En otras oportunidades hemos hablado de comprender al paciente. Ahora bien, comprender al paciente no sería tan difícil si pudiéramos contar con un deseo equivalente por parte de éste de conocerse a sí mismo, de evaluarse, de aceptarse y de dar todos los pasos necesarios para lograr la auto comprensión; no sería tan difícil si el paciente mantuviera contra viento y marea esta actitud: Quiero saber quién soy, cómo soy, qué estoy haciendo y cómo puedo cambiar lo que no es deseable. Como ustedes saben, no podemos contar con que el paciente tenga esa actitud, y si la tiene, será sólo por momentos. Este fue uno de los grandes descubrimientos de Freud: advertir que en psicoanálisis trabajamos en una situación de desventaja. A esto lo llamó resistencia. En la actualidad vacilamos en emplear dicho término, por una serie de razones. No estoy segura de que el término tenga algo de malo, pero para nosotros un obstáculo, bloqueo o resistencia es algo muy distinto de lo que Freud entendía por ello. Por lo tanto, sería preferible usar un término distinto.

Por ejemplo, el uso que da Freud al término resistencia atribuye demasiada responsabilidad al paciente. Freud tomó el término de la física, del hecho de que una corriente eléctrica que circula, inevitablemente encuentra una resistencia. De modo que el término original no dice nada en lo que concierne a la práctica analítica, y el concepto mismo no indica si la dificultad con la que tropezamos tiene origen en el analista o en el paciente.

Naturalmente, al principio Freud estaba interesado sobre todo en el paciente y en lo que parecía ser su renuencia a aceptar ciertas interpretaciones, o su falta de voluntad o capacidad para cambiar. Sin embargo, aunque es verdad que Freud se interesaba en este fenómeno en el paciente, también reconoció muy pronto que podía haber dificultades por parte del analista. Incluso si ustedes se guían principalmente por los conceptos freudianos, podrían esmerarse, como ya ha sido hecho, en reconocer cada vez más las dificultades que aporta el analista a la terapia analítica. Les recuerdo a Frieda Fromm-Reichmann, quien, al menos en cierta medida, basa su obra en las teorías de Freud, y que ha llegado bastante lejos en el reconocimiento de las dificultades que aporta el analista.

Otra objeción fundamental al concepto de resistencia es que se trata de un concepto muy poco diferenciado, demasiado general. Difícilmente podríamos hacer alguna objeción o crítica si viéramos el fenómeno tal como lo veía Freud. En tal caso seríamos incapaces de percibir algunas vastas implicaciones, y reconocer las limitaciones de la concepción de Freud. Sólo veríamos el fenómeno de la resistencia tal como Freud lo describió.

Ahora bien, por qué planteo aquí la cuestión? No porque me interese polemizar con Freud. Habrá otras oportunidades para ello. Lo hago porque este antiguo concepto adolece de falta de claridad y podremos ver más claro si comenzamos con nuestro propio concepto. La generalización que hizo Freud, y a la que encuentro reparos, es que todo lo que retrasa el análisis puede ser llamado resistencia. Pero eso podría incluir o tener relación con todas las dificultades neuróticas. Freud, basándose en su concepto, dijo que un superyo particularmente estricto o una intensa actitud narcisista pueden ser formas de resistencia. Traduzcamos esto a nuestros conceptos. Nosotros diríamos que cosas como la sumisión de un paciente, su tendencia a acusarse a sí mismo, sus exteriorizaciones, son factores retardatorios. Ocasionan dificultades en la terapia. Viendo las cosas de ese modo, tendríamos que decir a continuación que los bloqueos son las defensas del paciente, defensas que éste opone a la terapia analítica y que son casi idénticas a sus fuerzas obstructivas. Lo que deseo no es tanto cuestionar el concepto como definirlo con más claridad.

En este sentido, lo que hoy digo difiere de lo que he dicho antes. Ahora, al hablar de los factores retardatorios, me aventuro en algo nuevo que intento aclarar. Creo que el primer paso hacia lo que voy a presentar lo di hace mucho tiempo en mi libro El autoanálisis. Sugerí que la resistencia, o como quiera que se lo llame, era la tendencia del paciente a mantener el statu quo. Tiempo más tarde amplié la definición de modo que incluyera no sólo el deseo del paciente de mantener el statu quo, sino también su deseo de mejorar el funcionamiento de sus neurosis. Es decir, el paciente desea conservar su neurosis, pero sin las dificultades y trastornos que le provoca. Las diferencias entre estos conceptos de la resistencia ya no nos parecen importantes. Anteriormente, cuando consideraba la resistencia como la necesidad de mantener el statu quo, hice una distinción entre la neurosis en sí misma y la necesidad de defenderla. En realidad esta distinción no estaba claramente definida, y hace poco tuve que asegurarme de lo que había escrito. Volví a leer el capítulo El camino de la terapia psicoanalítica de mi último libro, Neurosis y desarrollo humano. Desde el punto de vista que presento hoy, lo que escribí en ese capítulo no parece nada claro.

En cierto modo, cuando decimos que los bloqueos son lo que obstaculiza nuestro trabajo, queremos significar que tienen origen en las fuerzas obstructivas del paciente. Eso en parte es correcto. Empleamos el término fuerzas obstructivas para referirnos a las fuerzas que bloquean el progreso del paciente. Es decir, que no son de índole totalmente destructiva. Por ejemplo, si un paciente se siente impulsado a ser útil compulsivamente útil-, eso puede a veces ser provechoso para otras personas e, indirectamente, también para él. O bien una actitud de superioridad, el sentimiento de que no hay nada que no pueda hacer, puede impulsarlo a veces a enfrentar dificultades reales y, en este sentido, también puede ser de indiscutible utilidad. Debemos puntualizar sin embargo que el término fuerzas obstructivas tiene un marco de referencia específico, a saber, la obstrucción del progreso del paciente. El mismo punto de vista prevalece en la terapia porque deseamos ayudar al paciente a progresar. Cualquier cosa que impida su progreso y su desarrollo en la vida real también obstaculizará sus intentos y los nuestros de ayudarlo a progresar en la terapia. Su superioridad, su planificación, su control, su superación de las dudas sobre sí mismo, su convicción arbitraria de que tiene razón, perturban sus progresos en general y también perturbarán la terapia psicoanalítica.

Hasta ahora hemos dicho que los bloqueos son modos particulares con los que las fuerzas obstructivas se manifiestan en el proceso psicoanalítico. Se manifiestan allí de modos particulares, al igual que se manifiestan de modos particulares en la escuela, en el empleo, en relación con el trabajo o en el matrimonio. Sin embargo, si lo planteamos de esta manera, hablar de bloqueos o resistencia es bastante redundante, puesto que significa que los problemas que enfrentamos son en realidad las mismas dificultades neuróticas que llevan al paciente a tratarse. O bien podríamos decir que la terapia psicoanalítica es difícil porque el paciente aporta a ella todas sus dificultades neuróticas y nosotros, como analistas, tenemos que lidiar con esas dificultades. Esto resultará más claro si lo comparamos con la enfermedad orgánica.

Piensen en una fractura o en cualquier otra enfermedad. El cirujano tiene que habérselas con ciertas dificultades en la fractura. Es una fractura simple o compuesta? Es fácil de reducir? Hay infección? Y así sucesivamente. Pero en realidad el cirujano distinguirá como siempre lo han hecho los médicos (aunque es algo que se ha vuelto más explícito en estos días)- entre las dificultades propias de la enfermedad, digamos, la fractura, la tuberculosis o el cáncer, por una parte, y por otra, la actitud del paciente hacia la fractura, su actitud hacia la curación, su actitud hacia el médico. Desearía plantear esta pregunta: hay algo equivalente en la terapia psicoanalítica? No podemos esperar que las cosas sean tan claras como en el caso de la enfermedad orgánica, pero, es posible una distinción similar?

Todos tendemos a hacer una distinción ingenua entre los trastornos que presenta el paciente: digamos, por una parte, su ansiedad, su rigidez, su orgullo, su vulnerabilidad, y por la otra, su renuencia a hablar de ciertas cosas, su falta de motivación, su falta de cooperación, sus permanentes olvidos, su rechazo de las interpretaciones. Hacemos esta distinción sobre una base emocional, por así decir, ya que cuando pensamos en aquello nos damos cuenta de que la distinción no tiene sentido: el hecho de que el paciente calle algunas cosas es tanto una expresión de su estructura y dificultades neuróticas como lo es su ansiedad. O bien su negativa a verificar lo que el analista le dice su presunción de estar en lo cierto, por ejemplo- es tanto parte de su neurosis como lo son, digamos, sus trastornos psicosomáticos. Sin embargo, tenemos una actitud un tanto diferente hacia cada una de estas dos categorías de dificultades. Como dije, si pensamos en ello no le encontraremos sentido. Pero, si miramos cuidadosamente en nosotros mismos, descubriremos esta actitud o sentimiento de que se trata de dos categorías realmente distintas.

Permítaseme abordar la cuestión desde otro punto de vista. Cómo es el paciente ideal, el paciente con quien soñamos? Es un paciente que, suponemos, acude con todas sus dificultades. No podemos sino suponer tal cosa. Es decir, acude con su orgullo, sus vulnerabilidades. Estos factores que obran en el paciente también se dirigen hacia nosotros dentro del proceso analítico. Cuando llamamos su atención sobre un ejemplo particular de orgullo o vulnerabilidad, sobre los recursos que emplea para salvar las apariencias, el paciente ideal se mostrará deseoso de aprender al respecto. Dirá: Tiene usted razón. Ocupémonos de ese maldito asunto. Sin duda, este paciente hipotético, ideal, calla algunas cosas, consciente o inconscientemente, por la razón que sea, pero si advertimos su reserva y le demostramos: En este punto usted ha callado algo y eso no beneficia al proceso, y le mostramos exactamente el modo cómo algo lo puede perjudicar, dirá: Por Dios, tiene usted razón! Y estará ansioso por examinar el punto, y finalmente, por cambiar. O digamos que le mostramos su modo improductivo de vivir, o que advierte cada vez más por sí mismo su modo improductivo de vivir, el hecho de que no está utilizando sus recursos, de que no es creativo, de que no es feliz o lo que sea, en cuyo caso se mostrará ansioso por saber cuál es la causa, por adoptar una postura y por hallar una orientación más productiva. Aunque he dicho que éste es el paciente con quien soñamos, no es algo totalmente fantástico. Cosas así pueden ocurrir. Los de más experiencia entre ustedes quizás hayan tratado a veces esta clase de pacientes.

Les daré un ejemplo que nos llevará un paso más adelante. Se trata de una paciente que me ha impresionado mucho, y cuyo trabajo en el análisis ya he comentado varias veces. Se desempeña con mucha eficiencia como jefa de un organismo social: trabaja duro con gran dedicación, es buena organizadora y considera que los sindicatos son valiosos. En cierto momento los trabajadores sociales formaron un sindicato y a ella le pareció bien. Tenía la profunda convicción de que era una medida acertada. Pero, como es natural en un proceso semejante, y en especial tratándose de un sindicato, se produjo cierta tensión. Aunque tenía buen entendimiento con sus empleados, comenzó un período de transición en el que éstos se mostraron bastante belicosos. Ella era la jefa, y los empleados estaban luchando por sus derechos, aunque quizá la lucha no era del todo necesaria. Mi paciente se sintió terriblemente trastornada. Vino a pedirme consejo, ansiosa y deshecha en lágrimas. Tuvimos una conversación. Había de por medio dos factores neuróticos, de los cuales mencioné uno solo, a saber, su necesidad de afecto, y podría haber añadido, ciertas exigencias relacionadas con esa necesidad: ella había sido una buena jefa (lo era, en realidad). Es decir, siempre había mostrado consideración por los empleados, por sus sentimientos y necesidades. Cuando comprendió que se trataba de una tensión transitoria, su necesidad neurótica de afecto y su exigencia de ser estimada por sus subordinados cedieron. Nuestra conversación duró apenas dos horas, pero tuvo un efecto muy pronunciado y la ayudó a desprenderse de su excesiva necesidad de afecto y a reconocer el verdadero alcance de la situación. Muy pronto volvió a estar en buenos términos con sus empleados.

Ahora bien, cómo pudo lograrlo? Había en juego factores neuróticos bastante poderosos: su necesidad de afecto era muy grande, como también lo eran algunas de sus exigencias. Pero también entraban en consideración otros valores que para ella eran mucho más importantes. Estaban, para empezar, sus convicciones acerca de los sindicatos. Lo que es más importante, sentía una profunda devoción por su trabajo, de modo que si su necesidad de afecto y las exigencias a ella asociadas llegaban a interferir con la eficacia de su trabajo creando tensiones, tenían que ser abandonadas, como en efecto ocurrió. Podría parecer como si sólo estuvieran actuando fuerzas constructivas a las que la paciente podía recurrir. En realidad, no es así. Había también, como lo advertí más tarde, otro factor que hizo posible este rápido cambio, y que era que su profunda convicción de que Se trata sólo de mí, sólo de factores personales. Mi paciente sintió que esos factores que antes habíamos reconocido como su necesidad neurótica de afecto y su exigencia de que se le profesara estima- no debían interferir en su trabajo, por el cual sentía tanta devoción. En todo caso, había valores más significativos para ella que su necesidad y su exigencia neuróticas. Si su devoción al trabajo y a su trabajo analítico- no hubiera prevalecido sobre la neurosis, podemos suponer que se habría puesto a la defensiva y hubiera dicho: Después de todo, siempre he sido una buena jefa. Ellos podían confiar realmente en mí, podían tenerme confianza, y así sucesivamente. Pero no fue esto lo que dijo.

Por lo tanto, en este caso no es la dificultad neurótica en sí lo que determina la dificultad terapéutica. Nuestra pregunta es: se pone el paciente a la defensiva respecto de esas actitudes que se someten a examen? Esta paciente explora en lugar de defender. En otras palabras, se trata de la actitud del paciente hacia sus propias necesidades y exigencias neuróticas. Lo mismo puede decirse de cualquier otra situación. El paciente acude con su orgullo, sus vulnerabilidades, o sus modos de salvar las apariencias, o sus evitaciones. Estas son las dificultades con las que acude, y que dan lugar a dificultades en el tratamiento. Pero es provechoso distinguir esas dificultades de las defensas de que se vale para protegerlas. Es decir, lo que cuenta es, se pone a la defensiva respecto de su orgullo, por ejemplo? O está deseoso de analizar las cosas?

Por eso el tema de esta conferencia es Dificultades y Defensas. Esto no significa, repito, que las defensas no sean dificultades. Unas y otras presentan problemas en el tratamiento analítico, pero creo que es provechoso distinguirlas. Si aceptamos esto, debemos preguntar: qué defiende el paciente?

Evidentemente, el paciente no defiende la neurosis en su totalidad. Hay ciertos factores de los que le gustaría librarse. En primer lugar, le gustaría librarse de algunos síntomas que lo perturban realmente, como la ansiedad invalidante, el odio a sí mismo o lo que sea. Pero no sólo desea librarse de los síntomas. También quiere librarse de sus inhibiciones, sean cuales fueren. Le desagradan su incapacidad para reafirmar sus sentimientos o creencias, su timidez, su incapacidad de decir no. Sin embargo, defiende lo que para él son valores subjetivos de la estructura neurótica. O, para decirlo de otro modo, cada vez que el paciente se pone a la defensiva, hay en juego un valor subjetivo, siempre que, para volver al ejemplo de la jefa del organismo social, ese valor subjetivo no sea superado por algo más importante, por prioridades. Y estas prioridades serán, en primer lugar, sus fuerzas constructivas. Sin embargo, entre las prioridades puede haber también elementos neuróticos. Por ejemplo, consideremos la historia de Ignacio de Loyola. A cierta altura de su vida decidió que la carrera de santo era más importante para él que disfrutar del solaz que podían procurarle las mujeres. Y su determinación, su férrea voluntad de amoldarse a esa santidad fue para él mucho más importante que sus conquistas femeninas. Tenemos aquí a un hombre que decidió lo que quería al comienzo de su carrera (Es difícil juzgar si más tarde tuvieron peso otras motivaciones verdaderamente religiosas). La carrera de santo le parecía más importante que cualquier otra cosa. Su determinación le permitió renunciar a multitud de cosas que, por comparación, tenían poca o ninguna importancia.

Como sabemos, en muchos casos las actitudes del paciente hacia sus propias tendencias están divididas. Por ejemplo, muchos pacientes aprecian su carácter vengativo porque lo consideran un arma necesaria o un medio de justificarse, de sentirse superiores a los demás. Pero en otros aspectos o en otras oportunidades detestarán su carácter vengativo o les provocará temor. En otro ejemplo, un paciente deseaba más que ninguna otra cosa la espontaneidad, pero su temor a la crítica determinaba que nada fuera para él más terrible que la espontaneidad. Por lo tanto, su actitud estaba dividida. También aquí debemos saber con certeza y no dejarnos engañar por el hecho de que el paciente ponga de relieve su deseo de algo como la independencia o la espontaneidad. Si después de un largo período no ocurre nada en ese sentido, si no consigue desarrollar lo que dice que es su deseo, aún debemos preguntarnos: Qué es realmente lo que está en juego aquí? Está defendiendo el paciente ciertos valores subjetivos?

Lo que quiero decir está muy bien ilustrado en una novela de Pearl Buck. Un médico vio a un hombre que tenía un tumor en la parte posterior del cuello. Como era un médico que se preocupaba realmente por la salud de la gente, le dijo al hombre que haría bien en ir a un hospital para que hicieran algo con su tumor. Oh, no, dijo el hombre, mi alma está en ese tumor. Es decir que subjetivamente valoraba ese tumor como su alma. Antes de examinar estos valores subjetivos, quiero referirme a una objeción que puede confundir los problemas. A esta altura podríamos preguntar: La neurosis en sí misma, no es en todo o en parte una defensa?

Si fuera así, las defensas que vemos en la terapia psicoanalítica serían entonces los medios habituales de que se vale el neurótico para defender su estructura neurótica o algunos aspectos de ella. Creo, sin embargo, que la opinión que he escuchado en nuestro Instituto No es la neurosis en todo o en parte una defensa?- en el mejor de los casos sólo se justifica desde un punto de vista histórico-genético. Consideremos el afecto o el amor o el poder neuróticos. Estos han surgido, si se desea plantear las cosas de ese modo, como defensa contra la ansiedad básica, como medio de sentirse más seguro. En ese sentido se los podría llamar movimientos defensivos. Si, no obstante, dejamos de lado los orígenes de esos impulsos y los contemplamos desde un punto de vista fenomenológico, y nos limitamos a tratar de describir las cualidades de esos impulsos, podemos decir: he aquí impulsos digamos el anhelo de poder-, impulsos tan fuertes que Freud, por ejemplo, los consideraría de naturaleza instintiva.

Pero hay otras posiciones neuróticas de una cualidad más inmediatamente defensiva, que alivian la ansiedad, y protegen contra los daños o protegen contra el derrumbe a partes de la estructura. Consideremos, por ejemplo, la rectitud arbitraria. No se trata de un impulso. Se trata principalmente de una actitud defensiva, en el sentido en que empleo aquí el término: la rectitud arbitraria elimina las dudas sobre sí mismo, proporciona una piel protectora, como el baño de Sigfrido en la sangre del dragón. Protege contra la crítica. De modo que el paciente la trae a la situación analítica. Esa rectitud arbitraria, es ahora una dificultad o una defensa? Pienso que ambas cosas. Naturalmente, crea una dificultad en el análisis del paciente, pero lo que cuenta es si éste se pone a la defensiva respecto de esa rectitud, o la examina, considerándola un problema que debe ser analizado. Ahora bien, en el análisis hará primero una cosa y luego la otra. Puede muy bien ponerse a la defensiva y decir sencillamente: Ocurre que yo sé que tengo razón. Esto significa que cree que siempre tiene razón. O, por otra parte, puede decir (como lo hizo uno de mis pacientes) que le importa un ardite si tiene razón o se equivoca, pero que las cosas son como él las ve, lo cual es otro modo de defender su rectitud. Más tarde ese mismo paciente puede llegar a considerar esa misma rectitud como un problema. Habrá aprendido en el intervalo que constituye una dificultad para la terapia. Habrá aprendido acerca de sí mismo y podrá aceptarse mejor. Es decir, más tarde puede estar deseoso de considerar esa rectitud arbitraria como un problema y examinarla. Podríamos decir que su rectitud arbitraria es primero una dificultad cuya defensa asume, y más tarde una dificultad que desea analizar. O sea que, en lo que se refiere a las actitudes primariamente defensivas, tendríamos que hablar de la defensa de una defensa.

 

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Veamos ahora los valores subjetivos que defienden los pacientes. Estos valores subjetivos son de dos clases. Una se compone, en síntesis, de valores positivos que el paciente defiende porque piensa que implican algo precioso. Además están los valores protectores o defensivos, que no aprecia por sí mismos, pero los considera indispensables como protección contra algo. El equivalente sería, en escala nacional, que podemos salir en defensa de algo que consideramos precioso, digamos nuestro modo de vida democrático, y que también podemos salir en defensa de algo que sirve realmente para defendernos, digamos nuestros recursos o secretos militares. La mayor parte de las actitudes o defensas que encontramos en la terapia analítica deben ser consideradas desde ambos puntos de vista. Tomemos por ejemplo el impulso al poder en cualquiera de sus formas. Es algo que el paciente considera un valor positivo, pero también sirve de protección contra el sentimiento mucho más temido de desamparo.

Asimismo podemos observar que hay diferencias en la medida en que algunas actitudes tienen un componente defensivo: algunos valores subjetivos son principalmente defensivos y otros son principalmente positivos. Por ejemplo, consideremos la diferencia entre una persona que tiene un impulso hacia el poder y otra que tiene igualmente un impulso, pero hacia un rígido autocontrol. La primera posee un valor más positivo porque presenta un gusto por la vida. La segunda posee lo que es principalmente un valor protector. Hablando de los valores positivos, a esta categoría pertenece todo lo que da a una persona gusto por la vida, un sentimiento de significado o satisfacción, o brinda un sentimiento de valía, fuerza o corrección.

En esta categoría de valores positivos que el paciente defiende, considero que el primero entre ellos es el impulso apasionado, que da a la neurosis un carácter demoníaco: después de todo, se decía en un tiempo que esas personas estaban poseídas por demonios. Es una buena descripción. Las personas son poseídas por la ambición o el poder. O bien las personas están obsesionadas por reformar el mundo, personas como Calvino o Savonarola. O bien son impulsadas inexorablemente hacia el amor, porque esperan que colme sus vidas y les confiera un significado.

De igual modo incluimos a las personas que se ven impulsadas a un desempeño masoquista, como Sacher-Masoch, quien describió el masoquismo, palabra que deriva de su nombre. Eso era lo que le proporcionaba satisfacción. Sin esto, para Sacher-Masoch la vida hubiera sido muy vacía. La misma cualidad impulsiva se advierte en los que manifiestan impulsos sádicos. En una oportunidad, después de haber publicado Nuestros conflictos interiores, recibí una carta de una persona. Me escribía, llena de desprecio, que yo era una tonta. Yo no tenía ni la más remota idea de lo maravillosos que eran esos impulsos sádicos. Lo hacen sentirse vivo a uno, decía. Y son un verdadero impulso; decía, a su manera, que el sadismo daba sentido a su vida, la que de otro modo sería muy vacía. La misma fuerza impulsiva se observa en la explotación, el regateo, el impulso al triunfo vengativo, tanto como en la venganza simple y concreta. Vemos un impulso similar, aunque más encubierto, en aquellos que sienten un impulso a la delicia de destruir y frustrar con el fundamento de que Yo soy desdichado. Por qué habrían de ser felices los demás? Y si uno no puede sentir alegría a causa de la desesperación o lo que sea, entonces la única salida, el único modo de lograr que las cosas tengan algún significado, puede ser destruir, frustrar. Tenemos aquí impulsos que sin duda las personas perciben como eminentemente positivos, puesto que las hacen sentirse vivas, les procuran ciertas emociones o satisfacciones. Les proporcionan un sentido, un gusto por la vida.

Hay otros medios de llegar a sentir que la vida tiene significado, y este sentimiento es muy importante para un neurótico, quien se encuentra tan alienado que debe buscarlo o bien llevar una vida superficial. Esta búsqueda puede conducir a que tenga muchos amigos que cuiden de él, a que resulte aceptable para otras personas, a que ayude a los demás, a que viva para otras personas y a través de ellas, como lo hace mucha gente en su matrimonio, y a que trabaje, aunque su trabajo tenga un carácter compulsivo. Esta búsqueda puede también reflejarse en los muchos factores neuróticos que confieren a una persona un sentimiento de valía, de fuerza, de tener razón. Pienso aquí en las varias clases de orgullo, en la idealización de sí mismo, en la insistencia en ser aceptado por los otros, de ser útil a los demás y así sucesivamente. Hay muchos modos diferentes de adquirir y conservar un sentimiento de valía, o un sentimiento de fuerza a través de una sensación de dominio, como por ejemplo al tomar venganza contra otros, logrando así la ilusión de omnipotencia. Puesto que son sin duda nuestros sentimientos lo que nos hace sentir vivos, nuestros sentimientos de tener sentido y valía se relacionarán con valores positivos que serán fuertemente defendidos.

Sin duda esta lista que he dado de los valores positivos que son preciosos para el paciente, es incompleta. La lista que daré a continuación de valores defensivos o protectores que el neurótico emplea para mantener a salvo los valores positivos, también será incompleta. Entre ellos están las defensas neuróticas contra la ansiedad, tales como las maniobras de distracción, las actividades narcotizantes como beber, dormir, etc. Podemos, al menos en parte, incluir entre los valores protectores las defensas alienantes que reducen la ansiedad, los medios de desviar la fuerza destructiva de los conflictos: la negación neurótica de los conflictos, la compartimentalización, las tentativas de aumentar la eficiencia, el cinismo. Otra clase de defensa protectora sería todo lo que el paciente opone a la crítica, al sentimiento de culpa, al autodesprecio o al odio a sí mismo. Su empeño en ser perfecto es un ejemplo de esa defensa: su intento de cumplir sus debería, o al menos de aferrarse a la ilusión de que los cumple, su rectitud (por medio de la cual elimina todas las dudas que pueda tener), su control, sus simulaciones. Todos estos movimientos defensivos sirven para protegerlo principalmente contra el desprecio y el odio a sí mismo, pero también contra la crítica de los demás. Muchas personas modestas evitan la frustración persistiendo en sus restricciones, manteniéndose en la sombra.

Volviendo a algo más general, hay defensas contra la ansiedad, la desesperación y la desesperanza. Estas dos últimas, la desesperación y la desesperanza la percepción de la vacuidad de la propia vida-, surgen en última instancia de la alienación, del aislamiento de las experiencias interiores. Uno puede defenderse de esa sensación de vacío recurriendo a las compañías amenas, al trabajo, a la vida superficial, al optimismo superficial. Hay toda clase de defensas contra las heridas y las desilusiones. Análogamente, hay una variedad de defensas contra el sentimiento de sucumbir al caos, de perderse, de caer en la inercia. Vemos estas defensas en las personas que necesitan atenerse a sus rígidos debería porque sienten que no hay ninguna otra cosa a la que puedan aferrarse: Esos debería me proporcionan al menos una cuerda de la que tomarme y traen algún orden a mi vida. Entre estas defensas se destaca la exteriorización difusa, la tendencia a examinar los procesos internos como si ocurrieran fuera de uno mismo. También debemos tener en cuenta la rectitud arbitraria (la eliminación de las dudas sobre uno mismo). La convicción de que uno se las arregla es otra de esas defensas.

En el análisis, todos los valores subjetivos son cuestionados. Esto es algo que también puede ocurrir fuera del análisis. Pero sin duda en el análisis son más atacados sistemáticamente que en ninguna otra parte en la vida. De ahí que, mientras el paciente los considere preciosos e indispensables, deba ponerse a la defensiva. Esto se observa en tres áreas: en el trabajo propiamente dicho con sus problemas, en su actitud hacia el terapeuta y en su actitud hacia la terapia como tal.

Lo que he sostenido aquí es que cuando un paciente está a la defensiva, hay a menudo un valor subjetivo en el centro de los bloques, y es útil preguntarse cuál es el valor subjetivo que está siendo defendido. Esto conduce en general a un estudio más elaborado de los valores subjetivos en la neurosis. Sin duda conocemos algunos de esos valores y he mencionado algunos. Sin embargo, sería útil realizar un estudio mucho más elaborado y definido de esos valores subjetivos. El paciente acude al análisis con sus dificultades particulares, lo mismo que cuando toma un empleo o inicia una relación humana. Estas son a mi juicio las dificultades con las que debemos luchar. Pero estas dificultades deben distinguirse de los bloqueos o defensas que opone el paciente para proteger esos valores subjetivos. Para que la labor analítica tenga éxito es necesario que el paciente esté dispuesto a examinar, verificar, profundizar, acosar un problema y, eventualmente, a cambiar.

Karen Horney

Ref.: Últimas Conferencias, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1989.

 

 

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