Las diferentes etapas del proceso alquímico en la psicoterapia
Nigredo: la materia prima es pulverizada, calcinada, disuelta, fundida. La nigredo tiene su paralelo en el proceso de individuación, en el encuentro con la sombra. Todo lo que se había criticado en los demás, se presenta en los sueños, como parte del propio modo de ser. Las ilusiones que uno tenía de uno mismo y del mundo, se desvanecen. Se le arrebata al yo su omnipotencia y se ve enfrentado al poderoso inconsciente.
Este estado puede ser muy duradero, porque deben hacerse conscientes todas las oscuridades y todas las personalidades parciales autónomas, (complejos autónomos) que deben ser reconocidos y moralmente dominados.
Albedo: Aquí corresponde la integración del componente íntimo, propio, correspondiente al sexo contrario, el ánimus en la mujer y el ánima en el hombre.
Durante esta segunda etapa continúa la del Nigredo, porque la sombra es como la hidra de siete cabezas , las cuales renacen después de haber sido cortadas.
Albedo es una operación menos violenta que el Nigredo, pero en ella es de honda sabiduría mantener el fuego que no queme o destruya y a la vez que no enfríe el proceso. Psicológicamente, se refiere a la transferencia entre paciente y médico o a una gran pasión amorosa fuera del tratamiento. En el simbolismo alquimista, el problema es proyectado como «boda mística «de los elementos y expresado en múltiples variantes.
Una gran relación amorosa es advertida como proyección del ánimus o ánima, respectivamente, sobre otra persona y con ella frecuentemente se produce una relación basada en una común inconsciencia donde están todas las contradicciones presentes.
En una relación amorosa, existen siempre cuatro figuras: el hombre y su ánima y la mujer y su ánimus. En estos cuatro elementos se dan todos los innumerables fenómenos posibles de rechazo y de atracción. Este hecho nos obliga a dar nuestra atención a la psique inconsciente. Para los alquimistas es más fácil que para nosotros, porque ellos intentaban obtener la piedra filosofal mediante la boda alquimista en la retorta. Nosotros debemos realizarla en nosotros mismos y esto nos afecta muy profundamente
Los participantes de la» boda alquímica», son descritos como hermano y hermana, madre e hijo, etc. Su unión es un incesto, este aspecto tiene la finalidad de hacernos conscientes la proyección. Nos obliga a darnos cuenta de que en último término, se trata de una íntima unión de los componentes de nuestra propia personalidad, de un «desposorio espiritual» como vivencia interior no proyectada. Alude a la unificación de los contrarios en el Sí mismo. Después de la etapa de Albedo sigue:
Rubedo o citrinitas (enrojecimiento o color dorado). El trabajo está concluido, es abierta la retorta y la «piedra filosofal» comienza a irradiar una acción cósmica curadora.
La Piedra Filosofal: En los textos más antiguos de la alquimia, se reitera el tema de la piedra filosofal «por Dios donada y que puede transformar todos los metales en oro», y que según algunos, está oculta en el cuerpo humano y ha de ser extraída del mismo. La piedra constituye un símbolo de lo eterno, lo que da fuerza vital. Es el misterio de Dios en la materia y se llama también «piedra que posee un espíritu o un alma: Pneuma».
Algunos maestros intuían que se trataba de un desarrollo a través de la meditación, del propio hombre «interior» que se reflejaría también en el exterior. La piedra alquimista es también identificada con Mercurio y como figura divina y tripartita del Anthropos, es el cuerpo de la resurrección, que es tanto espiritual como somático y de tal sutileza que puede penetrarlo todo.
Las Cuatro Funciones:
Jung descubrió que las realizaciones adaptativas voluntarias se pueden dividir en 4 funciones principales: percepción, intuición, sentimiento y pensamiento. Ellas funcionan de a pares como en un balancín:
Sentimiento versus Pensamiento
Percepción versus Intuición
Al funcionar una de ellas, se inhibe su contraria. No se puede pensar y sentir al mismo tiempo. Tampoco se puede intuir y percibir a la vez, la primera de estas funciones está dirigida hacia el interior y la segunda, hacia el exterior.
El yo se fundamenta en una base corporal y una base psíquica. La primera se manifiesta por estímulos que nacen del interior del cuerpo, que, en parte, son percibidos psíquicamente y que están asociados con el yo
y que, en parte, permanecen por debajo del umbral de la consciencia. La base psíquica, consta del campo
de la consciencia y del conjunto de contenidos inconscientes.
La segunda se desarrolla a partir de contactos del cuerpo con el entorno y más adelante a partir de contactos con el mundo interior. Se establece paulatinamente la diferencia entre sujeto y objeto y entre dentro y fuera. Esta teoría no puede ser comprendida sin la experiencia del mundo subliminal: lo inconsciente.
En el curso de la evolución de sus vidas, todas las personas desarrollan más alguna de las cuatro funciones adaptativas. la que utilizan en forma predominante. También se puede desarrollar una segunda y una tercera. La cuarta, Jung la llamó» función infravalorada» o función menospreciada. Lo que hacemos con esta función, es en gran medida incontrolado y cae bajo la influencia de la personalidad 2: lo inconsciente. Tanto el yo como el inconsciente son estructuras subliminales. Ambas contienen luz y oscuridad. Jung define al yo como «una personificación relativamente constante del inconsciente». Cuando protegió la lucecita en su sueño, no reprimió la existencia de lo inconsciente, que es el espíritu que se halla a la altura de la oscuridad del mundo. Lo más patente de dicho espíritu es su carácter histórico, su vastedad en el tiempo, su intemporalidad. El representa el espíritu de los tiempos, colectivo, operante en lo inconsciente del hombre y que se manifiesta y transforma a través de los siglos de historia del espíritu humano.
El Mandala
El radiolario es una imagen arquetípica a la cual Jung denominó «mandala», palabra sánscrita que significa círculo mágico.
El mandala es el centro y corresponde a la naturaleza microcósmica del alma, es la vía hacia la individuación, es experimentado como el centro interior de la psique. Jung descubrió que la evolución es una circunvalación en torno al Sí mismo, centro de un mandala.
El símbolo del Anthropos cósmico y el mandala tienen un mismo sentido, ambos aluden a una unidad interior y última de la psique. El mandala simboliza en su punto central la unidad última de todos los arquetipos, así como la multiplicidad del mundo fenoménico y que constituye por ello la correspondencia empírica al concepto metafísico del Unus Mundus.
Buda el gran símbolo oriental de esta unidad, era representado en un principio como una rueda de doce radios. En occidente, Cristo se representa a menudo como centro de un mandala con los cuatro evangelistas. El mandala representa un antiquísimo símbolo de la divinidad y del cosmos. Todos los filósofos de la naturaleza quisieron representar de alguna forma la divinidad. Con Platón y Plotino, aparece claramente establecido que esta imagen primordial, es el movimiento circular propio del alma y del espíritu que rige todo.
El cosmos mismo es una esfera perfecta, como copia del organismo, del ser. Plotino lo demostró matemáticamente y fue transmitida por él a la Era Cristiana: centro de todo ser es lo Uno que irradia por todos lados hacia el infinito. Este Uno está rodeado por la envoltura esférica correspondiente al «alma del mundo», (ánima mundi), y alrededor de ella, por el cosmos visible. El centro es la esfera espiritual que es
en sí misma unidad, totalidad, divinidad.
Con el tiempo esa imagen del mandala evolucionó de esfera referida a la divinidad, al cosmos o al alma del mundo, a convertirse en el símbolo del alma individual y finalmente en imagen del «yo ideal» o» yo absoluto» o Sí mismo, que está en contraposición con el yo empírico.
En su sueño del radiolario vemos que esta imagen se reveló a sí misma de un modo activo. Para muchos místicos, entre ellos Eckhart, el hombre es portador de una chispa divina, es por eso que para ellos es importante el autoconocimiento, no egocéntricamente subjetivo del yo acerca de sí mismo, sino en un sentido del conocimiento de este «fondo del alma.» El mandala se diferencia de la imagen de un dios personal por su aspecto femenino y por su índole matemático- geométrico. Su esencia alude a orientación en el caos, a sentido y a orden.
Jung construyó una torre redonda en cuya entrada grabó la inscripción «El Santuario de Filemón – La penitencia de Fausto». Siempre manifestó que su impulso estaba más por el respeto a los derechos humanos, la historia del espíritu y la continuidad de la cultura.
Sincronicidad
Los modelos de pensamiento que elaboró Jung tienen un paralelo con los de la física moderna. El concepto de complementariedad, como lo aplica la física cuántica a la relación partícula – onda, y la psicología profunda, a la existente entre los contenidos de la consciencia y lo inconsciente. Todos los procesos son energéticos, y hay una cierta relatividad en tiempo y espacio, en el ámbito de las partículas y en estratos profundos del inconsciente, y en ambos sectores no pueden excluirse las condiciones del observador.
Existen datos de que ambos aspectos de energía, físico y psíquico, podrían ser dos aspectos de lo mismo. Así el mundo de la materia, sería una imagen subliminal del mundo de la psique y viceversa. Jung a este hecho lo llamó «fenómeno de la sincronicidad,» es la vinculación entre el acontecimiento interior y exterior.
Los acontecimientos, entonces, no serían causales sino en un sentido de simultaneidad con respecto al individuo que los vivencia. El arquetipo en el inconsciente debe estar activado, esto hace como si apareciera también fuera de la psique. A este aspecto del arquetipo lo llamó «trasgresivo», porque pasa al mundo de la materia.
Para poder explicar el fenómeno científicamente, imaginó un principio de ordenación acausal. En la naturaleza existen ordenaciones que no tienen explicaciones causales, la más evidente es el tiempo de semi vida de las partículas. Esto sucede en microfísica, existe una especie de ordenación, pero no se puede determinar el momento de la destrucción espontánea de la partícula. Otro ejemplo, serían los números enteros naturales, que son especialmente «primitivos», son estructuras arquetípicas propias de la profundidad del inconsciente. Muestran una ordenación acausal de la psique. Jung llamó «fenómenos marginales», a las ordenaciones acausales no explicables de algo interior y algo exterior.
En los fenómenos de sincronicidad, surgen imágenes en el campo visual interno, que se encuentran en relación de analogía, con arreglo a un sentido y con respecto a acontecimientos objetivos, sin que pueda demostrarse alguna clase de relación entre ambas. Esto presupone un sentido apriorístico de la propia naturaleza que tiene su existencia antes que la conciencia humana o un «factor formal» en la naturaleza que no puede explicarse de un modo causal. Jung, lo denomina «saber absoluto», porque se encuentra desligado de nuestro saber consciente.
De este saber absoluto en la naturaleza, Jung supone que depende el comportamiento inteligente de seres inferiores desprovistos de cerebro, porque el saber absoluto, parece ser independiente del conocimiento que brindan los órganos sensoriales y alude así a la existencia de un sentido inmanente en la naturaleza, que no puede ser sino transcendental.
Los fenómenos de sincronicidad son «actos creadores en el tiempo» porque se encuentra en un espacio-tiempo irrepresentable. Se producen dentro de un marco de ordenación existente con anterioridad. Son de naturaleza parapsicológica. El conocimiento de la ordenación nos afecta como «sentido». Esta es la causa por la que en la antigüedad se lo ha considerado un fenómeno divino.
El I Ching o Libro de las Mutaciones» emplea la sincronicidad en su vertiente práctica. Los chinos en su cultura, siempre se han esforzado más bien por la captación intuitiva de la totalidad del mundo, más que
por el conocimiento de parcialidades. Los comentadores de esta obra han tratado de explicar mediante una «identidad de sentido» la simultaneidad entre el estado psíquico del consultante y un proceso físico sincronista y ordenado en 64 imágenes situacionales típicas.
El filósofo chino Wang Fu Ch’i (siglo 17) ha explicado el I Ching como un continuo que todo lo abarca y que se halla en sí mismo ordenado conforme a leyes». Este continuo no se puede descubrir con la percepción sensorial, es como un trasfondo psico-físico latente en el cosmos. Jung dice que es «un importante sistema que intenta en cierto modo ordenar el juego de los arquetipos y hacerlo legible».
Las imágenes de la totalidad psíquica producidas espontáneamente por el inconsciente, o sea, los símbolos del Sí mismo en forma de mandala, tienen también una estructura matemática, y como no sólo expresan orden, sino que también dan lugar a orden, se desprende que también el inconsciente, utiliza al número como factor de ordenación. El número, psicológicamente se define, como un arquetipo del orden que se ha hecho consciente
Lo primordial en los fenómenos de sincronicidad, lo que constituye su numinosidad propiamente dicha, es el hecho de aparecer en ellos suprimida la dualidad de psique y materia. Son lo que Jung llamó el «Unus Mundus», una alusión empírica a una unidad última de todo ser.
La idea del Unus Mundus se basa en la creencia de que la multiplicidad del mundo empírico se fundamenta sobre una unidad del mismo y que no existen dos o más mundos, esencialmente separados o bien mezclados entre sí.
La vivencia del Unus Mundus se siente como la «apertura de una ventana hacia la eternidad
Religión Cristiana:
La imagen cristiana de Dios se manifiesta a nosotros como solamente bueno y el hombre hecho a su semejanza, no lo es. Durante toda su vida Jung se debatió con este problema. Como una persona que ha sido educada en el cristianismo, se espantaba con las divinas obscuridades que se le revelaban en el Libro de Job.
En su libro » Respuesta a Job», que aseveró era el único al cual no le hubiera cambiado ni una sola palabra, ni aún al adquirir más experiencia, explica que Cristo no es un hombre completo porque tiene ausencia de pecado y Job no es un hombre corriente, y por ello, la injusticia inferida a él y con él a toda la humanidad, sólo puede repararse mediante una encarnación completa de Dios en el hombre empírico.
La encarnación de Dios en el hombre, es desde el punto de vista psicológico, un símbolo de una evolución provocada por el paso a la consciencia de lo contradictorio de nuestra totalidad interior y que nos quiere obligar a armonizar las constantes influencias a las que se halla expuesta nuestra consciencia por parte del inconsciente. Como las alternativas pueden ser buenas o malas, el hombre puede doblegarse al código de las costumbres de la moral tradicional o escuchar la decisión creadora, procedente del Sí mismo, mostrando el valor de seguirlo, pese a la posibilidad de error.
El mal se ha convertido en la actualidad en una potencia visible. Hasta ahora no ha recibido respuesta la pregunta hecha por los gnósticos acerca del origen del mal. Si Dios se hace hombre y representa una Complexio oppositorum, surge como conflicto en el hombre, porque la imagen de Dios desde el punto de vista psicológico, es una simbolización del fondo de la psique.
Esta escisión nos es consciente y hace brotar tendencias sanadoras a partir del mismo fondo psíquico, que se expresa como símbolo del Sí mismo, en forma de mandala, por ejemplo, y que supone una síntesis de los contrarios. Jung comprende el mito del dios que se hace hombre «como un creador enfrentamiento del hombre con los contrarios y su síntesis en el Sí mismo, en la totalidad de la personalidad».
En la experiencia relativa al Sí mismo, se supera la contraposición en cuanto a imagen de Dios. Este es el sentido del Servicio divino en el que surge luz de la oscuridad. El servicio que el hombre puede prestar a Dios es que el Creador sea consciente de su creación y el hombre de sí mismo. En su libro «Simbología del espíritu» Jung puso el siguiente lema: «Y a nosotros, nos lo reveló Dios, mediante su Espíritu, pues el Espíritu lo escudriña todo, aun las profundidades divinas.»
La imagen de un oscurecimiento de la consciencia, desde el punto de vista psicológico, Jung lo interpreta como que toda verdad espiritual se convierte en materia, porque se cosifica y se transforma en instrumento de la mano del hombre. El expresa que el hombre contemporáneo está tan oscurecido, que su mundo es alumbrado sólo por la luz de su entendimiento.
En la historia de la humanidad se ha oscurecido la luz de la consciencia en innumerables ocasiones, esto parece responder a una profunda disposición estructural arquetípica en nosotros. La creación no posee un sentido reconocible sin la consciencia reflexiva del ser humano, el hombre tiene una importancia cosmogónica, una auténtica razón de ser. La naturaleza que nos rodea no carece de sentido, pero su sentido es latente. Sólo pasa a ser actual cuando se hace consciente en nosotros.
Hay un tema mítico que se refiere a esta situación repetitiva y que tiene relación con un rey senecto y moribundo que es «sustituido» por un sucesor más joven. Los mitos y cuentos hablan de sustituir. En la cultura egipcia, que influyó en la filosofía alquimista, se constituyó el mito de una «transformación» o metamorfosis del rey. Simboliza una imagen de la divinidad que ha envejecido y que precisa renovación. Esta imagen, personifica la representación dominante de la consciencia colectiva de una cultura y de las instituciones basadas en la misma. Estos sistemas tradicionales envejecen y deben ser renovados. La vida de Jung, fue una lucha por la liberación del rey nuevo a partir de la profundidad del inconsciente colectivo.
La pugna de las generaciones se debe a que los jóvenes se identifican con el rey joven y la generación mayor, con el rey viejo. La transformación de uno en el otro, resulta siempre imposible cuando falta el principio femenino o es demasiado débil, o sea, cuando falta el principio de Eros. En el varón se da ésto cuando no se ha desarrollado o hecho consciente su ánima y en la mujer cuando está poseída por su ánimus, lo cual debilita su femineidad. Entonces el dogma religioso queda desvitalizado y la vida psíquica quiere crear nuevas formas, así como ayudar al Sí mismo a encontrar otras formas de expresión.
La función histórica de la evolución arquetípica está determinada por el comportamiento humano que tiene gran importancia y que puede abarcar siglos y milenios y se expresa a través de símbolos. Jung expone que el símbolo que determina el arquetipo de nuestra cultura, es la imagen de Cristo. La ha estudiado detenidamente en su obra «Aion». Él señala que la figura histórica de Cristo, ha asumido en sí toda la simbología del Anthropos, la Cruz, el Mandala, la cuaternidad y el «núcleo del alma » y se ha convertido en un símbolo del arquetipo del Sí mismo. También señala que tuvo que haber sido una personalidad de excepcional magnitud, para haber expresado de forma tan perfecta la expectativa general del inconsciente de su tiempo. Personificó sólo el aspecto luminoso de la totalidad humana. La vertiente oscura apareció representada por el Anticristo que conquistaría el dominio, al final de la era cristiana.
Cristo y el Anticristo, fueron identificados con dos peces, que simbolizan la era astrológica de Piscis de la Era Cristiana, y así el Sí mismo fue entendido como algo que se transforma en el curso de la historia. Desde el año 1.000 se esperó el fin del mundo y la llegada del Anticristo y surgieron movimientos religiosos nuevos que culminaron con la Reforma y que después dieron lugar a un racionalismo que era en parte anticristiano.
Dentro de este marco, desempeña un mecanismo compensador el simbolismo de la alquimia, en cuanto aparecen en él mitologemas que unifican en una sola figura los dos peces «enemigos» del eón cristiano. El «pez redondo en el mar se ha de cocer hasta que empiece a relucir», (relacionado con el radiolario del sueño de Jung), en el que se manifiesta el amor divino. Contiene en su cuerpo la» piedra del dragón » que muchos buscan. El pez ejerce una gran atracción sobre los hombres, es una piedra animada, con la cual se puede fabricar el elixir de la inmortalidad.
La nueva imagen de la totalidad que está subliminalmente en la consciencia y en el inconsciente colectivo, fue contemplada por San Juan en el Apocalipsis. Desapareció en el inconsciente. Es aquel niño que dio a
luz «la mujer solar «, concebido por un padre desconocido y nacido de la Sapientia. Es aquel hombre más elevado y completo y que representa nuestra totalidad, trascendente a la consciencia, bajo la forma de «niño divino».
«Así pues, lo superior, espiritual, masculino, desciende a lo terrenal femenino y en correspondencia, la madre, precedente al mundo patriarcal y aceptando complaciente a lo masculino, a través del instrumento representado por el espíritu humano (la «filosofía») concibe un hijo que no es lo contrapuesto a Cristo, sino su correspondencia, un hijo que no es un hombre-dios, sino un ser fabuloso, conforme a la esencia de la madre primordial.»
El hijo «superior», tiene como misión redimir al hombre (microcosmos) El hijo «inferior «, tiene el significado de salvador del universo. Esta formulación tiene el aspecto de un mito pero «el mitologema es el lenguaje más primordialmente propio de estos procesos psíquicos y ninguna formulación intelectual, puede alcanzar ni siquiera aproximadamente, la plenitud y fuerza expresiva de la imagen mítica.» El mito es el lenguaje del alma y nuestra consciencia racional no la puede abarcar. Algunas mentes iluminadas han sabido siempre acerca del aspecto divino del alma: San Agustín, Meister Eckhart, Giordano Bruno, designaban al alma como la luz de Dios.
La cohesión social tiende a disolver los vínculos en la actualidad y con ello corremos el riesgo de hundirnos en una caótica psique de las masas. Pero la contra tendencia sanadora está naciendo en el inconsciente
del hombre actual, es un impulso hacia una consolidación interna y a una diferenciación de su capacidad
de relación interhumana.
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La unilateralidad luminosa y perfecta de Cristo, era necesaria para su época, para posibilitar una ampliación de la consciencia, pero esto con el tiempo produjo una escisión que indujo a acrecentar lo racional que a su vez se convirtió en razón científica e irreligiosa que pretende reprimir todo lo oscuro o aparentemente irracional. En su libro Simbología del espíritu, Jung expresa, que es misión nuestra conciliar dos potencias en nosotros: la consciencia y el inconsciente.
La «piedra filosofal» es el símbolo del Dios interior del hombre, no solamente como Cristo, un «hijo de hombre», sino como un «hijo del universo» (filius macrocosmi), puesto que no procede del consciente espíritu humano sino de aquellos territorios psíquicos límites que se prolongan, sin solución de continuidad con el misterio de la materia cósmica. No representa solamente a Cristo, el Redentor del hombre, sino a un mismo tiempo un dios que ha de ser redimido por el hombre.
Jung previó que oriente influiría cada vez más en nuestra cultura desde el punto de vista espiritual. Para él, Buda es el hombre más completo en comparación con Cristo, ya que vivió su vida y asumió la realización
de su Sí mismo a través de la comprensión, mientras que en Cristo tuvo lugar más bien como destino.
La Terapia.
Jung opinaba que todo tratamiento debe ser imprescindible que se transforme en «diálogo y encuentro», que incluya los imponderables irracionales: la voz, la expresión del rostro, los gestos. Pensaba que el médico debe tener amor y compasión. En su relación con muchos de sus pacientes, cultivaba el contacto humano privado y de esta forma fue creciendo el círculo de sus discípulos.
Normalmente tiene que persistir una vinculación humana, pues «sin una referencia conscientemente reconocida y aceptada del prójimo, no se da en absoluto una síntesis de la personalidad. La consolidación interior del individuo, no representa de modo alguno un endurecimiento del hombre masa, en un nivel superior, en forma, por ejemplo, de una cerrazón o inabordabilidad mentales, sino que incluye también al prójimo.» (Psicología de la transferencia) Si no tenemos consciencia de esto, se produce un acorazamiento interior del hombre, en contra de sus prójimos. El hombre masa se convierte en un animal gregario desalmado, porque su alma que vive tan sólo en base de la relación humana, queda perdida.
Jung dividió el análisis en cuatro fases: reconocimiento, esclarecimiento, educación y transformación. Llamó a este desarrollo «proceso de individuación». Es un complicado proceso en el que cada ser viviente, deviene aquello a lo cual está destinado a ser desde un principio. Para sus investigaciones, usaba los métodos de interpretación de los sueños y de asociación de palabras. Este último es un método psicológico que tiene como finalidad la comprobación de complejos con la ayuda de los tiempos de reacción y las respuestas a las palabras presentadas como incentivos.
Era de la opinión que los pacientes neuróticos, o sea, los desavenidos consigo mismos, no existirían si hubieran vivido en una época, en que el hombre se hallaba aún vinculado mediante el mito, con el mundo de los antepasados y con ello, con la naturaleza vivida y no meramente contemplada desde afuera. Es por eso que pensaba que el médico debe aplicarse a sí mismo el sistema en que cree: No debo pedirle a mis pacientes nada que no sea capaz de hacer yo mismo. Tan sólo en la medida en que el terapeuta se transforme a sí mismo, podrá trasformar al individuo que analiza y su propia actitud ética ante la vida, se convierte así en el centro de sus esfuerzos, porque se trata de desarrollo, de maduración.
El encuentro del ánima y ánimus supone mucho sufrimiento, es como si el hombre natural inconsciente, hubiese de morir dentro de su propia vida. Jung destaca que el símbolo del crucificado constituye una verdad «eterna», porque el que se encuentra en el camino de la individuación no puede escapar. Está situado en suspenso entre los contrarios, que es lo que expresa la crucifixión. En lo más profundo del sufrimiento, nace el «hombre interior» el «Sí mismo» o la piedra filosofal.
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