La Realidad

La Realidad

amanecer

La Realidad o lo Absoluto

La razón superior del hombre ha reconocido siempre que la Realidad es Aquello cuya vida constituye la vida de todas las formas. Esta realidad ha de ser, necesariamente, única, que en diversidad de grados y multitud de formas se manifiesta en la Naturaleza. Todos reconocemos que la Vida es una caudalosa corriente dimanante de un eterno manantial cuya naturaleza desconocemos y algunos dicen que es incognoscible.

Las discrepancias y la confusión comienzan cuando comenzamos a analizar la Realidad:

–          Los materialistas dicen: la única Realidad es la materia existente por sí misma, infinita, eterna, que entraña las potencialidades de la materia, la energía y la mente.

–          Otra escuela, muy semejante a la materialista, opina que la única Realidad es la energía de la que la materia y la mente son modalidades vibratorias.

–          Los idealistas afirman que la única Realidad es un algo al que llaman Mente, y que la materia y la energía son ideas concebidas por dicha Mente.

–          La escuela naturalista dice que la Naturaleza, que continuamente se manifiesta en innumerables formas, es la única Realidad.

–          Los teólogos aseguran que la única Realidad es Dios, un Dios personal a quien atribuyen ciertas cualidades y características, que varían según las religiones.

–          Y por fin los ocultistas místicos en sus diversas escuelas enseñan que la única Realidad es la Causa sin Causa, es lo Absoluto, es Aquello en quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser, y que es, al mismo tiempo, fuente de la materia, de la energía y de la Mente. Porque, ¿de dónde sacaría el Creador el material para el universo sino de sí mismo?, ¿de dónde la energía sino de su propia vida?

A los materialistas refutaron las investigaciones sobre  el indivisible átomo que está constituido por infinitesimales partículas de materia que probablemente no son más que electricidad condensada. Tampoco podemos concebir una energía que no actúe en la materia y esté sujeta a sus leyes; pero ¿son posibles las leyes sin legislador y un legislador sin inteligencia y sabiduría de lo legislado? Además, la mente, ¿no está combinada con la materia y la energía y sujeta a leyes externas, pero variables e inconstantes, cuyos atributos no pueden sino pertenecer a la única Verdad, que es Dios? Luego la materia, la energía y la mente son apariencia y relatividad de Aquello que es mucho más fundamental y eterno, y que los ocultistas llaman Espíritu.

Nadie puede describir al espíritu aunque podemos decir que es la “esencia” de la vida y la existencia, la Realidad inmanente en la Vida universal. Por lo tanto la única Realidad, Dios, Aquello, lo Absoluto que trasciende la materia, la fuerza y la mente, y sin embargo estas cosas emanaron de Él y han de estar en su naturaleza, porque lo que está en la Causa debe estar en el efecto, y el efecto no puede ser mayor que la causa, ni es posible que de la nada salga algo.

Como la mente es superior a la energía y a la materia, lógico es tratar de concebir lo Absoluto, por medio de ella, mas no definirlo, porque todo intento de definición vale al de limitar o hacer finito lo infinito. Definir una cosa es identificarla con otra y, ¿dónde está ese algo otro que se puede identificar con lo infinito? Así pues, consideraremos a lo Absoluto como una Mente infinita con potencias de infinito grado que como diría Spencer “trascendía la inteligencia y la voluntad del hombre, como la voluntad y la inteligencia trascienden el movimiento mecánico”.

La primera noción que sugiere el intelecto respecto de Dios es que debe haber sido siempre y siempre será. Lo Absoluto no puede surgir de la nada ni hay otra causa externa a él de lo que pudiera emanar; tampoco podemos concebir que muera la Vida infinita y absoluta. Por lo tanto Dios ha de ser eterno. Tal es la noción del intelecto, aunque la idea de eternidad es inconcebible para nuestra mente humana, y el impedimento de esta concepción consiste en que todo cuanto observamos en el mundo fenomenal tiene una causa y proviene de algo; pero la mente no tiene más remedio que creer en una Realidad sin causa que la produjera.

También la eternidad, de un Ser para el que no existe el tiempo, es inconcebible; aunque en realidad no existe el tiempo sino en nuestra mente. El tiempo es una modalidad de percepción por la que expresamos la idea de la sucesión y mudanza de las cosas. El tiempo es relativo: cuando gozamos de algo, nos pasa rápidamente el tiempo, mientras que cuando sufrimos nos parecen horas los minutos e interminables las horas.

También nos dice la razón que lo a Absoluto ha de ser infinito, omnipotente en el espacio e ilimitado. Dios debe estar en todo lugar y no hay en el espacio carencia de lugar. Aunque es muy difícil formar la idea de la omnipresencia de lo Absoluto en el infinito espacio, porque si es infinito no puede tener límites. La dificultad consiste en que la mente no puede percibir más que lo dimensional en el mundo objetivo, y porque el espacio, como el tiempo, sólo tiene realidad en nuestra consciente percepción del relativo lugar que ocupan los objetos del mundo exterior. Espacio y tiempo son conceptos de la mente, pero más allá de la razón humana no hay espacio ni tiempo.

Lo Absoluto ha de ser omnipotente que ha de entrañar todo poder; pero su omnipotencia no puede ser absurda, sino que está sujeta a leyes establecidas y toda manifestación de energía en el universo debe proceder de Él y ser parte de su poder, operante de conformidad con las establecidas leyes.

Lo Absoluto ha de ser omnisciente porque no puede existir sabiduría ni conocimiento aparte de lo Absoluto. Todas las formas manifiestan mente, sabiduría y conocimiento que deben emanar de Él, de conformidad con las leyes establecidas por Él, o de lo contrario no sería omnisciente. Por consiguiente, todo conocimiento pasado, presente y futuro debe poseerlo Ahora lo Absoluto.

Lo Absoluto no piensa, como repite varias veces la Biblia, lo Absoluto sabe sin necesidad de pensar. Cuando un hombre piensa extrae conocimiento de la Fuente Universal del Saber, pero lo Absoluto lo extrae de sí mismo sin necesidad de pensar como el hombre. Lo Absoluto sabe porque el Saber es de la misma esencia de Ello. El alma humana es de la misma naturaleza del infinito Espíritu, sabe y obra en el microcosmos o en el hombre con conciencia y sin pensar.

La Vida es una. Todas las formas palpitan por virtud de la voluntad de vivir de lo Absoluto. Cada vida individual es un centro consciente de la única Vida subyacente en la forma y manifestada según el grado de evolución. Con todo lo Absoluto no es la combinación de fuerzas y leyes del universo sino que el universo, sus fuerzas y leyes son manifestaciones de lo Absoluto. Cierto es que lo Absoluto reside en todas las formas del universo y también en sus fuerzas y leyes, pues todo es manifestación de su voluntad; pero hay que tener en cuenta que lo Absoluto es anterior y superior a toda forma y modalidad de manifestación, cuya existencia no depende de sí misma, sino de la voluntad de la Causa sin causa.

Todas las formas del universo dejarán de existir por reabsorción en la fuente de que dimanaron; pero lo Absoluto seguirá existente por y en sí mismo.

Lo Absoluto no puede estar lejano de su creación, si no, dejaría de ser Absoluto. Por el contrario, lo Absoluto está siempre presente en todas partes, en nosotros, y en rededor de nosotros que somos centros de consciencia por Él establecidos. No es lo Absoluto un pasivo espectador de su propia creación, así como la electricidad no puede ser espectadora de su propia luz. Es por el contrario un activo Espíritu que comparte los sentimientos de sus manifestaciones. Vive en nosotros, con nosotros, y se manifiesta por medio de nosotros.

Lo Absoluto no es un Dios personal como lo describe la Biblia, porque ello es todo lo que realmente Es. No disponemos de palabras apropiadas para expresar la naturaleza de lo Absoluto. Tal vez la palabra Vida da idea de su naturaleza externa y la palabra Amor de la interna.

No es dado al hombre sondear la naturaleza íntima de lo Absoluto. Pero si no puede penetrar su esencia, se puede, por el raciocinio, llegar al conocimiento de sus atributos. Sin conocer los atributos de lo Absoluto sería imposible conocer la obra de la creación. Por consiguiente, lo Absoluto debe ser:

–          Omnisciente

–          Inmutable

–          Inmaterial

–          Omnipotente

–          Omnipresente

–          Infinitamente justo y bueno

–          Infinitamente perfecto

–          Único

Si un solo atributo de los enumerados anteriormente faltase en la naturaleza Divina, dejaría de ser Absoluto.

Yo Soy

Yo soy es la chispa divina emanada de la sagrada Llama. Es el Hijo del Divino Padre. Es inmortal, eterno, indestructible, invencible. Posee en sí los mismos atributos de lo Absoluto: Poder, Sabiduría y Realidad. Quien no llega a sentir, a vivir, a identificarse con Yo Soy la Realidad, vivirá siempre con el concepto de que él es un hombre que tiene alma a la que debe salvar; mientras que la pura verdad es que Yo Soy es Aquello que se manifiesta en un ser asombrosamente organizado que comprende en su estructura física, mental y espiritual, lo superior y lo inferior. En sus huesos se manifiesta la forma de vida mineral; en la vida física se parece a la planta; en sus deseos o emociones se parece al animal; en sus facultades superiores manifiesta al superhombre y en fin, en su voluntad, como comprendida por la mayoría, es dios (Vosotros sois dioses).

Los animales no poseen la sensación del Yo. Los salvajes apenas son conscientes del Yo. Los civilizados creen que “Yo Soy” es la mente y viven realmente en el pleno de mente instintiva y su Yo es el cuerpo que posee los sentidos y las sensaciones; por eso dice el hombre: Yo estoy enfermo, yo estoy alegre, etc….. Mientras que el ser adelantado encuentra que hay algo en él superior a la mente y al cuerpo y se halla enfrente de lo desconocido. Entonces busca la Iniciación Interna y percibe que Yo Soy es superior al cuerpo y a la mente. Adquiere el conocimiento sin razonamientos intelectuales; adquiere la consciencia de lo Real, llega a ser consciente de Yo Soy y pasa a las filas de los iniciados. Cuando un iniciado principia a reconocer su relación con el Todo y comienza a manifestar la expansión de Yo Soy, ya es Maestro.

Es muy difícil llegar a la verdadera Iniciación interna y muchas son las trabas que impiden al iniciado: una de estas trabas consiste en lo que aprendió de niño, cuando ha sido grabado en su subconsciente de que el hombre es un ser separado de lo Absoluto y luego la reflexión le impide concebir una Causa sin causa, porque todo cuanto observa en el mundo fenomenal tiene una causa y proviene de algo. Vemos en nuestro rededor actuante la ley de causa y efecto, y por tal motivo, el intelecto da por supuesto que ningún efecto puede haber sin su correspondiente causa y cuando llega a lo Absoluto tambalea, pero no tiene más remedio que creer en una Causa sin causa.

Desde el momento en que el aspirante conoce completamente al Yo, es un iniciado, que penetra en el misterio de todas las religiones y despierta el alma al conocimiento de la real existencia, la revelación de la verdadera naturaleza del alma y de su relación con el Todo.

La mente instintiva nos pertenece, pero no es el Yo. El intelecto, la parte de la mente que razona, analiza y piensa, no es el Yo. Tampoco la mente espiritual, origen de todo pensamiento bueno, es el Yo.

Yo Soy es aquella manifestación unida a lo Absoluto que nunca tuvo principio ni puede tener fin.

HERMES

HERMES

Hermes

Los Misterios de Egipto

¡Oh, alma ciega! Ármate con la antorcha de los Misterios, y en la noche terrestre descubrirás tu Doble luminoso, tu alma celeste. Sigue a ese divino guía, y que él sea tu Genio. Porque él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras.

(Llamada a los iniciados, del Libro de los Muertos).

Escuchad en vosotros mismos y mirad en el Infinito del Espacio y del Tiempo. Allí se oye el canto de los Astros, la voz de los Números, la armonía de las Esferas.

Cada sol es un pensamiento de Dios y cada planeta un modo de este pensamiento. Para conocer el pensamiento divino, ¡oh, almas!, es para lo que bajáis y subís penosamente el camino de los siete planetas y de sus siete cielos.

¿Qué hacen los astros? ¿Qué dicen los números? ¿Qué ruedan las Esferas? ¡Oh, almas perdidas o salvadas!: ¡ellos dicen, ellos cantan, ellas ruedan, vuestros destinos!

(Fragmentos de Hermes)

I.- La Esfinge

Frente a Babilonia, metrópoli tenebrosa del despotismo, Egipto fue en el mundo antiguo una verdadera ciudadela de la ciencia sagrada, una escuela para sus más ilustres profetas, un refugio y un laboratorio de las más nobles tradiciones de la Humanidad. Gracias a excavaciones inmensas, el pueblo egipcio nos es hoy mejor conocido que ninguna de las civilizaciones que precedieron a la griega, porque nos vuelve a abrir su historia, escrita sobre páginas de piedra. Se desentierran sus monumentos, se descifran sus jeroglíficos, y sin embargo, nos falta aún penetrar en el más profundo arcano de su pensamiento. Ese arcano es la doctrina oculta de los sacerdotes. Aquella doctrina, científicamente cultivada en los templos, prudentemente velada bajo los misterios, nos muestra al mismo tiempo el alma de Egipto, el secreto de su política, y su capital papel en la historia universal.

Nuestros historiadores hablan de los faraones en el mismo tono que de los déspotas de Nínive y de Babilonia. Para ellos, Egipto es una monarquía absoluta y conquistadora como Asiria, y no difiere de ésta más que porque aquella duró algunos miles de años más. ¿Sospechan ellos que en Asiria la monarquía aplastó al sacerdocio para hacer de él un instrumento, mientras que en Egipto el sacerdocio disciplinó a los reyes, no abdicó jamás ni aún en las peores épocas, arrojando del trono a los déspotas, gobernando siempre a la nación; y eso por una superioridad intelectual, por una sabiduría profunda y oculta, que ninguna corporación educadora ha igualado jamás en ningún país ni tiempo? Cuesta trabajo creerlo. Porque, bien lejos de deducir las innumerables consecuencias de ese hecho esencial, nuestros historiadores lo han entrevisto apenas, y parecen no concederle ninguna importancia. Sin embargo, no es preciso ser arqueólogo o lingüista para comprender que el odio implacable entre Asiria y Egipto procede de que los dos pueblos representaban en el mundo dos principios opuestos, y que el pueblo egipcio debió su larga duración a una armazón religiosa y científica más fuerte que todas las revoluciones.

Desde la época aria, a través del período turbulento que siguió a los tiempos védicos hasta la conquista persa y la época alejandrina, es decir, durante un lapso de más de cinco mil años, Egipto fue la fortaleza de las puras y altas doctrinas cuyo conjunto constituye la ciencia de los principios y que pudiera llamarse la ortodoxia esotérica de la antigüedad. Cincuenta dinastías pudieron sucederse y el Nilo arrastrar sus aluviones sobre ciudades enteras; la invasión fenicia pudo inundar el país y ser de él expulsada: en medio de los flujos y reflujos de la historia, bajo la aparente idolatría de su politeísmo exterior, el Egipto guardó el viejo fondo de su teogonía oculta y su organización sacerdotal. Ésta resistió a los siglos, como la pirámide de Gizeh medio enterrada entre la arena, pero intacta. Gracias a esa inmovilidad de esfinge que guarda su secreto, a esa resistencia de granito, el Egipto llegó a ser el eje alrededor del cual evolucionó el pensamiento religioso  de la Humanidad al pasar de Asia a Europa. La Judea, la Grecia, la Etruria, son otras tantas almas de vida que formaron civilizaciones diversas. Pero, ¿de dónde extrajeron sus ideas madres, sino de la reserva orgánica del viejo Egipto? Moisés y Orfeo crearon dos religiones opuestas y prodigiosas: la una por su austero monoteísmo, la otra por su politeísmo deslumbrador. Pero, ¿dónde se moldeó su genio? ¿Dónde encontró el uno la fuerza, la energía, la audacia de refundir un pueblo salvaje como se refunde el bronce en un horno, y dónde encontró el otro la magia de hacer hablar a los dioses como una lira armonizada con el alma de sus bárbaros embelesados? En los templos de Osiris, en la antigua Thebas, que los iniciados llamaban la ciudad del Sol o el Arca solar, porque contenía la síntesis de la ciencia divina y todos los secretos de la iniciación.

Todos los años, en el solsticio de verano, cuando caen las lluvias torrenciales en la Abisinia, el Nilo cambia de color y toma ese matiz de sangre de que habla la Biblia. El río crece hasta el equinoccio de otoño, y sepulta bajo sus ondas el horizonte de sus orillas. Pero, en pie sobre sus mesetas graníticas, bajo el sol que ciega, los templos tallados en plena roca, las necrópolis, las portadas, las pirámides, reflejan la majestad de sus ruinas en el Nilo convertido en mar. Así, el sacerdote egipcio atravesó los siglos con su organización y sus símbolos, arcanos impenetrables de su ciencia, en aquellas criptas y en aquellas pirámides se elaboró la admirable doctrina del Verbo Luz, de la Palabra Universal, que Moisés encerrará en su arca de oro, y cuya antorcha viva será Cristo.

La verdad es inmutable en sí misma, y sólo ella sobrevive a todo; pero cambia de moradas como de formas y sus revelaciones son intermitentes. “La Luz de Osiris”, que en la antigüedad iluminaba para los iniciados las profundidades de la naturaleza y las bóvedas celestes, se ha extinguido para siempre en las criptas abandonadas. Se ha realizado la palabra de Hermes a Asklepios: “¡Oh Egipto, Egipto!, sólo quedarán de ti fábulas increíbles para las generaciones futuras, y nada durará de ti más que palabras grabadas en piedras.”

Sin embargo, un rayo de aquel misterioso sol de los santuarios es lo que quisiéramos hacer revivir siguiendo la vía secreta de la antigua iniciación egipcia, en cuanto lo permite la intuición esotérica y la refracción de las edades. Pero antes de entrar en el templo, lancemos una ojeada sobre las grandes fases que atravesó el Egipto antes del tiempo de los Hicsos.

Casi tan vieja como la armazón de nuestros continentes, la primera civilización egipcia se remonta a la antiquísima raza roja. La esfinge colosal de Giseh, situada junto a la gran pirámide, es obra suya. En tiempos en que el Delta -formado más tarde por los aluviones del Nilo- no existía aún, el animal monstruoso y simbólico estaba ya tendido sobre su colina de granito, ante la cadena de los montes líbicos, y miraba el mar romperse a sus pies, allí donde se extiende hoy la arena del desierto. La esfinge, esa primera creación de Egipto, se ha convertido en su símbolo principal, su marca distintiva. El más antiguo sacerdocio humano la esculpió, imagen de la Naturaleza tranquila y terrible en su misterio. Una cabeza de hombre sale de un cuerpo de toro con garras de león, y repliega sus alas de águila a los costados. Es la Isis terrestre, la Naturaleza en la unidad viviente de sus reinos. Porque ya aquellos sacerdotes inmemoriales sabían y señalaban que en la gran evolución, la naturaleza humana emerge de la naturaleza animal. En ese compuesto del toro, del león, del águila y del hombre están también encerrados los cuatro animales de la visión de Ezequiel, representando cuatro elementos constitutivos del microcosmos y del macrocosmos: el agua, la tierra, el aire y el fuego, base de la ciencia oculta. Por esta razón, cuando los iniciados vean el animal sagrado tendido en el pórtico de los templos o en el fondo de las criptas, sentirán vivir aquel misterio en sí mismos y replegarán en silencio las alas de su espíritu sobre la verdad interna. Porque antes de Aedipo, sabrán que la clave del enigma de la esfinge es el hombre, el microcosmos, el agente divino, que reúne en sí todos los elementos y todas las fuerzas de la naturaleza.

esfinge de Giseh

La raza roja no ha dejado otro testigo que la esfinge de Giseh; prueba irrecusable de que había formulado y resuelto a su manera el gran problema.

II. Hermes

La raza negra que sucedió a la raza roja austral en la dominación del mundo, hizo del alto Egipto su principal santuario. El nombre de Hermes Toth, ese misterioso y primer iniciador del Egipto en las doctrinas sagradas, se relaciona sin duda con una primera y pacífica mezcla de la raza blanca y de la raza negra en las regiones de la Etiopía y del alto Egipto, largo tiempo antes de la época aria. Hermes es un nombre genérico como Manú y Buddha pues designa a la vez a un hombre, a una casta y a un Dios. Como hombre, Hermes es el primero, el gran iniciador del Egipto; como casta, es el sacerdocio depositario de las tradiciones ocultas; como Dios, es el planeta Mercurio, asimilado con su esfera a una categoría de espíritus, de iniciadores divinos; en una palabra: Hermes preside a la región supraterrena de la iniciación celeste. En la economía espiritual del mundo, todas esas cosas están ligadas por secretas afinidades como por un hilo invisible. El nombre de Hermes es un talismán que las resume, un sonido mágico que las evoca. De ahí su prestigio. Los griegos, discípulos de los egipcios, le llamaron Hermes Trismegisto o tres veces grande, porque era considerado como rey, legislador y sacerdote. Él caracteriza a una época en que el sacerdocio, la magistratura y la monarquía se encontraban reunidos en un solo cuerpo gobernante. La cronología egipcia de Manetón llama a esa época el reino de los dioses. No había entonces ni papiros ni escritura fonética, pero la ideografía existía ya: la ciencia del sacerdocio estaba inscrita en jeroglíficos sobre las columnas y los muros de las criptas. Considerablemente aumentada, pasó más tarde a las bibliotecas de los templos. Los egipcios atribuían a Hermes cuarenta y dos libros sobre la ciencia oculta. El libro griego conocido por el nombre de Hermes Trismegisto encierra ciertamente restos alterados, pero infinitamente preciosos, de la antigua teogonía, que es como el fiat lux de donde Moisés y Orfeo recibieron sus primeros rayos. La doctrina del Fuego Principio y del Verbo Luz, encerrada en la Visión de Hermes, será como la cúspide y el centro de la iniciación egipcia.

Trataremos ahora de encontrar esta visión de los maestros, en rosa mística que se abre en la noche del santuario y en el arcano de las grandes religiones. Ciertas palabras de Hermes, impregnadas de sabiduría antigua, son propias para prepararnos a ello. “Ninguno de nuestros pensamientos –dice a su discípulo Asklepios- puede concebir a Dios, ni lengua alguna puede definirle. Lo que es incorpóreo, invisible, sin forma, no puede ser percibido por nuestros sentidos; lo que es eterno, no puede ser medido por la corta regla del tiempo. Dios es, pues, inefable. Dios puede, es verdad, comunicar a algunos elegidos la facultad de elevarse sobre las cosas naturales para percibir alguna radiación de su perfección suprema; pero esos elegidos no encuentran palabra para traducir en lenguaje vulgar la Visión inmaterial que les ha hecho estremecer. Ellos pueden explicar a la humanidad las causas secundarias de las creaciones que pasan bajo sus ojos como imágenes de la vida universal, pero la causa primera queda velada y no llegaríamos a comprenderla más que atravesando la muerte.” Así hablaba Hermes del Dios desconocido, en el pórtico de las criptas. Los discípulos que penetraban con él en sus profundidades, aprendían a conocerle como ser viviente.

El libro habla de su muerte como de la partida de un dios. “Hermes vio el conjunto de las cosas, y habiendo visto, comprendió, y habiendo comprendido, tenía el poder de manifestar y de revelar. Lo que pensó lo escribió; lo que escribió lo ocultó en gran parte, callándose con prudencia y hablando a la vez, a fin de que toda la duración del mundo por venir buscase esas cosas. Y así, habiendo ordenado a los dioses sus hermanos que le sirvieran de cortejo, subió a las estrellas”.

Hermes Trismegisto

Hermes Trismegisto

De los libros de Hermes, el Tres veces Grande, procedentes del país del Nilo, han quedado muy pocos datos y escasos originales dignos de auténtica fe.

Según antiguas crónicas, en la famosa Biblioteca de Alejandría, durante el reinado de la última dinastía de los Tolomeos, se guardaban de Hermes, el más sabio maestro de la antigüedad, 42 libros esotéricos que resumían toda la sabiduría de las edades.

Mas, después de la inmensa catástrofe que significó el gran incendio que asoló dicha Biblioteca a raíz del desembarco de la armada romana de Julio César en el puerto de Alejandría, no se pudo recuperar sino algunos fragmentos que se suponen son derivados de fieles traducciones griegas efectuadas por escribas y eruditos por encargo de los faraones Tolomeos.

Ellos son El Pymander, El Kybalión, ciertos libros de poemas sueltos y El Libro a la Salida de la Luz del Día, más conocido como Libro de los Muertos, por haberse encontrado ejemplares de él dentro del sarcófago de las momias de algunos destacados egipcios. Algunos fragmentos sueltos proceden de citas
de las que fueron depositarias diversas escuelas de la época: gnósticas, teosóficas, platónicas, herméticas o eclécticas, acogidas en Alejandría y más tarde agrupadas e interpretadas bajo el título genérico de Libros de Toth-Hermes.

Tales libros de Toth circularon profusamente durante el período de dominación romana por los tres continentes de África, Europa y Asia cercana bajo el lema de Copus-Herméticum en traducción latina la que, unida a la griega, a otras de procedencia árabe y a las egipcias en lengua popular, han llegado hasta nuestros días.

La línea esencial de toda la ideología hermética es la afirmación básica de un solo inmenso dios y de una sola religión raíz, científica y filosófica, a la que servían sabios moral y espiritualmente excelsos, ya que no podía encarnar tan elevada doctrina en quien no estuviera dotado de verdadera experiencia espiritual. Así
lo justifican los sabios herméticos.

De ello se infiere que las verdades herméticas no podían transferirse integralmente más que a través de un auténtico y probado merecimiento.

La senda más perentoria de tal logro era el conocimiento, pero no a través de estudios mentalizados, sino de la llamada mente iluminada o superior, lo que podríamos llamar intuición adherida al super-razonamiento, traducida por NOUS por griegos y exégetas hermenéuticos.

La opinión de los antiguos respecto a las enseñanzas de Hermes se objetiva en esta imagen: es una puerta abierta a una dilatadísima perspectiva de praderas verdes, inmensas, llenas de sol y de flores preciosas y multicolores.

Esa maravillosa puerta abierta a lo desconocido, y cuyo alto mirador franqueaban los escritos de Hermes, constituía el gran aliento vital, el aliento del espíritu de toda agrupación humana selectiva, cuya finalidad era la investigación de la verdad en el hombre y en el cosmos. Y su divisa común, la famosa frase de la llamada Tabla Esmeraldina del propio Hermes: Como abajo, así es arriba; como arriba, así es abajo.

De ese modo, el fundador de la religión-filosofía, poniendo en juego el estudio y la experiencia profunda y directa a través de la supermente y del espíritu, alimentó, desde aquella remota época, todo empeño del hombre en atisbar las esencias reales de la vida divina, así en el interior del propio individuo como en el Universo, en todas sus trascendencias y sus misterios. Hijos de la sabiduría hermética fueron, pues, los mensajes espirituales de Persia, Siria, Judea, Anatolia, Grecia, y otros nacidos y derivados de esa semilla espiritual depositada en las fecundas aguas del Nilo. Todas las civilizaciones antiguas tienen, por lo tanto, la misma fuente.

Porque desde Egipto Hermes pasó a Grecia, apoyado en su trascendente mitosofía y aportando a ella todo su bagaje de sabiduría. Por el delta del Nilo se derramó el mensaje profundo y legendario del Tres Veces Grande, desde Alejandría a todo el Mediterráneo.

Entre las obras herméticas perdidas debido a catástrofes, guerras, ignorancias, fanatismos y la falta de comprensión posterior, parece que se hallaba una obra llamada Libro de los Alientos o de las Respiraciones, cuya ciencia enseñó el gran Hermes, y cuyas lecciones se recogieron en la India y fueron divulgadas a través del Hatha Yoga, y, en su más trascendente efectividad, a través del Raja Yoga o Yoga Real. De todos modos, también en occidente existen testigos fidedignos de estas específicas enseñanzas del maestro egipcio y de su importantísimo libro.

Mead, el gran escritor hermetista del siglo antepasado, realizó un exhaustivo estudio de las obras herméticas. Nos dice a propósito de ellas que llegó a la conclusión que tales obras se originan en otro Hermes predecesor del Tres Veces Grande, un Hermes antiquísimo, anterior al diluvio, o sea, anterior al hundimiento de la Atlántida. Esto confirmaría nuestro aserto de que la sabiduría, la ciencia, las artes todas del primitivo Egipto, tan extraordinariamente avanzadas, les fueron legadas por los atlantes antes del hundimiento. Los datos más precisos se encuentran grabados en un pilón de piedra de una de las más antiguas construcciones de Egipto. Y a través de los milenios sucesivos, sobre todo durante el período alejandrino, otros sabios atestiguaron diversos sucesivos Hermes, avatares cíclicos que renovaban el mensaje de las edades mediante la adaptación cíclica de la misma eterna sabiduría. Es por esto que las enseñanzas herméticas constituyen una síntesis de verdades perennes.

Los sabios que han dado fe de las originarias enseñanzas de Hermes y de los mencionados principios, fueron Manethon, Cicerón, Ammiano, Josefo, Heródoto, en cierto modo Plinio, así como muchos otros.

Al sucederse las épocas y las dinastía en las orillas del Nilo, se fueron encontrando fragmentos de los Libros de Toth en inscripciones de origen antiquísimo, sobre todo en el interior de las criptas secretas de los grandes templos, especialmente en las cercanas al Delta, donde florecieron los primeros núcleos de civilización egipcia, no lejos de la Esfinge y de las Pirámides.

En el cercano oriente se conocieron durante muchos siglos dichas verdades compiladas en una obra que llevaba por título La Profecía de Hermes.

Las enseñanzas herméticas lograron un inmenso auge con la extensión del platonismo en el mundo culto, durante el esplendor de la civilización griega que nació entreverada con la egipcia. También parece que las enseñanzas herméticas constituyeron el trasfondo del ideario de la escuela estoica; lo que da a entender
su fuerza y su importancia y la cosecha de su poderosa siembra eficaz en el mundo antiguo, así como su trascendental raigambre proseguida y reconocida en el campo de las ideas madres y de la conducta del hombre superior.

Como hemos insinuado al comienzo, fueron los griegos ilustres los que tradujeron pulcra y fielmente las enseñanzas herméticas, haciendo que sobrevivieran y se difundieran en el mundo antiguo después de la gran catástrofe del incendio de la Biblioteca y la desaparición de la Escuela de Alejandría. Estas traducciones fueron citadas posteriormente y vertidas al sirio, al árabe, a diversas lenguas asiáticas, hasta llegar a nuestros días y a nuestra época, la que está en trance de renacer espiritualmente al iniciarse un nuevo ciclo zodiacal de civilización a nivel mundial: la Era de Acuario. Porque debido a la acción de esta ley cíclica y a sus ondas de avance y aparente retroceso, se indagan los orígenes de estas inmensas raíces espirituales que alimentaron edades y que constituyeron la divina herencia del mundo de todos los tiempos.

Parece ser que la postrera dinastía egipcia de faraones, la de los Tolomeos, fomentó excepcionalmente el estudio y la fiel versión a varios antiguos idiomas de las obras herméticas. En las aulas de Alejandría, en
su biblioteca y museo, sostenidos por los faraones, había centenares de escribas consagrados a la copia manual de tales primitivos códices allí depositados, archivados como joyas auténticas del saber en los anaqueles del más destacado centro cultural del mundo antiguo.

Consta en las antiguas crónicas dispersas que los Libros de Hermes, fragmentariamente salvados, constituyeron después el alimento espiritual de filósofos, profetas, pedagogos, científicos, investigadores, poetas y místicos de todos los países en todas las lenguas cultas conocidas. El ansia de investigación y estudio alentaba en todos los ansiosos de la verdad que se afanaban en allegar conocimientos en aquellas limpias fuentes del saber, sin discriminación de escuela, tendencia, religión, psicología, formación o raza. Debido a ese elemento ecléctico imperante en la mejor época alejandrina, podemos todavía hoy aprovechar la ofrenda milenaria de aquellas enseñanzas puras.

Con respecto a los Libros herméticos, cita Duncan Grenlees un pasaje de Efraín Syrius, en el que se dice que en el año 365 dc. existían varios libros de Hermes en Siria, sin duda traducidos del griego o del latín.

Otros afirman que los primeros musulmanes protegían la secta de los herméticos, y que en ellos se inspiraban sus libros. Lo cierto es que hasta el siglo VIII, podían encontrarse en Siria varios fragmentos.
El escritor hermético Scott, afirma que en el siglo XI una copia de tales libros pasó a Constantinopla, entonces la capital del cristianismo. Esta copia, al parecer, llegó mas tarde a Florencia, centro del renacimiento de todas las culturas clásicas, especialmente impulsado por la hegemonía de los Medici y de su Escuela Neoplatónica, la que atrajo a los mejores talentos asiáticos cuando los turcos invadieron Constantinopla.

Volviendo al período alejandrino, Jámblico, el gran maestro sirio radicado en Egipto, afirma que el pensamiento hermético impregnó en aquella época a la filosofía platónica.

Posteriormente, autores ignorados difundieron los libros de Hermes en forma fragmentada y tal vez mistificada, como diálogos breves entre Hermes y su hijo o discípulo Tat. Dos de tales fragmentos dialogados eran conocidos como enseñanzas de Isis a su hijo Horus. Según los críticos antiguos, tales diálogos eran los mejores porque constituían una traducción fiel del antiguo original egipcio, lo que es dudoso. Sin embargo, en tales diálogos no se advierte el influjo gnóstico o hebreo, ni tampoco las tendencias de otras escuelas de la época alejandrina. De acuerdo con este aserto, parece que las obras de Plutarco sobre Isis y Osiris, y los mismos escritos de Manethon, el favorito del segundo Tolomeo, se inspiran en los textos herméticos directos que alimentaron, a su vez, las copias sucesivas.

De todos estos libros herméticos, vulnerado en parte su sentido original a través del tiempo y las excluyentes tendencias ideológicas, el conocido como Asclepio es de la máxima importancia para los estudiantes de hermetismo, a pesar de las naturales corrupciones. Parece que su mejor parte ha sido compilada bajo el título de Pymander y que ha conservado bastante bien su aliento original merced a haber sido cuidadosamente traducido al demótico o lengua jeroglífica popular en las postrimerías de la gran civilización egipcia.

Josefina Maynadé

Extractado por Farid Azael de
Maynadé, Josefina.- Libros Sagrados de Hermes Trismegisto.- Diana

Citas de El Kybalión

Citas de El Kybalión

CitasDeElKibalionLos labios de la sabiduría permanecen cerrados, excepto para el oído capaz de comprender.

Los siete principios Herméticos:

I.- El principio del mentalismo.
II- El principio de correspondencia.
III.- El principio de vibración.
IV.- El principio de polaridad.
V.- El principio del ritmo.
VI.- El principio de causa y efecto.
VII.- El principio de generación.

El principio del Mentalismo: el TODO es mente: el universo es mental.

El principio de Correspondencia: Como arriba es abajo; como abajo es arriba.

El principio de Vibración: Nada está inmóvil; todo se mueve; todo vibra.
Para cambiar vuestra característica o estado mental, cambiad vuestra vibración.

El Principio de Polaridad: Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos; los semejantes y los antagónicos son lo mismo. Los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado. Los extremos se tocan; todas las verdades son semi verdades. Todas las paradojas pueden reconciliarse.

Para destruir un estado de vibración no deseable, póngase en operación el principio de polaridad y concéntrese la atención en el polo opuesto al que se desea suprimir. Lo no deseable se mata cambiando su polaridad.

El principio del Ritmo: Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso; todo asciende y desciende: todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha, es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda: el ritmo es la compensación,

El Ritmo puede neutralizarse mediante el Arte de la Polarización.

El principio de Causa y Efecto: Toda causa tiene su efecto: todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo con la Ley; la suerte no es más que el nombre que se le da a una ley no conocida; hay muchos planos de causalidad, pero nada escapa a la Ley.

Nada escapa al principio de causa y efecto, pero hay muchos planos de Causación y uno puede emplear las leyes del plano superior para dominar a las del inferior.

El sabio sirve en lo superior, pero rige en lo inferior. Obedece a las leyes que están por encima de él, pero en su propio plano y en los que están por debajo de él rige y ordena. Sin embargo, al hacerlo, forma parte del principio en vez de oponerse al mismo. El sabio se sumerge en la Ley, y comprendiendo sus movimientos, opera en ella en vez de ser su ciego esclavo. Semejante al buen nadador, va de aquí para allá, según su propia voluntad, en vez de dejarse arrastrar como el madero que flota en la corriente. Sin embargo, el nadador y el madero, el sabio y el ignorante, están todos sujetos a la ley. Aquel que esto comprenda va en el buen camino que conduce al Adeptado.

El principio de Generación: La generación existe por doquier, todo tiene sus principios masculino y femenino; la generación se manifiesta en todos los planos,

Transmutación mental: La mente, así como todos los metales y demás elementos, pueden ser transmutados, de estado en estado, de grado en grado, de condición en condición, de polo a polo, de vibración en vibración. La verdadera transmutación hermética es una práctica, un método, un arte mental.

El sabio a medias, reconociendo la irrealidad relativa del Universo, se imagina que puede desafiar sus leyes. Ese no es más que un tonto vano y presuntuoso, que se estrellará contra las rocas y será aplastado por los elementos, en razón de su locura. El verdadero sabio, conociendo la naturaleza del Universo, emplea la Ley contra las leyes: las superiores contra las inferiores, y por medio de la Alquimia transmuta lo que no es deseable en valioso y de esta manera triunfa. El adeptado consiste no en sueños anormales, visiones o imágenes fantasmagóricas, sino en el sabio empleo de las fuerzas superiores contra las inferiores, escapando así de los dolores de los planos inferiores y vibrando en los más elevados. La transmutación (no la negación presuntuosa) es el arma del Maestro.

El Todo: Más allá del Kosmos, del Tiempo, del Espacio, de todo cuanto se mueve y cambia, se encuentra la Realidad Substancial, la Verdad Fundamental.

Lo que constituye la Verdad Fundamental, la Realidad Substancial, está más allá de toda denominación, pero el sabio lo llama el TODO.

En su esencia el TODO es incognoscible. Mas el dictado de la razón debe ser recibido hospitalariamente, y tratado con respeto.

El Universo es una creación mental sostenida en la mente del TODO.

El TODO crea en su mente infinita innumerables universos, los que existen durante eones de tiempo, y así y todo, para Él, la creación, desarrollo, decadencia y muerte de un millón de universos no significa más que el tiempo que se emplea en un abrir y cerrar de ojos.

La mente infinita del TODO es la matriz del Kosmos.

Lo que está en la infinita mente del TODO es real, sólo un grado menos que la realidad misma que constituye la naturaleza del TODO.

Si bien es cierto que todo está en el TODO, no lo es menos que el TODO está en todas las cosas. El que comprende esto debidamente, ha adquirido gran conocimiento.

La posesión del Conocimiento, si no va acompañada por una manifestación y expresión en la práctica y en la obra, es lo mismo que el enterrar metales preciosos: una cosa vana e inútil. El Conocimiento, lo mismo que la Fortuna, deben emplearse. La ley del uso es universal y el que la viola sufre por haberse puesto en conflicto con las fuerzas naturales.

En la Mente del Padre-Madre, los hijos están en su hogar.

Hermes Trismegisto

Extractado por Farid Azael de
Tres Iniciados.- El Kybalion.- Editorial Solar

Más Información:
Louis Menard.- Los Libros de Hermes Trismegisto.- Edicomunicación.