HERMES

HERMES

Hermes

Los Misterios de Egipto

¡Oh, alma ciega! Ármate con la antorcha de los Misterios, y en la noche terrestre descubrirás tu Doble luminoso, tu alma celeste. Sigue a ese divino guía, y que él sea tu Genio. Porque él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras.

(Llamada a los iniciados, del Libro de los Muertos).

Escuchad en vosotros mismos y mirad en el Infinito del Espacio y del Tiempo. Allí se oye el canto de los Astros, la voz de los Números, la armonía de las Esferas.

Cada sol es un pensamiento de Dios y cada planeta un modo de este pensamiento. Para conocer el pensamiento divino, ¡oh, almas!, es para lo que bajáis y subís penosamente el camino de los siete planetas y de sus siete cielos.

¿Qué hacen los astros? ¿Qué dicen los números? ¿Qué ruedan las Esferas? ¡Oh, almas perdidas o salvadas!: ¡ellos dicen, ellos cantan, ellas ruedan, vuestros destinos!

(Fragmentos de Hermes)

I.- La Esfinge

Frente a Babilonia, metrópoli tenebrosa del despotismo, Egipto fue en el mundo antiguo una verdadera ciudadela de la ciencia sagrada, una escuela para sus más ilustres profetas, un refugio y un laboratorio de las más nobles tradiciones de la Humanidad. Gracias a excavaciones inmensas, el pueblo egipcio nos es hoy mejor conocido que ninguna de las civilizaciones que precedieron a la griega, porque nos vuelve a abrir su historia, escrita sobre páginas de piedra. Se desentierran sus monumentos, se descifran sus jeroglíficos, y sin embargo, nos falta aún penetrar en el más profundo arcano de su pensamiento. Ese arcano es la doctrina oculta de los sacerdotes. Aquella doctrina, científicamente cultivada en los templos, prudentemente velada bajo los misterios, nos muestra al mismo tiempo el alma de Egipto, el secreto de su política, y su capital papel en la historia universal.

Nuestros historiadores hablan de los faraones en el mismo tono que de los déspotas de Nínive y de Babilonia. Para ellos, Egipto es una monarquía absoluta y conquistadora como Asiria, y no difiere de ésta más que porque aquella duró algunos miles de años más. ¿Sospechan ellos que en Asiria la monarquía aplastó al sacerdocio para hacer de él un instrumento, mientras que en Egipto el sacerdocio disciplinó a los reyes, no abdicó jamás ni aún en las peores épocas, arrojando del trono a los déspotas, gobernando siempre a la nación; y eso por una superioridad intelectual, por una sabiduría profunda y oculta, que ninguna corporación educadora ha igualado jamás en ningún país ni tiempo? Cuesta trabajo creerlo. Porque, bien lejos de deducir las innumerables consecuencias de ese hecho esencial, nuestros historiadores lo han entrevisto apenas, y parecen no concederle ninguna importancia. Sin embargo, no es preciso ser arqueólogo o lingüista para comprender que el odio implacable entre Asiria y Egipto procede de que los dos pueblos representaban en el mundo dos principios opuestos, y que el pueblo egipcio debió su larga duración a una armazón religiosa y científica más fuerte que todas las revoluciones.

Desde la época aria, a través del período turbulento que siguió a los tiempos védicos hasta la conquista persa y la época alejandrina, es decir, durante un lapso de más de cinco mil años, Egipto fue la fortaleza de las puras y altas doctrinas cuyo conjunto constituye la ciencia de los principios y que pudiera llamarse la ortodoxia esotérica de la antigüedad. Cincuenta dinastías pudieron sucederse y el Nilo arrastrar sus aluviones sobre ciudades enteras; la invasión fenicia pudo inundar el país y ser de él expulsada: en medio de los flujos y reflujos de la historia, bajo la aparente idolatría de su politeísmo exterior, el Egipto guardó el viejo fondo de su teogonía oculta y su organización sacerdotal. Ésta resistió a los siglos, como la pirámide de Gizeh medio enterrada entre la arena, pero intacta. Gracias a esa inmovilidad de esfinge que guarda su secreto, a esa resistencia de granito, el Egipto llegó a ser el eje alrededor del cual evolucionó el pensamiento religioso  de la Humanidad al pasar de Asia a Europa. La Judea, la Grecia, la Etruria, son otras tantas almas de vida que formaron civilizaciones diversas. Pero, ¿de dónde extrajeron sus ideas madres, sino de la reserva orgánica del viejo Egipto? Moisés y Orfeo crearon dos religiones opuestas y prodigiosas: la una por su austero monoteísmo, la otra por su politeísmo deslumbrador. Pero, ¿dónde se moldeó su genio? ¿Dónde encontró el uno la fuerza, la energía, la audacia de refundir un pueblo salvaje como se refunde el bronce en un horno, y dónde encontró el otro la magia de hacer hablar a los dioses como una lira armonizada con el alma de sus bárbaros embelesados? En los templos de Osiris, en la antigua Thebas, que los iniciados llamaban la ciudad del Sol o el Arca solar, porque contenía la síntesis de la ciencia divina y todos los secretos de la iniciación.

Todos los años, en el solsticio de verano, cuando caen las lluvias torrenciales en la Abisinia, el Nilo cambia de color y toma ese matiz de sangre de que habla la Biblia. El río crece hasta el equinoccio de otoño, y sepulta bajo sus ondas el horizonte de sus orillas. Pero, en pie sobre sus mesetas graníticas, bajo el sol que ciega, los templos tallados en plena roca, las necrópolis, las portadas, las pirámides, reflejan la majestad de sus ruinas en el Nilo convertido en mar. Así, el sacerdote egipcio atravesó los siglos con su organización y sus símbolos, arcanos impenetrables de su ciencia, en aquellas criptas y en aquellas pirámides se elaboró la admirable doctrina del Verbo Luz, de la Palabra Universal, que Moisés encerrará en su arca de oro, y cuya antorcha viva será Cristo.

La verdad es inmutable en sí misma, y sólo ella sobrevive a todo; pero cambia de moradas como de formas y sus revelaciones son intermitentes. “La Luz de Osiris”, que en la antigüedad iluminaba para los iniciados las profundidades de la naturaleza y las bóvedas celestes, se ha extinguido para siempre en las criptas abandonadas. Se ha realizado la palabra de Hermes a Asklepios: “¡Oh Egipto, Egipto!, sólo quedarán de ti fábulas increíbles para las generaciones futuras, y nada durará de ti más que palabras grabadas en piedras.”

Sin embargo, un rayo de aquel misterioso sol de los santuarios es lo que quisiéramos hacer revivir siguiendo la vía secreta de la antigua iniciación egipcia, en cuanto lo permite la intuición esotérica y la refracción de las edades. Pero antes de entrar en el templo, lancemos una ojeada sobre las grandes fases que atravesó el Egipto antes del tiempo de los Hicsos.

Casi tan vieja como la armazón de nuestros continentes, la primera civilización egipcia se remonta a la antiquísima raza roja. La esfinge colosal de Giseh, situada junto a la gran pirámide, es obra suya. En tiempos en que el Delta -formado más tarde por los aluviones del Nilo- no existía aún, el animal monstruoso y simbólico estaba ya tendido sobre su colina de granito, ante la cadena de los montes líbicos, y miraba el mar romperse a sus pies, allí donde se extiende hoy la arena del desierto. La esfinge, esa primera creación de Egipto, se ha convertido en su símbolo principal, su marca distintiva. El más antiguo sacerdocio humano la esculpió, imagen de la Naturaleza tranquila y terrible en su misterio. Una cabeza de hombre sale de un cuerpo de toro con garras de león, y repliega sus alas de águila a los costados. Es la Isis terrestre, la Naturaleza en la unidad viviente de sus reinos. Porque ya aquellos sacerdotes inmemoriales sabían y señalaban que en la gran evolución, la naturaleza humana emerge de la naturaleza animal. En ese compuesto del toro, del león, del águila y del hombre están también encerrados los cuatro animales de la visión de Ezequiel, representando cuatro elementos constitutivos del microcosmos y del macrocosmos: el agua, la tierra, el aire y el fuego, base de la ciencia oculta. Por esta razón, cuando los iniciados vean el animal sagrado tendido en el pórtico de los templos o en el fondo de las criptas, sentirán vivir aquel misterio en sí mismos y replegarán en silencio las alas de su espíritu sobre la verdad interna. Porque antes de Aedipo, sabrán que la clave del enigma de la esfinge es el hombre, el microcosmos, el agente divino, que reúne en sí todos los elementos y todas las fuerzas de la naturaleza.

esfinge de Giseh

La raza roja no ha dejado otro testigo que la esfinge de Giseh; prueba irrecusable de que había formulado y resuelto a su manera el gran problema.

II. Hermes

La raza negra que sucedió a la raza roja austral en la dominación del mundo, hizo del alto Egipto su principal santuario. El nombre de Hermes Toth, ese misterioso y primer iniciador del Egipto en las doctrinas sagradas, se relaciona sin duda con una primera y pacífica mezcla de la raza blanca y de la raza negra en las regiones de la Etiopía y del alto Egipto, largo tiempo antes de la época aria. Hermes es un nombre genérico como Manú y Buddha pues designa a la vez a un hombre, a una casta y a un Dios. Como hombre, Hermes es el primero, el gran iniciador del Egipto; como casta, es el sacerdocio depositario de las tradiciones ocultas; como Dios, es el planeta Mercurio, asimilado con su esfera a una categoría de espíritus, de iniciadores divinos; en una palabra: Hermes preside a la región supraterrena de la iniciación celeste. En la economía espiritual del mundo, todas esas cosas están ligadas por secretas afinidades como por un hilo invisible. El nombre de Hermes es un talismán que las resume, un sonido mágico que las evoca. De ahí su prestigio. Los griegos, discípulos de los egipcios, le llamaron Hermes Trismegisto o tres veces grande, porque era considerado como rey, legislador y sacerdote. Él caracteriza a una época en que el sacerdocio, la magistratura y la monarquía se encontraban reunidos en un solo cuerpo gobernante. La cronología egipcia de Manetón llama a esa época el reino de los dioses. No había entonces ni papiros ni escritura fonética, pero la ideografía existía ya: la ciencia del sacerdocio estaba inscrita en jeroglíficos sobre las columnas y los muros de las criptas. Considerablemente aumentada, pasó más tarde a las bibliotecas de los templos. Los egipcios atribuían a Hermes cuarenta y dos libros sobre la ciencia oculta. El libro griego conocido por el nombre de Hermes Trismegisto encierra ciertamente restos alterados, pero infinitamente preciosos, de la antigua teogonía, que es como el fiat lux de donde Moisés y Orfeo recibieron sus primeros rayos. La doctrina del Fuego Principio y del Verbo Luz, encerrada en la Visión de Hermes, será como la cúspide y el centro de la iniciación egipcia.

Trataremos ahora de encontrar esta visión de los maestros, en rosa mística que se abre en la noche del santuario y en el arcano de las grandes religiones. Ciertas palabras de Hermes, impregnadas de sabiduría antigua, son propias para prepararnos a ello. “Ninguno de nuestros pensamientos –dice a su discípulo Asklepios- puede concebir a Dios, ni lengua alguna puede definirle. Lo que es incorpóreo, invisible, sin forma, no puede ser percibido por nuestros sentidos; lo que es eterno, no puede ser medido por la corta regla del tiempo. Dios es, pues, inefable. Dios puede, es verdad, comunicar a algunos elegidos la facultad de elevarse sobre las cosas naturales para percibir alguna radiación de su perfección suprema; pero esos elegidos no encuentran palabra para traducir en lenguaje vulgar la Visión inmaterial que les ha hecho estremecer. Ellos pueden explicar a la humanidad las causas secundarias de las creaciones que pasan bajo sus ojos como imágenes de la vida universal, pero la causa primera queda velada y no llegaríamos a comprenderla más que atravesando la muerte.” Así hablaba Hermes del Dios desconocido, en el pórtico de las criptas. Los discípulos que penetraban con él en sus profundidades, aprendían a conocerle como ser viviente.

El libro habla de su muerte como de la partida de un dios. “Hermes vio el conjunto de las cosas, y habiendo visto, comprendió, y habiendo comprendido, tenía el poder de manifestar y de revelar. Lo que pensó lo escribió; lo que escribió lo ocultó en gran parte, callándose con prudencia y hablando a la vez, a fin de que toda la duración del mundo por venir buscase esas cosas. Y así, habiendo ordenado a los dioses sus hermanos que le sirvieran de cortejo, subió a las estrellas”.

El Simbolismo de los Colores

El Simbolismo de los Colores

Indiscutiblemente, los colores tienen su propio valor de expresión y pueden influir directamente sobre la psiquis, como se revela por los renovados intentos de volver a establecer una cromoterapia que se ocupe positivamente de curar trastornos psíquicos y psicosomáticos, lo que ya se hacía en la antigüedad.

Hay que tener en cuenta que los colores provocan reacciones y emociones diferentes en los seres humanos, que prefieren o rechazan determinados colores. Por esto, se han creados varios tests cromáticos para medir estas reacciones con fines de diagnóstico.

Es evidente que los colores se revelan como esenciales para nuestro equilibrio. Según sean alegres o sombríos los que nos rodean, nuestro humor se modifica como por una sutil osmosis. Cada tono envía su vibración con su propia fuerza de impacto y su carga de influencia. Cada uno posee un magnetismo particular que estimula, inconscientemente, ciertas reacciones nerviosas y psíquicas. De acuerdo a nuestra personalidad -según la astrología- hay colores favorables y desfavorables benéficos o nefastos, agradables o desagradables.

En la alquimia se observa un singular simbolismo de los colores, según el cual el verde significaba un fuerte disolvente; el rojo y el blanco representaban los principios primarios del azufre y del mercurio. Entre los antiguos mayas de la América central, los puntos cardinales en el orden de sucesión de este, norte, oeste
y sur, se relacionaban con el rojo, blanco, negro y amarillo. En tanto en la antigua China, el este, sur, oeste, norte y centro eran representados por los colores, azul, rojo, blanco, negro y amarillo.

Durante el Renacimiento se desarrolló un complicado simbolismo en relación a los planetas, los metales y los colores heráldicos de los escudos de nobleza. El Sol era el amarillo y el oro; la Luna, el blanco y la plata; Marte, el rojo y el hierro; Júpiter, el azul y el estaño; Saturno, el negro y el plomo; Venus, el verde y el cobre; Mercurio, la púrpura y el azogue.

El oro o amarillo significaba virtud, entendimiento, prestigio y majestad; el blanco y la plata, pureza, inocencia y alegría; el rojo, ansia ardiente de virtud y un corazón entregado a Dios; el azul, constancia, lealtad, ciencia y devoción para con Dios; el negro, tristeza, humildad, infortunio, y peligro; el verde, libertad, belleza, alegría, salud, esperanza y mansedumbre; el púrpura o violeta, vestidura regia; el anaranjado, fama inconstante.

Si bien en el arco iris aparecen siete colores, hay más de setecientos matices diferentes: pero sólo nos referiremos a los arquetipos fundamentales: blanco, azul, violeta, rojo, naranja, amarillo, verde, castaño, negro.

Blanco: Es como la luz original existente antes que el Dios del Génesis creara el cielo y la tierra. Puede entenderse como la unión completa de todos los colores del espectro de la luz, como símbolo de la inocencia aún no influída ni enturbiada por la Creación, o como fin definitivo de la persona purificada. Color de la unidad y de la pureza, fue siempre empleado como tal en los ritos de iniciación de todas las religiones. Es unidad porque sólo él refleja todos los rayos luminosos de donde emanan los colores primitivos y la infinita variedad de matices que dan vida a la naturaleza. El blanco es como un espejo que refleja el universo, su vibración nos devuelve a nosotros mismos, nos entrega una imagen de nuestra inocencia perdida, nos purifica de las miasmas de la vida, representando un ideal de claridad y trasparencia.

En los ritos paganos se sacrificaban animales blancos a los dioses celestes, en cambio, a los dioses del mundo subterráneo se ofrecían animales negros.

En la tradición china, el blanco es el color de la vejez, del otoño, del oeste y del infortunio, aunque también el de la virginidad y de la pureza. Lo consideran como el color del luto por los muertos, tal vez a causa de la palidez de la muerte. En los sueños, un caballo blanco puede interpretarse como el presentimiento de una muerte. En muchas culturas aparecen fantasmas o espectros como figuras blancas.

En la alquimia, lo blanco (albedo) es la señal de que, después de lo negro (nigredo), la materia prima se encuentra en el camino que conduce a la piedra filosofal.

Azul: Es el color que más se considera como símbolo espiritual. Se le compara con la trasparencia del aire, del agua, del cristal y del diamante. También con el mar, el cielo, el espacio, puesto que no bloquean la mirada sino que la dejan perderse en ellos. Envía una vibración de equilibrio, de armonía y de alegría de vivir. Agranda el espacio a la vez que lo vuelve luminoso. El azul, todo profundidad y frescura, contiene una promesa de libertad. Simboliza la calma de una mar tranquila, la suavidad de modales, la ternura, el amor a la vida. Representa la plenitud de los más fervientes anhelos de unificación y de comunión con la naturaleza, la verdad y la confianza, el amor y la dedicación, la sumisión y la devoción. Simboliza lo tradicional, los valores permanentes, la eternidad sin tiempo.

La contemplación de este color – mientras más oscuro, mejor – tiene un efecto pacificante para el sistema nervioso central. La presión de la sangre, los ritmos del pulso y de la respiración se lentifican, dando lugar
a la actuación de los mecanismos auto-protectores de organismo y produciendo una tranquilidad saludable. Los lugares donde uno busca relajarse debieran tener reflejos azules. Un entorno azul oscuro es lo más adecuado para practicar meditación. La luz azul hace volver el sueño en algunos casos de insomnios rebeldes.

Cuando este color es el preferido por una persona en un test, revela una necesidad por quietud, paz, armonía, descanso, relajación y oportunidad para equilibrarse interiormente. Se desea un entorno calmo y ordenado, libre de disturbios y presiones, en el que los eventos puedan desenvolverse en forma suave a lo largo de líneas más o menos tradicionales, y donde las relaciones con los demás sean plácidas y libres de confrontaciones. Muestra una necesidad de sentir que se puede confiar en quienes lo rodean y de percibir que ellos a su vez confían en él.

Si este color es rechazado, significa que existe una intensa frustración por la carencia de todo lo descrito anteriormente, lo que conduce a un estado de ansiedad e, incluso, de angustia. Hay desasosiego, desaliento, deseos de escapar cortando todo tipo de lazos, sean emocionales, sociales o laborales. Hay falta de concentración, dificultades de aprendizaje en los niños, conducta inconsistente y agitación mental. Esta profunda inestabilidad puede llevar a la búsqueda de compensaciones, ya sea por una conducta sexual promiscua o por la práctica de deportes de alto riesgo. Si esa situación se prolonga demasiado tiempo, conduce a perturbaciones del sistema nervioso y a trastornos cardiovasculares.

Es aconsejado para calmar las neuralgias, el asma, los reumatismos, las crisis nerviosas y la hipertensión por sus propiedades analgésicas y antiespasmódicas.

Violeta: Es una mezcla de azul y rojo y simboliza tradicionalmente espiritualidad unida a la sangre del sacrificio. En el uso litúrgico, se vincula a conceptos de penitencia, expiación y conversión. Se usa en la Iglesia Católica durante el tiempo de reflexión de Adviento, próximo a la Navidad. Con un poco más de rojo, da origen al púrpura de los antiguos mantos imperiales, el que se extraía de dos especies de caracoles marinos y que era sumamente caro en la Edad Media.

Al unificar la conquista impulsiva del rojo y la sumisión gentil del azul, llega a ser representativo de la identificación. Esta es una especie de unión mística, un alto grado de sensitiva intimidad que conduce a una completa fusión entre el sujeto y el objeto, como si todo lo que se pensara y deseara pudiera transformarse en realidad. Es como un espejismo, un encantamiento, un sueño realizado en la imaginación, un estado mágico en el que la persona pretende fascinar a otros y cree conseguirlo. Existe una incapacidad para distinguir entre los sueños y los hechos reales.

Las personas mentalmente maduras nunca prefieren ese color en un test; pero sí lo hacen los preadolescentes – que todavía viven en el mundo de la lámpara de Aladino- las mujeres embarazadas, los homosexuales (hombres y mujeres), las razas indígenas en las que prevalece aún el animismo. También se ha observado esta preferencia en personas con problemas de la glándula tiroides. En todos estos casos indica inseguridad emocional, la que debe tratarse con especial comprensión, gentileza y afecto.

Cuando este color es rechazado, significa que el anhelo por una intimidad mística con otro ha sido reprimido por su aparente imposibilidad. Esto implica también un rechazo a involucrarse profundamente en cualquier tipo de relación, sea personal o profesional.

Rojo: En forma de óxido de hierro ha acompañado al hombre desde épocas Inmemoriales y se empleó abundantemente en las pinturas rupestres que han llegado hasta nuestros días. En la antigua China era el color sagrado, revitalizador de la dinastía Chou (lO5O-256 AC). Rojo también era el color del dios de la buena suerte que concedía la riqueza. En el arte cristiano tradicional es el color de la sangre del sacrificio de Cristo y de los mártires, del amor fervoroso a Dios y de las llamas del Espíritu Santo en Pentecostés.

En la alquimia, el rojo está relacionado con el blanco para formar un sistema dual en el que simboliza el azufre, el que quema. En la francmasonería, el rojo designa el sistema de altos grados del rito escocés. Se considera que en los sueños significa que la persona está preparada para la acción, se inicia la conquista y los sufrimientos; es entrega y también tribulación; es sobre todo una futura relación sentimental.

Se considera agresivo, vital, cargado de energía, afín al fuego, y sugiere tanto el amor como la lucha entre
la vida y la muerte. Es como la sangre y la pasión. Excita y estimula la mente, aumenta la tensión muscular y la capacidad de la respiración. Caliente e irritante, se desaconseja a los enfermos, para estados de ánimo introvertidos y melancólicos su efecto es inoportuno y repelente. Se dice que exalta los impulsos eróticos
y el entusiasmo. Es excitante para los sanguíneos, estimulante para los linfáticos o los convalecientes, levanta la actividad psíquica en la neurastenia depresiva. Acrecienta la actividad sexual del hombre, es el color del calor y del movimiento. Esencialmente dinámico, es necesario poner atención en su potencia, la que conviene saber dosificar. Despierta la energía vital y el deseo, la voluntad de conquista y el apetito de aventuras riesgosas.

El rechazo al rojo acompaña frecuentemente a la fatiga psíquica y nerviosa, a la falta de vitalidad, inquietud, impotencia o pérdida de apetito sexual. Por el contrario, un gusto demasiado pronunciado por este color atestigua un temperamento exorbitante, que puede llevar a la ninfomanía o satiromanía, estados en los que es imposible hallar la satisfacción y el aplacamiento sexual que esas personas buscan en vano.

Naranja: Este color evoca la luz, el fuego, el calor del sol. Goethe dijo que representa la exaltación extrema tanto como el suave reflejo del sol poniente. En efecto, el naranja estimula más de lo que excita, Símbolo de la intuición, de la alegría serena, de la fuerza equilibrada, induce al optimismo. Es un estimulante emotivo que acelera ligeramente las pulsaciones del corazón y da una sensación de bienestar y de júbilo, regocijando el alma.

Amarillo: Como el oro o la luz del sol. Considerado a menudo como el color más alegre, evoca en cierta forma la riqueza y la abundancia. En un matiz intenso produce actividad; pálido, descansa, relaja. Su efecto luminoso da vitalidad, es el color que más aumenta la tonicidad neuromuscular general. Agudiza el intelecto e incita a los trabajos del espíritu. Según Goethe: en su matiz más puro lleva siempre en sí la naturaleza de la claridad y posee un carácter de serena jovialidad y de dulce estimulación. Todo luz, el amarillo agranda los espacios exaltándolos e irradiando un alegre júbilo.

En la simbología tradicional china, era el color de la tierra. En el sentimiento popular, se lo considera el color de la envidia y de los celos, probablemente en relación con la bilis amarilla de los cuatro humores del cuerpo. En la Edad Media se consideraba el amarillo pálido como la representación de la agresión traicionera, por ello los judíos se veían obligados en esa época a vestir de amarillo.

Del Mito a la Realidad

Del Mito a la Realidad

delmitoalarealidad Desde la pequeña altura de sus pocos años, los niños nos ven como gigantes. Ellos evolucionan al interior de un universo donde los objetos, la relación entre la gente, la presencia de los elementos de la naturaleza, tienen una resonancia mágica, pues su consciencia permanece por un largo tiempo totalmente subjetiva. Viven su relación con los otros y al interior del círculo familiar, de manera muy diferente a la de los adultos. Antes de la pubertad, ellos no identifican sus emociones: las viven. El placer y el dolor (físico y psíquico) son fuertemente experimentados e imaginados. Las situaciones conflictivas los colocan en el acto en un estado de inseguridad y, en forma innata, ellos separan los aspectos benéficos y los amenazantes que se presentan en su entorno.

Los cuentos les permiten recuperar la confianza en ellos mismos, identificándose con el héroe, y así aprenden a resolver las situaciones psicológicas del drama familiar. Pulgarcito es más astuto que el ogro, los gigantes pueden ser engañados por héroes infantiles. La Cenicienta, la desamparada, la maltratada, sabrá desbaratar las maldades de sus hermanastras, aliándose con todos los animalitos de la casa. Ella encontrará la confianza en sí misma dentro de su mundo interior, y finalmente, será mágicamente ayudada, irá al baile, llegará a ser princesa.

Mientras el fantasma de la malvada madrastra permita dejar intacta la imagen de la madre fundamentalmente buena, el cuento de hadas ayuda al niño a no sentirse aniquilado cuando él ve en su madre algún rasgo maligno. En un cuento de hadas, un espíritu benevolente puede anular en un segundo todos los malos actos de un genio malévolo. En el hada madrina, las cualidades positivas de la madre están tan exageradas como lo están las malas en la hechicera. Es de esta manera que el niño interpreta el mundo: todo paraíso o todo infierno. Los cuentos, con su héroe embarcado en aventuras fabulosas, responden exactamente a la manera en que el niño concibe y experimenta el mundo, en forma primitiva, animista. Para él todo es vida, todo está viviente.

Confrontado a la edad de tres años al problema de su identidad personal, el niño busca en todos los elementos que se le presentan una respuesta a: quien soy?. qué tengo que hacer? Estos elementos, por estar dotados de una vida propia, pueden aportarle respuestas, aun si, inconscientemente, él proyecta sobre ellas sus reflexiones y sus propias respuestas. Los diálogos de una niña con sus muñecas, o de un niño con sus animales de peluche, muestran que el juego forma parte de los interrogantes del niño sobre la vida. En todos los juegos, por lo tanto, las relaciones entre los participantes testimonian con fuerza las angustias, las dotes, y la capacidad de cada cual para evolucionar en la sociedad infantil.

La necesidad de potencias tutelares es muy grande en el niño; necesidad que él proyecta sobre verdaderos fetiches, que pueden tomar todas las formas imaginables: un árbol, un juguete favorito, un animalito regalón, un ser inmaterial. Ellos son sus confidentes y guías. Su alma primitiva puebla el mundo de genios buenos y malos, y es preciso que sea así. Los niños que no han tenido esa cuota de lo maravilloso en el interior de ellos mismos, se revelarán como personalidades mucho menos ricas y disponibles a los demás en la edad adulta, El mundo fantástico, mágico, no oculta, de manera alguna, la realidad, de la cual todos los niños son conscientes; a menos que una situación conflictiva permanente no los empuje hacia una vida psicótica, enteramente soñada. Todos los niños saben que los animales hablan, que las plantas sienten. Sin embargo, la ciencia de los adultos ha demorado mucho tiempo, primero, en admitir este hecho, después en estudiarlo.

La relación de un niño con el mundo es una relación de cuerpo a cuerpo. En él la magia del cuerpo encuentra su más bella expresión. Hay que ver cómo los niños juegan disfrazándose, maquillándose, haciendo muecas, danzas, piruetas, acrobacias, coloquios. Después se recogen, observan, comparten secretos con aquellos que aman, se cuentan historias, las escuchan, las leen,

Hay que verlos cómo se esfuerzan, se dominan, caen en un ataque de ira o en una crisis de frenesí. En cada gesto, su cuerpo entero se encuentra involucrado en una acción total. De la misma manera, el héroe de los cuentos de hadas posee un cuerpo capaz de efectuar hazañas maravillosas. Identificándose con él, el niño puede compensar por la imaginación y por la identificación todas la imperfecciones reales o imaginarias de su propio cuerpo. Puede imaginarse que, como el héroe, se eleva hasta el cielo, desafía a los gigantes, cambia de apariencia, llega a ser el más poderoso, el más bello de los seres humanos. En resumen, su cuerpo puede ser o hacer todo lo que él desee. Una vez que sus deseos más grandiosos hayan sido así satisfechos por la imaginación, el niño se sentirá más conforme con su cuerpo tal como es en la realidad. Se puede, además, decir que el cuento de hadas promueve esta aceptación de la realidad . En efecto, después de haber experimentado en su cuerpo maravillosas transfiguraciones a lo largo de la historia, después de que la lucha ha terminado, el héroe vuelve a ser un simple mortal…

Tenemos aquí algunas diferencias con lo que pasa en el mito, donde el héroe guarda para siempre sus características de superhombre. En cambio en el cuento, al final de la historia, cuando se siente seguro en su cuerpo, en su vida y en su posición socia), el héroe se siente dichoso de ser el que es, es decir, un ser humano como todos los otros.

Evelyn de Smedt.

Traducido y extractado por Luisa Riquelme de
Question de
Editions Ritz
Paris

Más información.
Jung. C. G.- Simbología del Espíritu.-Fondo de Cultura Económica.
Von Franz, M. Luisa.- Símbolos de Redención en los Cuentos de Hadas.-Luciérnaga.