante recurre a la razón. Pero la razón está privada de acceder a lo incomunicable y no puede hacer más que oscurecerlo. El perfecto significaba el espiritual, el hombre de intuición y de experiencia en el que el conocimiento y el amor se interpenetran. Así y todo se mantiene en la humildad, es consciente de su indigencia. Así Sócrates comprendendía que no era un sabio porque sabía la diferencia entre sophos y philosophos. Por lo mismo, Kierkegaard confesaba que no era cristiano. Esa consciencia de no ser cristiano – no se sentía digno – hacía de él un cristiano. Esto significa que sólo los principiantes y los progresantes se dejan «inflar» por un pseudo-conocimiento de donde extraen una buena conciencia… Son incapaces de captar la amplitud de su no-saber, o sea, de su ignorancia. A este respecto, una religión, cuando no ha sido vivida interiormente, puede presentar peligros para la vida espiritual creando una falsa seguridad cuyas consecuencias son ilimitadas.

Los comunistas decían que la religión es el opio de los pueblos; pero una religión desfigurada no sino un opio entre otros opios. El peligro está en pertenecer a una colectividad, estar satisfechos de su pertenencia, exteriorizarla y socializar la religión. Si tomamos como ejemplo el cristianismo, es evidente que al origen se trataba menos de una religión que de un arte de vivir y de amar. El cristianismo ha sido desfigurado durante siglos por los cristianos y nosotros soportamos las consecuencias. Y esto tanto más que los cristianos son particularmente ignorantes de su tradición, leen poco las Escrituras sagradas y menos aún los padres griegos y latinos. Una tal lectura los arrancaría de sus supersticiones, de un dogmatismo a menudo petrificado y de un dualismo anestesiante. Es por eso que creo en la importancia de encuentros entre las diversas metafísicas. Los métodos presentados por el yoga y el zen pueden ayudar a aquellos que se piensan o quieren ser cristianos, a tomar una nueva consciencia de la fisiología de la psicología. Superando estos estados, o mejor asumiéndolos en otro nivel, sacarían provecho de la atención y de la meditación.

Hay más diferencias entre los hombres que entre los animales decía Montaigne, inspirándose en Plutarco. Estas diferencias entre los hombres corresponden principalmente a los cambios que ocurren en el curso de la vida de un solo hombre. Cuando en nuestra existencia conocemos lo que llamamos «una conversión», una entrada en la interioridad, la aproximación al fondo secreto, todo es diferente. La visión del mundo, de los otros, de sí mismo, es rigurosamente otra cosa. Esta nueva visión no sólo es incomunicable sino, además, no sabría manifestarse al exterior. Permanece secreta. No puede aparecer externamente sino en la medida en que descubre a otro que haya pasado por una experiencia análoga. Es normal que los que no han conocido esta metanoia se burlen de los que aluden a ella. Recordemos las palabras de Lao-Tse:

«Cuando un hombre vulgar
escucha hablar del Tao
estalla de risa.
Si él no se riera,
el Tao no sería el Tao.»

El hombre puede vivir en su infierno o en su cielo, «Nacer de nuevo», es decir, nacer a otro nivel, se presenta como una nueva encarnación. Cuando el Cristo aconseja vivir en el mundo sin ser del mundo, o declara que su reino no es de este mundo, la expresión «este mundo» es significativa. No se trata de un lugar situado en el espacio, sino de un estado. El mundo designa el estado de oscuridad rechazando la luz. Es confusión, ignorancia, trampas, mentiras y por consiguiente está desligado de Dios. «Dejar el mundo» no significa necesariamente «huir» de un lugar exterior, vivir en una ermita o entrar en un monasterio pues «el mundo» está en el hombre. En todo caso, renunciar al tumulto y a la agitación del exterior favorece la interioridad. El retiro, la soledad, el recogimiento son positivos y, de una cierta manera, indispensables a la vida interior, al conocimiento de lo inteligible. Filón ha mostrado que no son las diferencias de lugar las que engendran las buenas o malas disposiciones, pues es Dios quien lleva a donde quiere la carne del alma». Sin embargo, retirarse de la muchedumbre, vivir en contacto con la naturaleza aparece a veces necesario. Es tan difícil no dejarse contaminar por la mediocridad. La visión permanece oscura cuando uno se mantiene al nivel de la consciencia común, haciendo allí su nido. No hay semejanza entre los que son del mundo y los que no lo son, entre los que duermen y los que han despertado, entre los esclavos y los hombres libres. Vivir entre los condicionamientos, diversiones e inquietudes que pertenecen a la dimensión «mundo», impide estar en sí mismo, habitar consigo: habitare secum, decían los antiguos. El hombre interiorizado se recoge en sí mismo, no para entrar egoístamente en sí como en un cascarón, sino para experimentar la belleza de su profundidad ilimitada. Es gracias a ella que él descubre su relación fraternal con todo el universo.

Recordemos que la búsqueda por la búsqueda es insuficiente. Nos hemos referido ya a sus peligros. La búsqueda es comparable a un viaje. No se supone estar siempre en viaje. Importa sentarse y quedarse tranquilo, sin interrogarse si se han realizado o no progresos en el perfeccionamiento interior. Una tal pregunta efectuada a sí mismo sería absolutamente ociosa.

Es cierto que la lámpara debe ser encendida con un tizón. Pero cuando ella encendió, el tizón ya no se necesita. Es imposible coger el instante en que la claridad se extiende. Se sabe solamente que un momento antes no se veía y que ahora, de súbito, se ve. Lo importante es que esta luminosidad pueda amplificarse. Es posible recaer mil y una vez en la noche de las dudas y de la inquietud. Si procuramos reflexionar cómo se operó el pasaje de la oscuridad a la luz, podemos suponer que ocurrió por métodos o técnicas, pero sabemos muy bien que no fueron ellas las que hicieron aparecer el relámpago. En un instante, sobrevino la gracia, una misteriosa gracia. Los párpados se levantaron y las pupilas vieron; los velos que oscurecían fueron súbitamente arrancados. El rostro interior muestra trazas de quemaduras. Cómo se operó la quemadura, cómo ha podido surgir la experiencia de la visión, cómo el tizón encendió la lámpara, se ignora…

El problema está en si habrá en alguna parte en nuestra civilización moderna industrial un tizón que pueda encender la lámpara. He pensado durante largo tiempo en las órdenes religiosas, las grandes órdenes como los cartujos, los benedictinos; pero creo que el peso de la institución, las normas, los reglamentos impiden que la lámpara, si la hay, llegue a ser un faro. Comprendo muy bien que los hombres que quieren dedicarse a una búsqueda espiritual dejen el mundo. Es extremadamente difícil en nuestra civilización actual vivir intensamente una vida interior: todo obstruye, bloquea, aisla, hacíendo que el ser en verdadera búsqueda se transforme en marginal cuando él debería tener contactos, intercambios con gente de su nivel, para reanimarse en caso de sequedad. Conseguir ésto es bien raro. El hombre que se orienta hacia una vía de liberación queda condenado a la soledad por el solo hecho de su elección. Esta soledad pasa a ser su paraíso cuando él comprende que puede descubrir todo en sí mismo. Algunos tendrán a veces necesidad de intercambio, de encontrar compañeros de ruta. El grupo puede convenirles; en cambio para otros, eso sería un peso intolerable, una trampa. Los canarios salvajes vuelan en compañía, los gansos salvajes también; pero muchos pájaros son solitarios. Le corresponde a cada cual averiguar a qué raza pertenece. Somos terriblemente débiles, la miseria humana es aplastante. Todo en nuestra civilización es obstáculo, frontera y límite para impedir que el tizón se inflame. Es bueno para ciertos buscadores agruparse. El problema está en que si hay grupo, colectividad, en el acto surge el animal, en el sentido de Platón. La vida eremita me parece de una incomparable excelencia, por qué no hablar de un eremitismo interiorizado? Pero… que el hombre sea solitario o no, siempre es un hombre. El eremita que mantiene en sí sueños, deseos, codicias, no es un amigo del silencio y de la soledad. Más le valdría estar en el mundo y actuar lo que ensueña.

El sabio se aisla en razón de su orientación que lo aleja del común de los hombres. Importa dejar a cada uno la libertad de sus opciones sin hacer intervenir nociones de valor. A cada cual su ruta. Los caminos elegidos no tienen que ser comparados. Aquel que toma una dimensión vertical llega a ser eficaz con respecto a todos los otros hombres. Esto sin que le sea necesario comunicarse por la palabra o la escritura. El viviente comunica la vida, el liberado la liberación, por el solo hecho de estar vivo o liberado, sin necesitar ver y escuchar a aquellos a quienes se les aporta la vida o la liberación. El liberado percibe dentro de sí los llamados de aquellos a quienes él ayuda a tomar consciencia de las semillas de vida que poseen en ellos mismos. Los hombres liberados colaboran en la aparición de una vida nueva. Todo ocurre en el anonimato, tanto en el don como en su recepción. No existe solamente el llamado de los hombres en una vía de liberación. Está presente otro llamado, cuyo grito es perceptible a la audición interior, el del Espíritu, presente en el corazón del hombre, en espera de ser descubierto y reconocido.

Los seres liberados están en armonía con el universo y comunican su conocimiento y su amor más allá de las palabras. Ninguno de ellos declara ser liberado. Su lucidez le permite tomar consciencia de la distancia que lo separa de la total liberación. A este propósito, me parece que el cristiano «interiorizado» posee una mayor consciencia de su fragilidad humana que el «jivan mukta». Sin duda porque mantiene en él un sentido particular de la caída y una visión de la imitación de Cristo considerado como modelo ejemplar. Esto es mucho más valedero para ayer que para hoy. Budismo y Cristianismo, o al menos, Vedanta y Cristianismo, durante largo tiempo han tendido a exaltar el Espíritu y a minimizar el cuerpo. No ocurre igual con los Tantras que ponen voluntariamente el acento sobre el cuerpo. Las tendencias actuales del Cristianismo y del Yoga son de rehabilitar el cuerpo de tal manera que el interés por él predomine. Los platillos de la balanza han modificado su equilibrio; se asiste así a un juego bascular. Numerosos cristianos exageran hoy día la importancia dada al cuerpo y a sus instintos, lo que los conduce, desequilibrándolos, a una cierta desintegración y a la pérdida de una armoniosa unidad.

El hombre es siempre el hombre, independientemente del flujo de la historia y de los cambios de la civilización. Lo esencial permanece incambiable. Las modificaciones no pueden concernir más que al fárrago que se agrega en el curso de los siglos y que debe ser rechazado. Pero no se trata de tirar al niño junto con el agua de la bañera, si no todo sería destruído. Para los judeocristianos, las Escrituras sagradas permanecen esenciales, aún si se las lee con una mirada nueva. Querer a todo precio adaptarse prostituyéndose a un nuevo tipo de humanidad, que no puede ser sino pasajero, me parece irrisorio. Querer a todo precio insertarse en una nueva y pasajera forma de cultura lo encuentro un error.

Es cierto que el Budismo y el Cristianismo han estado al origen de movimientos revolucionarios y deberían estarlo todavia respecto a un mundo que se materializa más y más, y el que la confusión es una de las notas dominantes. Menospreciando u olvidando las leyes profundas que rigen al hombre y al universo, se destruyen las raíces de ambos. La búsqueda interior no sabría pactar con una civilización materialista. Ciertos monjes budistas y ciertos monjes y religiosos cristianos han cambiado totalmente de comportamiento al insertarse en el mundo. Antes ellos rehusaban un compromiso político y ahora lo reclaman arriesgando desinteresarse de lo que debería constituir lo esencial de su actuación. Es importante constatar al interior de la vida monástica los paralelismos entre oriente y occidente, en relación a una evolución común. Existe desde ambas partes, lo que se llama una «apertura al mundo» que tiende a secularizar las metafísicas y las religiones y a reducirlas a una dimensión sólo humana. Que se aligere el peso del dogmatismo, que se levanten las adiciones inútiles, que se destruyan las supersticiones, sería normal y justo. Pero, podar lo esencial para adaptar mejor las religiones al mundo moderno, queriendo a todo precio reducirlas para hacerlas aceptables, me parece un grave error. Bajo el pretexto de favorecer la actuación creativa del hombre se le corta de sus tradiciones, las que importa no confundir jamás con las instituciones y las medidas disciplinarias. Estas corresponden a épocas determinadas y forman parte de la historia, es entonces posible rechazarlas por incompetentes. A menudo son los laicos quienes poseen el sentido de la verdadera realidad espiritual y que reclaman al respecto. No pienso que estas metafísicas y estas religiones reducidas a una dimensión únicamente humana convengan al hombre de hoy y al de mañana. De todos modos esta destrucción tal vez sea necesaria para dejar surgir algo nuevo, menos impuro y más verdadero.

No se puede dejar de pensar en el advenimiento de una religión que no sea del alma sino del Espíritu, en la cual el hombre llegue a ser su propio templo. El Cristo mismo hizo alusión a ello en su diálogo con la Samaritana: «Vendrá un tiempo donde se adorará al Padre en espíritu y en verdad». Sabemos que ningún revocado o enlucido sería eficaz acaso el vino nuevo no hace estallar los odres viejos? Ciertos hombres han comprendido desde siempre la importancia de la iglesia ínteriorizada y el valor de la experiencia personal. La pusilanimidad debe ser abandonada en beneficio de la audacia. No se trata de dar la preferencia a la introversión o a una introspección psicológica que serían la una y la otra totalmente vanas.

La «nueva alianza» puede residir en el encuentro del hombre con el Espíritu Santo que habita en él, y del cual demasiado a menudo ha ignorado la presencia. Algunos místicos han profetizado esta nueva era. Hombres poco numerosos la han vivido y la viven pues ellos han sido fieles al Espíritu; es posible que ella se generalice. Un tal descubrimiento suprime los ghettos y vuelve solícitas y acogedoras a las diversas tradiciones sean cristianas o no. El mundo moderno aparece separado de Dios porque es idólatra. Si el hombre pudiera, interiorizándose, experimentar sus propias leyes, encontraría de inmediato su estructura y su Dios dejaría de ser un ídolo construído según sus necesidades. Entonces se transformaría en un contemplativo consagrado a la visión de las cosas divinas repentinamente develadas, gracias a la orientación de su mirada. Todo se opera por transparencia en la aparición de la luz. Así el hombre podrá aprender a vivir en sí mismo, a fin de habitar consigo mismo. La mayor parte de los hombres viven fuera de sí, en la exterioridad. Son exiliados de su verdadera patria sin, por otra parte, experimentar el sufrimiento del exilio. Habitar consigo mismo supone de partida conocerse. El conocimiento de sí es lo básico de todo intento para descubrir la interioridad. La contemplación – que se podría considerar como una salida de sí – debe más bien comprenderse como un despliegue de su centro, permitiendo así el conocimiento espiritual, el del mundo de las ideas puras. En ese instante, las respuestas dadas a sus propias preguntas no provienen desde fuera sino desde dentro. El hombre ha llegado a ser capaz de escuchar a su maestro interior y en cierto modo se basta a sí mismo.

Es posible que todo esto pueda parecer absolutamente ridículo o loco. Recordemos las palabras de Lao-Tsé. Imagino que va a venir un tiempo – que puede ser esté muy próximo – donde quienquiera que hable de sabiduría o de vida espiritual, será arrestado para recluirlo en un asilo a fin de someterlo a tratamiento psiquiátrico. Sin embargo, no se trata de una utopía o un mito, sino de una realidad. Los hijos de la luz no son siempre localizables allí donde se pensaría normalmente encontrarlos. En las metafísicas, en las religiones, se está a veces demasiado ligado a la rutina, demasiado dependiente de un pasado autoritario, terriblemente pesado, que frustra al hombre y le impide realmente vivir la verdadera vida. Es fuera de esas formas que se puede encontrar hombres humildes, simples, verdaderos, auténticos. Conviene servirse de métodos para arribar a la liberación, para después dejarlos cuando llega el momento. Recuerden: «Cuando el tizón ha encendido la lámpara, no se necesita más el tizón». Las formas, las técnicas, los métodos nos ayudan a encender el tizón, pero es importante no dejarse alienar por ellos.

Podemos hablar de una vía de despojamiento, una vía hacia la «pobreza en el espíritu». Es la única que parece conducir al conocimiento y al amor: un amor incondicional. Amar al otro sin exigir una retribución. Es extremadamente difícil saber amar, porque amar es querer el bien del otro y puede ser que el bien del otro no corresponda a mi propio bien.

Y si hablamos de los enemigos, hay un momento en el que ya no se tienen enemigos. Las puntas de las flechas lanzadas no pueden dar en el blanco, en consecuencia no hieren. Mí «enemigo» me hace un servicio porque me obliga a un desapego, me fuerza a distinguir en mí algún rasgo verdadero que yo no conocía. Pienso, por otra parte , que se sufre más a causa de los amigos que de los enemigos. De los primeros se espera calor, ternura y comprensión. De los segundos no se espera nada, por lo tanto, no pueden producirnos ninguna decepción. Creo profundamente en la amistad, a condición de que los amigos no nos paralicen, y acepten con inteligencia los cambios que engendra un profundizar en sí mismo. Conviene no desear ser comprendido por los amigos y no afligirse de sus reacciones. Lo mejor es no provocar su estupefacción y seguir simplemente el propio camino respetando el de los otros, y estando más atentos a su luminosidad que a su parte sombría. Es sobre mi propia sombra donde tengo que posar mi mirada. El hombre es a la vez sombra y luz. Importa entonces que yo descubra mi sombra y que la asuma sin renegar de ella. Así ella podrá ser transformada. Si no, se volverá más y más espesa y corro el riesgo de que me acompañe sin que la descubra, que es lo necesario para hacerla sufrir una completa metamorfosis.

Se habla de la sombra siempre en relación a la luz. Allí donde surge la luz, la sombra la acompaña. Sin embargo existe la luz del pleno mediodía; es hacia ella que tienden los sabios. El hombre liberado alcanza esa plenitud de luz en ciertos instantes privilegiados. En los mejores casos, es posible quedarse ahí, instalado en el seno de esa luz. Bernard de Claírvaux hablaba de ello, diciendo: Oh, eterno solsticio, oh, luz del pleno mediodía !

Es evidente que esta meta es raramente alcanzada. Es por eso que es necesario tomar consciencia de su sombra, de medir su espesor. Si la sombra es percibida como la ausencia de la luz amada, esta visión puede engendrar un movimiento dinámico. Que ella sea aceptada como sin importancia, que el hombre se arrellane en su sombra con complacencia, y la consciencia quedará en el acto coagulada en su oscuridad. Así la sombra pasa a ser una prisión. Como lo ha mostrado Boehme en el Mysterium Magnum, las tinieblas – que convendría distinguir de la sombra – son enemigas de la luz y sin embargo pueden provocar la revelación. Si no existiera la blancura – decía Boehme – la negrura no aparecería. Ver su negrura no es fácil, sobre todo si se trata de mirarla a la cara. En relación a otro, un sabio puede mostrarla en la medida en que le sea directamente solicitado. Si el cuestionador está ya estructurado y posee un cierto conocimiento de sí mismo, la respuesta será aceptada con simplicidad. La revelación ofrecida por un sabio no es jamás cruel. Ella emana de un amor privado de juzgamiento. El quiere el bien de quien le interroga. En este caso, la revelación no hiere sino los ojos legañosos, es decir, la mirada incapaz de soportar el relámpago de la realidad. Por el contrario, el hombre vulgar proyecta sobre los otros su propia sombra. Su corazón de piedra lapida al otro con agresividad. Nutriéndose de fealdad, él se abandona al chismorreo cargado de maledicencias y de calumnias. Ni las unas ni las otras alcanzan al hombre de luz. El sabio, poseyendo un corazón de carne y no de piedra puede comprender la malignidad. En todo caso, él se separa voluntariamente de los hombres vulgares, no por menosprecio, sino porque conviene dejarlos cumplir sus propias mutaciones.

El hombre orientado hacia la adquisición de la sabiduría está provisto de discernimiento. El no sabría confundir las aguas contaminadas con el agua viva. La tragedia consiste en tentar más o menos vanamente de descubrir la fuente pura. Ella está oculta y es misteriosa. El error sería querer despejar el misterio, «Guarda el misterio, y él te guardará», decía una Oda de Salomón. Cierto, existen instantes donde la intensidad permite tener una experiencia de aproximación a la fuente. Pero más a menudo, no descubrimos más que hilillos de agua escurriéndose entre las riberas. Contemplamos el agua en su movimiento, entonces lo que importa es contemplarla en el surgimiento de su pureza original. En el desierto árido de la existencia, los oasis coinciden con instantes de eternidad; están en nosotros y por reflejo fuera de nosotros. Así la belleza de la naturaleza nos proporciona una enseñanza. Un simple césped asoleado evoca una vegetación paradisíaca. La fuente luminosa puede filtrarse a través de un rostro esclarecido, una mirada de un hombre o de un animal, un gesto espontáneo o en palabras. Un silencio proveniente del corazón nos alcanza al centro de nosotros mismos. Una escultura, un cuadro, una melodía, la sonajera de las campanillas de las vacas en los pastizales de la montaña, nos hacen recordar lo que habíamos olvidado. Allí afuera, percibimos llamados. Invitándonos a responder, ellos nos vuelven a colocar sobre la vía que habíamos abandonado por distracción, por diversión o aún por olvido. De todos modos el hombre no apaga su sed sino dentro de sí mismo.

En ciertos casos, puede ser que al instante último de la muerte el hombre descubre, de una manera plena, la fuente luminosa que lleva en él. Una tal visión depende sin duda de la orientación y de la intensidad de su mirada durante su existencia. Marchamos a tientas hacia ella, pero marchamos. A cada paso, la capacidad interior se despliega. «La fuente tiene sed de ser bebida», decía lrene de Lyon. Si nosotros tenemos sed de beberla, es imposible no encontrarla.

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    Dane Rudhyar · Extractado

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    El concepto de vacío podría considerarse como un escalafón completo de niveles de significado, desde el más banal hasta el más trascendente, y en el que cada uno de extremos viene a ser como el opuesto aparente del otro. Entre sus acepciones más cotidianas, señala el diccionario: Falto de…

    Isabel De Veer