El movimiento del potencial humano
En la mitad del siglo XX, el centro de atención predominante de la psicología en occidente era el estudio de la mente humana en relación con nuestras acciones en el mundo exterior; en otras palabras, la investigación de nuestro comportamiento: el Conductismo. Siguiendo el paradigma mecanicista, que antes había llevado al modelo del estímulo/respuesta, los psicólogos buscaban un principio o fórmula clave al cual pudiera reducirse toda la acción humana.

El único avance importante en el estudio de la psicología humana se logró en la psiquiatría según el modelo de patología médica creado por Sigmund Freud. pensador de fines del siglo XIX. Freud había analizado en profundidad la estructura de la mente basando sus teorías en conceptos simplificadores y biológicos aceptables para el paradigma mecanicista.

Freud fue el primero en postular que los traumas de la infancia a menudo derivaban en miedos neuróticos y reacciones de las que los seres humanos en general no eran conscientes. Así llegó a la conclusión de que el comportamiento de la especie humana era motivado simplemente por el impulso de aumentar el placer y evitar el dolor.

Sin embargo, durante la década de los 50, los misterios revelados por la nueva física, la creciente influencia de las filosofías orientales y los movimientos duales del existencialismo y la fenomenología en la filosofía occidental inspiraron una tercera postura teórica en psicología. Esta nueva orientación fue dirigida por Abraham Maslow, que, con un grupo de otros pensadores y escritores, propició una forma más completa de estudiar la consciencia humana.

Estos científicos, que rechazaron el behaviorismo (conductismo) por considerarlo demasiado abstracto y las teorías de Freud por estar demasiado obsesionadas con los deseos sexuales sublimados, se propusieron estudiar la mente centrando la atención en la percepción en sí. Muy marcada fue en este sentido la influencia de Oriente, donde la consciencia se estudiaba desde adentro, en la forma que cada ser humano la experimenta. A lo largo de nuestra vida, miramos el mundo a través de nuestros sentidos, interpretamos lo que sucede a nuestro alrededor basándonos en nuestros recuerdos y expectativas y usamos nuestros pensamientos e intuiciones para actuar. Este nuevo enfoque psicológico fue llamado “humanismo” y se desarrolló a pasos gigantescos durante las décadas de los 60 y 70.

Los humanistas no negaron que muchas veces somos inconscientes respecto de lo que motiva nuestro comportamiento. Coincidieron en que los seres humanos tienden a restringir su experiencia repitiendo a menudo libretos y patrones de reacción pensados para reducir la ansiedad; pero los humanistas también se concentraron en qué pueden hacer los seres humanos para liberar sus puntos de vista y trascender sus esquemas para abrirse a la experiencia humana más elevada que está a su disposición.

Esta nueva perspectiva trajo aparejado un redescubrimiento del trabajo de Carl Jung, el psicoanalista suizo que se apartó de Freud en 1912 para desarrollar sus propias teorías, entre ellas el principio de sincronicidad. Según Jung, cuando miramos el mundo, nuestros impulsos interiores no son sólo evitar el dolor y maximizar el placer hedonista, como pensaba Freud, aunque en los niveles más bajos de consciencia pueda parecer así. Nuestro impulso más grande, para Jung, apunta a la plenitud psicológica y la autorrealización de nuestro potencial interno.

En esta aventura contamos con la ayuda de vías ya establecidas en el cerebro, que él llamó “arquetipos”. Al crecer psicológicamente, podemos concretar o activar estos arquetipos y por lo mismo avanzar hasta la autorrealización. La primera etapa de crecimiento es la de diferenciación, durante la cual tomamos consciencia de nosotros mismos en el medio cultural donde nacimos y empezamos a individualizarnos. Esto significa que debemos encontrar un segmento propio en el mundo que aprendimos en la infancia, un proceso que incluye educarnos, establecer una economía y encontrar una forma de ganarnos la vida.

Al hacerlo, agudizamos el poder de nuestro yo y nuestra voluntad, reemplazando nuestro conjunto de reacciones automáticas aprendidas, por una forma lógica de interpretar los hechos que se convierte en nuestra propia forma de ponernos de pie y extender nuestro yo al mundo como persona única con visiones singulares. Esta etapa es en un primer momento un poco narcisista (egoísta) y en general exagerada (egotista) pero a la larga activa lo que Jung denominó el “arquetipo del héroe”. A esa altura estamos listos para encontrar algo importante que hacer en la cultura; nos sentimos orgullosos y estamos decididos a llevarlo a cabo.

Al seguir creciendo, superamos la fase del héroe y activamos lo que Jung llamó el “arquetipo del sí mismo”, una etapa de desarrollo durante la cual superamos el concepto del yo basado en dominar nuestro medio. Entramos, en cambio, en una consciencia más dirigida hacia el interior en la que intuición y lógica pasan a actuar juntas y nuestros objetivos se armonizan más con nuestras imágenes y sueños internos de lo que en realidad queremos hacer.

Esta es la fase que él describe como autorrealización y es aquí donde habla de la percepción más elevada de la sincronicidad. Aunque vislumbrada en cada nivel, la percepción de coincidencias significativas pasa a ser sumamente instructiva durante esta etapa. En este estadio, los hechos de nuestra vida empiezan a responder a nuestra disposición a crecer y la sincronicidad comienza a producirse con mayor frecuencia.

Reafirmada por Jung, empezó a surgir la imagen completa de cómo el ser humano se empantana durante este proceso. Siguiendo la línea de descubrimientos de Freud y Otto Rank hasta Norman O. Brown y Ernest Becker, podríamos ver qué pasa. Los seres humanos producen creencias y comportamientos de vida particulares (libretos) que mantienen en forma inflexible como su mecanismo para apartar la ansiedad de la consciencia. Van desde fetiches incontrolables y hábitos neuróticos hasta ideas religiosas y creencias filosóficas fijas más normales. Lo que estos libretos tienen en común es su naturaleza intratable y su resistencia al debate o la discusión racional.

Los humanistas descubrieron además que la sociedad humana se caracteriza por luchas de poder irracionales pensadas exclusivamente para mantener intactos estos libretos. Una ola de pensadores, entre ellos Gregory Bateson y R. D. Laing, empezaron a delinear este proceso.

Uno de los descubrimientos clave fue el llamado “efecto de doble vínculo”, en el cual las personas descalifican cada idea propuesta por los otros para dominar la interacción. Como demostró Laing, cuando este hábito es perpetrado por los padres en sus hijos, los efectos suelen ser trágicos. Cuando se critica cada gesto posible que propone un niño, el niño se acantona en una postura defensiva extrema y desarrolla esquemas de reacción excesivos creados para responder. Cuando estos niños crecen, su postura defensiva y su necesidad de controlar cada situación los lleva a usar a su vez, en forma inconsciente técnicas de doble vínculo, en especial con sus propios hijos, y de esa manera la situación se perpetúa durante muchas generaciones.

Estos psicólogos de la interacción descubrieron que este modo de comunicación humana era epidémico en la sociedad, lo cual creaba una cultura en la que todos se hallaban a la defensiva tratando de controlar y dominar a los otros. En estas condiciones, la autorrealización y la creatividad superior eran limitadas porque la mayoría de las personas pasaban su tiempo luchando por dominar a otros y reafirmar sus libretos en vez de abrirse a las mayores posibilidades disponibles en experiencia y en relaciones entre la gente.

Estos hallazgos se popularizaron ampliamente a lo largo de varias décadas, sobre todo en los Estados Unidos. El libro Games People , del doctor Eric Berne, pasaba revista a los libretos y manipulaciones más comunes y los describía con mucho detalle. I am Ok/You are Ok, de Thomas Harris, explicaba cómo podía usarse el análisis transaccional para analizar la verdadera naturaleza de las conversaciones humanas y avanzar hacia una forma más madura de interacción. Una nueva consciencia sobre la calidad de nuestras interacciones empezó a abrirse paso en la cultura, adelantando la idea de que todos podemos trascender estos hábitos.

Al florecer la idea humanística de que podemos encontrar un nivel más elevado de experiencia, el misterio de nuestra existencia en sí mismo pasó a ser tema de amplia discusión entre los humanistas. Fue en ese momento cuando volvió a evaluarse la formulación de la evolución de Darwin, cuestionado por pensadores como Pierre Teilhard de Chardin y Sri Aurobindo, que afirmaban que la evolución no era arbitraria sino que avanzaba en una dirección con un propósito. Estos pensadores sostuvieron que el curso de la vida desde los organismos primitivos hasta los animales y vegetales más complejos tiene un propósito, que los seres humanos no son accidentes de la naturaleza y que nuestra evolución social, incluido nuestro viaje hacia las dimensiones superiores de la experiencia espiritual, es el resultado al cual apunta toda la evolución.

Un teórico actual que propuso una comprensión de la vida que respalda esta tesis es Rupert Sheldrake. Según la teoría de la vida sostenida por Sheldrake, las formas biológicas son creadas y sustentadas a través de campos morfogénicos. Estos campos son de naturaleza no local y crean una estructura invisible seguida por las moléculas, las células y los órganos a medida que van diferenciándose y especializándose para crear una forma de vida particular. Más aún, este campo evoluciona con el tiempo cuando cada generación de una especie no sólo es estructurada por su campo implícito sino que corrige el campo al vencer los problemas en el medio ambiente.

Por ejemplo, es posible que, para prosperar en su segmento biológico, un pez necesite desarrollar más aletas para nadar más rápido. En el sistema de Sheldrake, la voluntad del pez iniciaría en el campo morfogénico de esa especie un cambio que se reflejaría en su progenie al desarrollar esas mismas aletas. Esta teoría introduce la posibilidad de que los saltos que aparecen en el registro de fósiles hayan ocurrido también de esta forma, cuando los miembros de una especie determinada crean un campo morfogénico que produce no sólo rasgos adicionales sino un salto total a una forma de vida distinta. Por ejemplo, es posible que algún pez particular haya alcanzado el límite de su evolución en el agua y haya producido una progenie que en realidad fue una nueva especie: los anfibios, que podían arrastrarse por la tierra.

Según Sheldrake, este progreso podría explicar también la evolución social del ser humano. A lo largo de la historia, los humanos, como otras formas de vida, hemos traspasado el envoltorio de nuestro conocimiento luchando siempre por avanzar hacia un entendimiento más completo de nuestro medio ambiente y la realización de nuestro potencial interior. Puede pensarse que, en cualquier momento determinado, el nivel de capacidad y consciencia humana es definido por el campo morfogénico compartido. Cuando los individuos ponen en práctica habilidades particulares – correr más rápido, captar los pensamientos de otro, recibir intuiciones – el campo morfogénico es impulsado hacia delante no sólo para ellos sino para todos los seres humanos. Por eso los inventos y los descubrimientos muchas veces son propuestos al mismo tiempo en la historia por individuos que no están en contacto entre sí.

Aquí empiezan a fusionarse los hallazgos de la física moderna y la investigación más reciente de algunos científicos sobre los efectos de la oración y la intención. Estamos íntimamente conectados con el universo y unos con otros, y nuestra influencia sobre el mundo a través de nuestros pensamientos es más poderosa de lo que nadie ha podido imaginar.

El universo sensible

En estas últimas décadas, los investigadores en el área de la psicología empezaron a estudiar seriamente el efecto de nuestras intenciones en el universo físico. Algunos de los primeros hallazgos en este sentido se produjeron en el área del biofeedback. A través de cientos de estudios se ha demostrado que podemos influir sobre muchas de nuestras funciones corporales que antiguamente se consideraban por entero controladas por el sistema nervioso autónomo, entre ellas el pulso cardíaco, la presión sanguínea, el sistema inmune y las ondas cerebrales. Casi todos los procesos que podemos monitorear revelaron alguna susceptibilidad a nuestra voluntad.

No obstante, investigaciones recientes han demostrado que nuestra conexión e influencia van mucho más lejos. Nuestras intenciones también pueden afectar los cuerpos de otros, sus mentes y la forma de los hechos en el mundo. La nueva física reveló que estamos conectados de una manera que trasciende los límites espacio temporales. el Teorema de Bell parece aplicarse tanto a nuestros pensamientos como al funcionamiento de las partículas elementales.

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