El Rabí Levi-Yitzhak contaba un día:
«Una mañana percibí que la gente de mi aldea no me respetaba. Turbado, traté de comprender por qué. Y terminé por darme cuenta que eso no tenía nada que ver con ellos y sí conmigo. Simplemente, era que había perdido todo respeto a mis propios ojos. Por qué ellos tendrían que ser más caritativos que yo? Decidí entonces mejorar. A consecuencia de eso, mi entorno me trata con más deferencia, igual mi familia y mis vecinos. De familia en familia, de calle en calle, el cambio se ha hecho sentir, extendiéndose por fin a la aldea entera. Se me estima de nuevo.»
Obrando sobre sí, el hombre actúa sobre los otros; este es el principio mismo del pensamiento místico.
Que un solo ser alcance la perfección y la especie toda entera será salvada de la mentira y del mal.
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