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C. G. Jung, su vida, su obra. (parte 2)

Su Obra.

Intentaremos hacer una breve síntesis de los grandes temas desarrollados por Jung en su larga y fructífera vida profesional.

Los Sueños.

Desde muy pequeño se sintió atraído e impresionado por sus sueños y fantasías, en los cuales intuyó un trasfondo muy especial.

El primer sueño que recuerda una persona, según opinión de Jung, representa en forma simbólica la esencia de una vida entera o el primer sector de la misma. A las manifestaciones externas de su vida las consideraba determinantes, sólo cuando coincidían con manifestaciones internas relacionadas con la evolución.

Los sueños contienen una alusión, bajo forma simbólica, que predicen tendencias evolutivas. De esto resulta la dirección que debe tomar la psicoterapia. Ella debe derivarse de los sueños del paciente. Este es el motivo por el cual en la psicoterapia junguiana no puede haber una técnica o método, sino que se debe intentar comprender cada caso en particular, tomando en consideración los sueños. Según como sean ellos, hay que observar las correspondientes tendencias energéticas, curativas y evolutivas, para reforzarlas con una participación consciente y promoverlas con la finalidad de que prevalezcan.

La función creadora por parte de la dinámica psíquica formadora de símbolos, surge siempre en individuos aislados. A veces estos símbolos pueden presentarse inesperadamente en algún grupo. El sueño es la manifestación más importante y frecuente de la dinámica psíquica formadora de símbolos y junto a «inspiraciones» y fantasías son manifestaciones del espíritu.

La interpretación de un sueño, sólo es correcta cuando «ilumina», anima y da lugar a un cambio emocional de la personalidad. Desde el punto de vista de la interpretación subjetiva somos los espectadores y, además, todo cuanto hay en el escenario. Todo personifica partes psíquicas proyectadas de nosotros mismos. La interpretación objetiva nos proporciona en forma simbólica, orientaciones acerca del mundo de vigilia. La interpretación, en el ámbito subjetivo, es la más recomendable porque sí podemos cambiar nosotros mismos, al adquirir más comprensión acerca de nuestra propia circunstancia íntima. Pueden presentarse sueños correctores que aparecen en las noches siguientes.

Jung aborda los sueños en forma constructiva: intenta averiguar en ellos las tendencias sanadoras finalistas, que existen en el inconsciente, más que la derivación causal de los trastornos. Los sueños reflejan esas tendencias sanadoras. En investigaciones recientes con electroencéfalogramas, se ha comprobado que si se impide a una persona soñar, enferma.

Jung dedujo que los sueños son un trozo de naturaleza psíquica, no adulterada. La comprensión de un sueño por uno mismo, depende de la polaridad de la consciencia yoica con la del inconsciente, porque refleja aquel sector del espíritu que no se ha convertido aún en propio, sino que se encuentra en un estado primitivo, arcaico.

El objetivo de la interpretación de los sueños es conectar de nuevo a la consciencia con su fundamento primordial e impedir que devenga demasiado autónoma y por ello despojada de instintividad: en ello estriba el sentido de la comprensión de los sueños. Cuando se logra la comprensión, la actividad onírica de lo inconsciente ejerce un efecto vivificante sobre la consciencia, resulta creativamente inspirador y favorece a la inteligencia y a la salud psíquica.

El Inconsciente Personal.

Carl Gustav Jung es el psiquiatra «naturalista científico empírico», como le gustaba definirse, que más ha aportado a las manifestaciones espirituales, al concebir al inconsciente, esa esencia co-dialogante presente en todas sus obras, a la que enfatiza en forma muy especial, al hacer revivir el significado arcaico de las palabras, hacerlo confluir con el elemento imaginario, el argumento científico y el sentimiento.

Freud sólo se refería al inconsciente en su lado externo, olvidando la parte interna, superior e inferior porque temía que la luz numinosa de su teoría sexual pudiera extinguirse «por la magna avalancha del ocultismo».

Jung, siempre consideró que la enfermedad anímica de personas y pueblos, se debe a una errónea actitud con respecto a lo inconsciente. Para él, representa el suelo nutricio creador y con vida propia de la vida psíquica normal. Es una experiencia interior, que no ha sido desconocida para la humanidad. Sentimos que, a partir de nuestro mundo interior, afluye algo extraño y desconocido, que nuestra intimidad produce efectos que nos pueden cambiar, que tenemos sueños y ocurrencias que surgen en nosotros, enigmática y poderosamente.

La psique está en todas las creaciones humanas, artes, ciencias, religiones, comportamientos sociológicos y habituales, que se iluminan ante nosotros con esa nueva luz, que nos permitiría autovalorarnos y hacer perdurar nuestra cultura, si tuviéramos de ella una concepción correcta.

El yo consciente es un misterio insondable: es un núcleo psíquico de representaciones afectivamente acentuadas, al que se une nuestro sentimiento de identidad en la infancia temprana, para posteriormente irse disolviendo en la ancianidad. El yo sólo se puede captar mediante su reflejo en el inconsciente. Es el centro y el sujeto de todos los actos conscientes personales y realizaciones adaptativas voluntarias.

Era entonces esta dialéctica activa en el alma entre el yo y el inconsciente la que le permitía, en su trabajo de psicoterapeuta, ayudar a los pacientes que se encontraban en situaciones semejantes. Para ello, no pedía prestados métodos de conocimiento caduco, como podría suponerlo una crítica superficial. A él le importaba, al contrario, verificar aquellas prefiguraciones históricas de la tradición religiosa universal que pudieran tener valor a través de los mitos y los cuentos, de las supuestas enseñanzas secretas y de la expresión artística. Una de las etapas siguientes consistía en mostrar cómo esa herencia de la Tradición podía ser utilizada para interpretar símbolos oníricos aparentemente herméticos.

Jung, estableció que la consciencia yoica y el inconsciente, tienen una estructura básica cuaternaria y que se encuentran en una relación proyectiva simétricamente especular. El concepto de simetría y polaridad, ha sido del terreno de la física atómica y también de otras disciplinas, como la biología. En el campo de lo psíquico, Jung lo ha vivenciado como polaridad por una parte, entre consciencia yoica e inconsciente y como polaridad entre materia y espíritu, por otra. Entre los polos de consciencia yoico e inconsciente y los polos materia y espíritu, existe un gradiente de energía que da lugar a cursos psíquicos completamente indeterminados en sí mismos en cuanto a contenido.

El espíritu es el factor formador de cultura en el hombre y comenzó a manifestarse en la formación de los ritos e imágenes representativas simbólicas. Jung cree que los símbolos no fueron creados en forma consciente, sino han sido creados por el inconsciente, a través de la revelación o intuición. Gran parte de los símbolos proceden de los sueños. Los ritos podrían haber surgido de movimientos involuntarios, especialmente manuales.

Jung define al espíritu «como un complejo funcional que es vivenciado a nivel primitivo como presencia invisible, como a modo de un hálito». El aspecto espiritual de lo inconsciente, produce imágenes y ocurrencias en el espacio representativo interior y los ordena en forma plena de sentido. Esto se observa en ese «algo» desconocido que produce los sueños. Por eso el espíritu es el autor de los sueños: un principio dinámico y espontáneo que produce y ordena imágenes libremente y por sí mismo.

En una carta Jung expresó «sé que no debería saber más del inconsciente de lo que fluye a través de los sueños e intuiciones. Pues cuanto más se sabe de ello, tanto más aumenta la carga moral ya que los contenidos inconscientes, se transforman en tareas y deberes individuales en cuanto empiezan a hacerse conscientes».

Jung realizó el viaje al mundo del inconsciente en la mitad de su vida, en diciembre de 1913, cuando tenía 38 años. Opinaba que para un hombre joven, constituye casi un pecado ocuparse demasiado de sí mismo, en cambio para un hombre que envejece constituye un deber y una necesidad dedicar una seria consideración a su interioridad. El inconsciente tiene su propia ruta para revelar el sentido de la vida de una persona y lo hace en el momento en que ésta puede integrarlo.

La Sombra El Anima – el Animus.

Una vez que se han hecho conscientes y se han integrado los aspectos inferiores, se puede desprender la sombra», de la personalidad del yo. La sombra es todo lo que el sujeto no reconoce en él y, que, sin embargo, una y otra vez lo empuja en su accionar, directa o indirectamente. Por ejemplo, tendencias irreconciliables y rasgos de carácter de valor inferior. Ahora se sabe que también puede tener cualidades buenas, creatividad, etc. Después de que se ha hecho consciente la sombra, surge más en primer plano, el aspecto de lo inconsciente correspondiente al sexo contrario. Si la consciencia manifiesta más bien el aspecto de la vida correspondiente al Logos, como es principalmente en el caso de los varones, el aspecto del Eros aparece personificado en figuras oníricas femeninas. En cambio en las mujeres, el yo consciente muestra más bien el aspecto de la vida correspondiente al Eros, por ello las correspondientes personificaciones oníricas son masculinas. Estas personificaciones correspondientes al sexo contrario de la personalidad inconsciente, Jung las ha llamado «ánima» en el hombre y «ánimus» en la mujer.

El ánima se manifiesta en el varón como estado de ánimo – animosidad – específicamente positivo o negativo, como fantasía erótica, como impulso vital, como inclinación.

El ánimus en la mujer más bien se manifiesta, como impulso inconsciente, como iniciativa, lenguaje hablado autónomo, opinión, comprensión razonada.

Estos componentes de la personalidad, correspondiente al sexo opuesto, casi siempre a través de la proyección, son al mismo tiempo un especial obstáculo para comprender al compañero o compañera, porque el ánima del varón, suele irritar a la mujer, y el ánimus de la mujer, al hombre. Esta situación da origen a la guerra de los sexos.

La característica común a estos tres arquetipos es que se proyectan. Entendemos por proyección el desplazamiento hacia fuera de un objeto o de un proceso subjetivo, que sólo se produce cuando la identidad resulta perturbadora. El proceso de proyección se basa en la «identidad arcaica» que es la identidad psicológica, como fenómeno inconsciente, un residuo de la indiferenciación psíquica, inicialmente primigenia entre sujeto y objeto, en el cual el hombre primitivo, como el niño e incluso el adulto, viven indiferenciadamente entretejidos con su entorno. Se trata de que creemos advertir en otros modos de comportamientos que nosotros poseemos, sin que nos demos cuenta de ello. Existe una proyección activa, que sería un acto de juicio y una proyección pasiva, que está representada por un acto de empatía.

Si se logra retirar a este aspecto inconsciente de su estado de proyección, en el que la mayoría de las veces se encuentra, e integrarlo, el inconsciente revela como nuevo aspecto, una personalidad
superior que en el varón adopta los rasgos del maestro anciano sabio semidiós, y en la mujer los de la gran madre amorosa universal.

Hacer consciente la sombra, es difícil, pero la integración del ánima o del ánimus, es una posibilidad que muy pocas personas pueden alcanzar.

La energía psíquica hasta ahora no se puede medir, sólo se puede evaluar como intensidad psíquica. La cualidad de una emoción puede sentirse. Sabemos que la energía física obedece a la ley de la entropía. De cierta manera, también la energía psíquica obedece a esta ley. Se debe demostrar que la dinámica espiritual obedece a la ley de negentropía, que puede producir un gradiente superior.

La energía psíquica se mueve con un patrón polar, por una parte, en el sentido de introversión y extraversión y, por otra, en los pulsos de regresión y progresión. Jung consideró, además, otros dos aspectos polares en el acontecer psíquico, el de causalidad y el de finalidad. El proceso de la curación psíquica puede entenderse del punto de vista finalista, el punto de vista causal proporciona el diagnóstico.

La Imaginación Activa.

Jung descubrió otra forma de llegar al inconsciente. La llamó «imaginación activa». Consiste en principio,
en dejar surgir al inconsciente, estando despierto, imágenes oníricas, emociones, sentimientos, ideas obsesivas, fantasías, en una actitud desprovista de atención crítica, tomando esas imágenes interiores como si se tratara de presencias objetivas.

La consciencia tiende a rechazar estas imágenes como algo absurdo, porque se entremezclan lo sublime y lo grotesco. Si se acompaña de miedo o ansiedad, el usar este método puede producir una inhibición de la consciencia y en ese caso no ocurre nada o la inmersión en el inconsciente es tan profunda que la persona se duerme.

El enfrentamiento en vigilia de los contenidos del inconsciente, es la esencia de la imaginación activa.
Debe haber un compromiso ético con respecto a las apariciones interiores, sin el cual se sucumbe al principio de poder y la imaginación se convierte en destructiva para otros y para el que imagina. La imaginación activa carece de programa y es absolutamente individual. El terapeuta sólo guía para evitar la interpretación intelectual o la mera contemplación estética.

La imaginación activa es el medio más poderoso para hacer que un paciente se independice del médico y pueda caminar por sí sólo. Pero no hay que presionar para extraer el «sentido». No es suficiente contemplar las imágenes interiores, hay que intervenir en el proceso con las propias reacciones personales. Pero no sobre la base de una personalidad ficticia, porque en ese caso el desarrollo se paraliza. Tampoco se deben «comprender» las imágenes, debe haber un compromiso ético.

Si se interviene auténticamente en el acontecer fantástico en el sentido de una confrontación que es tanto comprensiva como moral, la corriente de imágenes interiores comienza a servir para la construcción de la totalidad personal, para la individuación y para hacerse capaz de resistir los embates exteriores e interiores.

Cuando nos aproximamos al inconsciente, nos encontramos con un estrato de contenidos personales reprimidos: la sombra. Sólo resolviendo la sombra podremos alcanzar el fondo arcaico. Pero esto es sólo la vía, no la meta. Según Jung, y por adhesión a su herencia espiritual cristiana, no debe evitarse el conflicto ni el sufrimiento. Con frecuencia citaba la frase de Tomas de Kempis: «el dolor es el caballo más rápido que nos lleva a la perfección.»

Existen otros accesos al inconsciente, como las drogas alucinógenas. Con ellas el paciente no asume la responsabilidad, acelera más un análisis, pero muy rara vez será posible integrar los contenidos interiores vistos.

El inconsciente colectivo y los arquetipos.

Existe un mito en todas las cosmologías, que se refiere a un hombre primordial que representa la substancia fundamental del mundo y que contiene todas las almas humanas.
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En el mundo occidental, los gnósticos de los primeros siglos, lo llamaron Anthropos, que está representado por el falo hundido en la materia y que siente nostalgia de su retorno a la luz. Su resurrección tiene lugar cuando el individuo se esfuerza en desarrollar su «hombre interior». Es el núcleo más íntimo del alma del individuo y al mismo tiempo una especie de alma colectiva de la humanidad entera, a la que Jung llamó «inconsciente colectivo».

El supo desde su niñez, a través de los sueños, que esta imagen mítica no era producto de recuerdos. Como investigador los catalogó como auténticos focos vitales de la psique humana. Describió dos estratos bien diferenciados en el dominio de los contenidos del inconsciente: un estrato personal, vivenciado, reprimido u olvidado (ya definido anteriormente) y el estrato del inconsciente colectivo que está representado por una estructura psíquica, humana, general y congénita.

Consciencia e inconsciencia son una especie de bi-unidad, donde a veces predomina el inconsciente, como sucede en los sueños, o el consciente, como en el estado de vigilia. En el inconsciente colectivo se basa también el fenómeno de la «identidad arcaica», en el cual nos sentimos como uno con el entorno. Es también la base de toda comunicación interhumana.

Como puntos estimulantes, existen en el inconsciente colectivo centros relativamente delimitables que Jung llamó «arquetipos». Este concepto se deriva de la observación repetida varias veces de que, por ejemplo, los mitos y cuentos de la literatura universal, contienen siempre, en todas partes, ciertos «motivos». Estos motivos también se encuentran en las fantasías, imaginaciones, sueños, delirios de los individuos actuales. Se caracterizan en que van acompañados de matices afectivos.

Son formas «típicas de captación», estructuralmente comunes a todos los seres humanos y constituyen el aspecto interior, tanto de los instintos como de su forma. Son modos de comportamiento elementales de la psique, que sólo son observables en el campo visual interno del individuo. En relación al cómo de la aparición de los arquetipos, Jung dejó planteada la duda en sus últimos libros. Es posible que la investigación genética y la del comportamiento puedan dar una información más precisa al respecto.

El efecto de los arquetipos puede ser positivo o negativo. Toda función creadora de la cultura humana, se funda en arquetipos, son fuente de inspiración en todas las artes y ciencias porque generan nuevos modelos de pensamiento y dan las bases para nuevas concepciones espirituales de la época.

La imagen astrológica de la Era de Acuario, es posiblemente la que se está formando en el inconsciente colectivo que, con arreglo a la interpretación de Jung, representa al Anthropos, como una imagen del Sí mismo o bien de la personalidad más amplia del ser humano y del alma colectiva. Podría ser que la misión de la Era de Acuario, habría de ser la de tomar consciencia y manifestar más interés en el cuidado del inconsciente y de la Naturaleza, con el objeto de no seguir explotándola ni destruyéndola. El Anthropos representa la psique colectiva de la humanidad, es el arquetipo que une, que cohesiona y su misión es hacer que nuestra raza perdure y no se extinga. El cumplimiento de este objetivo es de una importancia vital, no sólo para la humanidad sino para cada uno de nosotros.

Jung estaba convencido que la integración de lo femenino en el mundo del Logos masculino, es necesaria
en la actualidad para atenuar el comportamiento agresivo. Es preciso un poder superior «un arquetipo constelado» – el principio femenino – que por el momento no se encuentra suficientemente integrado en nuestra visión religiosa del mundo.

El admitía que en el estrato inferior del inconsciente colectivo nos encontramos con un sector desconocido de la naturaleza, el cual «contiene todo y por lo tanto también lo desconocido, incluyendo la materia». Allí estaría el aspecto preconsciente de las cosas en un nivel animal e instintivo de la psique. En el hombre, cuando se activa ese estado, se observa que con mayor frecuencia se producen acontecimientos de sincronicidad. En este estrato, la materia aparece como un aspecto concreto de la psique y la psique como una cualidad de la materia, pero debido a lo ineludible del fenómeno psíquico, no puede haber tan sólo un único camino al misterio del ser, sino que ha de haber por lo menos dos: el acontecer material por una parte y la imagen subliminal psíquica por otra, sin poderse saber quien refleja a quien.

El Sí Mismo.

A este aspecto del inconsciente, Jung lo llamó: Selbst, Self, Ser, Sí mismo, en equivalencia al Atman de la filosofía hindú. La consciencia del Sí mismo, en la religión hindú, tiene una importancia extraordinaria. Entre nosotros existe una infravaloración del alma que impide que ésta se despliegue y se revele.

El Sí mismo abarca todos los aspectos de la psique, incluso al yo. La personalidad 2, que descubrió Jung
en su juventud, corresponde a este Sí mismo. Con frecuencia es representado como un símbolo matemático circular o cuadrado, en el cual destaca más el dador de orden y sentido implicado en el centro de la personalidad, que el aspecto humano.

El Sí mismo implica algo eterno e indestructible, el yo experimenta una proximidad de un estado así. A través del sufrimiento, se hace consciente el yo del Sí mismo. Entonces, no se considera ya como un hombre aislado sino como uno que vive en todos. Tan sólo está aislada la consciencia subjetiva. Cuando ésta se encuentra referida al Sí mismo, el centro interior se siente contenido en el todo y descubre en medio del dolor un lugar de calma más allá de toda complicación.

El amor al prójimo se fundamenta en el amor a este Sí mismo. Se llega al Sí mismo – mediante la eliminación de apetencias egoístas – a través de la voluntad propia, de la curiosidad intelectual y del sosiego. Vivenciar lo inconsciente, aísla y muchas personas no pueden soportarlo. Sin embargo, estar solo con el Sí mismo, es la vivencia más decisiva y elevada del hombre.

Así el Sí mismo, no es una ordenación matemática plena de sentido, sino un Dios actuante. El inconsciente aparece personificado en una figura divina, esto posibilita una objetivación y por ello puede haber emociones y sentimientos. La experiencia del Sí mismo, proporciona el sentimiento de hallarse asentado en lo más profundo de la propia mismidad, sobre una base firme invulnerable, incluso para la muerte física misma.

La duplicidad del inconsciente que nos impulsa al bien y al mal, es contrarrestada por la «unidad» superior del Sí mismo que nos quiere conducir a una cognición superior: la leve pero inflexible voz interior de la verdad que impulsa a la individuación y que no permite auto-engañarse. A pesar de los conflictos interiores, al parecer insolubles, que dominan al hombre individual y a toda la humanidad occidental, se puede advertir que su inconsciente genera símbolos como el Anthropos o un Mandala que unifican a los contrarios y que simbolizan la esencia de la individuación.

Los gnósticos especulaban acerca del hombre primordial y en ellos se encuentran etapas previas a estas interpretaciones alquimistas y en ambas se dan constantemente, representaciones cuaternarias del símbolo del Sí mismo o incluso, una cuádruple rotación de un símbolo cuaternario, destinado a expresar el aspecto del Sí mismo vinculado al tiempo.

El Sí mismo se realiza en el proceso de individuación. Reúne a todos los contrarios y contiene a los cuatro elementos del mundo Es el hombre interior que alcanza hasta lo intemporal: Anthropos, descrito como redondo y hermafrodita y que «representa una recíproca integración del consciente y el inconsciente».

La vivencia del Sí mismo elimina la imagen asfixiante y opresiva del mundo corriente, la persona permanece abierta hacia lo trascendente. Es comparable con el satori en el budismo Zen. Nuestra vida sólo tiene sentido cuando se abre al infinito, porque lo ilimitado es lo esencial.

Cuando Jung tenía 75 años cinceló una piedra, que transformó en un monumento en homenaje al Sí mismo.

La alquimia.

En 1934, Jung comenzó a investigar la alquimia y se percató de que los primeros alquimistas, eran filósofos gnósticos y en parte gnósticos cristianos de la naturaleza. En ellos no existía dualismo entre filosofía y ciencia experimental o entre religión y ciencia natural. Trataban de fundamentar su cosmovisión filosófico-religiosa mediante experimentos «químicos.»

La alquimia fructificó en la época alejandrina y en los primeros siglos del cristianismo, gracias a la metalurgia de Babilonia, el espíritu filosófico especulativo griego y los métodos de embalsamamiento egipcio (que tenían un significado mágico religioso.)

Los alquimistas han sido los precursores de aquellos que, en la actualidad, buscan una experiencia religiosa primordial. Su centro de esfuerzos estaba representado por el Anthropos, un hombre divino que debía ser liberado de las profundidades del mundo material. Al liberarlo, también el liberador alcanzaría la inmortalidad.

En esta rotación en forma de espiral, el Anthropos se renueva periódicamente a sí mismo y experimenta a través de prolongados procesos de transformación seculares e histórico psíquicos, una progresiva evolución, que parece tender a un mayor grado de consciencia en el hombre.

Jung, junto a Toynbee, estaban convencidos de que estamos en la actualidad en una fase cultural de decadencia y que la sobrevivencia de nuestra cultura depende de la renovación de nuestro mito arquetípico.

El primer sueño de Jung, acerca del falo sepulcral, significaba que la imagen cristiana de Dios, está encerrada en el inconsciente, y se ha transformado en el falo serpentino que mira hacia la luz.

En el simbolismo alquimista, el dragón o la serpiente, son la primera forma de renacimiento del ave Fénix. La mirada hacia la luz, significa que tiende hacia la esfera de la consciencia.

Jung descubrió nuevamente el mito proyectado que supone la alquimia y señaló el lugar de donde verdaderamente procede y desde el cual continúa actuando en la actualidad: desde la psique objetiva del hombre occidental.

Los alquimistas occidentales vivenciaban proyectando en la materia su propio inconsciente. Como sus experimentos eran considerados sospechosos de magia negra, debían trabajar ocultos y aislados y como
no sabían abordar el misterio de la materia, se apoyaban en sus sueños y visiones. Los alquimistas eran los «empíricos de la experiencia acerca de Dios», en contraposición con los representantes de las religiones «oficiales», los que no se basaban en la experiencia, sino en la interpretación sobre una verdad ya revelada.

A través de sueños conocidos del hombre moderno, Jung ha demostrado lo vivo que permanece en el inconsciente el mito de la alquimia. Para los alquimistas, la materia inorgánica no estaba muerta, sino que era una incógnita viviente que no sólo se podía manipular, sino que también había que establecer una «relación» con ella para investigarla. Esto lo hacían a través de sueños, ejercicios de meditación y de una disciplina de la fantasía que coincidía absolutamente con la «imaginación activa», descubierta por Jung.

El espíritu de la materia lo designaban como Mercurio, que era idéntico a Hermes, dios de las revelaciones y al Hermes-Thot gnóstico. Es lo mismo que el hombre espiritual primitivo, sumergido en la materia y representado por el falo. Es lo numinoso desplazado al parecer a la «profundidad de la tierra», para el hombre moderno, pero en la realidad, a la profundidad de su propia psique, para muchas personas hoy en día.

El dios de la materia, Mercurio, no era el elemento químico, sino una substancia «filosófica», un agua que «no humedece las manos» y era considerada la substancia fundamental del universo. Al mismo tiempo era un fuego y una luz, «la luz natural que es portadora del espíritu celestial». Es un «fuego del infierno», oculto en el centro de la tierra, y también el fuego «en que Dios arde en su divino amor.»

Siempre se trata de una paradoja que contiene en sí los más inconciliables contrarios. También lo llamaban alma o espíritu porque lo intuían de procedencia psíquica. Es un pneuma, «una piedra transportada por el viento «o «el espíritu del mundo hecho cuerpo en la tierra». Como piedra pneumática, aúna espíritu y materia y es al mismo tiempo, aquel misterioso «algo», que actúa animando y vivificando todas las cosas, en una especie de «alma del mundo».

Mercurio es, además, hermafrodita, comprende en sí los cuatro elementos, también lo llaman el «auténtico Adán hermafrodita», o el Anthropos, hermafrodita humano y divino, es decir, una sublimación del Sí mismo. En su primera aparición es también el rey anciano y el rey joven, pareja de contrarios. Su espíritu unitario y abarcador de todo, era simbolizado la mayoría de las veces por el «ouroboros», la serpiente que se muerde la cola. En todas estas proyecciones simbólicas de los alquimistas, nos hallamos ante la fenomenología de un espíritu objetivo al cual designamos hoy como «inconsciente»

En contraposición con el signo espiritual y luminoso de Cristo, Mercurio es un dios oscuro y oculto, que incorpora en sí los opuestos, y que compensa la unilateralidad de Cristo.

En una de las visiones que tuvo Jung, se le aparecía Cristo de un color oro verdoso. Al oro verde los alquimistas lo reconocían como la cualidad viviente. Expresa un espíritu de vida una «ánima mundi», el Anthropos viviente en la totalidad del mundo. El verdor es una fuerza germinal que el hálito de Dios ha puesto en todas las cosas. En el simbolismo eclesiástico el color verde simboliza al Espíritu Santo.

Mercurio parece constituir en la actualidad un propósito del inconsciente colectivo, al agregar el aspecto
de Mercurio a la figura de Cristo, como para unir el espíritu del inconsciente al de la consciencia, pero manteniendo la ética cristiana.

Por eso Jung afirma: «Mercurio dios ambiguo acude como una luz de la naturaleza, tan sólo en ayuda de aquel entendimiento que se orienta hacia la luz más alta, luz que la Humanidad no recibió jamás, y que no confía solamente en su alejamiento paulatino del conocimiento de Dios debido al conocimiento de las cosas. Pues en este caso, el lumen naturae se convierte en un peligroso fuego fatuo y el psicopompo (conductor de las almas) en diabólico seductor.»

En el fondo, Mercurio supone una continuación de determinadas personificaciones compensadoras del hombre-dios que se han manifestado de diferentes formas en todas las tradiciones populares.

Un axioma que existe desde hace 1.700 años en la alquimia es una frase de María Profetisa: el uno se hace dos, el dos se hace tres y del tercero surge el uno, como cuarto. Se introducen entre los números impares de la dogmática cristiana, los números pares que significan lo femenino, la tierra, lo subterráneo, incluso el mal. Sin personificación es el Serpens Mercuri, el dragón que se genera y se destruye a sí mismo y que representa la «prima materia».

La alquimia se refiere a esta primera materia y al filius macrocosmi, hijo universal, (Mercurio). Así el inconsciente no se comporta sólo como contrapuesto a la consciencia, sino que es un adversario y colaborador que modifica más o menos. De este hecho dependería probablemente la encarnación del dios puramente espiritual en la naturaleza humana terrenal, posibilitada por la concepción del Espíritu Santo en el útero de la Virgen.

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