Chamanismo

Chamanismo

ChamanismoEl chamán es el gran maestro del éxtasis antes aún de ser sanador o mago. Él es el especialista del trance, trance especial en el cual su alma supuestamente deja su cuerpo para subir al Cielo o descender a los Infiernos. El chamán mantiene relaciones privilegiadas con el espíritu de los muertos o los espíritus de la Naturaleza.

La vocación chamánica se discierne entre los candidatos aptos al éxtasis, ya sea espontáneamente o semiprovocado por las drogas. En realidad, los médicos occidentales estarían de acuerdo en diagnosticar histeria o epilepsia, pero lo que nosotros consideramos como una enfermedad nerviosa no lo es en otro contexto sociocultural. Sea lo que sea, la vocación chamánica, a menudo hereditaria, es siempre considerada como un don de los dioses o de los espíritus. Los futuros chamanes reciben una doble instrucción: ellos aprenden las técnicas del éxtasis (sueños, trances) y las técnicas tradicionales (nombre de los espíritus, mitología, lenguaje secreto, etc.) Es solamente esta instrucción, seguida de una iniciación, que transforma un eventual neurótico en un chamán reconocido por la sociedad.

El esquema iniciático, aunque presentando variantes de un pueblo a otro, es a menudo lo mismo: el aprendiz se prepara en la soledad, instruido por un viejo maestro. La ceremonia de iniciación puede tener lugar en un sitio oculto o en público. El futuro chamán debe estar enfermo (o al menos simular la enfermedad), casi muerto, tener la visión de su cuerpo destrozado y de sus huesos descuartizados. El despedazamiento del cuerpo y la contemplación de su propio esqueleto constituye un ejercicio muy prolongado que exige un gran esfuerzo de ascesis física y de concentración. El chamán debe nombrar cada uno de sus huesos por su nombre, contemplarse despojado de la carne y de la sangre. Este ejercicio meditativo consagra por medio de una operación mental al futuro chamán a transformarse en un ser cósmico, desembarazado de la condición profana, reintegrado a la vida universal.

El chamán cumple las funciones de médico y de sanador. Él encuentra el alma fugitiva del enfermo, la captura y la hace regresar al cuerpo que ella había dejado. Él conduce también el alma del muerto a los Infiernos. Puede cumplir esta función porque es capaz, por medio de las técnicas del éxtasis, de exigir a su alma que deje su cuerpo. Entonces conoce los caminos que llevan al Cielo y a los Infiernos, y, sin temor de extraviarse, se puede aventurar en esos países misteriosos.

La otra función del chamán es la curación mágica, en la que se considera la enfermedad como el extravío del alma, al que se agrega a veces una posesión por los malos espíritus. El chamán deberá entonces encontrar el alma, regresarla al cuerpo y proceder a la expulsión de los demonios. La recuperación de las fuerzas físicas depende estrechamente de la restauración del equilibrio de las fuerzas espirituales. Durante esta operación, los cantos rituales, las danzas, el tambor, juegan un rol preponderante. El chamán invoca con cánticos a los espíritus aliados para que lo asista en su lucha contra el mal, llevando el ritmo con el tambor que sostiene en su mano izquierda. Llega un momento en que lanza el tambor hacia su asistente y empieza a danzar como lo hacen los demonios. Es que no se contenta con exorcizar del enfermo los malos espíritus, él los integra en su propio cuerpo, él los posee, participando de su naturaleza. Y a menudo la sesión no llega a su fin hasta que el chamán, agotado, cae en tierra con la boca llena de espuma. Su ayudante le ruega que regrese del mundo subterráneo y, poco a poco, el chamán empieza a murmurar los nombres de los espíritus malignos. Recupera sus fuerzas, regresa al mundo de los vivientes y empieza a contar su viaje.

Esta es la fase más impresionante de la cura chamánica. La potencia, la magia de las palabras está aquí demostrada. El chamán, para quien salud y enfermedad no son más que las dos caras de la misma medalla no poseerá las claves tan buscadas hoy día por nuestra meditación psicosomática moderna?

Pablo Radzievky

Traducido y Extractado por Farid Azael de
Question de
Editions Ritz
Paris

El Molde del Hombre

El Molde del Hombre

 

El tema del Molde del Hombre, tratado en forma específica en el capítulo 16 de “El Fuego Interior”, es probablemente uno de los más inquietantes y controversiales de toda la serie de libros de Carlos Castaneda en su largo periplo por el aprendizaje y prácticas conducentes al grado de nagual, a cargo de su mítico guía, personificado en don Juan Matus. Se toca en dicho capítulo el corazón de prácticamente todas las prácticas espirituales, pero desde una óptica completamente atea, ‘laica’ y desprovista de toda la connotación sublime o mística que se le otorga en el marco de cualquier concepción re-ligiosa.

Sin embargo, es posible establecer algunos paralelismos muy evidentes con otras tradiciones. Por una parte, lo que acostumbramos a llamar ‘experiencias cumbre’ o ‘experiencias trascendentes’, existen en todas ellas como grandes hitos que nos permiten comprender vivencialmente realidades que, aunque están muy por encima de la vida cotidiana habitual, la incluyen, otorgándonos un sentido, una sensación de propósito, un sentimiento de inapelable verdad que tanto modifica radicalmente nuestra sensación de identidad con lo que nos rodea, como nos incentiva a comenzar, retomar o seguir avanzando en nuestra práctica cualquiera que ella sea; tanto nos incrementa una sensación de conexión vertical y horizontal como nos suscita el deseo de contribuir a que otras personas puedan participar o acceder a esas experiencias; nos hace germinar un sentimiento imborrable de ‘familia humana’, de comunidad, de hermandad más allá de cualquier diferencia, a la vez que nos acucia una comezón –incluso una sensación de urgencia- por la gran necesidad de la humanidad, llevándonos a visualizar o intentar formas en las que aportar a ese conjunto que puede y debe progresar. Sucede como si de súbito se comprendiera el propósito de la vida y de las formas que la habitan, con toda su belleza, imperfección y sufrimientos. En suma, son experiencias que, tanto si sobrevienen en forma súbita como si son largamente buscadas por los practicantes, nos producen sentimientos comunes de reverencia, de sacralidad de la existencia y de respeto por aquello que, estando más allá y por sobre nuestra experiencia humana habitual, se percibe con certeza como la dirección en la que debemos intentar movernos para progresar evolutivamente. Se percibe además que la verdad y realidad de la experiencia es irrefutable.

En casi todas las concepciones que se proponen como un camino evolutivamente ascendente para el hombre, aquello que está ‘más allá’ o ‘por encima’ del hombre natural es un Dios, una Diosa, un Self, un Yo Superior o una Mente Universal en la que se resuelven muchas de las contradicciones y pares de opuestos que a distintos niveles nos atormentan. De modo que conectar en cualquiera de sus formas con esos niveles trascendentes es sentido como participación espiritual, paz interior, gozo, comprensión intuitiva, vislumbre de nirvana, o un alcanzar o rozar por fin el verdadero hogar como contrapunto al sufrido samsara. En muchas religiones, sin embargo, se plantea, al menos masivamente, una contraposición fuertemente contrastante entre el nivel trascendente y la humanidad, considerándose a aquél infinitamente por encima de los seres humanos, y a éstos como una gran masa de iguales frente a esa realidad trascendental, o Dios. En algunas concepciones incluso sólo existe Dios y el hombre a secas, descartándose cualquier nivel intermedio y por tanto ignorándose todas las realizaciones espirituales de grandes hombres considerados por otras tradiciones como maestros, santos, guías o gurúes.

En el aprendizaje de Carlos Castaneda -como en otros realizados a través de escuelas y/o guías-, existe una realización gradual, es decir, un discipulado a través del cual un hombre escogido por ciertas condiciones apropiadas, es llevado hacia un paulatino progreso mediante una instrucción y prácticas precisas acerca de las que el alumno en principio no comprende ni en su utilidad ni en su propósito. Esa instrucción y guía es completamente personalizada en medio de condiciones creadas por el propio guía de acuerdo a los objetivos que persigue. Están en medio del mundo y sin embargo permanecen fuera de él, tal como si se utilizara el entorno como escenografías para el desarrollo de ciertos dramas que tendrán efectos específicos en el progreso del alumno.

Las prácticas de Castaneda nunca son religiosas en el sentido habitual en el que es utilizado el término, aunque desde todo punto de vista poseen un ritual y en todas ellas se aprecia un profundo respeto por lo que genéricamente podríamos llamar las fuerzas de la vida, o las energías en juego; las prácticas van paralelamente minando lo único por lo que no existe ningún respeto ni consideración, esto es, el ego del alumno, sus sentimientos de importancia personal y todas sus concepciones y cristalizaciones previas. Se destruye deliberadamente su idea del mundo y de sí mismo, sus certezas, para hacerlo permeable a otras realidades. El incremento gradual de consciencia del alumno, derivado de las experiencias a las que va accediendo a lo largo de los años, no lo lleva más cerca de ninguna potestad superior, sino más bien al conocimiento, percepción  y dominio creciente de esas energías en juego. Esto significa desarrollar atención, instinto, intuición, intención, percepción en la cuarta dimensión, sueño consciente, etc. No hay actos de devoción, de beatitud ni de veneración alguna. Sí, de profundo respeto por las distintas manifestaciones de las emanaciones del Águila, que podríamos equiparar al tradicional “temor de Dios”.

Castaneda va comprendiendo paulatinamente la estrecha relación entre su cuerpo, considerado como núcleo energético y ‘procesador’ de energías, y aquello que puede percibir y realizar. Otras tradiciones se refieren al cuerpo como “el templo de la divinidad en nosotros”, lo que se va evidenciando en el camino que transita Castaneda pero sin ninguna connotación de divinidad. Ciertos actos conscientes producen cambios en ese cuerpo energético que como consecuencia llevan a estados de consciencia acrecentada acerca de la realidad de las energías implicadas; eso es todo. Cada visión de mundo tiene su correlato en el cuerpo energético de la persona, o dicho en la jerga de don Juan, cada concepción de la realidad depende esencialmente de la ubicación del punto de encaje. En el mundo de don Juan todo es niveles de energía, tramas y emanaciones de energía que tanto se pueden ignorar como alinearse con ellas o utilizarlas como vehículo para conocer más profundamente los múltiples mundos implicados tras la materia, que se evidencian de forma cada vez más precisa a lo largo de la serie de libros de Castaneda.

Simultáneamente, el alumno se va conociendo a sí mismo, procesando sus miedos, depurando los lastres que lo limitan al mantenerlo atado al pasado (lo que don Juan llama el ‘borrado de la historia personal’), y fundamentando su conocimiento en experiencias –no en creencias-, lo que modifica radicalmente su estructura mental, sus hábitos y creencias previas, y sus escalas de valor. En este mundo mágico, en esta “realidad aparte” sutil pero consistente, se nos presenta la relación de don Juan y su discípulo, con una coherencia interna potente y difícilmente contrarrestable. No hay un Dios aquí, ni un futuro ni un propósito último más allá de la –por cierto inmensa- tarea de tomar consciencia y dominar la realidad presente, en sus múltiples niveles paralelos y complejidades energéticas. No se describe un objetivo más allá de esto.

En este contexto, la experiencia de la llamada en otras tradiciones –por lo general en la vía mística de las mismas- propia divinidad, Yo Superior, Cristo, satori o incluso Dios, es un importante hito en el camino, pero sólo es eso: la evidencia que muestra que el alumno ha alcanzado cierto dominio de sus propias energías como para acceder a esa percepción, la que eventualmente podría repetir a voluntad, lo que es radicalmente diferente de las concepciones espirituales más generalizadas en la humanidad. Esa experiencia medular (casi diríamos “fundacional” para todos aquellos que siguen un camino) es la que don Juan Matus designa con el modesto y pedestre nombre de “ver el Molde del Hombre”, al que considera como una suerte de arquetipo inerte que simplemente nos imprimiría las características humanas que compartimos. Don Juan, como guía, propicia la experiencia inicial, la que luego podría ser alcanzada por su discípulo independientemente de la participación de don Juan.

Resulta, para nuestra formación impregnada de tradición judeo cristiana, tan iconoclasta esta visión, tan rupturista de lo aceptado –como lo habría sido también para Castaneda-, que merece una revisión. Aún aquellos de nosotros que no declaremos religión alguna o que nos agrupemos bajo el título de agnósticos e incluso ateos, hemos vivido inmersos en una cultura de tradición judeo-cristiana que ha impregnado todos los ámbitos de la vida; hace muy pocos siglos que en Occidente se separaron la religión y el Estado, por ejemplo, y en la práctica nunca han estado totalmente separados, con lo que todas las esferas de la vida común se han regido en algún grado por los conceptos de bien/mal, premio/castigo, cielo/infierno, culpa, pecado, etc., en el marco de una relación del ínfimo ser humano frente a una omnipresente presencia Superior que lo juzga, lo premia, lo ama, lo castiga, lo califica permanentemente e incluso lo condena. No deja de ser curioso que en nuestro racionalista Occidente mantengamos por lo general tan separados el mundo de la creencia –por lo general indiscutible- de la evidencia intelectual o el fruto de la experiencia que exigimos en otras áreas. El porcentaje de individuos que han tenido una experiencia transpersonal continúa siendo una minoría; y aunque un número creciente de personas busca tener vivencias más allá de la existencia material o emocional comunes, la gran mayoría continúa entregándose mansamente a alguna creencia tranquilizadora sin ningún atisbo de buscar evidencia acerca de la realidad última que ésta ofrece, y a la que a menudo dejamos simplemente que nos dirija y limite la vida sin haber cuestionado nunca las bases de tales imposiciones. Defendemos apasionadamente nuestras creencias sin ninguna evidencia de aquello que persigue –por eso son creencias-, lo que parece especialmente contradictorio en Occidente, donde la búsqueda persistente de alguna práctica que nos lleve a constatar las realidades intangibles sólo se han vuelto crecientes en los últimos – si acaso- cincuenta años. De tal modo que considerar la óptica de don Juan nos puede estimular a una reflexión más profunda sobre estos puntos tan centrales y decisivos de la experiencia humana posible, y que nos puede movilizar, en primer lugar, a dudar o confirmar nuestras concepciones previas, pero por sobre todo, nos puede impulsar hacia una práctica que busque la comprobación vivencial de aquello que no puede ser explicado ni menos repetido de oídas o de segunda mano. De aquello que no puede ser una simple creencia.

A continuación extractamos y comentamos los párrafos más explicativos del capítulo 16 de “El Fuego Interior”:

“Después del almuerzo, don Juan y yo nos sentamos a hablar. Comenzó sin preámbulo alguno. Anunció que habíamos llegado al final de su explicación. Dijo que ya había discutido conmigo todas las verdades del estar consciente de ser, descubiertas por los antiguos videntes. Recalcó que ahora yo conocía el orden en el que los nuevos videntes las dispusieron. Dijo que en las últimas sesiones de su explicación me dio una relación detallada de las dos fuerzas que ayudan a mover nuestros puntos de encaje: el levantón de la tierra y la fuerza rodante. Explicó también las tres técnicas desarrolladas por los nuevos videntes, acecho, intento y ensueño, y sus efectos sobre el movimiento del punto de encaje.

– Ahora –prosiguió-, lo único que te queda por hacer para completar la explicación de la maestría del estar consciente de ser es romper por tu cuenta la barrera de la percepción. Sin ayuda de nadie, tienes que mover tu punto de encaje y alinear otra gran banda de emanaciones. Si no llegas a lograr esto, todo lo que has aprendido y has hecho conmigo será mera plática, simplemente palabras. Y las palabras valen poco.

Explicó que al moverse el punto de encaje y al alcanzar cierta profundidad, rompe una barrera e interrumpe momentáneamente su capacidad para alinear emanaciones. Experimentamos esa ruptura e interrupción como un vacío perceptual. Ese momento era llamado la pared de niebla por los antiguos videntes, porque aparece un banco de niebla cada vez que el alineamiento de emanaciones da un traspié.”

Carlos Castañeda

Carlos Castañeda

CastanedaCarlosLa obra de Carlos Castañeda es muy singular. El antropólogo que se interesa en el estudio de las plantas psicotrópicas, termina convirtiéndose en un “hombre de conocimiento”, gracias a las enseñanzas de las prácticas rituales del chamanismo yaqui, aportado por un descendiente cultural de los toltecas, don Juan Matus. Esta obra constituye una destrucción crítica de la antropología clásica y plantea una crítica radical a la realidad que conocemos. Expone otro conocimiento, no científico y aparentemente alógico. Exige un cambio en la naturaleza del aprendiz al abrir las puertas de “otra” realidad.

Pone en el tapete un conocimiento menospreciado por occidente y la ciencia contemporánea, considerado por la mayoría de los antropólogos como una práctica cultural aberrante. Nos enseña, a través de su maestro, la herencia de los brujos, herederos de los sacerdotes y chamanes precolombinos. Esta sociedad es todavía una sociedad cerrada, clandestina, subterránea que no convive con la sociedad moderna mejicana.

Quien es Carlos Castañeda?
En primer lugar, su apellido es latino y se escribe con ñ. Los norteamericanos, que no usan esta letra, lo convirtieron en Castaneda.

Para compensar el crecimiento de su imagen y de su leyenda, él hace desaparecer su historia personal y omite deliberadamente toda información que pudiera destruir el anonimato que le es necesario para pasearse libremente por esos nuevos mundos que va descubriendo.

No está bien claro si nació en Perú o en Brasil, alrededor de 1936, pero sí que vivió en Argentina desde pequeño, hasta que se trasladó a Estados Unidos a estudiar antropología. En el verano de l960, empezó a recopilar información sobre plantas medicinales.

En Méjico, investigando sobre el peyote, encontró un viejo indio yaqui don Juan Matus quien tenía reputación de brujo. Con él comenzó una amistad que creció lentamente durante un año, en el que Castañeda hizo frecuentes viajes donde mantuvo con don Juan extensas conversaciones sobre plantas alucinógenas en general.

Después de ese período que seguramente para don Juan fue de prueba, él le propuso que fuera su alumno, al que confiaría todo su conocimiento secreto.

Castañeda aceptó, suponiendo que lograría seguir manteniendo su sangre fría y racionalidad de antropólogo para trascender el efecto impactante que pudieran producirle esos nuevos mundos donde reinaba la hechicería. Durante los doce años siguientes, viajó continuamente entre la Universidad de los Angeles y
las montañas embrujadas de Méjico. Rozando los límites de la locura, tuvo éxito en conservar su salud mental y lograr un doctorado en antropología.

Quién era don Juan?
Don Juan Matus, el guía y chamán de Carlos Castañeda, nació en Arizona de ascendencia yaqui y yuma. Vivió en la orfandad desde la infancia, debido a que en las guerras yaqui sus padres fueron asesinados.

Estuvo un tiempo en Yucatán, donde se ganaba el sustento trabajando en los cafetales de la zona. Su juventud fue bastante accidentada, porque era excesivamente pendenciero. En la última de esas contiendas recibió un balazo en el pecho que lo dejó tirado en la calle, muy mal herido. Un indio viejo que pasaba por el lugar, lo recogió y lo cuidó, no sin antes haber aparentado frente a las personas que los rodeaban en ese momento – previo guiño a una vidente que presumía ser su mujer en público – que el herido era hijo de ambos y que sufrían inmensamente por lo que había ocurrido. Cuando hubo pasado un tiempo y ya se encontraba casi recuperado, don Juan hizo planes para huir de aquel lugar, pero el indio que no era otro que don Julián, su futuro guía y chamán, le propinó un fuerte golpe en la espalda que lo forzó a entrar a un estado de consciencia acrecentada. Después le reveló parte de la regla que tenía que ver con el Nagual.

Don Juan vivió las tres etapas del desarrollo de un guerrero:
l.- ser guiado a tomar la regla como mapa,
2.- la comprensión que uno puede obtener la consciencia suprema,
3.- conocimiento de un pasaje secreto para acceder a ese otro mundo oculto de la consciencia.

Don Julián le ayudó a convertirse en “hombre de conocimiento” y también le transmitió otros conceptos, uno de los cuales don Juan aplicó en su vida. Se refería al hecho de que la historia personal debía mantenerse en privado, porque así se evitaba “sufrir el peso de los pensamientos ajenos.”

Carlos Castañeda, que aprendió de don Juan, también aplicó este predicamento en su vida.

La enseñanzas de don Juan

El uso de las hierbas psicotrópicas
Las enseñanzas que recibió Castañeda del chamán, consistían en un sistema coherente de creencias, inculcadas por medio de un método pragmático y experimental. No era fácil comprenderlas debido a las extrañas características de los fenómenos que el aprendiz experimentaba. Al principio, el hincapié lo hacía en el uso de plantas psicotrópicas. Empleó por separado el peyote (laphophora williamsii), el toloache (datura inoxia) y un hongo (cilocybe mexicana). Relacionaba la datura y el hongo con la adquisición de “poder” y el uso del peyote con la obtención de sabiduría. Al peyote lo llamaba mescalito.

La importancia de las plantas residía en su capacidad de inducir etapas de percepción peculiar en la consciencia de quien las consumía. A estos efectos Castañeda los llamó “estados de realidad no ordinaria”.

En el contexto del conocimiento de don Juan, esas realidades eran reales, aunque fueran diferentes de aquellas que para nosotros lo son. Don Juan consideraba estos estados como único medio de adquirir poder. Estas plantas guiaban al hombre a ciertos poderes impersonales y los estados que producían los llamaba “encuentros”. Un chamán debía “encontrarse” con estos poderes para ganar su control.

El peyote o mescalito se consumía en reuniones llamadas mitotes. La reunión tenía como objeto encontrar una orientación sobre “la forma correcta de vivir”. Al toloache y a los hongos, los llamaban “aliados”, los cuales eran susceptibles a la manipulación. El hongo era el aliado preferido de don Juan, al que llamaba “humito”.

Un “hombre de conocimiento” debía encontrarse con el aliado las veces que fuera necesario, hasta llegar a familiarizarse con él. Esto significaba que había que fumar la mezcla e ingerir el polvo de hongos. Para minimizar los momentos más cruciales y extenuantes, el chamán usaba el humor.

El sistema de creencias que impartía, abarcaba cuando menos a dos culturas diferentes. Así otro chamán que tuvo influencia en el aprendizaje de Castañeda, fue don Genaro Flores, un indio mazateco de Méjico central.

Castañeda consideró su obra como una autobiografía atípica porque refiere, principalmente, algunos eventos de su vida y no lo que le sucede a un hombre común, ni menos sus estados subjetivos.

Después de haber transmitido sus enseñanzas, don Juan Matus y don Genaro Flores desaparecieron de la faz de la tierra y Castañeda se vio entonces en la obligación de hacer de nagual y el resto de los aprendices exigió su guía y consejo.

Los requisitos para el aprendiz
Acceder al conocimiento exigía algunos requisitos mínimos en un comienzo, requisitos que el guía comprobaba directa o indirectamente. En primer lugar, el aspirante a aprendiz tenía que tener “claridad de mente” y un propósito claro; saber qué quería realmente, conocer su corazón, porque el conocimiento debía llegar por “el camino difícil”.

Otra de las premisas mínimas, era que debía encontrar en un sitio determinado, un lugar adecuado para él, que debía hacerlo sentir “cómodo y feliz”.

En el caso de Castañeda, éste debió buscar “su lugar” en el cuarto de don Juan. Ante tan extraña y aparentemente absurda petición, Castañeda titubeó porque, además, lo hacía sentir ridículo. No obstante, cuando el chamán se alejó, con esmero y durante casi toda la noche, rodó, se tendió y tomó las más extrañas posiciones en el suelo. Casi al amanecer “sintió”, como le dijo don Juan, “cuando sus ojos no miraban de lleno las cosas” y vio vislumbres de colores en un determinado lugar del cuarto, en dirección sureste. Allí se quedó dormido.

En la mañana, don Juan corroboró su hallazgo, no sin antes mencionarle que todos los hombres tienen muchos lugares favorables y que los no favorables eran tan dañinos, que no sólo podían enfermar sino, además, causar la muerte.

También fue sometido a otra prueba, cuyo resultado fue estimado como un “augurio” favorable por don Juan, quien decidió entonces tomarlo como aprendiz.

El método del chamán
Para conseguir la metamorfosis del aprendiz, don Juan usaba plantas que producen efectos que cambian la forma de percibir la realidad en quien las consume o fuma. Las drogas son parte de una disciplina física y espiritual, como las prácticas ascéticas, los giros del derviche, las maceraciones del eremita cristiano y otras. Cada una de ellas es parte de un simbolismo que abarca al macrocosmos y al microcosmos y cada una se rige por un calendario ritual sagrado.

Las drogas, las prácticas ascéticas y los ejercicios de meditación son medios, no fines. Si el medio se transforma en un fin, se convierte en un agente de destrucción físico y espiritual que conduce a la degradación, la locura e incluso la muerte.

Rota la percepción cotidiana de la realidad, las drogas ya no tienen sentido, porque su función es semejante al mandala del budismo tibetano, es un apoyo para la meditación del principiante, no para el iniciado. El chamán expresa que lo que llamamos realidad consta de “descripciones del mundo” y los prodigios que la droga realiza son medios para destruir nuestros débiles razonamientos, nuestra percepción del mundo ordinario y para ubicar en su justa medida nuestras certidumbres. Él llama “parar el mundo” el terminar con la dualidad del sí y el no. Debemos recuperar esa mirada diáfana con una visión directa y profunda. Así alcanzaremos ese estado al que han aspirado todos los sabios del mundo: contemplativa imparcialidad.

El regalo del Águila
Según esta antigua enseñanza, al poder que gobierna a todos los seres vivientes le llaman el Águila. Esta se les aparece a los videntes como una enorme y negrísima águila, a gran altura, que otorga emanaciones
a todos los seres. Dicha emanación toma la forma de un capullo que envuelve el cuerpo físico.

El regalo que da el Águila a todos los hombres es conservar la llama de la consciencia, a la cual se le ha concedido pasar por una abertura hacia la libertad con el fin de perpetuarla. Para guiarlos, el Águila creó al Nagual. El vidente ve al hombre y mujer nagual, como un huevo luminoso. El Águila los creó como videntes para que “vieran”. Para asegurarse que el primer nagual condujera a su grupo hacia la libertad, sin corromperse, se llevó a la mujer nagual al otro mundo para que sirviera de faro al grupo hacia la abertura. Luego, recibieron la orden de olvidar.

La nueva tarea fue la de recordarse a sí mismos. Se separaron y no pudieron recordar quienes eran. El Águila les dijo, entonces, que si lograban recordarse a sí mismos podrían hallar la totalidad de cada uno, sólo entonces tendrían fuerza y tolerancia para afrontar la vida. La tarea siguiente fue que después de recordarse a sí mismos, debían conseguir otro hombre nagual y otra mujer nagual.

Don Juan explicó que cruzar hacia la libertad, significa que uno conserva la consciencia, el cuerpo se inflama de conocimiento y cada célula es consciente de sí misma.

Según esta enseñanza, no hay mundos de objetos, sino un universo de las emanaciones del Águila que representan la única realidad inmutable de lo perceptible y lo no perceptible, lo cognoscible y lo incognoscible.

Los videntes que ven las emanaciones, las llaman mandatos y la interpretan como la regla, mientras el hombre común las llama realidad.

El tonal y el nagual
El ser humano tiene dos facetas que están en funciones en el momento del nacimiento: el tonal, lado derecho y el nagual, lado izquierdo.

Ellos están hechos para el reino exclusivo del “hombre de conocimiento”. El tonal es el organizador del mundo. Por ejemplo, da sentido a una conversación, protege nuestro ser físico y es astuto con su obra. Es un guardián para nosotros, pero se ha convertido en un guardián déspota. El tonal es todo lo que somos y conocemos. Nos acompaña del nacimiento a la muerte. Hay un tonal personal y un tonal colectivo, que es
el que nos hace semejantes.