1. Biblioteca
  2. Chamanismo

Chamanismo

El Molde del Hombre

El tema del Molde del Hombre, tratado en forma específica en el capítulo 16 de “El Fuego Interior”, es probablemente uno de los más inquietantes y controversiales de toda la serie de libros de Carlos Castaneda en su largo periplo por el aprendizaje y prácticas conducentes al grado de nagual, a cargo de su mítico guía, personificado en don Juan Matus. Se toca en dicho capítulo el corazón de prácticamente todas las prácticas espirituales, pero desde una óptica completamente atea, ‘laica’ y desprovista de toda la connotación sublime o mística que se le otorga en el marco de cualquier concepción re-ligiosa.

Sin embargo, es posible establecer algunos paralelismos muy evidentes con otras tradiciones. Por una parte, lo que acostumbramos a llamar ‘experiencias cumbre’ o ‘experiencias trascendentes’, existen en todas ellas como grandes hitos que nos permiten comprender vivencialmente realidades que, aunque están muy por encima de la vida cotidiana habitual, la incluyen, otorgándonos un sentido, una sensación de propósito, un sentimiento de inapelable verdad que tanto modifica radicalmente nuestra sensación de identidad con lo que nos rodea, como nos incentiva a comenzar, retomar o seguir avanzando en nuestra práctica cualquiera que ella sea; tanto nos incrementa una sensación de conexión vertical y horizontal como nos suscita el deseo de contribuir a que otras personas puedan participar o acceder a esas experiencias; nos hace germinar un sentimiento imborrable de ‘familia humana’, de comunidad, de hermandad más allá de cualquier diferencia, a la vez que nos acucia una comezón –incluso una sensación de urgencia- por la gran necesidad de la humanidad, llevándonos a visualizar o intentar formas en las que aportar a ese conjunto que puede y debe progresar. Sucede como si de súbito se comprendiera el propósito de la vida y de las formas que la habitan, con toda su belleza, imperfección y sufrimientos. En suma, son experiencias que, tanto si sobrevienen en forma súbita como si son largamente buscadas por los practicantes, nos producen sentimientos comunes de reverencia, de sacralidad de la existencia y de respeto por aquello que, estando más allá y por sobre nuestra experiencia humana habitual, se percibe con certeza como la dirección en la que debemos intentar movernos para progresar evolutivamente. Se percibe además que la verdad y realidad de la experiencia es irrefutable.

En casi todas las concepciones que se proponen como un camino evolutivamente ascendente para el hombre, aquello que está ‘más allá’ o ‘por encima’ del hombre natural es un Dios, una Diosa, un Self, un Yo Superior o una Mente Universal en la que se resuelven muchas de las contradicciones y pares de opuestos que a distintos niveles nos atormentan. De modo que conectar en cualquiera de sus formas con esos niveles trascendentes es sentido como participación espiritual, paz interior, gozo, comprensión intuitiva, vislumbre de nirvana, o un alcanzar o rozar por fin el verdadero hogar como contrapunto al sufrido samsara. En muchas religiones, sin embargo, se plantea, al menos masivamente, una contraposición fuertemente contrastante entre el nivel trascendente y la humanidad, considerándose a aquél infinitamente por encima de los seres humanos, y a éstos como una gran masa de iguales frente a esa realidad trascendental, o Dios. En algunas concepciones incluso sólo existe Dios y el hombre a secas, descartándose cualquier nivel intermedio y por tanto ignorándose todas las realizaciones espirituales de grandes hombres considerados por otras tradiciones como maestros, santos, guías o gurúes.

En el aprendizaje de Carlos Castaneda -como en otros realizados a través de escuelas y/o guías-, existe una realización gradual, es decir, un discipulado a través del cual un hombre escogido por ciertas condiciones apropiadas, es llevado hacia un paulatino progreso mediante una instrucción y prácticas precisas acerca de las que el alumno en principio no comprende ni en su utilidad ni en su propósito. Esa instrucción y guía es completamente personalizada en medio de condiciones creadas por el propio guía de acuerdo a los objetivos que persigue. Están en medio del mundo y sin embargo permanecen fuera de él, tal como si se utilizara el entorno como escenografías para el desarrollo de ciertos dramas que tendrán efectos específicos en el progreso del alumno.

Las prácticas de Castaneda nunca son religiosas en el sentido habitual en el que es utilizado el término, aunque desde todo punto de vista poseen un ritual y en todas ellas se aprecia un profundo respeto por lo que genéricamente podríamos llamar las fuerzas de la vida, o las energías en juego; las prácticas van paralelamente minando lo único por lo que no existe ningún respeto ni consideración, esto es, el ego del alumno, sus sentimientos de importancia personal y todas sus concepciones y cristalizaciones previas. Se destruye deliberadamente su idea del mundo y de sí mismo, sus certezas, para hacerlo permeable a otras realidades. El incremento gradual de consciencia del alumno, derivado de las experiencias a las que va accediendo a lo largo de los años, no lo lleva más cerca de ninguna potestad superior, sino más bien al conocimiento, percepción  y dominio creciente de esas energías en juego. Esto significa desarrollar atención, instinto, intuición, intención, percepción en la cuarta dimensión, sueño consciente, etc. No hay actos de devoción, de beatitud ni de veneración alguna. Sí, de profundo respeto por las distintas manifestaciones de las emanaciones del Águila, que podríamos equiparar al tradicional “temor de Dios”.

Castaneda va comprendiendo paulatinamente la estrecha relación entre su cuerpo, considerado como núcleo energético y ‘procesador’ de energías, y aquello que puede percibir y realizar. Otras tradiciones se refieren al cuerpo como “el templo de la divinidad en nosotros”, lo que se va evidenciando en el camino que transita Castaneda pero sin ninguna connotación de divinidad. Ciertos actos conscientes producen cambios en ese cuerpo energético que como consecuencia llevan a estados de consciencia acrecentada acerca de la realidad de las energías implicadas; eso es todo. Cada visión de mundo tiene su correlato en el cuerpo energético de la persona, o dicho en la jerga de don Juan, cada concepción de la realidad depende esencialmente de la ubicación del punto de encaje. En el mundo de don Juan todo es niveles de energía, tramas y emanaciones de energía que tanto se pueden ignorar como alinearse con ellas o utilizarlas como vehículo para conocer más profundamente los múltiples mundos implicados tras la materia, que se evidencian de forma cada vez más precisa a lo largo de la serie de libros de Castaneda.

Simultáneamente, el alumno se va conociendo a sí mismo, procesando sus miedos, depurando los lastres que lo limitan al mantenerlo atado al pasado (lo que don Juan llama el ‘borrado de la historia personal’), y fundamentando su conocimiento en experiencias –no en creencias-, lo que modifica radicalmente su estructura mental, sus hábitos y creencias previas, y sus escalas de valor. En este mundo mágico, en esta “realidad aparte” sutil pero consistente, se nos presenta la relación de don Juan y su discípulo, con una coherencia interna potente y difícilmente contrarrestable. No hay un Dios aquí, ni un futuro ni un propósito último más allá de la –por cierto inmensa- tarea de tomar consciencia y dominar la realidad presente, en sus múltiples niveles paralelos y complejidades energéticas. No se describe un objetivo más allá de esto.

En este contexto, la experiencia de la llamada en otras tradiciones –por lo general en la vía mística de las mismas- propia divinidad, Yo Superior, Cristo, satori o incluso Dios, es un importante hito en el camino, pero sólo es eso: la evidencia que muestra que el alumno ha alcanzado cierto dominio de sus propias energías como para acceder a esa percepción, la que eventualmente podría repetir a voluntad, lo que es radicalmente diferente de las concepciones espirituales más generalizadas en la humanidad. Esa experiencia medular (casi diríamos “fundacional” para todos aquellos que siguen un camino) es la que don Juan Matus designa con el modesto y pedestre nombre de “ver el Molde del Hombre”, al que considera como una suerte de arquetipo inerte que simplemente nos imprimiría las características humanas que compartimos. Don Juan, como guía, propicia la experiencia inicial, la que luego podría ser alcanzada por su discípulo independientemente de la participación de don Juan.

Resulta, para nuestra formación impregnada de tradición judeo cristiana, tan iconoclasta esta visión, tan rupturista de lo aceptado –como lo habría sido también para Castaneda-, que merece una revisión. Aún aquellos de nosotros que no declaremos religión alguna o que nos agrupemos bajo el título de agnósticos e incluso ateos, hemos vivido inmersos en una cultura de tradición judeo-cristiana que ha impregnado todos los ámbitos de la vida; hace muy pocos siglos que en Occidente se separaron la religión y el Estado, por ejemplo, y en la práctica nunca han estado totalmente separados, con lo que todas las esferas de la vida común se han regido en algún grado por los conceptos de bien/mal, premio/castigo, cielo/infierno, culpa, pecado, etc., en el marco de una relación del ínfimo ser humano frente a una omnipresente presencia Superior que lo juzga, lo premia, lo ama, lo castiga, lo califica permanentemente e incluso lo condena. No deja de ser curioso que en nuestro racionalista Occidente mantengamos por lo general tan separados el mundo de la creencia –por lo general indiscutible- de la evidencia intelectual o el fruto de la experiencia que exigimos en otras áreas. El porcentaje de individuos que han tenido una experiencia transpersonal continúa siendo una minoría; y aunque un número creciente de personas busca tener vivencias más allá de la existencia material o emocional comunes, la gran mayoría continúa entregándose mansamente a alguna creencia tranquilizadora sin ningún atisbo de buscar evidencia acerca de la realidad última que ésta ofrece, y a la que a menudo dejamos simplemente que nos dirija y limite la vida sin haber cuestionado nunca las bases de tales imposiciones. Defendemos apasionadamente nuestras creencias sin ninguna evidencia de aquello que persigue –por eso son creencias-, lo que parece especialmente contradictorio en Occidente, donde la búsqueda persistente de alguna práctica que nos lleve a constatar las realidades intangibles sólo se han vuelto crecientes en los últimos – si acaso- cincuenta años. De tal modo que considerar la óptica de don Juan nos puede estimular a una reflexión más profunda sobre estos puntos tan centrales y decisivos de la experiencia humana posible, y que nos puede movilizar, en primer lugar, a dudar o confirmar nuestras concepciones previas, pero por sobre todo, nos puede impulsar hacia una práctica que busque la comprobación vivencial de aquello que no puede ser explicado ni menos repetido de oídas o de segunda mano. De aquello que no puede ser una simple creencia.

A continuación extractamos y comentamos los párrafos más explicativos del capítulo 16 de “El Fuego Interior”:

“Después del almuerzo, don Juan y yo nos sentamos a hablar. Comenzó sin preámbulo alguno. Anunció que habíamos llegado al final de su explicación. Dijo que ya había discutido conmigo todas las verdades del estar consciente de ser, descubiertas por los antiguos videntes. Recalcó que ahora yo conocía el orden en el que los nuevos videntes las dispusieron. Dijo que en las últimas sesiones de su explicación me dio una relación detallada de las dos fuerzas que ayudan a mover nuestros puntos de encaje: el levantón de la tierra y la fuerza rodante. Explicó también las tres técnicas desarrolladas por los nuevos videntes, acecho, intento y ensueño, y sus efectos sobre el movimiento del punto de encaje.

– Ahora –prosiguió-, lo único que te queda por hacer para completar la explicación de la maestría del estar consciente de ser es romper por tu cuenta la barrera de la percepción. Sin ayuda de nadie, tienes que mover tu punto de encaje y alinear otra gran banda de emanaciones. Si no llegas a lograr esto, todo lo que has aprendido y has hecho conmigo será mera plática, simplemente palabras. Y las palabras valen poco.

Explicó que al moverse el punto de encaje y al alcanzar cierta profundidad, rompe una barrera e interrumpe momentáneamente su capacidad para alinear emanaciones. Experimentamos esa ruptura e interrupción como un vacío perceptual. Ese momento era llamado la pared de niebla por los antiguos videntes, porque aparece un banco de niebla cada vez que el alineamiento de emanaciones da un traspié.”

Nota: El procedimiento de alineación es conocido por todos los practicantes de meditación, quienes también buscan ampliar su consciencia a realidades más amplias y sutiles. La “ruptura de barrera” también puede interpretarse como un cambio de dimensión.

“Dijo que hay tres maneras de tratar con esto. Se lo puede considerar de manera abstracta, como una barrera de percepción; se lo puede sentir como el acto de romper con el cuerpo entero un apretado tambor de papel; o se lo puede ver como una pared de niebla. A lo largo de mi aprendizaje con don Juan, me había orientado incontables veces para ver la barrera de la percepción. Al principio, me gustó la idea de una pared de niebla. Don Juan me advirtió que los antiguos videntes también prefirieron verlo de esa manera. Dijo que aportaba gran comodidad y holgura el verlo así, pero que también existía el grave peligro de convertir algo incomprensible en algo sombrío y agorero. Por lo tanto, él recomendaba dejar que las cosas incomprensibles siguieran siendo incomprensibles, en vez de convertirlas en parte del inventario de la primera atención.

Después de un fugaz momento de alivio al ver la pared de niebla tuve que estar de acuerdo con don Juan en que era mejor dejar que el período de transición fuera una abstracción incomprensible, pero para entonces me resultaba imposible romper lo que mi consciencia había logrado. Cada vez que era colocado en posición de romper la barrera de la percepción, veía la pared de niebla. En el pasado, en cierta ocasión, me quejé con don Juan y Genaro de que aunque quería verla como otra cosa, no podía cambiar. Don Juan comentó que eso era comprensible porque yo era así tan mórbido y sombrío como los antiguos videntes, y que en este respecto él y yo éramos muy diferentes. Él era alegre y práctico y no adoraba el inventario humano. Yo, por otra parte, no quería deshacerme de mi inventario y de ahí que era pesado, siniestro e impráctico. Su áspera crítica me asombró y entristeció y me puse muy melancólico.

Don Juan me dijo entonces que no importaba que viera la pared de niebla, porque tarde o temprano yo cambiaría. Los ejercicios de alinear emanaciones no usadas normalmente le permitían al punto de encaje ganar experiencia en moverse. Lo que sí debería preocuparme era cómo podría yo, por mí mismo, darme el empujón inicial para desalojar mi punto de encaje de su posición acostumbrada. Recalcó entonces que el alineamiento era la fuerza que tenía que ver con todo, por consiguiente, uno de sus aspectos, el intento, era lo que hacía moverse al punto de encaje. Volví a preguntarle acerca de esto.

– Ahora estás en una posición que te permite contestarte tú mismo esa pregunta –replicó-. Lo que le da el empujón al punto de encaje es la maestría de la consciencia. Después de todo, nosotros los seres humanos, no somos en realidad gran cosa; en esencia, somos un punto de encaje fijo en cierta posición. Si quieres moverlo toma en cuenta primero a nuestro enemigo y nuestro amigo a la vez, nuestro diálogo interno, nuestro inventario. Apaga tu diálogo interno; haz tu inventario y después deshazte de él. Los nuevos videntes hacen inventarios precisos y después se ríen de ellos. Sin el inventario, el punto de anclaje se libera.”

Nota: el “monólogo interno”, o la “charla interior”, es considerada de la misma manera en otras escuelas, como un inmenso estorbo a cualquier práctica, por ser el sustento y retroalimentación permanente del ego, considerado como el “yo separado” de la realidad esencial subyacente.

“Don Juan me recordó que me había hablado largamente acerca de uno de los aspectos más sólidos de nuestro inventario: nuestra idea de Dios. Dijo que ese aspecto era como una goma muy pegajosa que ligaba al punto de encaje a su posición original. Si yo fuera a alinear otro mundo total con otra gran banda de emanaciones, tenía que dar un paso obligatorio para poder soltar todas las amarras de mi punto de encaje.

– Ese paso consiste en ver el molde del hombre –dijo-. Hoy tienes que hacerlo, sin ayuda de nadie.

– ¿Qué es el molde del hombre? –pregunté-.

– Te hice verlo muchas veces –contestó-. Tú sabes de lo que estoy hablando.

Me abstuve de decir que no tenía ni la menor idea de lo que hablaba. Si decía que yo había visto el molde del hombre, debía haberlo hecho, aunque no tenía la más vaga noción de cómo era. Él parecía saber lo que cruzaba en mi mente. Me sonrió benévolamente y movió la cabeza de un lado a otro como si no creyera lo que yo pensaba.

– El molde del hombre es un enorme racimo de emanaciones en la gran banda de la vida orgánica –dijo-. Se le llama el molde del hombre porque ese es el racimo que llena el interior del capullo del hombre. El molde del hombre es la porción de las emanaciones del Águila que los videntes pueden ver directamente sin peligro alguno para ellos. Romper la barrera de la percepción es la última tarea de la maestría de la consciencia –continuó-. Para poder mover tu punto de encaje a esa posición, por tu cuenta, tienes que reunir mucha energía. Haz un viaje de recuperación. ¡Recuerda lo que has hecho!

Traté de recordar lo que era el molde del hombre. Fallé. Sentí una atroz frustración que pronto se convirtió en enojo real. Estaba furioso conmigo mismo, con don Juan, con todos. Mi furia no impresionó a don Juan. Con un tono ecuánime dijo que el enojo era una reacción natural ante la incapacidad del punto de encaje de moverse al comando.

– Pasará mucho tiempo antes de que puedas aplicar el principio de que tu comando es el comando del Águila –dijo-. Esa es la esencia de la maestría del intento. Mientras tanto, da ahora mismo el comando de no impacientarte, ni siquiera en los peores momentos de duda. Transcurrirá un lento proceso antes de que ese comando sea escuchado y obedecido como si fuera un comando del Águila.

Nota: este último párrafo resuena como el paralelo seglar del “Tú eres Eso” o “no soy yo, sino Cristo que vive en mí” y otras expresiones equivalentes proferidas por los místicos de todos los tiempos.

Dijo también que hay una inmensurable área de consciencia entre la posición habitual del punto de encaje y la posición en la que ya no existen dudas, que por cierto es el lugar en el que se presenta la barrera de la percepción. En esa área inmensurable, los guerreros caen presa de todas las fechorías concebibles. Me advirtió que tenía que estar alerta y no perder la confianza, en vista de mis acciones, porque, de manera inevitable, me vería acosado en algún momento por un tenaz sentido de culpa y derrota.

– Los nuevos videntes recomiendan un acto muy sencillo, cuando la impaciencia, o la desesperación, o el enojo, o la tristeza cruza su camino –prosiguió-. Recomiendan que los guerreros giren sus ojos. No importa en qué dirección; yo prefiero girar los míos en el sentido de las manecillas del reloj. El movimiento de los ojos hace moverse o detenerse momentáneamente al punto de encaje. En ese movimiento encontrarás alivio. Esto se hace en sustitución de la verdadera maestría del intento.”

Nota: Una vez más, en el propio cuerpo y en el manejo de sus energías se encuentran todas las herramientas para acceder a estados de consciencia acrecentados, y a manejarlos voluntariamente. Mientras menos impurezas, limitaciones y atascos posea el campo energético, más claro el propósito y mayor control sobre los procesos. Es lo que don Juan llama impecabilidad: el uso correcto de la energía en toda circunstancia.

“Me quejé de que no quedaba suficiente tiempo para que me enseñara la maestría del intento.

– Ya te la he enseñado. Algún día habrás de recordarlo todo –me aseguró-. Una cosa desencadenará a la otra. Una palabra clave y todo saldrá de ti, como si hubiera cedido la puerta de un armario lleno a reventar.

Regresó después a la discusión del molde del hombre. Dijo que verlo por mi cuenta, sin ayuda de nadie, era un paso importantísimo, porque todos nosotros tenemos ciertas ideas que deben ser rotas antes de que seamos libres; el vidente que penetra en lo desconocido para vislumbrar lo que no se puede conocer tiene que estar en un estado de ser impecable.

Me guiñó el ojo y dijo que el estar en un estado de ser impecable es estar libre de suposiciones racionales y temores racionales. Agregó que tanto mis suposiciones como mis temores me impedían, en ese momento, realinear las emanaciones que me harían recordar haber visto el molde del hombre. Me sugirió que girara mis ojos y me repitió una y otra vez que era verdaderamente importante recordarlo todo antes de verlo de nuevo. Y como el tiempo se le acababa no había cabida para mi lentitud acostumbrada.

Siguiendo su sugerencia, moví los ojos. Casi de inmediato, olvidé mi incomodidad y de repente recordé que había visto el molde del hombre. Ocurrió eso años antes, en una ocasión bastante memorable para mí, porque desde el punto de vista de mi educación católica, don Juan hizo entonces las declaraciones más sacrílegas que jamás escuché. Todo empezó como una conversación amigable mientras subíamos las faldas de unas montañas en el borde del desierto sonorense. Don Juan me explicaba lo que me hacía con sus enseñanzas. Nos detuvimos a descansar y nos sentamos en unas rocas redondas. Siguió explicándome su procedimiento de enseñanza, y esto me animó a intentar, por centésima vez, hablarle de mis problemas. Resultaba evidente que ya no quería oír hablar de ello. Me hizo cambiar de niveles de consciencia y me dijo que si yo viera el molde del hombre, quizás entendería todo lo que él estaba haciendo conmigo y así nos ahorraríamos ambos años de labores.

Me dio una explicación detallada de lo que era el molde del hombre. No habló de él en términos de las emanaciones del Águila, sino en términos de un patrón de energía que sirve para imprimir las cualidades de lo humano sobre una burbuja amorfa de materia biológica. Por lo menos así lo entendí yo, especialmente después de que me lo explicó aún más a fondo usando una analogía mecánica. Dijo que era como un gigantesco molde, un cuño que produce seres humanos uno por uno, interminablemente, como si llegaran a él sobre una banda continua de producción en masa. Hizo una vívida mímica del proceso al unir con gran fuerza las palmas de sus manos, como si el cuño moldeara a un ser humano cada vez que eran unidas sus dos mitades.

Dijo también que cada especie tiene su propio molde, y cada individuo de cada especie moldeado por el proceso muestra características particulares de su propia especie. Después empezó una elucidación extremadamente inquietante acerca del molde del hombre. Dijo que tanto los antiguos videntes como los místicos de nuestro mundo tienen una cosa en común, han podido ver el molde del hombre pero no entienden lo que es. A lo largo de los siglos, los místicos nos han legado conmovedores relatos de sus experiencias. Pero, por muy hermosos que sean, estos relatos se ven estropeados por el craso y desesperante error de pensar que el molde del hombre es un omnipotente y omnisciente creador; los antiguos videntes estaban igualmente errados al creer que el molde del hombre era un espíritu amistoso, un protector.

Me aseguró que los nuevos videntes eran los únicos que tenían la sobriedad para ver el molde del hombre y para entender lo que es. Lo que han llegado a entender es que el molde del hombre no es un creador, sino el molde de todos los atributos humanos que podamos concebir, y de algunos que ni siquiera podemos concebir. El molde es nuestro Dios porque nos acuñó como lo que somos y no porque nos ha creado de la nada haciéndonos en su imagen y semejanza. Don Juan dijo que, en su opinión, el caer de rodillas en presencia del molde del hombre exuda arrogancia y autocentrismo humanos.

Conforme escuchaba la explicación de don Juan, me preocupé terriblemente. Aunque jamás me consideré un católico practicante, me escandalizaron sus blasfemas implicaciones. Lo estuve escuchando con atención y cortesía, pero ansiaba una pausa en su andanada de sacrilegios para poder cambiar de tema. Pero, sin tregua, siguió recalcando su punto de vista. Finalmente, lo interrumpí y le dije que yo creía en la existencia de Dios. Repuso que mi creencia estaba basada en la fe y que, como tal, era una convicción de segunda mano que no significaba nada; como la de todos los demás, mi creencia en la existencia de Dios estaba basada en un rumor que circulaba y no en el acto de ver. Me aseguró que aunque yo fuera capaz de ver, era seguro que cometería el mismo error de todos los místicos. Cualquiera que vea el molde del hombre supone automáticamente que es Dios.

Dijo que la experiencia mística era un ver fortuito, algo que sucedía una sola vez en la vida, y que no tenía significado alguno porque era el resultado de un movimiento al azar del punto de encaje. Aseveró que los nuevos videntes eran realmente los únicos que podían emitir un juicio justo sobre este asunto, porque ellos eliminaron el ver fortuito y eran capaces de ver el molde del hombre cuantas veces quisieran.

Por lo tanto, vieron que lo que llamamos Dios es un prototipo estático de lo humano, sin poder alguno. El molde del hombre no puede, bajo ninguna circunstancia, ayudarnos interviniendo a nuestro favor, ni puede castigarnos por nuestras maleficencias, ni recompensarnos de ninguna manera. Somos simplemente el producto de su sello, somos su impresión. El molde del hombre es exactamente lo que dice su nombre, un cuño, una forma, una moldura que agrupa a un haz particular de elementos, de fibras luminosas, que llamamos hombre.

Lo que dijo me hundió en un estado de gran angustia. Pero no parecía preocuparle mi genuina agitación. Siguió aguijoneándome con lo que llamaba el crimen imperdonable de los videntes fortuitos, que nos hacen enfocar nuestra energía irreemplazable en algo que no tiene absolutamente ningún poder para hacer nada. Mientras más hablaba, más crecía mi disgusto. Cuando me vi tan molesto que estaba a punto de gritarle, me hizo entrar en un estado de consciencia acrecentada aún más profundo. Me golpeó en el lado derecho, entre la cadera y las costillas. Ese golpe me hizo remontarme hasta una luz radiante, al corazón de una diáfana fuente de la más pacífica y exquisita beatitud. Esa luz era un refugio, un oasis en la negrura que me rodeaba.

Desde mi punto de vista subjetivo, vi esa luz durante un período de tiempo incalculable. El esplendor de esa visión rebasaba todo lo que pueda decir, y sin embargo no podía deducir qué era lo que la hacía tan hermosa. Me vino entonces la idea de que su belleza surgía de un sentido de la armonía, de una sensación de paz y descanso, de haber arribado, de finalmente estar a salvo. Me sentí inhalar y exhalar, con quietud y alivio. ¡Qué espléndida sensación de plenitud! Supe, sin sombra de duda, que ahora estaba cara a cara con Dios, con el origen de todo. Y sabía que Dios me amaba. Dios era amor y perdón. La luz me bañó, y me sentí limpio, liberado. Lloré incontrolablemente, sobre todo por mí mismo. La visión de esa luz resplandeciente me hizo sentirme indigno, despreciable.

De pronto, escuché la voz de don Juan en mi oído. Dijo que tenía que ir más allá del molde, que el molde era simplemente una fase, un momento de respiro que le brindaba paz y serenidad transitoria a aquellos que viajan hacia lo desconocido, pero que era estéril, estático. Era a la vez una imagen plana reflejada en un espejo y el espejo en sí. Y la imagen era la imagen del hombre.”

Nota: Si se considerara esta perspectiva de don Juan como una hipótesis posible o  valedera, daría pie a muchas consideraciones, como por ejemplo, que el molde del hombre, como arquetipo ‘inerte’ del Ser, hipotéticamente equivalente al Self de Jung o Assagioli, o al Yo Superior de Brunton, representara no sólo el cuño, sino al mismo tiempo todo el potencial inherente al ser humano, en germen (de ahí la felicidad, la alegría y el éxtasis de “presenciar”, vital y directamente, todo lo que se puede ser, aunque no se lo sospeche durante la experiencia y se la evalúe invariablemente como la manifestación de un ser muy superior a uno mismo). En tal caso, se podría plantear la hipótesis de que las experiencias y sufrimientos y comprensiones acopiadas vida tras vida que han ido incrementando el nivel de consciencia de un ser humano podrían hacerse efectivos en el nivel del molde del hombre, hasta llegar al momento de una total identidad entre el individuo y “su molde”, visto como potencial inicialmente, y finalmente, como realidad viva y plena en otra dimensión. Como si ese “Ser” que nos sueña vida tras vida, y que es al mismo tiempo el sueño que esperamos alcanzar, acopiara las mejores notas que hemos dado, nuestros esfuerzos por llegar, nuestros sacrificios voluntarios y esfuerzos intencionales, cada una de las cuales le iría dando vida creciente y ‘real’ a ese soñador que algún día podríamos ser. Siguiendo esta misma línea de pensamiento conjetural, resultaría probable que las “experiencias cumbre” o los contactos son el Self trascendente sean los ecos que nos llegan de nuestras mismas realizaciones anteriores, es decir, de la sumatoria de lo mejor que hemos alcanzado en el trayecto, como un llamado profundo desde lo ‘ya realizado’ hacia lo que aún nos falta realizar para ser uno con nuestro origen, o arquetipo, plenamente. De tal suerte que difícilmente personas muy primitivas o que no hayan tenido un desarrollo consciente, podrían acceder a un contacto con su Self –o Molde-, que no tendría nada aún en su actualización de ‘haberes’. El contacto, o la experiencia trascendente, sería el llamado del pastor, siendo el pastor nuestro propio desarrollo evolutivo consciente previo, acaso el eco, en otra dimensión, de lo que Gurdjieff llamaba el “Centro Magnético”, para que recordemos el camino ya hollado y nos incentivemos a seguir. Esta probabilidad no sólo no descarta sino que posiblemente exige, de la presencia de un guía o ser más avanzado que propicie este contacto con la esencia de lo ya realizado. Este propiciamiento, por parte de un tercero, entre lo logrado y nuestro presente, podría ser lo que normalmente se conoce como “la gracia”.

Aún considerando este racionamiento como posible, no explica nada acerca del camino a seguir una vez alcanzada esa identidad con el Ser, como don Juan tampoco explica lo que hay más allá de la “fase” del molde del hombre. Sin embargo, destaca que la considera una etapa muy importante de alcanzar por su discípulo. Es muy posible que los caminos a seguir en adelante, una vez alcanzada la plenitud del arquetipo –por así decir-, hayan sido históricamente logrados por tan pocas personas aún, que resulte inútil hablar de ello a una mayoría de la humanidad que aún se encuentra en otra etapa. Esas pocas personas, esos Maestros de la humanidad, nos hablan de cosas que nos resulten útiles y prácticas en la fase en la que estamos. ¿A qué hablar de la forma de viajar al centro de la galaxia si aún estamos recorriendo nuestro sistema solar local?

“Resentí apasionadamente lo que decía don Juan; me rebelé contra sus palabras blasfemas y sacrílegas. Quería insultarlo, pero no podía romper el poder de retención de mi ver. Estaba atrapado en él. Don Juan parecía saber con exactitud cómo me sentía y lo que quería decirle.

– No puedes insultar al nagual –dijo en mi oído-. Es el nagual quien te permite ver. La técnica es del nagual, el poder es del nagual. El nagual es el guía.

Fue en ese momento en el que me di cuenta de algo acerca de la voz en mi oído. No era la voz de don Juan, aunque era muy parecida. También, la voz tenía razón. El instigador de esa visión era el nagual Juan Matus. Eran su técnica y su poder los que me hacían ver a Dios. Dijo que no era Dios, sino el molde del hombre; yo sabía que tenía razón. Sin embargo, no podía admitirlo, no por irritación o necedad, sino simplemente por la absoluta lealtad y el amor que yo sentía por la divinidad que estaba frente a mí.

Mientras contemplaba la luz con toda la pasión de la que yo era capaz, la luz pareció condensarse y vi a un hombre. Un hombre brillante que exudaba carisma, amor, comprensión, sinceridad, verdad. Un hombre que era la suma total de todo lo que es bueno. El fervor que sentí al ver a ese hombre traspasaba todo lo que había sentido en la vida. Caí de rodillas. Quería adorar a Dios personificado, pero don Juan intervino y me golpeó en la parte superior izquierda del pecho, cerca de la clavícula, y perdí de vista a Dios.”

Nota: este último párrafo se confirma en todas las experiencias trascendentales, la certeza absoluta de que lo que se experimenta es claramente bueno, luminoso, amoroso, verdadero, sublime. Hay consenso en todas las prácticas genuinamente religiosas de que el destino del hombre –como lo sería su germen o molde- es la hermandad, la bondad, el amor, la comprensión, la cooperación, la tolerancia como medios de ayuda a la consecución de un fin que nos es común. El molde del hombre, como origen y probable destino, es percibido invariablemente en este tipo de vivencias como un cúmulo de lo que la mayoría considera virtudes. Resulta además sugerente la palabra “molde”, como símil de recipiente de todo aquello que deberíamos o podríamos llenar –ser-.

“Quedé presa de un sentimiento mortificante, una mezcla de remordimiento, júbilo, certezas y dudas. Don Juan se burló de mí. Me llamó piadoso y descuidado y dijo que yo podría ser una gran sacerdote, un cardenal; podía incluso hacerme pasar por un líder espiritual que había tenido una visión fortuita de Dios. Jocosamente, me instó a comenzar a predicar y a describirle a todos cómo era Dios. De manera muy casual pero aparentemente interesada dijo algo que era mitad pregunta, mitad aseveración.

– ¿Y el hombre? –preguntó-. No puedes olvidar que Dios es un varón.

Mientras entraba en un estado de gran claridad, comencé a tomar consciencia de la enormidad de lo que me decía.

– Qué conveniente, ¿eh? –agregó sonriendo-. Dios es un varón. ¡Qué alivio!

Después de relatarle a don Juan lo que recordaba, le pregunté acerca de algo que acababa de parecerme terriblemente extraño. Obviamente, para poder ver el molde del hombre mi punto de encaje se había movido. El recuerdo de los sentimientos y entendimientos que me sucedieron entonces era tan vívido que me dio una sensación de absoluta futilidad. Sentía ahora todo lo que había hecho y sentido en aquel entonces. Le pregunté cómo era posible que, habiendo tenido una comprensión tan clara la hubiera olvidado de manera tan completa. Era como si nada de lo que me ocurrió en aquella ocasión importara, puesto que siempre tenía que partir del punto número uno, a pesar de lo que hubiera podido avanzar en el pasado.

– Esa es sólo una impresión emocional –dijo-. Una equivocación total. Lo que hayas hecho hace años está sólidamente contenido en algunas emanaciones sin usar. Por ejemplo, ese día en que te hice ver el molde del hombre, yo mismo tuve una verdadera equivocación. Pensé que si lo veías, podrías entenderlo. Fue un auténtico malentendido de mi parte.

Don Juan explicó que siempre creyó que su mentalidad era lenta, sabía que le costaba aprender, pero nunca tuvo realmente la oportunidad de poner a prueba su creencia, porque nunca tuvo un punto de referencia fuera de sí mismo. Cuando aparecí yo y se convirtió en maestro, algo totalmente nuevo para él, se dio cuenta de que a lo mejor no era tan lento como creía. También llegó a entender que no hay manera de acelerar la comprensión, y que desalojar el punto de encaje no es suficiente para comprender. Como el punto de encaje se mueve normalmente durante los sueños, a veces a posiciones extraordinariamente distantes, siempre que experimentamos un cambio inducido todos somos expertos en compensarlo de inmediato. De manera constante restablecemos nuestro equilibrio y la actividad prosigue como si nada nos hubiera sucedido.

Comentó que el valor de las conclusiones de los nuevos videntes no se vuelve evidente hasta que uno trata de mover el punto de encaje de otra persona. Los nuevos videntes dijeron que en este respecto lo que cuenta es el esfuerzo para fortalecer la estabilidad del punto de encaje en su nueva posición. Consideraban que éste era el único procedimiento de enseñanza que valía la pena discutir. Y sabían que es un largo proceso que tiene que llevarse a cabo poco a poco, a paso de tortuga.

Don Juan me aclaró que de acuerdo a una recomendación de los nuevos videntes, había usado plantas de poder al principio de mi aprendizaje. A través de su experiencia y de su ver, ellos sabían que las plantas de poder sacuden al punto de encaje, alejándolo enormemente de su posición normal. En principio, el efecto de las plantas de poder sobre el punto de encaje es muy parecido al efecto que producen los sueños: los sueños lo mueven mínimamente, pero las plantas de poder logran moverlo en una escala gigantesca. Un maestro usa los efectos desorientados de tal movimiento para reforzar la noción de que la percepción del mundo jamás es final.

Recordé entonces que había visto el molde del hombre en otras cinco ocasiones, de una manera muy parecida a la primera. Después de cada una de ellas, me sentí menos apasionado con Dios. Sin embargo, nunca pude sobreponerme al hecho de que siempre veía a Dios como un varón. Al final, la sexta vez que lo vi dejó de ser Dios para mí, y se convirtió en el molde del hombre, no debido a que lo dijera don Juan, sino porque la posición de un Dios varón se hizo insostenible. Pude entender entonces las primeras aseveraciones de don Juan. No fueron nada blasfemas o sacrílegas, porque no las hizo desde el contexto del mundo cotidiano. Tenía razón en decir que los nuevos videntes se encontraban en ventaja por ser capaces de ver el molde del hombre cuantas veces quisieran. Pero la verdadera ventaja era que tenían la sobriedad para poder examinar lo que veían.

Le pregunté por qué veía yo el molde del hombre como un varón. Dijo que se debía a que, en ese momento, mi punto de encaje no poseía la estabilidad para permanecer completamente pegado a su nueva posición, y se movía lateralmente, en la banda del hombre. Era el mismo caso que ver la barrera de la percepción como una pared de niebla. Lo que hacía moverse lateralmente al punto de encaje era un deseo casi inevitable, o una necesidad, de presentar lo incomprensible en términos que nos resulten familiares: una barrera es una pared y el molde del hombre sólo puede ser un hombre. Pensaba que si yo hubiera sido mujer, hubiera visto al molde como una mujer.”

Nota: Parece estar implícito aquí dos cosas. Por una parte, que en estado de percepción acrecentada, o en niveles superiores de consciencia, las visiones o percepciones toman las formas apropiadas a nuestras creencias o tradiciones previas, conscientes o inconscientes; o como dice don Juan, con aquello con lo que estamos más familiarizados. Y por otra, se evidencia el mismo concepto expuesto por otras tradiciones religiosas y filosóficas de que el molde del hombre, como el Self, sería andrógino, o un núcleo donde al menos la polaridad masculino/femenina –entre otras- se resolvería.

“Don Juan se levantó y dijo que era hora de que fuéramos al centro del pueblo, porque yo tenía que ver el molde del hombre entre la gente. En silencio, caminamos hacia la plaza, pero antes de que llegáramos sentí una oleada de energía incontenible y corrí por la calle hasta las afueras del pueblo. Llegué a un puente, y precisamente allí, como si me estuviera esperando, vi al molde del hombre como una cálida y resplandeciente luz ambarina.

Caí de rodillas, no tanto por devoción, sino en una reacción física ante el asombro reverente. La visión del molde del hombre era más sorprendente que nunca. Sin arrogancia alguna, sentí que había experimentado un cambio enorme desde la primera vez que lo vi. Sin embargo, todas las cosas que había visto y aprendido sólo me dieron una apreciación más grande y más profunda del milagro que tenía frente a los ojos. Al principio, el molde del hombre estaba sobrepuesto al puente, luego algo en mí se agudizó y vi que, hacia arriba y hacia abajo, el molde del hombre se extendía hasta el infinito; el puente no era más que un pequeñísimo armazón, un pequeñísimo bosquejo sobrepuesto a lo eterno. Eso eran también las minúsculas figuras de personas que se movían a mi alrededor, mirándome con descarada curiosidad. Pero yo sentía estar más allá de su alcance, aunque nunca estuve en una situación más vulnerable. El molde del hombre no tenía poder para protegerme o compadecerse de mí, y sin embargo yo lo amaba con una pasión que no conocía límites.

Pensé entender entonces algo que don Juan me dijo una y otra vez, que el verdadero afecto no puede ser una inversión. Con toda felicidad, me hubiera convertido en sirviente del molde del hombre, no por lo que pudiera darme, porque no tiene nada que dar, sino por el absoluto afecto que sentía por él.

Tuve la sensación de que algo me jalaba, alejándome de aquel lugar, y antes de desaparecer de su presencia le grité una promesa al molde del hombre, pero una gran fuerza me arrebató antes de que pudiera terminar lo que quería decir. De pronto, me encontré de rodillas en el puente, mientras un grupo de gente local me miraba riéndose. Don Juan llegó a mi lado y me ayudó a incorporarme y juntos caminamos de vuelta a la casa.

-Hay dos maneras de ver el molde del hombre –comenzó don Juan en cuanto nos sentamos-. Lo puedes ver como un hombre o lo puedes ver como una luz. Eso depende del movimiento del punto de encaje. Si el movimiento es lateral, el molde es un ser humano; si el movimiento ocurre en la sección media de la banda del hombre, el molde es una luz. El único valor de lo que has hecho hoy es que tu punto de encaje se desplazó en la sección media.

Dijo que la posición en la que uno ve el molde del hombre es muy cercana a aquella en que aparecen el cuerpo de ensueño y la barrera de la percepción. Esa era la razón por la que los nuevos videntes recomendaban ver y comprender el molde del hombre.

– ¿Estás seguro de entender lo que es realmente el molde del hombre? –me preguntó con una sonrisa-.

– Le aseguro, don Juan, que estoy perfectamente consciente de lo que es el molde del hombre –dije-.

– Cuando llegué al puente te oí gritarle insensateces al molde del hombre –dijo con una sonrisa en extremo maliciosa-.

Le dije que me sentí como un sirviente inservible que adoraba a un amo inservible, y sin embargo un afecto absoluto me llevó a jurar amor eterno. Todo le pareció chistoso y se rió hasta que empezó a ahogarse.

– La promesa de un sirviente inservible a un amo inservible es inservible –dijo y volvió a ahogarse de risa.

No sentí necesidad de defender mi posición. Mi afecto por el molde del hombre fue ofrecido sin reserva, sin pensar en recompensas. No me importaba que mi promesa fuera inservible.”

Hasta aquí el capítulo 16 de “El Fuego Interior”, uno de los libros más ‘explicativos’ de toda la serie. El hecho de que presente una visión tan radicalmente distinta de aquella experiencia equiparable a la que la mayoría de las personas considera la más sagrada y reverenciable, de una forma tan ‘pagana’, casi vulgar en su descripción de meramente  hito dentro de un proceso reproducible a voluntad –a cierto nivel de desarrollo- desafía todos los conceptos y aún las experiencias de aquellos que han pasado por experiencias numinosas de este tipo.

Llama la atención asimismo que en el mundo de don Juan el amor tenga tan escasa cabida, o importancia, a pesar de que ése es justamente el sentimiento que embarga a su discípulo inmerso en la experiencia, como a la mayoría de las personas que vivencian y describen experiencias semejantes. Don Juan no desestima explícitamente al amor, pero parece considerarlo un efecto colateral, producto de la falta de ‘sobriedad’ de su pupilo, no siendo esa la meta o un aspecto importante del proceso. En el desenvolvimiento de la serie se puede apreciar que uno de los principales obstáculos al progreso de Castaneda es su emotividad, que lo lleva a constantes y reiteradas pasiones, rabietas, resentimientos, etc., con lo que es probable que en su caso específico su guía buscara llevarlo hacia territorios menos inestables. En otras personas sin embargo, la apertura afectiva, y a su más alto grado, el amor real –y su consecuencia probatoria, la comunión espiritual con otros seres-, es considerada todo un logro. Cuando se sigue una escuela con un guía verdaderamente capacitado, la enseñanza será siempre sesgada por la necesidad individual del alumno, y no constituye una práctica que se pueda generalizar o sistematizar para cualquiera.

Para iniciar cualquier camino de conocimiento se debe abandonar las creencias previas y las prácticas religiosas pasivas vividas como actos sociales o externos que nos condicionan sin transformarnos ni expandir nuestra consciencia en forma significativa. En ese camino la presencia de un verdadero guía es imprescindible. Pero la esfera de acción de cada guía es también limitado, de acuerdo a las realizaciones por él alcanzadas. Ya se comentó que al parecer inevitablemente, la organización mental de las experiencias trascendentes está fuertemente condicionada por el sistema de creencias o la información previa de la persona, de tal modo que en las experiencias numinosas el católico ve a Cristo, el budista a Buda, y así sucesivamente (en forma análoga, don Juan explica que uno de los mayores obstáculos en el progreso es nuestra “idea” de Dios). Del mismo modo es esperable que las enseñanzas de don Juan tengan como limitación su propia concepción de mundo, heredada de su tradición y linaje. Pero tienen asimismo el innegable valor de corresponder a observaciones y experimentación directas, y no a creencias. Como efecto de ese aprendizaje, el discípulo incrementa su consciencia –desarrolla la segunda atención-, aprende a atender permanentemente a las sincronicidades y amplía su espectro de las realidades existentes o posibles, las que, sin embargo, no tienen límites conocidos.

Todo conocimiento tiene sus limitaciones; la realidad no, al menos desde la humana perspectiva. Lo que establece esta enseñanza es que no existe ningún padre amoroso celestial dispuesto a acogernos, perdonarnos, redimirnos o concedernos peticiones. Con toda probabilidad, quienes están más avanzados y guían y ayudan a los seres humanos están en otra esfera que el molde del hombre o sus equivalencias, y posiblemente sean los artífices de los contactos del discípulo o del aspirante con su origen, siendo al mismo tiempo quienes confirman la realización, hasta que el alumno pueda lograrlo por sí solo. El discípulo debe estar dispuesto a lidiar con energías positivas y negativas permanentemente, a mantenerse impecable en el uso de su energía, a procesar su pasado, y a llegar a lograr todos sus avances por sí mismo hasta lograr la imparcialidad en todos sus actos o no-actos. Se verifica en esta enseñanza –como en otras- que hay mucha distancia entre ser ingenuamente ‘bueno’ y ser impecable. En esta tradición de arrastre tolteca, tanto como en algunas otras, la realidad trascendente resulta ser mucho más impersonal de lo que muchos de nosotros quisiéramos. Aunque no puede ignorarse el hecho de que la visión de don Juan –probablemente heredera de los magos atlantes-, condicionada como está por su propia tradición y lo que le resulta más familiar, contenga también muchas distorsiones y limitaciones. Como dice el mismo don Juan, la realidad es un misterio insondable, pero es deber de todo guerrero el intentar descifrarla, aunque sepa que nunca lo logrará del todo. Como gran enseñanza, extraer que ese misterio insondable no puede ser atrapado en nuestros conceptos, lo que es aplicable a cualquier tradición. Deshagámonos pues, en todo lo posible, de nuestras ideas fijas y limitantes, de nuestras creencias aprendidas acerca de lo trascendente, o acerca de lo que Dios es o no es, y busquemos la experiencia viva, vibrante, inapelable, con las manos desnudas.

En definitiva, sólo podemos estar seguros de que ninguna descripción del mundo es definitiva…

← Chamanismo  ·  Todas las notas

Más en Chamanismo

Ver el tema
  • Chamanismo

    El chamán es el gran maestro del éxtasis antes aún de ser sanador o mago. Él es el especialista del trance, trance especial en el cual su alma supuestamente deja su cuerpo para subir al Cielo o descender a los Infiernos. El chamán mantiene relaciones privilegiadas con el espíritu de los muertos o…

    Pablo Radzievky · Traducido y extractado por Farid Azael

  • Carlos Castañeda

    La obra de Carlos Castañeda es muy singular. El antropólogo que se interesa en el estudio de las plantas psicotrópicas, termina convirtiéndose en un «hombre de conocimiento», gracias a las enseñanzas de las prácticas rituales del chamanismo yaqui, aportado por un descendiente cultural de los…

    Elisa Aliaga