Al Inicio de la Nueva Era

Al Inicio de la Nueva Era

Un nuevo paradigma:
Las perspectivas e intuiciones nuevas dan nacimiento a nuevos períodos históricos. Así el descubrimiento del fuego, de la rueda, de la escritura, de la imprenta han producido saltos espectaculares en la evolución de la humanidad. Se califica a veces estas interpretaciones renovadoras de la realidad como cambio de paradigma. Un paradigma es un esquema de pensamiento, (en griego: paradeigma = ejemplo), una especie de estructura intelectual que permite comprender y explicar ciertos aspectos de la realidad. Un nuevo paradigma es una nueva manera de ver las cosas. una forma nueva de pensar los viejos problemas. Así la teoría de la relatividad de Einstein reemplazó la teoría de la gravitación universal de Newton, incluyendo la antigua concepción en un cuadro más amplio.

Los nuevos paradigmas son a menudos acogidos con desconfianza, burla u hostilidad. Galileo y Pasteur tuvieron esa experiencia. Pero cuando ya un número suficiente de personas en el ámbito intelectual ha aceptado la nueva perspectiva, el cambio empieza a ocurrir. Luego aparecen nuevas referencias y se va creando un consenso en torno a un cuadro de pensamiento más amplio y englobante. Así progresa a menudo el pensamiento colectivo por saltos sucesivos. Para abrirse a estas nuevas perspectivas y estimular un cambio de pensamiento sin esperar a que lo provoque una crisis de febril oposición, es útil comenzar por plantear los problemas de otra manera. Cuestionar nuestras posiciones más familiares situándolas en un contexto más amplio. En materia de educación, por ejemplo, es más importante interrogarse sobre los programas de enseñanza (si son valiosos o no) que sobre el tipo de pedagogía con la que hay que pasarlos.

Los anuncios de un nuevo paradigma relacionado con la Era de Acuario se empieza a gestar a mitad de los años 70 en California, Estados Unidos. Se habla de una revolución con perspectivas planetarias. Ella procura introducir en todos los dominios de la sociedad sus valores propios: las terapias alternativas, la salud holista (global), la psicología transpersonal, la simplicidad voluntaria, la consciencia ecológica, las tecnologías apropiadas, el sentimiento de una comunidad mundial. Aparecen grupos – dispersos al comienzo que hablan de la necesidad de un cambio radical de la sociedad; que proponen soluciones en diferentes ámbitos: salud, educación, ciencias sociales, ciencias exactas, protección del medio ambiente, el mundo político. Las personas involucradas se reconocen entre sí por signos sutiles: como si fueran cómplices de una vasta conspiración para la salvación de la tierra. Habría que hacer mención del padre Teilhard de Chardin, hombre de religión y de ciencia. No recomendaba acaso el advenimiento de una conspiración de amor entre individuos impulsados por una misma esperanza?

Planteamientos iniciales:
Se trata de lanzar una mirada nueva sobre el flujo de acontecimientos que ocurren en nuestra sociedad: se ve a la humanidad como teniendo sus raíces en la naturaleza; se incentiva al individuo a llegar a ser autónomo en una sociedad descentralizada; se le invita a considerarse como administrador de todos los recursos exteriores e interiores; capaz de imaginación, de inventiva y de experimentación nuevas. Aparecen personas que se esfuerzan a rostro descubierto por cambiar la vida en esta era nueva en la que estamos entrando, influidos por la sorprendente visión del mundo nacida de la convergencia entre los más recientes descubrimientos científicos y las concepciones milenarias de diversas tradiciones místicas. Esta visión nueva abarcaría estudios sobre la transformación del cerebro, la especialización de sus hemisferios, los efectos psicodélicos, los poderes ocultos del pensamiento, la medicina alternativa, la psicología transpersonal, el budismo zen, el Libro de la Sabiduría, el esoterismo cristiano o la meditación sufi.

Es un programa apasionante que busca practicar un equilibrio entre la intuición y la razón, utilizando técnicas de expansión de consciencia que permitan entrar en un proceso transformador de continua exploración. Esas técnicas han existido durante largo tiempo (las de origen oriental durante milenios), pero sólo estaban disponibles para escasos iniciados u órdenes religiosas esotéricas. Algunos de estos privilegiados han mencionado el carácter liberador de estas experiencias de iluminación. Ahora nos sería posible tener a nuestra disposición todo este tesoro de experiencia y sabiduría en valiosos tratados que van siendo traducidos por estudiosos de occidente o mejor aún por maestros orientales que han emigrado a Estados Unidos. Una vez superados los inevitables conflictos que produce todo cambio, se espera encontrar la autonomía, la plenitud, la disponibilidad hacia los otros.

Se cita como precursores a los alquimistas, los gnósticos, los cabalistas, también a algunos audaces pioneros solitarios, como Meister Eckhart en el siglo XIV, Picó de la Mirandola en el siglo XV, Jacob Bohême en el siglo XVII, Emmanuel Swedenborg en el siglo XVIII, Willam Blake en el siglo XIX, los estudiosos de religiones orientales como René Guenón, Richard Wilheim, y otros, en el siglo XX. Se incluye también en este siglo al psicólogo William James quien, en 1902, redefine la religión como una experiencia de descubrimiento de un orden invisible gracias a la cual el hombre alcanza su realización. Citemos además a Carl Gustav Jung con su hipótesis de un inconsciente colectivo, especie de depósito de conocimientos comunes a la especie humana; al padre Teilhard de Chardin, quien decía que el hombre había llegado al punto crucial de su evolución en el que era llamado a expandir su consciencia hasta envolver el planeta en la noosfera, atraído por lo que él llamaba el punto omega; a Pauwels y Bergier quienes en 1960 publicaron El Retorno de los Brujos en el que hablan de una red de individuos transformados por sus experiencias de crecimiento interior, quienes dan un rostro nuevo a la vieja línea de sabiduría esotérica; a Marshall McLuhan, Aldous Huxley, Abraham Maslow, Carl Rogers, quienes consideran evidente que estamos en camino de vivir el cambio de consciencia más rápido de toda la evolución de la especie humana.

Caminos a seguir:
Las experiencias de expansión y de transformación de la consciencia se multiplican en nuestros días. Son experiencias de estados límites llamados momentos cumbres, transcendentes o transpersonales; experiencias de luz, de amor, de comunión con la naturaleza, de despertar de una energía, de eternidad. Esto sería el signo de que el espíritu humano está alcanzando una nueva etapa de su evolución por un desbloqueo de potencial comparable a la emergencia del lenguaje. Son múltiples los caminos que se ofrecen a este proceso de transformación transpersonal, tantos que es fácil extraviarse y entrar en callejones sin salida, con pérdida de tiempo, de dinero y de salud. Echemos una mirada rápida sobre los más transitados.

La transformación personal comenzaría por la atención dirigida al flujo de la consciencia, cuando se llega a ser consciente de ella. Esto puede conducir a un estado mental más rico y más atento al presente, lo que significaría una capacidad de transformación potencial. Incluye la armonización entre ambos hemisferios cerebrales; la reconciliación de la razón y del corazón; del intelecto y de la emoción. Se busca una experiencia interior a través de:

– Todos los tipos de meditación orientales, como zen, budismo tibetano, taoísmo, raja yoga, sufismo.

– El entrenamiento autógeno de Schultz , en el que se toma consciencia del cuerpo.

– Las actividades creativas (pintura, escultura, cerámica, música, canto). Permiten al individuo perderse
en su creación y activan el hemisferio derecho.

– El psicodrama, que exige involucrarse totalmente en el desempeño del rol y en la escena.

– La hipnosis y la auto hipnosis.

– Las técnicas chamánicas y mágicas.

– Las técnicas de modificación de la consciencia transmitidas por la vía esotérica en la Teosofía, los Rosa Cruz, grupos de Gurdjieff.

– El aislamiento y la sobrecarga sensorial, que son una modificación importante de la información percibida por los sentidos y que producen un cambio del estado de consciencia.

– El biofeedback , o control consciente y atento de procesos corporales normalmente inconscientes, como la tensión muscular, la temperatura de la piel, o la actividad eléctrica del cerebro.

– Las disciplinas del cuerpo, desde las más sofisticadas, como el tai-chi, el hatha yoga, aikido, artes marciales, hasta las más comunes, que producen endorfinas que dan una sensación embriagadora de estar más vivos, como montañismo, atletismo, planeadores, alas delta, lanzamiento con elástico.

– El conjunto de técnicas dirigidas al encuentro interpersonal en el sentido de la psicología dinámica de grupos. Allí se aprende a vivir el aquí y ahora y practicar el soltar presa (término budista para el desapego).

– La medicina alternativa que se caracteriza por una aproximación holista a la enfermedad. Respeta la interacción de la psiquis, el cuerpo y el entorno y busca solucionar la falta de armonía que haya entre ellos, lo que sería la causa del problema de salud. En lugar de tratar simplemente los síntomas, pesquisa las causas a nivel de los valores humanos. Toma en consideración el estrés, la sociedad, la familia, el régimen alimenticio, los ciclos biológicos, las emociones. Usa tecnología no invasora. como psicoterapia, acupuntura, digitopuntura, reflexología, bioenergética, rolfing, eutonía, Alexander, Feldenkrais, reiki, shiatsu. También se aplican los poderes de sanación por imposición de manos.

De este rápido inventario se deduce una nueva manera de razonar. Se usan por extrapolación nociones que no pertenecen al mismo orden de pensamiento y se las confunde a veces: lo no material y lo divino, lo especulativo y lo espiritual, la experiencia científica y la experiencia mística. Este es uno de los trazos característicos de la Nueva Era: el empleo frecuente de la analogía y del símbolo.

De todo esto, lo que importa subrayar es que, gracias a la restauración del hombre individual que haya realizado la unidad de su ser físico, emocional y espiritual, la sociedad misma sería auténticamente restaurada. Es por la suma de los cambios personales que la sociedad cambiaría. La sociedad no es un
ente autónomo en sí misma sino que está formada por todos nosotros. Entonces podría nacer una verdadera Nueva Era de luz y de amor. Esto cuando todos los que hayan hecho individualmente la experiencia de la liberación interior se reagrupen para restaurar y liberar la población planetaria, elaborando proyectos mundiales al servicio del hombre.

El misticismo:
Los seguidores de la Nueva Era están muy atentos a la dimensión mística de la existencia humana. El cambio de paradigma nos haría pasar de una concepción cientista y racionalista de la vida, limitada a lo directamente observable, a una concepción abierta hacia otra dimensión, de la que se podría obtener alguna experiencia directa y verificable. Esta transformación está descrita como un despertar, una cualidad nueva de la atención y de la consciencia, semejante a la de aquel que se despierta de un largo sueño poblado de imágenes. Se evoca al satori del budismo, al samadhi del hinduismo. Es la experiencia de
una nueva vida, el Tú eres eso, núcleo de la doctrina hindú. Es la experiencia de fusión con el Ser Universal y Primordial, con la Consciencia Cósmica. experiencia de felicidad plena, de belleza y amor universales.

Se trata del conocimiento y del descubrimiento del verdadero ser: aprender a encontrarse a sí mismo cuando se está dispersado y fragmentado. A partir de allí se puede empezar una relación con un ser más vasto: una comunidad social nueva y diferente que podría entonces emerger. Y más allá de este Ser colectivo aparecería el Ser transcendental y universal. Se cita a William James: Los estados místicos son para quienes han hecho esta experiencia una manera de saber, una toma de consciencia de las profundidades de la verdad que el intelecto discursivo no puede sondear. La convergencia en esta Nueva Era de experiencias místicas y de las vías espirituales más diversas tendría una significación obvia: la toma de consciencia por un número creciente de seres humanos de su potencial divino.

La reencarnación:
La creencia en la reencarnación pasa a ser una verdad-faro. La Nueva Era hereda naturalmente este concepto porque, por una parte, está en relación directa con las religiones orientales, el esoterismo y la gnosis y, por otra, la ha recibido de sus precursores inmediatos: Allan Kardec y el espiritismo, madame Blavatsky y la teosofía. Esta doctrina además se deriva de la Sabiduría primordial y universal que se encuentra en el hinduismo, el pitagorismo y el hermetismo. Es una tradición milenaria que pertenece al patrimonio espiritual de la humanidad y que entrará en el credo común de la religión mundial de la Nueva Era. Se ve también perfilarse la influencia cada vez más amplia del Oriente. Al comienzo de la Era de Acuario existían alrededor de novecientos millones de occidentales (de los cuales más de un 22% creería en la reencarnación) contra cuatro mil novecientos millones de orientales.

El propósito interno

El propósito interno


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Tan pronto como trascendemos el simple estado de supervivencia, la pregunta acerca del significado y el propósito adquiere lugar preponderante en nuestra vida. Muchas personas se sienten prisioneras de la rutina diaria, la cual parece restar toda importancia a la vida. Hay quienes piensan que la vida pasa, que las está dejando o ya las ha dejado atrás. Otras personas se sienten enormemente preocupadas por las exigencias de su trabajo, por la necesidad de velar por su familia o por su situación económica y de vida. Algunas son víctimas del estrés agudo mientras que otras son presa del tedio. Hay quienes se pierden en medio de la actividad frenética mientras que otras sucumben al estancamiento. Muchas personas añoran la libertad y la expansión implícitas en la promesa de la prosperidad. Otras ya disfrutan de la libertad relativa que les ofrece la prosperidad pero descubren que ni siquiera eso le imprime significado a la vida. No hay nada que reemplace el verdadero propósito. Pero el propósito primario o verdadero de la vida no se encuentra en el plano externo. No tiene nada que ver con lo que hacemos sino con lo que somos, es decir, con nuestro estado de consciencia.Por eso lo más importante que debemos reconocer es lo siguiente: tenemos un propósito interno y otro externo en la vida. El propósito interno se relaciona con el Ser y es primario. El propósito externo se relaciona con el hacer y es secundario. Sin embargo, los dos propósitos están tan íntimamente ligados que es casi imposible hablar del uno sin hacer referencia al otro.

Nuestro propósito interno es el despertar. Es así de sencillo, es un propósito que compartimos con todos los demás seres humanos de este planeta, porque es el propósito de la humanidad. Nuestro propósito interno es parte esencial del propósito del todo, del universo y de su inteligencia. Nuestro propósito externo puede variar con el tiempo y es muy diferente según la persona. La base para poder cumplir con nuestro propósito externo está en encontrar el propósito interno y vivir en consonancia con él. Es la base del éxito verdadero. Sin esa consonancia podemos lograr determinadas cosas a base de esfuerzo, lucha, dedicación o simplemente mucho trabajo y sagacidad. Pero ese esfuerzo no encierra dicha alguna y termina invariablemente por traducirse en alguna forma de sufrimiento.

El despertar

El despertar es un cambio de consciencia consistente en el divorcio entre el pensamiento y la consciencia. En la mayoría de los casos no es un suceso puntual sino un proceso. También es un proceso incluso para las pocas personas que experimentan un despertar súbito, dramático y aparentemente irreversible. Es un proceso en el cual el nuevo estado de consciencia toma posesión gradualmente transformando todo lo que la persona hace y convirtiéndose así en parte integral de la vida.

En lugar de permanecer perdidos en nuestros pensamientos, cuando despertamos reconocemos que somos el observador consciente. Es entonces cuando el pensamiento deja de ser la actividad autónoma y egoísta que domina nuestra vida. La consciencia asume las riendas y el pensamiento, en lugar de tener el control de la vida, pasa a servir a la consciencia, que es la conexión consciente con la inteligencia universal. Otra palabra para describirla es la Presencia: la consciencia sin pensamiento.

El inicio del proceso del despertar es un acto de gracia. No podemos hacer que suceda ni tampoco prepararnos para él ni acumular créditos para merecerlo. No hay una secuencia clara de pasos lógicos que conduzca al despertar, aunque eso sería lo que le encantaría a la mente. No tenemos que hacernos merecedores primero. Puede llegarle al pecador antes que al santo, pero no necesariamente. Es por eso que Cristo se relacionaba con toda clase de gente y no solamente con las personas respetables.

No hay nada que podamos hacer para provocar el despertar. Lo que hagamos será cosa del ego, que estará buscando agregar el despertar o la iluminación a la lista de sus posesiones más preciadas para engrandecerse y adquirir todavía más importancia. De esa manera, en lugar de despertar, añadimos a la mente el concepto del despertar o la imagen de lo que es una persona iluminada, y nos esforzamos por vivir de acuerdo con esa imagen. Esforzarnos por ser como la imagen que tenemos de nosotros mismos o que otros tienen de nosotros no es vivir una vida auténtica sino representar otro de los personajes inconscientes del ego.

Por consiguiente, si no hay nada que podamos hacer con respecto al despertar, si es algo que ya ha sucedido o está por suceder, cómo es posible que sea el propósito primario de la vida? Acaso no está implícito en el propósito el hecho de poder hacer algo por lograrlo?

El primer despertar, el primer destello de consciencia sin pensamiento solamente sucede por la gracia, sin que hagamos nada. Si para usted este libro es incomprensible y no significa nada, es porque todavía no le ha llegado ese primer despertar. Sin embargo, si hay algo en su interior que responde a él, si de alguna manera reconoce algo de verdad en él, significa que ya ha entrado en el proceso. Una vez que se inicia el proceso, no hay marcha atrás, aunque el ego puede demorarlo.

La lectura de este libro podrá ser el comienzo del despertar para algunas personas. Para otras, este libro ejercerá la función de ayudarlas a reconocer que ya han iniciado el proceso, y a intensificarlo y acelerarlo. Otra función es ayudar a la gente a reconocer su ego cada vez que trate de recuperar el control y de ensombrecer el surgimiento de la consciencia.

En algunos casos, el despertar sucede cuando las personas se dan cuenta repentinamente de la clase de pensamientos que cruzan constantemente por su mente, especialmente los pensamientos negativos persistentes con los cuales quizás se hayan identificado durante toda la vida. Súbitamente se produce un estado de alerta que toma consciencia del pensamiento sin ser parte de él.

Cuál es la relación entre la consciencia y el pensamiento? La consciencia es el espacio en el cual existen los pensamientos cuando ese espacio ha tomado consciencia de sí mismo.

Después de haber visto el destello de la consciencia o la Presencia, aprendemos a conocerla de primera mano. En ese momento deja de ser simplemente un concepto mental y, por tanto, podemos tomar la decisión consciente de estar presentes en lugar de dejarnos arrastrar por pensamientos inútiles. Podemos invitar la Presencia a la vida, es decir, abrirle espacio. Con la gracia de la consciencia viene la responsabilidad. Podemos optar por continuar como si nada hubiera sucedido, o podemos reconocer su importancia y aceptar que el surgimiento de la consciencia es lo más importante que puede sucedernos. Abrirnos a la consciencia y traer su luz a este mundo se convierte entonces en el propósito preponderante de la vida.

“Deseo conocer la mente de Dios”, dijo Einstein. “Lo demás son detalles”. Qué es la mente de Dios? Consciencia. Qué significa conocer la mente de Dios? Estar conscientes. Cuáles son los detalles? El propósito externo y lo que quiera que suceda en el plano externo.

Así, quizás mientras usted espera que suceda algo significativo en su vida, podría no darse cuenta de que lo más importante que puede sucederle a un ser humano ya le ha sucedido: el comienzo del proceso de separación entre el pensamiento y la consciencia.

Muchas personas que se encuentran en las primeras etapas del proceso de despertar sienten que ya no saben a ciencia cierta cuál es su propósito externo. Aquello que mueve al mundo ya no las motiva. Al ver con tanta claridad la demencia de nuestra civilización, podrían sentirse aisladas hasta cierto punto de la cultura que las rodea. Hay quienes sienten que habitan en tierra de nadie, en medio de dos mundos. Ya el ego no dirige su destino, pero la consciencia todavía no se ha integrado plenamente a sus vidas. No se ha producido la fusión entre el propósito interno y el externo.

Cuando no vivimos en consonancia con nuestro propósito primario, cualquiera que sea el propósito que tengamos en la vida, aunque sea crear el cielo en la tierra, provendrá del ego o sucumbirá con el tiempo. Tarde o temprano, llevará al sufrimiento. Si se desconoce el propósito interno, todo lo que se haga, aunque parezca espiritual, llevará la marca del ego y, por tanto, acabará por corromperse. El dicho de que “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones” apunta a esa verdad. En otras palabras, no son las metas ni los actos los que son primordiales sino el estado de consciencia del cual emanan. Alcanzar el propósito primario equivale a sentar las bases para una nueva realidad, una nueva tierra. Una vez construidos esos cimientos, el propósito externo se carga de poder espiritual porque las metas y las intenciones se funden con el impulso evolutivo del universo.

Cuando consideramos que lo que somos o hacemos es el propósito principal de nuestra vida, negamos el tiempo. Esto proporciona un poder inconmensurable. Negar el tiempo en lo que hacemos también crea la conexión entre el propósito interno y el externo, entre el Ser y el hacer. Cuando negamos el tiempo, negamos el ego. Todo lo que hagamos tendrá una calidad extraordinaria porque el hacer mismo se convierte en el centro de nuestra atención. Nuestro hacer se convierte entonces en el canal a través del cual penetra la consciencia en este mundo. Esto significa que hay calidad en lo que hacemos, hasta en las cosas más insignificantes, como voltear las páginas del directorio telefónico o cruzar una habitación. El propósito principal de voltear las páginas es voltear las páginas; el propósito secundario es hallar un número telefónico. El propósito principal de cruzar la habitación es cruzar la habitación; el propósito secundario es tomar un libro que está del otro lado, y tan pronto como se toma el libro, ése se convierte en el propósito principal.

Todo lo que hacemos consume tiempo y, no obstante, siempre lo hacemos en el ahora. Entonces, si bien nuestro propósito interno es negar el tiempo, el propósito externo se relaciona necesariamente con el futuro y no podría existir sin el tiempo, pero siempre es secundario. Cada vez que sentimos angustia o tensión es porque otro propósito se ha adueñado de nosotros y hemos perdido de vista nuestro propósito interno. Hemos olvidado que lo primario es nuestro estado de consciencia y que todo lo demás es secundario.

De las cosas pequeñas a las cuales honramos y proporcionamos cuidados nacen las cosas grandes. La vida de todas las personas realmente está hecha de detalles. La grandeza es una abstracción mental y una fantasía del ego. La paradoja está en que la base de la grandeza está en honrar los detalles del presente en lugar de perseguir la idea de la grandeza. El momento presente siempre es pequeño en el sentido de que siempre es simple, pero en él se encarna el mayor de los poderes. Como el átomo, que es una de las cosas más pequeñas pero que encierra un poder enorme. Es sólo cuando estamos en consonancia con el momento presente que logramos acceso a ese poder. Pero podría ser más atinado decir que ese poder tiene entonces acceso a nosotros, y a través nuestro, al mundo.

Cristo se refirió a este poder cuando dijo, “Estas palabras no vienen de mí. El Padre que está en mí obra por mí”.’ La ansiedad, la tensión, y la negatividad nos aíslan de ese poder. La ilusión de estar separados del poder que dirige el universo se manifiesta nuevamente. Nos sentimos solos para luchar contra algo o para tratar de lograr alguna cosa u otra. Pero cuál es el origen de la ansiedad, la tensión o la negatividad? El hecho de habernos apartado del momento presente. Y a qué se debió eso? Al hecho de haber pensado que otra cosa era más importante. El haber olvidado nuestro propósito principal. Una pequeña equivocación, un error de percepción, y el resultado es un mundo de sufrimiento.

El Futuro es Ahora (3)

El Futuro es Ahora (3)

El movimiento del potencial humano
En la mitad del siglo XX, el centro de atención predominante de la psicología en occidente era el estudio de la mente humana en relación con nuestras acciones en el mundo exterior; en otras palabras, la investigación de nuestro comportamiento: el Conductismo. Siguiendo el paradigma mecanicista, que antes había llevado al modelo del estímulo/respuesta, los psicólogos buscaban un principio o fórmula clave al cual pudiera reducirse toda la acción humana.

El único avance importante en el estudio de la psicología humana se logró en la psiquiatría según el modelo de patología médica creado por Sigmund Freud. pensador de fines del siglo XIX. Freud había analizado en profundidad la estructura de la mente basando sus teorías en conceptos simplificadores y biológicos aceptables para el paradigma mecanicista.

Freud fue el primero en postular que los traumas de la infancia a menudo derivaban en miedos neuróticos y reacciones de las que los seres humanos en general no eran conscientes. Así llegó a la conclusión de que el comportamiento de la especie humana era motivado simplemente por el impulso de aumentar el placer y evitar el dolor.

Sin embargo, durante la década de los 50, los misterios revelados por la nueva física, la creciente influencia de las filosofías orientales y los movimientos duales del existencialismo y la fenomenología en la filosofía occidental inspiraron una tercera postura teórica en psicología. Esta nueva orientación fue dirigida por Abraham Maslow, que, con un grupo de otros pensadores y escritores, propició una forma más completa de estudiar la consciencia humana.

Estos científicos, que rechazaron el behaviorismo (conductismo) por considerarlo demasiado abstracto y las teorías de Freud por estar demasiado obsesionadas con los deseos sexuales sublimados, se propusieron estudiar la mente centrando la atención en la percepción en sí. Muy marcada fue en este sentido la influencia de Oriente, donde la consciencia se estudiaba desde adentro, en la forma que cada ser humano la experimenta. A lo largo de nuestra vida, miramos el mundo a través de nuestros sentidos, interpretamos lo que sucede a nuestro alrededor basándonos en nuestros recuerdos y expectativas y usamos nuestros pensamientos e intuiciones para actuar. Este nuevo enfoque psicológico fue llamado “humanismo” y se desarrolló a pasos gigantescos durante las décadas de los 60 y 70.

Los humanistas no negaron que muchas veces somos inconscientes respecto de lo que motiva nuestro comportamiento. Coincidieron en que los seres humanos tienden a restringir su experiencia repitiendo a menudo libretos y patrones de reacción pensados para reducir la ansiedad; pero los humanistas también se concentraron en qué pueden hacer los seres humanos para liberar sus puntos de vista y trascender sus esquemas para abrirse a la experiencia humana más elevada que está a su disposición.

Esta nueva perspectiva trajo aparejado un redescubrimiento del trabajo de Carl Jung, el psicoanalista suizo que se apartó de Freud en 1912 para desarrollar sus propias teorías, entre ellas el principio de sincronicidad. Según Jung, cuando miramos el mundo, nuestros impulsos interiores no son sólo evitar el dolor y maximizar el placer hedonista, como pensaba Freud, aunque en los niveles más bajos de consciencia pueda parecer así. Nuestro impulso más grande, para Jung, apunta a la plenitud psicológica y la autorrealización de nuestro potencial interno.

En esta aventura contamos con la ayuda de vías ya establecidas en el cerebro, que él llamó “arquetipos”. Al crecer psicológicamente, podemos concretar o activar estos arquetipos y por lo mismo avanzar hasta la autorrealización. La primera etapa de crecimiento es la de diferenciación, durante la cual tomamos consciencia de nosotros mismos en el medio cultural donde nacimos y empezamos a individualizarnos. Esto significa que debemos encontrar un segmento propio en el mundo que aprendimos en la infancia, un proceso que incluye educarnos, establecer una economía y encontrar una forma de ganarnos la vida.

Al hacerlo, agudizamos el poder de nuestro yo y nuestra voluntad, reemplazando nuestro conjunto de reacciones automáticas aprendidas, por una forma lógica de interpretar los hechos que se convierte en nuestra propia forma de ponernos de pie y extender nuestro yo al mundo como persona única con visiones singulares. Esta etapa es en un primer momento un poco narcisista (egoísta) y en general exagerada (egotista) pero a la larga activa lo que Jung denominó el “arquetipo del héroe”. A esa altura estamos listos para encontrar algo importante que hacer en la cultura; nos sentimos orgullosos y estamos decididos a llevarlo a cabo.

Al seguir creciendo, superamos la fase del héroe y activamos lo que Jung llamó el “arquetipo del sí mismo”, una etapa de desarrollo durante la cual superamos el concepto del yo basado en dominar nuestro medio. Entramos, en cambio, en una consciencia más dirigida hacia el interior en la que intuición y lógica pasan a actuar juntas y nuestros objetivos se armonizan más con nuestras imágenes y sueños internos de lo que en realidad queremos hacer.

Esta es la fase que él describe como autorrealización y es aquí donde habla de la percepción más elevada de la sincronicidad. Aunque vislumbrada en cada nivel, la percepción de coincidencias significativas pasa a ser sumamente instructiva durante esta etapa. En este estadio, los hechos de nuestra vida empiezan a responder a nuestra disposición a crecer y la sincronicidad comienza a producirse con mayor frecuencia.

Reafirmada por Jung, empezó a surgir la imagen completa de cómo el ser humano se empantana durante este proceso. Siguiendo la línea de descubrimientos de Freud y Otto Rank hasta Norman O. Brown y Ernest Becker, podríamos ver qué pasa. Los seres humanos producen creencias y comportamientos de vida particulares (libretos) que mantienen en forma inflexible como su mecanismo para apartar la ansiedad de la consciencia. Van desde fetiches incontrolables y hábitos neuróticos hasta ideas religiosas y creencias filosóficas fijas más normales. Lo que estos libretos tienen en común es su naturaleza intratable y su resistencia al debate o la discusión racional.

Los humanistas descubrieron además que la sociedad humana se caracteriza por luchas de poder irracionales pensadas exclusivamente para mantener intactos estos libretos. Una ola de pensadores, entre ellos Gregory Bateson y R. D. Laing, empezaron a delinear este proceso.

Uno de los descubrimientos clave fue el llamado “efecto de doble vínculo”, en el cual las personas descalifican cada idea propuesta por los otros para dominar la interacción. Como demostró Laing, cuando este hábito es perpetrado por los padres en sus hijos, los efectos suelen ser trágicos. Cuando se critica cada gesto posible que propone un niño, el niño se acantona en una postura defensiva extrema y desarrolla esquemas de reacción excesivos creados para responder. Cuando estos niños crecen, su postura defensiva y su necesidad de controlar cada situación los lleva a usar a su vez, en forma inconsciente técnicas de doble vínculo, en especial con sus propios hijos, y de esa manera la situación se perpetúa durante muchas generaciones.

Estos psicólogos de la interacción descubrieron que este modo de comunicación humana era epidémico en la sociedad, lo cual creaba una cultura en la que todos se hallaban a la defensiva tratando de controlar y dominar a los otros. En estas condiciones, la autorrealización y la creatividad superior eran limitadas porque la mayoría de las personas pasaban su tiempo luchando por dominar a otros y reafirmar sus libretos en vez de abrirse a las mayores posibilidades disponibles en experiencia y en relaciones entre la gente.

Estos hallazgos se popularizaron ampliamente a lo largo de varias décadas, sobre todo en los Estados Unidos. El libro Games People , del doctor Eric Berne, pasaba revista a los libretos y manipulaciones más comunes y los describía con mucho detalle. I am Ok/You are Ok, de Thomas Harris, explicaba cómo podía usarse el análisis transaccional para analizar la verdadera naturaleza de las conversaciones humanas y avanzar hacia una forma más madura de interacción. Una nueva consciencia sobre la calidad de nuestras interacciones empezó a abrirse paso en la cultura, adelantando la idea de que todos podemos trascender estos hábitos.

Al florecer la idea humanística de que podemos encontrar un nivel más elevado de experiencia, el misterio de nuestra existencia en sí mismo pasó a ser tema de amplia discusión entre los humanistas. Fue en ese momento cuando volvió a evaluarse la formulación de la evolución de Darwin, cuestionado por pensadores como Pierre Teilhard de Chardin y Sri Aurobindo, que afirmaban que la evolución no era arbitraria sino que avanzaba en una dirección con un propósito. Estos pensadores sostuvieron que el curso de la vida desde los organismos primitivos hasta los animales y vegetales más complejos tiene un propósito, que los seres humanos no son accidentes de la naturaleza y que nuestra evolución social, incluido nuestro viaje hacia las dimensiones superiores de la experiencia espiritual, es el resultado al cual apunta toda la evolución.

Un teórico actual que propuso una comprensión de la vida que respalda esta tesis es Rupert Sheldrake. Según la teoría de la vida sostenida por Sheldrake, las formas biológicas son creadas y sustentadas a través de campos morfogénicos. Estos campos son de naturaleza no local y crean una estructura invisible seguida por las moléculas, las células y los órganos a medida que van diferenciándose y especializándose para crear una forma de vida particular. Más aún, este campo evoluciona con el tiempo cuando cada generación de una especie no sólo es estructurada por su campo implícito sino que corrige el campo al vencer los problemas en el medio ambiente.

Por ejemplo, es posible que, para prosperar en su segmento biológico, un pez necesite desarrollar más aletas para nadar más rápido. En el sistema de Sheldrake, la voluntad del pez iniciaría en el campo morfogénico de esa especie un cambio que se reflejaría en su progenie al desarrollar esas mismas aletas. Esta teoría introduce la posibilidad de que los saltos que aparecen en el registro de fósiles hayan ocurrido también de esta forma, cuando los miembros de una especie determinada crean un campo morfogénico que produce no sólo rasgos adicionales sino un salto total a una forma de vida distinta. Por ejemplo, es posible que algún pez particular haya alcanzado el límite de su evolución en el agua y haya producido una progenie que en realidad fue una nueva especie: los anfibios, que podían arrastrarse por la tierra.

Según Sheldrake, este progreso podría explicar también la evolución social del ser humano. A lo largo de la historia, los humanos, como otras formas de vida, hemos traspasado el envoltorio de nuestro conocimiento luchando siempre por avanzar hacia un entendimiento más completo de nuestro medio ambiente y la realización de nuestro potencial interior. Puede pensarse que, en cualquier momento determinado, el nivel de capacidad y consciencia humana es definido por el campo morfogénico compartido. Cuando los individuos ponen en práctica habilidades particulares – correr más rápido, captar los pensamientos de otro, recibir intuiciones – el campo morfogénico es impulsado hacia delante no sólo para ellos sino para todos los seres humanos. Por eso los inventos y los descubrimientos muchas veces son propuestos al mismo tiempo en la historia por individuos que no están en contacto entre sí.

Aquí empiezan a fusionarse los hallazgos de la física moderna y la investigación más reciente de algunos científicos sobre los efectos de la oración y la intención. Estamos íntimamente conectados con el universo y unos con otros, y nuestra influencia sobre el mundo a través de nuestros pensamientos es más poderosa de lo que nadie ha podido imaginar.

El universo sensible

En estas últimas décadas, los investigadores en el área de la psicología empezaron a estudiar seriamente el efecto de nuestras intenciones en el universo físico. Algunos de los primeros hallazgos en este sentido se produjeron en el área del biofeedback. A través de cientos de estudios se ha demostrado que podemos influir sobre muchas de nuestras funciones corporales que antiguamente se consideraban por entero controladas por el sistema nervioso autónomo, entre ellas el pulso cardíaco, la presión sanguínea, el sistema inmune y las ondas cerebrales. Casi todos los procesos que podemos monitorear revelaron alguna susceptibilidad a nuestra voluntad.

No obstante, investigaciones recientes han demostrado que nuestra conexión e influencia van mucho más lejos. Nuestras intenciones también pueden afectar los cuerpos de otros, sus mentes y la forma de los hechos en el mundo. La nueva física reveló que estamos conectados de una manera que trasciende los límites espacio temporales. el Teorema de Bell parece aplicarse tanto a nuestros pensamientos como al funcionamiento de las partículas elementales.

El Descubrimiento de la Nueva Era

El Descubrimiento de la Nueva Era

La Nueva Era es lo que aparece al vivir la vida de manera creativa, enriquecedora y compasiva. Aparece cuando honramos a cada persona, animal, planta u objeto, como si fuese único, y también como si fuese parte de nosotros, y lo consideramos merecedor de toda la dignidad y respeto que reclamamos para nosotros mismos.

Más que un acontecimiento futuro, la Nueva Era es la expresión de un espíritu transformador y creativo. Podemos descubrirla en la vida de cada día. La encontramos, por ejemplo, en la forma en que llevamos nuestro matrimonio, en la manera cuidadosa de cumplir con las responsabilidades que tenemos como padres; cuando hacemos bien nuestro trabajo y procuramos perfeccionar todo lo que sale de nuestras manos. La encontramos al interrogarnos sobre nuestros defectos y la manera de superarlos, y cuando tomamos consciencia de nuestros limites. Está en el esfuerzo diario y compartido que hacemos para vivir con integridad, para crecer con ánimo y para participar en una vida que permita expresar y realizar nuestros sueños y capacidades. La Nueva Era es como una dimensión más añadida a las tres dimensiones de nuestra vida diaria. Nos aporta entusiasmo y creatividad ante la presencia de lo inesperado en nuestra existencia. Es el poder interior que nos ayuda a visualizar y sacar a la superficie algo nuevo que busca su oportunidad de maduración.

La mayoría de la gente considera el concepto de Nueva Era como un acontecimiento histórico venidero que pondrá fin – o transformará – la época actual. De esa forma, se convierte en un evento definido por las expectativas inapropiadas de esas personas. Quienes ven de ese modo la Nueva Era viven en una estimulación mal entendida que les produce tensiones y que los hará desembocar en espejismos. Lo que es peor aún, es que esos espejismos los pueden dividir más todavía entre el mundo tal como es y el mundo como les gustaría que fuera. Concebir así la Nueva Era limita la posibilidad de estas personas para percibirla como una actitud creativa con que afrontar lo cotidiano.

La Nueva Era es una invitación para abrirnos a la presencia de lo trascendente dentro de la mediocridad de nuestra vida habitual. Por este motivo, tiene poco que ver con lo profético. Los psíquicos y sus profecías han ido y venido durante siglos con un promedio mínimo de aciertos. Es mejor hacer caso omiso de ellos en beneficio de las potencialidades del momento inmediato. Las profecías sobre la Nueva Era me dan la impresión de que sacaran a nuestro espíritu del momento presente como quien saca peces del agua, dejándonos agitados por esperanzas o temores sobre las playas de la imaginación de tal o cual profeta.

A la Nueva Era se la contempla a menudo como la búsqueda de rituales chamánicos, interés por las filosofías orientales, por el ocultismo, canalizaciones (channeling), cristales de cuarzo, recuerdos de vidas pasadas y otros fenómenos psíquicos. Quienes se interesan en todo esto se auto denominan miembros de la Nueva Era, se agrupan en centros que estudian estos temas, y se consideran como agentes activos para el cambio de la humanidad. Identificar a la Nueva Era con fenómenos psíquicos o con un tipo específico de espiritualidad, es enfocarla en forma limitante y distorsionadora. Las actividades de la Nueva Era adoptan muchas formas que no tienen nada que ver con lo paranormal o lo sectario.

Centenares de personas realizan esfuerzos para el cambio y la mejora social inspirados por el espíritu renovador de la Nueva Era, aunque no usen su nomenclatura. Su trabajo busca integrar y promover la actividad intelectual y científica; desarrollar la compasión, la sensibilidad artística y las buenas relaciones humanas; extender las comunicaciones y perfeccionar las técnicas que a ellas se refieren, incitar a una visión de futuro en los negocios con miras a compartir sus rendimientos con la comunidad. Todo esto tiene muy poco o nada que ver con fenómenos psíquicos.

La Nueva Era se preocupa de la planetización de la humanidad, o sea la aparición de una consciencia de
que todos somos un solo pueblo que vive en un solo mundo y comparte un destino común (la noosfera del Padre Teilhard). Ella representa un conjunto de esfuerzos sociales, políticos, económicos, psicológicos y espirituales para incluir todo aquello que nuestra sociedad moderna ha excluido: externamente, los desposeídos, lo femenino, lo ecológico; internamente, todo lo doloroso, reprimido y no integrado de nuestra psiquis, lo que Jung llama la Sombra. Al buscar la integración, tanto externa como interna, de todos esos elementos ocultos y suprimidos de nuestra vida tanto personal como colectiva, ella pretende que podamos alcanzar la totalidad de nuestras potencialidades, individualmente y como especie humana. Plantea una nueva definición del papel de la humanidad en la creación, subrayando nuestra condición de servidores más que de amos, de administradores más que de propietarios del mundo que compartimos.

A la Nueva Era se la acostumbra ver como una época de progreso individual. La literatura relacionada con ella abunda en libros que proclaman cómo afirmar la propia divinidad, cómo alcanzar la abundancia y ser próspero y feliz. El desarrollo personal es importante, sin duda, pero la esencia de la Nueva Era es la expresión de un amor compasivo y de una consciencia y responsabilidad social que van mucho más allá de nuestro egocentrismo, buscando aumentar las posibilidades y capacidades de los otros. La meta de la Nueva Era es transformar al ser humano en un ser planetario; el desarrollar sus capacidades es un medio para ese fin, no el fin en si mismo. No se trata de aspirar a ser un creador todopoderoso, sino un siervo compasivo y abnegado, un protector de toda vida que aliente en este planeta, quien vive y trabaja en medio de lo cotidiano y de lo aparentemente trivial, sin destacarse externamente, pero siendo – por su amor – el más vulnerable y accesible de los seres.

La aparición de una Nueva Era se basa ante todo en esfuerzos para aplicar valores holísticos y planetarios. Suele ser propio de estas motivaciones no atraer la atención hacia ellas, pues parecen algo tan sin importancia al mezclarse con la vida diaria. El empeño de un empresario por dar oportunidades a las capacidades innatas de sus subordinados, o el intento de un padre de ir más allá de la actitud patriarcal tradicional para expresar su propio instinto protector, tal vez no resulte ser una noticia tan espectacular como el que en una sesión espiritista apareció un jefe militar atlante de miles de años atrás pronosticando la destrucción de nuestro planeta. Los esfuerzos individuales para explorar y aplicar valores de desarrollo personal y de compasión en ámbitos verdaderamente corrientes, tendrán un efecto mucho más duradero y transformador que cualquier noticia paranormal, y esto es lo que constituye la esencia del movimiento de
la Nueva Era.

Internamente, la Nueva Era continúa el esfuerzo histórico de la humanidad por profundizar en los misterios de la naturaleza, de Dios, de nosotros mismos y de la realidad. En una época tan materialista como esta, la Nueva Era significa un renacer de nuestro sentido de lo sagrado, un impulso del alma por comprender y expresar su propia divinidad, en armonía con la divinidad que habita la creación y con la Fuente primordial de esa divinidad cuya naturaleza inefable seguimos tratando de conocer.

En consecuencia, para aquellos que tenemos fe en el espíritu de la Nueva Era, importa comprender que ella simboliza esencialmente la unión del corazón y del intelecto humano con la divinidad en la construcción de un mundo mejor, donde pueda compartirse el sentido comunitario de integridad y sacralidad. Surgiría de esta manera una conducta social fundamentada en una visión del mundo que estimula la creatividad, la disciplina, la abundancia y la autenticidad.

Los medios de comunicación pueden llegar a identificar hasta tal punto la idea de una Nueva Era con lo irracional, lo mágico, lo paranormal, y los estilos de vida centrados en el engrandecimiento del propio poder, que la imagen pierda su potencia transformadora. Sería de lamentar, pero creo que no alteraría fundamentalmente los hechos. La verdadera transformación que está ocurriendo en nuestra sociedad seguiría su curso. La Nueva Era tiene muy poco que ver con las profecías, imaginaciones y espejismos visualizados en una esfera mágica, pero tiene muchísimo que ver con nuestra capacidad de contactarnos con el mundo de una manera nueva que nos capacite para actitudes y acciones caritativas y transformadoras. Recordando esto, podemos olvidarnos de la Nueva Era de las canalizaciones espíritas, de los cristales de cuarzo, y otras hierbas, y trabajar en descubrir y crear un mundo armonioso que nos nutrirá y ayudará a realizar nuestras potencialidades no sólo a nosotros sino también a nuestra descendencia que heredará este planeta en el futuro.

David Spangler

Traducido y extractado por Alberto Carvajal de
The New Age Vision
Findhorn Publications

Perspectivas Espirituales para el Mundo de Hoy (I)

Perspectivas Espirituales para el Mundo de Hoy (I)

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Intuiciones Iniciales

Nuestra nueva experiencia espiritual empezó a aparecer, creo, a fines de la década de los 50, cuando, en la cima misma del materialismo moderno, algo muy profundo empezó a ocurrir en nuestra psique colectiva. Como si, parados sobre el pináculo de siglos de logro material, hubiéramos hecho una pausa para preguntarnos: “¿Y ahora qué?”. Parecía haber una intuición masiva de que algo más era posible en la vida humana, que era posible alcanzar un sentido más amplio de realización del que nuestra cultura había sido capaz de articular y vivir.

Lo primero que hicimos con nuestra intuición fue, desde luego, mirarnos a nosotros mismos –o más bien mirar las intuiciones y los estilos de vida que veíamos en la cultura que nos rodeaba- con una suerte de crítica despiadada. Tal como fue claramente documentado, el clima emocional de la época era rígido y centrado en la idea de clase. A judíos, católicos y mujeres les costaba mucho alcanzar posiciones de liderazgo. Los negros y otras minorías étnicas eran excluidos por completo. Y el resto de la sociedad adinerada sufría un caso generalizado de categorización material.

Con el sentido de la vida reducido a la economía secular, el status se alcanzaba por el éxito que se mostraba, a partir de lo cual se inventó todo tipo de esfuerzos desopilantes por no ser menos que los demás. A casi todos nos inculcaron una orientación hacia el exterior terriblemente rígida que nos hacía juzgarnos a nosotros mismos siempre de acuerdo con lo que pudiera pensar la gente que nos rodeaba. Y anhelábamos una sociedad que pudiera liberar de alguna manera nuestro potencial.

La Década de los 60.- Por eso empezamos a pedirle más a nuestra cultura, lo cual desembocó en los numerosos movimientos reformadores que caracterizaron la década de los 60. Surgieron rápidamente muchas iniciativas legales que buscaban la igualdad racial y sexual, la protección del medio ambiente e incluso la oposición a la desastrosa guerra no declarada en Vietnam. Ahora podemos ver que, por debajo de la conmoción, la década de los 60 representó el primer punto de partida masiva -la primera “grieta en el huevo cósmico”, como lo denominó Chilton Pearce- en la cosmovisión secular dominante. La cultura occidental, y hasta cierto punto la cultura humana en general, empezaba a superar su orientación materialista para buscar un sentido filosófico más profundo en la vida.

Empezamos a sentir, en una escala mayor que nunca, que nuestra conciencia y experiencia no tenían por qué ser limitadas por la visión estrecha de la era materialista, que todos debían funcionar e interactuar en un nivel más elevado.

Sabíamos, en un nivel más profundo del que podíamos explicar, que de alguna manera podíamos escapar y ser más creativos y libres y estar más vivos como seres humanos.

Por desgracia, nuestras primeras acciones reflejaron los dramas competitivos de la época. Todos mirábamos a los de­más y a las diferentes instituciones que nos irritaban y exigíamos que las estructuras sociales fueran reformadas. En esencia, mirábamos en derredor a nuestra sociedad y les decíamos a los otros: “Deberían cambiar”. Si bien este activismo sin duda trajo aparejadas reformas legales básicas que resultaron útiles, mantuvo intactos los problemas más personales de inseguridad, miedo y ambición que siempre constituyeron el núcleo del prejuicio, la desigualdad y el daño ambiental.

La Década de los 70.- Para cuando llegaron los años 70, empezábamos a comprender este problema. Como veremos más adelante, la influencia de los psicólogos de las profundidades, el nuevo enfoque humanístico en la terapia y el creciente volumen de literatura de autoayuda en el mercado empezó a infiltrarse en la cultura. Nos dimos cuenta de que les pedíamos a los otros  que cambiaran pero pasábamos por alto los conflictos que teníamos adentro. Empezamos a ver que, si queríamos encontrar ese “más” que estábamos buscando, debíamos dejar de lado el comportamiento de los demás y mirar hacia adentro. Para cambiar el mundo, primero debíamos cambiar nosotros.

Casi de un día para otro, ir a ver a un terapeuta dejó de tener un estigma negativo y pasó a ser aceptable; se puso de moda analizar en forma activa nuestra psique. Descubrimos que una revisión de nuestra historia familiar temprana, como bien sabían los freudianos, creaba muchas veces una suerte de percepción o catarsis sobre las ansiedades y defensas indivi­duales, y también cómo y cuándo esos complejos se originaban en nuestra infancia.

A través de ese proceso pudimos identificar las formas en que refrenábamos nuestra realización o nos reprimíamos. De inmediato nos dimos cuenta de que esta focalización interior, este análisis de nuestra historia personal, era útil e importante. No obstante, a la larga, seguíamos viendo que algo faltaba. Veíamos que podíamos analizar nuestra psicología interna durante años y que, no obstante, cada vez que estábamos en situaciones de mucho estrés e inseguridad volvían a presentarse los mismos viejos miedos, reacciones y exabruptos.

A fines de la década de los 70 nos dimos cuenta de que nuestra intuición del “más” no podía ser satisfecha sólo con terapia. Lo que intuíamos era una nueva conciencia, un nuevo sentido de nosotros mismos y un flujo de experiencia superior que reemplazaría los viejos hábitos y reacciones que nos afligían. La vida más plena que sentíamos no tenía que ver con el mero crecimiento psicológico. La nueva conciencia requería una transformación más profunda que sólo podía ser calificada de espiritual.

Las Décadas de los 80 y los 90.- En los años 80, esta percepción nos hizo ir en tres direcciones. La primera estuvo marcada por una vuelta a las religiones tradicionales. Con una renovada chispa de compromiso muchos nos embarcamos en una nueva lectura de las Escrituras y de los rituales sagrados de nuestra herencia, buscando la respuesta a nuestra intuición en una consideración más profunda de los caminos espirituales con­vencionales.

El segundo rumbo fue una búsqueda espiritual más general y personal que nosotros mismos dirigimos, en la que procuramos un entendimiento más ajustado de los caminos espirituales más esotéricos que se habían encontrado a lo largo de la historia.

La tercera dirección fue una huida total del idealismo o la espiritualidad. Frustrados con la introspección de las décadas de los 60 y 70, muchos quisimos volver a capturar el materialismo aletargado de los años 50, cuando la sola vida económica parecía bastar. No obstante, este intento por transformar la gratificación económica en un sustituto de ese sentido de la vida más elevado que intuíamos desembocó tal vez simplemente en una presión interna de enriquecernos rápido. Ejemplos de los excesos que caracterizaron la década de los 80 fueron los escándalos de las empresas de ahorro y préstamo y la gran corrupción en el mercado de valores.

Siempre definí los años 80 como un retorno al Salvaje Oeste, en el que los tres impulsos -un intento de vuelta al materialismo y un renovado análisis de lo espiritual tanto viejo como nuevo- se agitaron y compitieron violentamente. Como vemos ahora retrospectivamente, fueron todos intentos de encontrar ese algo “más” que sentíamos a la vuelta de la esquina. Experimentábamos, fingíamos, competíamos por atraer la atención, con lo cual elevamos gran parte de lo que hacíamos al nivel de una moda superficial y, a la larga, nos sentimos decepcionados.

Con todo, creo que todo lo que pasó en la década de los 80 fue importante, en especial este primer interés masivo en distintos enfoques espirituales. Fue un paso necesario que nos dejó cansados de la publicidad inflada y el comercialismo y nos llevó a un nivel más profundo. En cierto modo fue una depuración que nos llevó a buscar una esencia verdadera y nos convenció al fin de que procurábamos un cambio más profundo en nuestras actitudes y nuestra forma de ser.

De hecho, creo que la intuición colectiva de la década de los 80 adquirió la forma de un mensaje básico: más allá de que analicemos la espiritualidad de nuestras religiones tradiciona­les o las experiencias descritas por los místicos de un camino más esotérico, hay una profunda diferencia entre conocer y debatir la percepción espiritual y experimentar realmente estas percepciones de un nivel personal.

A principios de la década de los 90, pues, estábamos en un lugar muy importante. Si nuestra intuición de los años 60 era acertada y era posible una experiencia de vida más plena, sa­bíamos con claridad que debíamos superar una consideración meramente intelectual y encontrar la experiencia real. Como consecuencia de ello, la publicidad inflada y la moda desaparecieron, pero la búsqueda de la experiencia real no. Por eso nuestra apertura a la espiritualidad alcanzó ahora un nuevo nivel de autenticidad y discusión.

La Búsqueda de lo Real

Dentro de este marco se publicaron La Novena Revelación, La Décima Revelación y toda una serie de libros que abordaban el tema de la percepción espiritual real. Libros que fueron leídos por millones de personas en todo el mundo y que llegaron a la corriente dominante precisamente porque intentaban describir nuestros anhelos espirituales en términos reales, señalando experiencias que de veras podían vivirse.

En la década de los 60, el idealismo predominante de la época me llevó hacia una carrera en la que trabajaba con adolescentes con problemas emocionales y sus respectivas familias, primero como asistente social y luego como administrador. Mirando para atrás, veo una profunda relación entre esas experiencias laborales y la posterior creación de la Revelación. A través del trabajo con esos jóvenes, que en todos los casos habían experimentado un grave maltrato en su infancia, empecé a tener un panorama más amplio de lo que debían superar. Para reparar lo que les había pasado, debían embarcarse en un viaje particular que en cierto modo debía incluir lo trascendente.

La angustia del abuso en los primeros años de vida crea en los niños una marcada necesidad de controlar la existencia. Modelan dramas, a veces graves y autodestructivos, para darse un sentido y por ende reducir su angustia. Romper el esquema de esos dramas puede resultar sumamente difícil, pero los terapeutas lo lograron, facilitando la percepción de los momentos pico de éxito con ejercicios atléticos, interacciones grupales, meditación y otras actividades. Estas actividades apuntan a promover la experiencia de un yo superior que reemplace la vieja identidad y su esquema de reacción concomitante.

Hasta cierto punto, cada uno de nosotros se ve afectado de una u otra manera por el mismo tipo de angustia que experimentan los chicos maltratados. Por fortuna, en la mayoría de los casos esta angustia es de un grado inferior y nuestros esquemas de reacción no son tan extremos, pero el proceso, el nivel de crecimiento que implica, es exactamente el mismo. Esta toma de conciencia a partir de lo que vi en mi trabajo aclaró en mi mente lo que parecía estar viviendo toda la cultura. Sabíamos que la vida, como de costumbre, parecía estar perdiéndose algo a lo que se podía llegar a través de una experiencia transformadora interior, un cambio real en la forma en que nos percibíamos nosotros mismos y nuestra vida susceptible de producir una identidad personal más elevada y más espiritual. El esfuerzo por describir esta trayectoria psicológica fue la base de La Novena Revelación.

La Revelación

El período en que escribí La Novena Revelación se extendió de enero de 1989 a abril de 1991 y se caracterizó por una suerte de proceso de ensayo y error. Curiosamente, mientras recordaba experiencias anteriores y escribía sobre ellas, entre­lazándolas en un relato de aventura, ocurrían coincidencias asombrosas que enfatizaban los argumentos específicos que quería plantear. Aparecían libros en forma misteriosa, o tenía encuentros oportunos con la clase exacta de individuos que trataba de describir. A veces se me acercaban extraños sin un motivo evidente y me hablaban de sus experiencias espirituales. Obligado a darles el manuscrito, descubrí que sus reacciones siempre señalaban la necesidad de una revisión o una ampliación.

La señal de que el libro estaba casi terminado se produjo cuando muchas de esas personas empezaron a pedirme copias del manuscrito para sus amigos. Mi primera búsqueda de editor no tuvo éxito y chocó contra el primero de los que ahora califico muros de ladrillos. Todas las coincidencias se interrumpieron y me sentí paralizado. En ese momento, empecé al fin a aplicar lo que considero como una de las verdades más importantes de la nueva conciencia. Fue una actitud que conocía y que había experimentado antes pero que todavía no estaba lo bastante integrada a mi consciente para recurrir a ella en una situación estresante.

El Nuevo Paradigma Evolutivo

El Nuevo Paradigma Evolutivo

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En la obra de Arthur Clarke, El fin de la Infancia, los Súper-amos misteriosos extraterrestres que han controlado la tierra durante cientos de años – explican que ellos son sólo protectores interinos para a humanidad. A pesar de sus mayores poderes intelectuales, los Súper-amos se encuentran en un callejón sin salida desde el punto de vista evolutivo, mientras que la humanidad tiene una infinita capacidad de evolución:
Por encima de nosotros está la Súper-mente, que nos usa como un alfarero usa su rueda. Y vuestra raza es la arcilla que está siendo moldeada en esa rueda. Nosotros creemos aunque es sólo una teoría- que la Súper-mente está tratando de crecer, de extender su poder y su consciencia al universo entero. Por ahora, debe ser la suma de muchas razas, y hace tiempo que dejó atrás la tiranía de la materia Nosotros hemos sido enviados aquí por Ella para cumplir sus mandatos, para prepararos para la transformación que está ya a la vuelta de la esquina. En cuando a la naturaleza de ese cambio, poco podemos deciros se extiende de forma explosiva, como la formación de cristales en torno al núcleo primitivo en una solución saturada.

Muchos autores científicos serios han expresado en términos académicos la metáfora literaria descrita por Clarke. Sospechan que tal vez podemos estar tocando el teclado de nuestra propia evolución, como si se tratara de un instrumento musical. La teoría de la evolución de Darwin, fundada en las mutaciones por azar y en la supervivencia de los más aptos, ha resultado ser decididamente inadecuada para poder explicar una gran cantidad de observaciones en el campo de la biología. Así como toda una serie de hechos que escapaban a los presupuestos de la física de Newton indujeron a Einstein a formular una sorprendente teoría nueva, así también está surgiendo un nuevo paradigma ante la necesidad de ensanchar nuestra comprensión de la evolución.

Darwin insistía en que la evolución había tenido lugar de forma muy gradual. Steven Jay Gould, biólogo y geólogo de Harvard, señala que en vísperas de la publicación de El origen de las especies, T. H. Huxley escribió a Darwin prometiéndole luchar en su favor, pero avisándole que había recargado innecesariamente su argumentación con su insistencia. La imagen de Darwin, de una evolución glacialmente lenta, reflejaba en parte su admiración por Charles Lyell, promotor de la concepción gradualista en geología. Según Gould, Darwin concebía la evolución como un proceso majestuoso y ordenado, que operaba a una velocidad tan lenta que escapaba a las posibilidades de observación durante la vida de una persona. Y al igual que Lyell rechazaba la evidencia de los cataclismos en geología, también Darwin eludía los problemas que se le hacían evidentes. Ciertamente parecía haber grandes saltos, peldaños ausentes en la escala de la evolución, pero lo atribuía a mera imperfección en los hallazgos geológicos. El cambio no era abrupto más que en apariencia. Pero hasta el día de hoy sigue sin aparecer una evidencia fósil de esos necesarios eslabones ausentes. Para Gould, esa extremada escasez de restos fósiles de formas de vida transicionales constituye el secreto de fabricación de la paleontología. Otros científicos más jóvenes, a la vista de la ausencia constante de tales eslabones ausentes, miran con creciente escepticismo a la antigua teoría. La antigua explicación de que los restos fósiles resultan insuficientes, constituye en sí misma una explicación insuficiente, ha dicho N. Eldredge, del Museo Americano de Historia Natural.

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Gould y Eldredge, cada uno por su lado, han propuesto para resolver este problema una teoría que concuerda con los datos geológicos. Los paleontólogos soviéticos han propuesto una teoría similar. El puntuacionismo o equilibrio puntuado sugiere que el equilibrio de la vida viene puntuado de vez en cuando por serias tensiones. Si se aísla una pequeña porción de una población ancestral fuera de su hábitat normal, ello puede dar lugar a la aparición de una especie nueva. Por otra parte, la población sufre un intenso stress cuando vive al límite de su tolerancia. Según Gould, las variaciones favorables se extienden rápidamente. Las pequeñas porciones periféricas aisladas constituyen el laboratorio del cambio evolutivo. La mayoría de las especies no cambian de dirección mientras perduran sobre la tierra. En los restos fósiles presentan una apariencia muy semejante a cuando desaparecen, dice Gould. De acuerdo con las evidencias geológicas, la nueva especie surge de golpe. No evoluciona gradualmente a partir de un cambio constante operado en sus antecesores, sino que aparece de una vez y completamente formada.

El antiguo paradigma veía la evolución como un continuo trepar por una escala, mientras que Gould y otros la asemejan al proceso de continua división y subdivisión de las ramas de un árbol. Por ejemplo, los antropólogos han descubierto en los últimos años que en un tiempo hubo al menos tres formas de homínidos coexistentes, esto es, de criaturas que habían sobrepasado el estadio evolutivo de simios. Anteriormente se pensaba que esos diversos especimenes formaban una secuencia. Hoy en día se sabe que algunos de los presuntos descendientes vivía al mismo tiempo que sus presuntos ancestros. Del trono parental primates primitivos – se separaron varias ramas diferentes. Algunas sobrevivieron y continuaron evolucionando, mientras que otras desaparecieron. El Homo, con su cerebro desarrollado, apareció totalmente de repente.

El nuevo paradigma atribuye la evolución a saltos periódicos efectuados por pequeños grupos. Esta idea del cambio es significativa al menos por dos razones: de una parte, porque requiere un mecanismo de cambio biológico más poderoso que la mera mutación al azar, y de otra, porque abre la posibilidad de una rápida evolución en nuestra propia época, en la que el equilibrio de la especie está puntuado por el stress. En la sociedad moderna, el stress se experimenta en las fronteras de nuestros límites psicológicos más que en las de nuestros límites geográficos. El ser pionero constituye una aventura cada vez más psicoespiritual, ya que las fronteras físicas están más que agotadas, ya no queda espacio por explorar.

Según Gould, en el siglo diecinueve los europeos favorecían la idea del gradualismo, tanto en geología como en la evolución; se adaptaba mejor a la filosofía dominante, que sentía horror por todo tipo de revoluciones, incluso naturales. Nuestras filosofías delimitan lo que nos permitimos ver, decía. Estamos necesitados de filosofías pluralistas que nos permitan percibir la evidencia desde distintos puntos de vista: Si el gradualismo, más que un hecho natural, es un producto del pensamiento occidental, entonces deberíamos tomar en consideración otras filosofías alternativas respecto del cambio, a fin de ensanchar nuestro campo más allá de los límites de prejuicios sofocantes. En la Unión Soviética, por ejemplo, los científicos utilizan una filosofía muy diferente con respecto al cambio hablan de transformación de la cantidad en calidad. Esto puede sonar a jerga de vendedor callejero, pero es una forma de sugerir que el cambio sucede a grandes saltos, a consecuencia de una lenta acumulación de tensiones sobre un sistema, que sigue aguantando hasta alcanzar el punto de ruptura.

Según recientes hallazgos, la evolución puede acelerarse por determinados mecanismos genéticos. En efecto, se ha demostrado que en las bacterias y en otras formas de vida hay genes y segmentos de ADN que entran y salen de sus respectivos cromosomas, lo que sugiere que los cromosomas están tal vez sujetos a continua modificación. Los investigadores suponen que una reestructuración genética semejante podría darse en todas las formas de vida. Determinados segmentos del ADN no parecen contribuir en absoluto al cumplimiento por los genes de sus funciones ordinarias. El descubrimiento de esas secuencias eventuales, que parecen un sinsentido en el contexto del código genético, fue calificado de espantoso por uno de los investigadores, Walter Gilbert, de la U. de Harvard. Según observaba el periódico británico New Scientist, el mismo concepto de lo que es un gen está ahora en cuestión. Es posible que el ADN no sea ese sólido archivo que habían supuesto los biólogos, sino más bien un flujo, un sistema dinámico en el que se dilatan y contraen conjuntos de genes, con elementos transeúntes que saltan fuera y dentro del mismo.

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El bioquímico Albert Scent-Gyorgyi, descubridor de la vitamina C y galardonado con el premio Nobel, ha sugerido que la tendencia hacia un orden más elevado podría muy bien ser un principio fundamental de la naturaleza. Él la denomina sintropía, lo opuesto a la entropía, y cree que la materia viva posee un instinto interior de auto-perfeccionamiento. Tal vez en los organismos vivientes la parte periférica de cada célula transmite información de retorno al ADN situado en su núcleo, haciéndole cambiar sus instrucciones. Después de todo ha dicho – hasta hace unos pocos años no se sabía la forma cómo el ADN transmite sus instrucciones a la célula en primer lugar. Algún otro tipo de proceso, igualmente elegante, podría alterar esas instrucciones. Scent-Gyorgyi rechaza la idea de que las mutaciones al azar puedan explicar la complejidad de la materia viva. Las reacciones biológicas son reacciones en cadena, y las moléculas encajan entre sí con mayor precisión que las ruedecillas de un reloj suizo. Cómo, entonces, podrían haberse desarrollado de forma accidental? Porque en caso de cambiar una sola de esas ruedecillas sumamente específicas, todo el sistema deja sencilla y necesariamente de funcionar. Decir que puede mejorarse por la mutación aleatoria de un eslabón me suena como decir que se puede mejorar un reloj suizo dejándolo caer y haciendo así que se doble uno de sus ejes. Para conseguir un reloj mejor, es preciso cambiar simultáneamente todos sus engranajes, haciendo que encajen de nuevo perfectamente.

Los biólogos han observado que la naturaleza ofrece muchas características evolucionadas del tipo todo-o-nada, tales como la estructura que permite volar a los pájaros, lo cual no puede haber ocurrido por mutaciones aleatorias y supervivencia de los más aptos. El tener medias-alas no habría conferido ninguna ventaja para la supervivencia. Además, las alas no habrían servido de nada de no haber cambiado la estructura ósea al mismo tiempo. La evolución implica una verdadera transformación, una reforma de la estructura básica, y no meras añadiduras.

Incluso en formas vitales más simples se encuentran logros evolutivos tan sorprendentes que nuestras teorías más elaboradas se sienten humilladas. En African Genesis, Robert Ardrey evoca una anécdota que le sucedió en Kenia, donde L. Leakey llamó su atención hacia lo que le pareció ser una flor de color coral formada por muchos brotecillos, como si fuera un jacinto. Al examinarla de cerca, cada uno de esos brotes de forma oblonga resultó ser el ala de un insecto: chinches flatidae, según Leakey. Asombrado, Ardrey señaló que sin duda era un ejemplo sorprendente de defensa por imitación de la naturaleza. Leakey le escuchaba divertido; luego le explicó que la flor de coral imitada por las chinches no existe en la naturaleza. Más aún, en cada puesta de huevos de la hembra hay al menos una chinche flatidae con alas verdes, no de color coral, y varias además con alas de colores intermedios. Cómo habían podido evolucionar así las chinches flatidae? Cómo pueden encontrar sus lugares respectivos hasta quedar en posición, como niños de colegio que ocupan su lugar para participar de una ceremonia? Colin Wilson ha sugerido que no es solamente que estas chinches tengan una especie de consciencia común, sino que su misma existencia se debe a una conexión genética telepática. La comunidad de chinches flatidae es de alguna manera un único individuo, una única mente, cuyos genes sufrieron la influencia de su propia necesidad colectiva.

Es posible que estemos también nosotros expresando una necesidad colectiva, y nos estemos preparando para un salto evolutivo? El físico John Platt ha afirmado que la humanidad está experimentando en la actualidad un choque evolutivo frontal, y que muy rápidamente podría resurgir coordinada de maneras desconocidas hasta ahora implícitas no obstante en su material biológico desde el principio, tan ciertamente como la mariposa está implícita en la oruga.

La ciencia de la transformación
Cuando los puzzles y las paradojas reclaman una solución, se hace necesario un nuevo paradigma. Afortunadamente, la rápida evolución biológica, cultural y personal – está encontrando una nueva, profunda y poderosa explicación. La teoría de las estructuras disipativas valió a su autor, Ilya Prigogine, físico y químico belga, el premio Nobel de química en 1977. Esta teoría puede suponer para la ciencia en general un paso tan importante como lo fueran las teorías de Einstein para la física. Viene a tender un puente sobre el foso que separa la física y la biología: el eslabón ausente que uniría los sistemas vivientes con el universo aparentemente carente de vida en el que aquellos se desarrollan.