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La Cruz

Subía lentamente, algo encorvado por el peso de la cruz, pero contento, muy contento.

El encuentro con aquel forastero que le había confiado el secreto del Anciano de la Montaña, le tenía muy feliz. Siempre se había quejado amargamente de la vida que le había tocado en suerte, del excesivo dolor que acompañaba los sucesos de su vida. Muchas veces, distintas personas le dijeron que sus penas no eran diferentes ni mayores que las de otros más duramente tratados por la vida, y que a nadie le pasaban más cosas que las que necesitaban para ser feliz, ni eran estas de una dimensión mayor al peso que cada cual podía soportar. Sin embargo, estaba convencido de que un sino fatal acompañaba su existencia.

Por eso él quería cambiar su cruz.

Tan absorto se encontraba en sus pensamientos acerca de lo que haría luego de bajar de la montaña que, olvidando por completo la carga que soportaba sobre sus hombros, ascendía con gran entusiasmo, procurando descubrir el lugar donde el Anciano aguardaba, desde siempre, a quienes habían recibido una cruz equivocada.

Detrás de él, el madero vertical rezongaba sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso. En algún momento que no pudo precisar, notó que la naturaleza había silenciado su ritmo: los sonidos que instantes atrás llenaban el espacio de sensaciones conocidas, se había ausentado. Con algo de temor, detuvo su andar y, mirando sorprendido en derredor, descubrió una frágil figura de misteriosos aspecto, que lo miraba fijamente con sus añosos ojos oscuros.

– Eres tú el Anciano de la Montaña? preguntó.

El aludido no respondió, pero algo le dijo en su interior que efectivamente era él.

Pasada la primera impresión, pudo percatarse que más allá, diseminadas en un gran espacio, se encontraban las más preciosas cruces que jamás alguien viera. Las había grandes, pequeñas, de madera, de marfil, de metales, de colores diversos y de diferentes texturas. Era un espectáculo maravilloso que le impresionaba y que le costaba creer.

– Deja tu cruz junto a las otras y escoge entre todas las que ves, aquella que tú creas que te corresponde llevar.

En cuanto terminó de hablar, el anciano desapareció del lugar tan rápida y misteriosamente como había aparecido, sin dejar rastro y sin decir nada más.

Hubiera querido agradecérselo, pero no supo dónde encontrarlo. Como hacía tanto tiempo que soñaba con esta oportunidad, desentendiéndose de toda otra idea, con gran entusiasmo se dedicó a elegir la cruz que más pudiera gustarle.

La tarea, sin embargo, no fue fácil. Unas cruces eran muy bellas, pero demasiado débiles y quebradizas; otras más firmes, pero toscas y mal terminadas; algunas eran desproporcionadas o muy costosas y adornadas; otras demasiado simples; encontraba adecuadas las de metal, pero algo pesadas. En fin, estaba comenzando a desanimarse cuando, sobre la tierra y apartada del resto, encontró una que le pareció perfecta. Se emocionó porque era como si la hubieran hecho a su medida: de hermosa madera, muy bien trabajada y de peso conveniente. Era la cruz que siempre había soñado.

La puso sobre su hombro y, luego de mirar sin resultado en todas direcciones, buscando al Anciano de la Montaña que tan desinteresadamente le había hecho feliz, emprendió rápidamente el camino de regreso.

Detrás de él, el madero vertical seguía rezongando sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso.

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