La Tierra donde Nadie es Viejo.

La Tierra donde Nadie es Viejo.

 

Me gustaría que me acompañaras en un viaje de descubrimiento. Exploraremos un lugar donde las reglas de la existencia cotidiana no tienen aplicación. Estas reglas dicen, explícitamente, que envejecer, tomarse frágil y morir es el destino último de todos. Y así ha ocurrido, siglo tras siglo. Sin embargo, quiero que dejes en suspenso tus supuestos sobre lo qué llamamos realidad, para que podamos convertimos en pioneros en una tierra donde el vigor juvenil, la renovación, la creatividad, el gozo, la satisfacción y la atemporalidad son experiencias comunes de la vida cotidiana, donde la vejez, la senectud, la invalidez y la muerte no existen y no son siquiera tenidas en cuenta como posibilidad.

Si existe un lugar así. qué nos impide ir allí? No se trata de una oscura masa continental ni es un peligroso mar no registrado en los mapas. Es nuestro condicionamiento, nuestra visión del mundo actual y colectiva, la que nos enseñaron nuestros padres, los maestros y la sociedad. Esta manera de ver las cosas (el antiguo paradigma) ha sido justamente llamado hipnosis de condicionamiento social: una ficción inducida y en la que todos hemos acordado colectivamente participar.

Tu cuerpo envejece sin que puedas dominarlo porque ha sido programado para cumplir las reglas de ese condicionamiento colectivo. Si algo hay de natural e inevitable en el proceso del envejecimiento, no se podrá saber hasta que se rompan las cadenas de nuestras antiguas creencias. A fin de crear la experiencia del cuerpo sin edad y la mente sin tiempo, es preciso que descartes diez supuestos sobre quién eres y cuál es la verdadera naturaleza de la mente y el cuerpo. Estos supuestos constituyen los cimientos de la visión del mundo que compartimos.

Ellos son:

1.- Existe un mundo objetivo, independiente del observador, y nuestros cuerpos son un aspecto de este mundo objetivo.

2.- El cuerpo está compuesto por masas de materia, separadas entre si en el tiempo y el espacio.

3.- Mente y cuerpo son cosas separadas e independientes la una de la otra.

4.- El materialismo es primario, la consciencia es secundaria. En otras palabras, somos máquinas físicas que han aprendido a pensar.

5- La consciencia humana puede ser explicada por completo como producto de la bioquímica.

6.- Como individuos, somos entidades desconectadas y autosuficientes.

7.- Nuestra percepción del mundo es automática y nos brinda una imagen adecuada de cómo son realmente las cosas.

8.- Nuestra verdadera naturaleza queda totalmente definida por el cuerpo, el yo y la personalidad. Somos briznas de recuerdos y deseos encerrados en paquetes de came y huesos.

9.- El tiempo existe como absoluto y somos cautivos de ese absoluto. Nadie escapa a los estragos del tiempo.

10.- El sufrimiento es necesario: forma parte de la realidad. Somos víctimas inevitables de la enfermedad, el envejecimiento y la muerte.

Estos supuestos van mucho más allá del envejecimiento: definen un mundo de separación, decadencia y muerte. El tiempo es visto como una prisión de la que nadie escapa: nuestro cuerpo es una máquina bioquímica que. como todas las máquinas, debe acabar por detenerse. A cierta edad – afirmó Lewis Thomas cierta vez – está en nuestra naturaleza desgastarnos, caer en trastornos y morir, y eso es todo. Esta postura, la línea dura de 1a ciencia materialista, pasa por alto una gran parte de la naturaleza humana. Somos las únicas criaturas de la Tierra que pueden cambiar su biología por lo que piensan y sienten. Poseemos el único sistema nervioso que tiene consciencia del fenómeno del envejecimiento. Los leones y los tigres viejos no se dan cuenta de lo que les pasa, pero nosotros si. Y como tenemos consciencia de las cosas, nuestro estado mental influye sobre aquello de lo que tenemos consciencia.

Seria imposible aislar un solo pensamiento, una sensación, una sola creencia o supuesto que no tenga algún efecto sobre el envejecimiento, directa o indirectamente. Nuestras células escuchan constantemente a nuestros pensamientos y se ven cambiadas por ellos. Un ataque de depresión puede causar desastres en el sistema inmunológico; enamorarse puede fortalecerlo. La desesperación y la falta de esperanzas aumentan el riesgo de sufrir ataques cardiacos o contraer un cáncer, acortando así la vida. El gozo y la satisfacción nos mantienen saludables y prolongan la vida. Esto significa que no es posible trazar con certeza la línea entre biología y psicología. El recuerdo de una tensión, que es sólo una brizna de pensamiento, libera el mismo torrente de hormonas destructivas que la tensión en sí.

Como la mente influye sobre todas las células del cuerpo, el envejecimiento humano es fluido y cambiante; puede acelerarse, demorarse. detenerse un tiempo y hasta revertirse. Cientos de descubrimientos científicos de las tres últimas décadas han verificado que el envejecimiento depende del individuo en un grado mucho mayor del que se ha soñado nunca.

Sin embargo, el descubrimiento más significativo no se encuentra en los hallazgos aislados, sino en una visión del mundo completamente nueva. Los diez supuestos del antiguo paradigma no describen acertadamente nuestra realidad. Son invenciones de la mente humana que hemos convertido en reglas. Para desafiar el envejecimiento en su centro mismo, es preciso desafiar primero toda esta visión del mundo, pues nada tiene más poder sobre el cuerpo que las creencias de la mente.

Cada supuesto del antiguo paradigma se puede reemplazar con una versión más completa y expandida de la verdad. Estos nuevos supuestos son también sólo ideas creadas por la mente humana, pero nos otorgan mucha más libertad y poder. Nos brindan la capacidad de reescribir el programa de envejecimiento que ahora dirige nuestras células.

Los diez supuestos nuevos son:

1.- El mundo físico, incluidos nuestros cuerpos, es una reacción del observador. Creamos el cuerpo según creamos la experiencia de nuestro mundo,

2.- En su estado esencial, el cuerpo está compuesto de energía y de información, no de materia sólida. Esta energía e información es un afloramiento de infinitos campos de energía e información que abarcan el universo.

3.- La mente y el cuerpo son inseparablemente uno. La unidad que soy yo se separa en dos corrientes de experiencia. Experimento la corriente subjetiva como ideas, sentimientos y deseos. Experimento la corriente objetiva como mi cuerpo. Sin embargo, en un plano más profundo las dos corrientes se encuentran en una sola fuente creativa. Es a partir de esta fuente desde donde debemos vivir,

4.- La bioquímica del cuerpo es un producto de la consciencia. Creencias, pensamientos y emociones crean las reacciones químicas que sostienen la vida en cada célula. Una célula envejecida es el producto final de la consciencia que ha olvidado cómo mantenerse nueva.

5.- La percepción parece ser automática, pero en realidad es un fenómeno aprendido. El mundo en que vives, incluida la experiencia de tu cuerpo, está completamente inspirado en el modo en que aprendiste a percibirlo. Si cambias tu percepción, cambias la experiencia de tu cuerpo y de tu mundo.

6.- Hay impulsos de inteligencia que crean en tu cuerpo formas nuevas a cada segundo. Lo que tú eres equivale a la suma total de estos impulsos y, al cambiar sus esquemas, cambiaras tú.

7.- Aunque cada persona parezca separada e independiente, todos nosotros estamos conectados a patrones de inteligencia que gobiernan el cosmos entero. Nuestros cuerpos son parte de un cuerpo universal; nuestras mentes, un aspecto de la mente universal.

8.- El tiempo no existe como absoluto; sólo la eternidad. El tiempo es eternidad cuantificada, atemporalidad cortada por nosotros en fragmentos y trozos (segundos, horas, días, años). Lo que llamamos tiempo lineal es un reflejo de nuestro modo de percibir el cambio. Si pudiéramos percibir lo inmutable, el tiempo dejaría de existir tal como lo conocemos. Podemos aprender como empezar la metabolización de lo inmutable, la eternidad, lo absoluto. Al hacerlo estaremos listos para crear la fisiología de la inmortalidad.

9.- Cada uno de nosotros habita una realidad que se encuentra más allá de todo cambio. En lo más profundo de nosotros, sin que lo sepan los cinco sentidos, existe un intimo núcleo de ser, un campo de inmutabilidad que crea la personalidad, el yo y el cuerpo. Este ser es nuestro estado esencial; es quien realmente somos.

10.- No somos víctimas del envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Estos son partes del escenario, no del espectador, que es inmune a cualquier forma de cambio. Ese espectador es el espíritu. la expresión del ser eterno.

Estos son vastos supuestos, factores de una nueva realidad, pero todos se basan en los descubrimientos de la física cuántica hechos hace casi cien años. Las semillas de este nuevo paradigma fueron plantadas por Einstein, Bohr, Heisenberg y los demás pioneros de la física cuántica, quienes comprendieron que el modo aceptado de ver el mundo físico era falso. Aunque las cosas de allí fuera parecen reales, no hay prueba de la realidad aparte del observador. No hay dos personas que compartan exactamente el mismo universo. Cada visión del mundo crea su propio mundo.

Quiero convencerte de que eres mucho más que tu limitado cuerpo, tu yo y tu personalidad. Las reglas de causa y efecto, tal como las aceptas, te han apretado en el volumen de un cuerpo y la duración de una vida. En realidad, el campo de la vida humana es abierto e ilimitado. En su plano más profundo, tu cuerpo carece de edad y tu mente, de tiempo. Una vez que te identifiques con esa realidad, que es consistente con la visión cuántica del mundo, el envejecimiento cambiará fundamentalmente.

Acabemos con la tiranía de los sentidos

Por qué aceptamos algo como real ? Porque podemos verlo y tocarlo. Todo el mundo tiene un prejuicio en favor de las cosas que son reconfortantemente tridimensionales, tal como nos lo informan nuestros cinco sentidos. La vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato sirven para reforzar el mismo mensaje: las cosas son lo que parecen. Según esta realidad, la Tierra es plana. el suelo se mantiene estacionario bajo tus pies, el sol se eleva por el este y se pone por el oeste, todo porque así lo parece a los sentidos. Estos hechos fueron inmutables todo el tiempo que se aceptó sin cuestionamiento a los cinco sentidos.

Einstein comprendió que el tiempo y el espacio también son productos de nuestros cinco sentidos; vemos y tocamos cosas que ocupan tres dimensiones y experimentamos los hechos como si ocurrieran en orden de secuencia. Sin embargo, Einstein y sus colegas pudieron retirar esta máscara de apariencias. Reacomodaron el tiempo y el espacio en una nueva geometría que no tenía principio ni fin, bordes ni solidez. Cada partícula sólida del universo resultó ser un fantasmal manojo de energía que vibraba en un inmenso vacío.

El antiguo modelo del espacio-tiempo quedó hecho trizas, reemplazado por un atemporal y fluyente campo de transformación constante. Este campo cuántico no está separado de nosotros: es nosotros. Allí donde va la Naturaleza para crear estrellas, galaxias, quarks y leptones, tú y yo vamos para creamos a nosotros mismos. La gran ventaja de esta nueva visión del mundo es su inmensa creatividad: el cuerpo humano, como todo lo demás en el cosmos, es constantemente hecho de nuevo a cada segundo. Aunque tus sentidos informen que habitas en un cuerpo sólido en el tiempo y el espacio, ésta es sólo la capa más superficial de la realidad. Tu cuerpo es algo mucho más milagroso: un organismo fluyente, potenciado por millones de años de inteligencia. Esa inteligencia está dedicada a supervisar el cambio constante que tiene lugar dentro de ti. Cada célula es una terminal en miniatura conectada al ordenador cósmico.

Desde esta perspectiva, apenas parece posible que los seres humanos puedan envejecer. Por débil e indefenso que parezca un bebé recién nacido, tiene una estupenda defensa contra los estragos del tiempo. Si el bebé pudiera conservar su estado de inmunidad casi invulnerable, todos viviríamos por lo menos doscientos años, según calculan los fisiólogos. Si el bebé pudiera conservar sus relucientes arterias, flexibles como la seda, el colesterol no hallaría dónde alojarse y las enfermedades cardiacas serian desconocidas. Cada una de los cincuenta billones de células de un recién nacido es límpida como una gota de lluvia, sin rastros de desechos tóxicos; esas células no tienen motivo para envejecer, porque dentro de ellas nada ha comenzado a desordenar su perfecto funcionamiento. Sin embargo, las células del bebé no son nuevas, en realidad: los átomos que contienen han estado circulando por el cosmos durante miles de millones de años. Pero el bebé es nuevo merced a una inteligencia invisible que se ha unido para modelar una forma de vida única. El campo atemporal ha inventado un nuevo paso de baile: los ritmos palpitantes de un cuerpo recién nacido.

El envejecimiento es una máscara de la pérdida de esta inteligencia. La física cuántica nos dice que no hay final para la danza cósmica: el campo de energía e información universal nunca deja de transformarse, tomándose nuevo a cada instante. Nuestros cuerpos obedecen a ese mismo impulso creativo. A cada segundo, en cada célula se producen aproximadamente seis billones de reacciones. Si alguna vez se detuviera esa corriente de transformación, tus células caerían en el desorden, que es sinónimo de envejecimiento.

El pan de ayer se vuelve rancio porque está allí, presa de la humedad, los hongos, la oxidación y varios procesos químicos destructivos. Un barranco de tiza se desmorona con el tiempo porque el viento y la lluvia lo castigan. sin que él tenga poder para reconstruirse. Nuestros cuerpos también soportan el proceso de oxidación y el ataque de hongos y gérmenes diversos; están expuestos al mismo viento, a la misma lluvia. Pero nosotros, a diferencia de la hogaza de pan o el barranco de tiza, podemos renovamos. Nuestros huesos no se limitan a acumular calcio, como la tiza: lo hacen circular. Constantemente entran a nuestros huesos nuevos átomos de calcio, que vuelven a salir para convertirse en parte de la sangre, la piel u otras células, según lo exijan las necesidades del cuerpo.

A fin de mantener la vida, tu cuerpo debe vivir en las alas del cambio. En este momento exhalas átomos de hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno que, apenas un instante antes, estaban encerrados en materia sólida; tu estómago, tu hígado, el corazón, los pulmones y el cerebro van desapareciendo en el aire, reemplazados tan rápida e incesantemente como se descomponen. La piel se renueva una vez al mes; el recubrimiento del estómago, cada cinco días; el hígado, cada seis semanas; el esqueleto, cada tres meses.

A simple vista, estos órganos parecen iguales en cada momento, pero están en flujo permanente. Hacia finales de este año, el 98 por ciento de los átomos de tu cuerpo habrán sido cambiados por otros nuevos.

Una enorme proporción de este cambio incesante obra en tu beneficio. Sólo una enzima entre millones reacciona con un aminoácido de un modo que no alcance la perfección; apenas una neurona entre miles de millones efectúa una mala descarga; en una hebra de ácido desoxirribonucleico. codificada con millones y más millones de informaciones genéticas, sólo una puede dejar de repararse correctamente cuando se produce un daño. Estos raros errores son imperceptibles y uno piensa que no tienen mucha importancia. El cuerpo humano es como un gran actor shakespeariano, capaz de representar mil veces a Hamlet y vacilar en una sola sílaba. Pero las grietas invisibles en la perfección del cuerpo tienen su importancia. La precisión de nuestras células va fallando en lenta proporción. Lo siempre nuevo se toma levemente menos nuevo. Y envejecemos.

A partir de los 30 años, al paso de tortuga de un 1 por ciento anual, el cuerpo humano medio empieza a descalabrarse: aparecen arrugas, la piel pierde su tono y su frescura, los músculos comienzan a aflojarse. En vez de indicar tres partes de músculo por una de grasa. las proporciones se van igualando: la vista y el oído disminuyen: los huesos se afinan y se toman quebradizos. La fuerza y la resistencia declinan sin pausa, con lo que nos es más difícil realizar el mismo trabajo que antes. Asciende la presión sanguínea y muchos elementos bioquímicos se apartan de sus niveles óptimos; el más preocupante para los médicos es el colesterol, que se eleva gradualmente con el correr de los años, marcando el insidioso avance de las dolencias cardiacas, que matan a más personas que ninguna otra enfermedad. En otros frentes, las mutaciones celulares comienzan a desmandarse, creando tumores malignos que atacan a una persona de cada tres, sobre todo después de los 65 años.

Con el tiempo, estos diversos cambios de la edad, como los llaman los gerontólogos, ejercen una influencia masiva. Son las mil pequeñas olas que traen la marea de la vejez. Pero en cualquier momento dado, el envejecimiento sólo explica el 1 por ciento del total de cambios que se producen anualmente en tu cuerpo. En otras palabras: el 99 por ciento de la energía e inteligencia que te componen permanece sin tocar por el proceso de envejecimiento. Si tomamos el cuerpo como proceso, al eliminar este 1 por ciento de disfunción se acabaría con el envejecimiento. Pero cómo atacamos ese 1 por ciento ? Para responder a esto debemos hallar la llave de control que manipula la inteligencia interior del cuerpo.

La nueva realidad introducida por la física cuántica nos ha posibilitado, por primera vez, manipular la inteligencia invisible que subyace bajo el mundo visible. Einstein nos enseñó que el cuerpo físico, como todos los objetos materiales, es una ilusión: tratar de manipularlo puede ser como asir la sombra y pasar por alto la sustancia. El mundo invisible es el verdadero mundo: cuando estamos dispuestos a explorar los planos no vistos del cuerpo, podemos recurrir al inmenso poder creativo que yace en nuestra fuente. Permíteme expandirme sobre los diez principios del nuevo paradigma a la luz de ese potencial oculto que espera bajo la superficie de la vida.

1.- No hay un mundo objetivo independiente del observador

El mundo que aceptas como real parece tener cualidades definidas. Algunas cosas son grandes; otras, pequeñas: algunas cosas son duras; otras, blandas. Sin embargo, ninguna de estas cualidades tiene significado fuera de tu percepción. Toma un objeto cualquiera: una silla plegable, por ejemplo. Para ti la silla no es muy grande: para una hormiga, sin embargo, es inmensa. Para ti la silla es dura, pero un neutrino la atravesaría sin aminorar su marcha, porque para una partícula subatómica los átomos de la silla están separados por kilómetros enteros. La silla parece estar inmóvil, pero si la observaras desde el espacio exterior la verlas pasar girando, con todo lo que hay en la Tierra, a 1.600 kilómetros por hora. De igual modo, cualquier descripción que hagas de la silla se puede alterar por completo, simplemente cambiando tu percepción. Si la silla es roja, puedes hacer que parezca negra mirándola a través de un cristal verde. Si la silla pesa dos kilos y medio, puedes reducir su peso a un kilo poniéndola en la Luna o aumentarlo a cincuenta mil kilos poniéndola en el campo gravitatorio de una estrella densa.

Como no hay cualidades absolutas en el mundo material, es falso decir que existe siquiera un mundo independiente allí fuera. El mundo es un reflejo del aparato sensorial que lo registra. El sistema nervioso humano capta sólo una fracción insignificante, menos de una parte por mil millones, de la energía total que vibra en el medio. Otros sistemas nerviosos, tales como el de un murciélago o una serpiente, reflejan un mundo diferente que coexiste con el nuestro. El murciélago percibe un mundo de ultrasonido: la serpiente, un mundo de luz infrarroja, ambos ocultos para nosotros.

Allí fuera sólo hay, en realidad, datos sin forma, en estado bruto, esperando ser interpretados por ti, el que percibe. Tomas una sopa cuántica en flujo, radicalmente ambigua, como la llaman los físicos, y utilizas tus sentidos para congelar esa sopa en el mundo sólido tridimensional. Sir John Eccles, el eminente neurólogo británico, pincha la ilusión sensorial con una aseveración asombrosa, pero irrefutable: Debéis comprender que no hay color en el mundo natural, ni sonido; nada de ese tipo: ni texturas, ni diseños, ni belleza ni aromas… En pocas palabras, ninguno de los hechos objetivos en los que solemos basar nuestra realidad es fundamentalmente válido.

Por perturbador que esto pueda parecer, es una increíble liberación comprender que puedes cambiar tu mundo, incluido tu cuerpo, simplemente cambiando tu percepción. En este mismo instante, la percepción que tienes de ti mismo está causando cambios inmensos en tu cuerpo. Para dar un ejemplo: en Estados Unidos y en Inglaterra, la jubilación obligatoria a la edad de 65 años establece una fecha de corte arbitraria para la utilidad social. El día antes de cumplir los 65 años, un trabajador aporta a la sociedad su obra y su valor; el día después se convierte en uno de los que dependen de la sociedad. Desde el punto de vista médico, los resultados de este cambio perceptual pueden ser desastrosos. En los primeros años posteriores a la jubilación, el ataque cardiaco y el cáncer se elevan raudamente; una muerte prematura se adueña de hombres que eran saludables antes de jubilarse. La muerte por retiro prematuro, como se llama al síndrome, depende de la percepción de que se han terminado nuestros días útiles; esto es sólo una percepción, pero basada en quien la sostiene para crear enfermedad y muerte.

Por comparación, en aquellas sociedades que aceptan la vejez como parte de la trama social, los ancianos se mantienen sumamente vigorosos: levantan pesos, trepan y flexionan la espalda de un modo que no aceptamos como normal en nuestros mayores.

Si examinas las células viejas, como las que forman manchas parduscas en la piel, con un microscopio de alta potencia, la escena presenta la devastación de una zona en guerra. Por aquí y por allá corren vetas fibrosas: los depósitos de grasa y desechos metabólicos sin descartar forman feos terrones: esos pigmentos oscuros y amarillentos que llamamos lipofucina se han acumulado al punto de ensuciar entre un 10 y un 30 por ciento del interior de la célula.

Esta escena de devastación es creada por procesos subcelulares que han fallado: mas si miras con una lente menos materialista, verás que las células viejas son como mapas de la experiencia de una persona. Allí están impresas las cosas que te han hecho sufrir junto con las que te han proporcionado alegría. Las tensiones que olvidaste hace tiempo en el plano consciente siguen enviando señales, como microchips sepultados, y te causan ansiedad, nerviosismo, fatiga, aprensión, resentimientos, dudas, desilusiones; esas reacciones cruzan la barrera entre mente y cuerpo para convertirse en parte de ti. Los depósitos tóxicos acumulados en las células viejas no se presentan de modo uniforme: algunas personas adquieren muchos más que otras, aunque entre ellas exista poca diferencia genética. Por la época en que cumplas los 70 años, tus células tendrán un aspecto único, pues reflejarán las experiencias únicas que has procesado y metabolizado en tus tejidos y órganos.

El poder procesar las caóticas vibraciones en bruto de la sopa cuántica, convirtiéndolas en fragmentos de realidad significativos y ordenados, abre enormes posibilidades creativas. Sin embargo, estas posibilidades sólo existen cuando tienes consciencia de ellas. Mientras lees esto, una enorme porción de tu consciencia se dedica a crear tu cuerpo sin participación tuya. El que llamamos sistema nervioso autónomo o involuntario fue diseñado para manejar funciones que han escapado a tu consciencia. Si echaras a andar por la calle absorto en tus pensamientos, los centros involuntarios de tu cerebro no dejarían de lidiar con el mundo, alertas a cualquier peligro y preparados para activar instantáneamente la reacción.

Cien cosas a las que no prestas ninguna atención prosiguen sin pausa: respirar, digerir, crear células nuevas, reparar las viejas dañadas, purificar toxinas, mantener el equilibrio hormonal, convertir la energía acumulada de grasa en glucemia, dilatar las pupilas, subir y bajar la presión arterial, mantener la temperatura del cuerpo, balancearse al caminar, mover la sangre entre los grupos de músculos que hacen el mayor esfuerzo y percibir ruidos y movimientos en el ambiente circundante.

Estos procesos automáticos juegan un papel enorme en el envejecimiento, pues al envejecer declina nuestra capacidad de coordinar estas funciones. Una vida entera de existencia inconsciente conduce a numerosos deterioros: en cambio, una vida entera de participación consciente los previene. El mero acto de prestar atención consciente a las funciones corporales, en vez de dejarlas en piloto automático, cambiará tu modo de envejecer. Todas las funciones supuestamente involuntarias, desde el latir del corazón y el respirar hasta la digestión y la regulación de hormonas, se pueden tratar conscientemente. La era de la biorrealimentación y la meditación nos lo han enseñado: se ha instruido a pacientes, en laboratorios mente-cuerpo, para que bajen a voluntad su presión sanguínea o para que reduzcan las secreciones ácidas que provocan las úlceras, entre varias decenas de cosas. Por qué no aplicar esta capacidad al proceso de envejecimiento? Por qué no cambiar los viejos patrones de percepción por otros nuevos? Como ya veremos, abundan las técnicas para influir ventajosamente sobre el sistema nervioso involuntario.

2.- Nuestro cuerpo está compuesto de energia e información

Para transformar los patrones del pasado debes saber de qué están hechos. Tu cuerpo parece estar compuesto de materia sólida que se puede descomponer en moléculas y átomos, pero la física cuántica nos dice que cada átomo es en más del 99,9999 por ciento espacio vacío, y que las partículas subatómicas que se mueven a fulgurante velocidad por ese espacio son, en realidad, manojos de energía vibrante. Sin embargo, estas vibraciones no se producen al azar y sin significado: portan información. Así, un grupo de vibraciones es codificado como átomo de hidrógeno: otro, como oxigeno. Cada elemento es, de hecho, su propio código único.

Los códigos son abstractos: también lo son, en último término, nuestro cosmos y cuanto contiene. Si descomponemos la estructura física del cuerpo para llegar a su fuente última, nos veremos en un callejón sin salida, pues las moléculas ceden paso a átomos: los átomos, a partículas subatómicas, y estas partículas, a fantasmas de energía que se disuelven en un espacio vacío. Este vacio está misteriosamente impreso con información, aun antes de que se exprese información alguna. Así como en tu memoria existen, silenciosamente, miles de palabras sin que las pronuncies, así el campo cuántico contiene el universo entero de forma inexpresada: así ha sido desde la Gran Explosión, cuando millones de galaxias estaban comprimidas en un espacio millones de veces más pequeño que el punto con que acaba esta frase. Sin embargo, aun antes de ese punto infinitesimal, la estructura del universo existía de forma inmanifiesta.

La materia esencial del universo, incluido tu cuerpo, es no materia, pero no es no materia vulgar. Es no materia pensante. El vacío que existe dentro de cada átomo palpita de inteligencia invisible. Los genetistas localizan primariamente esa inteligencia dentro del ADN, pero sólo en aras de la conveniencia. La vida se despliega a medida que el ADN imparte su inteligencia codificada a su gemelo activo, el ácido ribonucleico. que a su vez entra en la célula e imparte fragmentos de inteligencia a miles de enzimas, las que luego usan sus fragmentos específicos de inteligencia para hacer proteínas. En cada punto de esta secuencia es preciso intercambiar energía e información: de lo contrario no se podría construir vida a partir de la materia inerte.

El cuerpo humano obtiene su energía primaria quemando azúcar, que es transportado a las células en forma de glucosa o glucemia. La estructura química de la glucosa se relaciona estrechamente con la de la sacarosa o azúcar común de mesa. Pero si quemas azúcar común no obtendrás las exquisitas y complejas estructuras de una célula viviente; sólo obtendrás un terrón chamuscado de ceniza, rastros de agua y dióxido de carbono en el aire.

El metabolismo es más que un proceso de combustión: es un acto inteligente. El mismo azúcar que permanece inerte en un cubo mantiene la vida con su energía, porque las células del cuerpo le infunden una nueva información. El azúcar puede aportar su energía a una célula del riñón, del corazón o del cerebro, por ejemplo. Todas estas células contienen formas de inteligencia completamente únicas: la contracción rítmica de una célula cardiaca se diferencia por completo de las descargas eléctricas de una célula cerebral o del intercambio de sodio de una célula renal.

Por maravillosa que sea esta riqueza de inteligencia diversa, en el fondo hay una sola inteligencia compartida por todo el cuerpo. Es el flujo de esa inteligencia lo que te mantiene vivo; cuando deja de fluir, en el momento de la muerte, todo el conocimiento depositado en tu ADN queda inutilizado. Al envejecer, este flujo de inteligencia se ve dificultado de varias maneras. La inteligencia específica de los sistemas inmunológico, nervioso y endocrino comienza a caer: los fisiólogos saben ahora que estos tres sistemas funcionan como controles principales del cuerpo. Las células inmunológicas y las glándulas endocrinas están equipadas con los mismos receptores de señales cerebrales que las neuronas; por lo tanto, son como una extensión del cerebro. Esto nos impide confinar la senectud a la materia gris; cuando se pierde inteligencia en el sistema inmunológico o en el endocrino, se infiltra la senectud en todo el cuerpo.

Como todo esto ocurre en un plano invisible e inmanifiesto, las pérdidas pasan desapercibidas hasta que llegan a una etapa muy avanzada y se expresan en un síntoma físico. Los cinco sentidos no pueden profundizar tanto como para experimentar los millones de intercambios cuánticos que crean el envejecimiento. La tasa de cambio es, a un tiempo. demasiado veloz y demasiado lenta: demasiado veloz, porque las reacciones químicas individuales requieren menos de una diezmilésima de segundo; demasiado lenta, porque su efecto acumulativo no se mostrará en años enteros. Estas reacciones involucran información y energía en una escala millones de veces más pequeña que un solo átomo.

El deterioro de la edad seria inevitable si el cuerpo fuera simplemente material, porque todas las cosas materiales son presa de la entropía, la tendencia de los sistemas ordenados a desordenarse. El ejemplo dásico de la entropía es un automóvil que se oxida en un basurero; la entropía descompone la ordenada maquinaria en óxido deshecho. No hay posibilidades de que el proceso funcione a la inversa, de que un montón de chatarra oxidada se recomponga en un auto nuevo. Pero la entropía no se aplica a la inteligencia: una parte invisible de nosotros es inmune a los estragos del tiempo. La ciencia moderna apenas comienza a descubrir las implicaciones de todo esto, pero ha sido impartido durante siglos mediante las tradiciones espirituales en las que los maestros han preservado la juventud del cuerpo hasta edad muy avanzada.

La India. China. Japón y. en menor proporción, el Occidente cristiano, han dado nacimiento a sabios que captaron su naturaleza esencial como flujo de inteligencia. Al preservar y nutrir ese flujo año tras año, superaron la entropía desde un plano más profundo de la Naturaleza. En la India, el flujo de inteligencia recibe el nombre de prana (generalmente traducido como fuerza vital), que puede aumentar y decrecer a voluntad, mover de un lado a otro y manipular a fin de mantener el orden y la juventud en el cuerpo físico. Como ya veremos, la capacidad de establecer contacto con el prana y utilizarlo está dentro de todos nosotros. Los yoguis mueven el prana sin utilizar otra cosa que la atención, pues, en un plano profundo, la atención y el prana son lo mismo: la vida es consciencia, la consciencia es vida.

3.- Mente y cuerpo son inseparablemente uno

La inteligencia es mucho más flexible que la máscara de material que la oculta. La inteligencia puede expresarse por igual como pensamiento o como molécula. Una emoción básica como el miedo se puede describir como sensación abstracta o como tangible molécula de la hormona adrenalina. Sin la sensación no hay hormona: sin la hormona no hay sensación. De la misma forma, no hay dolor sin las señales nerviosas que transmiten el dolor; no hay alivio para el dolor sin las endorfinas que se ajustan a los receptores del dolor para bloquear esas señales. La revolución que llamamos medicina mente-cuerpo se basó en este simple descubrimiento: dondequiera que va un pensamiento, un elemento químico lo acompaña. Este esclarecimiento se ha convertido en una herramienta poderosa que nos permite comprender, por ejemplo, por qué las viudas recientes tienen dos veces más probabilidades de desarrollar un cáncer de mama, o por qué las enfermedades son cuatro veces más probables en los depresivos crónicos. En ambos casos, los estados de aflicción mental se convierten en los bioquímicos que crean la enfermedad.

En mi práctica profesional puedo encontrarme con dos pacientes atacados de angina de pecho, ese típico dolor opresivo, sofocante, característico de la dolencia cardiaca. Un paciente podrá nadar, correr y hasta escalar montañas, ignorando totalmente su dolor o quizá sin sentirlo siquiera, mientras que el otro casi se desmaya de dolor con sólo levantarse del sillón.

Mi primer impulso será buscar una diferencia física entre ellos, pero puedo hallarla o no. Según los cardiólogos, hay dolor de angina cuando una de las tres arterias coronarias, al menos, está bloqueada en un 50 por ciento. Este bloqueo se presenta casi siempre bajo la forma de un ateroma, una lesión en la parte interior de la pared arterial, formada por células muertas, coágulos de sangre y placas grasas. Sin embargo, eso del 50 por ciento bloqueado es sólo una regla práctica. Algunos pacientes de angina quedan incapacitados por el dolor cuando sólo tienen una pequeña lesión en una sola arteria, que apenas obstruye el flujo sanguíneo: otros, en cambio, han corrido maratones pese a grandes bloqueos múltiples que afectaban hasta un 85 por ciento. Debería agregar que la angina de pecho no siempre es provocada por un bloqueo físico. Las arterias están rodeadas de una capa de células musculares que pueden sufrir espasmos y comprimir el vaso sanguíneo, cerrándolo, pero se trata de una reacción muy individual.

En términos de mente-cuerpo, mis dos pacientes expresan diferentes interpretaciones del dolor. Cada paciente imprime a su estado una perspectiva única: el dolor (o cualquier otro síntoma) emerge a la consciencia sólo después de interactuar con todas las influencias que operan en el sistema mente-cuerpo. No hay una sola respuesta para todos, ni siquiera para la misma persona en dos momentos distintos. Las señales de dolor son datos en bruto que pueden ser aplicados a muchos fines. El atletismo de alto esfuerzo, como la carrera de larga distancia, somete al atleta a un dolor que él interpreta como señal de logro (El que quiera pez, que se moje los pies); el mismo dolor, infligido en otras circunstancias, sería muy mal recibido. Los corredores admiran a los entrenadores que los empujan hasta el limite, pero tal vez detestarían un tratamiento semejante en el servicio militar.

La medicina apenas comienza a utilizar el vínculo mente-cuerpo para curar: la derrota del dolor es un buen ejemplo. Mediante el suministro de un placebo o droga inocua, el 30 por ciento de los pacientes experimenta el mismo alivio frente al dolor que el que habrían sentido si hubieran tomado un verdadero calmante. Pero el efecto mente-cuerpo es mucho más sagrado. La misma píldora inocua se puede utilizar para calmar el dolor, para impedir las secreciones gástricas excesivas en los enfermos de úlcera, para bajar la presión arterial o combatir los tumores. Se pueden inducir todos los efectos colaterales de la quimioterapia. incluyendo la pérdida de pelo y las náuseas, si suministramos a los cancerosos una píldora de azúcar y les aseguramos que se trata de una poderosa droga anticancer. Existen casos en que simples inyecciones de solución salina estéril han llevado a la remisión de tumores malignos avanzados.

Como la misma píldora inerte puede provocar respuestas tan distintas, debemos llegar a la conclusión de que el cuerpo es capaz de producir cualquier respuesta bioquimica, una vez que la mente recibe la sugerencia adecuada. La píldora en sí carece de significado: el poder que activa el efecto placebo es el poder de la sugestión por sí solo. Esta sugestión se convierte luego en la intención del cuerpo de curarse. Entonces. por qué no saltear el engaño de la píldora de azúcar para ir directamente a la intención? Si pudiéramos activar efectivamente la intención de no envejecer, el cuerpo la llevaría a cabo de manera automática.

Contamos con pruebas muy excitantes para demostrar que esa posibilidad existe. Una de las enfermedades más temidas de la vejez es el mal de Parkinson, dolencia neurológica que provoca movimientos musculares incontrolables y un drástico retardo de las acciones corporales, tales como caminar; con el tiempo el cuerpo se pone tan rígido que el paciente no puede moverse en absoluto. Se ha identificado el origen del Parkinson en un inexplicable agotamiento de un elemento químico cerebral de importancia crítica llamado dopamina. Pero también existe un mal de Parkinson simulado, que ocurre cuando las células cerebrales que producen la dopamina han sido destruidas químicamente por ciertas drogas. Imaginemos a un paciente afectado por este tipo de Parkinson en una etapa avanzada de inmovilización. Si trata de caminar, sólo dará uno o dos pasos antes de detenerse, tieso como una estatua.

Sin embargo, si trazamos una línea en el suelo y le decimos: Crúcela, esa persona podrá caminar hasta cruzarla milagrosamente. Pese a que la producción de dopamina es completamente involuntaria y su provisión parece exhausta (como lo demuestra el hecho de que su cerebro no pueda ordenar a los músculos de las piernas dar un paso más), con la sola intención de caminar el cerebro despierta. Esa persona puede petrificarse otra vez después de unos pocos segundos, pero una vez más, si le pedimos que franquee una línea imaginaria, el cerebro volverá a responder. Por extensión, la invalidez y la inactividad que presentan muchos ancianos es sólo un estado latente. Al renovar sus intenciones de llevar una vida activa y útil, muchos ancianos pueden mejorar drásticamente su capacidad motriz, su fuerza, su agilidad y la rapidez mental.

La intención es parte activa de la atención: es la manera de convertir los procesos automáticos en conscientes. Utilizando simples ejercicios de mente-cuerpo, casi cualquier paciente puede aprender, en pocas sesiones, a convertir un ritmo cardiaco precipitado, un jadeo asmático o la ansiedad flotante en una reacción más normal. Lo que parece fuera de control puede ser controlado mediante la técnica adecuada. Las implicaciones para el envejecimiento son enormes. Al insertar una intención en los procesos de pensamiento tal como: Quiero mejorar todos los días mi energía y mi vigor, puedes comenzar a ejercer control sobre esos centros cerebrales que determinan cuánta energía se expresará en la actividad. La declinación del vigor en la ancianidad se debe, mayormente, a que la gente espera declinar. Sin desearlo, han implantado una intención derrotista bajo la forma de una potente creencia, y el vinculo mente-cuerpo cumple automáticamente esta intención.

Nuestras intenciones pasadas crean programas obsoletos que parecen tener dominio sobre nosotros. En verdad, el poder de la intención se puede despertar de nuevo en cualquier momento. Mucho antes de envejecer, puedes evitar esas pérdidas si programas tu mente para mantenerte joven, utilizando el poder de tu intención.

4.- La bioquimica del cuerpo es un producto de la consciencla

Una de las mayores limitaciones del antiguo paradigma era el supuesto de que nuestra consciencia no desempeña ningún papel en cuanto a explicar lo que nos está ocurriendo en el cuerpo. Sin embargo, no se puede entender la curación de una persona a menos que se entiendan también sus creencias, supuestos, expectativas y la imagen que tiene de si misma. Aunque la imagen del cuerpo como máquina sin mente continúa dominando la corriente principal de la medicina occidental, existen incuestionables evidencias que demuestran lo contrario. Se puede demostrar que las tasas de muerte por cáncer y enfermedades cardiacas son más altas entre las personas que padecen tensiones psicológicas, y más bajas entre quienes tienen un fuerte sentido de resolución y bienestar.

Uno de los estudios médicos más divulgados en los últimos años es el realizado por David Spiegel, psiquiatra de Stanford. quien se propuso demostrar que el estado mental de los pacientes no influía en el hecho de que sobrevivieran o no al cáncer. Como tantos facultativos, pensaba que asignar importancia a las creencias y actitudes del paciente haría más mal que bien, pues la idea de yo me provoqué el cáncer originaria sentimientos de culpa y auto reproche. Spiegel tomó a ochenta y seis mujeres con cáncer de mama avanzado (enfermas a las que. básicamente, no se podia ayudar con tratamientos convencionales) y brindó a la mitad de ellas sesiones semanales de psicoterapia, combinadas con lecciones de auto hipnosis. Bajo cualquier criterio, esto representa una intervención minima; qué podia hacer una mujer en una hora de terapia por semana, tiempo que debía compartir con varias pacientes más, para combatir una enfermedad que es inevitablemente fatal en etapas avanzadas? La respuesta parecía obvia.

Sin embargo, después de seguir a las pacientes durante diez años. Spiegel quedó atónito al descubrir que el grupo sometido a terapia sobrevivió, en término medio, el doble que el otro grupo. Más revelador aún era el hecho de que, a esa tardia fecha, sólo quedaran tres mujeres con vida, todas ellas del grupo de terapia. Este estudio es asombroso porque el investigador no esperaba descubrir efecto alguno. Pero otros investigadores aportaron una década de hallazgos similares. Un meticuloso estudio realizado por Yale en 1987, según el informe de M. R. Jensen, descubrió que el cáncer de mama se extendía con mayor celeridad entre las mujeres de personalidad reprimida, carentes de esperanzas e incapaces de expresar enojo, miedo y otras emociones negativas. Han surgido descubrimientos similares sobre la artritis reumatoidea, el asma, el dolor intratable y otras dolencias.

Dominados por el paradigma antiguo, los médicos tienen prejuicios contra esos resultados. Tal como señala Larry Dossey en su esclarecido libro Medicine and Meaning (Medicina y Significado ): El mensaje dominante, que se predica incesantemente en las páginas editoriales de las publicaciones médicas y en las aulas de las universidades, es que “la biología inherente a la enfermedad” tiene una importancia abrumadora, mientras que sentimientos, emociones y actitudes son simples compañeros de viaje.Lo que nos enseña el nuevo paradigma es que las emociones no son hechos fugaces, aislados en el espacio mental; son expresiones de la consciencia, materia fundamental de la vida. En todas las tradiciones religiosas, el aliento de la vida es el espíritu. Elevar o bajar el espíritu a alguien significa algo fundamental que el cuerpo debe reflejar.

La consciencia marca una enorme diferencia en el envejecimiento, pues, aunque toda especie de vida superior envejece, sólo los humanos sabemos lo que nos pasa, y traducimos este conocimiento en decadencia misma. El miedo a la vejez te hace envejecer más aprisa; aceptarla con gracia, en cambio, aleja de tu puerta a muchas miserias, tanto físicas como mentales. El dicho del sentido común Eres tan viejo como crees serlo tiene profundas implicaciones. Qué es un pensamiento ? Es un impulso de energía e información, como todo lo que existe en la Naturaleza. Los paquetes de información y energía que rotulamos árboles, estrellas, montañas y océanos podrían ser considerados también pensamientos de la Naturaleza, pero nuestros pensamientos son diferentes en un aspecto importante. La Naturaleza queda varada con sus pensamientos una vez que sus patrones han sido establecidos: cosas tales como las estrellas y los árboles siguen un ciclo de crecimiento que pasa automáticamente por las etapas de nacimiento, desarrollo, decadencia y disolución.

Nosotros, en cambio no estamos varados en nuestro ciclo de vida: al tener consciencia, participamos en todas las reacciones que se producen dentro de nosotros. Los problemas surgen cuando no nos reconocemos responsables de lo que hacemos. En su libro The Holographic Universe ( El Universo Holográfico). Michael Talbot traza una brillante comparación con el rey Midas. Como todo lo que tocaba se convertía en oro, Midas nunca pudo conocer la verdadera textura de nada. Agua, trigo, carne o plumas. todo se convertía en el mismo metal duro en cuanto él lo tocaba, ( y murió de hambre). De igual manera, como nuestra consciencia convierte el campo cuántico en realidad material común, no podemos conocer la verdadera textura de la realidad cuántica en sí, ni por medio de nuestros cinco sentidos ni pensando en ello, pues un pensamiento también transforma el campo: toma las infinitas posibilidades del vacío y da forma a un hecho específico del espacio-tiempo.

Lo que llamas tu cuerpo es también un hecho específico del espacio-tiempo, y al experimentar su materialidad pasas por alto el toque de Midas, que convierte el potencial abstracto puro en algo sólido. A menos que cobres consciencia de la consciencia jamás podrás sorprenderte a ti mismo en el acto de la transformación.

5.- La percepción es un fenómeno aprendido

El poder de la consciencia no cambiaría en nada nuestra vida si la Naturaleza nos hubiera provisto a todos con las mismas respuestas ante la experiencia. Obviamente no es así: no hay dos personas que compartan la misma percepción de nada. La cara de la persona que amas puede ser la cara de mi peor enemigo: la comida que te despierta apetito puede provocarme náuseas. Estas respuestas personales deben ser aprendidas; allí es donde se originan las diferencias. El aprendizaje es un uso muy activo de la mente, que lleva a cambios muy activos del cuerpo. Las percepciones de amor, odio, placer y náusea estimulan el cuerpo en direcciones sumamente distintas. En pocas palabras, nuestro cuerpo es el resultado físico de todas las interpretaciones que hemos aprendido a hacer desde que nacimos.

Algunos pacientes sometidos a trasplante de órganos relatan experiencias extrañas después de recibir un riñón, un hígado o un corazón donado. Sin saber quién era el donante, comienzan a participar de sus recuerdos. Cuando se colocan los tejidos de una persona dentro de un extraño, se comienzan a liberar asociaciones que pertenecían a otro. En un caso de trasplante de corazón, la mujer despertó con antojo de cerveza y pollo de McDonald’s; eso la sorprendió, porque nunca antes había deseado esas cosas.

Cuando comenzó a tener sueños misteriosos, en los que se le presentaba un joven llamado Timmy, rastreó al donante de su nuevo corazón, que resultó ser la víctima de un accidente de tránsito. Al ponerse en contacto con su familia, descubrió que la víctima era un joven llamado Timmy. La mujer quedó estupefacta al descubrir que el joven tenía predilección por la cerveza y que había muerto al volver a su casa desde un local de McDonald’s.

En vez de buscar una explicación sobrenatural para estos incidentes, podríamos ver en ellos la confirmación de que nuestro cuerpo está hecho de experiencias transformadas en expresión física. Como la experiencia es algo que incorporamos (literalmente convertimos en cuerpo) nuestros recuerdos se han infiltrado en nuestras células; por ende, recibir las células de otro es recibir al mismo tiempo sus recuerdos.

Tus células procesan constantemente la experiencia y la metabolizan según tus criterios personales. No te limitas a absorber datos crudos por los ojos y los oídos y a sellarlos con un juicio, sino que te conviertes físicamente en la interpretación, al interiorizarla. Quien está deprimido por haber perdido su empleo proyecta tristeza en todo su cuerpo: la producción de neurotransmisores del cerebro se agota, bajan los niveles de hormonas, se interrumpe el ciclo del sueño, los receptores neuropéptidos de la superficie exterior de las células epiteliales se distorsionan, las placas de la sangre se toman más pegajosas y propensas a aglutinarse: hasta sus lágrimas contienen rastros químicos diferentes de las lágrimas de alegría.

Todo este perfil bioquímico se altera dramáticamente cuando esa persona halla un nuevo empleo y, si es más satisfactorio, su producción de neurotransmisores. hormonas, receptores y todos los otros bioquímicos vitales hasta el mismo ADN – empieza a reflejar ese súbito giro favorable. Aunque damos por supuesto que el ADN es un depósito cerrado de información genética. su gemelo activo, el ARN, responde a la existencia cotidiana. Los estudiantes de medicina, en tiempos de exámenes, presentan una producción reducida de interleukina 2. elemento critico en la respuesta inmunológica que combate el cáncer. La producción de interleukina 2 está bajo el control del mensajero ARN, lo cual significa que el nerviosismo del estudiante por aprobar sus exámenes habla directamente a sus genes.

Este punto refuerza la gran necesidad de utilizar nuestra consciencia para crear los cuerpos que en verdad deseamos. El nerviosismo por un examen de medicina pasa tarde o temprano, como pasa la depresión por un empleo perdido, pero el proceso de envejecimiento debe ser contrarrestado todos los días. Tu interpretación de cómo envejeces es crítica para lo que ocurra en las próximas cuatro, cinco o seis décadas. En términos neurológicos, una señal cerebral es sólo una serie de fluctuaciones de energía. Si estás en coma, estas señales no tienen significado; si estás alerta y consciente, las mismas señales se abren a infinitas interpretaciones creativas. Shakespeare no hacia metáforas cuando escribió la frase de Próspero: Somos la materia de la que están hechos los sueños. El cuerpo es como un sueño manifiesto, una proyección tridimensional de señales cerebrales, que se transforman en el estado que llamamos real.

El envejecimiento no es sino una serie de transformaciones mal orientadas, procesos que deberían mantenerse estables, equilibrados y en renovación, pero que se desvían de su curso debido. Esto se presenta como cambio físico; sin embargo, lo que en realidad ha ocurrido es que tu consciencia (no importa si en tu mente o en tus células) se desvió primero. Al tomar consciencia de cómo se produjo ese error, puedes poner nuevamente en línea la bioquímica de tu cuerpo. No hay bioquímica fuera de la consciencia; cada célula de tu cuerpo tiene perfecta consciencia de lo que piensas y sientes sobre ti mismo. Una vez que aceptas ese hecho, desaparece toda ilusión de ser víctima de un cuerpo sin mente, que se degenera al azar.

6.- Hay impulsos de inteligencia que crean constantemente el cuerpo en nuevas formas cada segundo

Crear el cuerpo en formas nuevas es necesario a fin de satisfacer las cambiantes exigencias de la vida. La visión que un niño tiene de la realidad, por ejemplo, contiene mucho que no es familiar; hasta que aprenda más sobre el mundo, su cuerpo se expresa en una conducta inexperta y mal coordinada. A los tres meses de edad, el bebé no puede diferenciar entre una escalera y la pintura de una escalera. Su cerebro no ha captado lo que es la ilusión óptica. Hacia los seis meses su realidad ha cambiado: a esa edad los bebés saben reconocer las ilusiones ópticas; usando ese conocimiento, sus cuerpos pueden manejarse mejor en el espacio tridimensional. Los espejos dejan de parecer agujeros en la pared; se puede subir por las escaleras de verdad, pero no por las pinturas de escaleras; lo redondo es diferente de lo plano; etcétera. Ese cambio de percepción no es sólo mental: se ha logrado toda una manera nueva de usar los ojos y las manos: han sido afectadas las dimensiones físicas de diversos centros cerebrales para el reconocimiento de formas y la coordinación motriz.

Mientras en tu cerebro continúen entrando percepciones nuevas, tu cuerpo podrá responder de nuevas maneras. No hay secreto de juventud más poderoso. Tal como lo expresó sucintamente un paciente mío, de 80 años: Cuando dejas de crecer, envejeces. Los nuevos conocimientos, las habilidades nuevas, las nuevas maneras de mirar el mundo, mantienen en crecimiento a la mente y al cuerpo; mientras así sea, se expresa la tendencia natural de ser nuevo a cada segundo.

En el mundo cuántico el cambio es inevitable; el envejecimiento, no. La edad cronológica de nuestro cuerpo físico no viene al caso. El cincuentón más juvenil tiene moléculas cuya edad es la misma de las del cincuentón más envejecido. En ambos casos, la edad cronológica del cuerpo se podría establecer en cinco mil millones de años (edad de los diversos átomos), un año (el tiempo que tardan estos átomos en reemplazarse dentro de nuestros tejidos), o tres segundos (el tiempo que tarda una célula en revolver sus enzimas para procesar comida, aire y agua).

En verdad, tienes tanta edad como la información que gira a través de ti, y eso es una gran suerte. Puedes controlar el contenido de información del campo cuántico. Aunque existe cierta cantidad de información fija en los átomos de comida, aire y agua que constituyen cada célula, el poder de transformar esa información está sujeto al libre albedrío. Una cosa que puedes poseer sin limites en este mundo es tu interpretación de él. Existen notables casos médicos de niños pequeños, por ejemplo, que por sentirse muy carentes de amor dejaron de crecer. Este síndrome, llamado enanismo psicosocial, se presenta entre niños gravemente maltratados, que convierten su falta de amor y afecto en un agotamiento de la hormona del crecimiento, desafiando la suposición de que la hormona del crecimiento se libera según ritmos previamente programados que todo niño lleva impresos en su ADN. En estos casos, el poder de la interpretación se impone al sello genético, provocando un cambio en los campos de información del cuerpo.

De la auto interacción de una persona surgen interpretaciones que se experimentan como diálogo interno. Pensamientos, juicios y sensaciones giran sin cesar en la mente: Esto me gusta, aquello no me gusta. A me da miedo, de B no estoy seguro, etcétera. El diálogo interno no es ruido mental al azar; lo generan en un plano profundo tus creencias y supuestos. Se define la creencia esencial como algo que das por cierto sobre la realidad; mientras te aferres a ella, tu creencia ajustará los campos de información de tu cuerpo a ciertos parámetros: percibirás algo como agradable o desagradable, aflictivo o gozoso, según cómo responda a tus expectativas.

Cuando cambia la interpretación de alguien, se produce también un cambio en su realidad. En el caso de los niños que sufren de enanismo psicosocial, ponerlos en un ambiente amoroso resulta más efectivo que administrarles hormonas de crecimiento (su creencia de que son indeseables e indignos puede ser tan potente que el cuerpo no crezca, aun cuando se le inyecten hormonas). Sin embargo, si los padres adoptivos amorosos pueden transformar la creencia esencial de los niños que se consideran indignos de amor, éstos responden con torrentes de hormonas de crecimiento, producidas naturalmente, y eso suele llevarlos a un estado normal de estatura, peso y desarrollo. Cuando se ven de otro modo, su realidad personal se altera en un plano fisiológico. He aquí una poderosa metáfora de cómo el miedo a envejecer y la profunda convicción de que estamos destinados a la decadencia puede transformarse en envejecimiento en si, como profecía auto cumplida generada por la imagen destructiva que tenemos de nosotros mismos.

Para escapar de esta prisión, necesitamos invertir las creencias basadas en el miedo. En vez de creer que el cuerpo decae con el tiempo, nutre la creencia de que tu cuerpo es nuevo a cada instante. En vez de creer que tu cuerpo es una máquina sin mente, nutre la creencia de que tu cuerpo está impregnado de la profunda inteligencia de la vida, cuya única finalidad es mantenerte. Estas nuevas creencias no son sólo más gratas: son ciertas; experimentamos el goce de la vida por medio del cuerpo, y por eso es natural creer que el cuerpo no se nos opone, sino que desea lo mismo que deseamos nosotros.

7.- Pese a la apariencia de ser individuos separados, todos estamos conectados con los modelos de inteligencia que gobiernan el cosmos

Tú y tu ambiente sois una sola cosa. Si te observas, percibirás que tu cuerpo cesa en cierto punto; está separado de la pared de tu cuarto o del árbol de la acera por un espacio vacío. Sin embargo, en términos cuánticos la distinción entre sólido y vacío es insignificante. Cada centímetro cúbico del espacio cuántico está lleno de una cantidad casi infinita de energía. y la más pequeña vibración es parte de vastos campos de vibración que abarcan galaxias enteras. En un sentido muy real, tu ambiente es tu cuerpo prolongado: con cada aliento inhalas cientos de millones de átomos exhalados ayer por alguien en China. Todo el oxigeno, el agua y la luz solar que te rodean son apenas distinguibles de lo que hay dentro de ti.

Si quieres, puedes experimentarle en estado de unidad con todo aquello que está en contacto contigo. En el estado de vigilia común, tocas una rosa con el dedo y la sientes sólida, pero en verdad un manojo de energía e información (tu dedo) entra en contacto con otro manojo de energía e información (la rosa).Tu dedo y la cosa que toca son sólo diminutos afloramientos del campo infinito que llamamos universo. Esta verdad inspiró a los antiguos sabios de la India, que declararon:

Así como es el microcosmos, así es el macrocosmos. Así como es el átomo, así es el universo. Así como es el cuerpo humano, así es el cuerpo cósmico. Así como es la mente humana, así es la mente cósmica.

No se trata sólo de enseñanzas místicas, sino de experiencias reales de quienes pudieron liberar su consciencia del estado de separación para identificarse, en cambio, con la unidad de todo. En la consciencia de unidad, personas, cosas y hechos de allí fuera se convierten todos en parte de tu cuerpo: de hecho, eres sólo un espejo de relaciones centradas en estas influencias. El famoso naturalista John Muir declaró: Cada vez que tratamos de tomar algo por sí solo, lo encontramos amarrado a todo lo demás del universo. Esto no debería ser una rara experiencia, sino el primer bloque en el edificio de todo lo que sabemos.

La posibilidad de experimentar la unidad tiene tremendas implicaciones en el envejecimiento, porque, cuando mantienes una interacción armoniosa con tu cuerpo prolongado, te sientes alegre, saludable y juvenil. El miedo nace de la separación, sostenían los antiguos sabios indios: con esta afirmación ahondaron profundamente en el porqué del envejecer. Al vernos como cosa aparte, creamos el caos y el desorden entre nosotros y las cosas de allí fuera. Provocamos guerras y destruimos el medio ambiente. La muerte, el estado final de separación, se cierne como temible ignoto: la perspectiva misma del cambio, que es parte de la vida, crea un temor pues connota pérdida indecible.

El miedo trae a la violencia como inevitable estela. Al estar separados de otras personas, cosas y hechos, queremos obligarlos a ser lo que deseamos. En la armonía no hay violencia. En vez de tratar ligeramente de controlar lo incontrolable, la persona en unidad aprende la aceptación, no porque sea preciso, sino porque en verdad hay paz y orden en si misma y en su cuerpo prolongado. Krishnamurti. el sabio moderno, llegó a ser un maravilloso nonagenario, siempre alerta, lleno de sabiduría y vitalidad nunca disminuida. Recuerdo haberlo visto subir brincando los peldaños de un estrado, cuando ya tenía 85 años. Me conmoví profundamente cuando una mujer que lo conocía desde hacia muchos años me dijo: He descubierto una cosa en él: carece por completo de violencia.

La visión cuántica del mundo no es espiritual en sus ecuaciones y postulados, pero Einstein y sus colegas compartían una reverencia mística por sus descubrimientos.

Niels Bohr comparó el aspecto ondular de la materia con la mente cósmica; al fin de su vida. Erwin Schródinger estaba convencido de que el universo en sí era una mente viva (haciéndose eco de Isaac Newton. quien sostenía que la gravedad y todas las otras fuerzas eran pensamientos en la mente de Dios). La verdad es que sondear en nuestro propio espíritu siempre lleva a los humanos a los limites del espíritu en su sentido más amplio. Al poner esta coincidencia en términos objetivos, el nuevo paradigma nos permite cruzar realmente el límite que en otros tiempos dividía mente, cuerpo y espíritu.

La transformación de separación a unidad, de conflicto a paz, es la meta de todas las tradiciones espirituales.
Acaso no vivimos en el mismo mundo objetivo?, preguntó cierta vez un discípulo a su guru. Sí ! respondió el maestro , pero tú te ves a ti mismo en el mundo y yo veo al mundo en mí mismo. Ese pequeño cambio perceptual crea una enorme diferencia entre libertad y servidumbre.

Todos nosotros somos siervos del desorden que creamos al considerarnos separados y aislados. El perfecto ejemplo es la personalidad de tipo A, con su conducta extenuante y frustrada, con su eterna sensación de estar presionado por fechas tope. Ese tipo de persona, incapaz de relajarse con ninguna clase de aceptación, de dejarse llevar, alimenta sus dolores pasados convirtiéndolos en ira; este torbellino reprimido se proyecta en el medio como hostilidad, impaciencia, reproches y pánico no asumido. En su esfuerzo incesante por dominar a otros, esa persona reacciona ante las pequeñas tensiones con duras criticas contra sí misma y contra los otros. En la creación de tanto caos, la persona de tipo A, sobre todo si pertenece al mundo del comercio, se engaña pensando que está compitiendo con éxito. En realidad, su nivel de eficiencia es muy bajo y. al acumularse las frustraciones, la retroalimentación que esta personalidad recibe de su cuerpo prolongado crea más desastres dentro del cuerpo físico. Aumentan el colesterol y la presión arterial; el corazón se ve sujeto a innecesarias tensiones, con lo que crece gravemente el riesgo de una apoplejía o de un ataque cardiaco fatal.

El tipo A es un ejemplo extremo del daño que se produce al no interactuar armoniosamente con el propio cuerpo prolongado. Como vemos, la tensión que percibimos en el medio se relaciona directamente con casi todos los cambios relacionados con la edad que atacan a todos. Lo que nos envejece no es tanto la tensión como la percepción de la tensión. Quien no ve al mundo de allí fuera como amenaza puede coexistir con el medio, libre de los daños causados por la respuesta a las tensiones. En muchos sentidos, lo más importante que se puede hacer para experimentar un mundo sin envejecimiento es alimentar el conocimiento de que el mundo es uno mismo.

8.- El tiempo no es absoluto. la realidad subyacente de todas las cosas es eterna. y lo que llamamos tiempo es, en realidad, eternidad cuantificada

Aunque nuestro cuerpo y todo el mundo físico son un despliegue de cambio constante, la realidad es más que el proceso. El universo nació y se desarrolla. Cuando nació surgieron la existencia, el tiempo y el espacio. Antes del momento de la Gran Explosión, el tiempo y el espacio no existían tal como los conocemos. Sin embargo, para la mente racional es casi imposible formularse preguntas tales como: Qué había antes del tiempo? y
Qué puede ser más grande que el espacio? El mismo Einstein, cuando elaboraba en su juventud los principios cuánticos por primera vez, retenía la antigua idea, abrazada por Newton, de que el universo era estable, de que el tiempo y el espacio eran constantes eternas, que nunca habían nacido y jamás morirían.

Esta versión estable de la realidad sigue siendo la que nos brindan nuestros cinco sentidos. No se puede ver ni sentir el tiempo cuando se acelera o se retarda, aun cuando Einstein demostró que así actúa el tiempo: no se puede sentir el espacio cuando se expande o se contrae, aunque también eso es parte de un universo rítmico. Para ir más allá, imaginar esas regiones sin dimensión donde nacen el tiempo y el espacio requiere un cambio radical en la percepción. Este cambio se nos impone porque el universo debe tener algún tipo de fuente atemporal… y lo mismo vale para nosotros.

Consideramos que existimos en el tiempo porque el cuerpo está compuesto de cambio: para cambiar, es preciso tener un flujo o secuencia. En esta secuencia existe un antes y un después: antes de este aliento hubo un último aliento, después de este latido vendrá el latido próximo. Pero teóricamente, si dispusiéramos del tiempo y el equipo necesarios, se podría hacer un electrocardiograma de todos los latidos que tuvo un corazón en su existencia y, con el gráfico en la mano, tendríamos pasado, presente y futuro contenidos en un mismo lugar. Podríamos mirarlo en posición invertida o de atrás hacia delante: podríamos plegarlo por la mitad, para que el último latido y el primero estuvieran el uno junto al otro

Este tipo de manipulación es lo que revela la física cuántica sobre los hechos más básicos del espacio tiempo en la Naturaleza. Cuando dos partículas intercambian estados de energía, pueden moverse hacia atrás en el tiempo con tanta facilidad como hacia delante: las cosas que ocurrieron en el pasado se pueden alterar por hechos de energía en el futuro. Toda la noción del tiempo como flecha disparada inexorablemente hacia delante ha quedado para siempre hecha trizas en las complejas geometrías del espacio cuántico, donde hebras y curvas multidimensionales llevan el tiempo hacia todos lados y hasta lo detienen.

El único absoluto que nos resta es lo atemporal. pues ahora comprendemos que nuestro universo entero es sólo un incidente que brota de una realidad mayor. Lo que percibimos como segundos, minutos, horas, días y años son trozos cortados de esa realidad mayor. A ti, el perceptor, te corresponde cortar lo atemporal del modo que desees: tu consciencia crea el tiempo que experimentas. Quien experimenta el tiempo como un articulo escaso que se escapa sin cesar crea una realidad personal muy diferente de la que crea quien percibe tener todo el tiempo del mundo. Pasas el día presionado por la falta de tiempo? Padeces esos síntomas de pánico y ahogo que provoca la enfermedad del tiempo. traducida por el cuerpo en ritmo cardiaco acelerado o irregular, ritmos digestivos distorsionados, insomnio y alta presión sanguínea? Estas diferencias individuales expresan nuestra manera de percibir el cambio, pues la percepción del cambio crea nuestra experiencia del tiempo.

Cuando fijas tu atención en el pasado o en el futuro, estás en el. campo del tiempo, creando envejecimiento. Un maestro indio, que parecía notablemente joven para su edad, explicó esto diciendo: La mayoría pasa la vida en el pasado o en el futuro, pero mi vida está supremamente concentrada en el presente. Cuando una vida se concentra en el presente es más real, porque el pasado y el futuro no la afectan. En este momento, dónde están el pasado y el futuro? En ninguna parte. Sólo existe el momento presente: pasado y futuro son proyecciones mentales. Si puedes liberarte de estas proyecciones, sin tratar de revivir el pasado ni de dominar el futuro, se abre un espacio para una experiencia completamente nueva: la experiencia del cuerpo sin edad y la mente sin tiempo.

Es de una gran importancia poder identificarse con una realidad que no esté limitada por el tiempo; de lo contrario no hay forma de escapar a la decadencia que el tiempo trae inevitablemente. Un simple ejercicio de mente-cuerpo te permitirá captar un atisbo de la atemporalidad: elige un momento del día en que te sientas relajado y sin presiones. Siéntate tranquilamente en una silla cómoda y quítate el reloj, dejándolo a mano para que puedas consultarlo fácilmente sin necesidad de recogerlo ni de mover mucho la cabeza. Ahora cierra los ojos y toma consciencia de tu respiración. Deja que tu atención siga la corriente del aliento que entra en tu cuerpo y sale de él. Imagina que todo tu cuerpo se alza y cae con el flujo de cada aliento. Al cabo de uno o dos minutos sentirás que el calor y la relajación invaden tus músculos.

Cuando te sientas muy asentado y sereno por dentro, abre lentamente los ojos y echa un vistazo al segundero de tu reloj. Qué hace? Según tu grado de relajación, el segundero se comportará de maneras diferentes. Para algunas personas se habrá detenido por entero, efecto que durará entre uno y hasta tres segundos. Para otros, la manecilla vacilará medio segundo, para luego volver de un salto a su marcha normal. Otros verán que se mueve, pero a un paso más lento que el habitual. A menos que hayas intentado este pequeño experimento, parece muy improbable, pero una vez que hayas pasado por la experiencia de ver detenerse un reloj no volverás a dudar de que el tiempo es producto de la percepción. El único tiempo existente es el que capta tu consciencia.

Puedes aprender a llevar tu consciencia a voluntad a la región de atemporalidad. Para dominar esta experiencia, la meditación es la técnica clásica. En la meditación, la mente activa se retira hacia su fuente: así como el universo cambiante debió de tener una fuente más allá del cambio, tu mente, con su incansable actividad, surge de un estado de consciencia más allá del pensamiento, de la sensación, de las emociones, del deseo y la memoria. Se trata de una experiencia personal profunda. En el estado de atemporalidad o consciencia trascendente, experimentas la sensación de plenitud. En vez de cambio, pérdida y decadencia, hay estabilidad y satisfacción. Sientes que el infinito está en todas partes. Cuando esta experiencia se convierte en realidad, desaparecen los miedos asociados con el cambio; la fragmentación de la eternidad en segundos. horas, días y años se toma secundaria, y primaria la perfección de todo momento.

Ahora que la meditación ha entrado en la experiencia cultural de Occidente, los investigadores han aplicado mediciones científicas a la experiencia subjetiva del silencio, la plenitud y la eternidad. Han descubierto que el estado fisiológico de los meditadores sufre cambios definidos hacia un funcionamiento más eficiente. Cientos de hallazgos individuales demuestran un ritmo respiratorio más lento, una reducción en el consumo de oxígeno y un ritmo metabólico disminuido. En cuanto al envejecimiento, la conclusión más significativa es que se revierte el desequilibrio hormonal asociado con el estrés, del cual sabemos que acelera el proceso de envejecimiento. Esto, a su vez, retarda y hasta revierte el proceso de envejecimiento, según mediciones de diversos cambios biológicos asociados con la decadencia. Por mi experiencia con estudios de personas que practicaban la meditación trascendental, se ha establecido que quienes han meditado mucho tiempo pueden presentar una edad biológica entre cinco y doce años menor que su edad cronológica.

El aspecto más fascinante de esta investigación, que se prolonga desde hace más de dos décadas, es que el proceso biológico del envejecimiento en sí no necesita ser manipulado; se pueden alcanzar los resultados deseados sólo por medio de la consciencia. En otras palabras. la meditación altera el marco de referencia que brinda a la persona su experiencia del tiempo. En un plano cuántico, los hechos físicos del espacio tiempo, tales como el ritmo cardiaco y los niveles hormonales, se pueden afectar simplemente llevando la mente a una realidad donde el tiempo no ejerce un mando tan poderoso. El nuevo paradigma nos demuestra que el tiempo tiene muchos planos y que todos están a nuestra disposición en nuestra propia consciencia.

9.- Todos habitamos una realidad de no cambio. que yace mas allá de todo cambio. La experiencia de esta realidad pone el cambio bajo nuestro dominio

Por el momento, la única fisiología que puedes sostener se basa en el tiempo. Sin embargo, el hecho de que el tiempo esté ligado con la consciencia implica que podrías sostener un estilo de funcionamiento muy diferente: la fisiología de la inmortalidad, que correspondería a la experiencia del no cambio. El no cambio no se puede crear como producto del cambio. Requiere salir de la consciencia ligada con el tiempo para pasar a la consciencia atemporal. Este movimiento tiene muchas gradaciones. Por ejemplo: si estás muy escaso de tiempo en tu trabajo, la reacción de tu cuerpo a la presión no es automática; algunas personas florecen bajo la presión del tiempo, utilizándola para alimentar su creatividad y su energía, mientras que otras se ven derrotadas por ella, pierden el incentivo y sienten una carga que no les dará satisfacción comparada con el estrés que les provoca.

La persona que responde con creatividad ha aprendido a no identificarse con la presión del tiempo; la ha trascendido, al menos en parte, a diferencia de quien se siente constreñido por el estrés. Para ésta la identificación con el tiempo se ha tornado abrumadora: no puede escapar del tictac del reloj interno; su cuerpo no puede sino reflejar su estado anímico. De varias maneras sutiles, nuestras células se ajustan constantemente a nuestra percepción del tiempo: un biólogo diría que hemos encadenado, o trabado en secuencia, una serie de procesos que abarcan millones de acontecimientos relacionados con la mente y el cuerpo.

Es importantísimo comprender que se puede llegar a un estado donde se puedan realinear los procesos ligados con el tiempo. Lo demuestra una simple analogía: observa tu cuerpo físico como si fuera un registro de señales intercambiadas entre tu cerebro y todas las células. El sistema nervioso que establece las clases de mensajes enviados, funciona como software del cuerpo: la mirlada de diferentes hormonas. neurotransmisores y otras moléculas mensajeras son la información que se procesa mediante el software. Todo esto constituye la programación visible de tu cuerpo. Pero dónde está el programador? No es visible, pero debe de existir.

A cada segundo se toman miles de decisiones en el sistema mente-cuerpo, incontables elecciones que permiten a tu fisiología adaptarse a las exigencias de la vida.

Si estando en la India veo una cobra en el sendero y salto hacia atrás atemorizado, se puede ver el aparato visible que controla este acontecimiento en las reacciones musculares que exhibo, activadas por señales químicas de mi sistema nervioso. Mi ritmo cardiaco acelerado y mi respiración agitada son otras señales visibles de que se ha puesto en acción la hormona adrenalina, segregada por la corteza suprarrenal como reacción ante un elemento químico cerebral especifico (ACTH) enviado por la pituitaria. Si un bioquímico pudiera rastrear cada una de las moléculas involucradas en mi reacción de temor, aun así pasaría por alto al invisible tomador de decisiones que decidió tener la reacción, pues. si bien reaccioné en una fracción de segundo, mi cuerpo no saltó hacia atrás de manera estúpida. Una persona con una programación muy diferente presentaría reacciones muy diferentes. Un coleccionista de serpientes podría inclinarse hacia delante con interés; un devoto hindú, al reconocer una forma de Shiva. podría arrodillarse con religioso respeto.

El hecho es que cualquier reacción habría sido posible: pánico, ira, histeria, parálisis, apatía, curiosidad, deleite, etcétera. El programador invisible es ilimitado en cuanto a sus modos de programar el aparato visible del cuerpo. En el momento en que tropecé con la serpiente, todos los procesos básicos de mi fisiología (respiración, digestión, metabolismo, eliminación, percepción y pensamiento) dependían del significado que tuviera una cobra para mi personalmente.

Hay verdad en el dicho de Aldous Huxley: La experiencia no es lo que te ocurre; es lo que haces con lo que te ocurre.

Dónde puedes localizar un significado? La respuesta rápida y fácil es decir que está localizado en el cerebro; pero este órgano está en flujo constante, junto con todos los demás. Como aves migratorias, con cada segundo entran y salen de mi cerebro miles de millones de átomos. En él se arremolinan ondas eléctricas que nunca forman el mismo esquema dos veces en la vida. Su química básica puede variar según lo que se coma en el almuerzo o si se experimenta un brusco cambio de humor. Sin embargo, mi recuerdo de la serpiente no se disuelve en ese mar de cambio. Mis recuerdos están a disposición del programador. que se mantiene por encima de la memoria, observando silenciosamente mi vida, tomando en cuenta mis experiencias, siempre listo para albergar la posibilidad de nuevas elecciones. Pues este programador no es sino la consciencia de la elección. Aprecia el cambio sin dejarse abrumar; por lo tanto, escapa a las limitaciones vinculadas con el tiempo que surgen en el mundo normal de causa efecto.

El yo que teme a las serpientes aprendió ese temor en algún momento del pasado. Todas mis reacciones son parte del yo vinculado con el tiempo y sus tendencias. En menos de una milésima de segundo, su miedo previamente programado despierta toda la secuencia de mensajes corporales que producen mis acciones. Para la mayoría de nosotros no hay otro yo perceptible, porque no hemos aprendido a identificarnos con el tomador de decisiones, el testigo silencioso, cuya consciencia no está definida por el pasado. Sin embargo, de un modo sutil, todos sentimos que algo dentro de nosotros no ha cambiado mucho, si acaso, desde que éramos pequeños. Cuando despertamos por la mañana hay un segundo de consciencia pura, antes de que el viejo condicionamiento caiga automáticamente en su lugar. En ese momento eres tú mismo: ni feliz ni triste, ni importante ni humilde, ni viejo ni joven.

Cuando despierto por la mañana, este yo se viste muy pronto con el manto de la experiencia; en cuestión de segundos recuerdo quién soy. por ejemplo: un médico de 46 años con esposa, dos hijos, un hogar en las afueras de Boston y diez minutos para llegar a la clínica. Esa identidad es el producto del cambio. El yo que está más allá del cambio podría estar despertando en cualquier parte: en Delhi, con 5 años de edad, olfateando la comida preparada por mi abuela, o en Florida, con 80 años, escuchando el viento entre las palmeras. Este yo invariable, al que los antiguos sabios de la India llamaban simplemente el Ser, me sirve como punto real de referencia para la experiencia. Cualquier otro punto de referencia está limitado por el cambio, la decadencia y la pérdida: cualquier otro sentido del yo se identifica con el dolor o el placer, la pobreza o la salud, la felicidad o la tristeza, la juventud o la vejez, todas las condiciones vinculadas con el tiempo que impone el mundo relativo.

En la consciencia de unidad, se puede explicar el mundo como una corriente del Espíritu que es consciencia. Todo nuestro objetivo consiste en establecer una relación íntima con el Ser como Espíritu. En la medida en que creamos esta intimidad, se hace realidad la experiencia del cuerpo sin edad y la mente sin cuerpo.

10.- No somos víctimas del envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Estos son parte del escenario, no el espectador. que es inmune a cualquier forma de cambio

La vida, en su fuente, es creación. Cuando te pones en contacto con tu propia inteligencia interior, te pones en contacto con el núcleo creativo de la vida. En el antiguo paradigma se asignaba el control de la vida al ADN, molécula de enorme complejidad que ha revelado a los genetistas menos del 1 por ciento de sus secretos. En el nuevo paradigma, el control de la vida pertenece a la consciencia. Todos los ejemplos citados aquí (de niños que pueden reducir la secreción de hormonas de crecimiento, de estudiantes de medicina que alteran su producción de interleukinas cuando se sienten nerviosos, de yoguis que pueden manipular a voluntad el ritmo cardiaco) indican que los procesos corporales más básicos responden a nuestro estado de ánimo.

Los millones y millones de cambios que se producen en nuestras células son sólo el pasajero panorama de la vida: detrás de la máscara está el que ve, quien representa la fuente del flujo de la consciencia. Todo lo que yo pueda experimentar comienza y termina con la consciencia; cada pensamiento o emoción que captura mi atención es un diminuto fragmento de consciencia: todas las metas y expectativas que me fijo están organizadas en la consciencia. Lo que los antiguos sabios llamaban Ser se puede definir, según los términos de la psicología moderna, como un continuo de consciencia, y el estado conocido como consciencia de unidad es el estado en que la consciencia es completa: la persona conoce todo el continuo de si misma sin máscaras, ilusiones, vacíos ni fragmentos quebrados.

Como no mantenemos la continuidad de nuestra consciencia, todos caemos en vacíos de un tipo u otro. Vastas zonas de nuestra existencia corporal escapan al control, llevando a la enfermedad, la vejez y la muerte. Pero eso es de esperar cuando la consciencia se ha fragmentado. En una famosa serie de experimentos realizados a principios de la década de los setenta en la clínica Menninger, Swami Rama, un célebre adepto espiritual de la India, demostró su capacidad de elevar su ritmo cardiaco de 70 a 300 pulsaciones por minuto, lo cual está muy por encima del alcance normal. Esencialmente los latidos de su corazón se convirtieron en una palpitación que ya no bombeaba sangre de la manera rítmica normal. En una persona común, las palpitaciones pueden provocar un paro cardiaco y otros problemas graves y hasta fatales: es algo que todos los años ataca a miles de personas desprevenidas.

Sin embargo. Swami Rama no se vio afectado por ese hecho cardiaco, que estaba bajo el dominio directo de su consciencia. Esto implica que, si una persona muere en cuestión de minutos por una interrupción súbita de su ritmo cardiaco normal (esta categoría cubre todo tipo de arritmias, fibrilación y taquicardia). en realidad ha sufrido una pérdida de consciencia. En nuestra materialista visión del mundo, localizamos esta pérdida en el músculo cardiaco, diciendo que las señales electroquímicas que coordinan un latir saludable del corazón se han desordenado. En vez de orquestar sus contracciones individuales en una pulsación pareja y unificada en todo el corazón, muchos millones de células cardiacas caen en contracciones aisladas y caóticas, haciendo que el órgano parezca un saco de serpientes retorcidas.

Sin embargo, este horrendo espectáculo, temido por todos los cardiólogos, es secundario: lo primario es la pérdida de consciencia entre las células del corazón. Esta pérdida de consciencia no es local, sino general. La persona misma ha perdido contacto con los planos profundos de inteligencia que gobiernan y controlan sus células: en verdad, cada célula no es sino inteligencia organizada en diversas capas de patrones visibles e invisibles. Un adepto como Swami Rama nos demuestra que nuestra consciencia no debe ser así fragmentada y reducida. Si uno se conociera tal como es, comprendería que es la fuente, el curso y la meta de toda esa inteligencia fluyente. Lo que las tradiciones religiosas del mundo llaman Espíritu es la totalidad, la continuidad de la consciencia que supervisa todos los fragmentos y las piezas de la consciencia.

Son los vacíos en el conocimiento de nosotros mismos los que nos hacen víctimas de la enfermedad, el envejecimiento y la muerte. Perder la consciencia es perder inteligencia: perder inteligencia es perder el dominio sobre el producto final de la inteligencia: el cuerpo humano. Por lo tanto, la lección más valiosa que puede enseñarnos el nuevo paradigma es ésta: si quieres cambiar tu cuerpo, cambia primero tu consciencia. Todo lo que te ocurre es resultado de cómo te ves a ti mismo, hasta un punto que podría parecerte muy extraño. En las batallas marítimas de la Primera Guerra Mundial, los marineros alemanes se encontraban a veces inmovilizados en botes salvavidas durante días y semanas enteras tras haberse hundido su barco. Invariablemente los primeros en morir eran los más jóvenes. Este fenómeno fue un misterio hasta que se comprendió que los marineros mayores, por haber sobrevivido a otros naufragios, sabían que la crisis se podía superar; los jóvenes, que carecían de esa experiencia, perecían por verse atrapados en una situación sin esperanzas.

Guiándose por esos incidentes, los investigadores que trabajan con animales han logrado inducir un envejecimiento rápido, enfermedad y muerte en ratas y ratones de laboratorio al ponerlos en situaciones de gran estrés: por ejemplo, se los arroja en depósitos de agua sin ninguna posibilidad de escapar. Los animales que nunca se han encontrado en una situación semejante la perciben como desesperada; pronto se dan por vencidos y mueren. Los animales que han sido gradualmente condicionados a los depósitos perseveran y sobreviven, nadando largas horas sin que sus tejidos presenten señales de deterioro producido por el estrés.

La historia del envejecimiento humano se caracteriza en gran parte por la desesperanza. Nuestras temibles imágenes del envejecer, acompañadas de las elevadas tasas de enfermedad y senilidad entre los ancianos, daban como resultado sombrías expectativas que se cumplian por sí solas. La ancianidad era una época de inevitable declinación y pérdida, de creciente debilidad física y mental. Ahora toda nuestra sociedad despierta a una nueva percepción del envejecimiento; personas de 60 y 70 años esperan normalmente verse tan vigorosos y saludables como a los 40 y a los 50.

Pero hay un supuesto subyacente que no ha sufrido un desafio radical: que los humanos deben envejecer. Tener que envejecer es un hecho que heredamos del viejo paradigma, tercamente fijado en nuestra visión del mundo hasta que un cambio de consciencia pueda traer nuevos hechos a la luz. Una visión del mundo es sólo un modo de ordenar la infinita energía del universo en un sistema que tenga sentido. El envejecimiento tenía sentido en un esquema de la Naturaleza donde todas las cosas cambiaban, se marchitaban y morían. Tiene mucho menos sentido en un mundo donde nos rodea por doquier un interminable flujo de inteligencia en constante renovación. A ti te corresponde elegir qué punto de vista adoptar. Puedes optar por ver que la rosa florece y muere; puedes optar por ver la rosa como una ola de vida que nunca acaba, pues el año próximo surgirán nuevas rosas de las semillas de ésta.

La materia es un momento cautivo en el espacio y en el tiempo: con una visión materialista del mundo y de nosotros mismos, hacemos que los aspectos cautivos del universo asuman demasiada importancia. Quiero que experimentes lo fluida y sin esfuerzo que podría ser la existencia si cambiaras tu visión del mundo. Pese a su sólido aspecto físico, tu cuerpo se parece mucho a un río, semejante al río sagrado que tan bellamente describió Herrnann Hesse en su espiritual novela Siddhartha. En dicho libro llega un momento en que Siddhartha, el buscador de la iluminación, halla finalmente la paz. Tras años de vagar, termina junto a un gran río de la India, donde una voz interior le susurra: Ama este río, quédate junto a él. aprende de él. Para mi, este susurro dice algo sobre mi cuerpo, que fluye y fluye en los procesos de su vida. Como los ríos, mi cuerpo cambia cuando cambia el momento. Si yo pudiera hacer lo mismo, no habría vacíos en mi vida, ni recuerdos de traumas pasados que activaran nuevo dolor, ni expectativa de dolores futuros que me hicieran contraer de miedo.

Tu cuerpo es el río de vida que te sustenta. pero lo hace humildemente, sin pretender reconocimiento. Si te sientas y lo escuchas, descubrirás que en ti y dentro de ti mora una profunda inteligencia. No se trata de una inteligencia de palabras, pues el conocimiento de las palabras, comparado con los millones de años de sabiduría entretejidos en una sola célula, no parece tan grande. Siddhartha quería aprender del río y escuchar, lo que tiene una tremenda importancia. Hace falta desear la reunión con el flujo del cuerpo para poder aprender de él. y eso significa que debes estar dispuesto a abrirte al conocimiento que fue pasado por alto en tu antigua manera de ver.

Hesse proseguía: Le pareció que quien comprendiera a ese río y a sus secretos comprendería mucho más, muchos secretos, todos los secretos. Todo lo que te haya ocurrido está registrado en tu cuerpo, pero lo más importante es que allí hay también nuevas posibilidades. El envejecimiento parece ser algo que te está pasando, cuando en realidad es en gran parte algo que tu cuerpo ha aprendido a hacer. Ha aprendido a cumplir con la programación que tú, el programador, le suministraste. Como mucha de esta programación fue inconsciente, dictada por creencias y supuestos de los que difícilmente tenías consciencia, es importante derruir todo el edificio de ideas que te dio el mundo material tal como lo conoces.

Ahora necesitamos regresar al cuerpo, pues la experiencia íntima que tenemos de nuestro yo físico contiene la verdad más personal. El estar a gusto con sus sensaciones de este momento te permite escapar a la sombra de amenaza que pende, sobre todo cuando el orden va perdiendo la batalla contra la entropía. Ese es el mundo en el que se nos ha enseñado a creer. Pero hay otro modo y otro mundo. Tal fue la mayor lección que Siddhartha aprendió del río. Al final de la novela conversa sobre eso con su más antiguo amigo y compañero. Vasudeva:

Has aprendido tú también el secreto del río, que no existe el tiempo ni cosa parecida?
Una luminosa sonrisa se extendió en el rostro de Vasudeva.

Sí. Siddhartha. Es esto lo que quieres decir? Que el río está en todas partes al mismo tiempo: en la fuente y en la desembocadura en la cascada, en la barcaza, en la corriente, en el océano y en las montañas, dondequiera, y que para él sólo existe el presente, sin la sombra del pasado ni la sombra del futuro?

Eso es dijo Siddhartha , y cuando aprendí eso, revisé mi vida y era también un río, y Siddhartha el niño. Siddhartha el hombre maduro y Siddhartha el anciano estaban separados sólo por sombras, no por la realidad.

Habló con deleite, pero Vasudeva se limitó a sonreírle radiante, y a señalar su acuerdo con un movimiento de cabeza.

El autoengaño fomentado por siglos de materialismo es que podemos conquistar el río y dominar su flujo. La verdad sobre cada uno de nosotros es que nuestra vida se extiende en campos de experiencia más y más grandes. No hay limites para la energía, la información y la inteligencia concentradas en la existencia de una persona. En forma física, esta infinita creatividad ha sido encarnada en tus células: de forma no manifiesta se expresa en el silencio de la mente, en el vacío que, en realidad, es una plenitud de ignotos significados posibles, posibles verdades, posibles creaciones. El vacío que hay en el centro de cada átomo es el vientre del universo: en el destello de un pensamiento, cuando interactúan dos neuronas, hay una oportunidad para que nazca un nuevo mundo. Este libro está dedicado a explorar ese silencio en que el aliento del tiempo no marchita, sino que renueva. Mira hacia la tierra donde nadie es viejo: no está en ninguna parte, sino en ti.

Deepak Chopra

 

Extractado por Matilde Fernández de
Cuerpos sin Edad, Mentes sin Tiempo.-
Ed. Javier Vergara.

 

 

Cómo Consultar el Tarot

Cómo Consultar el Tarot

Este artículo quisiera permitirle al lector que experimente el descubrimiento que hará algún día cada humilde servidor del tarot, después de años de relación asidua: el tarot, el universo y el sistema nervioso del hombre tienen lazos constantes, muy estrechos y muy precisos. La manera más simple de expresar esto es decir que el tarot permite descifrar el universo y el sistema nervioso del hombre, y así vivir en armonía con ambos: el interior y el exterior. Probablemente, los tres son manifestación, en planos de realidades diferentes y modalidades diferentes, de la misma verdad Una. Pero quedémonos en la práctica, en lo útil, en el instante: veamos las bases para trabajar con el tarot.

Este trabajo es fisiológico, psicológico y espiritual. Se puede utilizar para el propio crecimiento o para ayudar a otros (diagnóstico y terapia). No es necesario hacer intervenir ni la videncia ni los llamados dotes mediumnísticos. Al contrario, él desarrolla todas las cualidades de exactitud y de comprensión, de ahí la intuición.

Estas bases de trabajo son utilizables para no importa qué camino de conocimiento esotérico o exotérico. Tales distinciones no tienen razón de ser después de haber alcanzado un cierto nivel de realización.

Est rota magister:

Para trabajar con el tarot es preciso encuadrar en oro este antiguo adagio: Es el Tarot quien es el maestro. Hay que tratarlo con deferencia, casi con devoción, pues él es mucho más grande que uno y extremadamente poderoso. (No se bromea con las legiones angélicas). Pero – sin supersticiones – la actitud justa se siente desde adentro: no son más que trozos de cartulina coloreados. Utilizamos los trozos de cartulina hasta haber podido establecer todas las conexiones con nuestro tarot interior. Hay que mantener estos dos polos como generadores de una corriente de energía.

En segundo lugar, hay que encuadrar en oro el lema de la Sociedad Real de Ciencias británica: Nullius in verba (no creer a nadie sólo por la palabra), no hay que desprenderse del espíritu crítico ni un solo instante. Todo debe ser tomado como una hipótesis de trabajo, empezando por este artículo. Sin embargo, considera éste con cuidado, no leerás su contenido en ningún libro, y hay pocas posibilidades de caer por azar en una cadena de transmisión oral del tarot. Es cierto que podrías encontrar todo esto por ti solo, suponiendo que tengas varios siglos por delante para ello… Presta atención a la resonancia interior que te despertará. Los músicos saben que un sonido justo engendra armónicos puros. Ve por ti mismo lo que te enseñará el empezar a trabajar según las bases expuestas aquí.

En tercer lugar, el tarot no es un libro. El está centrado en el tarot, eso es todo. Y está en todo el tarot, los llamados arcanos menores no presentan ninguna inferioridad. Y hacer intervenir la astrología, los sephiroth, los números, etc., equivale a una confesión de impotencia e ignorancia.

Evolución individual, evolución colectiva:
Cada una de las imágenes que componen el tarot es de tal modo arquetípica que corresponde a la vez a una parte de un esquema de evolución colectiva de la humanidad y de la evolución individual, así como a un retrato del universo. Pues el conjunto de los arcanos cubre todas las posibilidades de la experiencia humana, incluyendo las experiencias por venir, así como todas las situaciones psicológicas. Se puede anticipar que el conjunto de situaciones psicológicas humanas abarca todo el camino de la humanidad. Es decir que el hombre revive más o menos completamente, o vive a su manera, la aventura de la totalidad de la raza humana, hasta lo que se podría percibir como el Apocalipsis/Resurrección, o como la fusión galáctica (según Timothy Leary).

Dado que los arcanos constituyen la totalidad de la experiencia humana, cada cual puede ver allí un aspecto, un nivel de la realidad o de la encarnación de esa realidad. Es por eso que Leary, por ejemplo, distingue en ellos la estrategia del A.D.N., llevando la vida desde la Tierra-cuna hasta el espacio; pero eso es el tarot más neurología.

Un visionario que conozco ve en él la historia de las naciones, pero eso es el tarot más filosofía. Otro lo considera la rueda de la vida, pero es el tarot más cábala. Otro lo ve como el proceso del orgasmo, pero
eso son los arcanos mayores más pornografía. Son interpretaciones más o menos chocantes o fantasiosas. Ese no es el verdadero trabajo con el tarot. El verdadero trabajo hace inútiles las técnicas autoritarias o inspiradas, pues el verdadero trabajo alcanza tales niveles de comprensión que toda encarnación en modelos diferentes se muestra posible hasta el infinito, pero no necesaria, y aun, redundante, restrictiva.

Cómo trabajar con el tarot
El tarot se mira, se contempla, se vive, se experimenta. Al comienzo, al nivel del ojo. Percíbelo como es, no como tú crees que es, no como se te dice que es, no como quisieras que fuera. Para esto observa y anota todos los detalles en un cuaderno a medida que los ves. Quince años después descubrirás todavía cosas nuevas. Es preciso integrarlo memorizándolo completamente. No digas jamás: Oh, aquí hay un error de concepto!. Es la excusa de los vanidosos y de los perezosos. Tienes que ver cada cosa en el lugar en que ella está. Si esto contradice tus ideas preconcebidas, cambia tus ideas, pues es el tarot quien tiene la razón.

Físicamente, cada carta muestra la actitud de uno o varios personajes. Tómala, asúmela lo más exactamente posible. Observa lo que te llega como imágenes interiores en ese momento, percibe si se produce una sensación cenestésica o una reacción fisiológica, como un escalofrío o nausea.

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Cuando en la carta esté indicado un movimiento, evalúalo en tus músculos, tu esqueleto. Cópialo, imítalo, siente dónde se encuentran las energías del cuerpo y cómo se desplazan. Ejemplo, los brazos de la Temperancia, la cabeza del Loco, la mano derecha de la Justicia.

Presta un interés especial a la manera en que los personajes son sexuados, es decir, a su polaridad exteriormente manifestada. Astuta, como el Diablo, o aproximativa como los dos individuos que sonríen de manera imbécil – o beata – debajo de él. 0 imprecisa, como la Temperancia, o extraña como la Fuerza.

Siente dónde se sitúa el centro del cuerpo. Siéntate como la Emperatriz o como el Emperador, como la Papisa o la Justicia, y nota la diferencia.

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No dejes pasar ningún detalle. Consagra una sesión de trabajo a comparar los ojos de los personajes: tamaño, dirección de la mirada, expresión. Otra a comparar los pies: color del calzado, ubicación en relación al cuerpo, en relación al suelo, forma, etc. Igual con las manos: la mano derecha del Loco, la mano derecha del Ermitaño, la de la Emperatriz… Otra sesión destinada a los objetos: el cetro del Emperador y de la Emperatriz, la trompeta del juicio, la cuerda que ata al Colgado, la mesa del Mago, las coronas de los reyes y reinas de los arcanos menores.

Busca qué arcanos mayores, puestos en un cierto orden, forman un panorama continuo y qué sentido tiene ese panorama. Cuáles son los detalles comunes a la Torre y al Sol?, etc

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Sobre todo no omitas los arcanos menores, que ciertos atolondrados consideran postizos e inútiles: la reina de Oros puede ser que te ayude a captar el verdadero significado del arcano VI. Aprovecha para contemplar de cerca el arco sin cuerda del personaje en lo alto de la carta. Esto y las cabalgaduras – con armadura o no – de los caballeros, las insignias de los reyes, las faldas y las cabelleras de las reinas, sus tronos, la fisonomía de los pajes, todos tienen una razón para ser como son. A ti te toca encontrarla: se encuentra memorizando cada detalle. Por qué las láminas pares de la serie Espadas no llevan espadas sino flores? Observa el color de los tallos, están cortados o no? De dónde se originan? Sigue la transformación de estas plantas: qué elemento crece, cuál decrece? Cuáles son los colores? Dónde están las hojas (respiración) y las flores (producción)?

El simbolismo del tarot tiene la simplicidad de la naturaleza: rojo como la sangre, amarillo como el sol o el oro alquímico, azul como las profundidades del agua, verde como los brotes en la primavera, blanco como
la pureza o la ausencia de color, negro como la tierra fértil o como la oscuridad de los lugares donde no penetra la mirada, claro como lo que constituye el aspecto exterior del hombre.

Un marco para la experiencia interior:
Presta atención al lugar de la escena, a la disposición de las sombras y a los relieves. A menudo la aparente confusión es significativa. La aparente contradicción traduce una realidad de otra manera inexpresable: el caballete, la rueda, la manivela, los rayos, todos imposibles de la Rueda de la Fortuna…

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La experiencia interior tiene necesidad de ser preservada y de tener un marco – arcano XVIII, La Luna – es decir, guardarla secreta, insospechada, invisible, velada – la bestia del mismo color que el agua – pero presente en la casa cerrada. El nombre que figura en cada arcano mayor se encuentra a veces allí para enredarte o para caracterizar en exceso una situación, Desconfía. El tarot está lleno de paradojas, de trampas y de humor. Para las almas moralizantes, es una paliza de golpes dolorosos.

Ningún arcano es bueno ni malo, no más que cualquier aspecto de la evolución interior o del mundo, sino ambivalente y, sobre todo, rico de dos tipos de vitalidad: una para avanzar, otra para cuidarse; una para disolver, otra para coagular.

Ultima recomendación: Observa el grafismo de las letras y de los números. Cada nombre debe ser examinado largamente en su grafismo de origen. Las letras cumplen un rol determinado y constituyen un índice precioso. Los rasgos de las cifras son algunos más delgados, otros más gruesos, atrayendo la atención hacia cómo debe ser comprendida esa cifra.

Por qué el tarot de Marsella?
Como lo habrás notado, las bases de este trabajo se apoyan sobre ejemplos tomados exclusivamente del tarot de Marsella. por qué?

Se podría discutir hasta el cansancio… pero no, si verdaderamente se ha trabajado con el tarot en lugar de nutrir el ego, No hay más tarot que el tarot de Marsella. Esta afirmación aparentemente dictatorial puede parecer insoportable a quienes han diseñado hermosos tarots. Que ellos me perdonen, Se puede fundamentar esta afirmación sobre decenas de pruebas, y especialmente sobre argumentos numerológicos que causarían estupor. Pero me basta una sola prueba objetiva, clara y neta: el tarot de Marsella es el más rico, más pleno, más simple, punto.

Alinea todos los otros tarots al costado de él. Aun aquellos en los que se ha creído conveniente agregar una letra hebraica, un planeta, o no importa qué, son lejos inferiores en sentido y en contenido, parecen míseros y a menudo farfullantes.

Muchas personas, a menudo demasiado sabias, han querido mejorar el tarot de Marsella, completarlo, o simplificarlo. Pero… cuando se ha cambiado la forma de la carta, su colorido o aun su nombre, se ha cambiado también completamente el contenido vibratorio de la carta. Los otros tarots son a veces muy interesantes o armoniosos o decorativos, o cargados de experiencias (notoriamente psicodélicas), pero allí se ve el retrato de la gente que los han hecho y no el retrato de universo. Llegan a ser catálogos de ideas recogidas y no un camino viviente de iniciación.

Idiota congénito o iniciado muy avanzado:
Cómo apareció el tarot de Marsella? Nadie ha encontrado todavía un dato ni un nombre, precisos, y tanto las disertaciones como las divagaciones se estrellan contra un muro. Puede ser que el misterio no tenga el espesor que se cree, cuando se le contempla desde un punto de vista desapasionado, que ensaya sentir las cosas en lugar de querer justificarlas.

Cuando uno consulta los juegos anteriores al tarot pareciera ser que el inconsciente colectivo giraba en torno a grandes verdades, prendiendo una aquí, otra allá, en un cuento, un juego de rayuela, una danza en grupo. De esta percepción elementaria o imperfecta de los arquetipos salieron unas cartas para jugar, de las cuales las nuestras son herederas directas. Y sucedió que un día (?) un ser más desarrollado, capaz de percepciones y de síntesis inéditas, haya captado lo incompleto de esta percepción intermitente. El habría dado entonces su forma al tarot, su forma absoluta. Fue un idiota congénito, habitado por el Espíritu en el momento de concebir el tarot? Se trataba de un grupo de iniciados muy avanzados, al punto de borrarse completamente tras el modelo del universo que ellos podían captar en lo que la ciencia denomina hoy día sus estructuras sutiles?

Este interrogante atormenta largamente a todo servidor del tarot. La respuesta exacta sólo satisfacería la curiosidad, La atención no gana nada en concentrarse sobre los servidores que se fundieron con el modelo para darle sus contornos perfectos, Lo interesante es el modelo, tan poco disfrazado, que el niño que jugara con él lo descubrirá y lo integrará completamente, sin darse cuenta de ello,

La picota y la palanca:
El tarot, modelo del universo, es completo en sí mismo, no tiene ninguna necesidad de apoyarse sobre alguna otra de las grandes vías de conocimiento y de adivinación.

Es cierto que se pueden hacer comparaciones globales. Es un trabajo de investigación que permite identificar la verdad bajo sus diferentes aspectos. Pero no es preciso empezar por ahí. Estas vías deben considerarse cada una en su totalidad, el comparar fragmentos entre ellas equivaldría a comparar una picota con una palanca. Estos dos instrumentos son útiles para elevarse en altura, pero el primero pertenece al equipo de la cordada de alpinistas y el segundo al sistema de dirección de un avión. Aisladamente, no pueden compararse, ni aun cuando ambos tengan una forma parecida. No se irá muy lejos en este ámbito de la forma. Por otra parte, la poca solidez de correspondencias del género de Arcano X – tal trigrama del I Ching – tal letra hebraica – tal color – tal sonido … se hace notar en los desacuerdos que se manifiestan entre los autores de las comparaciones.

El trabajo ideal con el tarot es un trabajo con el tarot solo. No tienes más que observar, memorizar las cartas sin necesidad de ningún comentario, dejándote simplemente estructurar, completar, enseñar, transformar de esta manera. Un tal trabajo tropieza con una imposibilidad: tu reacción personal, tu interés, serán muy diferentes según los arcanos. Es esto lo que permite utilizar el tarot como diagnóstico y terapia en todos los casos de desequilibrio psicosomático.

El tarot de Marsella es entonces desde el comienzo una escuela de contemplación y de pensamiento objetivo para un camino iniciático, y también un útil precioso de diagnóstico y de terapia. El diagnóstico, que no tiene nada que ver con la adivinación, debe, sin embargo, llegar a los mismos resultados, La terapia está todavía en sus comienzos.

Es posible sanar con el tarot?
La hipótesis de base, muy simple, se deduce de las premisas expuestas anteriormente. Los arcanos del tarot representan una imagen exacta de arquetipos que son los modelos según los cuales, se lo quiera o no, se forman, se combinan, se determinan todas las situaciones posibles de este mundo. La totalidad de los arcanos recorre la totalidad de la experiencia humana. Aquellos que te atraen son los que tú reconoces, que te dan seguridad porque ellos corresponden a un modelo que tú has vivido, que has integrado. Aquellos que rechazas son los modelos de situaciones que tú aún no has vivido. La violencia de tu reacción manifiesta simplemente la proximidad de esta situación en tu futuro. Allí también tú reconoces un modelo, pero se trata de un modelo que no has integrado todavía, o que está en camino de ser experimentado – dentro de unas horas o de unos años – o bien uno que tú has rechazado sistemáticamente cada vez que se presentaba. Esto último, debido a una sensibilización particular ligada, ya sea a una herencia genética, sea por causa de un acontecimiento desdichado de antaño, o un bloqueo, o, simplemente, porque se trata de un modelo que todavía no has encontrado.

Por lo tanto, los arcanos que tú prefieres indican lo que conoces de ti mismo; los que rechazas indican lo que no quieres aceptar todavía. Las situaciones que tú desconoces, y que están aún muy alejadas, no despiertan una defensa de tu subconsciente, ninguna reacción violenta, sino una vaga y moderada falta de afinidad con esa carta.

El diagnóstico podrá ser extremadamente fino y preciso, sin conflicto para el consultante, porque en ningún momento éste será crudamente confrontado con su problema fundamental en forma verbalizada. Todo pasa en un nivel simbólico; así el curso de la terapia nunca será muy doloroso. El proceso de maduración en el que el inconsciente entrena al ser – a veces de manera caótica, siempre sometiéndolo a diversas pruebas – será efectuado en las mejores condiciones, pues el trabajo con el tarot permite no suprimir el nudo energético del conflicto, lo que significaría suprimir también la afluencia de la energía, error cometido por la mayoría de los psiquiatras.

No digo que en este diagnóstico la intuición esté de más. Un solo arcano engloba un número infinito de niveles de encarnación del arquetipo, y es preciso elegir el nivel exacto correspondiente a la realidad vivida por el consultante. La terapia le permitirá asimilar el modelo antes o después de la crisis, o fuera de la crisis, y, por consiguiente, ubicar las otras experiencias arquetípicas ya vividas en la estructura general de la que el tarot es el reflejo.

El papel del taroterapeuta deberá entonces limitarse a hacer que el consultante describa la carta lo más exactamente posible – según él la ve – registrar sus reacciones y permitir la objetivación. A menudo, el efecto sobre el consultante es sorprendente. El tarot produce una tal toma de consciencia, una tal comprensión, que el consultante recibe desde el comienzo una sobrecarga de vitalidad y una regulación de la energía espectaculares.

Además, ciertas cartas producen efectos inmediatos de compensación y equilibrio, después de una concentración de algunos minutos de atención al contemplarlas.

Esta terapia origina relaciones extremadamente apacibles y estimulantes entre terapeuta y consultante sin que intervenga dominación, transferencia, etc.

Detener la manipulación:
Naturalmente, numerosas verificaciones de todo orden no harán más que confirmar estos lazos
estrechos y precisos entre el tarot, el universo y el sistema nervioso.

Se puede – se debe – utilizar legítimamente la percepción de estos lazos con una finalidad adivinatoria. Entonces el conjunto de las cartas parece manifestar una conducta, una autonomía que le es propia, que se manifiesta a través de los seres humanos pero sin dependencia, vis-a-vis de ellos o de sus métodos, a los que sobrepasa.

Cierto, se puede superficialmente manipular el tarot. Es decir, dar por supuesto que se ha
comprendido el tarot, atribuir tal o cual significado a tal arcano o conjunto, prescribir que es necesario consultarlo así o asá, colocando las cartas en redondo, en línea o en cuadrado, El tarot se burla de todo eso, lo que no es bueno para el manipulador.

Detener la manipulación es abrirse. Esto implica el abandono de toda ambición personal, de todo deseo de dominación por lo que se ha descubierto. Es difícil – sobre todo cuando las líneas de fuerza del universo comienzan a diseñarse delante de ti – renunciar a informar al resto del mundo. Es por eso que en los comienzos, el trabajo con una de las grandes vías – a menudo solitaria – de la tradición, refuerza el ego de manera exagerada. Muchos se quedan allí, se parecen entre ellos, aun físicamente. Porque, llegado a este punto de los comienzos, se corre el riego de pensar que ya no hay necesidad de continuar el trabajo. Es preciso hacer caso omiso de ello y continuar. Entonces, lentamente, en dosis homeopáticas, el esplendor rechazado es reemplazado por una gratificación menos palpable, pero de mucho mejor calidad, y de una extraordinaria liviandad del ego.

Jamás nadie ha podido explotar impunemente para su solo provecho las riquezas del inconsciente colectivo, la herencia de la humanidad, y los secretos cautivos en el sistema nervioso. Esta es una de las grandes enseñanzas del tarot. Utilizar el tarot únicamente con fines adivinatorios – como soporte de videncia – siendo que él contiene el modelo del universo, implica degradarlo. Una vez más el tarot se burla de ello, y
es suficientemente poderoso para manipular a los manipuladores sin que ellos se enteren. Toda subordinación del todo a la parte lleva consigo, para los atolondrados, trastornos graves en los planos sutiles, y cierra la puerta a los verdaderos secretos.

Est rota magister.

Tchalaï Dermitzel

Traducido y extractado por Carmen Bustos de
Question de N 30
Editions Retz
París

 

Existir en la Mirada de los Demás

Existir en la Mirada de los Demás

 

Cuando sentimos que no tenemos nada que el otro pueda apreciar, estamos cerca de odiarlo

                                Vauvenargues

Mi mayor temor: la indiferencia. Que me olviden o no se interesen por mí. Todas las ocasiones en que tengo la impresión de ser invisible, transparente para los demás, me siento muerta antes de tiempo. Inexistente. Cuando me siento triste y camino entre la multitud al anochecer, y por supuesto nadie me mira, me siento completamente sola, sobre todo en invierno, cuando todo el mundo se apresura de regreso. Imagino que todos vuelven a casa y alguien les espera, entran en calor, los reciben, los quieren y son importantes para los demás. A quién le importo yo? Vuelvo a casa sola. Sólo los vagabundos son tan desgraciados y están tan solos como yo. A veces me invaden extrañas visiones: me veo como un átomo, una partícula aislada alrededor de la cual giran miles de millones de partículas, vinculadas entre sí por fuerzas invisibles que no me acogen ni me alcanzan jamás.

Además del rechazo, existe un miedo anterior, más discreto, pero también perjudicial para nuestro bienestar y nuestro comportamiento: el miedo a la indiferencia. Qué ocurre en nosotros cuando tenemos la impresión de no contar para los demás?

El deseo de reconocimiento
Sentirse ignorado es doloroso, de modo que todos desarrollamos un gran deseo de reconocimiento. Es ésta una maniobra de prevención de eventuales rechazos? Sentir que ocupamos un lugar reconocido y constantemente confirmado junto a otras muchas personas, nos permitiría temer menos el rechazo y, si se presenta, experimentar un sufrimiento menor?

Así pues, ser o sentirse reconocido(a). Pero, qué es el reconocimiento? Es una necesidad diferente a la de aprobación o amor, y que las precede. Es el hecho de que los demás nos consideren seres humanos en el sentido completo del término: por ejemplo, que nos saluden y reciban cuando llegamos a algún lugar, o que nos llamen por nuestro nombre o apellido en función de la familiaridad que nos testimonien nuestros interlocutores. Todas estas manifestaciones son perfectamente sutiles: su presencia no procura necesariamente la felicidad; su ausencia no se percibe de manera ostensible, pero es dolorosamente perjudicial. Es normal que nos tranquilice el hecho de que nos conozcan. Un ejemplo interesante en los ancianos es la relación que mantienen con los comerciantes: ser recibidos y saludados por su nombre en el mercado, saber que conocen sus costumbres, preferencias y ciertos elementos de su existencia. Todos estos detalles son importantes para ellos porque con frecuencia sus vínculos sociales son tenues, vulnerables y cada vez más escasos (sus amigos mueren poco a poco). Quizá de ahí procede el temor de muchos ancianos a morir solos en casa, sin que nadie se de cuenta. Todas esas historias espantosas de vecinos alertados por el olor.

Todo ello proviene del sentimiento de reconocimiento y recuerda la absoluta necesidad que el ser humano tiene de disponer de un capital social a su alrededor. Este hecho explicaría el sentimiento oscuro y primitivo de que las grandes ciudades son contra natura. En todo caso, contra la naturaleza humana. Otro ejemplo de reconocimiento: ser requerido sin pedirlo, es decir, recibir invitaciones, atenciones, tarjetas portales, visitas, un pequeño regalo que indique que han pensado en nosotros sin que hayamos tenido que manifestarnos. Esta es una de las quejas que más a menudo profieren ciertos pacientes depresivos a los que se llama, con razón o equivocadamente, abandonados: Nadie me llama ni piensa en mí. Siempre soy yo quien debo hacerlo todo. Si me dirijo a los demás, me aceptan y reciben, ése no es el problema. Pero si desaparezco, como suele decirse, entonces muero realmente en sus consciencias: se olvidan de mí.

Recuerdo haber encontrado esa necesidad de reconocimiento en un estudio sobre el estrés en los conductores de autobús parisinos de la RAPT: partimos de la idea de que su estrés estaría relacionado con problemas de conducción y circulación, sin embargo la mayoría nos contaron que lo que más les afectaba eran las situaciones de indiferencia social. El hecho de que los viajeros subieran sin saludarlos ni mirarlos (Como si fuésemos robots), les dolía, les hundía, humillaba y entristecía (Cuando me tratan así tengo la impresión de no ser más que una pieza de mi autobús, anónima e intercambiable. Poca cosa).

Sentirse reconocido confiere simplemente un sentimiento de existencia social y de existencia a secas. Por otro lado, el reconocimiento no tiene por qué ser necesariamente positivo. Así, a veces los niños atraen la atención con sus caprichos o tonterías, cuando no se les hace caso en determinado momento, o de manera habitual si su familia no se preocupa por ellos. Algunos de nuestros pacientes, que han cometido delitos menores, nos dicen retrospectivamente: Ahora me doy cuenta de que lo hice para que me hicieran caso. En ciertos narcisistas también se la satisfacción de ser detestados: suscitar la aversión alimenta la necesidad del reconocimiento a su existencia y también de su importancia, que miden en función de la intensidad de la aversión que despiertan y del número de personas que los odian. Tenemos pocas ocasiones de recibir en consulta a estos sujetos (más bien son sus allegados, a quienes hacen sufrir, quienes se someten a terapia). Con frecuencia son poco aptos para entablar relaciones amistosas de igualdad, y sólo actúan en el conflicto y las relaciones de dominio. Se han dado cuenta de que la aversión es una relación y una forma de reconocimiento, al contrario que la indiferencia. En este sentido, el rechazo les importa poco: siempre y cuando se acompañe de emociones fuertes en quienes los rechazan, se trata de un reconocimiento, y por tanto una victoria a sus ojos. De ahí su necesidad de provocar constantemente: el rechazo sosegado y la indiferencia les atemorizan y hacen dudar, como a todo el mundo. Sin duda, una persona con este perfil inventó esta expresión: Amamos u odiamos, pero no permanecemos indiferentes.

 

Reconocimiento de conformidad o de distinción? Dos modos de aumentar la autoestima a partir del reconocimiento de los demás.
Existen dos modos de obtener el reconocimiento (y por tanto, la autoestima): ser como los demás es el reconocimiento por conformidad; diferenciarse es el reconocimiento por distinción.

La búsqueda de un reconocimiento por conformidad se da con mayor fuerza en los extremos de la existencia, en el niño y el anciano. Ser como los demás en su apariencia, gustos y discurso representa un pasaporte, una garantía de aceptación social. Este reconocimiento de conformidad a menudo se relaciona con un sentimiento de relativa vulnerabilidad.

La búsqueda de reconocimiento por distinción es más frecuente en jóvenes y adolescentes porque les sirve para afirmarse y construir su identidad. De ahí la importancia del look, pero también el cuidado de presentar ese look como una elección vital global, y no sólo como una decisión fútil o una sumisión a la moda. Puede divertirnos el hecho de que el reconocimiento por distinción no sea en el fondo sino un reconocimiento por conformidad que funciona sólo en el seno de un reducido grupo al que se ha elegido (o se trata de) pertenecer. En realidad se trata siempre de una necesidad de afiliación: el verdadero reconocimiento por distinción es, de hecho, rarísimo. Existe en verdad?

Por otro lado la existencia de signos de reconocimiento aumenta cuando el grupo se siente minoritario o amenazado. Por ejemplo, el saludo que se cruzan los motoristas y que les procura un sentimiento agradable. Tiende a desaparecer como signo de reconocimiento espontáneo debido sobre todo a la proliferación de vehículos de dos ruedas (es menos necesario en cuanto la comunidad deja de ser minoritaria). En cambio, otro pequeño ritual, específico de los motoristas parisinos (tal vez extensible a otras grandes ciudades, no he indagado): levantar el pie en signo de agradecimiento en la ronda de circunvalación, si uno de ellos deja pasar a otro entre la hilera de coches. Se trata de un signo de reconocimiento a la vez que de agradecimiento, por la atención brindada (vigilar el retrovisor, apartarse para deslizarse entre la fila de coches).

Ser o no ser como los demás es un reto para la autoestima: conformarse con los códigos de la mayoría es, frecuentemente, la elección de las autoestimas débiles. Distinguirse o conformarse con los de una minoría suele ser la elección de autoestimas fuertes y vulnerables. Las autoestimas sólidas optan por no afiliarse a grupo alguno.

Los riesgos y errores de la búsqueda de reconocimiento
Para las bajas autoestimas, el primer riesgo de esta búsqueda consistirá en la hiperconformidad, con el riesgo de alienación. Se ocultará todo lo que destaque para tratar de conformarse con la imagen social que creemos nos garantizará la mayor aceptación. Se seguirá la moda a una distancia respetuosa: ni con demasiada antelación para no atraer (o creer que atraemos) las miradas, ni demasiado tarde para no caer en la hortelana. Tan sólo emitiremos nuestras opiniones cuando hayamos comprobado las de los líderes a fin de no correr el riesgo de la contradicción o la burla.

Las autoestimas elevadas y vulnerables que intentan compensar sus dudas mediante la aceptación optarán por una ruptura con la masa, en cuyo anonimato se sienten desaparecer y no se ven reconocidas. De ahí el riesgo de provocaciones gratuitas e inútiles. En loas adolescentes es bastante frecuente encontrar jóvenes que dudan de sí mismos e intentan ser aceptados por otros más violentos que ellos lanzándose a comportamientos delictivos que les franquean la entrada al grupo.

Todos nos enfrentamos a las mismas posibilidades de error:

Error de no sentirnos reconocidos cuando en realidad lo somos y emprender así una búsqueda de reconocimiento suplementaria y aleatoria, cuando habría bastado con abrir los ojos.
Error de no conceder importancia a las señales de reconocimiento recibidas, no sentirnos valorados por el grupo y las personas que nos reconocen. Dirigiéndose a los poderosos de su época, Sieyes (político que en 1789 se hizo famoso con su panfleto Qué es el Tercer Estado?) escribió durante la Revolución Francesa: Pretendes distinguirte de tus conciudadanos y no que éstos te distingan No aspiras al amor o el aprecio de tus conciudadanos; por el contrario, obedeces a una vanidad hostil contra los hombres, cuya igualdad te molesta.
Error de confundir el deseo de reconocimiento con el deseo de amor y esperar que el primero satisfaga el segundo: hay relaciones sociales que sólo podrán aportarnos reconocimiento, nada más. No hay que denigrarlas por ello, ni pedirles más. Todo el mundo me quiere, pero estoy sola, me contaba una joven paciente. Sin embargo, la proliferación de relaciones normalmente facilita el encuentro con el amor mejorando el bienestar psicológico (y por tanto la apertura a los demás) y desarrollando las aptitudes relacionales. Lo facilita, pero evidentemente no garantiza nada.

Soledad y sentimiento de soledad
Lo más doloroso durante mi depresión no era la tristeza o la dificultad para actuar; era esa especie de angustia que me embargaba como un vértigo de soledad. Me sentía completamente sola incluso rodeada de seres queridos. Los miraba y me daba cuenta, estúpidamente, de que no eran yo, que se trataba de personas autónomas de las que apenas conocía lo que me dejaban entrever. Esto despertaba en mí el miedo a la vida. Esa soledad me angustiaba porque no me sentía capaz de sobrevivir sola. De hecho, no se trataba de soledad, sino de la angustia por la soledad, a veces sorda, como un leve rumor, a veces violenta como la amenaza del fin del mundo. Este sentimiento irrumpía y desgarraba el velo de las ilusiones (la ilusión de que somos uno con nuestros seres queridos, a quienes conocemos perfectamente). Siempre he tenido este problema. Me perturbó el momento en que mis hijos crecieron y se convirtieron en seres autónomos, en personas mayores que no me confiaban todos sus secretos. Más tarde comprendí que este sentimiento de soledad era inevitable y que si me daba miedo era porque me sentía incapaz de cuidar de mí misma. En realidad era peor que esto: es como si durante toda mi vida hubiera evitado ocuparme de mí misma. Había vivido en la ilusión de que formaba parte de un todo: familia, grupo.

Hay muchos estudios consagrados al sentimiento de soledad. Sabemos que en psiquiatría la soledad y el aislamiento social son factores de riesgo en materia de depresión, dependencia de las drogas y el alcohol y, más generalmente, vulnerabilidad ante los acontecimientos vitales estresantes. Sin embargo, un punto a tener en cuenta es que no sólo la soledad real afecta a nuestra salud, sino también la percepción de la soledad: el hecho de sentirse solo o sola es una fuente de perturbaciones no sólo psíquicas, sino también corporales, con un especial impacto en la función cardíaca y la tensión arterial. También advertimos que la cantidad de contactos sociales de las personas que se sienten solas con frecuencia es aproximadamente la misma que en aquellas que no se quejan. Con toda probabilidad se trata más de una cuestión cualitativa relacionada con la satisfacción que obtenemos de esos contactos, la actitud social (aprovechamos o no esos contactos sociales, por ejemplo: estamos solos entre los demás?) y la actitud mental (sentirse diferente e incomprendido cierra la puerta a las relaciones o a su capacidad para reconfortarnos).

La única soledad válida es la que elegimos, no la que padecemos. Es perfectamente posible definirse como un solitario sociable: nos gusta estar solos pero también la compañía de los demás. Preferimos ligeramente el primer estado al segundo. Si elegimos y disfrutamos esta soledad es posible celebrarla, como hacía Malraux: Si existe una soledad en la que un solitario es un abandonado, existe otra en la que sólo es solitario porque los demás hombres no se han unido a él. Pero no todos los solitarios tienen sueños de grandeza. Muchos aprecian simplemente la distancia que les confiere la retirada del mundo y consideran la soledad un ejercicio saludable, como escribía Vauvenargues: La soledad es al alma lo que la dieta al cuerpo. Sin embargo, la dieta sólo alcanza sentido si no estamos a punto de morir de hambre. Los que no han elegido, los marginados, los abandonados, los aislados, sólo obtienen sufrimiento y ven en ella una noche interminable de espera y necesidad insatisfecha como animal social.

Porque a fin de cuentas, para la mayoría de nosotros, la soledad no puede ser sino un paréntesis entre dos períodos de intercambio y relaciones. La soledad como pasaje. Muchas veces útil, a veces forzoso. Pasaje y no destino, ya que también podemos perdernos en la soledad, y algunas existencias se parecen a esa imagen de Flaubert, gran solitario pero no siempre por elección: Me parece que atravieso una soledad sin fin para ir no sé adónde, y yo mismo soy a un tiempo el desierto, el viajero y el camello.

La búsqueda de amor, afecto, amistad y simpatía: la búsqueda del aprecio de los demás.
Hemos hablado de la necesidad de que reconozcan nuestra existencia. Pero también existen formas cálidas, positivas, de reconocimiento: simpatía, amistad, afecto e incluso amor. Sabemos que esos alimentos afectivos son indispensables para el ser humano: para desarrollarse y sentirse feliz y digno de existir. Por qué meterlas todas en el mismo saco? Acaso no hay diferencia entre la mera simpatía y la relación amorosa? Sí y no. En un sentido amplio, todos estos vínculos afectivos remiten a nuestra necesidad de apego y seguridad, por supuesto heredada de nuestro pasado personal pero también de nuestra biología: las características de la especie humana hacen que vengamos al mundo en estado larval y que sin el amor y el cuidado de los demás madre, padre, miembros de una comunidad- no sobrevivamos. Nuestra memoria emocional lo recuerda y se muestra muy exigente respecto a las pruebas de amor. En cambio, es la cultura la que modela los objetos en los que se vierte el amor: los vínculos con la pareja, con los hijos, no siempre se han ensalzado como modelos de amor perfecto. El hombre siempre ha sentido la necesidad de suscitar simpatía, afecto y amor, así como la pregunta fundamental, oculta tras esa inagotable necesidad de ser amado: cómo existir en el corazón de los demás?

Hasta dónde vamos en la necesidad de ser amados?
Pueden darse dependencias extremas a las señales de reconocimiento y apego de los demás. Así, por ejemplo, las personas demasiado amables pueden ahogar al otro con sus ofrecimientos y regalos excesivos: Estoy demasiado preocupada por agradar y me centro mucho en los demás. Siempre tengo la impresión de deberles algo. Me es imposible llegar a algún sitio sin un regalo y, como norma general, el regalo es tanto más grande cuanto más dudo del aprecio que me tienen. Siento una obligación permanente hacia los demás. Nunca se me ocurre la idea de que puedan sentirse obligados conmigo o deberme reconocimiento. Siempre soy yo quien se siente en deuda. Qué decir de la sorpresa de descubrir que me aman y me aprecian, que hace presa de mí desde la infancia? Es una alegría y un alivio. Sin duda, una liberación. Como si en mi fuero interno se ocultara siempre la idea de que no es lícito que me amen sin haber comprado previamente ese amor mediante un regalo u ofreciendo un servicio. Mi marido me llamó la atención sobre esto y me enseñó que no tenía que comprar la atención o el afecto con amabilidad o regalos.

Un paso más y entramos en los perfiles de la personalidad vulnerable, en el registro de lo que los psiquiatras llaman síndrome de abandono o hiperapetencia afectiva.

En el caso de síndrome de abandono, los sujetos reaccionan de forma muy violenta (interiormente, mediante el sufrimiento, exteriormente, con lágrimas y reproches) a todo lo que les parezca una forma de distanciamiento, para gran sorpresa de los miembros no advertidos de su entorno (en general, los amigos, porque la familia lo sabe desde hace tiempo), menos sensibles a la distancia y para los que pasar seis meses sin contacto no disminuye un ápice la amistad o el afecto que sienten. Sin embargo, si su amigo padece el síndrome de abandono, no verá las cosas así.

En el caso de la hiperapetencia afectiva, las personas tratarán de templar la relación haciéndola pasar a un modo afectivo: intimar rápidamente con un nuevo conocido, trabar una relación profunda con un compañero de trabajo recién llegado Como si creyeran que de ese modo acceden a lo esencial: Una relación no tiene sentido sin afecto.

Estos dos tipos de personalidad parecen presentar una necesidad ilimitada de signos de afecto y reconocimiento, como si su propia existencia dependiera de ellos, según el adagio sin amor no somos nada de las canciones populares. Como si hubieran asumido la fórmula de Gide: No quiero que me elijan, deseo que me prefieran, pero sin confesarlo claramente. No reivindican la exclusividad (no hay la autoestima suficiente para ello); esperan que los demás actúen como si sólo ellos existieran.

Cómo se activa la búsqueda de afecto en caso de rechazo social
Diversos trabajos, tanto estudios experimentales como llevados a cabo en un medio natural, han estudiado lo que ocurre cuando somos objeto de un fracaso o un rechazo, en resumen, de algo que amenaza el lugar que ocupamos en los demás. Lo más frecuente es que se trate de una cuestión de autoestima: las personas con una autoestima frágil y baja generalmente tienden a mostrarse más amables y agradables tras un rechazo, mientras que los individuos con una autoestima elevada a menudo tienden a mostrarse menos agradables si son cuestionados. Parecen menos dependientes de la necesidad de aprobación social como reparación y consolación. No obstante, existe un riesgo importante para las personas con baja autoestima: como creen vivir un fracaso (real, temido o imaginario) de manera crónica, les tentará comprar a los demás con su amabilidad, como hemos visto. Pero se trata de una estrategia de supervivencia y prevención, y no de una elección libre.

Amor y autoestima
Hay tantas preguntas sobre el amor y la autoestima El amor es bueno para la autoestima? La fortalece o la debilita? Y sobre todo, es razonable esperarlo todo de él?

Sorprendentemente, existe un frecuente derroche afectivo en los sujetos con baja autoestima, que presentan una irresistible tendencia a subestimar la mirada positiva que sobre ellos tienen sus compañeros sentimentales. Me ha llevado muchos años bajar la guardia con mi pareja. No es que recelara o no tuviera confianza, sino que me atrapaba un reflejo inconsciente de prudencia, de no creerme demasiado amado para no depender de esa persona. Esto ha provocado muchas crisis porque mi esposa lo percibía. Ella lo tomaba como falta de amor, cuando era más bien un miedo excesivo e incluso, en realidad, una falta de confianza en mí mismo. Qué me ha curado? El tiempo transcurrido. Pero también fortalecer mi confianza: tener éxito en mi trabajo y ganarme la admiración de mis dos hijos. De pronto empecé a ser más sensible y receptivo al amor conyugal y a comprender que mi mujer me quería a mí y no a una imagen de mí o a uno de sus sueños adolescentes.

Los sujetos con baja autoestima tienden asimismo a no recurrir demasiado a su pareja para recuperarse de sus sentimientos de inadaptación e incompetencia, a no confiarse mucho o pedir consejos y atención en los momentos en que lo necesitan.

Las personalidades dependientes experimentan la necesidad de fusión en el amor, como vimos anteriormente: este deseo también se relaciona con problemas de autoestima. La fusión nos fortalece porque nos hace menos visibles, nos expone menos y afianza nuestra posición; con el riesgo de alienación en la pareja y la tentación de desaparecer tras nuestro compañero, de existir socialmente sólo gracias a él, y sentirnos por completo aliviados y anestesiados de la propia identidad. Para un día levantarse con la consciencia de haber ignorado construir la propia personalidad si no es como mujer o marido de, pariente de; y asistir a la pérdida de la autoestima.

Quizá por esto hay tanto sufrimiento y mal de amores y el ámbito de la vida amorosa es uno de los que abordamos con más frecuencia en psicoterapia: entre los miedos de la relación (exigir demasiado, o demasiado poco, o ambas cosas) y los ideales excesivos, no falta el sufrimiento ni el afán por superarlos.

Un Medicamante para la autoestima
Recuerdo a una paciente llamémosla Armelle- que acudía a verme intermitentemente para tratar sus complejos y su autoestima. Abandonaba la terapia cada vez que se enamoraba. En esos momentos no le necesito a usted ni a la terapia. En cuanto me siento amada dejo de plantearme preguntas sobre mí misma. Desgraciadamente, sus amores no ejercían un efecto terapéutico perdurable y las dudas volvían poco a poco. Además, extrañamente, volvían a propósito de sus amantes: Al cabo de un tiempo dejo de idealizarlos y veo sus defectos, que hasta entonces ignoraba o minimizaba. Entonces, rápidamente, mis ojos vuelven a contemplar mis propios lastres y vuelvo a dudar de mí misma y acomplejarme. En ese momento corto la relación. Y vuelvo a encontrarme como siempre, con mis inquietudes y mis perpetuas insatisfacciones.

Una de las propiedades que el amor ejerce sobre las heridas de la autoestima es que nos lleva a descentrarnos, cuando es recíproco, evidentemente: dejamos de pensar en nosotros mismos para pensar en el otro. Pasamos de pensar en nuestra persona a pensar en la pareja de enamorados que formamos. El olvido de uno mismo gracias a la obsesión por el otro.

Un día Armelle encontró al hombre de su vida. O más bien conoció a un hombre que poco a poco se convirtió en el hombre de su vida. A pesar de sus defectos Indudablemente realizó un trabajo sobre sí misma para que sus dudas y exigencias de perfección no constituyeran un obstáculo a su felicidad. O quizá tan sólo su compañero demostró ser el buen medicamante.

Christophe André

Ref: Prácticas de Autoestima, Ed. Kier, Barcelona, 2007.
Ilustración: La Indiferencia de la Mayoría, de Moisés Hergueta

Imaginería Emotiva.

Imaginería Emotiva.

Bajo los procesos conscientes de la mente aquellos que aparentemente dirigimos – subyace un mar de sentimientos. Este telón de fondo posee la constante capacidad de retratar nuestras reacciones frente a nosotros mismos y frente a otros, y de llevar a imágenes nuestras propias tendencias internas. El mar del sentimiento es relativamente poco conocido y frecuentemente desdeñado. Sólo podemos hacer conjeturas en cuanto a sus causas.

En primer lugar, tendemos a identificarnos principalmente con los productos finales de nuestra mente: pensamiento y acción. Desde el punto de vista relativamente claro y preciso del pensamiento y la acción, el sentimiento parece un proceso de forma imprecisa, indefinida, poco confiable, resbaladiza. No posee la clara firmeza de nuestras palabras o actos. Es demasiado indefinido, oscuro, poco confiable. Más aún, este yo verbal, observando desdeñosamente al sentimiento, halla que éste se desvanece frente al análisis lógico. Actúa como un animal tímido que prefiere esconderse de la presencia del hombre-verbal.

La mayor parte de los rumores referentes al mundo del sentimiento son negativos. La gente sospecha que el sentimiento es quizás sólo una locura y una tontería; puede manejársele en cualquier sentido. El tipo opuesto de rumor acerca del sentimiento pronunciado es más siniestro. Un sentimiento fuerte puede provocar que una persona se haga incontrolable y aún peligrosa. Quizás somos todos locos o asesinos en el fondo. Podemos respaldar este rumor con los hechos. Podemos citar situaciones de llanto o ira, demostrando que perturban el suave flujo de la fina compañía. Ya que está todo dicho, la razón decide que es más adecuado tomar las riendas. El sentimiento es confinado o refrenado, porque, o es algo informe o es demasiado perturbador y escapa a nuestro control.

Trascendiendo los rumores y mitos acerca de nosotros mismos, podemos reconocer prestamente que el sentimiento subyace a toda percepción, todo pensamiento, toda acción. La sencilla percepción de este telón de fondo permite a nuestro sentimiento clarificar sus propios significados y dirección. Aquí la clave es la percepción relajada que permite al sentimiento surgir y retratarse a sí mismo. Algunas personas temen no estar vivenciando el verdadero sentimiento: temen estar dirigiendo voluntariamente su flujo. Esto surge de una falta de familiaridad con este espacio. El qué quiero en sí proviene del dominio del sentimiento. Si se dice a una persona que elabore una fantasía, ésta pronto descubre que está solamente bloqueando y reorientando al sentimiento, cada vez que éste la lleva a temas que le resultan desagradables. Mientras más se prolongue una fantasía, mayor tendencia existirá de que resulte gobernada por el timón interno de sus propios sentimientos. Un hombre sentía que podía fantasear sobre cualquier cosa y, por tanto, controlar todos sus impulsos internos. Ya que parecía marcadamente masculino, le pedí que se imaginara a sí mismo como un modisto afeminado. La fantasía no se había prolongado mucho cuando ya se hallaba seduciendo a las modelos, dejando de lado su trabajo y olvidando que era afeminado. Su tendencia natural había asomado. En el mejor de los casos, el maestro del autocontrol intenta bloquear algunas de las tendencias de sus sentimientos. En el momento en que surgen, resultan censuradas. Así, surgen una y otra vez! La cura para la fantasía persistente es vivirla por entero.

En cierta ocasión, en una clase de fenomenología, una joven dio a entender que tenía una terrible fantasía que se repetía persistentemente. Cuando le pregunté sobre ello, mencionó vagamente que guardaba relación con el suicidio; no deseaba hablar de ello. Sentía que si permitía que la fantasía se expresara, pasaría a los hechos en el suicidio. La alenté para que lo intentara en el ambiente seguro de la sala de clases. Finalmente, consintió en hacerlo. En su fantasía se apartaba de la gente y caminaba en la nieve; veía un profundo banco de nieve. Con miedo, temblando, consideraba la posibilidad de arrastrarse en la nieve para helarse hasta morir. Le insistí en que prosiguiera. Mentalmente, ella cavó una caverna cerrada bajo la nieve. Le pregunté cómo era el lugar. Tranquilo! No oigo ruidos de gente. Cuando se lo pregunté, confirmó que últimamente estaba cansada de la gente y deseaba apartarse de ellos. Entonces, rió entre dientes y sonrió. Le pregunté por qué. Dijo que primero había pensado que la nieve estaría fría, pero en lugar de eso, halló que le recordaba su calor interior; se sentía cómoda y a sus anchas bajo la nieve. Le sugerí que permaneciera allí tanto como quisiera y que regresara a ese lugar cada vez que deseara apartarse de la gente.

Lo que a primera vista le parecía una mortal fantasía suicida se transformó, en lugar de eso, en el símbolo de un lugar cálido y agradable, lejos de la gente y las preocupaciones. Jamás se había permitido esa tregua a sí misma. Así, la fantasía se presentaba una y otra vez. Su interpretación de la tendencia interna como quizás deseo matarme era una mala interpretación de su propio guía interno. Cuando halló esa tregua, lejos de la gente, todas sus ideas suicidas desaparecieron. Por este motivo, resultaba importante señalarle que podía regresar al cálido refugio de su banco de nieve cuando quisiera. Bajo circunstancias similares, otros se han suicidado, sin lograr percibir su propio banco de nieve imaginario, siempre a su alcance.

El mundo interno enlaza fácilmente diversos aspectos de la experiencia, de modos que confundirían totalmente a un filósofo racional que tuviera tendencia a categorizarlos. La percepción interna se despliega, transformándose en sentimiento. Cuando es lo suficientemente intenso, el sentimiento puede transformarse en una fantasía, con clara imaginería. Los pensamientos pueden derivarse a sentimientos. Las sensaciones corporales pueden fácilmente transformarse en imaginería emotiva. Nuestra percepción de los otros o de las cosas puede ser vaciada a la imaginería emotiva. El auto análisis entra en escena cuando analizamos y comprendemos nuestro propio impulso interno. Cuando nos acostumbramos al proceso, logramos desarrollar con facilidad fantasías detalladas y en colores intensos, mientras lavamos platos o conversamos con un amigo. Podemos también recordar una antigua fantasía en cualquier momento y observar su rumbo. Del mismo modo, nos será posible recorrer nuevamente las escenas de la niñez.

El sentimiento tiene una tendencia. Cuando se le permite expresarse, se intensifica, volcándose en imaginería emotiva. Luego que se le ha permitido desarrollarse y expresarse, podemos revisar la imaginería resultante para observar cuál es el mensaje. En el caso de la mujer del banco de nieve, su impulso interno era alejarse de las personas y acomodarse en un refugio cálido y agradable. Al descubrir la sabiduría de nuestras propias tendencias internas, estamos en mejor posición para cooperar con la tendencia subyacente.

Algunas personas temen que sus propias tendencias internas puedan no ser sabias; podrían ser demasiado instintivas, bestiales, e ir contra la sociedad. Mi propia sensación es que tales personas se hallan confundidas por los rumores existentes acerca del mundo interno. La vivencia de éste sugiere que puede parecer extraño y lejano, pero es eminentemente sabio. Más que defender esta tesis, observemos más de cerca su comportamiento.

La utilización más sencilla de la imaginería emotiva consiste en buscar su ayuda para aclarar nuestra situación en este instante. Considerando que todo el sistema sensorio-motor del cuerpo es su representante, podemos examinar nuestras sensaciones corporales y llegar a una imagen interna y a la comprensión de nuestra situación. Por ejemplo, al escribir me siento reclinado en mi silla (percepción relajada) haciendo girar un lápiz entre los dedos. La mano derecha sostiene la punta y la gira hacia atrás y adelante, mientras la mano izquierda siente este girar.

Permito que una fantasía se desarrolle a partir de esto. Veo la vieja rueda de un molino de agua. Se producen fascinantes ruidos de molienda y rechinar a medida que la energía del agua es transformada a través de grandes y toscos engranajes de madera hacia piedras que giran una contra otra donde el grano es molido. El poder libre del agua, que de otro modo se hubiera esfumado, es transformado en la molienda del grano.

Al escribir esto, me equivoco y escribo gano en lugar de grano. El agua que corre libremente (sentimiento) se convierte en un pavoroso girar de engranajes y ruidos (imágenes) para moler grano/gano (comprensión). Siento el aspecto principal de ambos: el lápiz que gira y el molino representan el modo como el poder, en un nivel es convertido en trabajo, y en otro nivel, en transformación. Por supuesto, intento explicar el modo cómo el sentimiento se transforma en pensamiento. Es un viejo molino porque éste es un viejo proceso.

Estoy impresionado por la dureza del lápiz en mi mano. Debido a su resistencia a la torsión, el movimiento hacia un lado es transmitido fielmente hacia el otro. Esta resistencia a la torsión es nuestra comprensión y confianza en este proceso a través del cual el sentimiento se expresa en la mente. Sin embargo, el extremo en que todo se origina los dedos girando el lápiz – parece mucho más plácido que los dedos que sienten el duro extremo metálico del lápiz. De modo similar, en la imagen el agua es más suave que la molienda del molino. El sentimiento es suave, fácil, juguetón. El trabajo mental-intelectual parece más áspero, como la molienda.

Un gesto cualquiera, aparentemente espontáneo, fue elegido por el sentimiento como su representante. De lo que sentí y noté del girar del lápiz, el sentimiento interno comenzó a expresar su tendencia. Realizando una pequeña asociación con estas sensaciones y percepciones, pude leer el mensaje interno que se desprendía. La fantasía del molino era una manera paralela de elaborar su tendencia. Permití que el proceso subyacente a mis intereses hallara su camino hacia la consciencia a través de un acto aparentemente espontáneo (girar el lápiz), las sensaciones que de ello surgían, y a través de una fantasía paralela (el molino harinero). Pero lo más notable era que lo que yo intentaba comprender, a su vez intentaba comunicarme la naturaleza de su propia existencia. Nuestros verdaderos intereses surgen de este espacio interno, que es perfectamente capaz de hablarnos de ellos.

Una buena ocasión para utilizar esta propensión interna se presenta cuando nos sentimos malhumorados o atrapados en algún estado de ánimo especial. Debiéramos entonces detenernos, concentrarnos en nuestras sensaciones y permitirles manifestarse a través de una fantasía. Un hombre maneja de regreso a su casa con dolor de cabeza. Teniendo la posibilidad mientras maneja, permite que sus sensaciones físicas se expresen. Cuando se concentra en ellas, el dolor de cabeza resulta ser, más bien, una rigidez en la parte inferior del cuello y en los hombros. Para captar su significado, intenta retratar esta rigidez. Mantiene sus brazos rígidos sobre el volante; sus hombros y cuello se hallan tensos. Siente una mueca airada en su rostro. La escena se amplifica. Se halla en un campo de batalla. Ha sido herido mortalmente y se está sosteniendo en el tocón de un árbol. Si resiste, alguien vendrá, lo verá y le prestará auxilio. El aspecto de mártir que ofrece en la imagen le parece humorística al conductor. El herido de la imagen sonríe para sí y dice Diablos, se supone que un hombre herido debe caer al suelo. Se relaja, reclinándose en el asiento y apoyando los codos en el regazo. Examina tranquilamente unas plantitas que crecen cerca, emergiendo de la tierra arruinada del campo de batalla. El conductor concluye que se ha forzado a hacer rígidamente todo lo que se esperaba de él, teniendo la secreta esperanza de que alguien notara su condición y le tuviera lástima. Toma consciencia de sí, siente pena por sí mismo y se permite relajar. Permanece cierta rigidez en su cuello y hombros. Concluye que el próximo fin de semana llevará a su familia al parque que ellos desean visitar.

Transformando las sensaciones en sentimientos e imágenes, pudo captar mejor lo que estaba haciendo. Sus heridas mortales provenían del excesivo maltrato a que se sometía a sí mismo. La persona de quien esperaba que se diera cuenta de su estado y lo cuidara era él mismo. El destrozado campo de batalla y sus heridas reflejaban la batalla por la que había atravesado en el mundo de su trabajo. Las plantitas que crecían eran los inicios de la nueva vida que surgía al relajarse y considerar el viaje al parque. Herido mortalmente en el campo de batalla parecía una dramática exageración. La vida interna utilizará un lenguaje muy dramático para lograr comunicarse con la persona que no desea escucharla. También se expresa así en los sueños. Usted haría lo mismo si tuviera que reflejarle su situación a alguien sin utilizar palabras, mediante el uso de imaginería. Por otra parte, la imagen era real, puesto que el hombre se sostenía, a pesar de estar gravemente herido en el campo de batalla de la vida.

Si logra practicar la imaginería emotiva con frecuencia, puede utilizarla para comprender a otra persona. En ciertas ocasiones, hallo muy difícil explicar lo que veo en una mujer que me es extraña. Siento una serie de sentimientos vagos e indefinidos. Permito que éstos se transformen en una fantasía. Voy a tener una cita con ella. Veamos cómo debiera comportarme en esta cita. Con una mujer determinada, siento que debo mostrar muy pocos avances amorosos. Sería mejor si visitáramos un museo, fuéramos a cenar, a un concierto y tuviéramos primeramente mucho tiempo para conversar acerca de nuestras opiniones. Con otra mujer, siento que debiéramos ir a bailar, ser activos, vivir el momento. He compartido estas fantasías con mujeres en los grupos, sólo para hallar que frecuentemente éstas son amplificaciones de acertadas percepciones de ellas.

En cierta ocasión, al estudiar a un joven, vacié todas mis impresiones en una fantasía. Repentinamente, yo y él estábamos en un callejón en un barrio pobre. Él tenía un cuchillo. Me sentí en peligro. Compartí esta fantasía con él. Para sorpresa de todos los que se hallaban presentes, yo estaba captando la vida que él había llevado en la mayor parte de su juventud. Era un joven rudo de un ghetto y llevaba un cuchillo. A veces, los asistentes han sentido que esto provenía de una intuición brillante o de percepción extrasensorial. A mí me parece que todo consiste en permitir que las impresiones vagas se expresen a través de la imaginería interna.

Ocasionalmente, el proceso parece extrasensorial. Cierta vez entrevisté a una fornida mujer frente a un grupo de personas. Inmediatamente visualicé una escena, clara y nítida: una granja de techo puntiagudo en una amplia llanura, con un camino que llegaba desde el este. También podía ver la vida de los habitantes: simple, árida, laboriosa. Las ocasiones de alta emotividad eran las comidas en grupo y las sesiones de lectura bíblica. Compartí la imagen con la mujer, para ver si ella podía hallarle algún significado. Era un cuadro de la casa familiar y de la característica esencial de su vida. Aún el camino recto que venía del este era real. Esto parecía ir más allá de una elaboración de lo que yo podía ver o saber de ella. Esto no es demasiado sorprendente. La evidencia que existe de la percepción extrasensorial indica que ésta surge de los sentimientos y que puede expresarse en imágenes.

Sin embargo, tales ejemplos milagrosos no son lo importante. Lo principal es que nuestros propios sentimientos indefinidos pueden ser expresados y clarificados a través de una imagen fantasiosa de la otra persona. Así como con toda observación, debiéramos comprobar su exactitud, sencillamente interrogando a la otra persona sobre el punto. No debiéramos tomar grandes decisiones respecto a otros sobre la base de tal proceso, hasta que hayamos confirmado su exactitud en muchas ocasiones. Existe siempre la posibilidad de que estemos viendo parte de nuestro propio yo, en lugar del de la otra persona. En mi propia experiencia, es generalmente acertada la imagen de otra persona que surge en forma repentina y ya totalmente formada. Las imágenes elaboradas que implican en su formación un mayor grado de mi egocentrismo, son menos acertadas.

Sería muy conveniente que todo el mundo adoptara la sencilla práctica de proyectarse en una situación cualquiera. Esta es quizás una de las psicoterapias más efectivas y económicas, e involucra sus elementos básicos. Permítase proyectarse en una situación; examine entonces la proyección, aprendiendo lo que ésta le revela de usted mismo. La proyección puede ser iniciada en cualquier objeto que le llame la atención, o puede simplemente ser hilada como una imagen interna. Si se utiliza un objeto, es preferible que éste sea de forma compleja, pues así evocará mayor diversidad de connotaciones y, por tanto, tendremos mayores posibilidades de proyectar nuestra vida interna. Las nubes o las plantas resultarán más adecuadas que una pipa o una silla. El objeto que nos llama la atención ya guarda en sí algo de nuestras tendencias psíquicas. Existe aún más libertad para proyectarse si hilamos una imagen interna. Para realizar su proeza, la vida interna sólo precisa de un poco de tiempo y libertad.

Ilustraremos este proceso con un ejemplo muy corriente, que también dejará entrever algo de la compleja sabiduría que caracteriza a los estados internos. Una joven de poco más de 20 años había pasado por la pobreza, la adicción a las drogas y, eventualmente, la prostitución. Sentía repulsión por su vida y se inscribió en un arduo programa de tratamiento voluntario que implicaba mucha participación en grupos de encuentro y también una fuerte presión por parte de los demás participantes. Se sentía muy confundida con sus valores. Su objetivo principal hasta entonces había sido el hallar un hombre atractivo, seducirlo y depender de él. Esta estrategia había fracasado en tantas ocasiones y de modo tan trágico, que no podía seguir por este camino, pero no había desarrollado aún un nuevo patrón de conducta.

Se hallaba observando un matorral de plantas en el suelo alfombrado de verde. La mayoría de las plantas eran nuevas y verdosas; unas pocas estaban muertas. Al mirarlas, sintió una penetrante sensación en relación a las que estaban muertas. Le parecían feas, estériles, invernales, horribles. En lugar de despedir esta imagen, como muchos habrían hecho en este punto, permaneció con ella. Captó nítidamente la agonía de las plantas. Eran un revoltijo; las hojas estaban estropeadas y moribundas. Caerían pronto. Todo el conjunto se reduciría a simples tallos. La primavera llegaría algún día, pero en este instante, todo era sencillamente horrible.

Cuando comparó esta imagen con su propia vida, pudo hallar cantidad de similitudes. Todo el discernimiento que estaba obteniendo en relación a su pasado la hicieron sentir fea. Contrariamente a su personalidad seductora anterior, estaba descuidando su apariencia y de hecho se sentía fea. Relacionó las hojas que caían con la caída de viejas actitudes y conductas de ajuste. La primavera o el nuevo estilo de vivir parecían muy lejanos. Estaba atravesando por una agonizante decadencia invernal; veía y aceptaba esta realidad.

Pocos minutos más tarde, toda la escena se había modificado. Podía verse caminando sobre un verde prado. El pasto verde era corto, demasiado corto para esconderse en él. Sentía agrado de no poder esconderse, así como de que no hubiera gente cerca. Lo que tuviera que hacer, quería hacerlo por sí misma. A la distancia se distinguían árboles e indicios de una vida de mayor riqueza. No tenía apuro por llegar; en el momento presente, bastaba con estar sola en un sencillo prado verde.

Aceptando su agonía, su declinación y pérdida de atributos en la primera imagen, la segunda muestra el segundo acto: en éste hay algo de vida (pasto verde y corto). Lo que más resalta es su soledad: debe enfrentar su situación sola y sin posibilidad de esconderse. Así como en la primera imagen, la vida es una promesa para el futuro. Está más cercana y visible ahora. Todo el mundo opina acerca de lo que ella es y del modo cómo debiera vivir. En un tiempo, ella fue muy diestra y astuta, actuando siempre de acuerdo con los deseos de los demás; ahora no quiere hacerlo. Sola, en un lugar con algo de vida, se enfrenta a sí misma, elaborando nuevos valores. El futuro es promisorio: el resto de la vida están ahora a su alcance.

Cuando comenzó a explorar la imagen, sólo sabía que se sentía mal. Al sentirse atrapada en la agonizante esterilidad de las plantas, tuvo el impulso de cortar de raíz la imaginería interna. Las agonizantes plantas se hallaban en su misma situación de ese momento. Aún en su apariencia, se permitía parecer fea, en parte para desembarazarse de las viejas actitudes de la seductora. Si permanecemos con el proceso interno, éste tiende a resultar terapéutico. Al enfrentar su propia agonía, cambio y simplificación, el drama interno pudo avanzar a otra etapa. Aún cuando la racionalidad tiende a pensar que este proceso demora, nuestro interior se siente más libre del factor temporal. El acto siguiente llegó de improviso en una imagen totalmente diferente, mientras seguía observando las mismas plantas. Esta imagen tenía la misma sencillez, sin embargo en la segunda imagen aparecen nuevas claves: debe hacerlo por sí sola. Era importante que ella no pudiera ya ocultarse de sí misma por más tiempo. Era un simple enfrentamiento consigo misma que involucrara más vida y una promesa más cercana de un futuro mejor (árboles y vida a la vista). Las dos imágenes eran una clarificación de lo que comenzaba a sentir que era lo que debía hacer.

En los grupos, agradeció a los demás sus consejos acerca del modo cómo debía vivir, pero dijo que sentía que realmente tenía que procesarlo sola por un tiempo. Como seductora, siempre se había hallado enredada en las necesidades y deseos de los demás. Esta nueva mujer era más independiente. En su totalidad, la fantasía reflejaba y ayudaba a hacer consciente su situación actual y lo cercana que estaba la salida liberadora. Esto es bastante para obtener con sólo mirar un simple matorral. Sin embargo, este proceso está al alcance de todos y en cualquier momento.

Un interrogante importante que surge es, cómo es que la vida interior se retrata a sí misma tan acertadamente? La vida interior tiene esta capacidad, ésta es su característica más fundamental. Acompaña al individuo y se interesa por la calidad y dirección de su vida. Visualiza su situación en términos muy dramáticos e impregnados de sentimientos. Retrata con soltura los objetivos y tendencia general del individuo. Es incluso capaz de sugerir el modo cómo esta persona puede superar lo que lo amarra. Carl Jung denominaba a estos procesos el inconsciente objetivo. Son muchísimo más objetivos que el individuo en cuanto a la dirección de su vida. Ciertamente, la consciencia es limitada. El inconsciente objetivo puede no serlo. La perspectiva del trasfondo de sentimientos que subyace a la vida del individuo es considerablemente mayor que la del individuo consciente.

Sin embargo, la vida interior se inmiscuye muy poco en el libre albedrío del individuo. En general, permanece a la espera de ser requerida, y siempre disponible. Comenzamos a ver alguna intrusión de la vida interna en la experiencia consciente en el pensamiento obsesivo, actos compulsivos y psicosis. Los estados de ánimo persistentes son también un tipo de intrusión. Parece ser que la vida interna dejara libre al individuo mientras éste siga, a grandes rasgos, la dirección general que ella le sugiere. Mientras más se aparte el individuo de esta senda, más se presenta e interviene su vida interna. Lo que denominamos enfermedad mental representa la intervención más clara de lo interno en la vida del individuo. Lo interno existe, lo aceptemos o no. El solo intento de cooperar con nuestro guía interno nos brinda en éste a un aliado muy poderoso; nuestro único aliado, en realidad. Si la auto comprensión y el auto concepto del individuo son muy limitados, su guía emitirá diversas claves y señales. Desgraciadamente, la mayoría las pasa por alto. Finalmente, el guía interno termina saltando a un primer plano en su vida y la persona resulta alterada emocionalmente o mentalmente enferma. Resulta extrañamente humorístico que la mayoría de las mentes fracasen en comprender su propia naturaleza.

La idea de la libertad, dentro de este contexto, no es tan sencilla. El individuo se siente libre y actúa más libremente cuando su conducta representa con mayor fidelidad a sus tendencias internas. La libertad y hacer lo que realmente se quiere son, a grandes rasgos, una misma cosa. Y lo que una persona desea hacer es actuar como la corporalización de sus tendencias internas. El grado en que la persona se siente libre disminuye en la medida en que no actúe en concordancia con aquéllas. La psicosis es un ejemplo extremo de lo que ocurre cuando una persona actúa en total oposición a sus tendencias naturales. No es que seamos libres para ser esclavos de lo interior. Lo interior es la verdadera substancia y naturaleza de nuestras vidas. Simplemente, no tenemos la libertad de oponernos a ello.

A la luz de esto, vemos que todas las ocasiones en que las cosas no van bien resultan muy apropiadas para que nos proyectemos en la imaginería emotiva e intentemos interpretar el significado que su contenido tenga para nosotros. Para descifrarlas, generalmente les pregunto a las personas, en qué se parece esto a su vida?. Las personas pueden sentir la relación con sus vidas cuando les resulta imposible explicar las imágenes que surgen en sus mentes. En este punto, se rechazan las explicaciones, las hábiles operaciones del razonamiento. Estas son, en sí, un fuerte impedimento a la comprensión de las claves internas. Es mucho mejor que el individuo intente hallar por sí solo la relación entre las imágenes y su vida, aún cuando esta posibilidad tenga limitaciones. Aún una captación emocional relativamente estúpida de nuestras propias imágenes es preferible al razonamiento o conjeturas que el mejor experto nos pueda aportar.

Ocasionalmente, he visto muy buenos amigos conjeturando acerca del significado de las imágenes de otro. Sin embargo, es nuestra vida la que proyecta las imágenes. Nuestra propia comprensión, por muy limitada que sea, se halla más cercana de su propia fuente. También ocurre que la comprensión que logramos en un momento determinado tiene ni más ni menos que la magnitud que podamos obtener en ese momento. El proceso interno es extremadamente indulgente con cualquier esfuerzo por comprenderlo. Puede producir sueños, fantasías e imágenes eternamente, hasta que comprendamos aquello que es la base de nuestra comprensión.

En general, lo interno se interesa por la calidad y estilo globales de nuestra vida. No le importa mayormente si tomamos este empleo u otro, etc., a menos que tales empleos nos resulten muy diferentes y representen estilos de vida fundamentalmente distintos. Lo interno hablará acerca de los caminos que estemos emprendiendo o considerando, pero rara vez formulará predicciones. Si deseamos que opine acerca de qué acciones de la bolsa nos convendría comprar, lo más probable es que nos refleje la ridiculez de nuestros propósitos. Aún cuando puede conocer el futuro, casi nunca lo revela. Se parece más bien a un psicoterapeuta o a un muy buen amigo. Su preocupación fundamental es el rumbo y calidad de nuestra vida, no el hacernos ricos o famosos. Y es en este plano que sus claves son inapreciables. El hecho de que este consultor no se exprese en lenguaje ordinario es también una ventaja. Se comunica en los términos dramáticamente emocionales de la vida. Debemos compenetrarnos de este lenguaje para comprenderlo. Esto es, debemos identificarnos en mayor grado con esta fuente de información para lograr comprenderla.

Cuando trabajamos con imágenes emotivas, puede resultarnos evidente que hemos entrado en un nuevo espacio del tiempo que apenas podemos comprender. Un tema clave determinado puede permanecer en el trasfondo de nuestra vida a lo largo de todo su transcurso, esperando expresarse. Los traumas críticos de la niñez que solían hallar los psicoanalistas son ejemplos de esto. Asimismo, las personas pueden tener un conjunto completo de valores en su trasfondo, esperando ser expresado. Estas propensiones encubiertas afectan nuestras elecciones y conducta, en una forma sutil que apenas alcanzamos a comprender. Estas propensiones atemporales pueden esperar por siempre, o surgir y cambiar rápidamente. Es como si pudieran evolucionar sólo si atraviesan por nuestras vidas. Si la tendencia encubierta implica suicidio, perversiones extrañas, etc., nos inclinamos a no expresarla. Sin embargo, cuando las vivimos en fantasía, pueden evolucionar en pocos instantes.

Una mujer temía ser homosexual, debido a que sentía el deseo de mirar fotografías de mujeres. Le sugerí que mirara todo lo que quisiese en su fantasía.

El deseo interno de mirar fue de las piernas al busto, y luego sintió el deseo de ser abrazada como una niña por una mujer mayor. Se había criado sin madre y deseaba intensamente vivir la experiencia de tenerla. El real significado y tendencia de lo interno no puede ser comprendido hasta que lo vivimos de algún modo. La fantasía no acarrea peligros. En ella, podemos matar a miles de personas, morir y renacer, todo en pocos minutos. Lo interno es permanente y atemporal cuando no lo vivimos, cuando permanece estancado. Cuando lo vivimos, nos lleva a través de los actos de un drama bien concebido. La grandeza de la trama interna puede apreciarse sólo cuando la observamos retrospectivamente, después de una vida de experiencia.

Resulta también posible intensificar nuestra relación con el proceso interno si intentamos cooperar con sus tendencias, de modo razonable y socialmente aceptable. El hombre excesivamente agotado con un cuello rígido resolvió llevar a su familia a pasear. Esta fue una clara aceptación del mensaje interno y un intento de satisfacer su directiva implícita. Al observar una hoja, un hombre vio a un perro que había atropellado años antes. Había seguido su camino, diciéndose a sí mismo al diablo con él. Ahora el perro había regresado, muriendo nuevamente. La fantasía elaborada señalaba que su falta no residía en el haber matado accidentalmente al perro, sino que en su despreocupación por lo que había hecho. Respetuosamente, sepultó la hoja como si ésta fuera el perro, completando así una escena que había permanecido por mucho tiempo en un lugar recóndito de su pensamiento. Esto parece una respuesta muy primitiva. Sin embargo, muy sabiamente, el hombre había hecho lo que sintió que debía hacer. Una pizca de comprensión y cooperación con nuestra propensión propia y natural nos aligera mucho el camino.

Resumen:

1.- La vida interior surge fácilmente a través de la percepción paciente y relajada de lo que nos sugieren los objetos que se nos presentan, o directamente por medio de la imaginería interna.

2.- Con la práctica, podemos aumentar grandemente esta capacidad, hasta lograr visualizar escenas complejas y coloreadas, en cualquier momento.

3.- Estos son reflejos de nuestra vida interior.

4.- Para aprender de este proceso, necesitamos compenetrarnos del lenguaje dramático de la vida interior, de modo de aclarar el modo en que refleja nuestro yo.

5.- La preocupación clave de la vida interior es el significado y calidad de nuestra vida.

6.- El proceso parece atemporal hasta que logramos expresarlo de algún modo en nuestra vida. Un esfuerzo razonable, en el sentido de satisfacer estas tendencias internas, nos facilita la clarificación de su mensaje.

7.- Este proceso puede ser utilizado para:
– Interiorizar sensaciones corporales, con el fin de captar un mensaje de nuestro cuerpo.
– Clarificar impresiones de otra persona a través de la fantasía.
– Retratar un estado de ánimo, de modo de comprender mejor el mensaje que involucra.
– Proyectar nuestros valores y tendencias, de modo de visualizar mejor nuestras inclinaciones naturales.

Descubrir y utilizar esta capacidad es quizás la terapia efectiva más breve que podamos hacer por nosotros mismos.

Wilson Van Dusen

Extractado por Rodrigo Beltrán de
La Profundidad Natural en el Hombre.- Editorial Cuatro Vientos.

El Funcionamiento de la Consciencia

El Funcionamiento de la Consciencia

Considere su propia consciencia y ponga atención en su contenido. Probablemente encontrará una mezcla de pensamientos, ideas, sensaciones, fantasías. Las imágenes aparecen y desaparecen, las ideas surgen de manera efímera sólo para desaparecer de nuevo. Sube a la superficie un dolor o un sentimiento, después un deseo.

Cómo vamos a conseguir ese contrato? Le veré de nuevo a él, o a ella? Esto tiene buen sabor. Cómo podré ayudar a esa gente? Aparecen estas y muchas otras ideas e imágenes. Aparece un objeto, uno o más árboles, libros, sillas, personas. Nos damos cuenta que otra gente está pasando próxima a nosotros, a medida que se acercan los percibimos como cuerpos individuales, o como voces que flotan en el aire en torno nuestro.

Nos movemos en un espacio tridimensional y manipulamos de manera activa los objetos que percibimos: podemos dar vuelta las páginas de un libro, sentarnos en una silla, hablar a alguien, escuchar a una persona que da una conferencia. Normalmente, el contenido de nuestra consciencia es una representación de la realidad externa y puede ser una realidad lograda en la medida en que sobrevivimos. Existen logros en todos los niveles. En un nivel puede ser: Conseguiré ese empleo?. En otro nivel más inferior podría ser: Atravesaré la calle sin ser atropellado?

Así, si estamos seguros conformes a nuestra experiencia personal de que nuestro mundo tiene alguna validez, daremos otro pequeño paso. Asumimos de manera inmediata que nuestra propia consciencia personal es el mundo, que de alguna manera una realidad objetiva externa es percibida por nosotros en su totalidad. Al fin y al cabo, hemos sido capaces de cortar un árbol y convertirlo en una mesa, hemos bebido del mismo vino que las demás personas en una cena, hemos conseguido un empleo. La mayoría de las personas no ven ningún problema en todo esto; en lo que concierne a los eventos ordinarios, la realidad que experimentamos transcurre sin cambios.

Muchas personas creen que proyectamos imágenes físicas del mundo en una pantalla ubicada en alguna parte de nuestro cerebro. Pero esta idea ingenua de que en alguna forma nuestra mente refleja directamente el mundo no puede ser verdad. Si existiera en alguna parte una pantalla consciente, quién la vería?, un pequeño hombrecito (o mujercita) dentro de nosotros? Además, a veces experimentamos cosas que no están físicamente presentes. Alucinamos, soñamos despiertos, imaginamos, planificamos y deseamos. Y cada noche, al dormir soñamos que estamos viviendo acontecimientos producidos enteramente por nosotros mismos.

Consideremos también la enorme variedad de energías que contactamos en cada momento de nuestras vidas. El aire mejor dicho, nuestro entorno atmosférico – contiene energía electromagnética: la luz, visible, los rayos X, las ondas de radio, la radiación infrarroja. Por otro lado, el aire vibra mediante las cuerdas vocales, instrumentos musicales, vehículos que pasan, el ruido de nuestras pisadas. Todo ello conlleva energía que se transforma en información sonora. Existe una energía constante que proviene del campo gravitacional: varias presiones sobre nuestro cuerpo, movimiento de la materia gaseosa en el aire, y muchos otros fenómenos allí fuera. También generamos nuestros propios estímulos internos: pensamientos, sensaciones orgánicas, actividad muscular, dolores, emociones, sentimientos y muchos otros.

Y todo esto ocurre simultáneamente, no con la misma claridad con la que lo estamos describiendo, y continúa mientras estemos vivos. Imaginemos que podamos ser conscientes de cada uno de estos procesos en cada momento. Veremos que nuestra consciencia personal nunca puede, ni siquiera por un instante, reflejar la totalidad del mundo externo, y sólo debe contentarse con una fracción muy pequeña de la realidad. Ni siquiera poseemos el equipamiento sensorial para percibir muchas de las energías que nos afectan, como los rayos infrarrojos o los rayos ultravioleta.

Entonces surgen una serie de interrogantes, después que nos hemos dado cuenta de las limitaciones de nuestra consciencia. Por qué está limitada? De qué manera selecciona o excluye los estímulos que llegan a ella? Cómo podemos lograr una mente amplia si lo único que podemos hacer es seleccionar una pequeña parte de lo que está ahí afuera?

Una consciencia individual está en su mayor parte orientada hacia la acción. Evoluciona teniendo como objetivo principal asegurar la supervivencia biológica del individuo, privilegiando la atención al mundo externo como miras a sensibilizarse frente a factores amenazantes y al propio bienestar. Existe un instinto de supervivencia de Yo primero que regula esto. Nuestra herencia biológica determina el hecho que seleccionemos la información sensorial que tiene que recibir el cerebro de entre todas la gran cantidad de información que nos llega. Esta es una tarea delicada y se lleva a cabo mediante una vasta red de filtros y sensores que funcionan en fracciones de segundos. Este proceso de selección inmediata clasifica estímulos relacionados con la supervivencia, a partir de los cuales somos capaces de construir, casi de una manera milagrosa, una representación estable del mundo.

Existe tal cantidad de milagros en este sistema, que el científico queda deslumbrado: una serie de ondas muy cortas en el aire se combinan de alguna manera y producen imágenes en la mente; otras, más largas, se convierten en música; un grupo de moléculas se ajustan correctamente en los receptores del paladar y se convierten en el sabor apetitoso de una comida. Y es dentro de nosotros donde se hace todo, y se hace en cada momento del día.

Si podemos darnos cuenta al principio de que nuestra consciencia ordinaria es algo que tenemos que crear necesariamente para sobrevivir en el mundo, también podemos acreditar, al menos como hipótesis de trabajo, que puedan existir otras maneras de cómo se organice el mundo, si no en nosotros mismos, por lo menos en otros organismos.

Hablemos un poco de la selección sensorial. El proceso inicial del sistema de funcionamiento de la mente capta una parte pequeña y específica del mundo exterior y lo lleva al cerebro. Así, normalmente, consideramos que los sentidos son ventanas del mundo: que vemos con nuestros ojos y oímos con nuestros oídos. Pero aunque dicho punto de vista explica nuestra situación, no es enteramente el caso, ya que la función primaria de los sistemas sensoriales considerados como sistemas completos es el de descartar información que es irrelevante para el organismo, como los rayos X, la radiación infrarroja o las ondas ultrasónicas. Estos sistemas nos protegen de ser sobrepasados y confundidos por esta masa de información. Esto lo hacemos intencionalmente, pero nuestra intención va mucho más lejos.

Los sentidos realizan de manera rutinaria dos milagros. En primer lugar, cada órgano sensorial actúa para transformar una clase particular de energía física las ondas cortas de luz, las moléculas de acidez en diferentes clases de energía. Este es el proceso electroquímico de la excitación neurológica, llamado transducción. Un transductor es un transformador de potencia que se utiliza para ampliar la potencia de una señal o para pasar de una forma a otra de energía. Cada sentido posee receptores especializados que son responsables por la transducción de energía externa en lenguaje cerebral. El ojo transduce luz, el oído transduce ondas de sonido, la nariz transduce moléculas gaseosas. En segundo lugar, en algún punto del sistema cerebral y sensorial se produce otra transformación: los millares de millones de explosiones eléctricas y de secreciones químicas de la excitación neurológica se convierten en árboles y pasteles, peces plateados y risas: todo el mundo consciente de la experiencia humana.

Estos dos milagros ocurren en cada momento de nuestras vidas, y son tan continuos y rutinarios que normalmente no somos conscientes de ellos. Estamos en camino de comprender cómo funciona el primer milagro, pero todo el mundo científico permanece completamente desconcertado por el segundo.

Considere el camino más importante de la experiencia sensorial que es el ojo. Responde a la energía radiante electromagnética en el espectro visible, y nos transmite todo nuestro mundo visual: la riqueza de colores de otoño, la complejidad del cielo invernal, la enorme variedad de los rostros humanos y muchas cosas más. Así, pues, es difícil creer que todo el espectro visible no sea sino una pequeña parte de la amplia banda de energía. Todo el espectro de longitud de ondas abarca desde las que tienen menos de una milésima de millón de un metro hasta las que tienen más de 1.000 metros de longitud. Sin embargo, podemos ver únicamente aquella porción que se halla entre las 400 y 700 milésimas de millón de un metro. La totalidad de este espectro visual es, pues, menor unos 3.000 millones de veces de la totalidad de la energía que llega al ojo en la banda electromagnética. Y además de esta energía, muchas otras llegan también al ojo sin ser invitadas: ondas de presión, materia gaseosa, vibraciones mecánicas del aire, etc. El ojo ignora todo esto deliberadamente.

Probablemente, no seríamos capaces de experimentar el mundo tal como existe realmente. Nos separamos de una gran parte antes que nos llegue o se introduzca en nuestro sistema nervioso. Si no poseemos sistemas nerviosos receptivos a una forma dada de energía, si un objeto queda fuera de nuestro alcance, o es demasiado rápido, nunca penetra en nuestra experiencia. Es casi imposible para nosotros incluso imaginar una forma de energía o un objeto que quede fuera de nuestro alcance. A qué se parece la radiación infrarroja, o un rayo X? Cuál sería el sonido de una nota de un solo ciclo? De una manera aproximada, esto es quizás lo que quiere decir el Zen cuando habla del sonido de una sola mano.

Tenemos que considerar que cada especie animal posee una serie especial de analizadores de las características de los diferentes estímulos con que los bombardea su ambiente, eligiendo los objetos y los acontecimientos que son importantes para su supervivencia. Se ha analizado el cortex visual de ranas, gatos y monos, entre otros. Lo que más nos distingue como organismos diferentes de ellos es el hecho que las vías de sensación se han hecho más complejas y múltiples y que aumenta la flexibilidad debido a la complejidad del cerebro y a los sistemas nerviosos sensoriales. Esta posibilidad de volver a seleccionar es parecida a la de un computador, es decir, la capacidad de ajustar los programas en diferentes entornos.

Usted puede experimentar este nivel superior de selectividad. En una reunión en la que haya varias personas hablando al mismo tiempo, cierre los ojos y escuche hablar a una de ellas; después desconéctese de esa persona y escuche a otra. Tal vez se sorprenda de lo fácil que es seleccionar su atención de esa manera. De hecho, tenemos muy pocas razones para sorprendernos por esta capacidad, puesto que continuamente estamos seleccionando para satisfacer nuestras necesidades y expectativas, pero esta sorpresa se produce porque normalmente no somos conscientes de dicho proceso de autoselección.

El proceso de selección es programable, dentro de los límites sensoriales fijados. Con frecuencia se halla dirigido por la necesidad. Cuando transpiramos en verano preferimos alimentos más salados de lo habitual. No nos hacemos conscientemente el razonamiento de que necesitamos más sal y que tenemos que agregarla a nuestra dieta. Simplemente, preferimos los alimentos que en otra oportunidades consideraríamos demasiado salados. Y la gente también difiere en esto: muchos platos están demasiado salados para algunos mientras que otros les agregan sal. Tiene que ver con la presión arterial, estos últimos adolecen de presión baja.

Los procesos visuales

Una visión ingenua del cerebro y del sistema nervioso ha estimulado investigaciones útiles en psicología. Recuerde que los globos oculares invierten la luz de izquierda a derecha y desde arriba hacia abajo. La idea de que hacia arriba es importante presupone que vemos lo que existe.

Puesto que no vemos una realidad externa, la cuestión no tiene sentido realmente. Todo lo que se requiere para que veamos es una relación constante entre el objeto externo y el patrón de excitación en la retina. En los seres humanos este patrón puede ser radicalmente transformado sin que se produzcan demasiadas dificultades.

Si se invierte el campo visual de un pez de colores mediante una intervención de rotación quirúrgica, éste nunca se adaptará a dicha alteración en la recepción de sus impulsos sensoriales: tal vez incluso muera mientras nada en círculo buscando comida. Por el contrario, si el mundo de un ser humano es alterado de esta manera, con frecuencia se produce una rápida adaptación. Puesto que no hacemos experimentos quirúrgicos con las personas, los estudios se hacen sin distorsionar los glóbulos oculares. Tras un período de ajuste, un hombre puede pedalear en una bicicleta en medio de una ciudad llena de gente, llevando lentes especialmente diseñados para una visión invertida.

La consciencia funciona en un continuo proceso mediante el cual un organismo se adapta al entorno inmediato. La imagen de la retina nunca se vuelve hacia arriba. No necesitamos estos giros o correcciones en una imagen; todo lo que necesitamos para adaptarnos al mundo externo es una información constante. La imagen sobre la retina está de hecho invertida, y es oscurecida constantemente por el pestañeo, puntos ciegos y vasos sanguíneos, y, sin embargo, nos adaptamos a todo ello. Las varillas y conos, los fotorreceptores del ojo, están de hecho detrás de los vasos sanguíneos, y actúan a partir de la luz que llega.

A finales del siglo XIX, el psicólogo George Stratton razonaba que si la consciencia es un proceso de adaptación al entorno, entonces sería posible aprender a adaptarse a un ajuste completamente diferente de la información visual en la medida de que ésta fuera continua. Para verificar esta hipótesis, Stratton llevó en un ojo una lente especial en forma de prisma, de manera que veía todo con una inclinación de 180 grados. El mundo estaba patas arriba: lo de arriba, lo de abajo, lo de la derecha y de la izquierda quedaban invertidos.

Stratton tenía al principio una gran dificultad en hacer cosas simples, como llegar a un sitio o agarrar algo. Cuando caminaba, lo hacía de manera vacilante, y tropezando con todo. Pero luego comenzó a adaptarse. Tan sólo a tres días de llevar la lente invertida, escribió Andar a través de los estrechos espacios entre los muebles requiere de mucho menos arte que hasta ahora. Podía observar mis manos mientras escribía, sin titubeos ni incomodidades de ninguna clase. Hacia el quinto día se quitó la lente y escribió: El orden inverso de cada cosa a la que me había acostumbrado durante la última semana proporcionó al paisaje un desconcierto sorprendente que duró unas cuantas horas. Una vez que Stratton se había adaptado a una nueva relación entre la información y la percepción, le llevó un tiempo desaprenderla.

Stratton escribió en 1896, a partir de los resultados: Las diferentes percepciones sensoriales, cualquiera que sea el curso último de su extensión, se organizan en un sistema espacial armonioso. Se descubre que la armonía consiste en hacer que las experiencias externas satisfagan nuestras expectativas.

Más de sesenta años después, Ivo Kohler llevó a cabo experimentos posteriores sobre el reajuste óptico. Sus observadores usaron lentes distorsionantes durante varias semanas. Al principio, todos ellos tuvieron muchas dificultades para ver el mundo, pero en pocas semanas se habían adaptado. Uno de los experimentadores de Kohler fue capaz de esquiar llevando lentes de distorsión. Las personas pueden también aprender a adaptarse a distorsiones de color. En otra de las demostraciones de Kohler, sus experimentadores llevaron gafas con una lente roja y la otra verde. En pocas horas no percibían ninguna diferencia de color entre la lentes.

La experiencia consciente inmediata

Si uno no piensa en ello, nada parece más simple que experimentar el entorno. En este momento puedo ver hiedra y césped, oír música a distancia y ver fácilmente el cielo azul a lo lejos. Puedo entrar en una habitación y ver a mi amigo Dennis. Puedo hablarle, tal vez preguntarle sobre un proyecto en que está trabajando. Es una experiencia corriente que no merece excesivo análisis, o al menos eso parece.

Pero cuesta mucho trabajo hacer que las cosas sigan siendo simples. Esta experiencia simple y común es, de hecho, el resultado de muchas operaciones difíciles y complejas. Podemos ser conscientes de lo que percibimos, pero no somos normalmente conscientes del proceso mental que se halla detrás de la escena y que hace posible la percepción. Para ver a alguien, por ejemplo a mi amigo Dennis, primero tengo que seleccionar información del entorno. Tan sólo unos pocos de los millones de estímulos que alcanzan los receptores sensoriales proporcionan alguna información sobre Dennis y la habitación. Estas informaciones sensoriales en bruto son seleccionadas y organizadas previamente.

Esa extensión de rojo que vemos la percibimos como el sofá, lo gris es su camisa, la voz lo identifica como Dennis, no como Fred. Esta experiencia implica mucho más de lo que encuentra el ojo y los oídos. Una vez que ha reunido a Dennis, va más allá de esa información inmediata. A continuación asume que es la misma persona que era antes, con los mismos recuerdos, intereses y experiencias. El primer componente de las experiencias conscientes – la percepción – implica escoger información sobre el mundo, organizarla y hacer deducciones sobre el entorno en un ciclo continuo.

Para que nos sirvan, nuestras experiencias deben reflejar con exactitud el mundo a nuestro alrededor. Las personas que se acercan han de ser vistas, si queremos evitar chocar con ellas. Tenemos que ser capaces de identificar los alimentos antes de comerlos. Los sentidos actúan como recolectores de información y selectores de la percepción. Seleccionan información sobre el color, sobre el gusto y el sonido, que son relevantes para nuestra supervivencia. Lo que percibe un organismo depende del entorno. Las características de un entorno son descritas por los psicólogos ecológicos.

Dos de sus rasgos son:

1- Capacidad de dar.- Cada objeto del entorno presenta una rica fuente de información. Un poste proporciona información sobre sus verdaderos ángulos; un tomate la proporciona sobre su redondez, su color y su sabor; un árbol sobre su verdor, el color de su fruta y otros atributos.

2.- Invariabilidad.- El entorno externo contiene muchos diferentes objetos. Cada uno ofrece a la persona que lo percibe ciertos rasgos invariables. Cada objeto ordinario, por ejemplo un poste, presenta información inalterable o invariable – sobre sí cuando nos acercamos a él. Existen patrones que son comunes a todos los objetos: se hacen más pequeños a medida que aumenta la distancia de la persona que los percibe; las líneas convergen en el horizonte; cuando un objeto está más cerca, impide la visión de otro más lejano.

El primer nivel de nuestra consciencia implica un organismo que escoge la información ofrecida por el entorno y la utiliza. Pero la información sensorial es en general tan compleja que debe ser simplificada y organizada. El sistema mental operativo está tan especializado para organizar la información sensorial que intenta organizar las cosas en patrones, incluso cuando no existe ninguno. Miramos una nube y vemos formas en ella: una ballena, una daga.

El arte óptico, que se popularizó en los años 60, jugaba con esta predisposición a organizar. Este arte es al mismo tiempo fascinante y perturbador, porque continuamente estamos intentando organizar ciertas figuras que están diseñadas por el artista para que carezcan de organización. Igual ocurre con el test de Rorschach, donde manchas de tinta producidas al azar son interpretadas como formas, según nuestro trasfondo psicológico.

Las leyes de la organización mental son también las bases del enfoque de la psicología gestáltica. Gestalt es una palabra alemana que no tiene equivalente en otros idiomas, pero que significa aproximadamente crear una forma. Una gestalt es la organización inmediata de la forma de un objeto. Recibimos de manera instantánea estímulos como formas completas, no desconectadas. Vemos las líneas de un dibujo como un cuadrado, por ejemplo. No vemos las cuatro líneas individuales; nos damos cuenta que todas ellas forman ángulos rectos con las demás, consideramos que todas ella tendrían que ser de la misma longitud y decidimos que eso es un cuadrado. De inmediato se percibe el dibujo como una totalidad y no como la suma de sus partes.

Interpretación: ir más allá de la información dada

A pesar del hecho de que existe una gran riqueza de información que nos llega, los datos que recibimos en cualquier momento son con frecuencia incompletos. Tal vez captemos sólo un vislumbre del color de la camisa de nuestro amigo Dennis o escuchemos sólo una o dos palabras pronunciadas por él, pero igualmente le reconocemos. Si miramos nuestra máquina de escribir de frente o cualquier artefacto de uso común suponemos existentes todas aquellas partes de su estructura que no están a nuestra vista y la reconocemos como lo que es. Es muy fuerte la tendencia a completar las lagunas. Eso posibilita la lectura rápida. Algunas personas leen en diagonal, otras barren con su vista el centro de la página. En ambas técnicas completamos las partes faltantes. Generalmente esto se justifica como visión periférica. Es que para actuar con rapidez y seguridad en el mundo, damos por sentada gran parte de la información que falta.

Habitualmente somos inconscientes de las operaciones de nuestra mente. No sentimos ni los estímulos aislados ni las leyes de organización que les son aplicadas. En vez de eso hacemos lo que se llama en psicología inferencias inconscientes. Casi sacamos literalmente conclusiones según las sugerencias y claves que llegan a los sentidos. En el siglo XIX, el científico Hermann Helmholtz comparaba esto con el proceder del astrónomo que está obligado a completar las lagunas de su información.

Un astrónomo llega a conclusiones realmente conscientes del tipo que estamos analizando cuando computa las posiciones de las estrellas en el espacio, sus distancias y otros datos, a partir de las imágenes en perspectivas que ha obtenido de ellas en varios períodos de observación diferentes desde distintos puntos de la tierra. Sus conclusiones se basan en un conocimiento consciente de las leyes de la óptica. En los actos habituales de visión, falta ese conocimiento científico, y, sin embargo, igual existen conclusiones inconscientes en la percepción ordinaria, pudiendo hacerse una cierta distinción entre ellas y las conclusiones llamadas conscientes en el área científica.

El mundo asumido.

Para actuar con rapidez, presuponemos un montón de cosas sobre el mundo que percibimos. Si les digo que Dennis está en una habitación, inmediatamente dan por sentado que esta tiene cuatro paredes, un suelo, un techo, y, probablemente, algunos muebles. Al entrar en la habitación, no la inspeccionamos inmediatamente para determinar si las paredes forman ángulos rectos o si la habitación está todavía donde la dejamos. Si inspeccionásemos constantemente todas las cosas de nuestro entorno, no habría tiempo de hacer nada más. Si gran parte de nuestra experiencia es asumida de antemano, se deduce que si cambian nuestras presuposiciones, también cambiará nuestra conducta.

Otros elementos determinantes de la experiencia son los valores y las necesidades. Cuando se les pide a niños pequeños que dibujen a sus padres, dibujan de mayor tamaño al padre (o madre) que aman más. Se ha estudiado la influencia de los prejuicios en la percepción de partidos de futbol. Los hinchas del equipo perdedor dirán que los contrarios se portaron en forma violenta y agresiva, cometiendo faltas que el árbitro pasó por alto. En cambio, los hinchas del equipo ganador dirán que el juego fue duro, pero correcto y que, en definitiva, ganó el mejor.

Así, pues, la mayoría de nuestras experiencias de lo que existe fuera de nosotros son en realidad transposiciones de diferentes grados de estimulación en el mundo externo. Y esta caracterización de la consciencia es con frecuencia sorprendente para muchas personas: no existen colores en la naturaleza, ni sonidos, ni sabores. Fuera de nosotros existe algo frío, tranquilo y sin color. Somos nosotros quienes creamos los sonidos a partir de las ondas de aire; somos nosotros quienes creamos colores a partir de vibraciones similares, aunque de frecuencia menor; y somos nosotros quienes transformamos moléculas que concuerdan en ajustarse a espacios en nuestra lengua como filete de ternera o salsa boloñesa. Todas estas cosas constituyen dimensiones de la experiencia humana, no dimensiones del mundo externo.

Para concluir: nosotros no experimentamos realmente el mundo externo; sólo captamos una porción muy refinada del mismo, una porción seleccionada para sobrevivir. Esta selección humana de la realidad nos mantiene a salvo de perturbaciones, nos proporciona suficiente información para manejar nuestro cuerpo, para mantenernos saludables y, lo que es más importante, para reproducirnos y sobrevivir.

Robert Ornstein

Traducido y extractado por Carmen Bustos de
Nature of Human Consciousness.- Robert Ornstein
Viking Press Inc.- USA.