Todo el mundo habla de amor; pero bien pocos están conscientemente despiertos a las más altas posibilidades entre hombre y mujer ! Hay muchas formas de amor; pero deberíamos distinguir al menos dos niveles fundamentales en los que el amor puede operar hoy en día. Puede operar como impulso inconsciente, biológico, social y psicológico o bien como poder conscientemente reconocido, polarizado y transfigurado, utilizado por personalidades maduras al servicio de un objetivo suprapersonal libremente aceptado. Cuando el hombre y la mujer llegan a verse y evaluarse mutuamente a la luz de los nuevos ideales de masculinidad y de femineidad, cuando sus sentidos de participación deliberada y productiva en el Todo universal y social crece en intensidad y en capacidad de incluir, el amor que da fuego y sustancia a su unión debe necesariamente tomar un nuevo carácter, una nueva cualidad.

Hoy sería necesario comprender y definir esta cualidad de una manera tan clara, tan vital, tan inclusiva y convincente como fuera posible, ya que es de su desarrollo y de su expresión generalizada durante la Nueva Era de lo que dependerá la cualidad fundamental de todas las relaciones humanas de base, de los matrimonios y de los intercambios sociales, de la cultura y del comportamiento. La cualidad esencial de toda sociedad humana deriva de la cualidad del amor que une a sus hombres y mujeres.

 

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Cuando la ley tribal opera como compulsión instintiva incontestada, porque no hay individualidad suficientemente desarrollada entre los miembros de la tribu para contestarla, la unión del hombre y de la mujer está completamente condicionada por objetivos bioculturales. El hombre labra el suelo y es feliz al sentir la liberación muscular de la energía y un trabajo fructuoso. Del mismo modo, él desposa la naturaleza-tierra de la mujer y encuentra su felicidad en la liberación sexual y en su progenie. Está profundamente apegado a la sustancia productiva que él fecunda con su simiente, ya sea la tierra negra o un cuerpo vibrante. Este apego es funcional e instintivo; tiene profundas raíces en el inconsciente colectivo de todos los seres humanos. Es una fuerza compulsiva que obra en un nivel en el que no hay libertad de decisión o de selección, donde no hay personalidad. Sin embargo, es una fuerza productiva. Su única finalidad reside en el mayor incremento posible de simiente y de sustancia y, en una etapa ulterior de la evolución humana, de mercancías utilizables y de productos cultivados.Cuando ideales trascendentes comienzan a superponerse a las finalidades de la productividad biológica y cultural y buscan a fin de cuentas minimizarlos, cuando la intensidad devocional del místico o del santo se nutre de ascetismo y de experiencia subliminal o de martirio, entonces surge un nuevo tipo de amor que está dotado de un valor espiritual. Sin embargo, en este amor permanece esencialmente un tipo de emoción compulsiva, ya sea amor a Dios o a cualquier persona o imagen deificada. La pasión por el más allá puede ser una fuerza tan tiránica como el apetito sexual; sus raíces están profundamente sumergidas en el inconsciente y en el fatum. Las hojas verdes de una planta son irresistiblemente atraídas por la luz del Sol de manera que puedan realizar su función vital de fotosíntesis. De manera similar, el devoto vuelca su naturaleza emocional hacia una imagen trascendente, en el teotropismo de un amor que aspira a captar el esplendor de la divinidad y a fijarla en la sustancia-hoja de una humanidad aún muy lejos de la condición de personalidad-semilla madura.

Cuando, ulteriormente, la tendencia al individualismo comienza a afirmarse, cuando el intelecto racional y sus perspectivas analíticas atomizan la sociedad y aíslan los egos unos de otros, cuando los complejos y temores personales y las aspiraciones apasionadas a una experiencia de unión y de pérdida de sí mismo en el otro, desgarran el alma perdida, un nuevo tipo de amor compulsivo se desarrolla. Es el amor basado en el vacío y en la necesidad psicológicos. Es el amor del romántico, el amor de egos adolescentes atemorizados por la responsabilidad de ipseidad consciente y productiva. Es el erotropismo de personalidades inseguras que buscan recalentarse o ser consumidas por el fuego de Eros convertido en universal e impersonal. Este tipo de amor tiene como finalidad inicial estimular a la actividad la sustancia del alma, liberar el fuego emocional; atravesar, como un relámpago, la inercia de la carne y de la psiquis inconsciente ligada a la tierra. Vibrar, sentirse vivo y en un estado de movimiento interior, en un estado abrasador: tales son las necesidades del tipo de personalidad adolescente, del mismo modo que el alma virgen del devoto y del místico tiene necesidad de experimentar el éxtasis del amor divino, buscar el fuego del abandono de sí a la irrupción de la sustancia-luz universal.

En los dos casos, la finalidad del amor se pierde en el estremecimiento o en el éxtasis de la experiencia del amor. Los participantes son interiormente impulsados hacia el fuego torturador o hacia la luz cegadora de este amor. Prácticamente no hay selección consciente. El individuo está enamorado del amor. Él no se da cuenta conscientemente de los actos de amor por o con otro ser, ya sea este ser humano o divino. El no comparte, deliberadamente, su plenitud con otro, simplemente porque todavía no es una personalidad madura, porque su amor está condicionado por la privación y la esclavitud. Es una tentativa irracional y apasionada para compensar un egocentrismo juvenil o ulteriormente cristalizado, para quemar las estructuras limitantes del ego individual, para liberarse de sí mismo y convertirse en uno con el todo, y en primer lugar con el amado. En ciertos casos es una rebelión violenta de los seres humanos que buscan reafirmar su ego individual contra los tabúes de la vida tribal o contra las tradiciones, la ligereza y las apariencias de la sociedad.

En todos los casos, este amor, que tiene la naturaleza del fuego, busca la liberación y la emergencia en un dominio de poder y de actividad mayor o más vasto. Consume límites y servilismos; es una fuerza revolucionaria, un fervor emocional que desea ardientemente lo más allá trascendente. Presenta un vivo contraste con el amor tribal que es flameante y que aureola el trabajo que se ha hecho conjuntamente, que es una fragancia natural de una realización común en un sentido instintivo-cultural, un sentimiento feliz de participación conjugado con un organismo colectivo cuya ley estructural no es puesta en tela de juicio y que jamás es sentida como una esclavitud. Este amor biológico-social es una expresión de la voluntad de la productividad incrementada; sirve y glorifica a la simiente. En cambio, el amor del místico cristiano, de Tristán e Isolda, o de Dante por Beatriz, es un fuego devorador que trastorna, desraíza, libera y transfigura o enloquece – a los hombres y a las mujeres que desean desesperadamente liberarse del ego y de las reglas sociales y que aspiran ávidamente al mar infinito de la consciencia cósmica.

En la mayor parte de los casos, el fuego de este amor surge del sexo; pero el sexo en absoluto debe ser comprendido aquí en términos de la liberación de un poder fundamental, de esencia electromagnética con armónicos psíquicos muy potentes. No es el sexo con la finalidad de engendrar una progenie (el sexo procreador) sino la unión sexual vista como un medio para vencer la diferenciación y la polarización, para estimular en el alma la voluntad de fusión con el otro, triunfando sobre la separatividad individual, sobre el aislamiento personal y sobre la soledad. Bajo el abrasador calor psíquico engendrado por este amor sexual pero no procreador, los esquemas moleculares y atómicos de la ipseidad individual se ven profundamente modificados. La personalidad puede verse ionizada, desprovista de todo lo no esencial, libre de unirse en el éxtasis con otros individuos, bajo el poder compulsivo de energías de la raíz común, donde todos los hombres son uno en una unidad inconsciente.

Cuando está finalmente disociado del sexo, este amor que trasciende el ego y que borra la diferencia, puede ser interpretado y vivido como un impulso de unión con el Uno o, a través de un uno, con el Todo. El amante trascendente puede buscar una unión interior con Dios o una comunión exterior con la humanidad. Pero, cuando la primera búsqueda alcanza su objetivo, debe siempre desembocar en el tipo de vida ilustrado por un Buda o por un Cristo. El que se ha convertido en uno con Dios, debe asumir la carga espiritual de una humanidad descarriada y esclava de la tierra. Debe constantemente esforzarse en transformar la inconsciencia y las oscuras compulsiones del instinto en iluminación consciente. Debe demostrar la caridad irradiante que transfigura el servicio del pobre y del herido en acto de amor por todo el género humano.

Este amor compasivo no es productor de semilla, pero libera progresivamente a la humanidad en su conjunto del servilismo respecto al pensamiento de separatividad y a la inevitabilidad aparente del conflicto y de la guerra; es un poder unificador. Integra las realidades esenciales de individuos, de grupos y de naciones consumiendo en su fuego lo no esencial que engendra división y odio. Busca reconstituir, a nivel consciente, en personalidades maduras, la unidad primordial inconsciente del estado tribal, y a reconstituirla en la inclusividad total. La unanimidad tribal excluye todas las demás tribus; pero el amor trascendente traspasa las fronteras, las culturas, los credos. Tiene como finalidad el mundo uno de una humanidad global verdaderamente organizada. Con este fin, es partícipe de la ciencia y la tecnología modernas gracias a las cuales la unidad del mundo se ha convertido en un hecho real, concretamente experimentable, que ningún hombre honesto e inteligente puede ignorar.

En sus tentativas conjugadas y multipersonales para establecer un conjunto de verdades aceptables por todos los hombres por ser evidentes en sí mismas, la ciencia, como el amor trascendente, triunfa sobre las barreras rígidas con las cuales las culturas tradicionales, las religiones organizadas y el orgullo racial han asediado y obstaculizado las colectividades humanas diferenciadas. Las técnicas científicas pueden elaborar los medios generalizados necesarios para una comprensión mutua y para el intercambio personal a gran escala, si son dirigidas espiritualmente. La ciencia también es liberadora de fuego: el fuego contenido en el átomo que podría constituir la base necesaria para la integración de todos los pueblos. Y si la energía atómica es potencialmente destructora de estructuras obsoletas y de nacionalismos regresivos, el amor lo es también, pues es un fuego consumidor, una fuerza iconoclasta que destruye por el fuego las cristalizaciones personales y los objetivos prescritos por el llamamiento de porvenires creadores. Hasta que el hombre se haya establecido, individual y colectivamente, sobre el plano de la inteligencia consciente y de la capacidad de respuesta madura a los principios creadores universales, hasta que haya alcanzado el estatus que es solamente posible a la persona verdaderamente individualizada, hasta ese momento deberá haber destrucción por el fuego, deberá haber trascendencia y victoria.

Pero llega, por fin, el día en que el amor actúa de nuevo como servidor de la productividad: una productividad que ya no está condicionada por una compulsión instintiva e inconsciente y que no tiene ya un carácter biológico y tribal, sino que es la coproductividad de personas maduras en y a través de las cuales actúa Dios como Creador Universal. La clase de semilla que esta coproductividad busca incrementar por un tipo de cultura que trasciende la tierra, es una semilla ideal-espiritual o, simbólicamente hablando, celeste. La semilla de la inmortalidad personal del hombre y la semilla de una nueva cultura fundada en la plenitud del intercambio humano consciente.

La coproductividad de personas maduras en las que, y a través de las que Dios actúa el Dios Creador Universal – ofrece las bases únicas sobre las que puede construirse una nueva imagen del amor que nuestra humanidad moderna tiene necesidad tan aguda de ver exteriorizada en la estructura de sus matrimonios y de todas las actividades sociales que reúnen a hombres y mujeres en calidad de copartícipes y, potencialmente, compañeros. Estas frases pueden transmitir una tonalidad mística que las hace sonar extrañamente, de manera inasible o desprovista de sentido, para la comprensión del intelecto moderno de uno o de otro sexo.

Se refieren, sin embargo, a las realidades más profundas de la consciencia y del amor humano. Se puede penetrar en el sentido de estas realidades si uno ha abandonado su confianza en las superficialidades o en el idealismo trascendente de una sociedad ávida de plenitud de vida, oponiendo, al mismo tiempo, incesantes obstáculos a la irrupción de poder y de visión que es la única que puede aportar al hombre la consumación, la paz y el sentido de participación en los valores inmortales. Hay coproductividad de personalidades maduras cuando el hombre y la mujer se unen, como personas individuales, para realizar deliberadamente, en la cooperación y el amor plenamente conscientes, actividades productivas. Es una producción que viene desde la personalidad, mientras que la producción instintiva inconsciente del hombre y de la mujer ceñidos a los esquemas biopsíquicos de comportamiento y de sentimiento o desesperadamente conducidos por su sed de trascendencia y de rechazo de estos esquemas – es una producción dirigida hacia la obtención final de una personalidad madura.

Sin embargo, el estado de personalidad verdaderamente madura jamás es realizado antes de que la persona individualizada no sea capaz de desprenderse de lo que C. G. Jung ha llamado la tensión del consciente y de aceptar un modo de vida transpersonal; antes de que el individuo, hombre o mujer, no haya triunfado sobre la estrechez de un ego obsesionado por la preocupación de mantener su estructura tan rígida de manera que se encuentre completamente cerrado a todo influjo de poder.

Una personalidad verdaderamente madura opera en la trama estructural de un ego relajado. El centro de este ego relajado es capaz y está impaciente por abrirse al descenso de la energía universal y de las realizaciones ideo-espirituales. En otro sentido, es como una lente a través de la cual las vastas corrientes de la mente universal son dirigidas hacia un punto de focalización de una densidad tal que toman la forma de ideas y palabras: imágenes y símbolos emocionalmente estimulantes. La primera alternativa (el centro abierto), si no es tomada en un sentido demasiado literal, describe lo que significa arquetípicamente la vía transpersonal para una mujer que es una persona consciente individualizada. La segunda alternativa ( la lente clara como un cristal) da una clave básica para la naturaleza interior del hombre que ha alcanzado un nivel similar de desarrollo. En los dos casos, el hecho esencial es que el espíritu universal puede actuar a través del ego individual, e impregnar, con la finalidad y el poder de Dios, el organismo total de la personalidad.

A través de la lente clara como un cristal en el corazón del ego del hombre, la finalidad de Dios está focalizada en una idea formulada, en una estructura operativa (planos y programas de trabajo). A través del centro abierto en el corazón de la personalidad consciente e individualizada de la mujer, la potente corriente del Espíritu Santo fluye. Cuando el hombre y la mujer unen sus seres en el ritual de un amor transpersonal, conscientemente inclusivo, la emanación bipolar de lo divino se convierte en un acto de poder transformador y concretamente creador. Este es realizado a través, por intermedio del amor del hombre y la mujer. Este amor es conscientemente coproductor, y no compulsivo e inconsciente. No está enraizado en el instinto biopsíquico. Por el contrario, es una respuesta deliberada a la necesidad de la humanidad, cualquiera que sea esta necesidad.

A nivel biopsíquico, el macho y la hembra están unidos, bajo el violento impulso del instinto, para proveer una agencia bipolar a través de la cual la vida podrá obrar. En este tipo de unión, el hombre y la mujer actúan como portadores de esperma y de óvulos y no como personas individuales. Incluso cuando el acto puramente instintivo desarrolla potentes armónicos de sentimientos, emociones ideales personalizadas, incluso cuando el amor apasionado surge como una llama devoradora del horno del sexo flameante y trata de negar su fuente biológica, incluso entonces, a menos que no sea bloqueado artificialmente, el encuentro del esperma y del óvulo se efectúa bajo el control de la vida genérica impersonal que anima a la especie humana y asegura su perpetuación, a pesar de los deseos humanos personales o de los planes superficiales. La Vida es el Actor a través de los hombres y de las mujeres inconscientes de sus planes.

Cuando hombres y mujeres son capaces de obrar a nivel ideo-espiritual, la vida es suplantada por el Espíritu divino creador. Este Espíritu divino actúa en y a través del hombre y de la mujer consagrados que unen consciente y deliberadamente sus seres para que la necesidad de la humanidad pueda ser colmada y que su participación, voluntariamente asumida al gran designio planetario, pueda ser plenamente consumada. En este acto creador del Espíritu a través del hombre y de la mujer, el amor alcanza su expresión más perfecta; es entonces la divinidad en acción. Dios es amor, no un sentimiento de unidad vagamente idealista o la abrasadora y penetrante pasión que desea ardientemente el éxtasis del olvido de sí mismo y de la beatitud trascendente, sino el amor que es clara respuesta creadora a la necesidad del mundo.

El Espíritu es siempre, lo repito, una respuesta creadora a las necesidades del mundo. La Creación no es un juego, como quisieran hacernos creer los filósofos hindúes que han tratado de reaccionar contra el funcionalismo y el totalitarismo de la sociedad brahmánica. La Creación es la respuesta de Dios a un mundo en el caos, a la necesidad de aquello que ha llegado a vivir la desintegración total y la atomización de la materia completamente privada de la luz del espíritu. La Creación es la perpetua reinstauración de la armonía universal. Es un acto de ideación integradora por la inteligencia divina que es la armonía absoluta.

 

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El hombre y la mujer pueden, conscientemente y en la plena productividad de su humanidad total, tomar parte en este acto siempre renovado de creación divina. Pueden hacerlo de manera incompleta, como personalidades aisladas, porque la globalidad del universo y la plena esencia de la divinidad están latentes en toda persona individual. Sin embargo, para llevar lo que es latente y solamente potencial a una condición de actualización total y de eficiencia completa, la persona individual debe, más allá de las fronteras de su ego, tender hacia aquellos con quienes, en la interdependencia y la consagración conjugada, puede consumar el ritual del Espíritu. El hombre tiende hacia la mujer; la mujer tiende hacia el hombre. Y ambos pueden saberse partícipes de una vasta compañía de personas consagradas que, a partir de la raíz de la humanidad común del hombre, construyen la simiente última y global, el Hombre. En este hombre se realiza el designio creador de Dios, en lo que concierne a la humanidad en esta tierra. En este Hombre bipolar se concretiza plenamente el Verbo divino que era al principio, y se condensa el poder de la naturaleza divina donde, como en la simiente, la estructura arquetípica y la potencia de vida están combinadas.

Dane Rudhyar

 

Extractado por Alberto Carvajal de
D. Rudhyar.- Preparaciones Espirituales para una Nueva Era.-
Editorial Heptada.- Madrid.

 

 

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