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Terapias Corporales

Rigidez Muscular: Mal de Muchos

Françoize Mezières, una Revolución.

Al otro lado de la casa había algunos coches con matrícula de todas las regiones de Francia, Suiza, Bélgica. Una decena de cursillistas trabajaremos aquí durante un mes, todos especialistas en gimnasia médica.

Ya estamos reunidos en la planta baja, en una gran sala. Absolutamente vacía. Ni una sola máquina. Ni un solo aparato especial. Ni siquiera una mesa de masaje. Únicamente una pequeña alfombra. Sorprendidos, tal vez un poco desconfiados, lo que veremos y oiremos a continuación nos desconcertará mucho más todavía.

Françoise Mézières ocupa su lugar en el centro de la habitación y nos invita a sentarnos en el suelo en torno a ella.

– Amigos míos, quieren ustedes recordarme cuál es la causa principal de las deformaciones que van ustedes a tratar?

Algo que nos es familiar, tranquilizador. Varias voces responden a la vez: la gravedad, la debilidad de los músculos posteriores, el reumatismo, la artrosis, la artritis, la astenia, la descalcificación

Françoise Mézières nos mira fijamente con sus ojos claros.

– Amigos míos, si hace veinticinco años me hubieran formulado la misma pregunta, hubiera sacado a relucir las mismas estupideces que acaban ustedes de pronunciar.

Un pesado silencio en la sala. Tormentoso. Françoise Mézières continúa:

– La enseñanza clásica inhibe. Nos enseña a medir con hilos de plomo, de espirómetros, a diagnosticar y después a tratar, sirviéndonos de una rica panoplia de máquinas científicas, corsés, escayolas, las deformaciones consideradas como curables por los métodos de la kinesiterapia. En cuanto a los físicos ingratos, desproporcionados, torcidos, hemos de aceptarlos como normales, bien porque son clasificables entre los tipos morfológicos reconocidos, porque la fealdad no se incluye en nuestra lista oficial de enfermedades. Para las deformaciones llamadas fijas a causa de su extremada rigidez, aunque en realidad continúan siempre agravándose, se nos ruega que las abandonemos a Doña Cirugía o a su triste destino.

– Pero yo les digo que nuestra mirada no puede detenerse en cada zona de crispación. No podemos cerrar los ojos ante la realidad para mejor obligarla a conformarse a los conceptos académicos. Es preciso que sólo tengamos ojos para la morfología perfecta y que nos dejemos guiar únicamente por la elegancia de las formas.

El asombro que planea en el aire no rompe, sin embargo, el silencio.

– Voy a pedirles algo nuevo. Voy a pedirles que observen. Voy a pedirles que palpen con sus manos y no a través de instrumentos. Y luego les pediré que crean, no en lo que han leído, sino en lo que han percibido.

Para entrenar nuestras facultades de observación, nos dijo que considerásemos en primer término la sacrosanta verdad de la gravedad, que nos atrae, se dice, hacia delante y a la cual resistimos, se dice también, gracias a la acción intensa de los músculos de la espalda. Todas nuestras desdichas proceden, pues, al parecer de esta fuerte acción que nuestros débiles músculos están obligados a ejercer para sostener la columna vertebral, para impedirnos caer hacia delante. Fortificar esos músculos para ayudarnos a cumplir su tarea principal debería ser, por lo tanto, una de las funciones más importantes de nuestro trabajo.

– En resumen, eso es precisamente lo que les han enseñado, no?

Asentimientos con la cabeza. Después, un silencio lleno de desconfianza.

– Para comenzar, voy a hacerles una breve pregunta: por qué esa famosa gravedad ha de atraernos hacia delante y no hacia atrás?

Nadie respondió.

– Ahora voy a pedirles que se levanten y adopten la postura que se acostumbra llamar vertical, pero que es simplemente bípeda. Bien. Cómo nos mantenemos en equilibrio? Traten de observarse a sí mismos. Quizá consigan darse cuenta de nuevo de lo que descubrieron la primera vez en que se sostuvieron de pie sin ayuda.

Así, observando el movimiento de mi propio cuerpo, comprendí que conseguía el equilibrio al desplazar el peso del cuerpo. Mantenía la cabeza y el vientre hacia delante y arqueaba los riñones hacia atrás. Porque en realidad se trataba no sólo de no caer hacia atrás, sino de no caer tampoco hacia delante.

Sin embargo, ese desplazamiento de las masas del cuerpo cabeza, vientre, espalda – acentúa las curvaturas vertebrales. Con la cabeza hacia adelante, los músculos insertos en las vértebras cervicales se repliegan y mantienen las vértebras en un arco cóncavo. Como el cerrar un acordeón de un lado hace que el otro abra ampliamente sus pliegues en arco de círculo. Lo mismo ocurre con los músculos de la parte inferior de la espalda en relación con las vértebras lumbares. Y esta curvatura y replegamiento de la musculatura posterior el precio de nuestro equilibrio – se agrava lógicamente en el curso de la vida.

Consecuentemente, el problema no reside en la insuficiencia de la musculatura posterior, sino en su exceso de fuerza. No se trata, pues, de fortificar los músculos de la espalda, ya excesivamente contraídos, ni de ayudarles a sostener mejor las vértebras. Al contrario. Hay que estirar los músculos posteriores para que dejen de tirar de las vértebras, mantenidas en arco cóncavo.

Françoise Mézières explicó que el acortamiento de los músculos posteriores no se debía solamente al esfuerzo por mantenerse en equilibrio, sino a todos los movimientos de media y gran amplitud ejecutados por los brazos y las piernas, solidarios de la columna vertebral. Cada vez que levantamos los brazos por encima de los hombros, cada vez que apartamos las piernas más de cuarenta y cinco grados, los músculos de la espalda se acortan todavía más. El acortamiento, la contracción de los músculos posteriores, se acompaña siempre de la rotación interna de los miembros y asimismo del bloqueo del diafragma.

– Por lo tanto, es contra ese acortamiento contra lo que hay que luchar, amigos míos. Si, sabiendo eso, continúan queriendo fortificar la espalda de sus enfermos, volverla más tensa, serán ustedes peligrosos e irresponsables.

Pero lo esencial de su descubrimiento radica en que, al eliminar la incurvación de un segmento de la columna vertebral, se la desplaza a otro segmento. Por ejemplo, corrigiendo la curvatura de las vértebras lumbares se hunde la nuca, y viceversa. Alargando un músculo posterior cualquiera se provoca el acortamiento de los músculos posteriores en su conjunto, que se comportan como si formaran un solo músculo extendido desde la cabeza hasta la planta de los pies. De ahí la inanidad de un trabajo segmentario que se ocupa del cuerpo como se ocuparía de un objeto industrial formado por piezas separadas. Es absolutamente necesario considerar y tratar el cuerpo como una unidad, tomando en cuenta, no una multitud de síntomas, sino la única causa de sus deformaciones: el acortamiento de toda la musculatura posterior, efecto inevitable de los movimientos cotidianos del cuerpo.

Nos comunicó esta conclusión con una perfecta certidumbre, nacida, no del orgullo, sino de veinticinco años de experiencia profesional. Porque, una vez realizado su descubrimiento, no vio jamás una deformación que no se debiese a ese exceso de contracción de la musculatura posterior. Por lo demás, en los dos años que siguieron a su descubrimiento, que se oponía a todo lo que ella misma había aprendido y enseñado durante años, trató de probarse que sus nuevas observaciones eran falsas. Pero eran ciertas. Por eso no le quedaba más que forjar un método de trabajo, no solamente basado en la observación de los hechos, sino confirmado por un conocimiento más profundo de la anatomía, del mecanismo articular, de la neurología, un método irrefutable, de un rigor perfecto, que parece extremadamente sencillo, pero que es extraordinariamente matizado y se adapta a las necesidades particulares de cada enfermo Un método que le ha valido su exclusión de los bastiones oficiales.

Mientras ella hablaba, yo pensaba que no sólo el individuo tiene de su cuerpo una impresión parcial. Los especialistas de la gimnasia, los médicos, los cirujanos consideran el cuerpo humano por segmentos. Y si no fuera solamente su formación profesional lo que inhibe sus percepciones, sino también su manera fragmentaria de vivir su propio cuerpo?

Y ese acortamiento, que se agrava indefectiblemente con los años, no tendrá, paralelamente a las deformaciones físicas que engendra, un efecto nefasto sobre el psiquismo del individuo? Sentirse comprimido, físicamente reducido, no es exactamente lo contrario de la sensación de plenitud? Sentirse aplastado por la propia musculatura, no da la impresión de ser aplastado por la vida? Liberarse no quiere decir literalmente liberar la musculatura para alcanzar las dimensiones a que aspiramos, las dimensiones que nos corresponden? No es preferible poder prolongar la imagen que nos forjamos de nosotros mismos mediante la elasticidad de los músculos y los gestos que contar tan sólo con el efecto de la ropa, de los adornos?

La voz de uno de los que seguían el curso interrumpió mis pensamientos.

– Pero señorita Mézières, habla usted como si el cuerpo estuviese formado únicamente de músculos. Y las deformaciones de los huesos, de las articulaciones?

Françoise Mézières nos explicó que, a excepción de las fracturas y de ciertas deformaciones congénitas, son los músculos los responsables de las deformaciones en los huesos y las articulaciones. Acortados, los músculos tiran de los huesos sobre los que se insertan y hacen que, a la larga, las superficies articulares dejen de corresponderse con la exactitud necesaria. El cartílago que rodea los extremos de los huesos se desgasta.

En la medida en que son los músculos los responsables del movimiento de los segmentos, Françoise Mézières nos aconsejó desconfiar de las radiografías, que parecen mostrar una articulación fijada para siempre y que es, por lo tanto, del exclusivo dominio de la cirugía. Ahora bien, si conserva al menos un esbozo de movimiento posible y si el enfermo siente dolor al ejecutar ese movimiento, sus articulaciones, a pesar de las apariencias, no se hallan soldadas y pueden tratarse relajando la contracción de los músculos periféricos.

– El cuerpo no se compone sólo de músculos, pero sólo los músculos determinan la forma del cuerpo.

Y a continuación nos contó la historia de una señora muy anciana que había vivido en su pueblo. Padeciendo la enfermedad de Parkinson, con numerosas complicaciones, su cuerpo se había encorvado hasta doblarse por la mitad y su cabeza permanecía siempre en el mismo ángulo. Dormía doblada, no se había enderezado desde años atrás. El día en que murió, Françoise Mézières pasó por delante de su casa. Entró y encontró a la difunta extendida sobre su lecho. Perfectamente recta !

– Naturalmente, una vez muerta, los músculos habían soltado su presa sobre los huesos y se había conseguido extenderla sin dificultad. En el cementerio, saben?, todos los esqueletos se parecen.

Antes de comentar más ampliamente la muy rara facultad que posee Françoise Mézières de ver con una claridad que ningún prejuicio oscurece, quisiera exponer algunos de sus otros conceptos, entre ellos, la búsqueda de la elegancia en las formas.

La Morfología Perfecta

La gimnasia médica clásica se contenta con analizar y clasificar los diferentes tipos de morfología que se consideran como constitucionales y, a causa de ello, como irreversibles. Ya sea uno longuilíneo, brevilíneo, redondeado, plano o curvo, uno es como es. Por el hecho de ser corriente, se juzga como normal nuestra estructura imperfecta. Acaso la belleza de las justas proporciones no constituye, como la salud, un don raramente acordado por la ingrata naturaleza? La belleza, al ser la excepción, se estima entonces como anormal.

Françoise Mézières afirma que la morfología no debería ser la ciencia que clasifica los dismorfismos, sino el arte de reconocer la forma perfecta, la única morfología normal. Ella nos enseñó a no aceptar ningún trabajo que no tienda hacia esa forma perfecta. Porque ni la importancia de la desviación del sujeto ni su edad le impiden aproximarse sensiblemente a ella. Ante la estupefacción de sus cursillistas, Françoise Mézières declaró que ni el tipo morfológico, aún hereditario, ni las deformaciones adquiridas ( a excepción de las fracturas y mutilaciones) son irreversibles. Incluso había comprobado que el cuerpo de las personas de edad (el decano de sus pacientes tenía ochenta y cinco años) es más maleable que el de los jóvenes y que podía obtener de ellas resultados asombrosos.

La descripción que Françoise Mézières hace del cuerpo normal coincide con la escultura griega del período clásico. Y por qué no con la de los hindúes o con la del arte gótico francés?, podría preguntarse. Acaso la belleza no es una idea tan arbitraria y tan fugaz como la moda? La perfección de la forma no es una cuestión de gustos?

Françoise Mézières sostiene que la única morfología normal corresponde a la relación que presentan las proporciones de las diversas partes del cuerpo que caracterizan al arte griego del período clásico. Ese arte fue el único que representó el cuerpo humano tal como debería ser, es decir, como podría ser si realizase su verdadero potencial. Así en su plenitud, el cuerpo humano se convertía en digno de un héroe o de una divinidad (la gran bailarina americana Martha Graham habla del divino ser normal).

El artista griego no trataba de expresar contradicciones psicológicas, místicas o políticas sino más bien una unidad corporal y moral, no utópica, sino realizable, y hacia la cual todo mortal debería tender por respeto hacia sí mismo. La célebre serenidad que sella las obras de la gran época griega es la expresión de esta unidad consumada y de la perfecta salud física del sujeto, ya que, para los griegos, no existía la belleza sin la salud. Y no existía la salud sin la belleza de las justas proporciones.

De acuerdo con las breves indicaciones que daré a continuación, cada uno podrá comparar su propio cuerpo con esta imagen normal y comenzar a comprender que quizá sus verdaderos defectos no sean los que le preocupaban hasta ahora.

De frente, las clavículas, los hombros, los pezones, los espacios entre los brazos y los costados deben ser simétricos y situados al mismo nivel.

De espaldas, la nuca debe aparecer larga y plana (y no mostrar dos salientes verticales separando tres surcos). Los omóplatos han de ser simétricos y no presentar ningún relieve. Los hombros y las caderas, igualmente simétricos.

En posición de flexión del tronco hacia delante, con la cabeza pendiente, los pies juntos, la columna se mantendrá en convexidad total y regular y el equilibrio de las rodillas se situará sobre las cabezas de los astrágalos (y no retrocederá hasta detrás de los talones). Las rodillas no deben bizquear.

Tiene que resultar fácil sostenerse de pie, con los pies juntos desde los talones hasta la punta de los dedos gordos. En esta posición, la parte superior de los muslos, el interior de las rodillas, las pantorrillas y los huesos interiores de los tobillos (los maléolos) deben tocarse.

El pie se ensanchará desde el talón hasta la punta de los dedos, que divergirán y se extenderán por el suelo. Los bordes laterales del pie han de ser rectilíneos, el borde interno entallado por una curva hacia adentro, que ha de resultar bien visible.

Toda desviación de esta descripción indica una deformación corporal. Y toda deformación se origina en un exceso de fuerza de la musculatura posterior. Cuando Françoise Mézières afirma que todos somos bellos y bien formados, quiere decir que todos somos perfectibles, a condición de poder vernos en conjunto y de querer modelarnos sobre esta morfología perfecta que poseemos en potencia.

Pero cuántos de nosotros nos aferramos a un detalle que nos da encanto, aunque se trate en realidad de una deformación que sólo puede agravarse con el transcurso de los años? Una manera de andar seductora, que no es más que el efecto de una elevación de la cadera; unos omóplatos enternecedores porque recuerdan las alas de un ángel; una mirada interesante gracias a que la cabeza se halla mal centrada; unas nalgas airosas, que son el efecto de una región lumbar peligrosamente incurvada Nuestros pretendidos encantos son en realidad anunciadores de dolores y malestares futuros. Sólo la belleza garantiza de manera efectiva la salud.

A veces reconocemos que una parte de nuestro cuerpo es fea, pero no le concedemos importancia si podemos esconderla y no nos causa un dolor persistente. El pie supone un ejemplo perfecto. Françoise Mézières habla de esos odiosos martillos pilones que son los pies de los occidentales. Según ella, no es posible conservar la morfología perfecta del pie usando un calzado que lo oprime en lugar de limitarse a protegerlo. El calzado debería respetar el contorno del pie y permitir a los dedos la libertad de todos sus movimientos (pero la estética moderna no lo quiere así y, sin embargo, cómo imaginar una estatua griega con los dedos terminados en punta?). Por el contrario, dado que el arco del pie constituye un resorte, el interior de la suela debería ser absolutamente plano, porque es el pie el que se adapta al suelo, y no el suelo al pie, mientras que el calzado se conforma a la huella del pie. En fin, puesto que la marcha normal fuerza al ataque del suelo por el borde póstero-inferior del talón, con la pierna totalmente extendida, no se justifica el añadido de tacón por bajo que sea. Ahora bien, no existe ningún modelo de calzado que responda a estas exigencias

No obstante, con suma frecuencia, cuando somos conscientes de ciertas fealdades de nuestro cuerpo, nos encarnizamos contra la parte que nos molesta. Y quedamos frustrados en nuestras tentativas por corregirlas. Por ejemplo, una gran proporción de mujeres se quejan durante toda su vida de la forma de sus piernas. Tienen ancas de caballo, celulitis en la parte superior de los muslos o un hueco en la horcajadura. Ningún ejercicio o tratamiento local resulta satisfactorio. Pero ellas no saben por qué.

De hecho, esos defectos no son más que la consecuencia de la rotación interna de las rodillas, que, a su vez, procede del envaramiento de toda la musculatura posterior. Dicho envaramiento origina asimismo la rotación interna de los hombros inclinados hacia delante y hace que, en posición de pie, las manos caigan por delante de los muslos. Correctamente, el dedo corazón debe quedar en medio de la cara externa lateral del muslo.

Del mismo modo que la inclinación hacia delante de los hombros influye sobre los codos y las manos, la rotación interna del fémur influye sobre las rodillas y los pies. De ahí procede el aspecto, según los casos, de las piernas en equis o en paréntesis y de los pies planos o demasiado arqueados, varus o valgus, y todas las deformaciones de los dedos de los pies.

– Para corregir los defectos, hay que primero empezar por corregir las rigideces.

Françoise Mézières enseña que, cuando se sabe abandonar las anteojeras, aparece claramente la relación de las formas del cuerpo entre sí. Se ve cómo se modifica el aspecto de las regiones anteriores del cuerpo al mismo tiempo que se modifican las de la espalda, las de la parte superior al mismo tiempo que las del inferior, e inversamente. Si se tratase el organismo como la unidad que es, se habría terminado con las escayolas, los corsés, las plantillas y toda la panoplia de pesos, poleas y aparatos que pueblan los gabinetes de los clínicos.

Mientras ella hablaba de la necesidad de no emplear en nuestro trabajo más que la inteligencia, las facultades de observación, las manos y los propios músculos, un cursillista le susurró a un compañero:

– Oye, no vas a amortizar nunca tu materia

Françoise Mézières le oyó e interrumpió su discurso para decir:

– Amigos míos, no cuenten con mi método para amasar una fortuna. En nuestro trabajo, no hay que escatimar ni el tiempo ni el esfuerzo. No somos mecánicos que trabajan en cadena. Nuestro trabajo es largo y difícil ya que, incluso cuando sólo una parte parece requerir nuestros cuidados, se precisa tratar el cuerpo en su totalidad. Es un trabajo que exige toda nuestra atención y toda nuestra fuerza física, porque los músculos se resisten. También ellos se aferran a sus malos hábitos. Y, además, nos hace falta también una gran fuerza moral. Trabajamos a contracorriente de doctrinas y prácticas erróneas, pero aceptadas, que resisten a todas las pruebas de su inexactitud.

Nos explicó después que el objetivo final de nuestro trabajo consistía en convertir al sujeto en autónomo, en dueño de su cuerpo. Pero esta independencia sólo puede ganarla haciéndose consciente de la organización de sus movimientos. Necesita conocerse a sí mismo y aceptar la responsabilidad de conocerse mejor que nadie. En caso contrario, buscará siempre la autoridad en otra parte: en un médico, en una droga, en un tratamiento. Incluso llegará a rebelarse contra esas autoridades que él mismo ha puesto en el poder, querrá liberarse, pero será incapaz de ello. Su cuerpo no le pertenecerá jamás si no toma posesión de él.

– No intentemos nunca dominar el cuerpo de otro, amigos míos. Nuestro único orgullo debe estribar en liberarlo.

El respeto del cuerpo humano, la voluntad de ayudar a una persona a descubrir posibilidades que se desconoce, de hacerla más inteligente, más independiente, cosas de las que oía hablar por primera vez después de tres años de estudios clásicos. Hablaba con tanto ardor de temas esenciales, de los que no se decía una sola palabra en ningún otro lugar.

Más tarde, cuando estudié la acupuntura y las técnicas que de ella derivan, comprendí que, si el método de Françoise Mézières se inscribe en algún contexto, ese contexto sólo puede ser el oriental. Al contemplar los grabados de los meridianos o líneas de energía de la medicina china, me asombró comprobar que todos los meridianos de fuerza (yang) se sitúan en la parte posterior del cuerpo, desde la cabeza hasta la planta de los pies, y todos los meridianos pasivos (yin), sobre la cara anterior del cuerpo. Como en el trabajo de Françoise Mézières, en la medicina china el yang no debe prevalecer sobre el yin. El cuerpo se considera como una totalidad. Esta visión del cuerpo, cuya salud depende de la distribución equilibrada de la energía, se opone a la occidental del cuerpo dividido en casillas, cada una de las cuales pertenece al dominio de un especialista diferente.

-Y la gimnasia respiratoria? preguntó un día una joven colega que acababa de terminar sus cursillos en el hospital.

– Tan absurdo resulta aprender a respirar como aprender a hacer circular la sangre – afirmó Françoise Mezières – No hay que educar la respiración, sino liberarla. Es defectuosa porque está obstaculizada. Y está obstaculizada por causas ajenas a la función respiratoria. Está obstaculizada por el acortamiento de los músculos posteriores. El único tratamiento para la insuficiencia respiratoria se basa, pues, en la relajación de esos músculos.

Nos explicó que, aunque el diafragma se hace pasar por la víctima de la excesiva incurvación (lordosis), es en realidad su cómplice. Porque el diafragma forma parte de los músculos que se insertan en las vértebras lumbares que contribuyen a fijar la lordosis. Nos dijo que considerásemos el diafragma como la pared inferior de la caja torácica. Como ocurre con el fondo de una caja, su rigidez influye sobre las paredes e, inversamente, la rigidez de las paredes se opone a la corrección de las caras adyacentes.

En consecuencia, todos los movimientos que se ordenan en la gimnasia clásica (forzar la inspiración o hacer echar la columna hacia atrás para abrir la caja torácica) sirven únicamente para agravar el bloqueo del diafragma y la lordosis. Y la agravan todavía más cuando obligan a levantar los brazos. No hay más que fijarse en la fealdad del tórax durante esos ejercicios para comprender que no se puede esperar de ellos ninguna mejoría. Por lo demás, cualquiera que sea el movimiento, si causa en el sujeto una fealdad aún mayor, no puede resultar benéfico. Todos poseemos un sentido innato de la belleza, amigos míos. No renieguen jamás de él, sobre todo en nombre de la ciencia.

La enseñanza de Françoise Mézières se desarrollaba como una compleja novela policíaca. Poco a poco nos llevaba a examinar de muy cerca las pretendidas evidencias y a comprobar que, más que revelar la verdad, la ocultan. Así, por ejemplo, aprendimos que un pie plano no es en sí mismo el culpable al que se precisa corregir, sino la víctima de la rodilla en rotación interna, que, a su vez, lo es de una deformación muscular de la espalda. Por lo tanto, empeñarse en corregir el pie supondría perpetuar la injusticia de las técnicas clásicas y dejar en libertad una espalda que perpetrará con el tiempo otros crímenes sobre el cuerpo.

Pero Françoise Mézières iba mucho más lejos. Rehusaba atribuir a Doña Naturaleza las deformidades físicas, las actitudes extrañas, las anquilosis que no atraen la atención de los especialistas hasta que no se convierten en graves deformaciones. (Puesto que esas ligeras deformaciones no dejan nunca de aumentar.) Nos ayudaba a buscar los móviles de esos comportamientos corporales y a descubrir que efectivamente se mantenían ocultos. Pero, en lugar de respetar su clandestinidad, nos invitaba a desenmascararlos y a cercarlos, por muy invisibles que fueran

De este modo, aprendimos que no sólo existen movimientos que nos defienden de los dolores de que somos conscientes, sino también automatismos de defensa contra los dolores ocultos. Intuitivamente sabemos que, al servirnos de una cierta parte de nuestro cuerpo, que puede alcanzar sólo a una centésima parte de él, padeceremos dolor, aunque no nos quede ningún recuerdo de haberlo sufrido nunca.

Para defendernos de ese dolor oculto, adoptamos actitudes que, a su vez, originan dolores en otra parte. Y son estos nuevos dolores, que experimentamos conscientemente, los que deseamos que se nos curen. En realidad, para atacar la causa y no el efecto, habrá que localizar y curar el dolor oculto.

En el transcurso del mes pasado en casa de Françoise Mézières, todas las ideas preconcebidas que acababa de aprender en la escuela cayeron por tierra. Insisto en ello. Mis ideas no fueron simplemente modificadas o trastornadas; cayeron derribadas, puestas fuera de uso. Comprendí que era imposible conciliar las ideas de Françoise Mézières con lo que había aprendido precedentemente, imposible adaptar sus descubrimientos a las prácticas tradicionales. Su trabajo significaba una verdadera revolución, completamente opuesta al antiguo régimen. Como el cuerpo humano, su trabajo forma una unidad indivisible.

Pero, para apreciar plenamente a Françoise Mézières, hay que verla trabajar cuerpo a cuerpo con un enfermo. Durante toda la sesión, vive el cuerpo del otro. Lo capta, en su mirada. Lo absorbe gracias a su concentración. Adopta su ritmo respiratorio. Si un enfermo se queja de que le hace daño, le responde: Lo sé muy bien; yo sufro tanto como usted. No se refiere simplemente al sufrimiento moral, sino al sufrimiento de sus propios músculos, que no abandonan jamás la presa, de sus manos, que no se dejan vencer por la rigidez más resistente.

Su relación con el otro me veo obligada a calificarla de pasional, hasta tal punto Françoise Mézières parece saber exactamente lo que el otro experimenta, hasta tal punto le concede su perfecta confianza, incluso durante los largos momentos de dolor extremo, y hasta tal punto su ambición para él que sea bello y libre – corresponde a la que uno concibe para aquellos a quienes ama.

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