El Yoga de la Energía

El Yoga de la Energía

Los antiguos textos que tratan el tema del Yoga de la Energía, o Kundalini, están plagados de pasajes crípticos con detalles fantásticos y alusiones ritualistas a innumerables deidades, ejercicios mentales y físicos extremadamente difíciles y a menudo peligrosos, conjuros y fórmulas conocidas técnicamente como mantras, posturas corporales llamadas asanas, e instrucciones detalladas para el control y regulación de
la respiración, llamada pranayama. Todo esto expresado en un lenguaje difícil de entender, con gran cantidad de expresiones místicas, las que en lugar de atraer es posible que repelan al alumno moderno. Hablando sinceramente, no hay ningún material ilustrativo posible, ni comentarios antiguos ni modernos, que expresen lúcidamente cuál es la realidad objetiva de los métodos recomendados y cuáles son los cambios mentales y orgánicos que uno puede esperar al final.

El resultado es que, en lugar de volverse instructiva y pragmática , esta ciencia estrictamente empírica está cayendo en el abuso y en el desprestigio. Algunas de las prácticas, que forman parte de un conjunto integrado y sirven como medios para conseguir un propósito definido como los asanas y ejercicios de respiración ahora se consideran en sí mismas resultados ulteriores y apetecidos, haciendo abandono del objetivo fundamental para el que fueron concebidas. Este objetivo es desarrollar un tipo de consciencia que cruza los límites que confinan la mente, llevando la consciencia desde su ámbito concreto de la vida cotidiana a regiones suprasensibles. Influenciados por las exigencias condicionantes de la civilización moderna y desalentados por la actitud generalmente incrédula que predomina en nuestra sociedad hacia la posible evolución de la consciencia en el hombre, los aspirantes actuales a menudo se contentan con algunas pocas posturas y ejercicios de respiración, convencidos de que están practicando un Yoga que los lleva a un desarrollo espiritual.

La descripción de los Chakras o Lotos, de los signos y experiencias sobrenaturales que acompañan al éxito en la práctica, de los milagrosos poderes alcanzables con ella, del origen del sistema y de los diversos métodos, son tan exageradas que nos parece que la idea expresada en la literatura antigua sobre el tema resulta increíble e, incluso, absurda. Es muy difícil para el investigador moderno discernir a través de ese material un conocimiento clarificado, separando la tradición sobrenatural y mitológica que lo acompaña. Si se considera desde el punto de vista de los relatos fantásticos encontrados no sólo en los textos antiguos originales sino también en libros modernos, la energía Kundalini no puede ser más que un mito, una quimera nacida del deseo innato del hombre de escapar a los rigores impuestos por un mundo de causa y efecto rígidamente estructurado, una piedra filosofal inventada para satisfacer ese anhelo, proporcionando una forma viable para la adquisición de la riqueza, de la juventud o de la inmortalidad.

En la India, ningún otro tema está tan sumergido en tanta cantidad de literatura como lo está el Yoga dirigido a lo sobrenatural. En ningún libro sobre el tema se proyecta una luz penetrante sobre la energía Kundalini, ni ningún experto ha proporcionado más información que la que se manifiesta en las obras de la antigüedad. El resultado es que, salvo algunos maestros casi inaccesibles , tan escasos como los alquimistas de antaño, no hay nadie en toda la India, la cuna de esta ciencia, a quien uno pueda dirigirse para lograr un conocimiento autorizado del tema.

El sistema de complicados ejercicios mentales y físicos relacionados directamente con la energía Kundalini se conoce técnicamente como Hatha Yoga, apartado de otras formas de Yoga conocidas en la India desde tiempos remotos. Hatha en sánscrito es una palabra compuesta de dos sílabas Ha – tha , las que significan sol y luna respectivamente. Indica, por lo tanto, que este Yoga es el resultado de la confluencia de estos dos cuerpos celestes. Como explicación simple, las denominaciones de sol y luna que se utilizan aquí designan las dos corrientes nerviosas que corren a lo largo de la médula espinal a su izquierda y derecha. Ellas son llamadas Nadis, o nervios. El de la izquierda recibe el nombre de Ida y se dice que es frío y que se parece al brillo pálido de la luna; el segundo se llama Pingala, es caliente y se compara con el resplandor del sol. El sistema está basado en la suposición de que todo organismo viviente recibe su existencia gracias a la mediación de una sustancia inmaterial extremadamente sutil, la que se extiende por todo el universo, y que se denomina prana. Ella es la causa de todo fenómeno orgánico al que controla por medio del sistema nervioso, manifestándose como energía vital.

Esta energía adopta varios aspectos para desempeñar distintas funciones en el cuerpo y circula por el organismo en esas dos corrientes descritas: una que se percibe como caliente y otra como fría, lo que es claramente detectable para los yoguis como sensaciones caloríficas o refrescantes. Ellas existen a un lado y otro del sistema, en cada tejido y en cada célula, fluyendo ambas a través de los nervios superiores. Las pequeñas ramificaciones de las dos corrientes durante su paso por el organismos nunca se sienten en el estado normal de consciencia de vigilia, puesto que los nervios están acostumbrados a su flujo desde el comienzo de la vida.

Debido a su naturaleza sumamente sutil, la energía vital ha sido comparada con el aliento por las antiguas autoridades del Yoga. Ellos sostienen que el aire que respiramos está impregnado de Prana y que las corriente Ida y Pingala fluyen alternativamente a través de ambas fosas nasales, junto con el aire, en el momento de la inhalación. Como bien sabemos, el aire que respiramos está compuesto principalmente por dos gases, oxígeno y nitrógeno. El oxígeno es el agente principal de la combustión, quemando las impurezas de la sangre en su movimiento a través de los pulmones, mientras que el nitrógeno ejerce un efecto moderador sobre su calor. Considerando que los escritores antiguos se referían a veces a Prana con el mismo término que usaban para aire Vayu existe la posibilidad que se haya producido la idea equivocada de que Prana y aire son idénticos. Esto no es así. La vida en la tierra, tal como se presenta, no es posible sin oxígeno y este elemento es un ingrediente tanto del aire como del agua, los dos componentes esenciales de la vida en nuestro planeta; lo que fundamenta el hecho de que en la tierra la energía vital cósmica usa al oxígeno como vehículo principal para su actividad. Es posible que la bioquímica en el futuro se vea obligada a aceptar el papel del oxígeno en todo fenómeno orgánico como el representante de Prana.

Nuestro planeta tiene su propia provisión de Prana, el que impregna a cada átomo y a cada molécula de todo los elementos que constituyen su núcleo ígneo esas ardientes regiones fundidas en llamas debajo de su corteza y el duro estrato superficial con sus océanos y montañas, más la atmósfera con sus diversas divisiones hasta la franja más extrema. El Sol, una vasta fuente de energía vital, irradia constantemente un enorme suministro de esa energía pránica sobre todo su sistema, como parte de su expansión. Esto hace que las creencias sobre el influjo negativo de los eclipses solares puedan tener una explicación lógica, ya que en tales eventos se ven parcialmente detenidas las irradiaciones pránicas durante el tiempo que dura
la interferencia de la Luna. Los cambios en el volumen del vapor y del polvo en la atmósfera que provocan alteraciones en ciertos temperamentos muy sensibles puede ser que también afecten el flujo de las corrientes pránicas.

Nuestro satélite es otro gran centro de suministro de Prana recibido del Sol sobre la Tierra. Los planetas y estrellas, próximos o lejanos, son todos ellos reservas inagotables de Prana, vitalizando la Tierra con corrientes de energía transmitidas por su luz. Estas emanaciones pránicas de los distintos cuerpos celestes no son idénticas, cada cual tiene su característica propia. Esto se puede comprobar con el análisis que se ha hecho de su espectro luminoso, el que muestra variaciones peculiares de cada uno de ellos. Resulta imposible para la mente humana imaginar siquiera en forma vaga las interacciones de innumerables corrientes de luz emitidas por billones y billones de estrellas, influencias que se cruzan y vuelven a cruzarse en incontables puntos, llenando la enormidad del espacio en toda su extensión. De la misma manera, es totalmente imposible describir o imaginar el mundo inmenso de Prana o energía vital tal como lo han descrito los videntes extendiéndose por todo ese espacio cósmico hasta su último límite si es que lo hay dando origen a toda calidad de vida, tal como surge la espuma sobre las olas de las corrientes oceánicas en perenne movimiento.

Para explicar la manifestación de la vida en la Tierra, la única alternativa es aceptar la existencia de un medio vital inteligente que utilizando los elementos del mundo material construye las estructuras orgánicas con tal increíble destreza, en tal profusión y con tantas formas diversas, que refutan cualquier idea de generación espontánea o azar, al mostrar una inteligencia y una seguridad de propósito extraordinaria. El ingenio y la destreza humanos buscan con empeño poder alcanzar logros parecidos, los que aún están muy distantes.

La estructura completa del Yoga se basa en la validez de Prana como materia suprafísica cognoscible, lo que es el campo actual de investigación de la física cuántica. Durante miles de años, generaciones completas de yoguis han ido verificando las afirmaciones de sus antecesores. La realidad de Prana como el agente principal que conduce al estado supraconciente denominado Samadhi nunca ha sido puesto en duda por ninguna escuela de Yoga. Quienes creen en el Yoga, deben primero creer en la existencia de Prana. Considerando que para llegar a ser un Rishi sabio a través del Yoga, no sólo se deben tener dotes mentales y físicas por sobre el promedio, sino además atributos como la honradez y la rectitud, mostraría una mente obstinada quien pusiera en duda los testimonios de numerosos videntes célebres que han atestiguado, por su propia experiencia, los estados supraconscientes conseguidos a través de Prana, tal como ellos lo aprendieron de sus instructores.

Según las creencias religiosas de la India, las que se remontan a tiempos prehistóricos, se ha considerado la existencia de Prana como un medio para la actividad del pensamiento y la transmisión de sensaciones e impulsos en los organismos vivos. Se la reconoce como una substancia cósmica imperceptible a los sentidos ordinarios, que está presente en toda formación de la materia y que puede ser verificable por la práctica del Yoga, cuando lo realiza de la manera correcta el tipo de hombre adecuado. Según estas creencias, Prana no es la materia, ni es la mente, ni la inteligencia, ni la consciencia, sino una parte inseparable de la energía cósmica o Shakti que reside en todas ellas y que es la fuerza conductora que hay detrás de todo fenómeno cósmico, mostrándose como la fuerza de la materia en todo organismo vivo.

En resumen, es el medio a través del cual la inteligencia cósmica conduce la inmensa actividad inimaginable del cosmos. Crea, mantiene y destruye las gigantescas formaciones globulares que arden continuamente en el espacio, tanto como a los ínfimos microbios benignos y malignos que pululan en la tierra. Dicho de otra manera, Shakti, cuando actúa sobre la materia inorgánica, es fuerza, cuando actúa sobre la materia orgánica, es vida. El nombre genérico Shakti se aplica a toda forma de energía cósmica, animada o inanimada, como aspecto creador activo de la Realidad. En cambio, Prana es aplicado a aquel tipo de energía que actúa en el campo orgánico, como impulso nervioso y vitalizador.

La ciencia actual está llegando irremediablemente a la conclusión de que la energía es la substancia fundamental del mundo físico. La duda sobre la existencia de la vida, como una esencia vital inmortal aparte de los vehículos corporales, es tan antigua como la civilización. Es provocada principalmente por la naturaleza inexorable de las leyes físicas que actúan sobre el cuerpo, por la inevitabilidad del debilitamiento de la vejez y la muerte, por la naturaleza evasiva del principio vital, y por la imposibilidad de percibirlo
con los sentidos ordinarios fuera del campo orgánico. Sobre todo, se debe a la completa ausencia de alguna prueba demostrable e incontrovertible de supervivencia después de la muerte corporal. Según los yoguis, sin embargo, la existencia de la energía vital como entidad inmortal se hace subjetivamente manifiesta en el estado supraconsciente de Samadhi. Su fluir a través de los nervios se experimenta incluso antes de llegar al Samadhi, al conseguirse ciertos niveles de estados de consciencia en la meditación. Cuando ello ocurre, el Prana se concentra en el cerebro al punto que los órganos vitales lentifican su funcionamiento, el pulso y la respiración se vuelven casi imperceptibles, y el cuerpo entero parece frío y sin vida. Gracias a este flujo incrementado de energía vital, el cerebro intensifica su vitalidad; la consciencia habitual se eleva por encima de las sensaciones corporales y su facultad de percepción se incrementa en grado sumo, haciendo percibir al sujeto las existencias suprafísicas. En este estado, lo primero que se detecta es Prana, experimentada como una sustancia brillante e inmaterial, sintiéndola como una rápida vibración tanto dentro como fuera del cuerpo, extendiéndose sin límites en todas direcciones.

Yoga Integral

Yoga Integral

El Yoga integral postula la integración completa y dinámica de la personalidad, para lo cual es necesario actualizar la esencia más profunda de nuestra individualidad, el centro único de expresión creativa del Ser. Esta integración, sin embargo, tiene lugar a tres niveles diferentes: la integración psicológica, la integración cósmica y la integración existencial.

La integración psicológica.

Esta supone la armonización de todos los conflictos de nuestra personalidad, en particular de aquellos impulsos, fuerzas y necesidades instintivas inconscientes que se contraponen a la voluntad racional de nuestra mente consciente modelada por las fuerzas sociales y culturales propias de la comunidad a la que pertenecemos.

Nuestro psiquismo puede compararse a una especie de central eléctrica, capaz de generar una enorme cantidad de energía, donde descansa el instinto sexual, el tropismo hacia el crecimiento y el desarrollo, el impulso que nos incita a la expansión ininterrumpida y completa de nuestro ser y a la afirmación de nuestra voluntad de poder. El inconsciente es la morada de los anhelos, los deseos reprimidos y las tendencias verdaderamente creativas; es una región donde coexisten lo vulgar y lo sublime, un dominio en el que el ángel y el demonio se dan la mano, un reino en el que la luz permanece oculta en la oscuridad y en el que la oscuridad puede convertirse en luz.

En los estratos más profundos del psiquismo inconsciente, habita la memoria evolutiva de la raza humana. Allí se hallan almacenadas, en forma de imágenes arquetípicas, las experiencias cruciales de la historia evolutiva de la humanidad. En este nivel, propio de nuestra herencia inconsciente, esperan dinámicamente los símbolos e imágenes de Dios como Padre o como Madre cósmica, del “puer eternus”, del eterno femenino, del anciano sabio, de la bruja malévola, de la serpiente como personificación de los impulsos irracionales y del pájaro como emblema de las elevadas aspiraciones intelectuales del ser humano.

La consciencia racional, en cambio, es el fruto de las fuerzas socioculturales. Por tanto, nuestra concepción del bien y del mal, de Dios y del demonio, del cielo y del infierno, dependen del entorno cultural al que pertenecemos. Nuestra conducta se orienta hacia el logro de aquellos objetivos que concuerdan con los estándares aprobados socialmente, aunque ello suponga la represión de determinados contenidos inconscientes. De esta manera, en el corazón de todo ser humano se libra una incesante contienda entre lo consciente y lo inconsciente, entre el impulso y la ley, una batalla que, cuando supera la capacidad del individuo, genera todo tipo de perturbaciones emocionales.

Con mucha frecuencia el ser humano acomete intentos desesperados para sofocar esta tensión psíquica. Hay quienes prefieren la espontaneidad de los impulsos pasajeros al freno de la razón y, en consecuencia, ceden a los arrebatos de sus instintos y se dejan llevar por el principio del placer o por el concepto hedonista de “comer, beber y ser feliz”. Lamentablemente, sin embargo, el hedonismo encierra paradójicamente la semilla de la frustración y no tarda en revelarse como un burdo engaño ya que el placer tan afanosamente buscado escapa de nuestras manos como el agua. En realidad, los placeres más intensos son aquellos que sobrevienen inesperadamente o que son consecuencia de nuestro interés genuino por un objetivo verdaderamente valioso. Además, si nos entregamos al principio del placer no habrá modo de conciliar nuestras contradicciones y llevaremos una existencia conflictiva y absurda sometida a todo tipo de placeres momentáneos.

Otros, por el contrario, anteponiendo la perfección al placer, adoptan una actitud absolutamente opuesta al hedonismo y emprenden el arduo camino de la austeridad y la abnegación. De este modo, empujados por una devoción inquebrantable hacia algún modelo aceptado socialmente, tratan de extirpar en forma drástica los impulsos de su mente inconsciente. Esta actitud, sin embargo, termina generando un super-ego opresivo y tiránico que consume su alma con el fantasma del pecado mientras las llamas del puritanismo agostan su fluído vital como los rayos de un sol abrasador. El precio es una conducta excéntrica que puede también desembocar fácilmente en graves perturbaciones psicológicas.

Hay otras personas que, rechazando la superficialidad y convencionalidad de la vida social, deciden entregarse a la búsqueda independiente del espíritu sin seguir modelo alguno. Eligen el camino ascético de la devoción exclusiva a la Trascendencia, recorren completamente a solas el sendero que conduce hacia el Unico y llegan incluso, en ocasiones, a asumir una actitud hostil e indiferente hacia la sociedad. Sin embargo, psiquismo y sociedad son, en última instancia, inseparables y, en consecuencia, la represión de los aspectos sociales conduce necesariamente a la represión de determinados impulsos fundamentales de nuestro psiquismo. A pesar de todo, la búsqueda incondicional del espíritu que hace caso omiso de los requerimientos de la sociedad y de los impulsos del psiquismo puede aportarnos ciertos logros espirituales. La intensificación de la consciencia interna provoca percepciones estéticas o visiones místicas extraordinarias que aportan, indudablemente, cierta satisfacción. Sin embargo, estos logros no dejan de ser limitados porque la negación de la vertiente social e instintiva de la vida constituye una verdadera mutilación. De esta manera escalamos las alturas del espíritu pero perdemos el contacto con las profundidades del psiquismo, conquistamos la lucidez pero perdemos la totalidad, subimos a los cielos pero nos alejamos de la tierra, ascendemos meteóricamente a una posición sobresaliente pero perdemos, en fin, la oportunidad de crecer armónicamente y alcanzar la realización integral.

La integración psicológica supone el crecimiento armónico de la personalidad e implica una atención ecuánime a todas las necesidades instintivas fundamentales de nuestra naturaleza y a las disposiciones concretas de nuestro psiquismo. Pero, para que se produzca la reconciliación entre el impulso y la razón, entre el “ello” inconsciente y el “ego” consciente, tenemos que descubrir el Yo Superior, el principio unificador profundo de nuestra existencia. De otro modo, corremos el peligro de fomentar el desarrollo de la mente a expensas del cuerpo, de la fuerza muscular en detrimento del cerebro, del intelecto a costa de la emoción, del sentimentalismo en aras de la objetividad, del crecimiento tiránico de la consciencia social a costa del sacrificio de nuestras necesidades psicológicas o del desarrollo de una conducta rebelde, caprichosa y arbitraria en perjuicio del orden social.

Psiquismo y sociedad son esencialmente inseparables, por esto, no debemos olvidar que nuestro crecimiento psicológico individual exige tener en cuenta las demandas de la sociedad. Por imperfectas que puedan parecernos las normas morales no podemos rechazar nuestra relación con la sociedad sin mutilarnos. La sociedad forma parte inseparable de nuestra alma y aunque nos retiráramos a la más remota de las soledades seguiríamos llevando a la sociedad con nosotros. El alma tiene la necesidad vital de relacionarse con sus semejantes, de amar y de ser amada. Podemos criticar la sociedad y tratar de cambiarla, pero no podemos ignorarla porque cuando nos aislamos de las relaciones y de las actividades sociales cercenamos la vertiente social de nuestra alma. Renunciar a la sociedad debido a sus imperfecciones sería como repudiar a nuestra esposa porque está enferma. Del mismo modo, reprimir a la mente inconsciente por causa de sus impulsos oscuros sería como arrojar al niño por el desagüe junto con el agua de la bañera. La luz se esconde en el núcleo mismo de la oscuridad.

La integración cósmica.

Toda la discusión precedente sobre la necesidad de la integración psicológica nos sirve como introducción al concepto de integración cósmica. Jamás podremos alcanzar la integración plena del psiquismo si ignoramos la relación existente entre éste y la naturaleza, entre la sociedad y el cosmos. El psiquismo y el cosmos representan aspectos inseparables de la misma realidad que no es psiquismo ni cosmos, que no es un yo aislado ni un universo independiente sino un continuo psicocósmico, un yo-en-el-universo o un universo-para-el-yo, Atman-Brahman, (tú-eso o yo-eso).

A decir verdad, en el universo no existe ninguna entidad completamente aislada y cerrada en sí misma. Un átomo existe en la medida en que se relaciona con un campo energético, una planta crece cuando está en un entorno físico compuesto de aire, luz, agua y suelo, un animal vive y se mueve porque interactúa con su propia especie y con animales de otras especies y, finalmente, el hombre se desarrolla en la medida en que puede interactuar con la naturaleza, la sociedad y la profunda llamada de lo eterno. En definitiva, existir es relacionarse y, en ese sentido, la relación es absolutamente vital para la existencia.

Para que nuestro desarrollo psicológico sea sano, feliz y pleno, es necesario que mantengamos una relación integral con nuestro entorno, tanto natural como social. El aire limpio, el agua fresca, el espacio abierto y la comunión silenciosa con la naturaleza son esenciales para el desarrollo del psiquismo humano. La contemplación del esplendor y magnificencia de la naturaleza constituye una profunda fuente de inspiración para nuestra alma. Por ello, el estilo de vida artificial propio de la sociedad moderna perjudica gravemente la salud y la vitalidad.

Además, la armonía con la naturaleza despierta un sentimiento de afecto hacia el reino animal. El cruel sacrificio de animales adormece nuestro espíritu y la indiferencia ante su mudo sufrimiento embota nuestra sensibilidad. Al enfrentarnos violentamente con el resto de la creación provocamos todo tipo de discordias y tensiones internas que terminan debilitando y desfigurando nuestra personalidad. Mientras sigamos infligiendo heridas a la vida no podemos alcanzar la plenitud psicológica. Para el crecimiento equilibrado y armónico de nuestra personalidad es vital experimentar un sentimiento de unidad con la naturaleza y de reverencia y respeto hacia toda forma de vida.

La presencia de la sociedad es indispensable para la maduración de nuestra mente. Por ello, el método fundamental para romper la cáscara del egocentrismo consiste en interesarnos activamente por nuestros semejantes. Cuanto mayor sea nuestra entrega al amor y la amistad, más rápido será nuestro crecimiento, y cuanto más nos comprometamos con el bienestar de nuestros semejantes, más se expandirá nuestro ser.

El primer paso para trascender el egocentrismo consiste en aprender a subordinar el placer y la comodidad personales en beneficio de nuestra familia. Profundizando en esta dirección, llegaremos a percibir la indivisibilidad del bienestar de la humanidad y a comprometernos con la felicidad de toda la familia humana. Los distintos grupos humanos dependen mutuamente unos de otros, todos somos miembros inseparables del entorno cósmico en que vivimos, todos participamos de la misma totalidad cósmica indivisible. Esta es la verdad que puede conducirnos finalmente a la integración cósmica.

La integración existencial

Para alcanzar la plenitud total no basta con lograr la integración psicológica y la integración cósmica, sino que también es necesario llegar a descubrir el espíritu de lo eterno del cual derivan tanto el psiquismo
como el cosmos.

Por más que intentemos convencernos racionalmente de la necesidad de alcanzar la armonía psiológica, la contradicción entre las diferentes facetas de nuestra personalidad – pasión y razón, instinto e intelecto, emoción y entendimiento, por ejemplo – parece irreconciliable. La razón puede proporcionarnos cierto grado de equilibrio, pero la resolución definitiva de nuestros conflictos mentales es imposible de alcanzar en el plano psicológico. El secreto de la armonía psicológica completa descansa en la actualización de la dimensión atemporal de la existencia. La integración total del psiquismo sólo es posible a la luz de la experiencia existencial, es decir, la percepción directa e inmediata del sustrato atemporal. Para el logro de la integración psicológica global necesitamos conectar existencialmente con el trasfondo atemporal del Ser.

Lo mismo podríamos decir con respecto a la integración cósmica. Por más que intentemos convencernos racionalmente de la necesidad de alcanzar la armonía cósmica y social, la razón parece ser incapaz de resolver las irreconciliables discrepancias existentes entre el yo y la sociedad, entre el psiquismo y el cosmos. Lo máximo que podemos esperar es cierto grado de compromiso entre el crecimiento personal y el bienestar colectivo. El secreto de la armonía cósmica completa reside en la actualización del fundamento atemporal del proceso cósmico, la presencia dinámica de lo eterno en la evolución y en la historia. La unidad fundamental entre el psiquismo y el cosmos se oculta en la profundidad atemporal del Ser. Sólo la profundización existencial en el abismo del Ser puede revelarnos el principio de la armonía social, sólo podemos alcanzar la integración total entre el psiquismo y el cosmos a la luz de la realización supracósmica.

El Juego de las Polaridades en el Abrazo Tántrico

El Juego de las Polaridades en el Abrazo Tántrico

“El Camino del Éxtasis” indica ciertas vías para llegar a alcanzar una sexualidad en la cual los egos queden sobrepasados y se unan al final al cosmos.

Se podría decir que esta experiencia tiende a establecer un mundo sin fronteras donde la plenitud y el vacío se oponen, según el esquema de toda dialéctica. La plenitud del hombre es activa y, por lo tanto, se disuelve hasta llegar a ser pasiva, en tanto que, inversamente, el vacío de la mujer es pasivo, pero es también atractivo e incita a la actividad. El paso del uno al otro se produce justamente en su equilibrio inmóvil, pero animado subconscientemente por este doble intercambio bipolar, por el cual el activo satura
al pasivo que se transforma en activo, y el pasivo es saturado por el activo que pasa a ser pasivo.

La dinámica de estos intercambios se establece en relación inversa a los polos sexo-cerebro del hombre y de la mujer. En el concepto habitual, la polaridades sexuales de la díada se establecen así: el hombre es activo-pasivo, la mujer es pasiva-activa. El hombre es una plenitud que tiende a vaciarse, la mujer es una vacuidad que tiende a llenarse. El hombre actúa expulsivamente para penetrar, la mujer se somete atractivamente para absorber.

La visión transcendental presenta una relación diferente a nivel de las polaridades cerebrales. Aquí es la mujer quien es activa-pasiva y el hombre pasivo-activo. Siendo que precisamente era el hombre que infundía a la mujer, aquí es ella que se infunde en el hombre. Ella posee la intuición actuante y directa de la sophia, la sabiduría, en tanto que el hombre no posee más que la razón que analiza y recibe. El es una consciencia vacía que quiere llenarse; ella es un conocimiento pleno que quiere comunicarse.

A la luz de este análisis, es entonces posible simbolizar las relaciones: sexo de la mujer (SM), cerebro de la mujer (CM), y, por otra parte: sexo del hombre (SH), cerebro del hombre (CH) de la manera siguiente:

 

Mujer
CM + Cerebro Mujer activo
Intuición activa o lucidez de la conciencia separada
CM – Cerebro Mujer receptivo
Vacío mental
SM – Sexo Mujer receptivo SM + Sexo Mujer actuante

 

 

Hombre
CH – Cerebro Hombre
pasivo-receptivo
CH + Cerebro Hombre activo
consciencia lúcida o desdoblada
SH + Sexo Hombre
emisor activo
SH – Sexo Hombre
receptor pasivo (inmovilidad)

 

Al interior de cada uno de los participantes, los dos polos sexo-cerebro asumirán alternativamente los
roles pasivo-receptivo y activo-emisor, esto en una dinámica antagonista (inversa) en relación a los roles asumidos por estos dos polos en el otro participante en un momento dado.

Así, por ejemplo, cuando el sexo de la mujer (SM) sea receptivo-pasivo (durante los lapsos en el curso de los cuales ella absorbe la energía o simiente sutil del hombre), su cerebro (CM) asumirá el rol activo que mantendrá el desapego necesario a la orquestación consciente (control-relajación) de los pasajes sucesivos de la energía hacia los planos sutiles. Así la mujer coopera al proceso de fijación y de elevación del placer, evitando en el momento justo el abandonarse a una crisis paroxísmica, pues su claudicación (pérdida de consciencia, explosión orgásmica, movimiento brusco) podría interrumpir la fase de transmutación y precipitar la eyaculación en su compañero.

Se produce esta relación antagonista de los dos polos en la mujer, ya se trate del ejemplo citado ( SM – y CM + ) o de su inverso ( SM + y CM – ). En el segundo caso, ella se concentrará toda entera hacia el orgasmo, hasta alcanzarlo en el abandono de la consciencia. Esto permite el despertar de la Kundalini y su elevación, pero también el despertar del andrógino en la coincidencia activamente realizada del hombre y
de la mujer en ella.

Ocurre lo mismo en lo que concierne al hombre. Su sexo será a su turno pasivo-receptivo (en particular cuando él absorbe la simiente sutil de la mujer justo después del orgasmo de ella), en la inmovilidad de la postura, del aliento, de la mente, que facilita la activación de la lucidez de la que depende el control de sus reflejos (eyaculación); es decir, la interiorización de la consciencia y la inversión de la energía simiente. La relación sería entonces:(SH – CH +). Luego vendría la inversión cíclica: (SH + CH -) en el momento en que el hombre estimula a su compañera hacia un nuevo orgasmo, mientras su cerebro receptivo subordina la consciencia a las sensaciones de su cuerpo (identificación), y a la percepción de las de ella, hasta abandonarse juntos a la ola final del éxtasis. Así se produce el círculo por el juego de la dualidad asimétrica de las dos parejas del activo-pasivo y del pasivo-activo en estado eterno de permutación circular.

Entonces se produce una doble inversión cruzada, cuando la carga energética (la función) de los polos respectivos se invierte en cada uno en relación al polo correspondiente en la pareja.

Por ejemplo, en el caso de una unión ordinaria:
l.- El sexo del hombre toma posesión del sexo de la mujer.
2.- La consciencia femenina es activada.
3.- Ella recarga el cerebro del hombre que está receptivo (unificado).
4.- Activación más penetrante del sexo del hombre hasta la explosión orgásmica (implosión en la mujer).

Y en el caso del comienzo del abrazo inverso:
l.- El sexo de la mujer toma posesión del sexo del hombre. Ella es activa y móvil, él permanece inmóvil.
2.- Activación de la mente del hombre (visualización de la absorción de energías, control, lucidez).
3.- Sumergimiento de la consciencia femenina (unificada).
4.- Activación de su sexo (vibraciones uterinas).

Esta misma relación de antagonismo de polaridades se analiza a título de ejemplo:

SEXO DEL HOMBRE +

l.- Estimula activamente a la mujer (movimientos físicos)
2.- Ella recibe la energía y se abandona al deseo.
3.- Ella induce conscientemente las contracciones reflejas que llevan al orgasmo.
4.- Intensificación de la simiente sutil masculina (virya).

CEREBRO DEL HOMBRE –
Consciencia neutra, vitalizada.

———

Inversión de los roles:

SEXO DE LA MUJER +

l.- Estimula y emite energía.

SEXO DEL HOMBRE –

2.- Inmóvil absorbe.

CEREBRO DEL HOMBRE +

3.- Controla y retiene.

SEXO DE LA MUJER +

4.- Activación de las vibraciones sexuales.

——————–

CLIMAX DEL ORGASMO:

SM +

l.- Se abandona a la ola y se une al éxtasis del compañero.

2.- Absorbe y es recargada. Inducción de la simiente sutil (virya)..

3.- Ambos son un solo ser.

4.- Ella emite su energía sutil.

CM –

La importancia de esta visión reside en el hecho que el orgasmo es suscitado por la doble inversión cruzada de las polaridades, la sola capaz de exacerbar, por una parte, la presión casi insoportable de la energía en
el sentido de una explosión íntimamente deseada y atizada por la agitación de procesos psicológicos, y por otra parte, la contra-tensión psíquica que unifica los estados vibrantes de la energía en el sentido de una implosión, haciéndolos penetrar en la consciencia e interiorizándolos por una tensión unificada de toda la persona. Este retorno sobre sí, este “éntasis” (opuesto a éxtasis) es la experiencia cero que lleva al centro de un mandala.

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El juego antagónico y complementario de los cuatro polos de la cruz produce una circulación de energía en espiral que gira en ambos sentidos. Se puede imaginar los cuatro brazos de la cruz girando sobre sí mismos como los ejes de una rueda (lo que ocurre exactamente con los chakras), a fin de producir la espiral energética que conducirá a la explosión o implosión orgásmica (punto cero). Esta “transfusión” final estabiliza el movimiento y produce este salto en el vacío del cero central donde los polos se fusionan y las polaridades se anulan.

El juego tántrico propone entonces pasar de una lectura horizontal (orgasmo eyaculatorio percibido en el cuerpo y de corta duración) a una lectura vertical (dinamización vertical de las relaciones sexo-cerebro, orgasmo no eyaculatorio, fuera del tiempo y del cuerpo, éxtasis sentido más al nivel del cerebro que de las zonas genitales).

Se trata, entonces, para cada uno de los participantes:
l.- Asumir fácilmente la alternancia receptiva/emisora hombre/mujer. La mujer inicia el rito sexual siendo activa al comienzo.
2.- Saber controlar la eyaculación en el hombre y el orgasmo de tipo explosivo en la mujer. Este control debe ser adquirido por ciertas prácticas para permitir el abandono más allá del esfuerzo voluntario, siempre continuando la retención, hacia un orgasmo de tipo implosivo.

El “punto cero” es el justo equilibrio de donde puede brotar la consciencia andrógina. Siendo ella en su realización a la vez hombre y mujer, no es ni el uno y la otra sino que los transciende a ambos. Se podría entonces simbolizar su manifestación progresiva por el juego de relaciones del hombre exterior con su mujer interior, y de la mujer exterior con su hombre interior. Esto permite clarificar las relaciones en la pareja. Cuál es, por ejemplo, la relación del hombre interior de la mujer con el hombre exterior?

Si estos dos polos están activos, las energías se contraponen. Hay una pugna por quién dominará al otro… Lo que quiere decir que, en la visión transcendente, los semejantes se rechazan, en tanto que los contrarios se atraen. Entonces estas cuatro polaridades se funden en una imanencia común.

El orgasmo puede ser, por lo tanto, simbolizado por ese “punto cero” en el centro de una cruz en la cual se equilibran la horizontal y la vertical. Es el paso de la consciencia espacio-temporal del yo a la supra-consciencia (fuera del tiempo y del espacio) del Ser. Ultima y paradojal alquimia donde el otro (la puerta y el camino) desaparece, donde el ser (cuerpo-consciencia) se aniquila en el éxtasis de su desintegración. Llegando a ser Nada, él deviene el Todo. Esta “muerte de la muerte” es la resurrección de aquel que se concibe siendo concebido.

Margot Naslednikov

Traducido y extractado por Farid Azael de
Question de, N 42
Editions Retz
París

Tantra, Espiritualidad y Sexo

Tantra, Espiritualidad y Sexo

Osho Arcano Books

El Tantra es un concepto muy revolucionario: el más antiguo y a la vez el más nuevo. Es una de las tradiciones más antiguas y, sin embargo, no es tradicional; incluso es anti tradicional, porque dice: A menos que seas un todo, que seas Uno, no entenderás la vida en su conjunto. No debes permanecer fragmentado; tienes que volverte Uno.

El Tantra es una profunda aceptación, una aceptación total de la vida. Es una visión única, en todo el mundo, en todo tiempo. El Tantra es único. Dice: No desperdicies nada, no estés en contra de nada, no crees ningún conflicto, porque si estás en conflicto serás destructivo contigo mismo.

El Tantra utiliza el acto sexual para integrarte, pero tendrás que adentrarte en él muy meditativamente, olvidando todo lo que has oído sobre el sexo, lo que has estudiado acerca de él, lo que la sociedad te ha dicho, lo que la Iglesia, la religión y tus profesores te han dicho Olvida todo eso e implícate totalmente,

Osho
Sonido

Sonido

El Fenómeno Interactivo de la Vida
Por miles de años, los textos sagrados de la India nos han enseñado que el sonido contiene la clave que nos puede guiar a los misterios del universo, la creación y sustento de nuestro mundo y la manera de desembarazarnos de sus lazos.

En la tradición Oriental, el mundo de los fenómenos se entiende como una reflexión de infinitas combinaciones de patrones de sonidos derivados del sonido del Uno que crea. Con el objeto de explorar la naturaleza del sonido tendremos que correlacionar ciencias como la biología, física atómica, química y matemáticas, porque el sonido es el fenómeno integrador de la vida, el común denominador a través del
cual y por el cual opera todo lo demás. Será necesaria cierta expansión de nuestras mentes para comprender realmente la naturaleza de este sonido creador.

El Sonido Asonoro:
Las metafísicas indias nos explican que el sonido es la causa y no el efecto de la vibración, y que de tal forma no puede existir sonido alguno sin vibración – aun en el caso de los medios usuales de conducción
del sonido – como el aire, el agua o la llamada materia sólida.

Esto nos plantea el concepto de Sonido Potencial, que se refiere a la energía impulsora y a la fuerza que hay detrás de toda manifestación, considerado en sí como una existencia infinita, continua, indivisible, no fragmentada y potente, y el más poderoso de todos los orígenes.

El poder dentro del centro o corazón del átomo es sólo una minúscula cabeza de alfiler de esta energía infinita, si bien ella es capaz de destruir ciudades y hasta planetas. Con la excepción de unos pocos cientistas de “avant garde” como Nikolas Tesla y John Keely, la ciencia moderna ha comenzado apenas a indagar esta fuente poderosa de energía.

Este sonido asonoro es el elemento más sutil de todos – aun más fino que la tierra, el aire, el fuego o el
agua -, y más allá de la velocidad de la luz, de la fuerza de cohesión, electricidad y magnetismo de todo lo existente.

El origen del sonido, de la Palabra o del nombre divino, revela toda la leyenda de la creación. Las metafísicas de la India apuntan hacia un estado primordial desde el cual emana la creación. Por el impulso eternamente creativo de Dios hacia la auto transcendencia, comenzó una tensión causal que primero creó el sonido original o primigenio, conocido en sánscrito como parasabda (para = supremo y sabda = sonido).

Para entender el significado de tensión en este contexto utilizaremos la definición que nos dice que tensión es la acción total resultante de dos cosas que se afectan mutuamente, de tal forma que las acciones respectivas de cada una de las partes se considera como aspectos parciales de la combinación resultante. Es decir, estamos considerando el funcionamiento primordial de todo sonido y toda forma. En efecto, este concepto es básico en la filosofía Taoísta originada en la China 590 años a.C. Este es el principio del yin/yang o relación de los opuestos o fuerzas interactivas.

Podemos imaginarnos un sistema de interacciones que implica dos, tres, cuatro, o una combinación de elementos o componentes parciales. Ultimamente hemos alcanzado a comprender la perspectiva oriental del universo físico como un conglomerado vasto de corrientes de energía interactuantes.

Cuando la tensión interactuante entre dos de estas corrientes tropieza con nuestros oídos, podemos percibirlo como un sonido audible. Cuando el sistema de energía toca la retina de nuestros ojos, ello afecta nuestras mentes y lo llamamos luz. Igual sucede en el caso de oler, gustar, tocar y hasta el pensar, pues la mente ha sido descrita como un duro cristal de sonido que actúa como reflector esférico que recibe e irradia todas las experiencias conscientes e inconscientes.

El individuo común y corriente no escucha a una roca o al sol o la música de las esferas. Pero el hombre es capaz de tomar consciencia de vibraciones más y más sutiles. Un ser que puede entrar en la experiencia de la tensión causal – el alpha y el omega de la interacción originaria – puede escuchar y conocer todas las cosas.
La figura 1 es la representación de la escalera de Jacob, dibujada por Robert Fludd, el gran filósofo hermético del siglo XVII. El dibujo nos muestra la escala de la perfección y los pasos que han de seguirse para ascender desde el reino terrestre al más alto cielo. Procede en ascendencia por medio de pasos geométricamente medidos desde el escalón más bajo de los sentidos hasta el mundo de la imaginación, luego a través de la razón del intelecto, o la habilidad del saber interno, desde donde se dirige hacia la inteligencia, o unidad con el objetivo del saber directo, y finalmente hacia la palabra sagrada misma que lleva al mundo del cielo. Así la meditación de alquimistas y santos se ha centrado en la Palabra, en su luz y por último en su sonido interno. Por centurias, los adeptos orientales y occidentales han practicado la ciencia del sonido con el fin de llegar a ser uno con la Palabra. Esta ciencia perenne no confina a sus practicantes a los campos de energía físicos ni no-físicos. Sus técnicas se aplican a los diferentes planos del ser y están diseñados para transportar la consciencia individual desde el punto del Logos a través de las miasmas de creencias sedimentadas hacia una mayor proximidad a la esfera de la Primera Causa o Conocimiento Supremo. Una vez llevada la mente a esta esfera de sonido en potencia por medio del uso de mantras y el japa (su repetición cuidadosa), ésta es capaz de internalizar la Fuente, y reconocer a su ser como el Ser de Dios.

A este estado se le llama Consciencia Cósmica y se alcanza a través del sonido asonoro de la Palabra.

La tradición tántrica, tanto en su literatura como en la práctica clásica, está diseñada para este objeto: la aproximación del alma al espíritu. Esta tradición no se refiere en ningún caso al tantrismo erótico tan explotado hoy en día, sino a la ciencia de los maestros yoguis, quienes han conquistado el espacio y el tiempo dejando sus huellas en las arenas del tiempo con objeto de que nosotros podamos seguirlas.

Cosmología Hindú:
La tradición esotérica siempre ha sostenido la existencia de una geometría simétrica en la evolución del cosmos. Los grandes filósofos y observadores han reconocido el orden implícito de la creación. Este esquema matemático evolutivo se ha representado en el arte y en los jeroglíficos de antiguos manuscritos en diversas culturas.
La antigua fuente de toda la cosmogonía hindú, llamada el libro de Dzian, comienza con un círculo, luego un punto, a continuación dos líneas paralelas (fig. 2). Esto simboliza la secuencia en el desarrollo
descendente o condensante del sonido hacia las formas cósmicas.

El círculo representa a Brahman. Es la unidad indivisible e indiferenciada de Dios previa a la formación de los mundos, El punto corresponde a para Sabda, la palabra que irrumpe como primera vibración en pulsaciones dentro del útero cósmico. Entonces, este punto es la semilla germinal en el proceso del devenir.

Siguiendo con este proceso creativo, la próxima emanación se llama pasyanti en los textos hindúes, y se representa geométricamente como dos líneas paralelas. Pasyanti es una octava ligeramente más densa de la vibración del sonido. Es el estado dentro del cual son reveladas las relaciones y significados de todos los sonidos a la consciencia.

El tercer paso del sonido primordial se llama Madhyama. A este nivel existen suficientes ejes direccionales para hacer posible la triangulación. Esto representa el patrón fundamental de las corrientes sonoras que se diversifican como formas. La comprensión del sonido en el estado de Madhyama ofrece visión intuitiva. El escuchar a este nivel significa que estamos percibiendo el sentido más allá de la superficie externa del objeto o patrón de pensamiento.

Finalmente llegamos al sonido Vaikhari. Este es el plano del sonido audible tanto en la naturaleza como en el lenguaje articulado y corresponde al último estado en la densificación del sonido causal. Varía de acuerdo al medio de transporte. Vaikhari opera al nivel de la llamada materia física, y es la versión más diversificada del sonido original. Allí encontramos los sonidos de las palabras y letras usadas a diario. En resumen, como se dice en el Yoga Kundalini Upanishad: Aquel Vac (palabra) que germina en para Sabda, echa hojas en Pasyanti, brota en Madhyama y florece en Vaikhari.

Podríamos imaginarnos la mente de Dios transmitiendo la inmensidad de infinitas vibraciones, dándonos cuenta de que estas infinitas vibraciones producen infinitas manifestaciones debido al poder de su Palabra. Y su Palabra es el Sonido.

Swami Sarasvati ha entregado una analogía muy útil diciendo que tal como la sangre siempre coagula al estar fuera de su contenedor interno, así mismo coagula el sonido en forma de materia cuando se manifiesta fuera de sus estados anteriores de para, pasyanti y madhyama. Si somos capaces de armonizarnos con el sonido en estos niveles superiores, no sólo podremos escuchar los sonidos musicales de los planetas descritos por Pitágoras, sino que escucharemos también todo el Universo que se desarrolla con intención cristalina.

Todo el Cosmos está virtualmente estremeciéndose en sonidos al igual que los mismísimos estremecimientos de tantas pequeñas hojas de un árbol en la primavera o el otoño. Este sonido de estremecimiento que nos hace sentir el movimiento de Dios, en verdad es el vigor universal de la vida que nos alienta. El sonido asonoro es el arrullo de Dios, sin el que nos sentiríamos abruptamente abandonados
y solos en el espacio, sin conocimiento de nosotros mismos y sin contacto con la realidad.

Podemos figurarnos el primer sonido como un tono puro, como pulsación rítmica. Cuanto más patrones vibratorios se agreguen al primer sonido, el resultado se parecería a la entonación de dos o tres notas en el plano acorde, o una combinación de patrones de ondas sonoras o formas. En realidad, un tono contiene estas formas sonoras porque consuenan a nivel audible con el tono fundamental una cantidad de sobretonos o tonos armónicos.

Nuestro mundo por lo tanto puede visualizarse como una gran y vasta sinfonía de patrones vibratorios individuales interactuando conjuntamente en la creación de la urdiembre y trama de la creación.

Cada uno de los elementos integrantes del universo es diferente porque están formados por combinaciones de vibraciones específicas. Podemos así comenzar a comprender el poder infinito que conlleva la Palabra.

Elizabeth Prophet

Traducido y extractado por Gabrielle Hoffmann de
The Coming Revolution.- Vol. 2, N 1. 1981

Tiene la Tradición India una Sabiduría transmisible a Occidente?

Mientras que la cultura científica elaborada en Occidente triunfa y se extiende sin oposición sobre todos
los continentes, nos interesa saber lo que el Oriente puede ofrecer en cambio de valioso, de precioso a los pueblos occidentales.

La India, tan abierta a las técnicas modernas, tan ardiente en su deseo de transformar y de elevar el nivel de vida de su población, tendrá secretamente en su patio trasero cierto conocimiento práctico de la vida aun totalmente ignorado por nosotros, y del cual podríamos sacar provecho?

Un observador superficial de la India solamente verá la fachada en vías de construcción, la obra imponente de los planes quinquenales, las empresa de los grandes embalses, los vastos proyectos de reforma agrícola, la reorganización rural.

El hará justicia a la sed de saber y de investigar que anima a su elite universitaria, a sus médicos, sus ingenieros, sus sabios. Si la mirada de nuestro observador se detiene en ese aspecto espectacular de la evolución histórica, si no penetra más allá, habrá fallado en descubrir lo esencial.

A un eminente amigo indio, médico general de la Armada, que me preguntó por mi apreciación acerca de los cambios acaecidos en India desde l949, le respondí: “Ciertamente la India se ha transformado profundamente… conservando un trasfondo de permanencia inmutable. Un cambio versus un trasfondo de invariabilidad”.

El enunciado causó complacencia a mi amigo. Y esta opinión fue unánimemente aceptada por un grupo de médicos indios presentes en la reunión. Se estableció un diálogo entre nosotros. Cada cual reconoció en este trasfondo de valores inmutables preciosamente preservados, la reserva de la cual podría emerger una fuente renovadora de la civilización occidental. Tales fueron los términos algo enfáticos que nos atrevimos a formular allí esa tarde.

Pero, en verdad falta en Occidente alguna cosa esencial, un conocimiento indispensable para su salvaguardia? Tendrá la India eso que hace falta tan cruelmente a las civilizaciones occidentales?

En el peligroso estado de nuestra historia presente, se impone un examen riguroso de las deficiencias inherentes a nuestra cultura.

En primer lugar, conviene reprocharle su exclusiva orientación hacia el mundo exterior, su ignorancia de los caminos de la interioridad profunda.

El pensamiento occidental sitúa lo “Real” exclusivamente en el mundo objetivo, exterior a nuestro cuerpo, en el mundo que podemos conocer por los sentidos. La terminología corriente consagra y mantiene este prejuicio. Se dice de un juicio imparcial y verídico que es “objetivo”. La subjetividad es sinónimo de fantasía, de ensueño, de quimera. Nuestros psicólogos se esfuerzan en adaptar sus modelos a lo “Real”, es decir, al mundo exterior, al ambiente social y familiar. El sabio occidental experimenta sobre objetos. Cree en la realidad substancial de los fenómenos objetivos y de las cosas; entre estos diversos elementos él concibe relaciones “objetivas”.

Pero el indio iniciado en su tradición asume hacia el mundo una actitud diametralmente opuesta a la que adopta el pensamiento occidental. El universo, según él, es un mundo de apariencias, una creación mental nacida de sus sentidos y de su pensamiento. Los paisajes, las cosas que descubre alrededor de su cuerpo, resultan de un juego de funciones sensoriales; son imágenes emanadas de nuestro espíritu, y, como tales, inseparables del espectador que las ha producido.

Por cierto, él no piensa en negar su carácter pragmático, concreto, objetivo. Pero sabe que los marcos del espacio, del tiempo, de la causalidad, donde se encuadran las cosas y los seres de este mundo, provienen de la psiquis del observador. Por eso su “realidad” es una realidad prestada.

Pidamos a un sabio indio que nos diga a qué fuente pedimos prestada la “realidad” y él nos dirá: “Buscad lo Real dentro de vosotros, no en los objetos definidos por vuestros sentidos y vuestros conceptos; proseguid la búsqueda en lo más profundo de vuestro ser hasta el último lugar de referencia. La Realidad, en el sentido estricto de la palabra, no es sino el conocimiento verídico que se revela a vosotros al término de esta búsqueda”.

Una perfecta teoría del conocimiento, una teoría correcta según las exigencias inevitables de la epistemología, he aquí lo más precioso que la ciencia metafísica india puede ofrecer al Occidente. Si este punto de vista prevaleciera entre nosotros y se impusiera a nuestros sabios, el pensamiento occidental sufriría la más grande revolución que haya conocido desde la antigüedad; le sería apremiante revisar integralmente y corregir todas sus nuevas nociones. El estilo de vida individual y social sería modificado. Tales serían las consecuencias de este cambio de polaridad. En lugar de establecer sus puestos de observación en la periferia de la psiquis, sobre los planos sensorial, afectivo, intelectual, el espíritu de investigación tomará un lugar más acá de las funciones superficiales del ego, en el núcleo central de integración y de asimilación. Este desplazamiento en profundidad lo llevaría a un lugar puntiforme y sin dimensiones, donde la consciencia funcionando en estado puro – impersonal – resuelve toda percepción y todo saber en conocimiento.

Este lugar puntiforme, en cuyo centro reside el conocimiento, no es de ningún modo una concepción quimérica, ni tampoco una hipótesis aventurada. Los fisiólogos contemporáneos reconocen la necesidad de admitirlo en su esquema neurológico. Uno de los más eminentes pioneros de la neurología, Sir Charles Sherrinton, lo identifica con justo título, con el centro de integración del ser individual, con el Ser, el Yo auténtico.

He aquí los términos con que él lo define: “El Yo se encuentra al centro en un mundo de “cosas”, existiendo sin contorno ni forma, ni dimensiones; invisible, intangible, desprovisto de atributos sensibles, durable, con una durabilidad sin extensión, cuando se le compara con las cosas. Su posición es sin magnitud. De este
Yo somos mucho más inmediatamente conscientes que del mundo espacial alrededor nuestro, puesto que es nuestra experiencia directa. Es el Sí, el Ser “.

Y sin embargo, jamás ha sido visto, ni sentido, y aunque posee el lenguaje, jamás ha sido escuchado. Permanece inaccesible a los sentidos, aunque sea conocido por sí mismo directamente, de primera mano y en forma indiscutible.

Independientemente de estas teorías, las investigaciones efectuadas por las escuelas neuro-quirúrgicas y electro-neurológicas revelan la presencia en la estructura del cerebro de un lugar central de integración, foco centroencefálico de Penfield, sistema reticulado del diencéfalo, del tálamo, del pedúnculo cerebral. Considerada en sus implicaciones anatómicas, la función mental entrega un esquema cómodo, gráfico sugestivo del proceso integrador.

La pluralidad de los aspectos visuales, táctiles, auditivos, etc. del mundo, que nuestros sentidos elaboran, converge al azar en la Unidad de una consciencia asimiladora. Despliegue del Uno en la diversidad-múltiple, resolución de la diversidad en el Uno; tal es la definición que han dado de la Consciencia los sabios reunidos en un Simposio en Chicago, y en Montreal, para discutir acerca de este importante tema.

Los descubrimientos modernos de la neurología resumen aquí las conclusiones a las cuales llegaron los investigadores indios de la interioridad, persistiendo en su búsqueda más allá de todas las categorías subjetivas. Sólo el experimentador actuando en sí mismo conoce – por haberlo vivido – la naturaleza fundamental existencial, beatífica, de esta vida indescriptible. Ella se sitúa en el trasfondo – jerárquicamente, en el manantial – de la individualidad. Su absoluta simplicidad original la exime de los cambios que traerá el tiempo. A diferencia de los éxtasis y diversos tipos de samadhi propios del Yoga, ella no se experimenta entre los límites de un comienzo y de un fin. La vida, realizada en su perfecta indivisión, no implica ningún metabolismo, ni hay una palabra que pueda calificar correctamente la esencia.

Sin embargo, es necesario que volvamos a descender de esta transcendencia a un plano apropiado para
una clara descripción biológica. Y además se debe vivir entre los hombres, moverse entre los objetos del mundo material. El hombre, manteniendo su atención despierta en este lugar “puntiforme”, que lo ubica en el corazón de sí mismo, despliega en el campo de su consciencia la total extensión de sus funciones psíquicas. Establecido como testigo alerta en la más íntima profundidad compatible con una “visión” de los fenómenos, tiene proyectada ante él la totalidad de su ser. Se conoce a través de una visión que no es óptica. A su gusto, escoge excitar, retener o adormecer la actividad de su pensamiento y de sus sentidos. Los múltiples aspectos de su personalidad toman forma ante él sucesivamente, luego se disuelven como sombras de sí mismo. Nacen y mueren en su campo de consciencia mientras que él asiste como testigo inmutable a su pasar efímero. Todas las creaciones de su espíritu o de sus sentidos proyectan sus siluetas en la pantalla de su atención, a distancia del lugar desde donde él las contempla. Tal es la posición que él ocupa en este punto donde la consciencia resplandece. Su sensibilidad, sus propias emociones ondulan sin ataduras, nacen y mueren, extrañas a la realidad de su ser. Para él, el universo organizado por sus sentidos, por su entendimiento, por su sentimiento, desenrolla sobre diversos planos un inmenso “objeto” de formas que rebrotan incesantemente, en el cual se encuentra incluso la imagen de su propio cuerpo. Nada permanece estable en esta fantasmagoría cambiante e inasible. El elemento de realidad contenido en este infinito despliegue procede del foco original de donde la totalidad emerge y adonde, regresando, se sumerge. Una evidencia irrecusable nos garantiza que lo Real se arraiga en este “punto” sin dimensiones: último centro de integración y único foco de conocimiento auténtico. Esta fuente de luz, pura consciencia iluminadora, confiere a los objetos nacidos de ella su carácter de verdad.

La substancia fundamental del Universo, según este punto de vista, se revela de naturaleza psíquica. En este mundo a base de consciencia, no se sabría oponer irreductiblemente la materia al espíritu, porque la materialidad – si se la somete a un correcto examen – demuestra ser un concepto, una experiencia sensorial y mental. Porque la asimilamos, absorbiéndola e integrándola en conocimiento, se ilumina con la claridad de lo Real.

Es así que la epistemología india, contradiciendo el curso del pensamiento occidental, reversa la polaridad de lo Real. El oyente es invitado a llevar su búsqueda de lo verdadero en la dirección de la interioridad, más allá de la vida subjetiva, más allá de las relaciones dualistas, que oponen al sujeto y al objeto el uno contra el otro. La aventura implica ciertos riesgos. Sin duda el círculo ilusorio que encierra el juego de la dualidad no se deja atravesar fácilmente. La ayuda de una razón transcendente que derribe todas las barreras, asegura el despegue del espíritu hacia el “lugar” de una claridad sin sombras.

Y es aquí que el sabio occidental puede apreciar en justa medida la severidad de la pérdida que experimentó nuestra cultura cuando se extinguió la tradición epistemológica greco-egipcia. En el estado actual de nuestro conocimiento del hombre, ignoramos que existe, más allá de la inteligencia racional, un principio superior de inteligibilidad. Pero en los tiempos de Heráclito, de Pitágoras, de Sócrates, de Platón, de Plotino, un tal poder del espíritu era unánimemente conocido. Se le designaba con el nombre de Nous. La función iluminadora del Nous permitía al filósofo traspasar las oposiciones de la dualidad y consumar la búsqueda, el Nous – o su equivalente – ha desaparecido de nuestro vocabulario; y en nuestros días estaría sin uso. También los helenistas deben resignarse a traducir este término, a falta de algo mejor, por una palabra que traiciona gravemente el sentido: intelecto. La función “noética” a la que hacemos alusión, abre un acceso a la última instancia de donde ella misma ha nacido. En todas circunstancias, dispone a la razón a orientar sus pasos en la dirección del principio original de Platón, de Plotino. Y es así que ella ilumina el pensamiento justo, la conducta recta, llevándola finalmente a su disolución en la evidencia del testimonio final. De este conocimiento “noético” es inseparable el amor. Se podría aspirar con todo el ser a la verdad integral si no se la amara con un amor Soberano?

En estos tiempos críticos de nuestra historia, en que el hombre de occidente pretende reconstruir – desde América a Rusia – las bases materiales del mundo, una tradición viviente, preciosamente salvaguardada ofrece a nuestro espíritu las perspectivas de una dimensión nueva. Por la reversión de polaridad que nos propone se revela un trasfondo inexplorado. Se nos expone a la ayuda de una dialéctica rigurosa, y por el método experimental – el Yoga – la extensión de los poderes inherentes a la psiquis. El experimentador indio de la vida subjetiva conoce y pone en acción leyes totalmente desconocidas para el sabio occidental. Sin embargo, ninguno de los poderes adquiridos por el ejercicio del yoga alcanza en dignidad y en amplitud el poder que emana de la Sabiduría.

El sabio de la India, según la tradición no-dualista (Advaita Vedanta) tiene el poder de conducir a todo oyente apasionado por la verdad hasta el término de la búsqueda epistemológica: a la Realidad de lo Real (Sataysya Satvam).

Su instrucción – simultáneamente teórica y práctica – confiere a quien la absorbe integralmente en su pureza una soberana potencia; lo libera de la historia y lo sustrae de las vicisitudes del determinismo y del destino. Además, le proporciona el don más precioso que un hombre pueda recibir: hace de él un ser benéfico.

Sin duda encontraremos provecho – un provecho incalculable – en revisar radicalmente nuestra manera de ver el mundo y de concebirnos nosotros mismos. El estudio de las ciencias biológicas procede sin orden ni método, porque carece de bases epistemológicas. La misma falencia se hace sentir penosamente en el sector médico y en psicología. Los investigadores no pueden explorar más que engranajes y una maquinaria superficial. Ellos ignoran la naturaleza profunda del hombre; la interioridad escapa a sus sondajes. Pero un error más grave que todas las carencias tiene cautivo su espíritu; ellos toman sus conceptos, las construcciones de su espíritu en trabajo, sus representaciones abstractas por “realidades”. Estos son para ellos, “datos”, hechos (duros hechos) . Hacen tanto caso de estos “hechos” que construyen inmensos ficheros para recibirlos y conservarlos. Este desorden nos inunda.

Como consecuencia de nuestro error de óptica inicial, el acceso a lo esencial nos está prohibido. La frente de nuestros sabios se lastima tarde o temprano contra la fachada infranqueable que les opone la “objetividad”. Ellos no conocen ningún otro campo de investigación que el “plano objetivo”, única realidad para sus ojos.

Pero se puede explorar con rigor totalmente científico el campo de la interioridad? Y si penetramos con la consciencia vigilante e imperturbable en este medio fluido, desconcertante, descubriremos leyes claramente definidas, imperativos universales? El explorador no va a disiparse, a vagabundear en desorden en la fantasía y la irracionalidad de la vida subjetiva?

Sería imprudente subestimar los riesgos en que incurre el explorador que desciende en esta “terra ignota”. La frágil claridad de su razón corre el peligro de extinguirse allí, porque estos abismos son recorridos por ráfagas incesantes. No descenderemos al precipicio sino sólo después de haber anclado sólidas amarras que nos conecten al fondo. Un guía alerta, infalible conocedor del trayecto y de la etapa final, enganchará por nosotros firmemente la punta del ancla en la última estación. El alumbrará con su luz nuestros pasos hasta que los itinerarios se nos hayan hecho familiares. Al término de la maniobra encontramos la claridad porque el “final” – último conocimiento – es luz. En este foco de integración más allá de la unidad, las nociones de tiempo, de espacio, las formas y las sensaciones, han sufrido la transmutación que las refunde en consciencia beatífica, inclusiva de toda realidad. Reconocemos que esta realidad estuvo siempre presente en nosotros.

Seremos indestructiblemente occidentales al punto de oponer un rechazo definitivo a la invitación que se nos hace de revisar nuestra óptica? Si así fuera, decidiríamos nuestra condenación a breve plazo.

Cuidémonos de creer que al operarse esta reversión de polaridad, renunciaremos a nuestra tradición – el helenismo – para adoptar una visión india del universo y del hombre. El individuo que intenta enajenarse de su herencia ancestral y repudia su propia tradición se acomoda una figura híbrida, en la que se descubre la imitación. Yo no propongo, de ningún modo, al occidente que se orientalice. Operando la reversión que se impone urgentemente a nuestra “visión del mundo”, reencontraremos una óptica familiar al sabio de occidente. El sabio recuperará una verdad largo tiempo olvidada y perdida por nuestra cultura. Volviendo a encontrar la visión correcta que fue la de un Sócrates, de un Platón, de un Plotino, reanudará el hilo de su propia tradición. Todo examen epistemológico correctamente conducido – suceda en India, en China, en Grecia o en Egipto – debe llegar al mismo fin. He ahí una evidencia que he tratado de demostrar mediante algunos ensayos sobre el tema y en la aplicación práctica a la medicina.

Concluyamos este ensayo pidiéndole a Plotino que tome la palabra:

“Es así como uno se retira del exterior y se orienta hacia la interioridad enteramente. Cuando se cesa de inclinarse hacia las cosas de afuera, ignorándose todo, primero disponiendo el alma a ello, y en el momento de la contemplación abandonando toda forma. Perdemos incluso nuestra autonomía en el seno de la contemplación… es necesario traerse hacia sí desde los objetos sensibles que son los últimos hasta la realidad original. Es necesario librarse de todo vicio puesto que se tiende hacia el Bien, se deberá remontar al principio (Arkhé) interior a sí mismo y devenir un ser único en lugar de muchos si se debe contemplar al Uno primordial. Es necesario llegar a ser Nous, remitir el alma al Nous y establecerla allí a fin de que despierte a la “visión noética”.

Roger Godel

Traducido y extractado por Eduardo Cucurella de
Essais sur lexperience libératrice
Editions Présence