Historia Jasídica

Historia Jasídica

El Rabí Levi-Yitzhak contaba un día:

“Una mañana percibí que la gente de mi aldea no me respetaba. Turbado, traté de comprender por qué. Y terminé por darme cuenta que eso no tenía nada que ver con ellos y sí conmigo.  Simplemente, era que había perdido todo respeto a mis propios ojos. Por qué ellos tendrían que ser más caritativos que yo? Decidí entonces mejorar. A consecuencia de eso, mi entorno me trata con más deferencia, igual mi familia y mis vecinos. De familia en familia, de calle en calle, el cambio se ha hecho sentir, extendiéndose por fin a la aldea entera. Se me estima de nuevo.”

Obrando sobre sí, el hombre actúa sobre los otros; este es el principio mismo del pensamiento místico.
Que un solo ser alcance la perfección y la especie toda entera será salvada de la mentira y del mal.

Elie Wiesel

Traducción de Ester Silva.

Bastó una Nada

Bastó una Nada

En la noche del pasado, la Tierra no era más que un bloque de fango tibio, con algunas islas de materia más sólida aquí y allá. No era más que un terrón fangoso a la deriva en el espacio. No transportaba ni plantas ni bestias, sino grumos, arenas, vapores y gases, líquidos y cristales. La Tierra estaba muerta.

Fueron necesarios milenios de lluvias, de tempestades, de erupciones volcánicas, de marejadas y de huracanes para disminuir la temperatura de ese magma. Y luego, más milenios de cataclismos azarosos y gigantescos para que un día algunas moléculas se juntaran, se combinaran, complicando su fórmula y llegando a ser, por accidente, un protoplasma.

El protoplasma: algunos regueros viscosos no llegando a nada. Un poco de heces entre tanto légamo y cieno, un escupitajo lanzado por una ola y recogido por otra. Pero algo sucedió, alguna cosa que debía trastornar a la larga el aspecto del planeta. Qué fue? No se sabe. Un rayo, algo térmico, un resplandor venido del fondo del espacio y apenas frenado por una atmósfera todavía delgada, tal vez la vecindad de un misterioso catalizador, o bien…

Y la pequeña gota de protoplasma se agitó un poco. No se movió a causa de la acción del viento, o de un remolino, ni por el choque violento de una ola estallando contra una roca, no. Ella se movió por sí misma. la gotita de albúmina vivía, llevaba en sí un germen formidable.

Ella nadó un poco, malamente, por minúsculas sacudidas. Absorbió ciertas sales útiles, escupió otras que no le servían de nada. Creció, se desdobló, se multiplicó, dio nacimiento a bancos de pequeñas gotas todas semejantes. Algunas emigraron hacia mares más o menos cálidos, otras quedaron aprisionadas en lagunas abandonadas por los mares.

Viviendo en condiciones variadas, empezaron a diferenciarse. Algunas se cubrieron de una membrana, sus hermanas se erizaron de rugosidades calcáreas. Algunas vivieron aisladas, otras permanecieron adheridas las unas a las otras formando moluscos, o bien echaron raíces en lodos blandos llegando a ser algas rudimentarias.

Y moluscos y algas demoraron siglos de siglos en llegar a ser peces o nenúfares, después batracios o cañas, lagartijas o juncos, pájaros o helechos, grandes fieras, rumiantes, mastodontes, insectos, cedros, margaritas, palisandros y palmeras. Y la Tierra fue cubierta de fauna y de flores diversas según los climas, los continentes y las épocas, Y después llegó el Hombre.

Y todo venía de una gota de albúmina tocada por un rayo o por Dios sabe qué.

Al otro extremo de la misma galaxia gravitaba un lejano planeta, otro terrón fangoso, otra bola grumosa, Pero ni rayo, ni resplandor, ni choque térmico lo habían tocado en el momento oportuno y con la fuerza adecuada y precisa para que una gota de lo que fuera, una mancha, una raspadura, una nada, pudiera animarse. En relación a las conjunciones formidables que habían dado nacimiento a la vida sobre la Tierra, faltaba siempre un detalle en este otro planeta. Faltaba un grado de calor en más o en menos, una fracción de voltaje, un grado en la incidencia de un resplandor, una decimal en las proporciones de una mezcla.

Y este planeta permanecía muerto.

BastoUnaNadaUn día una gran nave de metal se posó sobre el planeta muerto. Salieron hombres de la nave. Examinaron las piedras, los líquidos y los gases, Hicieron toda clase de cálculos complicados. Decidieron establecer una base en medio de la planicie, y sacaron una gran máquina fuera de la nave.

Con la máquina, empezaron a construir una pista de algunas centenas de metros. La máquina avanzaba con lentitud. Por delante, tragaba arena y guijarros, bombeaba el líquido de los mares; masticaba el todo entre sus grandes mandíbulas de metal, haciendo una pasta untuosa y fina. En sus entrañas, la pasta era sometida a diversos tratamientos. Pasaba bajo ampolletas encendidas, caía en cubetas, descendía por tubos en serpentín, exhalaba vapores, recuperaba bajo otra forma lo que había perdido anteriormente. Sus moléculas se disociaban, se recomponían de otra manera. Por detrás, la máquina comedora de roca expulsaba una larga huincha elástica y lisa que se pegaba por sí misma al suelo nivelado. Una larga y untuosa huincha que se endurecía en pocos minutos para ser una carretera.

Luego que esa carretera tuvo varias centenas de metros de largo, los hombres detuvieron la máquina y entraron a la nave para pasar allí la noche.

Y cuando la noche cayó sobre el planeta muerto, la carretera permanecía desierta a la luz de las estrellas. Al cabo de algunas horas, ella se levantó un poco como si fuera un grueso dorso, después recayó sobre sí misma. En seguida, se estiró y comenzó a retorcerse como un reptil.

Para animar esta masa de apariencia homogénea, hacía falta una nada, la centella de un corto-circuito sin importancia en las entrañas de la máquina, un grado en la incidencia de un resplandor, una decimal en las proporciones de una mezcla, o tal vez una falla del motor, un ruido, un fulgor, o bien…

Pero los hombres no lo supieron jamás. Pues la carretera se enroscó estrechamente alrededor de la gran nave venida del final de la galaxia. Se enroscó en torno de ella y se la tragó. Después ella creció, se desdobló, se multiplicó…

Stefan Wul

Traducido y extractado por Farid Ázael de
Question de
Editions Ritz.
Paris

La Puerta

La Puerta

Las luces de la calle se habían encendido. Estaba nublado y Roberto caminaba como muchos otros después del término de una larga jornada de trabajo en el centro de la capital. Era agradable respirar ese aire frío, casi de lluvia, al volver a casa luego de un día entero entre las cuatro paredes de una oficina, bajo la luz epiléptica de los tubos fluorescentes.

Se encontró en un barrio comercial antiguo. Todavía circulaba bastante gente en las calles, algunas tiendas comenzaban a cerrar. En otras, las vitrinas aún iluminadas incitaban a observarlas. Se detuvo frente a una que exhibía modelos a escala de aviones, vehículos militares y diferentes veleros. Nada le fascinaba más que contemplar los pequeños barcos con todos sus detalles. Para é1, eran juguetes y realidades a la vez. Le gustaba muchísimo armarlos y tenía gran habilidad para hacerlo.

Desde siempre, su gran compañera fue la imaginación. Le molestaba que cuando pequeño le dijeran que era tímido. Pero, en realidad, era retraído, no tenía esa facilidad de comunicación que veía en los demás. Le faltaba el arte de hablar sobre temas que encontraba intrascendentes. Muy distinto era cuando algo lo hacía vibrar . Si algo le parecía importante – y a veces visceralmente importante – entonces se sentía motivado
al diálogo, buscando encontrar eco en su interlocutor, tratando de que el otro percibiera en sí mismo o en el mundo lo que é1 estaba vivenciando en ese instante.

De niño pasó horas inolvidables con un lápiz, un papel y el mundo entero para recorrer. Bastaba un simple dibujo y el tiempo desaparecía. Ahora, como adulto, no era tan diferente, seguía habiendo un niño dentro de él.

Muchas veces la frontera entre lo real y lo imaginario era como el vuelo de un pájaro: era más real el conjunto de huesos, músculos y plumas que surcaba el aire, o las mil sensaciones e imágenes que despertaba en é1 al observarlo?

Recordó que en la Iglesia de las Agustinas esa tarde había un concierto de cámara y se encaminó hacia allí. Empujó con decisión las grandes puertas de madera de la vieja iglesia aprisionada entre dos modernos edificios. Aspiró casi con placer ese olor tan propio de los templos antiguos, y desde la penumbra de la entrada miró la nave central iluminada y los bancos llenos de personas en respetuoso silencio, mientras una guitarra solista interpretaba a Bach.

Monasterio de S. Salvador en Lerez.- Puerta de entrada. | Puertas de  entrada, Edificios, Monasterios

Qué distinta se escuchaba la música allí Pareciera que el templo y las notas sólo existieran para ese momento. Era imposible no sentirse recogido y elevado a la vez. Siempre le había maravillado el poder de transformación que posee la música, la forma en que resuena en el corazón humano esa combinación exacta de sonidos y silencios. Con razón se la ha llamado el lenguaje de los dioses.

Pensó que los templos tenían algo de la orilla del mar, de las rocas, las arenas y las olas que se unen a ellas. Ese límite que asusta y atrae, que puede vivirse durante un plácido día de verano o durante una violenta tempestad. O al contemplar extasiado la fusión de las aguas y del sol en un atardecer.

Se dio cuenta que se había ido alejando de la música. Ya su mágico encanto había quedado atrás . Seguía siendo hermosa, pero ya no se sentía formando parte del grupo que la escuchaba. Era extraño, se sentía solo, mientras la magia seguía envolviendo a los otros. Siempre fue en cierto modo un solitario. Se alejó de la iglesia a paso rápido, aún con esa extraña sensación de soledad en medio de la gente.

Al fondo de un oscuro pasaje entre dos edificios le llamó la atención una pequeña vitrina iluminada. Comprobó con regocijo que se trataba de una librería de libros usados. Si tenía algún vicio era el de pasar horas y horas en una librería, y si encontraba algo que comprar, tanto mejor. El vendedor, un hombre de unos setenta años, con gruesos anteojos con marcos de carey, conversaba con un cliente.

Empezó a curiosear entre los libros, aspirando ese peculiar olor de los viejos volúmenes, hojeando las páginas amarillentas, algunas quebradizas, que le recordaban el otoño. Encontró uno que hablaba del proceso psicológico de la transferencia, con grabados de un antiguo texto de alquimia medieval.

Tal vez le gustaron las imágenes que lo ilustraban o quizás fue el autor, del que algo había leído, lo que hizo que se detuviera en é1. Sin embargo, no esperaba lo que le dijo el librero al acercarse a pagarlo.

– Son cinco mil pesos, señor. Ya puede usted viajar. Con este libro se entrega, incluido en el precio, el derecho a un pasaje en barco. Sé que a usted le gusta viajar.

– Es cierto, cómo lo supo?

– Bueno, usted escogió el libro, señor.

– Sí, tiene razón. Pero, qué tiene que ver el libro con el viaje?

– Tiene que ver, ya lo comprenderá.

– Bueno, tiene razón. (Mejor le digo que sí, los libros lo deben tener medio loco, como a don Quijote).
Démelo y le avisaré cuando parto. Tengo que pedir permiso en mi oficina, soy empleado y, además, estoy casado y tengo hijos.

– No se preocupe, señor, cuando decida viajar, verá que nada se lo impedirá. Más aún, no tiene que abandonar su trabajo ni su casa. Recuerde que Einstein demostró que el tiempo es relativo y el espacio, deformable.

– Ah, sí! Aquí tiene los cinco mil pesos y gracias por el libro. (Mejor voy a leer un poco menos, no se me vaya a secar el cerebro a mí también.)

Contento y aún algo desconcertado, se dirigió a su casa. Pensando en el extraño librero, por poco sigue de largo en el microbús. Se bajó rápidamente y casi corriendo llegó a su casa. Todo volvía a la normalidad.

– Es agradable estar en casa – pensaba – pero, cómo será el barco? Sería fabuloso poder viajar. Y sin dejar el hogar y el trabajo, me dijo el viejo , será posible? Creo que está loco, pero parecía hablar seriamente.

Después de comida se acostó temprano y empezó a leer el libro. Siempre leía antes de dormir . Aún pensaba en el librero.

– Qué ganas de viajar y en barco! Pero estoy muerto de sueño. Mejor apago la luz.

De pronto despertó, con esa repentina lucidez con la que alguna vez hemos abierto los ojos en medio de la noche. Pero notaba algo extraño.

– Pero si estoy en medio de la calle! Qué hago aquí con bluejeans y suéter de cuello alto y esta parka?
cuándo me puse estas zapatillas de lona y este gorro de lana Sí, estoy soñando! Pero dónde estoy?
Es de noche, todas las casas y edificios están cerrados. Qué extraño! debe ser un sueño, pero es tan real.
No cabe duda, estoy aquí. En ese pasaje hay una luz, es una puerta abierta. Me acercaré.

– Adelante, señor, ya nos conocemos. Le dije que volvería.

Casi se desmayó de la impresión. Un escalofrío recorrió su espalda. Su ser entero le gritaba que era un sueño y, sin embargo, todo parecía tan real. El viejo librero le sonreía desde la puerta, lo que no tenía nada de extraño porque el lugar en que se encontraba era su librería.

– Pero, qué hace despierto a estas horas? y más aún, qué hago yo en este lugar?

– No se asuste – le respondió en tono amigable el anciano – le dije que el tiempo es relativo y aun el espacio no es lo que parece, recuerda usted? Por su atuendo, deduzco que ya se decidió a viajar . El libro que compró era su pasaje, recuerda?

– Pero mi mujer y mis niños no saben que estoy aquí . Mejor me voy y ya veré que pasó, o tal vez me olvide de todo este enredo. Qué tengo que hacer aquí, a estas horas, en esta facha, hablando leseras !

– Hijo, no se enfade, la vida y la realidad existen aunque uno las niegue. Yo simplemente estoy aquí porque esta es mi casa. Usted fue quien llegó a estas horas. Me cae simpático y, en el fondo, está enojado porque tiene miedo. Y tiene miedo porque no comprende. Y sin embargo, ha sido usted quien ha llegado hasta aquí.

– Discúlpeme, tiene razón. Estoy desorientado, es que todo esto es tan raro.

– Y no le parece raro también que de unos extraños signos sobre un papel podamos sacar ideas, palabras, conocimientos, y hasta caminos para cambiarnos a nosotros mismos?

– Se refiere a los libros?

– Sí, a toda escritura. qué pensarían nuestros remotos antepasados, que no la vislumbraban siquiera, de vernos comprender y realizar cosas luego de mirar estos signos?

– Pensarían que era magia, sin duda.

– Se da cuenta que sólo nos aterroriza y desconcierta lo desconocido? Hasta el monstruo más terrible lo es menos si lo conocemos. Creo que será bueno para usted que viaje. Tome ese barco, créame, no se arrepentirá.

Roberto reflexionaba. En el fondo, ardía en deseos de viajar y, por otra parte, no sabía porqué, el anciano le inspiraba confianza.

– Conforme. Qué tengo que hacer?

– Tómese este café. Y cuando se sienta listo, lo acompaño a la puerta de atrás.

Una vez que Roberto apuró su taza de un trago con la seguridad del que ya ha tomado una decisión, pasaron tras el mostrador por una puerta que daba a una cocina pequeña, pero limpia y ordenada.

En una mesa cubierta con un mantel a cuadros, destacaba un florero de cristal tallado con un ramo de rosas rojas. Tomando una de ellas, un hermoso botón, el anciano se acercó a otra puerta que, probablemente, daba acceso a un patio de luz.

– Tome, hijo, este botón. Es hermoso, verdad? Es para usted. Hace muchos años que lo esperaba, consérvelo. Algún día se abrirá como la más hermosa de las rosas. No lo pierda, no lo olvide, resiste muchas cosas, incluso que no lo riegue; pero no lo olvide.

– Gracias, es usted muy amable.

Se guardó la flor en un bolsillo interior de su parka.

– Ya debe irse. Usted será su propio guía, un auténtico aventurero . Si no sabe cómo seguir, será muy fácil, sólo vuelva a esta puerta, lo estaré esperando. No tema, pero no se olvide de su rosa. Salga, su barco lo espera.

La brisa fresca de la noche le acarició el rostro. Sus pies sintieron el crujir del maicillo, sus piernas rozaron algunas plantas que compartieron con sus pantalones la fría humedad algo pegajosa del aire.

– Es divertido – pensaba – si no supiera que estoy en el patio trasero de una tienda en pleno centro de la ciudad, juraría que el aire es marino. Lo que es capaz de hacer la imaginación.

Se volvió para despedirse del anciano, pero éste ya había cerrado la puerta y sólo se vislumbraba la luz que se filtraba por debajo de ella.

– Qué curioso tener un jardín en pleno centro! Seguramente de aquí sacó sus rosas. Bien, veamos por dónde se sale de este patio. Allí hay un sendero, lo seguiré . Qué oscuro está! Lástima no haber traído una linterna. Lo tendré presente para otra oportunidad…

– No puede ser, he caminado más de diez minutos por este sendero que parece ir descendiendo, y no llego a ninguna reja, pared u otro edificio. Nunca me hubiera imaginado que existieran patios tan grandes en plena ciudad.

– Parece que está aclarando. Deben ser las seis de la mañana, he pasado toda la noche en vela, pero no estoy cansado. Qué me irán a decir en la casa?

– Qué locura!

Lentamente la oscuridad se transformó en una grisácea y siempre húmeda claridad. La casi cálida y maternal esfera de la noche empezó a llenarse de las múltiples y fantasmales formas del amanecer. Era como el suave invadir de la consciencia en el sueño profundo próximo a un tranquilo despertar. Los fantasmas se transformaron en árboles, el sendero empezó a alejarse a medida que la luz llenaba el espacio que la noche abandonaba. La tierra y hierbas que tocó al caminar se dirigieron cada vez más rápidamente en todas las direcciones, colmando el espacio que la luz arrebataba a la oscuridad.

El aire se atiborró de sonidos, la vida comenzaba su canto matinal, la neblina se deshacía en pequeñas gotas que brillaban en las hojas de los árboles y en la parka de Roberto. Al tiempo que la claridad se hizo tibiamente amarilla, la luz del sol disolvió los últimos jirones de niebla. Restregándose con fuerza los ojos,
y con el corazón latiéndole en la garganta, sintió que el vértigo lo invadía.

– No puede ser! – intentó gritar – No puede ser! – balbuceó llorando – Es un sueño, sí eso es, un sueño muy real, pero sueño al fin. Si cierro los ojos con fuerza y luego los abro, despertaré en mi casa reflexionó al tiempo que apretaba sus párpados.

Al abrirlos, aún estaba allí. El paisaje que lo rodeaba no era un sueño. El sendero que recorrió en la noche bajaba desde la colina entre arbustos y algunos árboles que, descolgándose de las laderas, se asomaban al mar. Sí, al mar. Una pequeña bahía se extendía bajo su mirada. El anciano no había mentido.

Algo más tranquilo , introdujo su mano en el bolsillo de la parka, allí estaba su rosa. La cogió y la contempló, acariciándola con suavidad. En realidad, era un hermoso botón y parecía sonreirle divertidamente . Pensó en volver, y en el momento de retornar sobre sus pasos, tomó la decisión de seguir adelante. Usted será su propio guía, un auténtico aventurero, le había dicho el anciano.

Con paso resuelto y extrañamente tranquilo, casi alegre, comenzó a bajar hacia el puerto.

Alberto Carvajal
El Mendigo

El Mendigo

Postrado a la vera del camino, esperaba que pasara alguien caritativo que me lanzara una moneda. De pronto vi venir un cortejo que rodeaba a una carroza tirada por seis caballos. Pensé: Un gran señor se ha dignado cruzar por esta aldea. Es posible que me deje caer una generosa limosna.

Esperé anhelante mientras la carroza se detuvo enfrente mío. De ella descendió un personaje ricamente ataviado, al que supliqué: Señor, una moneda !… Pero, para mi desconcierto, el gran señor extendió su mano y me preguntó: Tienes algo para darme?. A mí, al mísero, él le pedía ! No podía creerlo, pero seguía delante de mí con la mano tendida…

Vacilando, hurgué en mi raída bolsa, en busca de algo que pudiera dar, algo pequeño que no mermara mis tan escasas pertenencias. Encontré un grano de trigo, que coloqué en esa mano insistente. El me dijo:
Gracias !. Subió a su carroza y se marchó.

En la noche, al llegar a mi albergue, vacié en el suelo el contenido de mi bolsa, buscando algún mendrugo que pudiera servirme de cena y, entre los desechos recolectados, había un grano de trigo de oro, Sollocé amargamente:

Señor, debí habértelo dado todo !

Rabindranath Tagore
La Charca

La Charca

Era una charca pequeña, toda pútrida. Cuanto cayó en ella se hizo impuro; las hojas del árbol próximo, las plumillas de un nido, hasta los vermes del fondo, más negros que los de otras pozas. En los bordes, ni una brizna.

El árbol vecino y unas grandes piedras la rodearon de tal modo que el sol no la miró ni ella supo de él en su vida.

Mas un buen día, como levantaran una fábrica en los alrededores, vinieron obreros en busca de las grandes piedras.

Fue eso en un crepúsculo. Al día siguiente el primer rayo cayó sobre la copa del árbol y se deslizó hacia la charca.

Hundió el rayo en ella su dedo de oro y el agua, negra como un betún, se aclaró: fue rosada, fue violeta, tuvo todos los colores un ópalo maravilloso !

Primero, un asombro, casi un estupor al traspasarla la flecha luminosa; luego un placer desconocido mirándose transfigurada; después… el éxtasis, la callada adoración de la presencia divina descendida hacia ella.

Los vermes del fondo se habían enloquecido en un principio por el trastorno de su morada; ahora estaban quietos, perfectamente sumidos en la contemplación de la placa áurea que tenían por cielo.

Así la mañana, el mediodía, la tarde. El árbol vecino, el nido del árbol, el dueño del nido sintieron el estremecimiento de aquel acto de redención que se realizaba junto a ellos. La fisonomía gloriosa de la charca se les antojaba una cosa insólita.

Y al descender el sol, vieron una cosa más insólita aún. La caricia cálida fué durante todo el día absorbiendo el agua impura insensiblemente. Con el último rayo, subió la última gota. El hueco gredoso quedó abierto como la órbita de un gran ojo vaciado.

Cuando el árbol y el pájaro vieron correr por el cielo una nube flexible y algodonosa, nunca hubieran creído que esa gala de aire fuera su camarada, la charca de vientre impuro.

Para las demás charcas de aquí abajo no hay obreros providenciales que quiten las piedras ocultadoras del sol?

Gabriela Mistral
El hacedor de lluvias

El hacedor de lluvias


ElHacedorDeLluvias01
 

Era la estación de las lluvias, pero ellas no aparecían. Los campos sufrían con la sequedad, la tierra se agrietaba, el ganado no encontraba pastos, los habitantes del pueblo invocaban a los espíritus benignos, pero el cielo seguía sin mostrar una sola nube.Los afligidos campesinos reunidos en la plaza principal, junto con los ancianos que formaban el gobierno de la aldea, decidieron que iría una comitiva de ellos hacia otro pueblo distante donde habitaba un hacedor de lluvias. Estaban dispuestos a traerlo a como diera lugar, procurando conmover su corazón con la miseria que veían venir sobre ellos a causa de la sequía.

Cuándo regresaron en feliz cumplimento de su misión, les dio la bienvenida una multitud entusiasta dispuesta a obedecer cualquier exigencia del hacedor de lluvias. Este era un anciano de aspecto humilde y tranquilo. Sus peticiones fueron modestas: una choza para él solo, una ración diaria de arroz y de té, no ser molestado durante una semana, porque necesitaba absoluta soledad. Así se hizo.

Al término de la semana, llovía, y llovió sin parar por tres días. La tierra yerma absorbía con avidez la vida que le daba el agua, la gente bailaba por las calles con el rostro vuelto al cielo que por fin se había acordado de ellos. Cuando despejó y apareció el arco iris, el anciano salió de la choza. Todo el pueblo fue a darle las gracias, a ofrecer en retribución lo que él pidiera, y a preguntar cómo había hecho el milagro.

Muy sencillo – respondió el anciano – este pueblo no estaba en armonía con el Tao y eso perturbó el ciclo acostumbrado de las cuatro estaciones. Bastaba que un solo hombre lo estuviera para que los demás se fueran armonizando y el orden natural de las cosas se restableciera.

Historia Taoísta.