El Arte de Vivir

El Arte de Vivir

Krishnamurti.- Editorial Kairós

Este libro está dedicado especialmente a los jóvenes. En él se expone una filosofía práctica de la educación, con una pedagogía que tiene muy poco que ver con las propuestas corrientes de nuestras escuelas y colegios.

El autor se refiere especialmente a las raíces del miedo. La repetición del pasado, los hábitos arraigados en la imitación y el prejuicio, obstruyen nuestra consciencia y paralizan nuestra creatividad. Krishnamurti predica la libertad y el cambio, una revolución que no es de índole política o social. La revolución genuina comienza, no con teorías e ideaciones, sino con una transformación de la propia mente. Semejante transformación es el resultado de una educción en el descondicionamiento, apuntando a un desarrolllo total del ser humano.

Nacido en el sur de la India y educado en Inglaterra, Jiddu Krishnamurti es, sin duda, uno de los personajes más fascinantes del siglo XX. Ha dedicado su vida a hablar a los seres humanos de todas las razas y naciones. Su mensaje, mil veces matizado, resulta paradójicamente iluminador: cada cual ha de encontrar por sí mismo la raíz de su propia libertad.

La Gran Cadena del Ser

La Gran Cadena del Ser

La visión del mundo conocida como filosofía perenne – por manifestarse de manera prácticamente idéntica a través de culturas y épocas – ha confirmado el núcleo no sólo de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo entero – desde el budismo hasta el cristianismo, pasando por el taoísmo – sino también de los principales filósofos, científicos y psicólogos. La filosofía perenne se halla tan abrumadoramente difundida que, o bien se trata del mayor error intelectual de la historia de la humanidad, o bien constituye la reflexión más detallada sobre la naturaleza de la realidad que jamás se haya llevado a cabo.

Un aspecto fundamental en la filosofía perenne es la noción de gran cadena del ser. La idea en sí misma
es muy sencilla. Desde el punto de vista de la filosofía perenne, la realidad no es unidimensional, no es un país plano y compuesto de una substancia uniforme sino que más bien está configurado por dimensiones diferentes pero continuas. Así, pues, la realidad manifiesta se halla constituída por grados o niveles que van desde el nivel inferior más denso y menos consciente hasta el nivel superior más sutil y más consciente. En un extremo de este continuo del ser – del espectro de la conciencia – se halla aquello que Occidente denomina materia, lo insensible, lo no consciente, mientras que en el otro extremo se halla el espíritu, la divinidad, lo superconsciente (que, como veremos, se dice que constituye el sustrato omnipenetrante que impregna todos los niveles). Entre ambos extremos se ordenan las otras dimensiones de ser en función de su grado individual de realidad (Platón), actualidad (Aristóteles), inclusividad (Hegel), consciencia (Aurobindo), claridad (Leibniz), valor (Whitehead) o conocimiento (Garab Dorje).

En ocasiones, la gran cadena se presenta como si estuviera compuesta por tres grandes niveles: materia, mente y espìritu; otras versiones hablan de cinco niveles: materia, cuerpo, mente, alma y espíritu, y ciertos sistemas yóguicos, por último, enumeran literalmente docenas de dimensiones discretas pero continuas. Para nuestro propósito, sin embargo, bastará con recurrir a una jerarquía de cinco niveles: materia, cuerpo, mente, alma y espíritu.

La afirmación fundamental de la filosofía perenne es que el ser humano puede crecer y desarrollarse (o evolucionar) a lo largo de esta cadena hasta llegar al Espíritu mismo y, de este modo, realizar la suprema identidad con la Divinidad, el ens perfectissimus que constituye el principal anhelo de todo nuestro crecimiento y evolución.

Pero adviértase que la gran cadena es, en realidad, una jeraquía y que éste, por otra parte, es un término que, en la actualidad, parece despertar rechazo. El término jerarquía – introducido originalmente por el gran místico cristiano San Dionisio – significa esencialmente gobernar la propia vida en base a principios espirituales (hiero significa sagrado o santo y archi significa gobierno o regla). Pero apenas se trasladó al campo del poder político y militar, el gobierno del espíritu pronto se transformó en
el gobierno de la Iglesia católica. De este modo, un principio espiritual mal entendido terminó convirtiéndose en un sinónimo de despotismo.

Sin embargo, para la filosofía perenne – y en realidad, para toda la psicología moderna, la teoría evolucionista y la teoría de sistemas – la jerarquía consiste simplemente en un ordenamiento de acontecimientos en función de su capacidad holística. En cualquier secuencia evolutiva aquello que abarca la totalidad de un estadio deviene meramente una parte de la totalidad mayor propia del estadio subsiguiente. Una letra, por ejemplo, forma parte de una palabra, la cual se halla integrada en una frase que, a su vez, forma parte de un párrafo, etc. Arthur Koestler acuñó el término holón para referirse a estos elementos que, siendo un todo en un determinado estadio, constituyen un simple elemento compositivo de la totalidad superior propia de un estadio posterior.

La jerarquía es, pues, simplemente un ordenamiento creciente de holones y representa un aumento en la totalidad y en la capacidad integradora. Es por ello que el concepto de jerarquía es tan importante para la teoría de sistemas, la teoría de la totalidad u holismo, y también para la filosofía perenne. Cada paso adelante en la gran cadena del ser conlleva un incremento en la unidad y una ampliación de la identidad. De este modo tiene lugar un proceso que abarca desde la identidad aislada del cuerpo, pasando por la identidad social y comunitaria de la mente hasta llegar a la suprema identidad del espíritu, una identidad que literalmente abarca todo tipo de manifestacion. Esta es la razón por la que la gran jerarquía del ser suele representarse como una serie de círculos concéntricos, de esferas anidadas. Así pues, la crítica común
de que toda jerarquía es lineal se halla completamente equivocada. En realidad, como señalaba Coomaraswamy, sólo podemos utilizar libremente la metáfora de los niveles, los escalones o los estratos, si nos tomamos la molestia de poner en marcha la mínima imaginación necesaria como para tratar de comprender aquello que realmente queremos decir.

Las secuencias de la evolución y del desarrollo proceden por jerarquización, o por órdenes de holismo creciente. Las moléculas, por ejemplo, se ordenan en células y éstas, a su vez, en órganos, organismos y sociedades de organismos. En el desarrollo cognitivo nos encontramos con que la consciencia se expande desde las imágenes simples – que representan a una sola cosa o evento – pasando por los símbolos y los conceptos – que representan grupos, o clases de cosas y eventos – hasta llegar a las reglas – que permiten integrar y organizar numerosas clases y grupos en verdaderas redes. En el desarrollo moral nos encontramos con un razonamiento que abarca desde el individuo aislado hasta el grupo – tribu – de individuos relacionados y, de ahí, a la red completa de grupos que se encuentra más allá de los individuos particulares. Así pues, los patrones más holistas aparecen posteriormente en el desarrollo porque su existencia requiere de la emergencia de las diferentes partes que terminarán integrándose o unificándose, del mismo modo que la frases completas sólo emergen después de que lo hayan hecho las palabras.

Tales jerarquías implican un tipo de redes de control donde los niveles inferiores (es decir, los niveles menos holistas) pueden influir sobre los niveles superiores (o más holistas) a través de lo que se denomina causación ascendente. Pero, del mismo modo, los niveles superiores también pueden ejercer una poderosa influencia o control sobre los inferiores mediante la denominada causación descendente (cuando decidimos mover el brazo, por ejemplo, todos los átomos, moléculas y células del brazo se mueven con él).

En cualquier secuencia evolutiva de crecimiento, cuando emerge un estadio, u holón, más abarcador, termina incluyendo las capacidades, pautas y funciones propias del estadio anterior (es decir, de los holones previos) y les agrega sus propias (y más abarcadoras) capacidades. En este sentido – y sólo en éste – los holones nuevos son más abarcadores, más elevados y más amplios. Sea cual fuere la importancia del valor de los estadios previos, el nuevo estadio los engloba a todos pero también les añade un nuevo elemento (una capacidad más integradora, por ejemplo) y ese algo más es un valor extra relativo al estadio previo (y menos abarcador). Esta definición crucial de estadio superior – que fue introducida por primera vez en Occidente por Aristóteles y en Oriente por Shankara – ha sido absolutamente central en la filosofía perenne desde entonces. Como dijo Hegel en primer lugar y han repetido después de él todos los evolucionistas, cada estadio es adecuado y válido, pero los estadios superiores son más adecuados y, sólo en ese sentido, más valiosos (lo cual siempre significa más holistas).

Es por este motivo que Koestler, después de haber advertido que todas las jerarquías están compuestas por holones – por órdenes de totalidad creciente – señaló que la palabra más adecuada para jerarquía es realmente holoarquía . En mi opinión Koestler da de lleno en el blanco y es por ello que, a partir de aquí, seguiremos refiriéndonos a la jerarquía, en general, y a la gran cadena, en particular, como holoarquía.

Una holoarquía normal o natural consiste en el desarrollo secuencial a través de estadios de redes más inclusivas de totalidad creciente, donde las totalidades más amplias, o más abarcantes, son capaces de influir sobre las totalidades infra-ordenadas. Esto es natural, deseable e inevitable y podemos comenzar a advertir ya la forma en que las holoarquías pueden operar patológicamente . Si los niveles superiores pueden ejercer un control sobre los inferiores también pueden sobredominarlos, reprimirlos e incluso alienarlos, lo cual abre la puerta a un mayor rango de dificultades y de patologìas, tanto individuales como sociales.

Es precisamente a causa de que el mundo está dispuesto holoarquícamente – es decir, que contiene campos dentro de campos que se hallan, a su vez, contenidos dentro de otros campos – que las cosas pueden funcionar tan mal en ocasiones y que una perturbación o una patología en un determinado campo puede reverberar y terminar afectando a todo el sistema. En todo caso, la curación de esta patología en cualquiera de los sistemas es esencialmente la misma: erradicar los holones patológicos para que la holoarquía pueda recuperar el equilibrio. Así pues, la curación no consiste como sostienen los reduccionistas, en desembarazarse de la holoarquía per se. Esta es precisamente el tipo de curación que nos propone el psicoanálisis (cuando los holones de la sombra rechazan la integración ), la teoría crítica social (cuando una ideología opaca usurpa la comunicación abierta), las revoluciones sociales democráticas (cuando los holones monárquicos o fascitas oprimen al cuerpo político), las intervenciones habituales de la ciencia médica (cuando los holones cancerosos invaden un sistema benigno), la crítica feminista radical (cuando los holones patriarcales dominan la esfera pública), etc. No se trata, pues, tanto de desembarazarse de la holoarquía per se sino de atajar e integrar a los holones, digamos, arrogantes.

Todas las grandes tradiciones de sabiduría del mundo son variaciones de la filosofía perenne, de la gran holoarquía del ser. En su libro Forgotten Truth, Huston Smith resume las principales religiones del mundo en una sola frase: Una jerarquía de ser y de conocimiento. Chogyam Trumgpa Rinpoché , por su parte, señalaba que la idea fundamental, el sustrato esencial que impregna y subyace a todas las religiones orientales , desde la India hasta el Tibet y China y desde el shintoísmo hasta el taoísmo, es una jerarquía de tierra, ser humano, cielo, lo cual equivale a decir de cuerpo, mente y espíritu.

Esto nos conduce a la paradoja más notable de la filosofía perenne. Hemos visto ya que las grandes tradiciones de sabiduría suscriben la noción de que la realidad se manifiesta a través de una serie de niveles , o dimensiones, y que las dimensiones superiores son más inclusivas y, por consiguiente, más próximas a la totalidad absoluta de la Divinidad o el Espíritu. En este sentido – y en la medida en que no tomemos la metáfora en un sentido literal – el Espíritu constituye la cúspide del ser, el peldaño superior de la escalera evolutiva. Pero también es cierto que el Espíritu es la madera de la que está hecha la escalera misma y cada uno de sus peldaños. El Espíritu es la talidad, la ipseidad, la esencia de todas y cada una de las cosas que existen.

El primer aspecto, el aspecto del peldaño superior, es la naturaleza trascendente del Espíritu que supera cualquier cosa creada, finita y mundana. Toda la tierra (e incluso todo el universo) podría ser destruída y el Espíritu, no obstante, seguiría permaneciendo. El segundo aspecto, el aspecto de la madera, es la naturaleza inmanente del Espíritu: el Espíritu se halla igual y totalmente presente – sin parcialidad alguna – en todas las cosas y eventos manifestados, en la naturaleza y en la cultura, en los cielos y en la tierra. Desde este punto de vista, ningún fenómeno se halla más próximo al Espíritu que otro porque todos ellos están hechos igualmente del mismo Espíritu. Así pues, el Espíritu es, al mismo tiempo, tanto el objetivo más elevado de todo desarrollo y evolución como el sustrato de toda la secuencia y se halla tan plenamente presente al comienzo como al final. El Espíritu es anterior – pero no ajeno – al mundo.

El fracaso en no tener en cuenta esta paradójica situación ha conducido históricamente a los seres humanos a visiones muy unilaterales (y políticamente muy peligrosas) del Espíritu. Tradicionalmente, las religiones patriarcales han tendido a subrayar la naturaleza trascendente del Espíritu y a condenar, en consecuencia, a la tierra, a la naturaleza, al cuerpo y a la mujer a un status inferior. Antes de eso, sin embargo, las religiones matriarcales tendían a subrayar la naturaleza inmanente del Espíritu y la visión del mundo panteísta resultante equiparaba a la tierra finita y creada con el Espíritu infinito y no creado.

Es así que tanto las religiones matriarcales como las patriarcales han sustentado visiones unilaterales del Espíritu que han tenido nefastas consecuencias históricas y que han conducido al ser humano a realizar brutales sacrificios masivos para propiciar la fertilidad de la Diosa Tierra o a emprender guerras santas en nombre del Dios Padre. Pero, en el mismo núcleo de todas estas deformaciones superficiales, la filosofía perenne, el núcleo esotérico interno de la sabiduría religiosa, ha soslayado siempre todas las dualidades – tierra o cielo, masculino o femenino, finito o infinito, ascesis o revelación – y se ha ocupado, por el contrario, de tratar de lograr su unión e integración (no dualismo). Esta unión entre los cielos y la tierra, lo masculino y lo femenino, lo infinito y lo finito, terminó explicitándose en las enseñanzas tántricas de las diversas tradiciones de sabiduría , desde el gnosticismo occidental hasta el vajrayana oriental. Este es, en definitiva, el núcleo no dual de las tradiciones de sabiduría al que se aplica el término de filosofía perenne.

El hecho es que si intentamos pensar en el Espíritu en términos mentales (lo que necesariamente provoca ciertas distorsiones, puesto que los holones inferiores no pueden englobar totalmente a los holones superiores) deberíamos, al menos, tener en cuenta la paradoja entre trascendencia e inmanencia que hemos señalado. La paradoja es simplemente la forma que adopta la no dualidad cuando se la considera desde el nivel mental. El Espíritu, en sí mismo, no es paradójico porque, estrictamente hablando, no hay forma alguna de caracterizarlo.

Esto se aplica doblemente a la jerarquía (holoarquía ). Ya hemos dicho que cuando el Espíritu trascendente se manifiesta lo hace a través de una serie de estadios o de niveles, la gran cadena del ser. Pero esto no significa que el Espíritu, o la Realidad, sea en sí mismo jerárquico. El Espíritu Absoluto, o la Realidad, no es en modo alguno calificable en términos mentales (que, a fin de cuentas, son holones inferiores) y, por consiguiente, es ajerárquico, es shunyata, nirguna, apofático, es decir, totalmente incalificable y totalmente limpio de rastro alguno de atributos concretos limitadores. Sin embargo, cuando se manifiesta lo hace gradualmente – en estratos, en dimensiones, en capas, en niveles o en grados, elijamos el término que prefiramos – y eso es precisamente la holoarquía. En el vedanta se habla de los koshas, las distintas envolturas o estratos que cubren a Brahman; en el budismo son los ocho vijnanas, los ocho niveles de conciencia, cada uno de los cuales es una versión descendente o más restrigida de las dimensiones mayores; en la kabbalah se les denomina los sephiroth, etc.

El hecho es que todos éstos son niveles que foman parte del mundo manifiesto, de maya. Cuando maya no se reconoce como el juego de lo Divino, no hay nada más que ilusión. Jerarquía es ilusión. De hecho, los únicos niveles que existen son niveles de ilusión, no niveles de realidad. Pero, según las tradiciones, la comprensión – y sólo la comprensión – de la naturaleza jerárquica del samsara nos permite realmente salir de él.

Podemos considerar ahora los distintos niveles reales de la holoarquía, de la gran cadena del ser, tal como aparece en las tres principales tradiciones de sabiduría más ampliamente practicadas: judeo-cristiana-islámica, budista e hinduísta (aunque cualquier religión madura podría servirnos para ello). Los términos cristianos son los más sencillos porque ya los conocemos: materia, cuerpo, mente, alma y espíritu. La materia se refiere al universo físico y a nuestro cuerpo físico (es decir, a aquellos aspectos de la existencia que se rigen por las leyes de la física). En este caso, el cuerpo se refiere al cuerpo animal: el sexo, el hambre, la vitalidad, la fuerza, etc. La mente es la mente racional, argumentativa, lingüística e imaginativa (estudiada por la psicología). El alma por su parte es la mente sutil o superior, la mente arquetípica, la mente intuitiva, la esencia de la indestructibilidad de nuestro ser (estudiada por la teología). Y, finalmente, el Espíritu constituye la cúspide trascendental de nuestro ser, nuestra Divinidad (estudiada por el misticismo contemplativo).

Según el hinduísmo vedanta, la persona individual está compuesta de cinco envolturas, niveles o dimensiones de ser (koshas), a las que suele compararse con una cebolla. De este modo, cuantas más capas vayamos desprendiendo, más nos aproximaremos a la esencia. El nivel inferior (el más externo) es denominado annamayakosha, que significa la envoltura hecha de alimento, el cuerpo físico. Después está el pranamayakosha, la capa hecha de prana (prana significa fuerza vital, energía , líbido, energía sexual-emocional en general), el cuerpo en el sentido definido anteriormente. Luego está el manomayakosha, la capa compuesta de manas, o la mente (racional, abstracta, lingüística, etc.). Más allá de ésta se encuentra el vijnanamayakosha, la capa de la intuición, la mente superior, la mente sutil. Y finalmente está el anandamayakosha, la capa hecha de ananda, la beatitud espiritual y trascendente.

Por último – y esto es muy importante – el vedanta agrupa estas cinco capas en tres estadios fundamentales: grosero, sutil y causal. La dimensión grosera constituye el nivel inferior de la holoarquía, el cuerpo físico (annamayakosha); la dimensión sutil consiste en los tres niveles intermedios: el cuerpo sexual-emocional (pranamayakosha), la mente (manomayakosha) y la mente superior o sutil (vijnanmayakosha); y la dimensión causal consiste en el nivel superior (anandamayakosha) el espíritu arquetípico del que, en ocasiones, también se dice que en su mayor parte – aunque no totalmente – es no manifestado y carece de forma. El vedanta correlaciona estas tres dimensiones principales del ser con los tres estadios fundamentales de consciencia: vigilia, sueño y dormir sin sueños. Más allá de estos tres estadios se encuentra el Espíritu absoluto – denominado turiya – el cuarto estado que se encuentra más allá (e incluye) los tres estadios manifestados. El cuarto estado trasciende (e integra) los niveles grosero, sutil y causal.

En la medida en que comprendamos que el alma no sólo es un ser superior o una identidad superior sino también una mente y una cognición superior y más sutil, la versión vedantina de las cinco envolturas es casi idéntica a la versión judeo-cristiana-musulmana de materia, cuerpo, mente, alma y espíritu. Por otra parte en todas las tradiciones místicas el alma es también un nudo, una contracción (lo que los hindúes y los budistas denominan ahamkara) que debe ser desatada y disuelta antes de que pueda trascenderse a sí misma, morir para sí misma y reencontrar su identidad suprema con o como el Espíritu absoluto.

Así pues, el alma es, al mismo tiempo el nivel más elevado del proceso de desarrollo del individuo y también el obstáculo final, el último nudo que nos impide completar la iluminación, su identidad suprema, simplemente porque en tanto que testigo trascendental es inherente a todo aquello que testimonia. Sólo cuando vamos más allá de la posición del testigo, el alma o el testigo mismo termina disolviéndose y entonces sólo queda el juego de consciencia no dual, la consciencia que no observa a los objetos sino que se identifica completamente con todos ellos (según el zen es como degustar el cielo). El abismo existente entre sujeto y objeto desaparece entonces, el alma se trasciende o se disuelve y aparece la consciencia pura , espiritual y no dual, una consciencia sencilla, evidente y clara. Entonces comprendemos que nuestro ser es la totalidad del espacio, vasto y abierto, y que todo lo que aparece lo hace espontáneamente, y como espíritu, en nosotros.

El modelo psicológico fundamental propio del budismo mahayana nos habla de ocho vijnanas, ocho niveles de conciencia. Los primeros cinco niveles son los cinco sentidos, el siguiente es el manovijnana, la mente que opera sobre la experiencia sensorial; luego viene el manas, que se refiere tanto a la mente superior como al centro de la ilusión de la existencia de una identidad separada. Es el manas el que mira al alayavijnana (el siguiente nivel superior, el de la consciencia supraindividual) y lo confunde con un ser separado o con un alma substancial, tal como la hemos definido. Y, más allá de estos ocho niveles, se halla su mismo sustrato y su fuente, el alaya puro o Espíritu puro.

No quisiera, sin embargo, minimizar algunas de las diferencias reales existentes entre estas tradiciones. Simplemente estoy señalando que todas ellas comparten ciertas similitudes estructurales profundas, lo cual testimonia elocuentemente la auténtica naturaleza universal de sus intuiciones.

Aunque es cierto que la holoarquía evolutiva constituye un paradigma unificador del pensamiento contemporáneo – desde la física a la biología, la psicologìa y la sociología – la mayor parte de las escuelas ortodoxas de investigación, sin embargo, sólo admiten la existencia de las dimensiones propias de la materia, el cuerpo y la mente. Las dimensiones superiores de alma y Espíritu todavía no han alcanzado el mismo estatus. De este modo, podemos afirmar que el Occidente contemporáneo todavía no ha alcanzado
a reconocer sino las tres quintas partes de la gran cadena del ser.

Una vez que reconozcamos la existencia de todos los niveles y dimensiones de la gran cadena del ser, estaremos ciertamente en condiciones de disponer adecuadamente de todas las modalidades del conocimiento, no sólo del ojo de la carne – que nos permite acceder al mundo físico y sensorial – o del ojo de la mente – que nos revela el mundo lingüístico y lógico – sino también del ojo de la contemplación – que nos abre a las dimensiones del alma y del Espíritu. Cuando la psicología confía exclusivamente en el ojo de la carne, se ve abocada al conductismo, y si lo mismo ocurre en el campo de la filosofía, termina conduciéndonos al positivismo. Incluir al ojo de la mente supone, en psicologìa, abrir la puerta a las escuelas introspectivas – como el psicoanálisis, la gestalt, la existencial y la humanista – y en filosofía, retornar a la filosofía propiamente dicha; la fenomenología, la hermenéutica, el existencialismo y la teoría crítica.

También tenemos que dar un último paso y tener en cuenta al ojo de la contemplación que, como metodología científica y respetable, nos revela el alma y el espíritu. El resultado de este último paso nos conduce a la psicología y a la filosofía transpersonal. Y esta visión transpersonal es el punto definitivo de regreso, el punto del reencuentro del alma del hombre moderno con el alma de la humanidad – el verdadero significado del pluriculturalismo – donde, subidos a hombros de gigantes, trascendemos, pero incluímos – y esto significa respetar – su presencia siempre recurrente.

Ken Wilber

Extractado por Farid Azael de
Trascender el Ego
Editado por Roger Walsh y Frances Vaughan
Kairós

El Mapa Natal de Carl Jung

El Mapa Natal de Carl Jung

Antes de interpretar la carta natal de un hombre que ha hecho quizá más que cualquier otra persona viva para fundar un enfoque coherente y vasto del problema de la integración individual, necesito expresar una vez más que el empleo verdaderamente válido de la astrología, psicológicamente hablando, es la clarificación (el hacer más consciente y objetivamente real) de la ley del ser del individuo, del fundamento estructural del yo del individuo. Toda interpretación astrológica cabal debe convertirse en guía de auto-realización, en ayuda del proceso de individuación. Debe procurar transformar la confusión psicológica en una comprensión lúcida de las potencialidades inherentes, y de la manera más lógica desarrollar estas potencialidades en realidades expresadas plenamente.Con estos objetivos en mente, el astrólogo debe procurar, primero de todo, determinar, a partir del mapa natal, la naturaleza típica de la relación existente entre los factores conscientes e inconscientes, pues esta relación fija la etapa para el proceso de integración de la personalidad y auto realización. Evidentemente, esta relación cambia de modo constante en sus manifestaciones reales y precisas; pero, no obstante, se funda en algún género de cimiento estructural, que constituye el arquetipo del yo futuro.

En todo individuo, el ego consciente tiende a desarrollarse de un modo particular y diferente; emerge de la matriz del inconsciente impetuosamente y con desconfianza, bajo gran presión o de manera suave y cómoda. La actitud del ego hacia el inconsciente depende de cómo se desenvuelve este proceso. Esta actitud la define esencialmente la época en que el individuo llega a los 28 años de edad, la que en Astrology of Personality llamé la edad de un segundo nacimiento teórico. Esta actitud puede aún cambiar; pero, si parece cambiar radicalmente, eso será en un acto de revulsión; o sea, tenderá a volver a polarizarse en su contrario, por pura insatisfacción consigo misma. Ningún factor astrológico puede indicar el carácter típico de la actitud del ego hacia el inconsciente, así como ningún factor del mapa natal es suficiente para determinar si una persona puede clasificarse como extravertida o introvertida, lo que es una de las cuestiones más difíciles de determinar a partir del mapa natal. Empero, considerando la pauta total del mapa y el modo en que se relacionan individualmente los factores planetarios, mucho puede averiguarse respecto a estos elementos básicos del carácter.

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Mapa Natal de C. G. Jung, 26 de Julio, 1875, 19:20 hrs., Kesswill, Suiza.
Marc E. Jones determinó que la pauta total de un mapa natal cae dentro de unos pocos tipos estructurales fundamentales. Ya sea que se considere o no que sus definiciones y caracterizaciones son plenamente satisfactorias, el principio subyacente en tal clasificación es enteramente cabal, especialmente dondequiera el patrón de la carta se acerca a uno de los tipos ideales. En su libro, M. Jones presenta el horóscopo de Jung como una ilustración de lo que él llama el tipo extendido de pauta, el que presenta, en su forma ideal, conjuntos fuertes y agudos de los planetas en puntos irregulares y que sugiere énfasis muy individual y deliberado en la vida, donde el temperamento se proyecta dentro de la experiencia según sus propios gustos especialísimos. Considerando la pauta total del mapa natal, el astrólogo puede averiguar la concentración o dispersión relativa de los intereses y líneas de actividad de la persona, es decir, su modo particular de hacer que su experiencia sirva al fin esencial de su ser. El ego deberá usar la experiencia si ha de haber integración de la personalidad y auto realización. La principal función del ego es personalizar la cosecha producida por las muchas experiencias de una vida individual refiriéndola a una estructura relativamente permanente de la consciencia y dándole un significado individual.

Donde los planetas se reparten por todo el mapa, el ego tiende a usar variados tipos de experiencias o el conocimiento adquirido para universalizar los intereses de la persona. El individuo puede involucrarse entonces en muchas áreas de la vida, hallando relaciones entre muchísimas facetas del ser. Si el ego tiene un sentido bastante fuerte de integridad estructural y una visión bastante ancha para integrar este material diversificado, la contribución del individuo al género humano puede ser invalorable en su universalidad o su poder para expandir los horizontes y la participación de todos los seres humanos en las diversas actividades de un mundo vasto. Los planetas particulares recalcados en el mapa por sus posiciones angulares indican la forma característica que asumirá la manifestación de la pauta planetaria.

Por otro lado, cuando muchos planetas se arraciman o se dividen en agrupaciones muy definidas en el espacio, la tendencia del ego es depender de tipos definidos de experiencias, énfasis o contrastes estimulantes a fin de organizar el contenido de la consciencia y hacerlo significativo. Al estudiar algunos mapas, podemos sentir la capacidad del ego para controlar la tensión inducida por los énfasis conflictivos o el desequilibrio del temperamento. En otros mapas, los planetas que simbolizan los elementos colectivos y trascendentes de la experiencia o la presión del inconsciente sobre el consciente – tienen tales posiciones predominantes en el mapa natal que al ego se le pueden presentar varios tipos grandísimos de peligro. Estos peligros abarcan desde el fanatismo y empecinamiento irracional hasta la esquizofrenia real, o cualquier otro género de fracaso en el proceso de la integración personal y espiritual.

El mapa de Jung exhibe una definida dispersión de planetas; empero, también revela una notable simetría. Dentro de dos zonas de unos 90 cada una, están contenidos nueve planetas: Saturno, Neptuno, Luna y Plutón en una; Júpiter, Urano, Sol, Venus y Mercurio en la otra. A mitad de camino entre estas dos zonas, está Marte en Sagitario en el hemisferio del cielo abierto inmóvil, tozudo y con gran intensidad ardiente -. Reducido a sus elementos esenciales, la pauta puede esquematizarse gráficamente en esta figura:


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Cuando estudiamos esta significativa pauta emergen varios hechos destacados. Primero, vemos un equilibrio de dos grupos de factores en las zonas del zodíaco que incluyen los puntos equinocciales, conteniendo cada grupo planetas de polaridad contraria a los planetas de la otra (Saturno, Neptuno, Luna en un grupo, son de polaridad contraria, respectivamente, a Júpiter, Urano, Sol y Plutón, en un sentido, puede también decirse de polaridad contraria a los planetas interiores Mercurio y Venus). Entonces, hallamos que estos grupos planetarios se equilibran de tal modo que parecen pender del elevado Marte, algo así como dos cargas que cuelgan, mediante sogas, de un alto soporte. Además, el hecho de que Marte está en sextil (60) a ambos bordes superiores de los grupos planetarios (Saturno y Júpiter que están, por tanto, en trino entre sí, a 120), añade una tendencia latente constructiva e integradora al significado del modelo total. De modo parecido, la Luna está en sextil a Venus y Mercurio, Urano en sextil a Júpiter; y estos diversos sextiles integran y equilibran las fuertes cuadraturas (90) de Saturno a Luna-Plutón, de Júpiter a Venus (y, distantemente, a Mercurio y el Sol), de Sol a Neptuno y de Luna a Urano. Finalmente, el Marte axial fortalece el equilibrio dinámico de la configuración cargada de poder, estando en aspecto de sesquicuadratura (135) a Neptuno y el Sol.

Si se consideraran todos estos aspectos uno por uno, como en las viejas técnicas astrológicas, el resultado sería una extraordinaria confusión de significados. Sin embargo, si toda la pauta planetaria se ve como un motor que opera para la liberación integrada de energía, el cuadro es muy significativo e inspirador. Raras veces se hallan ejemplos de semejante entrelazamiento armónico de factores planetarios vigorosos y liberadores de energía. De esta manera, el horóscopo de Jung puede verse, casi a primera vista, como una fórmula notable para la integración de la personalidad. Si ahora examinamos más atentamente los elementos conexos de esta fórmula, hallaremos también un interesantísimo equilibrio de energía en lo que concierne a la relación entre el ego y el inconsciente colectivo. Esta relación puede también interpretarse como la existente entre forma y energía, entre racional e irracional, entre significado y vida, como podrá verse por el comentario de Jung en El Secreto de la Flor de Oro, una muy significativa vinculación de la mística china y la psicología moderna. El reino de la vida es esencialmente el del dualismo de energías representadas por el Sol y la Luna, mientras que el principio de la forma está bajo la regencia de Saturno.

En el mapa natal de Jung (según los datos que el mismo Jung le proporcionara a la Sra. Fleisher), hallamos que están en ascendente los últimos grados de Capricornio. Saturno, el regente del horóscopo, está en la primera casa, retrógrado en Acuario (que es co-regente con Urano, oponiéndose desde Leo en la séptima casa). Esto establece al elemento Saturniano de la forma en fuerte predominio, aunque el hecho de que Saturno esté retrógrado sugiere que este predominio tiene que luchar contra enemigos internos. En la mayoría de los casos, Saturno retrógrado se refiere a un ego que tiene que volver su atención hacia adentro más que hacia fuera, a fin de ganar el control de las energías biológicas; y ello porque éstas no están normalmente puestas al servicio de los modelos genéricos del organismo humano ni de las tradiciones y moldes colectivos de la sociedad.

En realidad, el horóscopo de Jung demuestra al punto cuán difícil sería para las estructuras biosociales corrientes mantener de por sí el control de sus energías vitales surgidas inusualmente ! Considérese que Urano está en conjunción con el Sol, que la Luna está rodeada por Neptuno y Plutón, y que los dos grupos están en cuadratura recíproca; y se verá cuán radicalmente los planetas del inconsciente desafían la sustancia misma de la vitalidad física y espiritual de Jung. La energía biopsíquica está inquieta y explosiva en el ser de Jung, y el hecho de que el Sol sea potente en Leo y la Luna exaltada en Tauro se suma a la intensidad de una configuración que fácilmente podría conducir a explosiones emocionales o a una peculiar opresión del consciente por parte del inconsciente. Por otro lado, la fuerza de este Sol y esta Luna indica que, en su trabajo de integración, Jung es capaz de depender de una fuerte vitalidad, tanto espiritual como biológica.

No obstante, la necesidad de Saturno es muy grande si ha de mantenerse controlada la energía de los remotos planetas trans-saturninos. El metal del motor de la personalidad deberá ser capaz de contener y liberar decididamente una enorme cantidad de energía biopsíquica inconsciente, o de libido. Si Saturno efectúa la contención (con su atención vuelta hacia adentro, hacia el inconsciente), Marte está a cargo de la liberación; y se demuestra que esta liberación opera de una manera extraordinariamente equilibrada porque Marte es el eje de toda la pauta planetaria. Es equidistante de Saturno y Júpiter (contracción y expansión), del Sol y de Neptuno (el Yo y su vestidura universalista; Cristo y Su Manto de Gloria) y de Plutón y Venus. Está en la casa de la determinación y la reforma sociales (XI), en el signo del conocimiento abstracto y la enseñanza espiritual (Sagitario).

Marte es el símbolo de todas las dirigidas liberaciones de energía y, en un horóscopo que revela tal tensión sobre una energía controlada, es importante todo lo que se relaciona con Marte. Si esa salida de Marte debiera entorpecerse o deformarse, en realidad sería inevitable una explosión psíquica, aún a pesar de la fuerte resistencia de Saturno. Las cuadraturas de Saturno pueden producir energía constructiva, pero si el equilibrio dinámico fuera sacado de quicio por algo que le ocurriera a la salida de Marte, estas cuadraturas se volverían fácilmente destructivas, en especial, aquellas en las que operan Plutón y la Luna. Sin embargo, Marte muestra fuerza destacada, no debido a su posición zodiacal, sino porque está estacionario y ocupa una posición focal en todo el horóscopo. Es fuerte porque en él están equilibradas dos masas de polaridades contrarias, y casi neutralizadas; y, siendo estacionario, tiene un carácter de casi inmovilidad.

El símbolo sabiano, por su posición zodiacal (22 de Sagitario), se suma al significado de estas características marcianas, pues se lee así: Una posición perfecta del mundo viejo se halla en el nuevo: Una lavandería china tiene sus postigos levantados y ahora es ella misma. Este es el símbolo de la realidad del mundo interior al cual el hombre cierra habitualmente sus ojos, el retiro del alma, donde nadie, salvo ella misma, puede entrar. Positivamente, es un grado de fácil equilibrio; negativamente, el mundo en general en una plenitud de goce. La palabra clave es Calma (M. Jones, Symbological Astrology).

Es asombrosa la exactitud literal del símbolo, pues todo profundo estudioso de Jung sabe cómo él encontró una base metafísica y alquímica para interpretar los procesos psicológicos de la filosofía china (el ciclo yang-yin de los cambios compensatorios, el principio de la integración a través de una función mediadora el Emperador – que asimila la necesidad inconsciente de su pueblo y proyecta el modelo estructural del yo-del-cielo sobre el ego-del-Estado). Además, la práctica psicológica no es un proceso de purificación y catarsis, que requiere gran equilibrio, calma interior y un recogimiento periódico dentro de la propia naturaleza interior?

Marte, en el mapa natal de Jung, rige la casa novena (la filosofía, la sabiduría, la enseñanza); para Jung, la enseñanza y la práctica psicológica eran una liberación necesaria. Como psicólogo, tenía que estar, por así decirlo, equilibrado entre la extraversión y la introversión, como Marte – el inmóvil – está equilibrado entre el movimiento retrógrado y el directo. En otras palabras, este Marte es el punto de liberación de un horóscopo en el que todo se halla en estado de dinamismo equilibrado, y así Marte está significativamente equilibrado entre dos direcciones de movimiento. Sus sextiles a Júpiter y Saturno establecen un fundamento social práctico y suavemente constructivo para la liberación marciana. Los revolucionarios impulsos de Jung operan dentro de la estructura de una actitud madura hacia la sociedad, lo mismo que hacia el ego consciente. La calidad de la visión y la comprensión significada por el aspecto trino de Júpiter a Saturno está enfocada hacia fuera e imbuida de idealismo a través de Marte.

El aspecto de Marte de alrededor de 135 al Sol y a Neptuno revela las fuentes más profundas de las actividades públicas y educacionales de Jung. En todo ciclo de relaciones, el aspecto de sesquicuadratura se refiere a la superación de una crisis de acción. Precede al aspecto de oposición (180), que simboliza (en su aspecto positivo) consciencia e iluminación plenas, y sigue al trino (120) que le da un trasfondo de visión; de esta manera, un medio para vencer a la crisis. En el horóscopo de Jung, la séptima casa Leo-Sol es un símbolo orgulloso de la energía y el desarrollo individual masculinos; Neptuno, por el otro lado, a punto de volver a retrógrado en Tauro, es un símbolo de sustancia y riqueza interiores, de evolución racial colectiva. Los dos planetas son masculino y femenino, – hablando espiritualmente y en cuadratura de 90. El primero es el centro de la totalidad del ser, del Yo; el último, la sustancia universal que este Yo puede moldear en un vehículo espiritual para su manifestación. El moldeador y el todavía por moldear están en aspecto de crisis, una cuadratura exacta. Podrá resolverse la tensión? Sólo si se exterioriza. Marte es el exteriorizador. Enseñando a los demás, reformando las técnicas psicológicas, Jung resolvía su propia crisis de formación espiritual; y construía un cuerpo de inmortalidad inmortalidad social, y presumiblemente personal: el Cuerpo de Diamante del esoterismo chino, el Cristo-Niño dentro de los místicos cristianos.

El significado extraordinario de este proceso de integración espiritual en la vida de Jung lo revela el hecho inusual de que su Sol natal está a 11 grados detrás de Urano, y su Luna natal a 12 grados delante de Neptuno. Puede decirse que Urano está en el sendero solar de relación entre el inconsciente y el consciente; y Neptuno en el sendero lunar. Asimismo, vemos estos dos enfoques en un aspecto crucial (o cruciforme) recíproco, con Neptuno exactamente en cuadratura con el Sol, y Urano exactamente en cuadratura con la Luna, una suerte de configuración en forma de X extendida horizontalmente. Una vez más, a las polaridades significativas se las ve en un estado de entrelazamiento.

He recalcado antes el significado de la Luna como una mediadora entre el inconsciente y el ego, y, en el caso del varón, como el símbolo del anima. En su mapa natal, el anima de Jung se muestra en una luz inusual, pues, como ya dije, su Luna está rodeada por Neptuno y Plutón y en cuadratura con Urano. En otras palabras, está dominada enteramente por los planetas del inconsciente colectivo. Pero la Luna está también en cuadratura con Saturno, y muy fuerte en sentido biológico debido a su posición en su signo de exaltación, el prolífico Tauro. Además, está en oposición a la Parte de Fortuna en Escorpio en la novena casa. En otras palabras, la Luna recibe la plena presión de una Cruz en los signos fijos (signos de poder) del zodíaco, estando, además, universalizada y expandida por Neptuno y Plutón de uno u otro lado. Esta Luna gobierna la séptima casa de Jung (sociedad, matrimonio); está también en recepción mutua con Venus en Cáncer, una indicación fortalecedora para la Luna y Venus. Este es un entrelazamiento muy intrincado; y, como la Luna también representa la energía psíquica enfocada a través de la imagen de la mujer en la vida de un hombre (otro aspecto del anima, la imagen de madre-esposa-hija), puede esperarse que en la vida de Jung las mujeres representen un papel muy inusual.

Las notas biográficas disponibles no revelan nada externamente espectacular. En 1903, a los 28 años de edad, Jung se casó con una muchacha perteneciente a una familia suiza conservadora, con la que tuvo cuatro hijas y un hijo. El matrimonio ocurrió cuando su Sol progresado se desplazaba desde Leo hacia Virgo, el punto místico de la Esfinge del zodíaco. Por tránsito, Urano puede haber estado cruzando Marte progresado para la época del casamiento, y Saturno opuesto a su Sol natal; Plutón estaba en oposición a Urano. El matrimonio añadió presumiblemente estabilidad a la vida de Jung. Él se había doctorado en medicina en 1902, se estaba familiarizando con las ideas de Freud (aunque sólo se encontró con él en 1906), y probablemente completó sus estudios en Paris con Pièrre Janet. Este fue sin duda el período informativo de su personalidad madura, pero no sabemos más que eso. Sin embargo, parece que su matrimonio debió haber sido un factor polarizador en el nivel terrestre concreto de la fertilidad biológica-social. Venus tiene mucho que ver con el matrimonio, especialmente en el horóscopo de Jung; y el acento es sobre la productividad concreta. La esencia de la función de la Luna parece que, por el contrario, operó en un nivel más psíquico. También puede ser revelador el símbolo para el grado de la Luna asimismo el hecho de que la Luna se halla en la casa tercera.

El símbolo sabiano de la Luna representa a Un anciano que, con cierto buen éxito que ni él sospecha, procura revelar los misterios a un grupo abigarrado de personas, y se dice que esto simboliza la posesión consciente de conocimiento y potenciales mayores de los que es posible poner en uso inmediato y práctico. El símbolo del grupo abigarrado es en realidad interesante, pues la función de la Luna para Jung puede haber estado polarizada en un sentido universalista (influencia de Neptuno-Plutón) por el grupo abigarrado de mujeres que, como pacientes, demandaban que él las ayudase a establecer en ellas un vínculo con su propia naturaleza interior a través de la fecundación espiritual del logos. El Marte de Jung, el punto de liberación de su horóscopo, está en aspecto biquintil (144) a su Luna (su Saturno también en quintil a su Neptuno, y Plutón a su Sol), y la serie quintil de aspectos (1/5 de 360, es decir, 72) se ocupa de la actividad creadora (la Estrella de cinco puntas que simboliza la victoria del hombre sobre la naturaleza instintiva). No obstante, podemos ver que la Luna de Jung es forzada dentro de un foco de actividad saturniana a través de su participación en la cuadratura de Saturno a Plutón. Por místicos que sean sus ajustes congénitos a la vida y a las experiencias del medio ambiente y es de preguntarse qué clase de persona fue su madre, o si él tuvo o no alguna pariente inusual – el destino de Jung (Saturno) le compelió a encuadrar estos ajustes del ánima a las realidades del mundo social externo, a estructurar sus experiencias intuitivas indudablemente más intensas dentro de los moldes lógicos de una fuerte consciencia del ego. Sin el último (Saturno), y sin la salida suministrada por sus actividades como maestro y reformador, las energías psíquicas de Jung se habrían disipado en una estratosfera inexpresable de visión trascendente.

Lo que hemos discutido cubre sólo algunos de los puntos más esenciales a descubrir a través del estudio de una notable carta natal. Lo que hace que ésta sea tan valiosa para el psicólogo es que es un símbolo destacado de todo lo que Jung puso en el trabajo de su vida. En realidad, esto es siempre más o menos lo que ocurre cuando una gran personalidad llega a la etapa creadora, es decir, cuando se lleva al estado de semilla una totalidad orgánica de experiencia viva, y así logra la energía para inmortalizarse, reproduciendo su visión en las mentes de las generaciones venideras. Y si deseamos comprender lo que C. G. Jung trajo al psicoanálisis que Freud originara, sólo tenemos que estudiar los mapas natales de estos dos hombres, uno junto a otro. La historia que ellos nos cuentan es muy notable. Documentarla en su totalidad nos insumiría demasiado espacio; pero de inmediato podemos ver que el Sol de Freud está en el mismo grado que la Luna de Jung, y que existe una relación muy significativa entre las recalcadas agrupaciones taurinas de planetas en ambos horóscopos. Podemos ver que los horizontes natales de los dos horóscopos son idénticos, pero al revés; que el ascendente de uno está en el descendente del otro. Y en ambos casos, Marte (estacionario en Jung y casi estacionario en Freud) ocupa una posición de tensión estructural o importancia axial; pero cuán diferentes son las implicancias de estos dos Marte ! El de Freud señala las profundidades más hondas, que descubren despiadadamente los restos ocultos de frustraciones sociales; el de Jung enseña el camino hacia las alturas, hacia un aferrarse consciente al problema de la educación y la reforma o regeneración social. Freud, el cirujano del alma, Jung, el guía espiritual, el moderno gurú occidentalizado que asume una actitud muy sensible hacia los universales dentro del foco saturnino de una consciencia clara y un ego determinado.

Dane Rudhyar

Extractado por Pablo Cáceres de
La Astrología y la Psique Moderna.-Editorial Kier

La Personalidad Maná

La Personalidad Maná

La personalidad-Maná es una dominante del inconsciente colectivo, es el conocido arquetipo del hombre poderoso en forma de héroe, de cacique, de mago, de curandero y santo, dueño de hombres y espíritus, amigo de Dios.

He aquí una figura colectiva masculina, que surge del fondo oscuro y toma posesión de la personalidad consciente. Este peligro anímico es de sutil naturaleza; por medio de una inflación de la consciencia puede aniquilar todo lo que acaso se ganó mediante una conversación con el anima. Por lo tanto, prácticamente, no es de poca importancia saber que, en la jerarquía del inconsciente,
el anima no representa más que el grado ínfimo, que no es más que una de las figuras posibles, y que su vencimiento hace entrar en la constelación a otra figura colectiva, la cual ahora se hará cargo de su Maná. Porque, en realidad, es la figura del mago la llamo así para abreviar – la que se apodera del maná, es decir, del valor autónomo del anima. Sólo si inconscientemente soy idéntico con esa figura, podré creer que soy yo mismo el poseedor del Maná del anima. Pero sintiéndome identificado lo creeré infaliblemente.

En las mujeres, la figura del mago tiene un equivalente no menos peligroso: es una figura de superioridad maternal, la gran madre, misericordiosa en grado sumo, que lo comprende y lo perdona todo, que siempre ha querido el bien, que siempre ha vivido para los demás y que nunca ha buscado su propia utilidad; la descubridora del gran amor, así como él es el que predica la verdad máxima y última. Y tal como el gran amor nunca se agradece ni se aprecia, así tampoco la gran sabiduría nunca se ve comprendida. Y los dos, mutuamente, son aún más difíciles de conciliar.

Aquí debe de haber un equívoco grave, pues se trata indudablemente de una inflación. El yo se ha apropiado de una cosa que no le pertenece. Pero cómo se ha apropiado de este Maná?

Si fue realmente el yo quien venció al anima, el Maná le pertenece de derecho y entonces será acertada la deducción final de que uno ha adquirido importancia. Pero, entonces: por qué esa importancia, es decir, el Maná, no obra sobre los demás? Porque esto sería un criterio esencial. Pero no obra, porque no es cierto que uno haya adquirido importancia; sólo ha experimentado una mezcla con un arquetipo, con otra figura inconsciente. Por lo tanto hemos de deducirlo así – tampoco es cierto que el yo haya vencido al anima y, por ende, no ha conquistado el Maná. Solamente ha sobrevenido una nueva mezcla con una figura del mismo sexo, figura que corresponde a la imagen paterna y que tiene, si cabe, un poder mayor aún.

Conversando sobre Jung

Conversando sobre Jung

ConversandosobreJungEl público lector de Jung conoce a María Luisa von Franz por la colaboración esencial que prestó en la composición de «el Hombre y sus Símbolos», esa gran obra de la vulgarización de la psicología de las profundidades, además de sus propios libros sobre interpretación de la mitología en los cuentos de hadas, y otros temas.

R. B.-Cómo se sitúa usted en relación a Jung?

MLvF.- Yo empecé a los dieciocho años por un análisis con él y lo ayudé a traducir los textos latinos y griegos de la alquimia. Llegué a ser su alumna. Es así que he asistido al nacimiento de sus obras después de sus sesenta años. Le debo todo.

R. B.-De donde viene su interés por los cuentos de hadas? Qué importancia tienen para usted?

MLvF.- Una escritora me pidió que le ayudara a escribir un libro sobre los cuentos de hadas. Cuando ya llevaba mil páginas, resultó que no quería una interpretación junguiana, entonces continué sola y me he especializado en la interpretación psicológica. Así he descubierto que los cuentos de hadas son representaciones arquetípicas del inconsciente colectivo, las más fecundas, las más variadas y las más fundamentales de todos los mitos. Ellas nos entregan una «anatomía comparada» del alma humana colectiva. Y además son bellas, y hablan directamente a todo el mundo.

R. B.- Usted ha colaborado en todas las grandes obras alquímicas de Jung. Qué lugar considera que ocupa la alquimia en la totalidad de su obra?

MLvF.- Cuando Jung descendió a las profundidades de su inconsciente (después de su separación de Freud), produjo un enorme material simbólico que no parecía tener analogías con los mitos conocidos. Por sus sueños fue conducido a la alquimia y allí descubrió todos los paralelos a sus experiencias. Estas últimas no eran entonces imágenes subjetivas, ellas constituían un largo sueño colectivo humano, un sueño que compensa y completa lo que falta en nuestro mito oficial cristiano y que explica el desarrollo de las ciencias naturales. Para él (y para mí) el mito de la alquimia es el mito del occidente, el de la era de Acuario, el mito que podría sanar nuestros problemas actuales.