A medida que tomamos consciencia de nuestra existencia en el mundo, resentimos como una opresión la opacidad de los seres y de las cosas que nos rodean. Nos pesa como una coacción injusta la flecha irreversible del tiempo, y como un cepo insoportable nuestra posición en el espacio sideral que limita de manera tan drástica nuestro campo de conocimiento y de acción.
La aparición en nosotros de la consciencia hace emerger al mismo tiempo la consciencia de los límites entre los cuales se despliega nuestra existencia. Esto hace nacer en nosotros una necesidad irresistible de emancipación, una sed de liberación, un deseo de conquistar el espacio y de domesticar el fluir del tiempo. Hay una impaciencia por entrar en la inteligencia de los seres y de las cosas a fin de dominar mejor, a la vez, nuestra inserción en el universo y nuestra capacidad para evadirnos.
Es la paradoja de esta consciencia de existir, pero de existir limitado – y la imperiosa necesidad que ello engendra de hacer estallar estos límites – lo que es el motor principal de la aventura humana, es lo que le da a los hombres la energía necesaria para lanzarse al vacío, es lo que atiza en ellos la imperiosa necesidad de partir en un verdadero viaje al corazón de lo real.
Este será el viaje del científico quien, de hipótesis en hipótesis, de teoría en teoría, de modelo en modelo, se esfuerza en penetrar cada vez más en la inteligencia de lo real. La investigación de los físicos, en el curso del siglo XX, aparece a este respecto como un viaje extraordinario hacia una nada original, una nada de todo aquello que conocemos en nuestra escala humana, pero una nada repleta de una energía capaz de transformarse en materia. El siglo XXI será, sin duda, el de un viaje no menos extraordinario en la comprensión de la relación de nuestro cuerpo, y en particular de nuestro cerebro, con el fenómeno de la consciencia.
Es el viaje del ingeniero quien, de progreso técnico en progreso técnico, nos permite hoy día dominar el espacio al punto de poder enviar diferentes cohetes inter-planetarios a la exploración del sistema solar. En tiempo real como se dice, pues – conquistando el espacio – el técnico modifica también nuestra relación con el tiempo.
Es aun el viaje del filósofo quien, reflexionando sobre el mundo de los fenómenos, se esfuerza en alcanzar los principios fundamentales que les dieron origen.
Es, en fin, el viaje del místico quien, haciéndose disponible a la consciencia despierta, vive en sí mismo la experiencia indecible del real último, cortocircuitando así los límites que nos imponen el tiempo y el espacio.
Estos viajes toman caminos diferentes y emplean metodologías específicas. Pero todos ellos tienden a sobrepasar la condición humana en su esfuerzo por alcanzar el corazón de lo real.
Este artículo fue publicado en el N 13 de la Revista ALCIONE
Más en Cosmología
Ver el tema
Hacia el Pensamiento Planetario
Si el pensamiento planetario os molesta, pisoteadlo, se vengará o ha sobrepasado ya las reglas antiguas? Cómo no pensar en lo que nos hace pensar? En el paisaje que se abre ante nosotros, inmensa decoración, campo de labranza y vasto laboratorio, paisaje terrestre y cósmico que nos excita y nos…
Kostas Axelos · Traducido y extractado por Matilde Fernández

La Ciencia y la Espiritualidad
Después de una feroz oposición, la ciencia y la espiritualidad han terminado en el siglo XX en una coexistencia pacífica: el enfoque científico ya no prohíbe la hipótesis de una trascendencia. Mejor aún, se diría que en lo sucesivo todas las ciencias plantean la cuestión central de un sentido que…
Jean Staune · Traducido y extractado por Alberto Carvajal
Eventos Sutiles
En tiempos pasados la física y la filosofía eran una, pero en 1593 Copérnico, colocando a la Tierra en órbita subordinada el Sol, precipitó una separación, a veces amarga, que ha perdurado hasta nuestros días. Recientes hallazgos en la realidad subotómica sugieren que la fisica y la metafísica…
Leona Butler · Traducido y extractado por Alberto Carvajal