Cuando sentimos que no tenemos nada que el otro pueda apreciar, estamos cerca de odiarlo

                                Vauvenargues

Mi mayor temor: la indiferencia. Que me olviden o no se interesen por mí. Todas las ocasiones en que tengo la impresión de ser invisible, transparente para los demás, me siento muerta antes de tiempo. Inexistente. Cuando me siento triste y camino entre la multitud al anochecer, y por supuesto nadie me mira, me siento completamente sola, sobre todo en invierno, cuando todo el mundo se apresura de regreso. Imagino que todos vuelven a casa y alguien les espera, entran en calor, los reciben, los quieren y son importantes para los demás. A quién le importo yo? Vuelvo a casa sola. Sólo los vagabundos son tan desgraciados y están tan solos como yo. A veces me invaden extrañas visiones: me veo como un átomo, una partícula aislada alrededor de la cual giran miles de millones de partículas, vinculadas entre sí por fuerzas invisibles que no me acogen ni me alcanzan jamás.

Además del rechazo, existe un miedo anterior, más discreto, pero también perjudicial para nuestro bienestar y nuestro comportamiento: el miedo a la indiferencia. Qué ocurre en nosotros cuando tenemos la impresión de no contar para los demás?

El deseo de reconocimiento
Sentirse ignorado es doloroso, de modo que todos desarrollamos un gran deseo de reconocimiento. Es ésta una maniobra de prevención de eventuales rechazos? Sentir que ocupamos un lugar reconocido y constantemente confirmado junto a otras muchas personas, nos permitiría temer menos el rechazo y, si se presenta, experimentar un sufrimiento menor?

Así pues, ser o sentirse reconocido(a). Pero, qué es el reconocimiento? Es una necesidad diferente a la de aprobación o amor, y que las precede. Es el hecho de que los demás nos consideren seres humanos en el sentido completo del término: por ejemplo, que nos saluden y reciban cuando llegamos a algún lugar, o que nos llamen por nuestro nombre o apellido en función de la familiaridad que nos testimonien nuestros interlocutores. Todas estas manifestaciones son perfectamente sutiles: su presencia no procura necesariamente la felicidad; su ausencia no se percibe de manera ostensible, pero es dolorosamente perjudicial. Es normal que nos tranquilice el hecho de que nos conozcan. Un ejemplo interesante en los ancianos es la relación que mantienen con los comerciantes: ser recibidos y saludados por su nombre en el mercado, saber que conocen sus costumbres, preferencias y ciertos elementos de su existencia. Todos estos detalles son importantes para ellos porque con frecuencia sus vínculos sociales son tenues, vulnerables y cada vez más escasos (sus amigos mueren poco a poco). Quizá de ahí procede el temor de muchos ancianos a morir solos en casa, sin que nadie se de cuenta. Todas esas historias espantosas de vecinos alertados por el olor.

Todo ello proviene del sentimiento de reconocimiento y recuerda la absoluta necesidad que el ser humano tiene de disponer de un capital social a su alrededor. Este hecho explicaría el sentimiento oscuro y primitivo de que las grandes ciudades son contra natura. En todo caso, contra la naturaleza humana. Otro ejemplo de reconocimiento: ser requerido sin pedirlo, es decir, recibir invitaciones, atenciones, tarjetas portales, visitas, un pequeño regalo que indique que han pensado en nosotros sin que hayamos tenido que manifestarnos. Esta es una de las quejas que más a menudo profieren ciertos pacientes depresivos a los que se llama, con razón o equivocadamente, abandonados: Nadie me llama ni piensa en mí. Siempre soy yo quien debo hacerlo todo. Si me dirijo a los demás, me aceptan y reciben, ése no es el problema. Pero si desaparezco, como suele decirse, entonces muero realmente en sus consciencias: se olvidan de mí.

Recuerdo haber encontrado esa necesidad de reconocimiento en un estudio sobre el estrés en los conductores de autobús parisinos de la RAPT: partimos de la idea de que su estrés estaría relacionado con problemas de conducción y circulación, sin embargo la mayoría nos contaron que lo que más les afectaba eran las situaciones de indiferencia social. El hecho de que los viajeros subieran sin saludarlos ni mirarlos (Como si fuésemos robots), les dolía, les hundía, humillaba y entristecía (Cuando me tratan así tengo la impresión de no ser más que una pieza de mi autobús, anónima e intercambiable. Poca cosa).

Sentirse reconocido confiere simplemente un sentimiento de existencia social y de existencia a secas. Por otro lado, el reconocimiento no tiene por qué ser necesariamente positivo. Así, a veces los niños atraen la atención con sus caprichos o tonterías, cuando no se les hace caso en determinado momento, o de manera habitual si su familia no se preocupa por ellos. Algunos de nuestros pacientes, que han cometido delitos menores, nos dicen retrospectivamente: Ahora me doy cuenta de que lo hice para que me hicieran caso. En ciertos narcisistas también se la satisfacción de ser detestados: suscitar la aversión alimenta la necesidad del reconocimiento a su existencia y también de su importancia, que miden en función de la intensidad de la aversión que despiertan y del número de personas que los odian. Tenemos pocas ocasiones de recibir en consulta a estos sujetos (más bien son sus allegados, a quienes hacen sufrir, quienes se someten a terapia). Con frecuencia son poco aptos para entablar relaciones amistosas de igualdad, y sólo actúan en el conflicto y las relaciones de dominio. Se han dado cuenta de que la aversión es una relación y una forma de reconocimiento, al contrario que la indiferencia. En este sentido, el rechazo les importa poco: siempre y cuando se acompañe de emociones fuertes en quienes los rechazan, se trata de un reconocimiento, y por tanto una victoria a sus ojos. De ahí su necesidad de provocar constantemente: el rechazo sosegado y la indiferencia les atemorizan y hacen dudar, como a todo el mundo. Sin duda, una persona con este perfil inventó esta expresión: Amamos u odiamos, pero no permanecemos indiferentes.

 

Reconocimiento de conformidad o de distinción? Dos modos de aumentar la autoestima a partir del reconocimiento de los demás.
Existen dos modos de obtener el reconocimiento (y por tanto, la autoestima): ser como los demás es el reconocimiento por conformidad; diferenciarse es el reconocimiento por distinción.

La búsqueda de un reconocimiento por conformidad se da con mayor fuerza en los extremos de la existencia, en el niño y el anciano. Ser como los demás en su apariencia, gustos y discurso representa un pasaporte, una garantía de aceptación social. Este reconocimiento de conformidad a menudo se relaciona con un sentimiento de relativa vulnerabilidad.

La búsqueda de reconocimiento por distinción es más frecuente en jóvenes y adolescentes porque les sirve para afirmarse y construir su identidad. De ahí la importancia del look, pero también el cuidado de presentar ese look como una elección vital global, y no sólo como una decisión fútil o una sumisión a la moda. Puede divertirnos el hecho de que el reconocimiento por distinción no sea en el fondo sino un reconocimiento por conformidad que funciona sólo en el seno de un reducido grupo al que se ha elegido (o se trata de) pertenecer. En realidad se trata siempre de una necesidad de afiliación: el verdadero reconocimiento por distinción es, de hecho, rarísimo. Existe en verdad?

Por otro lado la existencia de signos de reconocimiento aumenta cuando el grupo se siente minoritario o amenazado. Por ejemplo, el saludo que se cruzan los motoristas y que les procura un sentimiento agradable. Tiende a desaparecer como signo de reconocimiento espontáneo debido sobre todo a la proliferación de vehículos de dos ruedas (es menos necesario en cuanto la comunidad deja de ser minoritaria). En cambio, otro pequeño ritual, específico de los motoristas parisinos (tal vez extensible a otras grandes ciudades, no he indagado): levantar el pie en signo de agradecimiento en la ronda de circunvalación, si uno de ellos deja pasar a otro entre la hilera de coches. Se trata de un signo de reconocimiento a la vez que de agradecimiento, por la atención brindada (vigilar el retrovisor, apartarse para deslizarse entre la fila de coches).

Ser o no ser como los demás es un reto para la autoestima: conformarse con los códigos de la mayoría es, frecuentemente, la elección de las autoestimas débiles. Distinguirse o conformarse con los de una minoría suele ser la elección de autoestimas fuertes y vulnerables. Las autoestimas sólidas optan por no afiliarse a grupo alguno.

Los riesgos y errores de la búsqueda de reconocimiento
Para las bajas autoestimas, el primer riesgo de esta búsqueda consistirá en la hiperconformidad, con el riesgo de alienación. Se ocultará todo lo que destaque para tratar de conformarse con la imagen social que creemos nos garantizará la mayor aceptación. Se seguirá la moda a una distancia respetuosa: ni con demasiada antelación para no atraer (o creer que atraemos) las miradas, ni demasiado tarde para no caer en la hortelana. Tan sólo emitiremos nuestras opiniones cuando hayamos comprobado las de los líderes a fin de no correr el riesgo de la contradicción o la burla.

Las autoestimas elevadas y vulnerables que intentan compensar sus dudas mediante la aceptación optarán por una ruptura con la masa, en cuyo anonimato se sienten desaparecer y no se ven reconocidas. De ahí el riesgo de provocaciones gratuitas e inútiles. En loas adolescentes es bastante frecuente encontrar jóvenes que dudan de sí mismos e intentan ser aceptados por otros más violentos que ellos lanzándose a comportamientos delictivos que les franquean la entrada al grupo.

Todos nos enfrentamos a las mismas posibilidades de error:

Error de no sentirnos reconocidos cuando en realidad lo somos y emprender así una búsqueda de reconocimiento suplementaria y aleatoria, cuando habría bastado con abrir los ojos.
Error de no conceder importancia a las señales de reconocimiento recibidas, no sentirnos valorados por el grupo y las personas que nos reconocen. Dirigiéndose a los poderosos de su época, Sieyes (político que en 1789 se hizo famoso con su panfleto Qué es el Tercer Estado?) escribió durante la Revolución Francesa: Pretendes distinguirte de tus conciudadanos y no que éstos te distingan No aspiras al amor o el aprecio de tus conciudadanos; por el contrario, obedeces a una vanidad hostil contra los hombres, cuya igualdad te molesta.
Error de confundir el deseo de reconocimiento con el deseo de amor y esperar que el primero satisfaga el segundo: hay relaciones sociales que sólo podrán aportarnos reconocimiento, nada más. No hay que denigrarlas por ello, ni pedirles más. Todo el mundo me quiere, pero estoy sola, me contaba una joven paciente. Sin embargo, la proliferación de relaciones normalmente facilita el encuentro con el amor mejorando el bienestar psicológico (y por tanto la apertura a los demás) y desarrollando las aptitudes relacionales. Lo facilita, pero evidentemente no garantiza nada.

Soledad y sentimiento de soledad
Lo más doloroso durante mi depresión no era la tristeza o la dificultad para actuar; era esa especie de angustia que me embargaba como un vértigo de soledad. Me sentía completamente sola incluso rodeada de seres queridos. Los miraba y me daba cuenta, estúpidamente, de que no eran yo, que se trataba de personas autónomas de las que apenas conocía lo que me dejaban entrever. Esto despertaba en mí el miedo a la vida. Esa soledad me angustiaba porque no me sentía capaz de sobrevivir sola. De hecho, no se trataba de soledad, sino de la angustia por la soledad, a veces sorda, como un leve rumor, a veces violenta como la amenaza del fin del mundo. Este sentimiento irrumpía y desgarraba el velo de las ilusiones (la ilusión de que somos uno con nuestros seres queridos, a quienes conocemos perfectamente). Siempre he tenido este problema. Me perturbó el momento en que mis hijos crecieron y se convirtieron en seres autónomos, en personas mayores que no me confiaban todos sus secretos. Más tarde comprendí que este sentimiento de soledad era inevitable y que si me daba miedo era porque me sentía incapaz de cuidar de mí misma. En realidad era peor que esto: es como si durante toda mi vida hubiera evitado ocuparme de mí misma. Había vivido en la ilusión de que formaba parte de un todo: familia, grupo.

Hay muchos estudios consagrados al sentimiento de soledad. Sabemos que en psiquiatría la soledad y el aislamiento social son factores de riesgo en materia de depresión, dependencia de las drogas y el alcohol y, más generalmente, vulnerabilidad ante los acontecimientos vitales estresantes. Sin embargo, un punto a tener en cuenta es que no sólo la soledad real afecta a nuestra salud, sino también la percepción de la soledad: el hecho de sentirse solo o sola es una fuente de perturbaciones no sólo psíquicas, sino también corporales, con un especial impacto en la función cardíaca y la tensión arterial. También advertimos que la cantidad de contactos sociales de las personas que se sienten solas con frecuencia es aproximadamente la misma que en aquellas que no se quejan. Con toda probabilidad se trata más de una cuestión cualitativa relacionada con la satisfacción que obtenemos de esos contactos, la actitud social (aprovechamos o no esos contactos sociales, por ejemplo: estamos solos entre los demás?) y la actitud mental (sentirse diferente e incomprendido cierra la puerta a las relaciones o a su capacidad para reconfortarnos).

La única soledad válida es la que elegimos, no la que padecemos. Es perfectamente posible definirse como un solitario sociable: nos gusta estar solos pero también la compañía de los demás. Preferimos ligeramente el primer estado al segundo. Si elegimos y disfrutamos esta soledad es posible celebrarla, como hacía Malraux: Si existe una soledad en la que un solitario es un abandonado, existe otra en la que sólo es solitario porque los demás hombres no se han unido a él. Pero no todos los solitarios tienen sueños de grandeza. Muchos aprecian simplemente la distancia que les confiere la retirada del mundo y consideran la soledad un ejercicio saludable, como escribía Vauvenargues: La soledad es al alma lo que la dieta al cuerpo. Sin embargo, la dieta sólo alcanza sentido si no estamos a punto de morir de hambre. Los que no han elegido, los marginados, los abandonados, los aislados, sólo obtienen sufrimiento y ven en ella una noche interminable de espera y necesidad insatisfecha como animal social.

Porque a fin de cuentas, para la mayoría de nosotros, la soledad no puede ser sino un paréntesis entre dos períodos de intercambio y relaciones. La soledad como pasaje. Muchas veces útil, a veces forzoso. Pasaje y no destino, ya que también podemos perdernos en la soledad, y algunas existencias se parecen a esa imagen de Flaubert, gran solitario pero no siempre por elección: Me parece que atravieso una soledad sin fin para ir no sé adónde, y yo mismo soy a un tiempo el desierto, el viajero y el camello.

La búsqueda de amor, afecto, amistad y simpatía: la búsqueda del aprecio de los demás.
Hemos hablado de la necesidad de que reconozcan nuestra existencia. Pero también existen formas cálidas, positivas, de reconocimiento: simpatía, amistad, afecto e incluso amor. Sabemos que esos alimentos afectivos son indispensables para el ser humano: para desarrollarse y sentirse feliz y digno de existir. Por qué meterlas todas en el mismo saco? Acaso no hay diferencia entre la mera simpatía y la relación amorosa? Sí y no. En un sentido amplio, todos estos vínculos afectivos remiten a nuestra necesidad de apego y seguridad, por supuesto heredada de nuestro pasado personal pero también de nuestra biología: las características de la especie humana hacen que vengamos al mundo en estado larval y que sin el amor y el cuidado de los demás madre, padre, miembros de una comunidad- no sobrevivamos. Nuestra memoria emocional lo recuerda y se muestra muy exigente respecto a las pruebas de amor. En cambio, es la cultura la que modela los objetos en los que se vierte el amor: los vínculos con la pareja, con los hijos, no siempre se han ensalzado como modelos de amor perfecto. El hombre siempre ha sentido la necesidad de suscitar simpatía, afecto y amor, así como la pregunta fundamental, oculta tras esa inagotable necesidad de ser amado: cómo existir en el corazón de los demás?

Hasta dónde vamos en la necesidad de ser amados?
Pueden darse dependencias extremas a las señales de reconocimiento y apego de los demás. Así, por ejemplo, las personas demasiado amables pueden ahogar al otro con sus ofrecimientos y regalos excesivos: Estoy demasiado preocupada por agradar y me centro mucho en los demás. Siempre tengo la impresión de deberles algo. Me es imposible llegar a algún sitio sin un regalo y, como norma general, el regalo es tanto más grande cuanto más dudo del aprecio que me tienen. Siento una obligación permanente hacia los demás. Nunca se me ocurre la idea de que puedan sentirse obligados conmigo o deberme reconocimiento. Siempre soy yo quien se siente en deuda. Qué decir de la sorpresa de descubrir que me aman y me aprecian, que hace presa de mí desde la infancia? Es una alegría y un alivio. Sin duda, una liberación. Como si en mi fuero interno se ocultara siempre la idea de que no es lícito que me amen sin haber comprado previamente ese amor mediante un regalo u ofreciendo un servicio. Mi marido me llamó la atención sobre esto y me enseñó que no tenía que comprar la atención o el afecto con amabilidad o regalos.

Un paso más y entramos en los perfiles de la personalidad vulnerable, en el registro de lo que los psiquiatras llaman síndrome de abandono o hiperapetencia afectiva.

En el caso de síndrome de abandono, los sujetos reaccionan de forma muy violenta (interiormente, mediante el sufrimiento, exteriormente, con lágrimas y reproches) a todo lo que les parezca una forma de distanciamiento, para gran sorpresa de los miembros no advertidos de su entorno (en general, los amigos, porque la familia lo sabe desde hace tiempo), menos sensibles a la distancia y para los que pasar seis meses sin contacto no disminuye un ápice la amistad o el afecto que sienten. Sin embargo, si su amigo padece el síndrome de abandono, no verá las cosas así.

En el caso de la hiperapetencia afectiva, las personas tratarán de templar la relación haciéndola pasar a un modo afectivo: intimar rápidamente con un nuevo conocido, trabar una relación profunda con un compañero de trabajo recién llegado Como si creyeran que de ese modo acceden a lo esencial: Una relación no tiene sentido sin afecto.

Estos dos tipos de personalidad parecen presentar una necesidad ilimitada de signos de afecto y reconocimiento, como si su propia existencia dependiera de ellos, según el adagio sin amor no somos nada de las canciones populares. Como si hubieran asumido la fórmula de Gide: No quiero que me elijan, deseo que me prefieran, pero sin confesarlo claramente. No reivindican la exclusividad (no hay la autoestima suficiente para ello); esperan que los demás actúen como si sólo ellos existieran.

Cómo se activa la búsqueda de afecto en caso de rechazo social
Diversos trabajos, tanto estudios experimentales como llevados a cabo en un medio natural, han estudiado lo que ocurre cuando somos objeto de un fracaso o un rechazo, en resumen, de algo que amenaza el lugar que ocupamos en los demás. Lo más frecuente es que se trate de una cuestión de autoestima: las personas con una autoestima frágil y baja generalmente tienden a mostrarse más amables y agradables tras un rechazo, mientras que los individuos con una autoestima elevada a menudo tienden a mostrarse menos agradables si son cuestionados. Parecen menos dependientes de la necesidad de aprobación social como reparación y consolación. No obstante, existe un riesgo importante para las personas con baja autoestima: como creen vivir un fracaso (real, temido o imaginario) de manera crónica, les tentará comprar a los demás con su amabilidad, como hemos visto. Pero se trata de una estrategia de supervivencia y prevención, y no de una elección libre.

Amor y autoestima
Hay tantas preguntas sobre el amor y la autoestima El amor es bueno para la autoestima? La fortalece o la debilita? Y sobre todo, es razonable esperarlo todo de él?

Sorprendentemente, existe un frecuente derroche afectivo en los sujetos con baja autoestima, que presentan una irresistible tendencia a subestimar la mirada positiva que sobre ellos tienen sus compañeros sentimentales. Me ha llevado muchos años bajar la guardia con mi pareja. No es que recelara o no tuviera confianza, sino que me atrapaba un reflejo inconsciente de prudencia, de no creerme demasiado amado para no depender de esa persona. Esto ha provocado muchas crisis porque mi esposa lo percibía. Ella lo tomaba como falta de amor, cuando era más bien un miedo excesivo e incluso, en realidad, una falta de confianza en mí mismo. Qué me ha curado? El tiempo transcurrido. Pero también fortalecer mi confianza: tener éxito en mi trabajo y ganarme la admiración de mis dos hijos. De pronto empecé a ser más sensible y receptivo al amor conyugal y a comprender que mi mujer me quería a mí y no a una imagen de mí o a uno de sus sueños adolescentes.

Los sujetos con baja autoestima tienden asimismo a no recurrir demasiado a su pareja para recuperarse de sus sentimientos de inadaptación e incompetencia, a no confiarse mucho o pedir consejos y atención en los momentos en que lo necesitan.

Las personalidades dependientes experimentan la necesidad de fusión en el amor, como vimos anteriormente: este deseo también se relaciona con problemas de autoestima. La fusión nos fortalece porque nos hace menos visibles, nos expone menos y afianza nuestra posición; con el riesgo de alienación en la pareja y la tentación de desaparecer tras nuestro compañero, de existir socialmente sólo gracias a él, y sentirnos por completo aliviados y anestesiados de la propia identidad. Para un día levantarse con la consciencia de haber ignorado construir la propia personalidad si no es como mujer o marido de, pariente de; y asistir a la pérdida de la autoestima.

Quizá por esto hay tanto sufrimiento y mal de amores y el ámbito de la vida amorosa es uno de los que abordamos con más frecuencia en psicoterapia: entre los miedos de la relación (exigir demasiado, o demasiado poco, o ambas cosas) y los ideales excesivos, no falta el sufrimiento ni el afán por superarlos.

Un Medicamante para la autoestima
Recuerdo a una paciente llamémosla Armelle- que acudía a verme intermitentemente para tratar sus complejos y su autoestima. Abandonaba la terapia cada vez que se enamoraba. En esos momentos no le necesito a usted ni a la terapia. En cuanto me siento amada dejo de plantearme preguntas sobre mí misma. Desgraciadamente, sus amores no ejercían un efecto terapéutico perdurable y las dudas volvían poco a poco. Además, extrañamente, volvían a propósito de sus amantes: Al cabo de un tiempo dejo de idealizarlos y veo sus defectos, que hasta entonces ignoraba o minimizaba. Entonces, rápidamente, mis ojos vuelven a contemplar mis propios lastres y vuelvo a dudar de mí misma y acomplejarme. En ese momento corto la relación. Y vuelvo a encontrarme como siempre, con mis inquietudes y mis perpetuas insatisfacciones.

Una de las propiedades que el amor ejerce sobre las heridas de la autoestima es que nos lleva a descentrarnos, cuando es recíproco, evidentemente: dejamos de pensar en nosotros mismos para pensar en el otro. Pasamos de pensar en nuestra persona a pensar en la pareja de enamorados que formamos. El olvido de uno mismo gracias a la obsesión por el otro.

Un día Armelle encontró al hombre de su vida. O más bien conoció a un hombre que poco a poco se convirtió en el hombre de su vida. A pesar de sus defectos Indudablemente realizó un trabajo sobre sí misma para que sus dudas y exigencias de perfección no constituyeran un obstáculo a su felicidad. O quizá tan sólo su compañero demostró ser el buen medicamante.

Christophe André

Ref: Prácticas de Autoestima, Ed. Kier, Barcelona, 2007.
Ilustración: La Indiferencia de la Mayoría, de Moisés Hergueta

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