Más Sincronicidad: Prólogo de C. G. Jung al I Ching

Más Sincronicidad: Prólogo de C. G. Jung al I Ching

Puesto que no soy sinólogo, una presentación del Libro de las Mutaciones escrita por mí habrá de constituir un testimonio de mi experiencia personal con este libro grande y singular. Se me brinda así, además, una grata oportunidad para rendir homenaje una vez más a la memoria de mi desaparecido amigo Richard Wilhelm. Él mismo tenía honda consciencia de la importancia cultural de su traducción del I Ching, versión sin igual en Occidente.

Si el significado del Libro de las Mutaciones fuese fácil de aprehender, la obra no requeriría de ningún prólogo. Pero sin lugar a dudas no es este el caso, ya que hay tantas cosas que se presentan oscuras en torno de él, que los estudiosos occidentales tendieron a desecharlo, considerándolo un conjunto de “fórmulas mágicas” o bien demasiado abstrusas como para ser inteligibles, o bien carentes de todo valor. La traducción de Legge del I Ching, única versión disponible hasta ahora en inglés, contribuyó poco para hacer accesible la obra a la mentalidad occidental. Wilhelm, en cambio, hizo el máximo esfuerzo para allanar el camino hacia la comprensión del texto. Estaba en condiciones de hacerlo, dado que él mismo había aprendido la filosofía y el uso del I Ching con el venerable sabio Lao Nai Hsüan; además, durante un período de muchos años había puesto en práctica la singular técnica del oráculo. Su captación del significado viviente del texto otorga a su versión del I Ching una profundidad de perspectiva que nunca podría provenir de un conocimiento puramente académico de la filosofía china.

Le estoy muy agradecido a Wilhelm por la luz que él aportó a la comprensión del complicado problema del I Ching, y así mismo por facilitar una profunda introvisión en lo que respecta a su aplicación práctica. A lo largo de más de treinta años me he interesado por esta técnica oracular o método de exploración del inconsciente, ya que me parecía de insólita significación. Ya estaba bastante familiarizado con el I Ching cuando por primera vez me encontré con Wilhelm a comienzos de la década del veinte; me confirmó entonces lo que yo ya sabía y me enseñó muchas cosas más.

No conozco el idioma chino ni he estado nunca en China. Puedo asegurar al lector que no es en modo alguno fácil hallar la correcta vía de acceso a este monumento del pensamiento chino, que se aparta de manera tan completa de nuestros modos de pensar. A fin de entender qué significa semejante libro es imperioso dejar de lado ciertos prejuicios de la mente occidental. Es un hecho curioso que un pueblo tan bien dotado e inteligente como el chino no ha desarrollado nunca lo que nosotros llamamos ciencia.  Pero sucede que nuestra ciencia se basa sobre el principio de causalidad, y se considera que la causalidad es una verdad axiomática.  No obstante, se está produciendo un gran cambio en nuestro punto de vista. Lo que no consiguió la Crítica de la razón pura de Kant lo está logrando la física moderna. Los axiomas de la causalidad se están conmoviendo hasta sus cimientos: sabemos ahora que lo que llamamos leyes naturales son verdades meramente estadísticas que deben por lo tanto, necesariamente, dejar margen a las excepciones. Todavía no hemos tomado lo bastante en cuenta el hecho de que necesitamos del laboratorio, con sus incisivas restricciones, a fin de demostrar la invariable validez de las leyes naturales. Si dejamos las cosas a merced de la naturaleza, vemos un cuadro muy diferente: cada proceso se ve interferido en forma parcial o total por el azar, hasta el punto que, en circunstancias naturales, una secuencia de hechos que se ajuste de manera absoluta a leyes específicas constituye casi una excepción.

La mente china, tal como yo la veo obrar en el I Ching, parece preocuparse exclusivamente por el aspecto casual de los acontecimientos. Lo que nosotros llamamos coincidencia parece constituir el interés principal de esta mente peculiar, y aquello que reverenciamos como causalidad casi no se toma en cuenta. Hemos de admitir que hay bastante que decir sobre la inmensa importancia del azar. Un incalculable caudal de esfuerzos humanos está orientado a combatir y restringir los perjuicios o peligros que entraña el azar. Las consideraciones teóricas sobre causa y efecto a menudo resultan desvaídas e imprecisas en comparación con los resultados prácticos del azar. Está muy bien decir que el cristal de cuarzo es un prisma hexagonal. La afirmación es correcta en la medida en que se tenga en cuenta un cristal ideal. Sin embargo, en la naturaleza no se encuentran dos cristales exactamente iguales, pese a que todos son inequívocamente hexagonales. La forma real, empero, parece interesar más al sabio chino que la forma ideal. La abigarrada trama de leyes naturales que constituyen la realidad empírica posee para él mayor significación que una explicación causal de los hechos, los que por otra parte deben usualmente ser separados unos de otros a fin de tratarlos en forma adecuada.

La manera en que el I Ching tiende a contemplar la realidad parece desaprobar nuestros procedimientos causalistas. El momento concretamente observado se presenta a la antigua visión china más bien como un acaecimiento fortuito que como el resultado claramente definido de procesos en cadena concurrentes y causales. La cuestión que interesa parece ser la configuración formada por los hechos casuales en el momento de la observación, y de ningún modo las razones hipotéticas que aparentemente justifican la coincidencia. En tanto que, cuidadosamente, la mente occidental tamiza, pesa, selecciona, clasifica, separa, la representación china del momento lo abarca todo, hasta el más minúsculo y absurdo detalle, porque todos los ingredientes componen el momento observado.

Ocurre así que cuando se arrojan las tres monedas o se cuentan los cuarenta y nueve tallos, estos pormenores casuales entran en la representación del momento de la observación y constituyen una parte de él, una parte que, aunque sea insignificante para nosotros, es sumamente significativa para la mentalidad china. Para nosotros sería un aserto banal y casi exento de sentido (por lo menos a primera vista) decir que todo lo que ocurre en un momento dado posee inevitablemente la cualidad peculiar de ese momento. Esto no constituye un argumento abstracto, sino un argumento realmente práctico. Existen conocedores capaces de determinar sólo por el aspecto, el gusto y el comportamiento de un vino, el año de su origen y la ubicación del viñedo. Existen anticuarios capaces de indicar con exactitud casi pasmosa la fecha, el lugar de origen y el creador de un objet d’art o de un mueble, sólo con mirarlo. Y hasta existen astrólogos que pueden decirnos, sin ningún conocimiento previo de nuestro natalicio, cuál era la posición del sol y de la luna y qué signo del zodíaco ascendía sobre el horizonte en el momento de nuestro nacimiento. Frente a tales hechos es preciso admitir que los momentos pueden dejar huellas perdurables.

En otras palabras, quienquiera haya inventado el I Ching, estaba convencido de que el hexagrama obtenido en un momento determinado coincidía con éste en su índole cualitativa, no menos que en la temporal. Para él el hexagrama era el exponente del momento en que se lo extraía –más aún de lo que podrían serlo las horas señaladas por el reloj o las divisiones del calendario- por cuanto se entendía que el hexagrama era un indicador de la situación esencial que prevalecía en el momento en que se originaba.

Este supuesto implica cierto curioso principio al que he denominado sincronicidad, un concepto que configura un punto de vista diametralmente opuesto al de causalidad. Dado que esta última es una verdad meramente estadística y no absoluta, constituye una suerte de hipótesis de trabajo acerca de la forma en que los hechos se desarrollan uno a partir de otro, en tanto que la sincronicidad considera que la coincidencia de los hechos en el espacio y en el tiempo significa algo más que el mero azar, vale decir, una peculiar interdependencia de hechos objetivos, tanto entre sí, como entre ellos y los estados subjetivos (psíquicos) del observador o los observadores.

La antigua mentalidad china contempla el cosmos de un modo comparable al del físico moderno, quien no puede negar que su modelo del mundo es una estructura decididamente psicofísica. El hecho microfísico incluye al observador exactamente como la realidad subyacente del I Ching comprende las condiciones subjetivas, es decir psíquicas, de la totalidad de la situación del momento. Exactamente como la causalidad describe la secuencia de los hechos, para la mentalidad china la sincronicidad trata de la coincidencia de los hechos. El punto de vista causal nos relata una dramática historia sobre la manera en que D llegó a la existencia: se originó en C, que existía antes que D, y C a su vez tuvo un padre, B, etc. Por su parte, el punto de vista sincronístico trata de producir una representación igualmente significativa de la coincidencia. ¿Cómo es que A’, B’, C’, D’, etc., aparecen todos en el mismo momento y en el mismo lugar? Ello ocurre antes que nada porque los hechos físicos A’ y B’ son de la misma índole que los hechos psíquicos C’ y D’, y además porque todos son exponentes de una única e idéntica situación momentánea. Se da por supuesto que la situación constituye una figura legible o comprensible.

Ahora bien, los sesenta y cuatro hexagramas del I Ching son el instrumento mediante el cual puede determinarse el significado de sesenta y cuatro situaciones diferentes, y por otra parte típicas. Estas interpretaciones equivalen a explicaciones causales. La conexión causal es estadísticamente necesaria y puede por lo tanto ser sometida al experimento.  Como las situaciones son únicas y no pueden repetirse, parece imposible experimentar con la sincronicidad en condiciones corrientes. En el I Ching, el único criterio de validez de la sincronicidad es la opinión del observador según la cual el texto del hexagrama equivale a una versión fiel de su estado psíquico. Se supone que la caída de las monedas o el resultado de la división del manojo de tallos de milenrama es lo que necesariamente debe ser en una “situación” dada, puesto que cualquier cosa que ocurra en ese momento pertenece a éste como parte indispensable del cuadro. Si se arroja al suelo un puñado de fósforos, ellos forman la figura prototípica característica de ese momento. Pero una verdad tan obvia como ésta sólo revela su carácter significativo si es posible leer la figura prototípica y verificar su interpretación, en parte mediante el conocimiento que el observador tiene de la situación subjetiva y objetiva, y en parte a través del carácter de los hechos ulteriores. Obviamente este no es un procedimiento capaz de hallar eco en una mente crítica, habituada a la verificación experimental de los hechos o a la evidencia fáctica. Pero para alguien que se complace en contemplar el mundo desde el ángulo en que lo veía la antigua China, el I Ching puede ofrecer cierto atractivo.

 Por supuesto, la argumentación que acabo de exponer jamás halló cabida en una mente china. Por el contrario, conforme a la antigua tradición, se trata de “agentes espirituales” que actuando de un modo misterioso hacen que los tallos de milenrama den una respuesta significativa. Estas potencias constituyen, por así decirlo, el alma viviente del libro. Éste es, así, una suerte de ente animado, y en consecuencia la tradición llega a afirmar sin más que uno puede hacerle preguntas al I Ching y aguardar respuestas inteligentes. Se me ocurrió, por lo tanto, que al lector no iniciado podría interesarle ver al I Ching operando. Con ese propósito realicé un experimento acorde con la concepción china: en cierto modo personifiqué al libro, solicitando su criterio sobre su situación actual, o sea sobre mi intención de presentarlo a la mentalidad de Occidente.

Si bien este procedimiento encuadra perfectamente en las premisas de la filosofía taoísta, a nosotros se nos antoja por demás extravagante. Sin embargo, a mí nunca me ha escandalizado ni siquiera lo insólito de los delirios demenciales o de las supersticiones primitivas. Siempre he tratado de mantenerme desprejuiciado y curioso: rerum novarum cupidus. ¿Por qué no osar un diálogo con un antiguo libro que alega ser un ente animado? No puede haber daño alguno en ello, y el lector puede así observar un procedimiento psicológico que ha sido puesto en práctica infinitas veces a lo largo de los milenios de la civilización china, y que representó para hombres de la talla de un Confucio o un Lao Tse una suprema expresión de autoridad espiritual, tanto como un enigma filosófico. Utilicé el método de las monedas, y la respuesta obtenida fue el hexagrama 50, Ting, EL CALDERO.

De acuerdo con la manera en que estaba construida mi pregunta, debe entenderse el texto del hexagrama como si el I Ching mismo fuese la persona que habla. De modo que se describe a sí mismo como un caldero, es decir, una vasija ritual que contiene comida cocida. Aquí la comida debe entenderse como alimento espiritual. Al respecto dice Wilhelm:

“El caldero, como utensilio perteneciente a una civilización refinada, sugiere el cuidado y la alimentación de hombres capaces, lo que redundaba en beneficio del Estado… Vemos aquí a la cultura en el punto en que alcanza su cumbre en la religión. El caldero sirve para ofrendar el sacrificio a Dios…. La suprema revelación de Dios aparece en los profetas y en los santos. Venerarlos, es auténtica veneración de Dios. La voluntad de Dios, tal como se revela a través de ellos, debe ser aceptada con humildad”.

                                                      

Ateniéndonos a nuestra hipótesis debemos concluir que aquí el I Ching está dando testimonio acerca de sí mismo.

Cuando alguna de las líneas de un hexagrama dado tiene el valor seis o nueve, ello significa que se la acentúa especialmente, y que por lo tanto tiene importancia para la interpretación. En mi hexagrama los “agentes espirituales” han dado el acento de 9 a las líneas que ocupan el 2º y 3er puestos. El texto reza:

El Haikú

El Haikú


haiku01
El haikú es una forma poética cuyos orígenes se remontan al Japón ancestral, siendo sus cultores conocidos como haijin. En sus inicios derivó de otra forma literaria, el haikai, de contenido humorístico, que solía disponerse en una serie sucesiva de poemas cuya primera estrofa era el hokku. Finalmente, la forma del haikai se ramificó en dos tendencias separadas, manteniéndose los cultores del haikai original, y una segunda forma – el haikú – que independizó la primera estrofa, convirtiéndola en una sola expresión sintética y acabada de una imagen, que bien podía ser del entorno natural, del paisaje anímico o del social.En su forma tradicional, el haikú consta de tres versos en 17 sílabas, las que tienen una composición asimétrica y sin rima que lo impregna de una sensación de libertad y sugerencia. El estilo, independientemente del tema que trate, es siempre sencillo y natural, minimalista, buscando la máxima expresión con el mínimo de recursos, inspirado como está en la estética del budismo zen. Por tanto, el haikú está muy marcado por la observación de la naturaleza y su cambio constante, tanto a través del día como del transcurrir de las estaciones del año. A menudo dentro del poema se encuentra una palabra clave o kigo que indica la estación del año a que alude. La liviandad, la sutileza, y una cierta sensación de incompletitud que nos refiere a lo inmenso, a lo vacío, infinito o a lo eterno, están casi siempre presentes en los poemas. Al menos dejan abierta la puerta a una escala mayor de pertenencia, a lo que ahora-no-es-o-no-está, por contraposición al instante fijado en los versos.

haiku02

 

 

Matsuo Bashô (1644 -1694): El más grande haijin

Bashô es conocido como el mayor cultor del haikú tradicional. Educado como samurai y al servicio de una familia poderosa en su infancia, en 1661 conoció al maestro zen Bucho, quien lo instruyó en la filosofía zen. La comprensión del zen llevó a Bashô a buscar una forma literaria que no expresara sólo belleza, ni que fuera retórica o simplemente descriptiva, encontrando que el haikú servía exactamente para expresar la verdadera realidad, la del momento presente.

Porque el haikú es la maestría del instante presente, del momento efímero que constituye la vida misma, la consciencia en contacto con el entorno o el interior, el instante mágico en el que el observador y lo observado se unen en una minúscula impresión, observación, constatación o comprensión que, si bien en sí misma no tiene palabras, es posible de ser impresionada en una hoja en blanco en su esencia, a través de tres pinceladas:

A la intemperie
Se va filtrando el viento
Hasta mi alma.

La vida de Bashô fue un continuo peregrinar por Japón, en permanente y escogida pobreza, o, como decimos hoy, simplicidad voluntaria. Él creía que no era posible la poesía sin la necesidad, la carencia y el hambre alquímicamente transformados en arte, naturaleza e instante mediante. Bien se ha dicho que vivió su poesía y escribió su vida.

.

haiku03
Haikús de Bashó.

Levántate
y sé mi compañera,
soñolienta mariposa.

Un viejo estanque;
Se zambulle una rana,
Chapoteo.

El sonido de la campana
Se expande en la bruma
Del alba.

Este camino
Nadie ya lo recorre
Salvo el crepúsculo

La montaña y el jardín
penetran
la habitación en el verano.

Para ver las flores he venido,
bajo ellas dormiré
sin sentir el tiempo.

Quietud,
el sonido de los pétalos
esparciéndose al caer.

Sol de invierno
Sobre un caballo
Mi silueta helada
 


haiku04
Haikú es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento, decía. Lo permanente tras el fluir de los cambios y las estaciones, el ritmo de la vida, lo imperecedero tras lo mutable, la forma mortal que revela lo eterno; la naturaleza como maestra de vida; su exaltación serena, como forma de subrayar la manifestación de lo inmutable..Bashô fue uno de los seudónimos utilizados por Matsuo Munefusa. En 1672 se radicó en lo que hoy es Tokio, siendo reconocido como autor y crítico, y donde forma una escuela. Uno de sus discípulos le regala una casita junto al río Sumida y otro le regala un árbol de banano (bashô), del que adoptó el nombre tanto para la propiedad como para sí mismo. Con este nombre escribió antologías y un Diario de Viaje ( El Estrecho Camino a través del Norte Profundo o Sendas de Oku) en el que, a intervalos entre la prosa, iba salpicando los haikús que lo hicieran famoso hasta hoy. El cuerpo del más grande poeta del haikú está enterrado junto al lago Biwa, en Otsu.

Otros cultores

Bashô hizo escuela y tuvo discípulos y seguidores, cuyo linaje continúa hasta hoy, tanto en Japón como en el resto del mundo. Una muestra de los sucesores de Bashô:

Kabayashi Issa:
No lloréis bichos
Que sufren desengaños
hasta los astros

Crepúsculo de cerezas.
También se ha convertido
En pasado.

Las distantes montañas
Se reflejan en las pupilas
De la libélula.

Donde haya hombres,
Habrá moscas, y habrá
Budas también.

En las tinieblas
Lo que ronda mis ojos
Es tu sonrisa.

Ya que me voy
Jugad al amor, moscas
De mi ermita.

Al Fuji subes
Despacio pero subes-
Caracolito.

Termina un día de primavera;
El crepúsculo suspendido
En un charco de agua.

Viento de otoño:
Un mendigo me mira
Y se compara.

Acá estoy,
simplemente.
La nieve cae.

El buen mundo:
el rocío desciende gota a gota,
tras cada gota.

El cuco canta
para mí, para la montaña,
alternativamente.

Nunca lo olvides:
paseamos encima del infierno
contemplando las flores.

Qué grande, qué hermosa,
la castaña
a la que no pude llegar!

El ciruelo de mi cabaña;
no pudo evitarlo,
floreció.

El buen mundo:
el rocío desciende gota a gota,
tras cada gota.

La peonía era así de grande”,
dice la niña,
abriendo sus brazos.
haiku05
Abe Midorijo:
Mariposa de otoño
Que me ha dejado solo
Entre los montes.

Usuda Arô:
Leve es la primavera
Sólo un viento que va
De árbol en árbol.

Mizuta Masashida:
Se incendió mi casa:
Ahora nada me obstruye
La visión de la luna.

Naitô Meisatsu:
Mi propia voz
Es devuelta a mí
Por la tormenta.

Hashimoto Takako:
En manos del inválido
Un ramo de glicinias
Es mucha carga.

Oshima Ryôta:
No hablan palabra
El anfitrión, el huésped
Y el crisantemo.


haiku06
Kawahigashi Hekigodô:
Yedra y glicinias
Aprisionan al pino:
Su queja al viento.

Ozaki Hôsai:
En la penumbra de un pozo
Reconozco mi cara.
Ni tosiendo
Dejo de estar solo.

Kawabata Bôsha:
Luna de nieve
Matizando de azul
La noche oscura.

Onitsura.
El jardín.
La camelia florece
blanca.

Gochiku.
Una hoja muerta
que vuelve a su rama ?
No, es una mariposa.

Las hojas caídas
reposan una sobre otra.
La lluvia cae sobre la lluvia.

Larga noche.
El rumor del agua
dice lo que pienso.

Tan Taigi:
Luciérnaga en vuelo;
mira! Iba a decir;
Pero estoy solo.

Niebla del monte.
Guardas del templo tocan
Sus caracolas.

La seducción de la sencillez y la burbuja del instante han atraído a cultores de todos los rincones del planeta a intentar expresar la esencia de un contacto consciente con lo que es. Si bien la aparente simplicidad del haikú no hace de este arte algo sencillo de realizar, mayor aún es la dificultad de traducir, por ejemplo un haikú tradicional japonés, a otras lenguas, sin perder la sutileza original. Probablemente en parte por el atractivo de esta forma literaria en sí, y en parte por la imposibilidad de una traducción estrictamente fiel en espíritu, cultores de todo el mundo han buscado reproducir la esencia del haikú en su lengua materna. En lengua castellana, los más conocidos son Benedetti, Borges, Paz. Con más o menos humor, observaciones sociológicas, psicologismo o auto referencia, hay haikús muy logrados.

haiku07
Borges
En él suele predominar el tono nostálgico, tal como si el instante fuera la mejor ocasión para evocar lo ausente o lo perdido, en haikús como:

Algo me han dicho
La tarde y la montaña
Ya lo he perdido.

Hoy no me alegran
Los almendros del huerto
Son tu recuerdo.

Desde aquel día
No he movido las piezas
En el tablero.

En el desierto
Acontece la aurora
Alguien lo sabe.

Esta es la mano
Que alguna vez tocaba
Tu cabellera

El hombre ha muerto
La barba no lo sabe
Crecen las uñas.

Es un imperio
Esa luz que se apaga
O una luciérnaga?

La luna nueva.
Ella también la mira
Desde otro puerto.

La vieja mano
Sigue trazando versos
Para el olvido.

haiku08
Benedetti:
Ola por ola
El mar lo sabe todo
Pero se olvida.

Cuando mis ojos
Se cierran y se abren
Todo ha cambiado.

Sólo jactancia.
Mi maleta es enorme
Y está vacía.

Pasan las nubes
Y el cielo queda limpio
De toda culpa.

Se despidieron
Y en el adiós ya estaba
La bienvenida.

Los apagones
Permiten que uno trate
Consigo mismo.

Cuando lloramos
Las alegres toxinas
Nos abandonan.

Drama cromático:
El verde es un color
Que no madura.
Intuición del instante, impresión del momento, contrapunto del vacío y la forma, probablemente la forma literaria del haikú se re-creará constantemente a sí misma para permanecer.

Isabel De Veer
El Misterio de la Dualidad

El Misterio de la Dualidad

El Misterio de la Unidad por la Dualidad está simbolizado por el Uno dentro del Cero. La línea recta dentro del Círculo representa la Unidad; el ángulo de dos líneas distintas que, partiendo de un único punto se alejan y divergen, representa la Dualidad. De esta manera, vemos que la Dualidad tiene su origen en la Unidad.

El punto central en el que las dos líneas se juntan es el séptimo mundo o mundo de la Realidad, mientras que las dos líneas que atraviesan los seis mundos inferiores a la Realidad se llaman mundos de la manifestación o apariencia de la Realidad. Son la sustancia de la Esencia, la forma del ser y la materia en contraposición al Espíritu.

Desde el momento en que la Unidad se bifurca, se convierte en Creación; pero la consciencia de la Unidad, que es el Alma del mundo, se manifiesta en la Dualidad que desciende del séptimo Cielo. Mediante la Dualidad se forman: el Cielo y la Tierra; el bien y el mal; la luz y la sombra; el espíritu y la materia; el Jakin y el Bohaz; el Yang y el Yin; el Sol y la luz; la expansión y la reunión; la necesidad y la libertad; el Padre y la Madre; Adán y Eva, etcétera.

En el mismo cuerpo se manifiesta la Dualidad en todo el organismo; sin embargo, esta Dualidad se concilia en el centro cerebral, en la nariz, la lengua, el ombligo, el falo. La Divinidad Única tiene dos condiciones como base de su manifestación: el Universo y el Hombre. La Unidad de la dualidad, en el cerebro del hombre, es el principio de la Creación; la Unidad de la Dualidad en la base inferior de la médula o en el IO cabalístico, es el regreso a la Divinidad. Desde el momento en el que el Yo Soy junta alrededor de sí a sus vehículos de materia, oscurece su consciencia en su propio plano, pero la comunica a sus vehículos.

Dualidad_01
Nacimiento de Venus
El plano físico es el inferior, en el cual el ser humano encarna en el cuerpo material. El segundo es el deseo inferior, el cuerpo de los instintos y pasiones, es el cuerpo de atracción o posesión. El tercero es el de la emoción o del deseo superior, que se caracteriza por el deseo de unión. El cuarto es el mental inferior; es el de la memoria que da fijeza a los demás planos superiores. El quinto es el mental superior, sede de las cualidades. El sexto es el plano espiritual, el de la tendencia. El séptimo y último es el plano de la Unidad con el Ser Recóndito; en él no hay diferenciación: Todo es Uno y Uno es Todo.

De manera que el hombre está compuesto por siete aspectos distintos en su ser, y cada uno de ellos posee los átomos de cada aspecto, que habitan en él. El Yo Soy emana del séptimo plano de la Unidad, o cabeza, a modo de electricidad, la fuerza vital en forma dual: protectora y pasiva o receptora: masculina y femenina. Sin embargo, estos dos polos no se encuentran en parte alguna, se pierden en el espacio, y para limitar o utilizar sus fuerzas, es útil unirlas en circuito. La Unión de los Polos es el misterio de la Creación. Mientras están separados, significan emanaciones del Ser Recóndito, pero cuando se unen, desarrollan una Creación que se encamina de regreso hacia la Unidad Superior.

El hombre es el polo positivo de la Fuerza Vital que está fluyendo del Yo Soy; pero esta fuerza, en vez de perderse en el espacio infinito, después de realizar su obra en el cuerpo masculino, tiende a unirse con un ser femenino para producir el circuito y regresar por él a la Divinidad. En el punto de Unión, el Iniciado puede apoderarse de esa fuerza y emplearla en todos los siete planos anteriormente enumerados.

Dijimos que el séptimo plano es la Unidad del Todo; pero desde el séptimo hacia abajo comienzan las polaridades de la sexualidad, en las que tienen que fluir hasta llegar al plano físico; entonces, el hombre debe convertirse en canal masculino y positivo de la Fuerza Vital, y la mujer, en canal pasivo, negativo y femenino. De esto se deduce que el ser humano, en principio, es asexual o andrógino; así fue en el principio y así ha de ser en el final.

Dualidad_02
Venus y Marte
Entretanto, ambas fuerzas del Yo Soy son manifestaciones divinas en el hombre y la mujer, y tienen que unirse en los mundos de la materia, para la Creación y el retorno a una Unidad. Sin embargo, esta unión de los dos polos tiene que realizarse forzosamente en los seis planos para que produzcan la Unidad en el séptimo.

La Energía Vital o Creadora debe descender hasta el plano físico. El Iniciado o Adepto tiene como objetivo detenerla en la base de la médula espinal para reenviarla al sexto mundo, sin derramarla en la tierra, pues no podrá seguir la senda interna si ocurriera esto. Nadie debe suponer que el adepto deba ser célibe o no tener nunca mujer por compañera o esposa. No. El adepto emplea la Fuerza Creadora de acuerdo con las leyes divinas, y su unión sexual es un Sacramento o un Sacrificio. Pero el adepto es también conocedor de las leyes divinas en él contenidas; puede ser célibe y utilizar las dos polaridades que descienden de la cabeza, unirlas en la base de la médula en la que forma el circuito del fuego serpentino, y elevarlo a la Unidad por medio de aspiración, respiración y meditación.

Entonces, los dos medios, el casamiento y el celibato, tienen por objeto unir las dos polaridades que emanan de la Unidad para que puedan retornar a ésta mediante la Unión.

Cuando la Energía Creadora desciende, como positiva, por el lado derecho de la médula espinal, y como pasiva, por el lado izquierdo, ambas polaridades tienen que unirse en la base de la espina dorsal y seguir el rumbo de regreso hacia arriba hasta llegar al sexto plano. Es lo que se halla representado en el símbolo del Caduceo. Si esta energía se derramara en el punto de la unión inferior, volvería a la tierra y arrastraría al hombre hacia la animalidad.

La Fuerza Vital se irradia desde Yo Soy, por lo tanto, es divina en su sustancia, y la expresan los diversos cuerpos del hombre, constituidos por los átomos en los diferentes planos; sin embargo, la naturaleza de esa Fuerza es muy distinta en cada plano, aunque sea una sola en toda su manifestación. Por ejemplo, podemos tomar el fuego, que es humo, calor y luz al mismo tiempo. Así también es el fuego divino en la fuerza vital: humo en el bajo vientre, esto es, instinto animal; calor o deseo en el pecho; y Luz en el cerebro, de modo que es condicionada por la naturaleza del plano en el cual opera.

Esta Fuerza Vital es la Causa de todo lo que existe; y preserva de la desintegración a toda forma viva hasta que esta llegue a evolucionar; el mismo tiempo, crea. En la primera fase es el Padre-Madre, positivo y negativo; en la segunda, es el Hijo. Es una sola para la vida, y dual para la Creación. Ya dijimos que esa Energía es positiva por el lado derecho de la médula en el hombre, y pasiva por el lado izquierdo, en la mujer. Sin embargo, el hombre representa el lado positivo en la naturaleza externa, el cual se manifiesta derramándose, y la mujer representa el lado pasivo, que espera el estímulo. El hombre estimula a la mujer en el plano físico, pero en el anímico es la mujer quien lo estimula, porque si el hombre tiene cuerpo físico positivo, su cuerpo de deseos es pasivo, mientras que la mujer es al revés del hombre: su cuerpo físico es pasivo y su cuerpo de deseos es positivo. El Reino de Dios vendrá cuando los dos sean uno y ya no haya ni masculino ni femenino, dicen las Escrituras.

El hombre y la mujer, como personas, tienen sexos definidos; pero como dioses, cada cual tiene ambos aspectos. El Iniciado debe desarrollar en su cuerpo ambos polos, para convertirse en Unidad o unirse con una mujer, para obtener el mismo fin. Con todo, existen seres que unen los dos métodos para llegar al mismo objetivo.

La humanidad puede determinar el sexo del individuo en el mundo físico, pero la Fuerza Vital es la que lo determina en los mundos internos; por eso vemos hombres afeminados y mujeres hombrunas.

La sagrada Energía Creadora obedece, como todas las cosas, al pensamiento del hombre. El tipo altamente espiritual trata siempre de espiritualizar la materia, y sus pensamientos buscan la unión de todas las cosas. La Energía de tal Ser no puede permanecer mucho tiempo en el mundo físico, y vuelve a su mundo mental superior y espiritual, mientras que el ser de tendencia material arrastra con el pensamiento la Energía Vital hacia el mundo físico. Puede crear en este mundo, pero a la manera de los animales.

Y los dos serán Uno, dijo Jesús al hablar del matrimonio. Hasta hoy, rarísimas veces hemos tenido ocasión de ver el matrimonio ideal al que el Nazareno se refiere. Todas las uniones actuales se forman en el mundo del deseo y del plano físico; son raras las que llegan al plano mental, y más raras aún las espirituales. La verdadera unión del hombre y la mujer debe llegar hasta el sexto plano; en caso contrario, nunca serán un solo cuerpo. Las uniones actuales, vistas desde el punto de vista espiritual, son concubinatos voluntarios o impuestos. Cuando la unión de dos seres no llega a todos y cada uno de los cuerpos internos, es una unión animal que puede abarcar los tres cuerpos inferiores. El amor tierno y profundo, que comienza desde el plano mental superior hacia arriba, carece del concepto de la unión sexual; cuando un matrimonio no alcanza la unión mental, es un matrimonio desdichado porque fue elaborado con deseo animal o con interés personal.

Cuando dos seres de sexos opuestos encuentran la unión mental y ambos consiguen resistir la presión de la Energía Creadora en el plano físico, esa energía forma un circuito en el mundo físico y vuelve a la Divinidad, llevando consigo la mente de los dos seres.

Ya se dijo que el cuerpo tiene siete chakras dispuestos en diferentes zonas, y que ciertos temperamentos son más proyectores que atractivos, y que en otros ocurre al revés, pero quien haya alcanzado el completo equilibrio será un Dios. Observamos que es raro el individuo que llega a semejante estado, salvo algunos genios y, aún éstos, sólo en determinado tiempo de su existencia.

Dualidad_03

 

El objetivo de la unión de las dos polaridades del cuerpo es la divinización del hombre, y sólo unos pocos Iniciados siguen este método; sin embargo, la casta unión del hombre y la mujer conduce al mismo fin. También vimos que la Verdadera Unión del hombre y la mujer debe alcanzar los siete chakras o mundos como anteriormente los llamamos – porque realmente cada chakra es un mundo en sí mismo y, si la unión no se produjera en los siete, entonces sería unión imperfecta, por ser incompleta.

La unión de dos seres de diferentes sexos debe alcanzar los siete chakras en total, porque las polaridades de los chakras masculinos son diferentes de las de los femeninos y, al unirse, producen equilibrio. Sin embargo, tenemos que distinguir entre unión sexual y unión de las dos almas, con o sin matrimonio, que son cosas muy diferentes.

Si se unen dos seres instintivos de los dos sexos, la unión será animal, como sucede en los burdeles, y el equilibrio se traduce en la satisfacción de un instinto que reside en el chakra básico, positivo en el hombre y atractivo en su chakra correspondiente, o sea, el útero en la mujer. Los opuestos se unen en este plano con la diferencia corporal y vibratoria que existe entre los dos. Este chakra ejerce su influencia en el olfato y en la sexualidad. Esta unión persiste tan sólo durante el acto.

El Maestro

El Maestro

ElMaestro_01

 

El hombre es buscador de nacimiento. El no lo sabe. Pero sí lo es. Y la presencia del Maestro evoca en él la búsqueda y la vivifica.

La experiencia misma estaba más allá de toda interpretación ordinaria. Algo se ofrecía a nuestro entendimiento, pero era como despertar en medio de un fenómeno que no podía compararse con los fenómenos habituales, y sentirse como integrado en él, libre de toda preocupación por explicar o describir, era más bien vivir la experiencia como el Maestro nos hacia sentir que la vivía él.

A veces había como iba a decir una complicidad, una inteligencia evidente entre él y nosotros; estábamos juntos, implicados en la experiencia, por un rato, y eso era lo que al fin predominaba.

Pero luego quedaba algo que era la prueba de lo que se había vivido con él, y dejaba muy atrás toda las explicaciones que se pudieran dar.

Había que tratar de revivificar esa experiencia, de revivirla con todo lo que llevaba consigo de falsa satisfacción, y de inútil desaliento. Pero aquí y ahora cómo volver a encontrar esa intensidad?

Eso es lo que sin cesar se propone, y es evidente que después de tantas tentativas infructuosas, algo persiste, invitándonos a probar y probar, una y otra vez, sin hacernos ilusiones y sin esperar a toda costa un resultado.

Pero intentar de veras conservar esa disposición, intentar mantenerse en estado de receptividad, eso es lo que podemos sentir de un trabajo que se hace en nosotros, a condición de no pretender dirigirlo. No somos dueños de ello. no soy yo el Amo, y sin embargo reconozco que se me ofrece a mí

Lo que acaso corresponda a una afirmación de mí mismo más justa, es esta visión. Intentar, intentar la experiencia, sin pretender dominarla, pero así y todo, intentarla. Cultivar esa disposición a vivir la experiencia, entrar en la experiencia y mantenerme en ella.

Gurdjieff insistía en que no debemos hacer nada sin tratar de comprender lo que estamos haciendo. El hombre debe experimentar por sí mismo la verdad de lo que se le enseña.

En los Relatos de Belcebú se nos convida desde el principio a despertarnos a esa nueva comprensión. Los Relatos no empiezan de improviso. Les precede una introducción que se titula El Despertar del pensar y a lo largo de los capítulos se dedican páginas enteras a una Enseñanza cuyas verdaderas perspectivas aparecerán en las Conclusiones del autor.

Después de más de cincuenta años de morir el Maestro, hay una enorme diferencia entre lo que eran los grupos en la época de Gurdjieff y lo que pueden representar hoy.

El tenía en cuenta, evidentemente, la diversidad de nuestras interpretaciones de lo que él sugería y se ingeniaba para utilizarlas conscientemente.

Ahora, por supuesto, ya no es lo mismo que cuando aquello era vivido y dirigido por el Maestro. Pero, por muy inevitables que sean las desviaciones, para nosotros hay algo que da fe de que su influencia sobrevive.

Cómo mantenerse abierto?

Se nos pregunta hasta qué punto la intimidad del trabajo sobre sí mismo puede prestarse a ser confiada al público. Sobre eso existe un malentendido harto evidente que puede adoptar muy diversas formas. Pero a lo que soy más sensible es a la relación con nuestro Maestro, y la manera que tenía de poner a prueba nuestra capacidad de comprender.

En una forma u otra, esto pone en tela de juicio las tareas que me han propuesto y que he procurado cumplir durante muchos años.

He venido a llegar al cuestionamiento de la concepción del Trabajo, y de ello se pueden encontrar ecos en algunos textos, sea en entrevista o en escritos que he tratado de elaborar.

Hay un malentendido, muy a menudo, en cuanto se trata de un trabajo que hacer. Es una especie de movilización, de una responsabilidad que uno asume, de un trabajo que tengo que hacer. Quiero movilizarme, de distintas maneras, para poder hacerlo, puesto que es lo que se me propone.

Y a partir de ahí, cuántos testimonios cuando un grupo se reune, cuánto derivar, y después, cuántos comentarios sobre el trabajo !

Y en medio de todo eso, parece que algo queda descuidado, ignorado. Y es que el verdadero Trabajo, no lo hacemos nosotros. Se hace en nosotros. Y esto, naturalmente, con la ayuda del Maestro, pero trasciende incluso la ayuda del Maestro.Algo se trabaja en nosotros, que obedece a imperativos totalmente diferentes de aquellos a los que solemos plegarnos.

En todo caso, algo responde mejor a la verdadera demanda, y consiste en sentirse en trabajo, como una madre Estar en trabajo, sentirse trabajado y estar más precavido ante lo que puede poner eso en peligro. Lo cual evidencia más aún que esa especie de intervención. de desvío, siempre es posible

Entonces, por supuesto, aparece el otro obstáculo, que es una suerte de pasividad, de espera. Sí, voy a ser trabajado. Sí, bueno, muy bien Vamos a esperar y ya veremos. Y en seguida surge otro desvío, otra forma de comodidad.

Pero si se vuelve a lo que se ha reconocido como esencial, entonces se mantiene una interrogación casi permanentemente. Estoy verdaderamente dispuesto para el trabajo que se hace en mí ? Me voy volviendo más sensible a lo que interfiere, a lo que prácticamente inutiliza la operación, así como a ciertas actitudes que voy desarrollando a favor de ese llamado trabajo, y así sucesivamente

Esa pregunta de estar dispuesto para el trabajo es el resultado de un proceso, pero no el comienzo de la búsqueda, tal como lo entendemos. Todos estos desvíos podrían ser de orden preparatorio.

Se podría, entre paréntesis, ver como corresponde un cuestionamiento así con lo que sucede al ir descubriendo un oficio: el joven aprendiz está ahí, con su ansia de empezar a actuar, y va notando lo que se hace, lo que el patrón puede hacer, lo que el maestro de taller procura mostrarle, y de ese modo se expone a comprometerlo todo, intentando conducirse según lo que le parece comprender. Muy a menudo hay una fase intermedia. Fracasada esa primera tentativa, o bien comienza una espera indefinida que puede durar hasta el final, o bien una búsqueda nueva, totalmente distinta, como para ponerse a prueba abriéndose a la posibilidad de comprender mejor las condiciones mismas de un crecimiento, de una capacitación. Abundan los testimonios de esa índole en los escritos de los Compañeros del Deber.

Es como si este trabajo fuera como una preparación para asimilar cierto tipo de alimento. No se pueden asimilar desde el principio todos los componentes de ese alimento. Se necesita afinar la sensibilidad.

Eso tiene una resonancia en el recuerdo de esos años de participación en el trabajo. Es indudablemente una de las formas del trabajo que se hace en nosotros, cuando no lo esquivamos, sino que seguimos abiertos a lo que todavía no ha sido verdaderamente percibido. Se presiente que aún así, está presente en potencia.

En la mirada del señor Gurdjieff y en la atención con la que seguía nuestras tentativas de comprensión, algo nos estaba midiendo constantemente; Estará preparado o no? Le ofrezco algo o lo dejamos para más tarde? Y en determinados momentos se arriesgaba.

Qué mirada iba poniendo en unos o en otros !… Ah ! Sabía que algunos comprenderían y otros no. Lo tenía en cuenta y se arriesgaba a cada momento. Eran riesgos conscientes. De qué manera lo vivieron unos y otros ?

A veces, cuando uno escribe o contesta a preguntas acerca de la enseñanza del señor Gurdjieff, tiene que vivir una especie de resonancia, aunque muy lejana, de las situaciones en las que él se encontraba; y muchas veces decía cosas por el estilo de Sé que no debería decírselo, pero Y a aquello nos aferrábamos de nuevo, más aún. Y para algunos era origen de despropósitos enormes, y otras veces era como un nuevo nacimiento, nacer de nuevo al trabajo. Como en la parábola del Sembrador había terrenos de todas clases.

En los Relatos de Belcebú hay muchas referencias al proceso de destrucción mutua. Todos los Mensajeros de lo Alto han intentado hacer comprender al hombre que el Cielo reclama un sacrificio.

Esto me hace pensar forzosamente en el esfuerzo consciente y el sufrimiento voluntario. Hablar o escribir sobre esto probablemente no sirva para nada; tal vez haga falta pasar una vida entera junto a otros compañeros de incomprensión, de malentendidos.

Otra alusión que hay que retener: la noción de Purgatorio. Es una cosa que casi siempre se entiende mal: El Purgatorio Qué maldición ! Qué condenación ! Es el prefacio al Infierno. Y pocos son los que descubren en él el inicio de una verdadera transformación. Es evidente que los últimos capítulos de Belcebú arrojan cierta luz sobre todo esto. Pero es curioso: han de transcurrir años después de la primera lectura de Belcebú, para que esos últimos capítulos muestren las perspectivas que van a hallar un eco en el lector.

La cuestión no deja de ser el recuerdo de sí. Se presiente como el gran misterio, y a la vez como la respuesta real, definitiva. Pero en seguida se empieza a perder el rumbo. Hay llamada y respuesta a la llamada. Si la llamada ha resonado de veras. la respuesta no puede menos que venir. Y luego sigue la ejecución, que traduce en forma de comportamiento lo que ha sido el impulso suscitado por la llamada.

La primera respuesta suena como un acorde justo, en cierto sentido.

Y en seguida vuelve la incertidumbre. Una de sus formas más flagrantes consiste en asumir responsabilidades en falso, como quien se atribuye la capacidad de responder, y en seguida exige que los demás hagan lo mismo.

Y por otro lado está el buscador de la verdad, el que mantiene vivo el cuestionamiento, el que procura elegir y reconocer lo que suena ajustado en las respuestas que recibe, y en las que le ofrece tal cual tradición, y las experimenta, prueba a experimentarlas; el que decide: No. todavía no es esto, se trata de otra cosa, y sigue buscando y buscando.

Lo que el señor Gurdieff nos revela de su vida de buscador es un perpetuo cuestionarse y volverse a cuestionar, no sólo al principio. sino hasta el fin.

Y a la vez el reconocimiento de una respuesta percibida de cierta manera en un momento dado y de otra manera en otro momento, pero en eso también hay una continuidad.

La respuesta se da desde el comienzo y es recibida en una forma u otra, o en una tercera o décima. .. que se contradicen más o menos entre sí. Es de otra dimensión que lo que percibe habitualmente.

Habría que hacer sitio a las diferentes etapas en el camino del buscador de la verdad. Puede ocupar un lugar cierta identificación con el cuidado de ceñirse verdaderamente a lo que ha sido propuesto, tal como se ha comprendido.

A falta de esto, se corre perpetuamente el riesgo de derivar.

Hay quien dice, así, de paso: Ah, eso es interesante ! Pero también hay otras cosas, esto, y esto otro. Y así puede permanecer indefinidamente. Cuando hay de veras la tentativa seria de una experiencia que corresponde a lo que se ha recibido, tampoco es un fin en sí, tiene que seguir abierto a nuevas interrogaciones que permitan ir más lejos, acercarse a lo que se ha sentido desde el principio, pero que se debe sentir de manera cada vez más acorde. según se va desarrollando la experiencia.

Mantenerse abierto, eso es lo importante. No abierto a cualquier cosa, sino abierto a lo que se ha captado como una orientación, una dirección. Eso es lo que nos revela la Tercera Serie de los escritos del señor Gurdjieff, más allá de todas las posibles cavilaciones del lector.

El cuarto camino del que habla el señor Gurdjieff no se puede aprehender como funcionalmente definido. No iremos a extraviarnos por un camino errado aludiendo a lo que se puede observar al final de este siglo, en el que han venido a ser posibles comunicaciones e intercambios entre representantes de los grandes caminos espirituales?