El espacio interior

El espacio interior

Un antiguo relato sufí dice que vivía en algún país del Medio Oriente un rey cuya existencia oscilaba permanentemente entre la felicidad y el abatimiento. Se enojaba o reaccionaba intensamente frente a la más mínima cosa, y su felicidad se convertía rápidamente en desilusión y desesperación. Llegó el día en que el rey se cansó finalmente de sí mismo y de la vida y comenzó a buscar una salida. Hizo llamar a un sabio que habitaba en su reino y que tenía fama de iluminado. Cuando se presentó el sabio, el rey le dijo, “deseo ser como tú. Podrías darme algo que traiga equilibrio, serenidad y sabiduría a mi vida?

A lo que el sabio respondió: te haré un regalo, siempre y cuando te hagas digno de él”. El rey prometió que así sería, y el sabio se fue.

A las pocas semanas regresó y le entregó al rey un cofre de jade tallado. Al abrirlo, el rey encontró un anillo de oro en el cual había grabadas unas letras. La inscripción decía:  “También esto pasará”.

¿Qué significa ésto?  preguntó el rey.   Y el sabio le dijo, “Lleva siempre este anillo y antes de que califiques de bueno o malo cualquier acontecimiento, toca el anillo y lee la inscripción. De esa forma estarás siempre en paz”.

También esto pasará.   ¿Qué hay en estas palabras tan sencillas que las hace tan poderosas?  A primera vista parecería que sirvieran para darnos consuelo en situaciones difíciles y que también podrían privarnos de los goces de la vida. “No seas demasiado feliz, porque esa felicidad no durará”. Eso parecerían decir en una situación percibida como buena.

La historia del anillo apunta hacia la realidad de la temporalidad que, una vez que la reconocemos, nos lleva al desapego.   No resistirnos, no juzgar y no apegarnos son los tres secretos de la verdadera libertad y de una vida iluminada.

La inscripción del anillo no nos dice que no disfrutemos las cosas buenas de la vida, y tampoco es un consuelo para los momentos de sufrimiento. Tiene un propósito más profundo: ayudarnos a tomar consciencia de lo efímero de todas las situaciones, lo cual se debe a la transitoriedad de todas las formas, buenas o malas. Cuando tomamos consciencia de esa transitoriedad, nuestro apego disminuye y dejamos de identificarnos hasta cierto punto con ellas.

El desapego no implica que no podamos disfrutar de las cosas buenas que el mundo nos ofrece. En realidad nos ayuda a disfrutarlas todavía más. Una vez que reconocemos y aceptamos que todas las cosas son transitorias y que el cambio es inexorable, podemos disfrutar los placeres del mundo sin temor a la pérdida y sin angustia frente al futuro. Cuando nos desapegamos, podemos ver las cosas desde un punto de vista más elevado en lugar de quedar atrapados por los acontecimientos de la vida.

Somos como el astronauta que ve el planeta Tierra rodeado por el espacio infinito y reconoce una verdad paradójica: que la Tierra es preciosa pero insignificante al mismo tiempo. El hecho de reconocer que Esto también pasará trae consigo el desapego, y éste a su vez nos abre una nueva dimensión en la vida: el espacio interior. Cuando vivimos en el desapego, sin juzgar y sin resistirnos, logramos acceso a esa dimensión.

Cuando dejamos por completo de estar identificados con las formas, la consciencia, lo que somos, se libera de su prisión en la forma. Esa liberación es el surgimiento del espacio interior. Se presenta como una quietud, una paz sutil en el fondo de nuestro ser, hasta en presencia de algo aparentemente malo. Esto también pasará. Entonces, súbitamente, hay un espacio alrededor del suceso. También hay espacio alrededor de los altibajos emocionales, incluso alrededor del sufrimiento. Y por encima de todo, hay espacio entre los pensamientos. Y desde ese espacio emana una paz que “no es de este mundo”, porque este mundo es forma y la paz es espacio. Es la paz de Dios.

Entonces podremos disfrutar y honrar las cosas de este mundo sin atribuirles la importancia y el peso que no tienen. Podremos participar en la danza de la creación y llevar una vida activa sin apegarnos a los resultados y sin imponer exigencias exageradas al mundo: lléname, hazme feliz, hazme sentir seguro, dime quién soy. El mundo no puede darnos esas cosas, y cuando nos despojamos de esas expectativas desaparece todo el sufrimiento creado por nosotros mismos. Todo ese sufrimiento se debe a que le hemos dado un valor exagerado a la forma y al hecho de no tener consciencia de la dimensión del espacio interior. Cuando esa dimensión se manifiesta en nuestra vida podemos disfrutar las cosas, las experiencias y los placeres de los sentidos sin perdernos en ellos, sin apegarnos a ellos, es decir, sin volvernos adictos al mundo.

Esto también pasará es la frase que nos muestra la realidad. Al señalar la temporalidad de todas las formas, señala, por lo tanto, hacia lo eterno. Solamente lo eterno de nosotros puede reconocer la temporalidad de lo temporal.

Cuando se pierde la dimensión del espacio o cuando no la reconocemos, las cosas del mundo adquieren una importancia absoluta, una seriedad y un peso que realmente no tienen. Cuando no vemos el mundo desde la perspectiva de lo sin forma, se convierte en un lugar amenazador y, en última instancia, en un lugar de desesperación. El profeta del Antiguo Testamento debió sentirlo así cuando escribió, “se cansarán de hablar y no podrán decir más, pero no se sacia el ojo de ver ni el oído de oír

La consciencia del objeto y la consciencia del espacio

La vida de la mayoría de las personas está atestada de cosas: cosas materiales, cosas por hacer, cosas en qué pensar. Es una vida parecida a la historia de la humanidad, la cual Winston Churchill definió diciendo, “una maldita cosa tras otra”. Sus mentes están atestadas de pensamientos, que se suceden uno tras otro sin parar. Esa es la dimensión de la consciencia del objeto, la cual constituye la realidad predominante de muchas personas y es la causante de tanto desequilibrio. A fin de que la cordura reine nuevamente en nuestro planeta, debemos equilibrar la consciencia del objeto con la consciencia del espacio. El surgimiento de la consciencia del espacio es la etapa siguiente en la evolución de la humanidad.

Tener consciencia del espacio significa que, además de tener consciencia de las cosas (que siempre se reducen a las percepciones sensoriales, las emociones y los pensamientos) hay un estado de alerta subyacente. Ese estado de alerta implica que no solamente somos conscientes de las cosas (los objetos) sino también del hecho de ser conscientes. Es eso que percibimos como una quietud despierta en el fondo mientras las cosas suceden en primer plano. Es una dimensión que está presente en todos nosotros, pero que pasa inadvertida para la mayoría de las personas. Algunas veces la señalo cuando pregunto, “Puede sentir su propia Presencia?”

La consciencia del espacio representa no solamente la liberación del ego, sino también del materialismo y la materialidad. Es la dimensión espiritual, la única capaz de imprimir trascendencia y un verdadero significado a este mundo.

La razón verdadera por la cual nos molestamos ante una situación, una persona o un suceso no está en la persona, la situación o el suceso, sino en haber perdido la perspectiva que solamente el espacio nos puede proporcionar. Quedamos atrapados en la consciencia del objeto y perdemos de vista el espacio interior atemporal de la consciencia misma. Cuando utilizamos como guía la frase esto también pasará, recuperamos la consciencia de esa dimensión interior.

Otra frase que nos señala la verdad interior es la siguiente: “nunca estoy disgustado por la razón que creo”.

Cómo reconocer el espacio interior

El espacio entre los pensamientos probablemente se haya manifestado esporádicamente en su vida sin que usted se percatara. Para la consciencia obnubilada por las experiencias y condicionada para identificarse exclusivamente con la forma, es decir, para la consciencia del objeto, es casi imposible reconocer el espacio en un principio. Esto implica que es imposible tomar consciencia de nosotros mismos porque siempre estamos conscientes de alguna otra cosa. La forma nos distrae continuamente. Hasta en los momentos en que nos parece estar conscientes de nosotros mismos nos hemos convertido en un objeto, una forma de pensamiento, de modo que tomamos consciencia de un pensamiento, no de nosotros mismos.

Al oír hablar del espacio interior quizás usted se disponga a buscarlo, pero si lo busca como si se tratara de un objeto o una experiencia, no podrá encontrarlo. Ese es el dilema de todas las personas que buscan la realización espiritual o la iluminación. Cristo dijo, “El reino de Dios no vendrá con señales que puedan observarse; tampoco dirán, ‘Ha llegado’ o ‘Aquí está, porque el reino de Dios está en vosotros “.

Cuando nos pasamos la vida insatisfechos, preocupados, nerviosos, desesperados o agobiados por otros estados negativos; siendo que podemos disfrutar las cosas sencillas como el sonido de la lluvia o del viento; cuando podemos ver la belleza de las nubes deslizándose en el cielo o estar solos sin sentirnos abandonados o sin necesitar el estímulo mental del entretenimiento; cuando podemos tratar a los extraños con verdadera bondad sin esperar nada de ellos, es porque se ha abierto un espacio, aunque sea breve, en medio de ese torrente incesante de pensamientos que es la mente humana. Cuando eso sucede, nos invade una sensación de bienestar, de paz vívida, aunque sutil. La intensidad varía entre una sensación de contento escasamente perceptible y lo que los antiguos sabios de la India llamaron “ananda” (la dicha de Ser). Al haber sido condicionados a prestar atención a la forma únicamente, quizás no podamos notar esa sensación, salvo de manera indirecta. Por ejemplo, hay un elemento común entre la capacidad para ver la belleza, apreciar las cosas sencillas, disfrutar de la soledad o relacionarnos con otras personas con bondad. Ese elemento común es la sensación de tranquilidad, de paz y de estar realmente vivos. Es el telón de fondo invisible sin el cual esas experiencias serían imposibles.

Cada vez que sienta la belleza, la bondad, que reconozca la maravilla de las cosas sencillas de la vida, busque ese telón de fondo interior contra el cual se proyecta esa experiencia. Pero no lo busque como si buscara algo. No podría identificarlo y decir, “Lo tengo”, ni comprenderlo o definirlo mentalmente de alguna manera. Es como el cielo sin nubes. No tiene forma. Es espacio; es quietud; es la dulzura del Ser y mucho más que estas palabras, las cuales son apenas una guía. Cuando logre sentirlo directamente en su interior, se profundizará. Así, cuando aprecie algo sencillo, un sonido, una imagen, una textura, cuando vea la belleza, cuando sienta cariño y bondad por otra persona, sienta ese espacio interior de donde proviene y se proyecta esa experiencia.

Desde tiempos inmemoriales, muchos poetas y sabios han observado que la verdadera felicidad (a la que denomino la alegría de Ser) se encuentra en las cosas más sencillas y aparentemente ordinarias. La mayoría de las personas, en su búsqueda incesante de experiencias significativas, se pierden constantemente de lo insignificante, lo cual quizás no tenga nada de insignificante. Nietzsche, el filósofo, en un momento de profunda quietud, escribió: “Cuán poco es lo que se necesita para sentir la felicidad! … Precisamente la cosa más mínima, la cosa más suave, la cosa más liviana, el sonido de la lagartija al deslizarse, un suspiro, una brizna, una mirada La mayor felicidad está hecha de lo mínimo. Es preciso mantener la quietud”.

Por qué es que la “mayor felicidad” está hecha de “lo mínimo”? Porque la cosa o el suceso no son la causa de la felicidad aunque así lo parezca en un principio. La cosa o el suceso es tan sutil, tan discreto que ocupa apenas una parte de nuestra consciencia. El resto es espacio interior, es la consciencia misma con la cual no interfiere la forma. El espacio interior, la consciencia y lo que somos realmente en nuestra esencia son la misma cosa. En otras palabras, la forma de las cosas pequeñas deja espacio para el espacio interior. Y es a partir del espacio interior, de la consciencia no condicionada, que emana la verdadera felicidad, la alegría de Ser. Sin embargo, para tomar consciencia de las cosas pequeñas y quedas, es necesario el silencio interior. Se necesita un estado de alerta muy grande. Mantenga la quietud. Mire. Oiga. Esté presente.

He aquí otra forma de encontrar el espacio interior: tome consciencia de estar consciente. Diga o piense, “Yo Soy” sin agregar nada más. Tome consciencia de la quietud que viene después del Yo Soy. Sienta su presencia, el ser desnudo, sin velos, sin ropajes. Es el Ser para el cual no hay juventud, vejez, riqueza o pobreza, bien o mal, ni ningún otro atributo. Es la matriz espaciosa de toda la creación, de toda la forma.

La acción correcta

El ego pregunta: cómo puedo hacer que esta situación satisfaga mis necesidades, o cómo puedo llegar a otra situación que en efecto satisfaga mis necesidades?

La Presencia es un estado de amplitud interna. Cuando estamos presentes, preguntamos, “cómo reacciono a las necesidades de esta situación, de este momento?” En realidad ni siquiera necesitamos hacer la pregunta. Estamos quedos, alertas, abiertos a lo que es. Aportamos una nueva dimensión a la situación: espacio. Entonces observamos y oímos. Y así nos volvemos uno con la situación. Si en lugar de reaccionar contra la situación, nos fundimos en ella, la solución emana de la situación misma. En realidad, no es nuestra persona quien observa y oye, sino la quietud misma. Entonces, si la acción es posible o necesaria, optamos por una acción, o mejor aún, la acción correcta sucede a través de nosotros. La acción correcta es aquella que es apropiada para el todo. Cuando se cumple la acción queda la quietud, el espacio, el estado de alerta. No hay quien lance los brazos al aire en señal de triunfo ni vocifere un “Sí!” desafiante. No hay nadie que diga, “Vean, eso es obra mía”.

El espacio interior es la fuente de toda creatividad. Una vez lograda la creación, la manifestación de la forma, debemos mantenernos atentos para que no surja la noción de que esa forma es “mía”. Cuando nos damos el crédito por lo logrado es porque el ego está de vuelta y ha relegado a segundo plano ese vasto espacio.

Percibir sin nombrar

La mayoría de las personas tienen apenas una consciencia periférica del mundo que las rodea, especialmente cuando los alrededores son conocidos. La voz de su mente absorbe la mayor parte de su atención. Algunas personas se sienten más vivas cuando viajan y visitan lugares desconocidos o países extraños porque en ese momento su sentido de la percepción, de la experiencia, ocupa mayor parte de su consciencia que los pensamientos. Se tornan más presentes; en cambio otras permanecen completamente poseídas por la voz de su mente aún en esos momentos. Sus juicios instantáneos distorsionan sus percepciones y experiencias. Es como si no hubieran salido de sus casas. El único que se desplaza es el cuerpo, mientras que ellas se quedan donde siempre han estado: dentro de sus cabezas.

Esta es la realidad de la mayoría de las personas: tan pronto como perciben algo, el ego, ese ser fantasma, le da un nombre, lo interpreta, lo compara con otra cosa, lo acepta, lo rechaza o lo califica de bueno o malo. La persona es prisionera de las formas de pensamiento, de la consciencia del objeto.

No es posible despertar la espiritualidad hasta tanto cese la urgencia compulsiva por nombrar o hasta tomar consciencia de ella y poder observarla en el momento en que sucede. Es nombrando constantemente que el ego mantiene su lugar en la mente no observada. Cuando cesa el impulso de nombrar, e incluso en el momento mismo en que tomamos consciencia de él, se abre el espacio interior y nos liberamos de la posesión de la mente.

Tome algún objeto que tenga a la mano (un bolígrafo, una silla, una taza, una planta) y explórelo visualmente, es decir, mírelo con gran interés, casi con curiosidad. Evite los objetos con asociaciones personales fuertes que le recuerden el pasado, por ejemplo, el lugar donde lo adquirió, la persona de quien lo recibió, etc. Evite también cualquier cosa que tenga letras encima como un libro o un frasco, porque estimularía el pensamiento. Sin esforzarse, concentre toda su atención en cada uno de los detalles del objeto, manteniéndose en un estado de alerta pero relajado. En caso de que aflore algún pensamiento, no se deje arrastrar por él.

No son los pensamientos los que le interesan sino el acto mismo de percibir. Puede eliminar los pensamientos? Puede mirar sin que la voz de su mente comente, llegue a conclusiones, compare o trate de dilucidar algo? Después de un par de minutos, dirija su mirada a su alrededor, haciendo que su atención ilumine cada cosa sobre la cual se pose.

Después lleve su atención a los sonidos que se producen a su alrededor. Escuche de la misma manera como observó los objetos, algunos sonidos pueden ser naturales (el agua, el viento, los pájaros), mientras que otros son hechos por el hombre. Algunos son agradables, mientras que otros pueden ser desagradables. Sin embargo, no trate de diferenciar entre los buenos y los malos. Permita que cada sonido sea como es, sin interpretaciones. La clave, nuevamente, es el estado de alerta y atención.

Cuando miramos y escuchamos de esa manera, tomamos consciencia de un sentido de calma sutil y quizás casi imperceptible en un principio. Algunas personas lo sienten como una quietud en el fondo, otras hablan de una sensación de paz. Cuando la consciencia no está completamente absorta en los pensamientos, parte de ella permanece en su estado original sin forma, y no condicionado. Ese es el espacio interior.

Quién es el experimentador?

Lo que vemos, oímos, saboreamos, tocamos y olemos son, naturalmente, objetos de los sentidos. Son las cosas que experimentamos. Pero, quién es el sujeto, el experimentador? Si usted en este momento dice, “bueno, pues claro que el experimentador soy yo, Pedro Pérez, contador, de cuarenta y cinco años, divorciado, padre de dos hijos”, estará equivocado. Pedro Pérez y todo aquello con lo cual se identifique el concepto mental de quien es usted, son los objetos de la experiencia, no el sujeto que tiene la experiencia.

Son tres los posibles ingredientes de toda experiencia: las percepciones sensoriales, los pensamientos o las imágenes mentales y las emociones. Por tanto, todos ellos son parte de su experiencia en el momento en que pasan por su mente. Ellos y todo lo demás que usted pueda decir o pensar acerca de usted mismo son los objetos, no el sujeto. Son la experiencia, no el experimentador. Usted podría agregar miles de definiciones más acerca lo que es usted y sin duda alguna crecería la complejidad de su experiencia (y también los ingresos de su psiquiatra), pero no es ése el camino para descubrir al experimentador, el cual es anterior a todas las experiencias pero sin el que no habría experiencia.

Entonces quién es el experimentador? Usted. Y quién es usted? La consciencia. Y qué es consciencia? Esa pregunta no tiene respuesta porque tan pronto como se da una respuesta se la falsifica y se la convierte en otro objeto. La consciencia, cuyo nombre tradicional es Espíritu, no se puede conocer en el sentido normal de la palabra, y es inútil buscarla. Todo el conocimiento reside en el ámbito de la dualidad: sujeto y objeto, conocedor y conocido. El sujeto, el yo, el conocedor sin quien sería posible todo conocimiento, toda percepción o todo pensamiento, debe eludir por siempre todo conocimiento. Esto se debe a que es sin forma, solamente las formas son susceptibles de conocerse y, no obstante, sin la dimensión sin forma, el mundo de la forma sería imposible. Es el espacio luminoso en el cual emerge y se sumerge el mundo. Ese espacio es la vida que Yo Soy. Es atemporal. Lo que sucede en ese espacio es relativo y temporal: el placer y el dolor, la ganancia y la pérdida, el nacimiento y la muerte.

Toda la Creación existe en ti y todo lo que existe en ti existe también en la Creación. No hay divisoria entre tú y un objeto que esté muy cerca de ti, como tampoco hay distancia entre tú y los objetos lejanos. Todas las cosas, las más pequeñas y las más grandes, las más bajas y las más altas, están en ti y son de tu misma condición. Un solo átomo contiene todos los elementos de la Tierra. Un solo movimiento del espíritu contiene todas las leyes de la vida. En una sola gota de agua se encuentra el secreto del inmenso océano. Una sola manifestación de ti contiene todas las manifestaciones de la vida.

Kahlil Gibran

El mayor impedimento para descubrir el espacio interior, para encontrar al experimentador, es fascinarse con la experiencia hasta el punto de perderse en ella. Es la consciencia extraviada en su propio sueño. Es dejarse atrapar hasta tal punto por cada pensamiento, cada emoción y cada experiencia que en efecto permanecemos en una especie de ensoñación. Ese ha sido el estado normal de la humanidad durante miles de años.

Aunque no podemos conocer la consciencia, podemos reconocer en ella lo que somos. Podemos sentirla directamente en cualquier situación, independientemente de donde estemos. Podemos sentirla aquí y ahora como la Presencia, el estado interior en el cual se perciben las palabras de esta página y se convierten en pensamientos. Es el Yo Soy de fondo. Las palabras que estamos leyendo y convirtiendo en pensamientos son la parte delantera del escenario y el Yo Soy es el telón de fondo, el substrato, la base subyacente de toda experiencia, pensamiento y sentimiento.

El espacio interior y exterior

El cuerpo interior no es sólido sino espacioso. No es la forma física, sino la vida que la anima. Es la inteligencia creadora y la que sustenta el cuerpo, es la que coordina simultáneamente centenares de funciones diferentes de una complejidad tan extraordinaria que la mente humana puede comprender apenas una fracción infinitesimal de la misma. Cuando tomamos consciencia de ella, lo que sucede realmente es que la inteligencia toma consciencia de si misma. Es la “vida” evasiva que ningún científico ha podido descubrir porque la consciencia que la busca es ella misma.

Los físicos han descubierto que la aparente solidez de la materia es una ilusión producto de nuestros sentidos. Esto se aplica también al cuerpo físico, al cual vemos como una forma. Sin embargo, el 99.99 por ciento del cuerpo es realmente espacio vacío. Así de vasto es el espacio entre los átomos comparado con su tamaño, para no mencionar también el gran espacio que hay al interior de cada átomo. El cuerpo físico no es más que una interpretación equivocada de lo que somos. Es, en muchos sentidos, una versión a escala del macrocosmos del espacio exterior.

Para darnos una idea de lo vasto que es el espacio entre los cuerpos celestes, consideremos lo siguiente: la luz, viajando a una velocidad constante de 186,000 millas (300,000 kilómetros) por segundo, tarda poco más de un segundo en recorrer la distancia entre la tierra y la luna; la luz del sol tarda cerca de 8 minutos en llegar a la tierra. La luz de nuestro vecino más cercano en el espacio, la estrella Próxima Centauro, es decir, el sol más cercano al nuestro, viaja durante 4.5 años antes de llegar a la Tierra. Así de vasto es el espacio que nos rodea. Y después está el espacio intergaláctico, cuya inmensidad escapa a nuestra comprensión. La luz de la galaxia más cercana a la nuestra, Andrómeda, tarda 2.4 millones de años en llegarnos. No es verdaderamente asombroso que nuestro cuerpo sea tan espacioso como el universo?

Así, el cuerpo físico, que es forma, se revela esencialmente sin forma cuando profundizamos en él. Se convierte en la puerta de entrada hacia el espacio interior. Aunque el espacio interior carece de forma, está intensamente vivo. Ese “espacio vacío” es la vida en toda su plenitud, la Fuente no manifiesta de la cual fluyen todas las manifestaciones. El vocablo tradicional para designar esa fuente es Dios.

Los pensamientos y las palabras pertenecen al mundo de la forma; no pueden expresar lo sin forma. Así, cuando decimos, “siento mi cuerpo interior”, se trata de una interpretación errada creada por el pensamiento. Lo que sucede realmente es que la consciencia que se presenta como un cuerpo (el Yo Soy) está tomando consciencia de sí misma. Cuando dejamos de confundir lo que somos con una forma transitoria del “yo”, entonces la dimensión de lo infinito y eterno, Dios, se puede expresar a través de “mí” y guiarme. También nos independiza de la forma. Sin embargo, de nada sirve reconocer a nivel puramente intelectual que “yo no soy esta forma”. La pregunta más importante de todas es: puedo sentir en este momento mi propia Presencia, o más bien, la Presencia que Soy Yo?

También podemos abordar esta verdad desde otro punto de referencia. Pregúntese, “tengo consciencia no solamente de lo que sucede en este momento, sino del Ahora propiamente, como el espacio viviente atemporal en el cual todo sucede?” Si bien esta pregunta parece no tener relación alguna con el cuerpo interior, le sorprenderá reconocer que al tomar consciencia del espacio del Ahora, sentirá más vida en su interior. Es sentir la vida del cuerpo interior, esa vida que forma parte intrínseca de la alegría de Ser. Debemos entrar en el cuerpo para trascenderlo y descubrir que no somos eso.

En la medida de lo posible, en su vida cotidiana, recurra a la consciencia de su cuerpo interior para crear espacio. Mientras espera, mientras escucha a alguien, mientras se detiene a admirar el cielo, un árbol, una flor, a su pareja, o a un hijo, sienta al mismo tiempo la vida que vibra en su interior. De esa manera, parte de su atención o consciencia permanecerá sin forma y otra parte estará disponible para el mundo externo de la forma. Cada vez que “habitamos” nuestro cuerpo de esa manera, nos sirve de ancla para permanecer presentes en el Ahora. Nos impide perdernos en el mar de los pensamientos, las emociones o las situaciones externas.

Cuando pensamos, sentimos, percibimos y experimentamos, la consciencia nace a la forma. Reencarna en un pensamiento, un sentimiento, un sentido de percepción, una experiencia. El ciclo de reencarnaciones del cual aspiran a liberarse los budistas sucede continuamente y es solamente en este momento, a través del poder del Ahora, que podemos salir de él. Aceptando completamente la forma del Ahora, nos ponemos interiormente en sintonía con el espacio, el cual es la esencia del Ahora. A través de la aceptación, nuestro interior se hace espacioso y nos mantenemos alineados con el espacio y no con la forma. Es así que traemos el verdadero equilibrio y la perspectiva a nuestra vida.

La consciencia de los vacíos

En el transcurso del día vemos y oímos toda una serie de cosas cambiantes que suceden una tras otra. Cuando nos percatamos por primera vez de estar viendo algo u oyendo un sonido (y mucho más si es desconocido), antes de que la mente le asigne un nombre o lo interprete, generalmente hay un vacío de atención intensa en el cual ocurre la percepción. Ese es el espacio interior.

La duración de ese vacío varía de una persona a otra. Es fácil pasarla por alto porque, en muchos casos, son brechas extremadamente breves, quizás de un segundo o menos.

Lo que sucede es lo siguiente: cuando se produce una imagen o un sonido nuevo, hay una interrupción breve en el torrente habitual de pensamientos en el primer momento de la percepción. La consciencia se aparta del pensamiento porque se la necesita para detectar una percepción. Una imagen o un sonido muy extraño puede dejarnos “mudos”, incluso en nuestro interior. Es decir que provoca un vacío más largo.

La frecuencia y la duración de esos espacios determina nuestra capacidad para disfrutar de la vida, para sentir la conexión interior con otros seres humanos y con la naturaleza. También determina nuestro grado de libertad frente al ego, porque el ego implica una inconsciencia total de la dimensión del espacio.

Cuando tomamos consciencia de estos vacíos a medida que se producen naturalmente, poco a poco se prolongan y experimentamos con más frecuencia la alegría de percibir, sin la interferencia del pensamiento. Entonces el mundo se nos presenta renovado, alegre y vivaz. Mientras más percibimos al mundo a través de la pantalla mental de la abstracción y la conceptualización, más inerte y desabrido se torna.

Perdernos para encontrarnos

El espacio interior también aflora cuando renunciamos a la necesidad de enfatizar nuestra identidad con la forma. Esa necesidad le pertenece al ego y no es una necesidad verdadera. Ya hicimos una breve alusión a esto. Cada vez que renunciamos a uno de esos patrones de comportamiento permitimos que aflore el espacio interior. Somos más auténticos. Para el ego, parecerá como si estuviéramos perdidos, pero en realidad sucede todo lo contrario. Cristo nos enseñó que debemos perdernos para encontrarnos. Cada vez que renunciamos a uno de esos patrones, restamos peso a lo que somos en el nivel de la forma y nuestro verdadero ser se manifiesta más plenamente. Nos empequeñecemos para engrandecernos.

Otra manera de generar consciencia es restarle peso a lo que somos en el nivel de la forma. Descubra el poder enorme que fluye desde su interior para proyectarse sobre el mundo una vez que logre restarle peso a su identidad con la forma.

La quietud

Se ha dicho que “la quietud es el lenguaje de Dios y todo lo demás es una mala traducción”. Quietud es sinónimo de espacio. Al tomar consciencia de la quietud cada vez que la encontremos en la vida podremos conectarnos con la dimensión sin forma y atemporal que vive en nosotros y que está más allá del pensamiento y del ego.

Puede ser la quietud que invade al mundo de la naturaleza, la quietud de nuestra habitación al amanecer o los vacíos de silencio entre los sonidos. La quietud no tiene forma y es por eso que no podemos tomar consciencia de ella a través del pensamiento. El pensamiento es forma; tomar consciencia de la quietud significa estar quedos; estar quedos es estar conscientes sin pensar. En ningún otro momento somos más esencialmente nosotros mismos que cuando estamos en estado de quietud. En ese estado somos lo que éramos antes de asumir transitoriamente esta forma física y mental llamada persona. También somos lo que seremos cuando la forma se disuelva.

Cuando estamos quedos, somos lo que somos más allá de nuestra existencia temporal: consciencia sin forma, eterna.

Eckhart Tolle

Extractado por Julián Alvarez de
Una Nueva Tierra.- Grupo Editorial Norma.

Al Inicio de la Nueva Era

Al Inicio de la Nueva Era

Un nuevo paradigma:
Las perspectivas e intuiciones nuevas dan nacimiento a nuevos períodos históricos. Así el descubrimiento del fuego, de la rueda, de la escritura, de la imprenta han producido saltos espectaculares en la evolución de la humanidad. Se califica a veces estas interpretaciones renovadoras de la realidad como cambio de paradigma. Un paradigma es un esquema de pensamiento, (en griego: paradeigma = ejemplo), una especie de estructura intelectual que permite comprender y explicar ciertos aspectos de la realidad. Un nuevo paradigma es una nueva manera de ver las cosas. una forma nueva de pensar los viejos problemas. Así la teoría de la relatividad de Einstein reemplazó la teoría de la gravitación universal de Newton, incluyendo la antigua concepción en un cuadro más amplio.

Los nuevos paradigmas son a menudos acogidos con desconfianza, burla u hostilidad. Galileo y Pasteur tuvieron esa experiencia. Pero cuando ya un número suficiente de personas en el ámbito intelectual ha aceptado la nueva perspectiva, el cambio empieza a ocurrir. Luego aparecen nuevas referencias y se va creando un consenso en torno a un cuadro de pensamiento más amplio y englobante. Así progresa a menudo el pensamiento colectivo por saltos sucesivos. Para abrirse a estas nuevas perspectivas y estimular un cambio de pensamiento sin esperar a que lo provoque una crisis de febril oposición, es útil comenzar por plantear los problemas de otra manera. Cuestionar nuestras posiciones más familiares situándolas en un contexto más amplio. En materia de educación, por ejemplo, es más importante interrogarse sobre los programas de enseñanza (si son valiosos o no) que sobre el tipo de pedagogía con la que hay que pasarlos.

Los anuncios de un nuevo paradigma relacionado con la Era de Acuario se empieza a gestar a mitad de los años 70 en California, Estados Unidos. Se habla de una revolución con perspectivas planetarias. Ella procura introducir en todos los dominios de la sociedad sus valores propios: las terapias alternativas, la salud holista (global), la psicología transpersonal, la simplicidad voluntaria, la consciencia ecológica, las tecnologías apropiadas, el sentimiento de una comunidad mundial. Aparecen grupos – dispersos al comienzo que hablan de la necesidad de un cambio radical de la sociedad; que proponen soluciones en diferentes ámbitos: salud, educación, ciencias sociales, ciencias exactas, protección del medio ambiente, el mundo político. Las personas involucradas se reconocen entre sí por signos sutiles: como si fueran cómplices de una vasta conspiración para la salvación de la tierra. Habría que hacer mención del padre Teilhard de Chardin, hombre de religión y de ciencia. No recomendaba acaso el advenimiento de una conspiración de amor entre individuos impulsados por una misma esperanza?

Planteamientos iniciales:
Se trata de lanzar una mirada nueva sobre el flujo de acontecimientos que ocurren en nuestra sociedad: se ve a la humanidad como teniendo sus raíces en la naturaleza; se incentiva al individuo a llegar a ser autónomo en una sociedad descentralizada; se le invita a considerarse como administrador de todos los recursos exteriores e interiores; capaz de imaginación, de inventiva y de experimentación nuevas. Aparecen personas que se esfuerzan a rostro descubierto por cambiar la vida en esta era nueva en la que estamos entrando, influidos por la sorprendente visión del mundo nacida de la convergencia entre los más recientes descubrimientos científicos y las concepciones milenarias de diversas tradiciones místicas. Esta visión nueva abarcaría estudios sobre la transformación del cerebro, la especialización de sus hemisferios, los efectos psicodélicos, los poderes ocultos del pensamiento, la medicina alternativa, la psicología transpersonal, el budismo zen, el Libro de la Sabiduría, el esoterismo cristiano o la meditación sufi.

Es un programa apasionante que busca practicar un equilibrio entre la intuición y la razón, utilizando técnicas de expansión de consciencia que permitan entrar en un proceso transformador de continua exploración. Esas técnicas han existido durante largo tiempo (las de origen oriental durante milenios), pero sólo estaban disponibles para escasos iniciados u órdenes religiosas esotéricas. Algunos de estos privilegiados han mencionado el carácter liberador de estas experiencias de iluminación. Ahora nos sería posible tener a nuestra disposición todo este tesoro de experiencia y sabiduría en valiosos tratados que van siendo traducidos por estudiosos de occidente o mejor aún por maestros orientales que han emigrado a Estados Unidos. Una vez superados los inevitables conflictos que produce todo cambio, se espera encontrar la autonomía, la plenitud, la disponibilidad hacia los otros.

Se cita como precursores a los alquimistas, los gnósticos, los cabalistas, también a algunos audaces pioneros solitarios, como Meister Eckhart en el siglo XIV, Picó de la Mirandola en el siglo XV, Jacob Bohême en el siglo XVII, Emmanuel Swedenborg en el siglo XVIII, Willam Blake en el siglo XIX, los estudiosos de religiones orientales como René Guenón, Richard Wilheim, y otros, en el siglo XX. Se incluye también en este siglo al psicólogo William James quien, en 1902, redefine la religión como una experiencia de descubrimiento de un orden invisible gracias a la cual el hombre alcanza su realización. Citemos además a Carl Gustav Jung con su hipótesis de un inconsciente colectivo, especie de depósito de conocimientos comunes a la especie humana; al padre Teilhard de Chardin, quien decía que el hombre había llegado al punto crucial de su evolución en el que era llamado a expandir su consciencia hasta envolver el planeta en la noosfera, atraído por lo que él llamaba el punto omega; a Pauwels y Bergier quienes en 1960 publicaron El Retorno de los Brujos en el que hablan de una red de individuos transformados por sus experiencias de crecimiento interior, quienes dan un rostro nuevo a la vieja línea de sabiduría esotérica; a Marshall McLuhan, Aldous Huxley, Abraham Maslow, Carl Rogers, quienes consideran evidente que estamos en camino de vivir el cambio de consciencia más rápido de toda la evolución de la especie humana.

Caminos a seguir:
Las experiencias de expansión y de transformación de la consciencia se multiplican en nuestros días. Son experiencias de estados límites llamados momentos cumbres, transcendentes o transpersonales; experiencias de luz, de amor, de comunión con la naturaleza, de despertar de una energía, de eternidad. Esto sería el signo de que el espíritu humano está alcanzando una nueva etapa de su evolución por un desbloqueo de potencial comparable a la emergencia del lenguaje. Son múltiples los caminos que se ofrecen a este proceso de transformación transpersonal, tantos que es fácil extraviarse y entrar en callejones sin salida, con pérdida de tiempo, de dinero y de salud. Echemos una mirada rápida sobre los más transitados.

La transformación personal comenzaría por la atención dirigida al flujo de la consciencia, cuando se llega a ser consciente de ella. Esto puede conducir a un estado mental más rico y más atento al presente, lo que significaría una capacidad de transformación potencial. Incluye la armonización entre ambos hemisferios cerebrales; la reconciliación de la razón y del corazón; del intelecto y de la emoción. Se busca una experiencia interior a través de:

– Todos los tipos de meditación orientales, como zen, budismo tibetano, taoísmo, raja yoga, sufismo.

– El entrenamiento autógeno de Schultz , en el que se toma consciencia del cuerpo.

– Las actividades creativas (pintura, escultura, cerámica, música, canto). Permiten al individuo perderse
en su creación y activan el hemisferio derecho.

– El psicodrama, que exige involucrarse totalmente en el desempeño del rol y en la escena.

– La hipnosis y la auto hipnosis.

– Las técnicas chamánicas y mágicas.

– Las técnicas de modificación de la consciencia transmitidas por la vía esotérica en la Teosofía, los Rosa Cruz, grupos de Gurdjieff.

– El aislamiento y la sobrecarga sensorial, que son una modificación importante de la información percibida por los sentidos y que producen un cambio del estado de consciencia.

– El biofeedback , o control consciente y atento de procesos corporales normalmente inconscientes, como la tensión muscular, la temperatura de la piel, o la actividad eléctrica del cerebro.

– Las disciplinas del cuerpo, desde las más sofisticadas, como el tai-chi, el hatha yoga, aikido, artes marciales, hasta las más comunes, que producen endorfinas que dan una sensación embriagadora de estar más vivos, como montañismo, atletismo, planeadores, alas delta, lanzamiento con elástico.

– El conjunto de técnicas dirigidas al encuentro interpersonal en el sentido de la psicología dinámica de grupos. Allí se aprende a vivir el aquí y ahora y practicar el soltar presa (término budista para el desapego).

– La medicina alternativa que se caracteriza por una aproximación holista a la enfermedad. Respeta la interacción de la psiquis, el cuerpo y el entorno y busca solucionar la falta de armonía que haya entre ellos, lo que sería la causa del problema de salud. En lugar de tratar simplemente los síntomas, pesquisa las causas a nivel de los valores humanos. Toma en consideración el estrés, la sociedad, la familia, el régimen alimenticio, los ciclos biológicos, las emociones. Usa tecnología no invasora. como psicoterapia, acupuntura, digitopuntura, reflexología, bioenergética, rolfing, eutonía, Alexander, Feldenkrais, reiki, shiatsu. También se aplican los poderes de sanación por imposición de manos.

De este rápido inventario se deduce una nueva manera de razonar. Se usan por extrapolación nociones que no pertenecen al mismo orden de pensamiento y se las confunde a veces: lo no material y lo divino, lo especulativo y lo espiritual, la experiencia científica y la experiencia mística. Este es uno de los trazos característicos de la Nueva Era: el empleo frecuente de la analogía y del símbolo.

De todo esto, lo que importa subrayar es que, gracias a la restauración del hombre individual que haya realizado la unidad de su ser físico, emocional y espiritual, la sociedad misma sería auténticamente restaurada. Es por la suma de los cambios personales que la sociedad cambiaría. La sociedad no es un
ente autónomo en sí misma sino que está formada por todos nosotros. Entonces podría nacer una verdadera Nueva Era de luz y de amor. Esto cuando todos los que hayan hecho individualmente la experiencia de la liberación interior se reagrupen para restaurar y liberar la población planetaria, elaborando proyectos mundiales al servicio del hombre.

El misticismo:
Los seguidores de la Nueva Era están muy atentos a la dimensión mística de la existencia humana. El cambio de paradigma nos haría pasar de una concepción cientista y racionalista de la vida, limitada a lo directamente observable, a una concepción abierta hacia otra dimensión, de la que se podría obtener alguna experiencia directa y verificable. Esta transformación está descrita como un despertar, una cualidad nueva de la atención y de la consciencia, semejante a la de aquel que se despierta de un largo sueño poblado de imágenes. Se evoca al satori del budismo, al samadhi del hinduismo. Es la experiencia de
una nueva vida, el Tú eres eso, núcleo de la doctrina hindú. Es la experiencia de fusión con el Ser Universal y Primordial, con la Consciencia Cósmica. experiencia de felicidad plena, de belleza y amor universales.

Se trata del conocimiento y del descubrimiento del verdadero ser: aprender a encontrarse a sí mismo cuando se está dispersado y fragmentado. A partir de allí se puede empezar una relación con un ser más vasto: una comunidad social nueva y diferente que podría entonces emerger. Y más allá de este Ser colectivo aparecería el Ser transcendental y universal. Se cita a William James: Los estados místicos son para quienes han hecho esta experiencia una manera de saber, una toma de consciencia de las profundidades de la verdad que el intelecto discursivo no puede sondear. La convergencia en esta Nueva Era de experiencias místicas y de las vías espirituales más diversas tendría una significación obvia: la toma de consciencia por un número creciente de seres humanos de su potencial divino.

La reencarnación:
La creencia en la reencarnación pasa a ser una verdad-faro. La Nueva Era hereda naturalmente este concepto porque, por una parte, está en relación directa con las religiones orientales, el esoterismo y la gnosis y, por otra, la ha recibido de sus precursores inmediatos: Allan Kardec y el espiritismo, madame Blavatsky y la teosofía. Esta doctrina además se deriva de la Sabiduría primordial y universal que se encuentra en el hinduismo, el pitagorismo y el hermetismo. Es una tradición milenaria que pertenece al patrimonio espiritual de la humanidad y que entrará en el credo común de la religión mundial de la Nueva Era. Se ve también perfilarse la influencia cada vez más amplia del Oriente. Al comienzo de la Era de Acuario existían alrededor de novecientos millones de occidentales (de los cuales más de un 22% creería en la reencarnación) contra cuatro mil novecientos millones de orientales.

Según esta doctrina, el hombre es una chispa del espíritu divino encerrada en varias envolturas llamadas cuerpos o vehículos de materia de distintos grados de sutileza, los que debe ir perfeccionando a lo largo de una serie de vidas hasta alcanzar por fin la liberación y reintegrarse a la fuente divina de donde partió,
tal como en la parábola del Hijo Pródigo. Es el mismo espíritu el que perdura entonces una vida tras otra.

El cumplimiento integral de este ciclo espiritual está rigurosamente reglamentado por la Ley del Karma: toda causa produce irreversiblemente su efecto, aquello que sembrares, eso cosecharás. El acto bueno produce frutos buenos, el acto malo, malos frutos. Nuestra existencia actual, nuestra buena o mala suerte, nuestro nivel social, serían el resultado directo de nuestras acciones en vidas anteriores. Es preciso pagar la deuda hasta el último centavo para poder entrar en el camino de liberación, propuesto a su manera por cada uno de los diversos movimientos espirituales. Al término de este camino, la chispa divina, habiendo por fin escapado de la rueda de renacimientos, encontrará el Fuego Divino original y se fundirá con él.

Saelas Jarrel

Más Información:
Ferguson, Marilyn.- La Conspiración de Acuario.- Kairós

 

 

El propósito interno.

El propósito interno.

Tan pronto como trascendemos el simple estado de supervivencia, la pregunta acerca del significado y el propósito adquiere lugar preponderante en nuestra vida. Muchas personas se sienten prisioneras de la rutina diaria, la cual parece restar toda importancia a la vida. Hay quienes piensan que la vida pasa, que las está dejando o ya las ha dejado atrás. Otras personas se sienten enormemente preocupadas por las exigencias de su trabajo, por la necesidad de velar por su familia o por su situación económica y de vida. Algunas son víctimas del estrés agudo mientras que otras son presa del tedio.

Hay quienes se pierden en medio de la actividad frenética mientras que otras sucumben al estancamiento. Muchas personas añoran la libertad y la expansión implícitas en la promesa de la prosperidad. Otras ya disfrutan de la libertad relativa que les ofrece la prosperidad pero descubren que ni siquiera eso le imprime significado a la vida.

No hay nada que reemplace el verdadero propósito. Pero el propósito primario o verdadero de la vida no se encuentra en el plano externo. No tiene nada que ver con lo que hacemos sino con lo que somos, es decir, con nuestro estado de consciencia.  Por eso lo más importante que debemos reconocer es lo siguiente: tenemos un propósito interno y otro externo en la vida. El propósito interno se relaciona con el Ser y es primario. El propósito externo se relaciona con el hacer y es secundario. Sin embargo, los dos propósitos están tan íntimamente ligados que es casi imposible hablar del uno sin hacer referencia al otro.

Nuestro propósito interno es el despertar.  Es así de sencillo, es un propósito que compartimos con todos los demás seres humanos de este planeta, porque es el propósito de la humanidad. Nuestro propósito interno es parte esencial del propósito del todo, del universo y de su inteligencia. Nuestro propósito externo puede variar con el tiempo y es muy diferente según la persona. La base para poder cumplir con nuestro propósito externo está en encontrar el propósito interno y vivir en consonancia con él.   Es la base del éxito verdadero. Sin esa consonancia podemos lograr determinadas cosas a base de esfuerzo, lucha, dedicación o simplemente mucho trabajo y sagacidad. Pero ese esfuerzo no encierra dicha alguna y termina invariablemente por traducirse en alguna forma de sufrimiento.

El despertar:

El despertar es un cambio de consciencia consistente en el divorcio entre el pensamiento y la consciencia. En la mayoría de los casos no es un suceso puntual sino un proceso. También es un proceso incluso para las pocas personas que experimentan un despertar súbito, dramático y aparentemente irreversible. Es un proceso en el cual el nuevo estado de consciencia toma posesión gradualmente transformando todo lo que la persona hace y convirtiéndose así en parte integral de la vida.  En lugar de permanecer perdidos en nuestros pensamientos, cuando despertamos reconocemos que somos el observador consciente. Es entonces cuando el pensamiento deja de ser la actividad autónoma y egoísta que domina nuestra vida.

La consciencia asume las riendas y el pensamiento, en lugar de tener el control de la vida, pasa a servir a la consciencia, que es la conexión consciente con la inteligencia universal. Otra palabra para describirla es la Presencia: la consciencia sin pensamiento.

 

 

El inicio del proceso del despertar es un acto de gracia. No podemos hacer que suceda ni tampoco prepararnos para él ni acumular créditos para merecerlo.  No hay una secuencia clara de pasos lógicos que conduzca al despertar, aunque eso sería lo que le encantaría a la mente. No tenemos que hacernos merecedores primero. Puede llegarle al pecador antes que al santo, pero no necesariamente. Es por eso que Cristo se relacionaba con toda clase de gente y no solamente con las personas respetables. No hay nada que podamos hacer para provocar el despertar.

Lo que hagamos será cosa del ego, que estará buscando agregar el despertar o la iluminación a la lista de sus posesiones más preciadas para engrandecerse y adquirir todavía más importancia. De esa manera, en lugar de despertar, añadimos a la mente el concepto del despertar o la imagen de lo que es una persona iluminada, y nos esforzamos por vivir de acuerdo con esa imagen.  Esforzarnos por ser como la imagen que tenemos de nosotros mismos o que otros tienen de nosotros no es vivir una vida auténtica sino representar otro de los personajes inconscientes del ego.  Por consiguiente, si no hay nada que podamos hacer con respecto al despertar, si es algo que ya ha sucedido o está por suceder, cómo es posible que sea el propósito primario de la vida? Acaso no está implícito en el propósito el hecho de poder hacer algo por lograrlo?

El primer despertar, el primer destello de consciencia sin pensamiento solamente sucede por la gracia, sin que hagamos nada. Si para usted este libro es incomprensible y no significa nada, es porque todavía no le ha llegado ese primer despertar.  Sin embargo, si hay algo en su interior que responde a él, si de alguna manera reconoce algo de verdad en él, significa que ya ha entrado en el proceso.  Una vez que se inicia el proceso, no hay marcha atrás, aunque el ego puede demorarlo.  La lectura de este libro podrá ser el comienzo del despertar para algunas personas. Para otras, este libro ejercerá la función de ayudarlas a reconocer que ya han iniciado el proceso, y a intensificarlo y acelerarlo. Otra función es ayudar a la gente a reconocer su ego cada vez que trate de recuperar el control y de ensombrecer el surgimiento de la consciencia.

En algunos casos, el despertar sucede cuando las personas se dan cuenta repentinamente de la clase de pensamientos que cruzan constantemente por su mente, especialmente los pensamientos negativos persistentes con los cuales quizás se hayan identificado durante toda la vida.  Súbitamente se produce un estado de alerta que toma consciencia del pensamiento sin ser parte de él. Cuál es la relación entre la consciencia y el pensamiento? La consciencia es el espacio en el cual existen los pensamientos cuando ese espacio ha tomado consciencia de sí mismo.  Después de haber visto el destello de la consciencia o la Presencia, aprendemos a conocerla de primera mano.  En ese momento deja de ser simplemente un concepto mental y, por tanto, podemos tomar la decisión consciente de estar presentes en lugar de dejarnos arrastrar por pensamientos inútiles. Podemos invitar la Presencia a la vida, es decir, abrirle espacio. Con la gracia de la consciencia viene la responsabilidad.

Podemos optar por continuar como si nada hubiera sucedido, o podemos reconocer su importancia y aceptar que el surgimiento de la consciencia es lo más importante que puede sucedernos. Abrirnos a la consciencia y traer su luz a este mundo se convierte entonces en el propósito preponderante de la vida. “Deseo conocer la mente de Dios”, dijo Einstein. “Lo demás son detalles”. Qué es la mente de Dios? Consciencia. Qué significa conocer la mente de Dios? Estar conscientes. Cuáles son los detalles? El propósito externo y lo que quiera que suceda en el plano externo.  Así, quizás mientras usted espera que suceda algo significativo en su vida, podría no darse cuenta de que lo más importante que puede sucederle a un ser humano ya le ha sucedido: el comienzo del proceso de separación entre el pensamiento y la consciencia.

Muchas personas que se encuentran en las primeras etapas del proceso de despertar sienten que ya no saben a ciencia cierta cuál es su propósito externo. Aquello que mueve al mundo ya no las motiva. Al ver con tanta claridad la demencia de nuestra civilización, podrían sentirse aisladas hasta cierto punto de la cultura que las rodea. Hay quienes sienten que habitan en tierra de nadie, en medio de dos mundos. Ya el ego no dirige su destino, pero la consciencia todavía no se ha integrado plenamente a sus vidas. No se ha producido la fusión entre el propósito interno y el externo.  Cuando no vivimos en consonancia con nuestro propósito primario, cualquiera que sea el propósito que tengamos en la vida, aunque sea crear el cielo en la tierra, provendrá del ego o sucumbirá con el tiempo.

Tarde o temprano, llevará al sufrimiento. Si se desconoce el propósito interno, todo lo que se haga, aunque parezca espiritual, llevará la marca del ego y, por tanto, acabará por corromperse. El dicho de que “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones” apunta a esa verdad. En otras palabras, no son las metas ni los actos los que son primordiales sino el estado de consciencia del cual emanan. Alcanzar el propósito primario equivale a sentar las bases para una nueva realidad, una nueva tierra.

Una vez construidos esos cimientos, el propósito externo se carga de poder espiritual porque las metas y las intenciones se funden con el impulso evolutivo del universo. Cuando consideramos que lo que somos o hacemos es el propósito principal de nuestra vida, negamos el tiempo. Esto proporciona un poder inconmensurable. Negar el tiempo en lo que hacemos también crea la conexión entre el propósito interno y el externo, entre el Ser y el hacer.  Cuando negamos el tiempo, negamos el ego. Todo lo que hagamos tendrá una calidad extraordinaria porque el hacer mismo se convierte en el centro de nuestra atención. Nuestro hacer se convierte entonces en el canal a través del cual penetra la consciencia en este mundo. Esto significa que hay calidad en lo que hacemos, hasta en las cosas más insignificantes, como voltear las páginas del directorio telefónico o cruzar una habitación. El propósito principal de voltear las páginas es voltear las páginas; el propósito secundario es hallar un número telefónico. El propósito principal de cruzar la habitación es cruzar la habitación; el propósito secundario es tomar un libro que está del otro lado, y tan pronto como se toma el libro, ése se convierte en el propósito principal.

Todo lo que hacemos consume tiempo y, no obstante, siempre lo hacemos en el ahora. Entonces, si bien nuestro propósito interno es negar el tiempo, el propósito externo se relaciona necesariamente con el futuro y no podría existir sin el tiempo, pero siempre es secundario. Cada vez que sentimos angustia o tensión es porque otro propósito se ha adueñado de nosotros y hemos perdido de vista nuestro propósito interno. Hemos olvidado que lo primario es nuestro estado de consciencia y que todo lo demás es secundario.

De las cosas pequeñas a las cuales honramos y proporcionamos cuidados nacen las cosas grandes. La vida de todas las personas realmente está hecha de detalles. La grandeza es una abstracción mental y una fantasía del ego.  La paradoja está en que la base de la grandeza está en honrar los detalles del presente en lugar de perseguir la idea de la grandeza.  El momento presente siempre es pequeño en el sentido de que siempre es simple, pero en él se encarna el mayor de los poderes. Como el átomo, que es una de las cosas más pequeñas pero que encierra un poder enorme. Es sólo cuando estamos en consonancia con el momento presente que logramos acceso a ese poder.

Pero podría ser más atinado decir que ese poder tiene entonces acceso a nosotros, y a través nuestro, al mundo. Cristo se refirió a este poder cuando dijo, “Estas palabras no vienen de mí. El Padre que está en mí obra por mí”.’  La ansiedad, la tensión, y la negatividad nos aíslan de ese poder. La ilusión de estar separados del poder que dirige el universo se manifiesta nuevamente. Nos sentimos solos para luchar contra algo o para tratar de lograr alguna cosa u otra. Pero cuál es el origen de la ansiedad, la tensión o la negatividad? El hecho de habernos apartado del momento presente. Y a qué se debió eso? Al hecho de haber pensado que otra cosa era más importante. El haber olvidado nuestro propósito principal. Una pequeña equivocación, un error de percepción, y el resultado es un mundo de sufrimiento.

A través del momento presente tenemos acceso al poder de la vida misma, aquello a lo cual hemos denominado “Dios”. Tan pronto como nos apartamos de él, Dios deja de ser una realidad en la vida y lo único que nos queda es el concepto mental de Dios, el cual tiene seguidores y detractores. Hasta el hecho de creer en Dios es un mal sustituto de la realidad viviente de Dios que se manifiesta en cada momento de la vida. Acaso la armonía total con el presente no se traduce en el fin de todo movimiento? Acaso la existencia de una meta cualquiera no implica una perturbación transitoria de la armonía con el momento presente y quizás el restablecimiento de esa armonía a un nivel más elevado o más complejo una vez alcanzada esa meta? Imagino que la semilla que trata de salir de la tierra tampoco puede estar en armonía total con el momento presente porque su meta es convertirse en árbol. Quizás cuando alcance la madurez pueda vivir en armonía con el momento presente.

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La semilla no desea nada porque está en unión con la totalidad y la totalidad actúa a través de ella. “Por qué preocuparse por la ropa? “Mirad las flores del campo que no hilan ni tejen”, dijo Cristo. “Y yo os aseguro que ni Salomón en el esplendor de su gloria se vistió como una de ellas”. Podríamos decir que la totalidad, es decir, la Vida, no se considera separada de la vida, y por tanto, no desea nada para sí misma. Es una con lo que la Vida desea. Es por eso que no sufre de tensión ni de ansiedad. Y si debe morir prematuramente, muere serenamente. Su entrega en la muerte es tan total como en la vida. Intuye su arraigo en el Ser, en la Vida sin forma única y eterna, por primitiva que sea su intuición.

Al igual que los sabios taoístas de la antigua China, Cristo nos remite a la naturaleza porque ve en ella el poder en acción, cuyo contacto han perdido los seres humanos. Es el poder creador del universo. Cristo nos dice que si Dios ha vestido así a las flores silvestres, no hará mucho más por nosotros? Eso quiere decir que aunque la naturaleza es una expresión maravillosa de la fuerza evolutiva del universo, cuando los seres humanos estamos en consonancia con la inteligencia de base, podremos expresar esa misma fuerza en un nivel más elevado y asombroso. Así, podemos ser fieles a la vida siendo fieles a nuestro propósito interno.

A medida que logramos estar en el presente y plenamente conscientes de lo que hacemos, nuestros actos se cargan de poder espiritual.  En un principio es probable que no notemos los cambios en lo que hacemos. El propósito primario es entonces permitir que la consciencia fluya en ello. El propósito secundario es aquello que deseamos lograr a través de lo que hacemos. Mientras que anteriormente la noción del propósito se asociaba con el futuro, ahora hay un propósito más profundo que solamente podemos hallar en el presente, negando el tiempo. Cuando esté con otras personas, en el trabajo o en algún otro lugar, présteles toda su atención. Ya no estará allí principalmente como persona, sino como campo de consciencia, de Presencia despierta. El motivo original para relacionarse con la persona (comprar o vender algo, solicitar o proporcionar información, etc.) pasa a ser secundario. El campo de consciencia que surge entre los dos se convierte en el propósito primario de la interacción. Este espacio adquiere mayor importancia que el tema de la conversación, más importancia que los objetos físicos o mentales.

El Ser humano adquiere preeminencia sobre las cosas de este mundo. Esto no significa que haya que descuidar las cosas de la vida práctica. En realidad lo que sucede es que los quehaceres fluyen no solamente con mayor facilidad sino con mayor contundencia cuando reconocemos la dimensión del Ser concediéndole primacía. El afloramiento de ese campo unificador de la consciencia entre los seres humanos es el factor más esencial de las relaciones en la nueva tierra. El mundo nos dice que el éxito consiste en conseguir aquello que nos proponemos. Nos dice que el éxito es triunfar, que lograr el reconocimiento y la prosperidad es un ingrediente esencial. Todo lo anterior no es otra cosa que un subproducto del éxito, pero no el éxito mismo. La noción convencional de este concepto se relaciona con los resultados de lo que hacemos. Hay quienes dicen que el éxito es producto de una mezcla de esfuerzo y suerte, o perseverancia y talento, o de estar en el sitio correcto en el momento justo. Si bien cualquiera de esas cosas pueden ser determinantes del éxito, no son su esencia.

Lo que el mundo no nos dice (porque no lo sabe) es que no podemos alcanzar el éxito. Solamente podemos tenerlo. No podemos permitir que un mundo demente nos diga que hay otro éxito aparte de un buen momento presente. Y eso qué quiere decir? Que hay un elemento de calidad en lo que hacemos, hasta en la actividad más insignificante. Calidad implica cuidado y atención, que vienen con la consciencia. Nuestra Presencia es requisito para la calidad. Como usted ya lo sabe, su propósito externo o secundario está en la dimensión del tiempo, mientras que su propósito principal es inseparable del Ahora y, por tanto, exige negar el tiempo. Cómo reconciliar ambas cosas? Reconociendo que todo el viaje de la vida consta del paso que se da en el momento presente. Lo único que hay siempre es este paso, de tal manera que es preciso prestarle toda la atención. Esto no significa que no deba saber hacia dónde se dirige sino que el paso de este momento es lo primario mientras que el destino es secundario. Y lo que encontramos al llegar a nuestro destino depende de la calidad de este paso. Otra forma de decirlo es la siguiente: lo que el futuro nos depara depende de nuestro estado de consciencia en el momento presente.

Éxito es cuando el hacer se impregna de la calidad atemporal del Ser.  A menos que el Ser impregne lo que hacemos, a menos que estemos presentes, nos perderemos en cualquier cosa que hagamos. También nos perdemos en el pensamiento y en nuestras reacciones a lo que sucede externamente, porque la consciencia es la esencia de lo que somos. Cuando ella se identifica completamente con el pensamiento y olvida su naturaleza esencial, se pierde en el pensamiento.  Cuando se identifica con las formaciones mentales y emocionales como los deseos y los temores (los motores primordiales del ego) se pierde en esas formaciones. La consciencia también se pierde cuando se identifica con los actos y las reacciones frente a las cosas. Así, todos los pensamientos, los deseos o temores, los actos y las reacciones se infunden con una sensación equivocada del ser y, por tanto, somos incapaces de sentir la dicha simple de Ser y buscamos el placer y hasta el sufrimiento a manera de reemplazo. Es vivir olvidados del Ser. En ese estado de olvido de lo que somos, los éxitos no son más que una ilusión pasajera. No tardamos en sentirnos infelices a pesar de los logros, o fijamos completamente nuestra atención en algún problema o dilema nuevo.

El propósito externo varía enormemente de una persona a otra y nunca es duradero. Está sujeto al tiempo y termina cediendo su lugar a algún otro propósito. También varía significativamente la medida en que la dedicación al propósito interno de despertar modifica las circunstancias externas de nuestra vida. Algunas personas experimentan un rompimiento gradual o súbito con el pasado: su trabajo, su situación de vida, sus relaciones y todo lo demás sufre un cambio profundo. Ellas mismas podrían ser las iniciadoras de una parte del cambio, no a través de una serie de decisiones dolorosas sino de un reconocimiento súbito de lo que deben hacer. La decisión les llega lista, por así decirlo. Llega mediada por la consciencia, no por el pensamiento. La persona se despierta un buen día con la certeza de lo que debe hacer. Algunas personas abandonan de la noche a la mañana un ambiente de trabajo o una situación de vida demencial. Así, antes de descubrir lo correcto para usted a nivel externo, antes de descubrir aquello que funciona y que es compatible con el despertar de la consciencia, quizás tenga que descubrir aquello que no está bien o que ya no funciona o es incompatible con su propósito interno. Es posible que lleguen otros tipos de cambios desde afuera. Un encuentro inesperado trae oportunidades nuevas y expansión para la vida. Se disuelve un obstáculo o un conflicto de vieja data. Sus amigos viven la misma clase de transformación interna o desaparecen de su vida.

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Algunas relaciones se disuelven mientras que otras se profundizan. Podría perder su empleo o convertirse en un factor de cambio positivo en su lugar de trabajo. Podría disolverse su matrimonio o los dos podrían alcanzar un nivel más hondo de intimidad. Algunos cambios parecerán negativos a primera vista, pero no tardará en darse cuenta de que se está creando espacio en su vida para permitir el surgimiento de algo nuevo. Podrá haber un período de inseguridad e incertidumbre. Qué debo hacer? A medida que el ego deja de controlar su vida disminuye la necesidad psicológica de contar con la seguridad de las cosas externas e ilusorias. Puede vivir en medio de la incertidumbre y hasta disfrutarlo.

Cuando acepte la incertidumbre se abrirán una infinidad de posibilidades. Significa que el temor dejará de dominar su vida y de impedirle tomar la iniciativa para propiciar el cambio. Tácito, el filósofo romano, anotó acertadamente que “el anhelo de la seguridad interfiere con todas las empresas grandes y nobles”. Cuando no logramos aceptar la incertidumbre, ésta se convierte en miedo. Cuando la incertidumbre es perfectamente aceptable, se traduce en mayor vivacidad, consciencia y creatividad. Pero no todo el mundo debe pasar por cambios drásticos en sus circunstancias externas. En el otro extremo del espectro están las personas que permanecen exactamente donde están y continúan haciendo lo mismo de siempre. En su caso, es el cómo el que cambia, no el qué. No es cuestión de inercia. Lo que sucede es que su actividad ya es el vehículo perfecto para traer la consciencia a este mundo y no necesitan de ningún otro. También ellas contribuyen a la manifestación de la nueva tierra.

No debería sucederle esto a todo el mundo? Si cumplir con el propósito interno equivale a estar en unión con el momento presente, por qué querría alguien abandonar su trabajo o su situación de vida actual? Estar en unión con lo que es no implica no ser motor de cambio o ser incapaz de tomar la iniciativa. Lo que sucede es que la motivación para actuar proviene de un nivel más profundo y no de los deseos o los temores del ego. La consonancia interna con el momento presente abre la consciencia y nos pone en armonía con el todo, del cual el momento presente es parte integral. Entonces, el todo, o la totalidad de la vida, actúa a través de nosotros. Por una parte, el todo comprende todo aquello que existe, es el mundo o el cosmos. Pero todo aquello que existe, desde los microbios hasta los seres humanos y las galaxias, forma una red de procesos multidimensionales conectados y no es una serie de cosas o entidades independientes.

Son dos las razones por las cuales no percibimos esta unidad y consideramos que todas las cosas son independientes. Una es la percepción, la cual reduce la realidad a lo que nos es accesible a través de nuestros pocos sentidos: lo que vemos, oímos, olemos, saboreamos y palpamos. Pero cuando percibimos sin interpretar ni adjuntar rótulos mentales, es decir, sin agregar pensamiento a nuestras percepciones, podemos sentir una conexión más profunda detrás de nuestra percepción de la separación. La otra razón más seria por la cual vivimos en la ilusión de la separación es el pensamiento compulsivo. Es cuando permanecemos atrapados en el torrente incesante de pensamientos compulsivos que el universo realmente se aparta de nosotros y perdemos la capacidad de sentir la conexión entre todo lo que existe. El pensamiento fragmenta la realidad en pedazos inertes.

Esa visión de la realidad da paso a unas actuaciones supremamente destructivas y carentes de inteligencia. Sin embargo, más allá de la interconexión entre todo lo que existe hay un nivel más profundo. En ese nivel del todo, todas las cosas son una. Es la Fuente, la única Vida no manifiesta. Es la inteligencia eterna que se manifiesta a través del desenvolvimiento del universo en el tiempo. El todo está hecho de existencia y Ser, lo manifiesto y lo no manifiesto, el mundo y Dios. Así, cuando entramos en armonía con el todo, nos convertimos en una parte consciente de la red del todo y de su propósito: el surgimiento de la consciencia en el mundo. El resultado es que comienzan a ocurrir con frecuencia las casualidades propicias, los encuentros fortuitos, las coincidencias y los sucesos sincronizados. Carl Jung describió la sincronicidad como “un principio unificador acausal”. Esto significa que no hay una conexión causal entre los sucesos sincronizados en el plano superficial de nuestra realidad. Es una manifestación externa de una inteligencia subyacente al mundo de las apariencias y una conexión más profunda incomprensible para la mente. Pero podemos ser partícipes conscientes del desenvolvimiento de esa inteligencia, del florecimiento de la consciencia.

 

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La naturaleza existe en estado de unicidad inconsciente con el todo. Es, por ejemplo, la razón por la cual prácticamente ningún animal salvaje pereció en el desastre del tsunami del año 2004. Al estar en contacto más estrecho con la totalidad que los seres humanos, pudieron presentir la llegada del tsunami mucho antes de que se lo pudiera ver u oír, de manera que tuvieron tiempo para refugiarse en terrenos elevados. Quizás hasta esta afirmación sea producto de nuestro punto de vista humano. Quizás sencillamente avanzaron hacia las zonas más altas sin ninguna motivación deliberada. Hacer esto o aquello es parte de la forma como la mente fragmenta la realidad, mientras que la naturaleza sencillamente vive en unicidad inconsciente con el todo. Nuestro propósito y destino es traer a este mundo una nueva dimensión permaneciendo en unicidad consciente con la totalidad y en armonía consciente con la inteligencia universal. Cada vez que hay inspiración, palabra que significa “en espíritu”, y cada vez que hay entusiasmo, palabra que significa “en Dios”, se desata un poder creador que va mucho más allá de lo que una simple persona puede hacer.

Eckhart Tolle

Extractado por Julián Alvarez de Una Nueva Tierra.- Grupo Editorial Norma.

El Futuro es Ahora.

El Futuro es Ahora.

El movimiento del potencial humano:

En la mitad del siglo XX, el centro de atención predominante de la psicología en occidente era el estudio de la mente humana en relación con nuestras acciones en el mundo exterior; en otras palabras, la investigación de nuestro comportamiento: el Conductismo. Siguiendo el paradigma mecanicista, que antes había llevado al modelo del estímulo/respuesta, los psicólogos buscaban un principio o fórmula clave al cual pudiera reducirse toda la acción humana.

El único avance importante en el estudio de la psicología humana se logró en la psiquiatría según el modelo de patología médica creado por Sigmund Freud. pensador de fines del siglo XIX. Freud había analizado en profundidad la estructura de la mente basando sus teorías en conceptos simplificadores y biológicos aceptables para el paradigma mecanicista.

Freud fue el primero en postular que los traumas de la infancia a menudo derivaban en miedos neuróticos y reacciones de las que los seres humanos en general no eran conscientes. Así llegó a la conclusión de que el comportamiento de la especie humana era motivado simplemente por el impulso de aumentar el placer y evitar el dolor.

Sin embargo, durante la década de los 50, los misterios revelados por la nueva física, la creciente influencia de las filosofías orientales y los movimientos duales del existencialismo y la fenomenología en la filosofía occidental inspiraron una tercera postura teórica en psicología. Esta nueva orientación fue dirigida por Abraham Maslow, que, con un grupo de otros pensadores y escritores, propició una forma más completa de estudiar la consciencia humana.

Estos científicos, que rechazaron el behaviorismo (conductismo) por considerarlo demasiado abstracto y las teorías de Freud por estar demasiado obsesionadas con los deseos sexuales sublimados, se propusieron estudiar la mente centrando la atención en la percepción en sí. Muy marcada fue en este sentido la influencia de Oriente, donde la consciencia se estudiaba desde adentro, en la forma que cada ser humano la experimenta. A lo largo de nuestra vida, miramos el mundo a través de nuestros sentidos, interpretamos lo que sucede a nuestro alrededor basándonos en nuestros recuerdos y expectativas y usamos nuestros pensamientos e intuiciones para actuar. Este nuevo enfoque psicológico fue llamado “humanismo” y se desarrolló a pasos gigantescos durante las décadas de los 60 y 70.

Los humanistas no negaron que muchas veces somos inconscientes respecto de lo que motiva nuestro comportamiento. Coincidieron en que los seres humanos tienden a restringir su experiencia repitiendo a menudo libretos y patrones de reacción pensados para reducir la ansiedad; pero los humanistas también se concentraron en qué pueden hacer los seres humanos para liberar sus puntos de vista y trascender sus esquemas para abrirse a la experiencia humana más elevada que está a su disposición.

Esta nueva perspectiva trajo aparejado un redescubrimiento del trabajo de Carl Jung, el psicoanalista suizo que se apartó de Freud en 1912 para desarrollar sus propias teorías, entre ellas el principio de sincronicidad. Según Jung, cuando miramos el mundo, nuestros impulsos interiores no son sólo evitar el dolor y maximizar el placer hedonista, como pensaba Freud, aunque en los niveles más bajos de consciencia pueda parecer así. Nuestro impulso más grande, para Jung, apunta a la plenitud psicológica y la autorrealización de nuestro potencial interno.

En esta aventura contamos con la ayuda de vías ya establecidas en el cerebro, que él llamó “arquetipos”. Al crecer psicológicamente, podemos concretar o activar estos arquetipos y por lo mismo avanzar hasta la autorrealización. La primera etapa de crecimiento es la de diferenciación, durante la cual tomamos consciencia de nosotros mismos en el medio cultural donde nacimos y empezamos a individualizarnos. Esto significa que debemos encontrar un segmento propio en el mundo que aprendimos en la infancia, un proceso que incluye educarnos, establecer una economía y encontrar una forma de ganarnos la vida.

Al hacerlo, agudizamos el poder de nuestro yo y nuestra voluntad, reemplazando nuestro conjunto de reacciones automáticas aprendidas, por una forma lógica de interpretar los hechos que se convierte en nuestra propia forma de ponernos de pie y extender nuestro yo al mundo como persona única con visiones singulares. Esta etapa es en un primer momento un poco narcisista (egoísta) y en general exagerada (egotista) pero a la larga activa lo que Jung denominó el “arquetipo del héroe”. A esa altura estamos listos para encontrar algo importante que hacer en la cultura; nos sentimos orgullosos y estamos decididos a llevarlo a cabo.

Al seguir creciendo, superamos la fase del héroe y activamos lo que Jung llamó el “arquetipo del sí mismo”, una etapa de desarrollo durante la cual superamos el concepto del yo basado en dominar nuestro medio. Entramos, en cambio, en una consciencia más dirigida hacia el interior en la que intuición y lógica pasan a actuar juntas y nuestros objetivos se armonizan más con nuestras imágenes y sueños internos de lo que en realidad queremos hacer.

Esta es la fase que él describe como autorrealización y es aquí donde habla de la percepción más elevada de la sincronicidad. Aunque vislumbrada en cada nivel, la percepción de coincidencias significativas pasa a ser sumamente instructiva durante esta etapa. En este estadio, los hechos de nuestra vida empiezan a responder a nuestra disposición a crecer y la sincronicidad comienza a producirse con mayor frecuencia.

Reafirmada por Jung, empezó a surgir la imagen completa de cómo el ser humano se empantana durante este proceso. Siguiendo la línea de descubrimientos de Freud y Otto Rank hasta Norman O. Brown y Ernest Becker, podríamos ver qué pasa. Los seres humanos producen creencias y comportamientos de vida particulares (libretos) que mantienen en forma inflexible como su mecanismo para apartar la ansiedad de la consciencia. Van desde fetiches incontrolables y hábitos neuróticos hasta ideas religiosas y creencias filosóficas fijas más normales. Lo que estos libretos tienen en común es su naturaleza intratable y su resistencia al debate o la discusión racional.

Los humanistas descubrieron además que la sociedad humana se caracteriza por luchas de poder irracionales pensadas exclusivamente para mantener intactos estos libretos. Una ola de pensadores, entre ellos Gregory Bateson y R. D. Laing, empezaron a delinear este proceso.

Uno de los descubrimientos clave fue el llamado “efecto de doble vínculo”, en el cual las personas descalifican cada idea propuesta por los otros para dominar la interacción. Como demostró Laing, cuando este hábito es perpetrado por los padres en sus hijos, los efectos suelen ser trágicos. Cuando se critica cada gesto posible que propone un niño, el niño se acantona en una postura defensiva extrema y desarrolla esquemas de reacción excesivos creados para responder. Cuando estos niños crecen, su postura defensiva y su necesidad de controlar cada situación los lleva a usar a su vez, en forma inconsciente técnicas de doble vínculo, en especial con sus propios hijos, y de esa manera la situación se perpetúa durante muchas generaciones.

Estos psicólogos de la interacción descubrieron que este modo de comunicación humana era epidémico en la sociedad, lo cual creaba una cultura en la que todos se hallaban a la defensiva tratando de controlar y dominar a los otros. En estas condiciones, la autorrealización y la creatividad superior eran limitadas porque la mayoría de las personas pasaban su tiempo luchando por dominar a otros y reafirmar sus libretos en vez de abrirse a las mayores posibilidades disponibles en experiencia y en relaciones entre la gente.

Estos hallazgos se popularizaron ampliamente a lo largo de varias décadas, sobre todo en los Estados Unidos. El libro Games People , del doctor Eric Berne, pasaba revista a los libretos y manipulaciones más comunes y los describía con mucho detalle. I am Ok/You are Ok, de Thomas Harris, explicaba cómo podía usarse el análisis transaccional para analizar la verdadera naturaleza de las conversaciones humanas y avanzar hacia una forma más madura de interacción. Una nueva consciencia sobre la calidad de nuestras interacciones empezó a abrirse paso en la cultura, adelantando la idea de que todos podemos trascender estos hábitos.

Al florecer la idea humanística de que podemos encontrar un nivel más elevado de experiencia, el misterio de nuestra existencia en sí mismo pasó a ser tema de amplia discusión entre los humanistas. Fue en ese momento cuando volvió a evaluarse la formulación de la evolución de Darwin, cuestionado por pensadores como Pierre Teilhard de Chardin y Sri Aurobindo, que afirmaban que la evolución no era arbitraria sino que avanzaba en una dirección con un propósito. Estos pensadores sostuvieron que el curso de la vida desde los organismos primitivos hasta los animales y vegetales más complejos tiene un propósito, que los seres humanos no son accidentes de la naturaleza y que nuestra evolución social, incluido nuestro viaje hacia las dimensiones superiores de la experiencia espiritual, es el resultado al cual apunta toda la evolución.

Un teórico actual que propuso una comprensión de la vida que respalda esta tesis es Rupert Sheldrake. Según la teoría de la vida sostenida por Sheldrake, las formas biológicas son creadas y sustentadas a través de campos morfogénicos. Estos campos son de naturaleza no local y crean una estructura invisible seguida por las moléculas, las células y los órganos a medida que van diferenciándose y especializándose para crear una forma de vida particular. Más aún, este campo evoluciona con el tiempo cuando cada generación de una especie no sólo es estructurada por su campo implícito sino que corrige el campo al vencer los problemas en el medio ambiente.

Por ejemplo, es posible que, para prosperar en su segmento biológico, un pez necesite desarrollar más aletas para nadar más rápido. En el sistema de Sheldrake, la voluntad del pez iniciaría en el campo morfogénico de esa especie un cambio que se reflejaría en su progenie al desarrollar esas mismas aletas. Esta teoría introduce la posibilidad de que los saltos que aparecen en el registro de fósiles hayan ocurrido también de esta forma, cuando los miembros de una especie determinada crean un campo morfogénico que produce no sólo rasgos adicionales sino un salto total a una forma de vida distinta. Por ejemplo, es posible que algún pez particular haya alcanzado el límite de su evolución en el agua y haya producido una progenie que en realidad fue una nueva especie: los anfibios, que podían arrastrarse por la tierra.

Según Sheldrake, este progreso podría explicar también la evolución social del ser humano. A lo largo de la historia, los humanos, como otras formas de vida, hemos traspasado el envoltorio de nuestro conocimiento luchando siempre por avanzar hacia un entendimiento más completo de nuestro medio ambiente y la realización de nuestro potencial interior. Puede pensarse que, en cualquier momento determinado, el nivel de capacidad y consciencia humana es definido por el campo morfogénico compartido. Cuando los individuos ponen en práctica habilidades particulares – correr más rápido, captar los pensamientos de otro, recibir intuiciones – el campo morfogénico es impulsado hacia delante no sólo para ellos sino para todos los seres humanos. Por eso los inventos y los descubrimientos muchas veces son propuestos al mismo tiempo en la historia por individuos que no están en contacto entre sí.

Aquí empiezan a fusionarse los hallazgos de la física moderna y la investigación más reciente de algunos científicos sobre los efectos de la oración y la intención. Estamos íntimamente conectados con el universo y unos con otros, y nuestra influencia sobre el mundo a través de nuestros pensamientos es más poderosa de lo que nadie ha podido imaginar.

El universo sensible:

En estas últimas décadas, los investigadores en el área de la psicología empezaron a estudiar seriamente el efecto de nuestras intenciones en el universo físico.   Algunos de los primeros hallazgos en este sentido se produjeron en el área del biofeedback. A través de cientos de estudios se ha demostrado que podemos influir sobre muchas de nuestras funciones corporales que antiguamente se consideraban por entero controladas por el sistema nervioso autónomo, entre ellas el pulso cardíaco, la presión sanguínea, el sistema inmune y las ondas cerebrales. Casi todos los procesos que podemos monitorear revelaron alguna susceptibilidad a nuestra voluntad.

No obstante, investigaciones recientes han demostrado que nuestra conexión e influencia van mucho más lejos. Nuestras intenciones también pueden afectar los cuerpos de otros, sus mentes y la forma de los hechos en el mundo. La nueva física reveló que estamos conectados de una manera que trasciende los límites espacio temporales. el Teorema de Bell parece aplicarse tanto a nuestros pensamientos como al funcionamiento de las partículas elementales.

Nadie ha contribuido más a la popularización de esta nueva comprensión como el doctor Larry Dossey, que escribió una serie de libros referidos a los poderes de la intención y la oración. Analizando investigaciones pasadas y presentes desde F. W. H. Myers a Lawrence Leshan, de J. B. Rhine al laboratorio de ingeniería de investigación de anomalías de Princeton, Dossey presentó un interesante resumen de pruebas de que podemos atravesar el espacio y a veces el tiempo para ejercer un efecto en el mundo.

En un estudio particular mencionado en su libro “Recoveríng the Soul”,  Dossey describe a un grupo de sujetos reunidos para evaluar su capacidad de recibir información desde grandes distancias. Cuando se les pidió que identificaran un naipe extraído al azar por un sujeto en otro lugar, los otros sujetos, a cientos de kilómetros, no sólo podían reconocer la carta en proporciones superiores a la pura casualidad, sino que muchas veces recibían la información antes incluso de que el naipe fuera extraído.

En otros estudios pensados para evaluar más a fondo esta capacidad, los sujetos pudieron identificar un grupo de números producidos por un generador de números al azar antes de que ellos fueran producidos. Las derivaciones de este y otros estudios similares son de extrema importancia porque aportan pruebas que confirman capacidades que muchos de nosotros hemos experimentado reiteradas veces. No sólo estamos conectados telepáticamente unos con otros, sino que también tenemos una capacidad precognitiva; somos capaces, en apariencia, de captar imágenes o corazonadas sobre hechos futuros, en especial si afectan nuestra vida y nuestro crecimiento.

Sin embargo, nuestras capacidades llegan aún más lejos. No sólo podemos recibir información sobre el mundo con nuestra mente, sino que también podemos afectar al mundo mentalmente. Dossey cita un estudio especial, hoy en día muy conocido, que realizó en el Hospital General de San Francisco el doctor Randolph Byrd. En este estudio, un grupo de pacientes cardíacos tenía un equipo de voluntarios que rezaba por ellos y un grupo de pacientes de control no recibía ninguna oración. Dossey señala que los pacientes del grupo que tenían quien rezara por ellos necesitaron cinco veces menos antibióticos y desarrollaron tres veces menos líquido en los pulmones que el grupo de control. Además, ninguno de los del grupo por el cual habían rezado necesitó respirador artificial, en tanto que doce integrantes del grupo de control sí.

Otros estudios citados por Dossey demostraron que el poder de la oración y la intención funciona igualmente bien con los vegetales (aumentando el número de semillas que brotan), las bacterias (aumentando las tasas de crecimiento), y los objetos inanimados (afectando las figuras que forman algunas pelotas livianas cuando caen).

Un grupo de estudios reveló algo más que es en extremo interesante. Si bien nuestra capacidad para incidir sobre el mundo funciona en ambos casos, la intención no directiva (o sea, la idea de que “lo mejor” ocurre cuando no introducimos nuestra opinión) funciona mejor que la intención directiva (la idea de que debe producirse un desenlace específico). Esto parece indicar que hay un principio o ley incorporado en nuestra conectividad con el resto del universo que mantiene contenido nuestro ego.

Los estudios que cita Dossey también indican que debemos tener cierto conocimiento personal del sujeto de nuestra oración y que la intención general que deriva de un sentido de conexión con lo divino o con nuestro yo superior en apariencia funciona mejor. Además, los experimentos parecen confirmar que nuestras intenciones tienen efecto acumulativo. En otras palabras, los sujetos por los cuales se reza más tiempo obtienen mayores beneficios que aquellos por los que se reza menos.

Y algo muy importante: Dossey cita estudios según los cuales nuestros supuestos generales actúan en el mundo igual que nuestras intenciones u oraciones más conscientes. El famoso experimento de la Oak School ilustra este punto. En este estudio, se dijo a los profesores que cierto grupo de alumnos, identificados por evaluaciones, podían lograr los mayores progresos durante el año lectivo. En realidad, a los profesores se les daba una lista de alumnos elegidos al azar. A fin de año estos alumnos de hecho mostraron mejoras significativas no sólo en su rendimiento (que podría explicarse por la atención suplementaria dedicada por los profesores) sino también en los tests de coeficiente intelectual pensados para evaluar exclusivamente su capacidad innata. En otras palabras, los supuestos de los profesores sobre sus estudiantes modificaron su potencial real para aprender.

Por desgracia, este efecto funciona al parecer también en sentido negativo. En su reciente libro Be careful what you pray for, you just might get it, Dossey menciona estudios en los que aparece que nuestros supuestos inconscientes pueden lastimar a otros. Un ejemplo importante de ello ocurre cuando rezamos por alguien para que cambie de opinión o para que deje de hacer lo que está haciendo antes de investigar con cuidado si su postura es correcta. Lo mismo pasa cuando tenemos pensamientos negativos sobre la forma en que otra persona actúa o cómo es. Muchas veces son opiniones que nunca deberíamos manifestarle a nadie directamente, pero como todos estamos conectados, estos pensamientos actúan como dagas que influyen en los conceptos de una persona acerca de sí misma y hasta es probable que en su comportamiento real.

Esto significa, por supuesto, que con nuestros pensamientos inconscientes también podemos influir de manera negativa en la realidad de nuestras situaciones personales. Cuando pensamos negativamente sobre nuestras capacidades personales, nuestro aspecto o nuestras perspectivas en el futuro, estos pensamientos influyen de una manera muy real en cómo nos sentimos y qué nos sucede.

Vivir la nueva realidad:

Aquí vemos, pues, el panorama más amplio que ofrece la nueva ciencia. Ahora, al salir a nuestro jardín o cuando caminamos por un parque admirando el paisaje un día de sol radiante, debemos ver un mundo nuevo. Ya no podemos pensar que el universo en el que vivimos se expande en todas las direcciones hasta el infinito. Sabemos que el universo es físicamente interminable pero curvado de una manera que lo hace limitado y finito. Vivimos dentro de una burbuja de espacio/tiempo y, como el físico hiperespacial, intuimos otras dimensiones. y cuando miramos alrededor las formas dentro de este universo, ya no podemos ver materia sólida sino energía. Todo, incluidos nosotros, no es nada más que un campo de energía, de luz, y todas las cosas interactúan e influyen unas sobre otras.En realidad, la mayoría de estas descripciones de la nueva realidad ya fueron confirmadas por nuestra experiencia. Todos tenemos momentos, por ejemplo, en los que podemos percibir que otros captaron nuestros pensamientos u oportunidades en las que sabemos lo que otros sienten o están a punto de decir. Asimismo, hay veces en que sabemos que algo está por ocurrir o que puede ocurrir potencialmente, y estas premoniciones son seguidas a menudo por corazonadas que nos dicen adónde debemos ir o qué debemos hacer para estar exactamente en el lugar indicado en el momento justo, y lo que es más significativo, sabemos que nuestra actitud y nuestra intención respecto de los demás es sumamente importante. Como veremos más adelante, cuando pensamos en forma positiva, animándonos a nosotros y a los demás, empiezan a producirse hechos increíbles.

Nuestro desafío es llevar esto a la práctica cotidiana, integrarlo a nuestra vida de todos los días. Vivimos en un universo de energía dinámica, inteligente y sensible, en el que las expectativas y los supuestos de los demás se irradian hacia fuera para influir en nosotros.

Por lo tanto, la siguiente etapa en nuestro viaje para vivir la nueva consciencia espiritual es ver el mundo humano de energía, expectativa y drama tal como es, y aprender a negociar este mundo de una manera más efectiva.

James Redfield

Extractado por Farid Azael de
James Redfield.- La Nueva Visión Espiritual
www.formarse.com.ar

 

 

El Descubrimiento de la Nueva Era

El Descubrimiento de la Nueva Era

La Nueva Era es lo que aparece al vivir la vida de manera creativa, enriquecedora y compasiva. Aparece cuando honramos a cada persona, animal, planta u objeto, como si fuese único, y también como si fuese parte de nosotros, y lo consideramos merecedor de toda la dignidad y respeto que reclamamos para nosotros mismos.

Más que un acontecimiento futuro, la Nueva Era es la expresión de un espíritu transformador y creativo. Podemos descubrirla en la vida de cada día. La encontramos, por ejemplo, en la forma en que llevamos nuestro matrimonio, en la manera cuidadosa de cumplir con las responsabilidades que tenemos como padres; cuando hacemos bien nuestro trabajo y procuramos perfeccionar todo lo que sale de nuestras manos. La encontramos al interrogarnos sobre nuestros defectos y la manera de superarlos, y cuando tomamos consciencia de nuestros limites. Está en el esfuerzo diario y compartido que hacemos para vivir con integridad, para crecer con ánimo y para participar en una vida que permita expresar y realizar nuestros sueños y capacidades. La Nueva Era es como una dimensión más añadida a las tres dimensiones de nuestra vida diaria. Nos aporta entusiasmo y creatividad ante la presencia de lo inesperado en nuestra existencia. Es el poder interior que nos ayuda a visualizar y sacar a la superficie algo nuevo que busca su oportunidad de maduración.

La mayoría de la gente considera el concepto de Nueva Era como un acontecimiento histórico venidero que pondrá fin – o transformará – la época actual. De esa forma, se convierte en un evento definido por las expectativas inapropiadas de esas personas. Quienes ven de ese modo la Nueva Era viven en una estimulación mal entendida que les produce tensiones y que los hará desembocar en espejismos. Lo que es peor aún, es que esos espejismos los pueden dividir más todavía entre el mundo tal como es y el mundo como les gustaría que fuera. Concebir así la Nueva Era limita la posibilidad de estas personas para percibirla como una actitud creativa con que afrontar lo cotidiano.

La Nueva Era es una invitación para abrirnos a la presencia de lo trascendente dentro de la mediocridad de nuestra vida habitual. Por este motivo, tiene poco que ver con lo profético. Los psíquicos y sus profecías han ido y venido durante siglos con un promedio mínimo de aciertos. Es mejor hacer caso omiso de ellos en beneficio de las potencialidades del momento inmediato. Las profecías sobre la Nueva Era me dan la impresión de que sacaran a nuestro espíritu del momento presente como quien saca peces del agua, dejándonos agitados por esperanzas o temores sobre las playas de la imaginación de tal o cual profeta.

A la Nueva Era se la contempla a menudo como la búsqueda de rituales chamánicos, interés por las filosofías orientales, por el ocultismo, canalizaciones (channeling), cristales de cuarzo, recuerdos de vidas pasadas y otros fenómenos psíquicos. Quienes se interesan en todo esto se auto denominan miembros de la Nueva Era, se agrupan en centros que estudian estos temas, y se consideran como agentes activos para el cambio de la humanidad. Identificar a la Nueva Era con fenómenos psíquicos o con un tipo específico de espiritualidad, es enfocarla en forma limitante y distorsionadora. Las actividades de la Nueva Era adoptan muchas formas que no tienen nada que ver con lo paranormal o lo sectario.

Centenares de personas realizan esfuerzos para el cambio y la mejora social inspirados por el espíritu renovador de la Nueva Era, aunque no usen su nomenclatura. Su trabajo busca integrar y promover la actividad intelectual y científica; desarrollar la compasión, la sensibilidad artística y las buenas relaciones humanas; extender las comunicaciones y perfeccionar las técnicas que a ellas se refieren, incitar a una visión de futuro en los negocios con miras a compartir sus rendimientos con la comunidad. Todo esto tiene muy poco o nada que ver con fenómenos psíquicos.

La Nueva Era se preocupa de la planetización de la humanidad, o sea la aparición de una consciencia de
que todos somos un solo pueblo que vive en un solo mundo y comparte un destino común (la noosfera del Padre Teilhard). Ella representa un conjunto de esfuerzos sociales, políticos, económicos, psicológicos y espirituales para incluir todo aquello que nuestra sociedad moderna ha excluido: externamente, los desposeídos, lo femenino, lo ecológico; internamente, todo lo doloroso, reprimido y no integrado de nuestra psiquis, lo que Jung llama la Sombra. Al buscar la integración, tanto externa como interna, de todos esos elementos ocultos y suprimidos de nuestra vida tanto personal como colectiva, ella pretende que podamos alcanzar la totalidad de nuestras potencialidades, individualmente y como especie humana. Plantea una nueva definición del papel de la humanidad en la creación, subrayando nuestra condición de servidores más que de amos, de administradores más que de propietarios del mundo que compartimos.

A la Nueva Era se la acostumbra ver como una época de progreso individual. La literatura relacionada con ella abunda en libros que proclaman cómo afirmar la propia divinidad, cómo alcanzar la abundancia y ser próspero y feliz. El desarrollo personal es importante, sin duda, pero la esencia de la Nueva Era es la expresión de un amor compasivo y de una consciencia y responsabilidad social que van mucho más allá de nuestro egocentrismo, buscando aumentar las posibilidades y capacidades de los otros. La meta de la Nueva Era es transformar al ser humano en un ser planetario; el desarrollar sus capacidades es un medio para ese fin, no el fin en si mismo. No se trata de aspirar a ser un creador todopoderoso, sino un siervo compasivo y abnegado, un protector de toda vida que aliente en este planeta, quien vive y trabaja en medio de lo cotidiano y de lo aparentemente trivial, sin destacarse externamente, pero siendo – por su amor – el más vulnerable y accesible de los seres.

La aparición de una Nueva Era se basa ante todo en esfuerzos para aplicar valores holísticos y planetarios. Suele ser propio de estas motivaciones no atraer la atención hacia ellas, pues parecen algo tan sin importancia al mezclarse con la vida diaria. El empeño de un empresario por dar oportunidades a las capacidades innatas de sus subordinados, o el intento de un padre de ir más allá de la actitud patriarcal tradicional para expresar su propio instinto protector, tal vez no resulte ser una noticia tan espectacular como el que en una sesión espiritista apareció un jefe militar atlante de miles de años atrás pronosticando la destrucción de nuestro planeta. Los esfuerzos individuales para explorar y aplicar valores de desarrollo personal y de compasión en ámbitos verdaderamente corrientes, tendrán un efecto mucho más duradero y transformador que cualquier noticia paranormal, y esto es lo que constituye la esencia del movimiento de
la Nueva Era.

Internamente, la Nueva Era continúa el esfuerzo histórico de la humanidad por profundizar en los misterios de la naturaleza, de Dios, de nosotros mismos y de la realidad. En una época tan materialista como esta, la Nueva Era significa un renacer de nuestro sentido de lo sagrado, un impulso del alma por comprender y expresar su propia divinidad, en armonía con la divinidad que habita la creación y con la Fuente primordial de esa divinidad cuya naturaleza inefable seguimos tratando de conocer.

En consecuencia, para aquellos que tenemos fe en el espíritu de la Nueva Era, importa comprender que ella simboliza esencialmente la unión del corazón y del intelecto humano con la divinidad en la construcción de un mundo mejor, donde pueda compartirse el sentido comunitario de integridad y sacralidad. Surgiría de esta manera una conducta social fundamentada en una visión del mundo que estimula la creatividad, la disciplina, la abundancia y la autenticidad.

Los medios de comunicación pueden llegar a identificar hasta tal punto la idea de una Nueva Era con lo irracional, lo mágico, lo paranormal, y los estilos de vida centrados en el engrandecimiento del propio poder, que la imagen pierda su potencia transformadora. Sería de lamentar, pero creo que no alteraría fundamentalmente los hechos. La verdadera transformación que está ocurriendo en nuestra sociedad seguiría su curso. La Nueva Era tiene muy poco que ver con las profecías, imaginaciones y espejismos visualizados en una esfera mágica, pero tiene muchísimo que ver con nuestra capacidad de contactarnos con el mundo de una manera nueva que nos capacite para actitudes y acciones caritativas y transformadoras. Recordando esto, podemos olvidarnos de la Nueva Era de las canalizaciones espíritas, de los cristales de cuarzo, y otras hierbas, y trabajar en descubrir y crear un mundo armonioso que nos nutrirá y ayudará a realizar nuestras potencialidades no sólo a nosotros sino también a nuestra descendencia que heredará este planeta en el futuro.

David Spangler

Traducido y extractado por Alberto Carvajal de
The New Age Vision
Findhorn Publications

Perspectivas Espirituales para el Mundo de Hoy (I)

Perspectivas Espirituales para el Mundo de Hoy (I)

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Intuiciones Iniciales

Nuestra nueva experiencia espiritual empezó a aparecer, creo, a fines de la década de los 50, cuando, en la cima misma del materialismo moderno, algo muy profundo empezó a ocurrir en nuestra psique colectiva. Como si, parados sobre el pináculo de siglos de logro material, hubiéramos hecho una pausa para preguntarnos: “¿Y ahora qué?”. Parecía haber una intuición masiva de que algo más era posible en la vida humana, que era posible alcanzar un sentido más amplio de realización del que nuestra cultura había sido capaz de articular y vivir.

Lo primero que hicimos con nuestra intuición fue, desde luego, mirarnos a nosotros mismos –o más bien mirar las intuiciones y los estilos de vida que veíamos en la cultura que nos rodeaba- con una suerte de crítica despiadada. Tal como fue claramente documentado, el clima emocional de la época era rígido y centrado en la idea de clase. A judíos, católicos y mujeres les costaba mucho alcanzar posiciones de liderazgo. Los negros y otras minorías étnicas eran excluidos por completo. Y el resto de la sociedad adinerada sufría un caso generalizado de categorización material.

Con el sentido de la vida reducido a la economía secular, el status se alcanzaba por el éxito que se mostraba, a partir de lo cual se inventó todo tipo de esfuerzos desopilantes por no ser menos que los demás. A casi todos nos inculcaron una orientación hacia el exterior terriblemente rígida que nos hacía juzgarnos a nosotros mismos siempre de acuerdo con lo que pudiera pensar la gente que nos rodeaba. Y anhelábamos una sociedad que pudiera liberar de alguna manera nuestro potencial.

La Década de los 60.- Por eso empezamos a pedirle más a nuestra cultura, lo cual desembocó en los numerosos movimientos reformadores que caracterizaron la década de los 60. Surgieron rápidamente muchas iniciativas legales que buscaban la igualdad racial y sexual, la protección del medio ambiente e incluso la oposición a la desastrosa guerra no declarada en Vietnam. Ahora podemos ver que, por debajo de la conmoción, la década de los 60 representó el primer punto de partida masiva -la primera “grieta en el huevo cósmico”, como lo denominó Chilton Pearce- en la cosmovisión secular dominante. La cultura occidental, y hasta cierto punto la cultura humana en general, empezaba a superar su orientación materialista para buscar un sentido filosófico más profundo en la vida.

Empezamos a sentir, en una escala mayor que nunca, que nuestra conciencia y experiencia no tenían por qué ser limitadas por la visión estrecha de la era materialista, que todos debían funcionar e interactuar en un nivel más elevado.

Sabíamos, en un nivel más profundo del que podíamos explicar, que de alguna manera podíamos escapar y ser más creativos y libres y estar más vivos como seres humanos.

Por desgracia, nuestras primeras acciones reflejaron los dramas competitivos de la época. Todos mirábamos a los de­más y a las diferentes instituciones que nos irritaban y exigíamos que las estructuras sociales fueran reformadas. En esencia, mirábamos en derredor a nuestra sociedad y les decíamos a los otros: “Deberían cambiar”. Si bien este activismo sin duda trajo aparejadas reformas legales básicas que resultaron útiles, mantuvo intactos los problemas más personales de inseguridad, miedo y ambición que siempre constituyeron el núcleo del prejuicio, la desigualdad y el daño ambiental.

La Década de los 70.- Para cuando llegaron los años 70, empezábamos a comprender este problema. Como veremos más adelante, la influencia de los psicólogos de las profundidades, el nuevo enfoque humanístico en la terapia y el creciente volumen de literatura de autoayuda en el mercado empezó a infiltrarse en la cultura. Nos dimos cuenta de que les pedíamos a los otros  que cambiaran pero pasábamos por alto los conflictos que teníamos adentro. Empezamos a ver que, si queríamos encontrar ese “más” que estábamos buscando, debíamos dejar de lado el comportamiento de los demás y mirar hacia adentro. Para cambiar el mundo, primero debíamos cambiar nosotros.

Casi de un día para otro, ir a ver a un terapeuta dejó de tener un estigma negativo y pasó a ser aceptable; se puso de moda analizar en forma activa nuestra psique. Descubrimos que una revisión de nuestra historia familiar temprana, como bien sabían los freudianos, creaba muchas veces una suerte de percepción o catarsis sobre las ansiedades y defensas indivi­duales, y también cómo y cuándo esos complejos se originaban en nuestra infancia.

A través de ese proceso pudimos identificar las formas en que refrenábamos nuestra realización o nos reprimíamos. De inmediato nos dimos cuenta de que esta focalización interior, este análisis de nuestra historia personal, era útil e importante. No obstante, a la larga, seguíamos viendo que algo faltaba. Veíamos que podíamos analizar nuestra psicología interna durante años y que, no obstante, cada vez que estábamos en situaciones de mucho estrés e inseguridad volvían a presentarse los mismos viejos miedos, reacciones y exabruptos.

A fines de la década de los 70 nos dimos cuenta de que nuestra intuición del “más” no podía ser satisfecha sólo con terapia. Lo que intuíamos era una nueva conciencia, un nuevo sentido de nosotros mismos y un flujo de experiencia superior que reemplazaría los viejos hábitos y reacciones que nos afligían. La vida más plena que sentíamos no tenía que ver con el mero crecimiento psicológico. La nueva conciencia requería una transformación más profunda que sólo podía ser calificada de espiritual.

Las Décadas de los 80 y los 90.- En los años 80, esta percepción nos hizo ir en tres direcciones. La primera estuvo marcada por una vuelta a las religiones tradicionales. Con una renovada chispa de compromiso muchos nos embarcamos en una nueva lectura de las Escrituras y de los rituales sagrados de nuestra herencia, buscando la respuesta a nuestra intuición en una consideración más profunda de los caminos espirituales con­vencionales.

El segundo rumbo fue una búsqueda espiritual más general y personal que nosotros mismos dirigimos, en la que procuramos un entendimiento más ajustado de los caminos espirituales más esotéricos que se habían encontrado a lo largo de la historia.

La tercera dirección fue una huida total del idealismo o la espiritualidad. Frustrados con la introspección de las décadas de los 60 y 70, muchos quisimos volver a capturar el materialismo aletargado de los años 50, cuando la sola vida económica parecía bastar. No obstante, este intento por transformar la gratificación económica en un sustituto de ese sentido de la vida más elevado que intuíamos desembocó tal vez simplemente en una presión interna de enriquecernos rápido. Ejemplos de los excesos que caracterizaron la década de los 80 fueron los escándalos de las empresas de ahorro y préstamo y la gran corrupción en el mercado de valores.

Siempre definí los años 80 como un retorno al Salvaje Oeste, en el que los tres impulsos -un intento de vuelta al materialismo y un renovado análisis de lo espiritual tanto viejo como nuevo- se agitaron y compitieron violentamente. Como vemos ahora retrospectivamente, fueron todos intentos de encontrar ese algo “más” que sentíamos a la vuelta de la esquina. Experimentábamos, fingíamos, competíamos por atraer la atención, con lo cual elevamos gran parte de lo que hacíamos al nivel de una moda superficial y, a la larga, nos sentimos decepcionados.

Con todo, creo que todo lo que pasó en la década de los 80 fue importante, en especial este primer interés masivo en distintos enfoques espirituales. Fue un paso necesario que nos dejó cansados de la publicidad inflada y el comercialismo y nos llevó a un nivel más profundo. En cierto modo fue una depuración que nos llevó a buscar una esencia verdadera y nos convenció al fin de que procurábamos un cambio más profundo en nuestras actitudes y nuestra forma de ser.

De hecho, creo que la intuición colectiva de la década de los 80 adquirió la forma de un mensaje básico: más allá de que analicemos la espiritualidad de nuestras religiones tradiciona­les o las experiencias descritas por los místicos de un camino más esotérico, hay una profunda diferencia entre conocer y debatir la percepción espiritual y experimentar realmente estas percepciones de un nivel personal.

A principios de la década de los 90, pues, estábamos en un lugar muy importante. Si nuestra intuición de los años 60 era acertada y era posible una experiencia de vida más plena, sa­bíamos con claridad que debíamos superar una consideración meramente intelectual y encontrar la experiencia real. Como consecuencia de ello, la publicidad inflada y la moda desaparecieron, pero la búsqueda de la experiencia real no. Por eso nuestra apertura a la espiritualidad alcanzó ahora un nuevo nivel de autenticidad y discusión.

La Búsqueda de lo Real

Dentro de este marco se publicaron La Novena Revelación, La Décima Revelación y toda una serie de libros que abordaban el tema de la percepción espiritual real. Libros que fueron leídos por millones de personas en todo el mundo y que llegaron a la corriente dominante precisamente porque intentaban describir nuestros anhelos espirituales en términos reales, señalando experiencias que de veras podían vivirse.

En la década de los 60, el idealismo predominante de la época me llevó hacia una carrera en la que trabajaba con adolescentes con problemas emocionales y sus respectivas familias, primero como asistente social y luego como administrador. Mirando para atrás, veo una profunda relación entre esas experiencias laborales y la posterior creación de la Revelación. A través del trabajo con esos jóvenes, que en todos los casos habían experimentado un grave maltrato en su infancia, empecé a tener un panorama más amplio de lo que debían superar. Para reparar lo que les había pasado, debían embarcarse en un viaje particular que en cierto modo debía incluir lo trascendente.

La angustia del abuso en los primeros años de vida crea en los niños una marcada necesidad de controlar la existencia. Modelan dramas, a veces graves y autodestructivos, para darse un sentido y por ende reducir su angustia. Romper el esquema de esos dramas puede resultar sumamente difícil, pero los terapeutas lo lograron, facilitando la percepción de los momentos pico de éxito con ejercicios atléticos, interacciones grupales, meditación y otras actividades. Estas actividades apuntan a promover la experiencia de un yo superior que reemplace la vieja identidad y su esquema de reacción concomitante.

Hasta cierto punto, cada uno de nosotros se ve afectado de una u otra manera por el mismo tipo de angustia que experimentan los chicos maltratados. Por fortuna, en la mayoría de los casos esta angustia es de un grado inferior y nuestros esquemas de reacción no son tan extremos, pero el proceso, el nivel de crecimiento que implica, es exactamente el mismo. Esta toma de conciencia a partir de lo que vi en mi trabajo aclaró en mi mente lo que parecía estar viviendo toda la cultura. Sabíamos que la vida, como de costumbre, parecía estar perdiéndose algo a lo que se podía llegar a través de una experiencia transformadora interior, un cambio real en la forma en que nos percibíamos nosotros mismos y nuestra vida susceptible de producir una identidad personal más elevada y más espiritual. El esfuerzo por describir esta trayectoria psicológica fue la base de La Novena Revelación.

La Revelación

El período en que escribí La Novena Revelación se extendió de enero de 1989 a abril de 1991 y se caracterizó por una suerte de proceso de ensayo y error. Curiosamente, mientras recordaba experiencias anteriores y escribía sobre ellas, entre­lazándolas en un relato de aventura, ocurrían coincidencias asombrosas que enfatizaban los argumentos específicos que quería plantear. Aparecían libros en forma misteriosa, o tenía encuentros oportunos con la clase exacta de individuos que trataba de describir. A veces se me acercaban extraños sin un motivo evidente y me hablaban de sus experiencias espirituales. Obligado a darles el manuscrito, descubrí que sus reacciones siempre señalaban la necesidad de una revisión o una ampliación.

La señal de que el libro estaba casi terminado se produjo cuando muchas de esas personas empezaron a pedirme copias del manuscrito para sus amigos. Mi primera búsqueda de editor no tuvo éxito y chocó contra el primero de los que ahora califico muros de ladrillos. Todas las coincidencias se interrumpieron y me sentí paralizado. En ese momento, empecé al fin a aplicar lo que considero como una de las verdades más importantes de la nueva conciencia. Fue una actitud que conocía y que había experimentado antes pero que todavía no estaba lo bastante integrada a mi consciente para recurrir a ella en una situación estresante.